LA INSOSLAYABLE PRIMERA PREGUNTA

Comentario al evangelio del domingo 23 de agosto de 2026

Mt 16, 13-20

En aquel tiempo llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo y preguntaba a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?”. Ellos contestaron: “Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas”. Él les preguntó. “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Simón Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús le respondió: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los Cielos, lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”. Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

LA INSOSLAYABLE PRIMERA PREGUNTA

 Con frecuencia, la pregunta que hoy plantea Jesús se ha visto como algo anecdótico en la lectura del evangelio. Como si Jesús quisiera pasar un examen a los discípulos acerca de su propia persona: ¿ya os habéis dado cuenta de quién soy?

Para algunos creyentes observantes, el discípulo aventajado debería haber contestado con la respuesta típica del catecismo: “Tú eres la segunda persona de la Santísima Trinidad”. De ese modo, la fe verdadera habría quedado definida y ratificada.

Pero la pregunta de Jesús no parece que fuera por esos derroteros, propios de una teología muy elaborada a partir de categorías filosóficas griegas y muy posterior al Jesús histórico.

La pregunta que Jesús plantea es exactamente la misma a la que todo ser humano, antes o después, se ve obligado a enfrentarse. Y para la que, sea o no consciente, siempre tiene —en la práctica cotidiana— una respuesta. Yo, ¿qué soy realmente?

La mente suele quedarse en la apariencia, en aquello que ella puede apreciar: cuerpo, pensamientos, sentimientos, imagen, historia… La pregunta de las personas sabias apunta a una respuesta más profunda. Más allá de todo eso…, ¿qué soy realmente? Todas las tradiciones sapienciales han afirmado que el ser humano no se agota en su cuerpo, su mente y su psiquismo. Para descubrirlo, es preciso escuchar el propio Anhelo y acallar la mente para poder trascenderla. Solo el silencio de la mente revela nuestra verdad.

NO-DUALIDAD Y PSICOLOGÍA // Rupert Spira

Transcripción, traducción y formateo —generados por la IA— del video del mismo nombre, que aparece en el canal de Rupert Spira.

 Ver el video original.

¿Qué es la mente? El yo separado

Alumno: Cuando leí que el ego no es una entidad, sino una manifestación del deseo y la resistencia… eso fue tan útil. ¿Y la mente? Los pacientes me preguntan todo el tiempo: «¿Qué es la mente? ¿Qué es una mente?»

Rupert: La mente en un ser humano comprende las actividades de pensar y percibir. Y el ego, o la creencia de ser un yo separado, es un subconjunto de la mente.

Alumno: Vale.

Rupert: Entonces puedes tener una mente sin el ego. No puedes tener un ego sin la mente.

Alumno: Ajá.

Rupert: Entonces, el ego es solo una categoría particular de pensamiento y sentimiento basada en la creencia de que lo que somos esencialmente es algo temporal, finito y separado. Ese es el ego, o el yo separado ilusorio. La mente es algo más neutral. Son las actividades de pensar y percibir. Sabes, si el Buda estuviera aquí sentado a tu lado, percibiría la misma habitación que tú. Sus facultades de percepción, supongo, estaban intactas. Podía ver, oír, tocar, saborear y oler. Y supongo que también podía pensar y hablar, y así sus facultades de pensar y percibir estaban intactas, pero el sentido de separación no estaba presente.

Entonces, la mente, nuestras facultades, particularmente nuestras facultades de pensar y sentir, pueden ser utilizadas al servicio del yo separado, o esas facultades pueden ser utilizadas al servicio del amor y la comprensión. Entonces, cuando tenemos este reconocimiento de nuestra verdadera naturaleza, no perdemos de repente nuestra mente o nuestra facultad de pensar y percibir. Simplemente ahora se utiliza al servicio del amor y la comprensión. Mientras que antes se usaba al servicio de la ignorancia de nuestra verdadera naturaleza y los sentimientos que la acompañan.

No-dualidad y psicología

Alumno: ¿Añadirías algo si te imaginas a un paciente diciendo: «Fred, ¿qué es la mente? ¿Por qué siento que me estoy volviendo loco o por qué siento que mi mente se está volviendo loca?». ¿Añadirías algo a eso? Porque yo podría decir: «Bueno, tu mente en realidad es solo esto, es esta actividad de percibir y pensar», pero no creo que eso los reconforte. Creo que dirían: «No sé de qué estás hablando. Quiero decir, me siento deprimido, me siento…»

Rupert: Tienes razón. Tendrías que… simplemente decirles que su mente es una actividad de pensar y sentir que se ha salido de control, que está funcionando a mil por hora, eso no sería suficiente. Eso solo confirmaría su experiencia, confirmaría lo que ya saben. «Mi mente está fuera de control, es abrumadora». Lo que tendrías que intentar hacer de alguna manera en ese momento es darles un atisbo de su verdadera naturaleza.

Dónde encontrar alivio

Rupert: Ahora, cómo haces eso como psiquiatra o psicólogo, eso depende de la condición de la persona con la que estás hablando, porque lo que te da alivio de una mente que está fuera de control es esta prueba de que lo que soy… porque la razón por la que eso es tan abrumador e insoportable es porque la persona con la que estás, tu paciente, siente «Yo soy esta mente y esta mente es completamente caótica y oscura y yo soy eso». Así que te sientes fatal por eso. Pero si puedes ayudar a la persona a dar un paso atrás.

«Yo soy el espacio en el que aparece este movimiento caótico de la mente». Si puedes darles una sola prueba, una breve prueba de su verdadera naturaleza, el espacio en el que aparece su mente caótica, entonces eso les da alivio. Eso les muestra dónde encontrar alivio de su mente. Su mente es como una pintura de Jackson Pollock. Su verdadera naturaleza es como el lienzo. Y el lienzo es blanco. Acomoda lo que le pongas. Puede ser un paisaje de Turner o una pintura de Jackson Pollock. Pero es el mismo lienzo.

Tienes que darles esta prueba del espacio, la amplitud, la paz inherente de quienes realmente son. Ahora, nosotros hacemos eso aquí de una manera muy particular. Puedo hablar muy directamente contigo. Utilizo analogías, metáforas, razón y vías experienciales, y demás. Tú en tu trabajo quizás no puedas hablar tan directamente debido a las personas con las que tratas. Así que tendrás que adaptar lo que oyes aquí, a la gente. Tienes que intentar traducirlo de una manera que puedan entender. Todo lo que importa es que sea efectivo.

Terapia efectiva

Rupert: Tienes que encontrar un lenguaje. Tienes que encontrar una metodología. Y podría ser humor. Podrían ser juegos. Puede que no sea la razón. Puede que no sea hablar tan directamente como nosotros. Eso no importa. Lo que importa es que de alguna manera es como mover la aguja del plato de vinilo. Se quedaron atascados. Se quedaron atrapados en su mente. «Yo soy esta oscuridad. Yo soy este caos. Yo soy esta tristeza». Solo necesitas de alguna manera ayudarlos a saber «Soy el espacio en el que todo esto aparece. Y eso ya es libre». Ya es inherentemente libre de la tristeza, el caos, la locura, etc.

Así que tu trabajo como psiquiatra o psicólogo cuando tratas con tus pacientes es encontrar una manera efectiva de hacer eso de forma experiencial. Y la forma en que lo encuentren puede ser diferente a la tuya. Puedes venir aquí y escuchar esta enseñanza muy directamente, pero es posible que tengas que adaptarla a tus pacientes. Y ese es tu trabajo. Esa es tu habilidad, tu arte.

Alumno: Gracias.

LA PERSONA SABIA ES FLEXIBLE

Comentario al evangelio del domingo 16 de agosto de 2026

Mt 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: “Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo”. Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: “Atiéndela, que viene detrás gritando”. Él les contestó: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel”. Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió de rodillas: “Señor, socórreme”. Él le contestó: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. Pero ella repuso: “Tienes razón, Señor; pero también los perros comen de las migajas que caen de la mesa de los amos”. Jesús le respondió: “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”. En aquel momento quedó curada la hija.

LA PERSONA SABIA ES FLEXIBLE

Hijo de su tiempo, parece ser que Jesús tenía claro que su misión debía ceñirse al territorio y a la gente de Israel. Y, sin embargo, en este texto —que probablemente no sea histórico, sino un añadido posterior que buscaba justificar la apertura de la comunidad a los gentiles—, se presenta como alguien capaz de soltar su creencia anterior, abriéndose a la novedad que descubre tras el diálogo con esta mujer extranjera. Esto, en lenguaje evangélico, se llama “conversión” (o “metanoia” = más allá de la mente = dar la vuelta a nuestro modo de ver).

Es probable que todos y todas hayamos pasado por etapas de rigidez, convencidos de que era eso lo que exigía la coherencia con nuestro propio punto de vista o nuestra propia creencia. Entre los humanos, la adhesión a lo que pensamos o creemos nos conduce fácilmente a la intolerancia.

La persona sabia, sin embargo, es flexible. Porque es humilde y porque ha trascendido el apego a las propias ideas y creencias, desde la “sabiduría del no saber”. La humildad y el desapego la convierten en una persona abierta y dócil a la vida, como cauce limpio que permite que la vida y la verdad fluyan a través de él.

Vivir apegados o aferrados a las propias ideas o creencias o a la propia perspectiva, no es sino una consecuencia de la necesidad infantil de tener razón, que denota una carencia de seguridad básica. La inseguridad no permite soltar, porque, sin asideros —aunque sean ficticios o ilusorios—, la persona teme venirse abajo. 

Soltar, dejarse mover, cambiar…, “convertirse”, solo es posible cuando la persona experimenta una seguridad de fondo que es fuente de confianza y le permite situarse ante lo que pueda ocurrir sin sentirse vitalmente amenazada

«LA VIDA, TAL CUAL» // Jeff Foster

Existe una espiritualidad que parece «intocable»: siempre serena, siempre sabia, siempre desprovista de emociones. Nunca se enfada.
Nunca siente tristeza.
Nunca sufre.
Como una pieza de cerámica inmaculada: lisa, simétrica, ajena al caos. Hermosa a la vista, pero sin vida al tacto. Sin grietas, sin huellas dactilares, sin sangre.
Tan solo un silencio represivo que se hace pasar por paz.

Y, bajo él, un miedo terrible:
Miedo al desorden. Miedo al duelo. Miedo a ser plenamente humano. Miedo a la intimidad.
Lo sé. Yo también me escondí allí alguna vez. Creía que la paz significaba elevarse por encima del desconsuelo, el anhelo y el trauma.
Refugiándome en la «Conciencia Pura»… como un zombi.

Pero la vida no me dejó escapar. El duelo llegó de todos modos. La vergüenza. La rabia. La duda. No para castigarme, sino para liberarme por fin.
La verdadera paz no surgió de evitar mi humanidad. Surgió solo cuando me volví hacia ella. Cuando permití que me abriera en canal.
Cuando me rendí.

Ya no busco una espiritualidad pulida. No busco esa clase que elude el trauma. Ni la que confunde el entumecimiento emocional con la sabiduría.
Busco el temblor. Busco el cuerpo, el sistema nervioso, la sensualidad y la verdad cruda de cada instante sagrado.
Al final, la vida hace añicos todos los dogmas, incluso el dogma llamado «Conciencia Pura».

Lo que queda es el caos sagrado. El duelo. El anhelo. La rabia. La conexión. La belleza absoluta, total, de lo no resuelto.

No estás aquí para ser perfecto. Estás aquí para ser jodidamente real.
Estás aquí para desprenderte de las respuestas y avanzar sintiendo el camino.

Ni siquiera tu herida humana más profunda es un error. No la evites.
Inúndala con el elixir de una atención cálida y compasiva, y con tu propia respiración.
Entonces, no será nada menos que una puerta de regreso a casa.

                                                                                                                                       Jeff Foster.

EL MIEDO HACE VER FANTASMAS

Comentario al evangelio del domingo 9 de agosto de 2026

Mt 14, 22-33

Después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de la tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada, se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”. Pedro le contestó: “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. Él le dijo: “Ven”. Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: “Señor, sálvame”. Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?”. En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: “Realmente eres Hijo de Dios”.

EL MIEDO HACE VER FANTASMAS

El miedo, como todo sentimiento humano, cumple una función importante: trae información que alerta y, en consecuencia, hace que pongamos medios para protegernos.

Todo se complica, sin embargo, cuando aparece un miedo “añadido”, fruto de la actividad mental que, a partir de experiencias dolorosas, genera escenarios atemorizadores, con frecuencia sin base real —serán miedos, por tanto, que nunca se realizarán—, pero de consecuencias en muchos casos devastadoras e incapacitantes. Como alguien dijo en una ocasión: he sufrido enormemente por cosas que nunca me sucedieron.

Este es el miedo fantasma. Sin duda, tiene raíces poderosas: ancestrales, genéticas, carencias tempranas, traumas, ignorancia acerca de lo que somos… Sobre esas raíces, la mente puede llegar a hacernos sentir absolutamente indefensos e incluso, en ocasiones, aterrorizados. Y es en ese estado de (supuesta y asumida) indefensión, donde se nubla nuestra visión serena de la realidad, hasta el punto de que los propios dedos se nos antojan huéspedes. El miedo nos ha poseído y hemos quedado fundidos o fusionados con él.

Con frecuencia, será necesario o, al menos, de gran ayuda, contar con el acompañamiento psicológico de un buen profesional, que nos permita entender los miedos y entrenarnos en estrategias capaces de superarlos. Bienvenidas sean todas esas herramientas psicológicas. Pero no es suficiente con ello. La liberación radical —de raíz— del miedo solo vendrá de la comprensión de lo que somos. Tal comprensión nos hace pasar de la creencia errónea que nos hace vernos como un ser separado al reconocimiento de nuestra verdad más profunda, que trasciende el nivel psicológico. Será necesario que acoja mi yo y sus miedos, los gestione y los vaya sanando. Pero necesito comprender que mi identidad no se agota en absoluto en ese yo, sino que —tal como expresa Jesús en este texto— se nombra como “Yo soy” —es la traducción del nombre inefable de Yhwh—, sin más añadidos. Desde esa comprensión, puedes dirigirte a tus miedos y decirles: “Yo soy”. Sabiendo que Eso que soy se halla siempre a salvo.

«LA CIENCIA CARECE DE SOLUCIONES PARA LAS GRANDES PREGUNTAS EXISTENCIALES” // Antonio Ayuso

Entrevista de Constanza V. Paura a Antonio Ayuso, ingeniero bioespacial,
en National Geographic, de 21 de noviembre de 2025:
https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/antonio-ayuso-escritor-apacible-turbulencia_26787

«¿Es posible encontrar consuelo en el conocimiento?», es la pregunta que dio pie al ingeniero aeroespacial Antonio Ayuso a escribir su nuevo libro, Una apacible turbulencia (2025). En él, el autor, que formó parte de la Agencia Espacial Europea y que trabajó en elementos de la Estación Espacial Internacional, nos invita a explorar las grandes preguntas que constituyen la experiencia humana: la muerte, el miedo o el amor.
Sin divorciar la mirada científica de la literatura, y viceversa, cuenta, en una entrevista a National Geographicsu trayectoria escribiendo el libro, la anécdota que le llevó a comenzarlo y cómo ha cambiado su visión sobre la ciencia durante el proceso creativo.

National Geographic: ¿La ciencia está en todas partes?
Antonio Ayuso: La ciencia está en todas partes, y al mismo tiempo, no lo está. Hablamos de la ciencia como si fuera un ente abstracto capaz de actuar por sí solo. Sin embargo, la ciencia la hacemos, la inventamos y la aplicamos los seres humanos. Por lo tanto, sí, donde haya un ser humano, la ciencia estará. Aunque esto es cierto solo para los últimos 400 años, antes de eso, nada.
En el bosque, por ejemplo, no se ve a la ciencia pasear. De hecho, no hay ni números: un uno o un dos caminando por ahí. Estos son construcciones nuestras. Una de las formas que tenemos de entender el mundo es a través de la ciencia. Esta es, de hecho, una de las ideas que intento transmitir al principio del libro, cuando el narrador-padre habla con el narrador-hijo. Le comento que sepa que siempre va a estar mirando la vida o la realidad a través de unas gafas. Esas gafas son las que construyen la ficción con la que luego se relaciona con el mundo.

NG: Hablemos de ese recurso literario: el del narrador-padre y narrador-hijo. ¿Está basado en hechos reales o es simplemente una elección editorial?
AA: Es completamente verídico. Tengo dos hijos. El tema de la existencia de la muerte suele surgir en la infancia temprana, cuando tienen entre cuatro y seis años. Con el mayor, preparamos una serie de ideas y enfoques para intentar normalizarlo y quitarle el miedo. Con él funcionó, logró aparcarlo de algún modo, aunque el tema permanece latente.
Sin embargo, el hijo pequeño tenía una reacción más intensa. Tras aceptar las explicaciones, sobre todo por la noche o cuando estaba cansado, me llamaba a la cama y me decía: «Papá, que me ha entrado la muerte». Me repitió esa frase varias veces. Yo me quedaba en un desconcierto absoluto, sin saber cómo responder. Aquel episodio y la conmoción que me produjo fueron el punto de partida. A partir de esa vivencia, comencé a desarrollar la idea de la novela.

NG: ¿Y qué reflexiones te genera explicarle la muerte a un niño? ¿Lograste darle una respuesta?
AA: En aquel momento, intenté consolar a mi hijo con lo que yo mismo me consolaba. Muchos, incluyéndome, consideramos que las religiones institucionalizadas están obsoletas. Sin embargo, esto no implica que el ser humano haya perdido su necesidad de espiritualidad: ¿dónde se ha alojado ese lado? Se ha fragmentado en todas las inquietudes que tiene la gente. Y una de las áreas donde la gente sigue depositando su espiritualidad es en la ciencia.
La gente cree en la ciencia, cuando en realidad, en la ciencia no hay que creer. La ciencia posee un método científico que se aplica para entender fenómenos: si funciona, perfecto; si no, se busca otra vía. La gente cree en ella porque asume que le dará respuestas para todo, y yo fui uno de ellos. Por eso, también le contaba a mi hijo ideas basadas en este pensamiento, aunque mientras lo hacía, dudaba de su utilidad.
Diría que la conversación se quedó en el aire. De hecho, la conversación en sí es el libro. Se quedó inconclusa y mi hijo dejó de preocuparse, pero yo seguí dándole vueltas al tema. Desde entonces hasta la publicación han pasado unos 10 años.

NG: Sorprende que un perfil tan científico como el tuyo haya elegido un tono tan poético para su libro. ¿De dónde surge ese equilibrio?
AA: La pregunta de si uno es de «ciencias o de letras» me resulta muy incómoda, me pone muy nervioso. Me encorseta, me hace sufrir. De hecho, elegí la rama de ciencias en parte porque, entre comillas, parecía que tenía que estudiar menos que en letras, aunque al final el esfuerzo fue el mismo.
Cuando la vida te obliga a elegir un camino y te enfocas en un solo lado, yo me sentía constantemente cojo de la parte de humanidades. Por ello, el enfoque del libro no es una elección, sino el reflejo de cómo miro las cosas. Las observo desde la óptica de las ciencias, porque no puedo evitar entender los fenómenos a través del módulo científico. Sin embargo, como me sentía incompleto, leí mucho sobre humanidades, y ahora tampoco puedo evitar mirar las cosas desde esa otra perspectiva.

NG: Dices que desde la primera idea hasta la publicación de Una apacible turbulencia ha pasado casi una década. ¿Cómo ha cambiado tu relación con la ciencia en este tiempo?
AA: Mi relación con la ciencia es ambivalente: una mezcla de amor y desamor. El desamor se origina en el desengaño de mi fascinación inicial. De niño, al ver Cosmos de Carl Sagan, creí que la ciencia poseía todas las respuestas. Sin embargo, al entender su funcionamiento interno, me di cuenta de que la ciencia es muy humana y que carece de soluciones para las grandes preguntas existenciales, como el miedo, el amor o la muerte. Esto provocó un enfado, especialmente con la mecánica newtoniana y su visión determinista, que sugiere una previsibilidad que la vida no tiene.
El amor, por otro lado, surge de las físicas más recientes. La mecánica cuántica se asemeja más a la vida por su inherente imprevisibilidad y falta de control. En el libro, exploro tres ejemplos que reflejan esta nueva perspectiva. Entre ellos, la teoría del caos, a través del efecto mariposa, que refleja la imposibilidad de predicción, a pesar de sus raíces deterministas. Luego, la física de fluidos es el concepto que más desarrollo. Su mezcla entre el determinismo de los regímenes laminares y la necesidad de estadística para la turbulencia crea un «lío» que sí se parece a la realidad.
En conclusión, he encontrado un nuevo amor por la ciencia, aprendiendo a amar lo que realmente es, y no la imagen idealizada que me había preconcebido.

NG: ¿Sugieres que hemos entrado en una nueva fase en cuanto al conocimiento científico?
AA: Sí, y es un proceso muy curioso. El concepto cuántico apareció por primera vez en 1900, cuando Max Planck propuso que la radiación se emite en paquetes o cuantos, no de forma continua. Llevamos 126 años con esta idea. Sin embargo, ha costado que penetre en el pensamiento general, a pesar de que la cuántica se definió formalmente entre 1920 y 1930. Hace casi cien años, en un famoso congreso en Bruselas, se reunieron los grandes científicos del momento (una foto con casi 18 futuros Premios Nobel).
Lo que ha dificultado la asimilación es el atractivo del determinismo, la promesa de que el resultado de una acción está garantizado. Pero ahora creo que veremos una serie de modelos científicos que seguirán cambiando y adaptándose a la experimentación. A nivel microscópico, por ejemplo, las cosas se comportan de un modo que todavía no controlamos.
El concepto seguirá evolucionando, pero es fundamental aplicar siempre el método científico. Si no se hace, se generan falsas esperanzas y frustración. De hecho, fenómenos como el terraplanismo provienen, a mi juicio, de sacar a la ciencia de su sitio. Cuando se descontextualiza, la gente la desprecia, ya que se le ha dado un sentido casi religioso.

NG: La ciencia también está comprometida con la honestidad.
AA: Eso es. Hay cosas que todavía no sabemos explicar y debemos saber decir: «Hasta aquí no llego» o «de momento, no puedo responder a esto». De hecho, tampoco sabemos si algún día vamos a poder explicar ciertas cosas.

NG: Hay un momento del libro en el que en narrador le cuenta a su hijo que comenzó a interesarse por la ciencia a los ocho o nueve años. ¿Cómo puede actualmente un niño sentir ese interés por la ciencia?
AA: Para mí, la pregunta es casi al contrario: ¿cómo no sentirse atraído por la ciencia? Una de las cosas más divertidas de vivir es aprender, es ir conociendo cosas. Es cierto que hay una época de la vida, especialmente la adolescencia, en la que uno está más distraído. Lo veo con mis dos hijos: les gustan muchas cosas, pero otras un poco menos.
Sin embargo, yo tampoco les forzaría a que les gustara la ciencia. Lo que sí intento es que les guste aprender. Si les da por aprender poesía, humanidades o filosofía, me parecería igual de maravilloso. No buscaría promocionar solo la ciencia; ha sido muy divertido tener ese punto de vista, pero no es el único. De todas formas, hay una parte que sí noto y es fundamental: el mundo occidental está escrito en lenguaje científico.

NG: ¿Está el mundo occidental preparado para dejarse influir por otros métodos para adquirir conocimiento?
AA: En un momento dado, en Occidente sustituimos la fe religiosa por la fe en la razón. Creo que esto ha descolocado ciertas ideas, y recolocarlas es complicado debido a la gran cantidad de prejuicios y arrogancia que existen. Una de las cosas que intento cuestionar en el libro y siempre es precisamente la arrogancia inherente a la idea de que la ciencia lo sabrá todo en el futuro, o si no, ya lo sabrá.
Es difícil que un occidental de un centro de investigación reputado se impregne de otras visiones. Sin embargo, soy claramente muy defensor de dejarse influir por otras perspectivas. De hecho, en el libro menciono conceptos como la sincronicidad estudiada por Jung, que incluso al propio Jung le generaron controversia, pero que creo que hemos abandonado injustamente. Abandonarlas es un error porque complementan aspectos del alma humana (llamarle «alma humana» puede ser controvertido, especialmente viniendo de un ingeniero). Con lo cual, claro que sería fantástico dejarse influir.