Archivo de la categoría: Materiales

ESPIRITUALIDAD Y COMPROMISO

Domingo XVIII del Tiempo Ordinario

2 agosto 2020

Mt 14, 13-21

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer”. Jesús les replicó: “No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer”. Ellos le replicaron: “Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces”. Les dijo: “Traédmelos”. Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se lo dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

ESPIRITUALIDAD Y COMPROMISO

    Solo una espiritualidad comprometida –la propia expresión es en realidad una tautología– es espiritualidad. El compromiso, inseparable de la espiritualidad, constituye su test de veracidad. Porque es precisamente en la acción donde se verifica la verdad de lo comprendido. Por lo que, de manera realista, la espiritualidad nos confrontará con la vida cotidiana por medio de cuestionamientos: en lo concreto, ¿a qué me siento movido?, ¿qué quiere vivir a través de mí?, ¿cómo se concreta?, ¿con quiénes?, ¿con qué prioridades?, ¿con qué medios?… Y todo ello, no desde un imperativo moral, sino desde la comprensión que es amor: consciencia de unidad y certeza de no-separación.

    Por eso, junto con aquellas cuestiones, la espiritualidad plantea otra pregunta decisiva: ¿de dónde nace el compromiso? Porque puede surgir de lugares bien diferentes, que condicionarán tanto la forma de vivirlo como los resultados.

       Tuve que aprender por propia experiencia que incluso el compromiso más noblemente intencionado puede nacer de lugares no siempre adecuados: necesidad de reconocimiento y de aprobación, compensación de culpas inconscientes, moralismo voluntarista, baja tolerancia a la frustración que impide aceptar la realidad tal cual es…

       Entrelazados con ellas, me parece descubrir otros dos factores que suelen contaminar la limpieza del compromiso, particularmente en Occidente y en el ámbito religioso, incluso en personas “entregadas”, que actúan con la más noble intención y la mejor voluntad. Me refiero a la idea del mesianismo judeocristiano y a la culpa católica. Ambos elementos han formado parte del imaginario colectivo durante siglos y, a pesar del proceso de secularización y del creciente laicismo, siguen vigentes –aun de manera inconsciente– y condicionan actitudes y comportamientos.

          El “mesianismo” induce a la exigencia de tener que “salvar” el mundo. La culpa, que no permite estar bien mientras otros estén mal, exige un compromiso que “repare” esa situación. No es difícil advertir la facilidad con que el ego puede apropiarse de esa doble idea para fortalecer su “identidad”: un ego salvador y reparador se siente muy consistente.

      Se comprende que el ego, con frecuencia, se apropie del compromiso y lo contamine. Y que, en consecuencia –y tal vez como el signo más evidente de la apropiación–, se pueda dar un sentimiento de “superioridad moral” –no se olvide que el ego vive también de la comparación–, desde el que se juzga y descalifica a quienes son considerados como “no comprometidos”.

        Es indudable que, junto a esas motivaciones, pueden darse otras más “limpias”, como las creencias que insisten en la fraternidad o la fe en un Dios padre de todos. Ambas han sido fuente de compromiso compasivo y solidario, vivido con limpieza y entrega.

      Pero, más allá de las creencias, en la espiritualidad no-dual el compromiso nace de la comprensión de lo que somos: siendo diferentes, compartimos la misma identidad; por lo que, cuando sé mirar en profundidad, veo que todo otro es no-otro de mí.

   Desde esa misma comprensión se advierte que el compromiso genuino se caracteriza por dos rasgos básicos: la entrega y la desapropiación. Se ancla en la certeza vivencial de que los otros son yo y desde ahí se entrega, en una actitud de docilidad a lo que hay que vivir en cada momento.

    Mariá Corbí lo ha expresado con acierto: “La no-dualidad arrastra inevitablemente al interés y servicio a toda criatura; lleva a interesarse por la marcha de la sociedad, de la cultura, del medio y de todo ser viviente y no viviente. La no-dualidad es unidad y la unidad es amor. El verdadero amor no es el sentimiento romántico, ni tiene ninguna conexión con la necesidad. El amor verdadero solo florece en la más completa gratuidad. Quien comprende su verdadera realidad entenderá y sentirá que la realidad del mundo de sus interpretaciones, de sus modelaciones no es otra que la realidad de «eso absoluto». Vivirá en profundidad que el mundo de nuestra dimensión relativa y el de nuestra dimensión absoluta no es una realidad con dos pisos, sino una única realidad que nuestra condición de vivientes necesitados que hablan precisa difractar para poder sobrevivir y cambiar cuando sea necesario o conveniente”[1].

     Decía que el compromiso nace de la comprensión. De hecho, la comprensión es la fuente más honda de la fraternidad. ¿Cómo no sentir como hermanos y hermanas a aquellos con quienes compartimos el mismo centro, es decir, la misma identidad? ¿Cómo no vivir la fraternidad cuando hemos comprendido que somos uno?

¿Desde dónde y cómo vivo el compromiso hacia los otros y hacia la tierra?

————————————————————————————-
[1] http://cetr.net/razones-para-el-cultivo-intensivo-de-la-gran-cualidad-humana/?lang=es

Semana 26 de julio: PARA COMPRENDERNOS, VIVIR Y AYUDAR A VIVIR (ENTREVISTA)

Entrevista de Bibiana Ripol,
tras la publicación del libro “Psicología transpersonal para la vida cotidiana. Claves y recursos”, Desclée De Brouwer, Bilbao 2020.

“Visto desde el lado «práctico», el libro contiene un conjunto de claves y de recursos para comprendernos, vivir más plenamente y ayudar a vivir”.

“Nuestro modo de ver la realidad será siempre deudor del modo como nos vemos a nosotros mismos”.

“La resistencia genera sufrimiento, la resignación paraliza; la aceptación regala paz y, a la vez, moviliza”.

 

En su libro habla de la importancia de “descorrer el velo”.

Sí, porque todo se ventila en “poder ver” con claridad, es decir, en alcanzar la verdad de lo que somos.

Alcanzar la verdad, una tarea nada fácil…

Comulgo con los sabios presocráticos griegos que entendían la verdad como “aletheia” –ese término lo utilizó ya Parménides en el siglo VI a.C.–, que significa justamente eso: “descorrer el velo” (o “des-ocultar”: letheia = ocultar; a = sin; en latín se convertiría en “lateo” = estar oculto, de donde proviene el término “latente”).

Entonces, “descorrer el velo” ¿significa enseñar a desaprender?

La verdad no es un concepto o una creencia. Tampoco la construimos nosotros. La verdad es una con la realidad, ya está ahí. Lo que nos queda es descubrirla. Pero eso requiere “quitar los velos” que nos impiden verla. Y el mayor velo es la identificación con la mente. Así que sí: necesitamos desaprender tantas cosas –ideas, creencias, maneras de ver y de pensar…– que habíamos dado por “definitivas”. Por eso es tan importante practicar la meditación para aprender a acallar la mente porque, como bien supo ver Krishnamurti, “solo una mente en silencio puede alcanzar la verdad, no una mente que se esfuerza por verla”.

¿Así se “descorre el velo”?

Así es: el velo no se descorre pensando, sino acallando la mente. Ahí puede darse la genuina comprensión, que no es algo mental o puramente conceptual, sino experiencial o vivencial.

¿Qué puede decirse, de entrada, sobre la psicología transpersonal?

La psicología transpersonal es considerada como la “cuarta ola” de la psicología moderna, tras el psicoanálisis, el conductismo y la corriente humanista. Valora e integra las aportaciones anteriores –por ello, algunos autores prefieren hablar de “psicología integral”–, pero da un paso más. Apenas ha cumplido cincuenta años, pero está ya influyendo decisivamente en la comprensión de nosotros mismos y de la realidad.

¿Qué es lo más característico de la psicología transpersonal?

Si la palabra clave de la psicología humanista es “autorrealización”, podría decirse que en la psicología transpersonal la palabra central es “autotranscendencia”. Dicho brevemente: somos más que nuestra mente y más de lo que nuestra mente piensa que somos; más que la persona (“trans-personal”). Somos más que todo aquello que podamos observar; somos Eso que observa (Testigo, Consciencia).

¿Autotranscendencia?

No me extraña el interrogante, porque aquí las palabras ya se quedan cortas. Ese término no quiere significar un yo autosuficiente o inflado, que encontraría en sí mismo su propia “transcendencia”, sino más bien al contrario, es el reconocimiento de que nuestra identidad transciende por completo el yo que pensamos o creemos ser.

Algo de eso había intuido Abraham Maslow.

Así es. En cierto sentido, Maslow hace de puente entre la psicología humanista y la transpersonal. Y lo expresó en una frase iluminadora: “Todo proceso de autorrealización que no se aborta desemboca en un proceso de autotranscendencia”. Cuando no bloqueamos el proceso de autoconocimiento, llegamos a comprender que somos más que el yo separado que la mente piensa que somos.

¿Qué ha supuesto la psicología transpersonal en el intento de comprensión del ser humano?

Tal como lo veo, supone un salto cualitativo en el campo de la psicología y, más ampliamente, en la cultura moderna, porque la “mirada transpersonal” ha transcendido el ámbito de la psicología y colorea cada vez más espacios culturales.

La psicología transpersonal, conectando con las grandes intuiciones de la sabiduría perenne, constituye una herramienta imprescindible para responder adecuadamente a la pregunta decisiva: ¿qué soy yo? Es la primera pregunta porque, como señalara Kant, “el autoconcimiento es el principio de toda sabiduría”. Nuestro modo de ver la realidad será siempre deudor del modo como nos vemos a nosotros mismos. Y me parece que el “modo de ver” adecuado requiere una mirada transpersonal.

Háblenos de las dos dimensiones del ser humano que menciona en el libro: la psicológica y la espiritual

La realidad es paradójica, y el ser humano también lo es. En nuestro caso, eso significa –como afirma la psicología transpersonal– que lo que somos no se agota en la personalidad que tenemos. Nuestra paradoja se halla constituida por dos niveles que podemos designar como “personalidad” –plano psicosomático– e “identidad” –plano profundo o espiritual–. El crecimiento integral de la persona requiere atender ese doble nivel: cuidar lo psicosomático desde la comprensión profunda (o espiritual) de lo que somos, atender la persona en la que nos experimentamos desde la consciencia que somos.

Favorecer el crecimiento integral de la persona: ¿ese es el objetivo que persigue con este libro?

Sí. Visto desde el lado «práctico», el libro contiene un conjunto de claves y de recursos para comprendernos, vivir más plenamente y ayudar a vivir. Es muy difícil vivir con gusto y sentido y resulta prácticamente imposible establecer relaciones constructivas con los otros si no comprendemos qué somos y cómo funcionamos.

Cita a su abuela: “Lo que viene, conviene” ¿Qué nos podría explicar de esta frase tan sabia?

Además de entrañable para mí por haberla recibido de mi abuela, me parece una frase plenamente sabia, en armonía además con lo que han dicho personas sabias de todos los tiempos. Sé que a algunos oídos les resulta extraña…, hasta que se comprende su significado profundo. He tratado de desarrollar ese significado en otro libro publicado en estas fechas: “Vida” (publicado por la editorial “San Pablo”).

Adelantando algo en una sola frase…

La expresión “lo que viene, conviene” no se refiere tanto a los acontecimientos –mucho menos a la justificación o aprobación de los mismos–, sino a la actitud adecuada desde la que vivirlos. No significa que me guste, apruebe o justifique “lo que viene” –la lucidez y el espíritu crítico no se dejan nunca de lado–; significa que la sabiduría requiere alinearse en todo momento con lo real. Una vez alineados o alineadas con ello, brotará la acción adecuada en cada circunstancia.

Y conviene porque…

Cuando le preguntaban eso a mi abuela, ella contestaba: “porque viene”. Bromas aparte, es claro que todo lo que nos duele no le conviene al yo, que exige que las cosas que ocurren respondan a sus expectativas y lleva muy mal la frustración.

Conviene para algo…

Esa es la pregunta adecuada: ¿para qué conviene lo que viene? En un primer plano, la respuesta correcta me parece simple: “No lo sé”. Pero en un plano más profundo, bien puede decirse que conviene para que comprendamos que no somos ese yo separado que puede verse tambaleado por lo que viene, sino la consciencia que no es afectada por nada de lo que nos sucede. En este sentido, “lo que viene” es siempre nuestro maestro: viene para que aprendamos a comprender experiencialmente lo que somos, “Eso” que permanece inafectado, siempre a salvo, más allá de lo que se remueve en nuestro psiquismo. Por decirlo metafóricamente: a los personajes de una película les ocurren infinidad de cosas; a la pantalla, sin embargo, nada de ello le afecta. Con todo, para ver así lo que viene, es preciso que estemos en actitud de aprender, de abrirnos a nuestra verdad más profunda.

Pero no se trata de resignarse…

En absoluto. La aceptación profunda es exactamente lo contrario, tanto a la resistencia inútil como a la resignación. La resistencia genera sufrimiento, la resignación paraliza; la aceptación regala paz y, a la vez, moviliza. Pero no desde el “no” a la vida, sino desde el “sí” lúcido de quien se sabe alineado con ella.

Eso requiere una consciencia abierta…

Exacto; significa pasar de la errónea y nociva “consciencia de separatividad” –la creencia errada de estar separados de la vida es la fuente de todo sufrimiento– a la “consciencia de unidad” con todo y con todos. Somos diferentes, pero somos lo mismo.

Comenta que el secreto de la sabiduría consiste en la aceptación…

Así lo veo. Y eso mismo es lo que encuentro en el testimonio de hombres y mujeres de toda época. Te pongo solo dos muestras: el místico cristiano del siglo XVI, Juan de la Cruz, llegó a escribir: “Me parece que el secreto de la vida consiste simplemente en aceptarla tal cual es”. Y el sabio hindú Nisargadatta, en el siglo XX, afirmaba: “La esencia de la sabiduría es la total aceptación del momento presente”.

También cita, entre otros, a Sócrates y a Nietzsche ¿Qué han aportado ambos a la psicología transpersonal?

Más allá del término “transpersonal”, que es muy reciente, hay una corriente de sabiduría que siempre ha compartido grandes intuiciones: la importancia decisiva de la comprensión experiencial (para Sócrates el único vicio es la ignorancia) y la actitud sabia de alinearse con lo real, de vivir diciendo sí a la vida (Nietzsche).

¿Qué papel juega la meditación en la psicología transpersonal?

La práctica meditativa es el camino para acallar la mente (trans-cenderla) y saborear la verdad (trans-mental o trans-personal) de lo que somos. Ese es el lugar del silencio consciente que se vive en el estado meditativo o contemplativo.

¿Erramos por ignorancia?

Sin ninguna duda. Me vienen de nuevo las palabras de Sócrates: “Solo hay una virtud: la sabiduría; y solo existe un único vicio: la ignorancia”. Cada persona hace en cada momento lo mejor que sabe y puede, teniendo en cuenta su nivel de consciencia y su “mapa” representacional. Tal como escribo en el libro, todas las grandes tradiciones sapienciales afirman que el ser humano se halla constitutivamente orientado hacia el bien.  

¿Cómo ha pasado de una religiosidad teísta a una espiritualidad transreligiosa?

Fue todo un proceso que se dio de manera tan inesperada como evidente para mí. A partir de determinadas experiencias, fui testigo de que caían todas las creencias para quedarme anclado en lo que podría llamar una “espiritualidad sin adjetivos”, una espiritualidad que es sinónimo de profundidad humana y de fraternidad universal. Desde mi perspectiva, las religiones son “mapas”, más o menos acertados; la espiritualidad es el “territorio” compartido.

¿Su espiritualidad está relacionada con Dios?

¿Qué queremos decir con la palabra “Dios”? Si se entiende como un Ente separado, ciertamente no. Pero si con ese término aludimos al fondo último de lo real, a Aquello inefable que transciende todas las formas y que constituye la mismidad última de todo lo que somos –nuestra más profunda identidad, hablando ahora en clave transpersonal y no dual–, la respuesta solo puede ser afirmativa: es “espiritual”, no quien tiene unas determinadas creencias o cumple unas normas concretas, sino quien comprende y vive Eso que somos en profundidad; quien vive, no en estado mental, sino en estado de presencia.

Su libro tiene una vertiente práctica: “claves y recursos para la vida cotidiana”.

Sí; he querido que fuera eminentemente práctico, además de pedagógico. Por eso me pareció adecuado dividirlo en los cuatro capítulos que lo componen: 1) ¿qué es una “persona integrada”?, ¿qué es necesario tener en cuenta para crecer en unificación personal y en relaciones armoniosas?; 2) si estamos bien hechos/as, ¿por qué funcionamos mal?, ¿dónde está el origen de nuestro sufrimiento y qué nos cabe hacer?; 3) ¿cómo llegar a comprender y a ser lo que, paradójicamente, ya somos?; y 4) ¿con qué “herramientas” o prácticas podemos contar para todo ello?

¿Cree que podría ayudar a tantos afectados por la Covid-19? ¿Cómo?

He planteado todo el libro como una herramienta de ayuda, particularmente para quienes se ven más atrapados por el dolor, la incertidumbre, el desconcierto… La ayuda eficaz requiere comprensión experiencial de lo que somos –al comprender, sabemos que lo que realmente somos se halla siempre a salvo: podemos perder lo que tenemos, nunca lo que somos– y requiere, también, vivir un triple cuidado, que puede expresarse en tres palabras, que aluden a su vez a tres tipos de prácticas.

¿Cuáles son esas palabras y esas prácticas?

Las palabras son: acogerse, atender y estar (ser). Y las prácticas que necesitamos para favorecer una vivencia integrada y armoniosa son psico-afectivas, atencionales y expresamente meditativas o contemplativas.

Necesitamos cuidar el amor humilde e incondicional hacia nosotros mismos, educar la capacidad de atender –acallando la mente pensante, que rumia y cavila sin cesar– y saborear el silencio permaneciendo en el “solo estar”, la pura presencia consciente que somos, más allá de la persona en que nos estamos experimentando.

A mi modo de ver, ese triple cuidado garantiza la armonía y la plenitud de la persona.

Ver más detalles del libro: Editorial Desclée De Brouwer.

Para adquirir el libro en Latinoamérica:

Red de distribuidores de Desclée De Brouwer en Latinoamérica

En Argentina, me dicen que se puede conseguir en:
Librería “Ágape” (cuenta con varias sucursales).
Casa central: telf: 011-4571 6001.
Mail: agape@agape-libros.com.ar
www.agape-libros.com.ar.

BUSCAR EL TESORO QUE SOMOS

Domingo XVII del Tiempo Ordinario

26 julio 2020

Mt 13, 44-52

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y lo compra. El Reino de los Cielos se parece también a un comerciante en perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra. El Reino de los Cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien esto?”. Ellos le contestaron: “Sí”. Él les dijo: “Ya veis, un escriba que entiende del Reino de los Cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo de lo antiguo”.  

BUSCAR EL TESORO QUE SOMOS

          La metáfora del tesoro escondido u oculto, presente en diferentes tradiciones sapienciales, constituye una invitación a encontrar o descubrir aquello que, aun sin saberlo, anhelamos: lo que realmente somos.

          Y contiene varias indicaciones valiosas: el tesoro está ahí todo el tiempo, se trata simplemente de descubrirlo; no es algo separado de nosotros ni algo de lo que carezcamos, sino justamente aquello que somos; cuando se descubre, todo lo demás empieza a ser visto como algo secundario; y ese descubrimiento se traduce en alegría estable.

          Todo ser humano añora ese tesoro. De hecho, es ese anhelo el que nos mueve, nos hace iniciar la búsqueda y recorrer diferentes caminos, atraídos siempre por su aroma de plenitud. 

          Sin embargo, en esa búsqueda puede suceder de todo: nos despistamos y terminamos enredados; nos conformamos con pequeñas “golosinas” o nos entretenemos con “juguetes”, olvidando el tesoro real; acallamos la voz del anhelo aturdiéndonos con múltiples ruidos; nos decimos a nosotros mismos que el anhelo es inventado y que es necesario ser “prácticos” y no creer en “cuentos” ilusorios…

          Y aun en el mejor de los casos, cuando la búsqueda se apoya en una fuerte determinación, no resulta fácil superar la trampa que nos incita a buscar el tesoro en “algo” fuera, lejos o en el futuro.

          Lo cual me trae a la memoria el relato del ciervo almizclero. Fascinado por un olor exquisito cuya procedencia ignoraba, inició una carrera alocada por atraparlo. Por más que corría, el olor no lo abandonaba, aunque tampoco conseguía descubrir su procedencia. En un salto desafortunado, el ciervo se golpeó en el pecho con una rama puntiaguda, muriendo en el acto. Su pecho abierto guardaba el perfume que equivocadamente había buscado fuera.

          Como el ciervo, no podemos negar el “olor” de la plenitud. Pero nuestra mente, al reducirnos a la “forma” de nuestra persona –al identificarnos con el yo separado–, nos hace creer que la plenitud se halla fuera y ahí empezamos la carrera que no conduce a ninguna parte.

          La parábola nos recuerda: tú –en tu verdadera identidad– eres ya lo que estás buscando. No corras hacia fuera, porque donde tienes que llegar es a ti mismo. Acalla la mente y, si tienes paciencia y perseveras en ello, el silencio te mostrará el tesoro que desde siempre has añorado. Cuando eso ocurra, la búsqueda habrá concluido: has descubierto lo que siempre has sido y que, sin embargo, te permanecía oculto.

¿Cómo vivo la búsqueda? ¿Qué, dónde, cómo busco?

AFÁN JUSTICIERO

Domingo XVI del Tiempo Ordinario

19 julio 2020

Mt 13, 24-30

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: “El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo: pero, mientras la gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?». Él les dijo: «Un enemigo lo ha hecho». Los criados le preguntaron: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?». Pero él les respondió: «No, que podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega, y cuando llegue la siega diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero»”.

AFÁN JUSTICIERO

         El mundo fenoménico o de las formas se caracteriza por la polaridad. De manera que no puede existir nada sin su opuesto: blanco/negro, día/noche, salud/enfermedad, placer/dolor, nacimiento/muerte…, trigo/cizaña. Es precisamente esa condición la que hace posible el despliegue de las formas y la que nos permite conocerlas.

          La polaridad omnipresente puede confundirnos y hacernos pensar que se trata de realidades irremediablemente opuestas, hasta el punto de etiquetar a una de ellas como “buena” y a la opuesta como “mala”.

          Al hacer así, lo que era solo una polaridad que hacía posible el mundo de las formas lo convertimos en una dualidad que confunde y distorsiona nuestra mirada. Porque aquellos polos opuestos no son contradictorios sino complementarios.

          Las categorías “bueno” y “malo”, en cuanto polos opuestos, tienen su razón de ser para entendernos en el mundo de las formas, pero resultan completamente inadecuadas cuando las absolutizamos. Porque, en el plano profundo, todo está bien, todo es como tiene que ser: todo lo que percibimos no es sino un despliegue de la vida a través de la polaridad.

        Ante esta afirmación la mente analítica suele rebelarse airada, porque se le escapa la paradoja y es incapaz de captar el nivel profundo de lo real. Para la comprensión, sin embargo, resulta una obviedad: la realidad es paradójica y se requiere comprender sus “dos niveles” para poder integrarlos y vivirlos de manera armoniosa.

          Donde hay trigo forzosamente habrá cizaña. Y tiene razón Jesús: hay que dejarlos crecer juntos. No desde la justificación indiferente, sino desde la comprensión de que cada persona hace en cada momento todo lo que puede y sabe.

          Sin embargo, alguna mano posterior debió añadir en el texto la necesidad de “quemar la cizaña”. Tal añadido puede ser señal de nuestra “exigencia de justicia”. Tanto por nuestra sensibilidad ante el dolor ajeno como por la lectura que nuestra mente hace de las cosas, solemos abrigar una idea determinada, incluso bienintencionada, de la “justicia”, idea que ha llevado a no pocos pensadores –me vienen a la memoria los representantes de la teoría crítica, de la Escuela de Frankfurt– a afirmar el imperativo de que “el verdugo no triunfe sobre la víctima”.

      Sin embargo, sin negar toda su “buena intención”, tal planteamiento es tramposo, porque nace de una visión dualista y fragmentada. Desde la comprensión, el mismo Jesús –como han hecho todos los sabios– habló más bien de “perdonar a los enemigos” y de “ser compasivos como vuestro Padre, que es bueno con los ingratos y los malvados” (Lc 6,35).

      Ahí se mueve la comprensión no-dual, permitiéndonos apreciar que es solo nuestra inconsciencia la que nos hace ver el mundo dividido en “víctimas” y “verdugos”. Y esto no significa negar la realidad, sino verla desde otro lugar.

          Me parece urgente atrevernos a mirar el mundo con otros ojos, atrevernos a dar una interpretación distinta de los acontecimientos y actuar desde una consciencia más amplia. La transformación vendrá justamente de ese cambio de visión –que nace de una consciencia ampliada– y dará a nuestras acciones una calidad y una vibración diferentes, caracterizadas por la compasión eficaz.

¿Vivo comprensión profunda hacia las personas?