Comentario al evangelio del domingo 1 de noviembre de 2026
Mt 5, 1-12a
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos los que lloran, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”.
EL CAMINO DE LA DICHA
La primera de las bienaventuranzas —“Dichosos los que eligen ser pobres”, en la acertada traducción de Juan Mateos— incluye todas las demás, ya que las actitudes que se describen en ellas —en la versión de Mateo se habla de actitudes, a diferencia de Lucas, que hablaba de situaciones— no son sino consecuencia de la primera.
Ahora bien, “elige ser pobre” quien vive desprendido de apegos, sobre todo, del primero de todos ellos, como es el apego al propio yo. Es pobre quien vive desidentificado del yo, porque ha comprendido que su verdadera identidad va más allá de aquel, trascendiéndolo por completo.
La identificación con el yo nos sitúa en una permanente sensación de impermanencia, a merced de lo que le va sucediendo a aquel. Por lo que, donde hay impermanencia, habrá sufrimiento, y la dicha resultará inalcanzable. Por ese motivo, (la identificación con) el yo y la dicha no pueden convivir juntos. No hay ningún yo dichoso, en el sentido profundo del término.
La experiencia de la dicha, no como experiencia pasajera, sino en cuanto estado de ser, requiere trascender el yo. Al vivir en la comprensión de que no somos el yo, nos veremos igualmente afectados por la frustración y el dolor, pero podremos acogerlos y vivirlos, no desde el yo afectado o derrumbado, sino desde ese “otro lugar” en el que nos sabemos siempre a salvo, nuestra identidad profunda, que permanece estable en medio de todos los vaivenes de las formas.
Con lo cual, el mensaje central de las bienaventuranzas podría plasmarse de este modo: Es dichoso quien, comprendiendo su verdadera identidad, vive en la práctica desidentificado de su yo.
