«ARMAR CON ACIERTO NUESTRO PUZLE INTERNO»

NUEVO LIBRO

ARMAR CON ACIERTO NUESTRO PUZLE INTERNO

Y ENTENDER LA MENTE PARA VIVIR SIN SUFRIMIENTO

A Ana, porque, viviéndote en verdad y en bondad, supiste armar,
de manera tan bella, tu puzle interno.

La mayoría de las personas son otras personas.
Sus pensamientos son las opiniones de otra persona, sus vidas son un plagio,
y sus pasiones un eslogan.
Oscar Wilde.

 En cada uno de nosotros hay otro a quien no conocemos…
El privilegio de una vida es convertirte en quien realmente eres.
Carl Jung.

La unidad en el espacio del psiquismo es una quimera mientras no nos conozcamos a nosotros mismos, pues nuestros “yoes” superficiales son múltiples. No solemos caer en la cuenta de que conviven en nosotros “yoes” distintos, cada cual con creencias e impulsos diferentes, porque transferimos nuestro sentimiento ontológico de unidad al plano psicológico.
Mónica Cavallé.

La falta de paz interior —en realidad, todo malestar emocional—
denota que estamos más o menos fusionados con un pequeño yo
—protector o exiliado—.
Cuando se produce la defusión de todos ellos
 —cuando dejamos de identificarnos con el yo—,
lo que queda es espaciosidad, descanso, libertad, gozo y amor.

ÍNDICE

Prólogo, de Esther Fernández Lorente

Introducción. Armar el puzle: vivir lo que somos

1. Entender, acoger y trascender la mente
Mente: riqueza y límites
Más allá de la antropología pesimista y del paradigma monomental
Tu mente no puede saberlo, pero nunca te ha faltado nada
Ejercicio 1.1. Cómo me relaciono con mi mente

2. Las piezas del puzle
Un juego de exiliados y protectores
Una primera aproximación a los protectores
El lugar de la consciencia
Lo que ocurre cuando no ponemos atención
Ejercicio 2.1. Reacciones desproporcionadas, protectores extremos y exiliados básicos
Ejercicio 2.2. Conocer mis protectores extremos y mis exiliados básicos
Los actores en acción: una sesión de psicoterapia

3. Aproximación a nuestro modo de funcionar y proceso de defusión
En la superficie más visible
Cuando un sentimiento disfuncional toma el mando
Despertares dolorosos e involuntarios
Protectores que no lo parecen
El niño herido (exiliado) que vive en nosotros
Ejercicio 3.1. Acercarnos a nuestros yoes internos: los protectores
Ejercicio 3.2. Acercarnos a nuestros yoes internos: los exiliados
Ejercicio 3.3. Mapeo inicial de mis protectores y mis exiliados

4. Claves básicas para acoger y liberar a protectores y exiliados desde la consciencia que somos
Acoger, agradecer y liberar a los protectores
Seis rostros concretos de protectores
Dialogar con los protectores (1): la rumiación
Dialogar con los protectores (2): la ansiedad
Dialogar con los protectores (3): el crítico interno
Acoger y rescatar al niño herido y liberar al niño original
Seis rostros concretos de niño herido
Dialogar con los exiliados (1): el yo abandonado
Dialogar con los exiliados (2): el yo avergonzado
Dialogar con los exiliados (3): el yo desvalorizado
El fruto de la liberación: descanso, espaciosidad, libertad y transformación
Ejercicio 4.1. Dialogar con los protectores
Ejercicio 4.2. Dialogar con los exiliados
Ejercicio 4.3. Acoger al niño/a herido/a cuando aparece en la vida cotidiana

5. Reconocer la consciencia y vivir sabiéndonos ella, acogiendo nuestra realidad completa
Más allá de lo observado, la pregunta por eso que observa
La experiencia solo es posible gracias a la consciencia
El proceso de separación o defusión del yo
La consciencia acoge y abraza todo lo que en ella aparece
Ejercicio 5.1. Convivir de manera consciente con los propios yoes
Ejercicio 5.2. Situarse en la consciencia, comprender a protectores y exiliados y vivir lo que realmente somos
Ejercicio 5.3. Práctica meditativa para anclarse en la consciencia y vivir la defusión
Ejercicio 5.4. Cuando el yo se hace a un lado

6. De reaccionar a responder: un caso práctico donde aparecen todos los actores
Adictos a la reactividad
Acoger al niño herido al que quería proteger la reactividad
En la comprensión cesa la reactividad
Ejercicio 6.1. ¿Reacción o respuesta?
Ejercicio 6.2. Del yo a la consciencia
Ejercicio 6.3. Práctica meditativa: guía para acceder al silencio

Epilogo. Cuando el yo se quita de en medio

Pequeño glosario

 

PRÓLOGO, de Esther Fernández Lorente

           A lo largo de estos días, trabajando la sugerente propuesta que Enrique Martínez Lozano nos ofrece en este libro, me he acordado de una persona con la que compartí una etapa del camino hace ya unos años; le gustaban mucho los puzles. El mejor regalo que le podíamos hacer era uno de esos con infinidad de piezas diminutas que extendía sobre la mesa. Aquello era un caos de formas y colores que ella iba agrupando siguiendo los tonos dominantes antes de comenzar la labor del ensamblado.

          Me encantaba ver su atención durante horas, a lo largo de varios días, observando cada pieza, la singularidad de sus detalles, de sus huecos, su relieve y también su parecido con otras para ir armando partes sueltas que tenían el mismo color o compartían algunos matices concretos. Iban apareciendo así pequeñas islas sobre la mesa con imágenes inconexas: un ojo azul, un cuadro de flores violetas, un perrito marrón sobre fondo gris, el sillón verde con la manta naranja… Todo enmarcado por las piezas laterales ya armadas.

          Porque mi amiga comenzaba siempre por esas piezas más sencillas con caras lisas que, con mayor facilidad, encontraban su lugar en las esquinas y en las líneas exteriores. Por eso, se movía de la periferia hacia el centro armando posteriormente esas islas de imágenes aparentemente desconectadas entre ellas, pero con la coherencia interna de colores que iban dibujando formas reconocibles que flotaban dentro del marco. Con mirada muy atenta a los detalles, encontraba, más tarde, los fragmentos que las entrelazaban. Así, iba apareciendo, pieza a pieza, esa hermosa imagen que siempre había estado ahí, oculta al principio en el caos, desenfocada a veces en esa parte que no encajaba y que ocupaba durante algún tiempo toda la atención, esa hermosa imagen intuida, pero carente de sentido en las piezas inconexas durante el proceso.

          A lo largo de estas páginas me he sentido invitada a seguir dedicando tiempo y espacio al autoconocimiento poniendo la atención en las partes que iban surgiendo de mi propio puzle interior, las que me cuesta aceptar y me hacen sufrir: patrones de conducta destructivos (evitativos o compensatorios) para mí o para los demás, emociones desproporcionadas que me inundan, a veces, ocupándolo todo y que me hablan de creencias limitadas muy profundas sobre mí misma, de heridas y carencias…; también en esas partes que transparentan mi ser profundo y me llenan de alegría y compasión.

          Me he sentido invitada por las palabras de Enrique y las prácticas que propone a poner una atención amorosa en cada una de ellas. Las he visto como islas aparentemente inconexas en ocasiones e incluso opuestas en algunos casos, partes de mi ser que compartían colores y rasgos, conductas y emociones, pero que a veces parecían no conocerse o vivir en aparente lucha e incluso rechazarse mutuamente. He querido mirarlas más allá de su apariencia, escucharlas, acogerlas y descubrir, desde el amor a la verdad, las piezas de las que estaban hechas, esos hilos tal vez de desconfianza, de evitación del dolor, de búsqueda de control y/o perfección, de miedo a que se tambalee la fachada, piezas que protegían la propia imagen de insuficiencia u ocultaban la propia luz a veces temida. También he contemplado piezas de creatividad, cariño y hondura, piezas de gran belleza y calidez.

          El marco que ha ido facilitando la construcción de este puzle es la relectura profunda y clara de la IFS (Sistemas de Familia Interna) que Enrique va desarrollando a lo largo de este libro. Este marco me ha posibilitado, como a mi amiga, hacer un viaje de la periferia al centro ayudada por el andamiaje de prácticas y cuestionarios. Pero, sobre todo, y dando un paso más allá, algo a lo que Enrique nos tiene acostumbrados, me ha regalado la experiencia de realizar este camino anclada en el Ser, de poder contemplar mi entramado psicológico desde la experiencia de la Consciencia que soy, desde la bondad, verdad y belleza que me constituyen, más aún, desde la unidad que me vive y me sustenta.

          Se me ha regalado, pieza a pieza, la comprensión de que esa integración armoniosa que se va construyendo o, mejor dicho, desvelando, no es el fruto de eliminar o bloquear lo que nos duele o nos genera sufrimiento. Esa imagen integral es el resultado de “andar en verdad”, como diría Teresa de Ávila, de nuestra disposición a ver y sentir todo lo que se da desde la aceptación, de nuestra disposición a transitar el gozo y el sufrimiento con una gratitud profunda a la vida que quiere desplegarse en nosotros y nosotras, aunque a veces, en nuestras creencias limitadas, lo haga por caminos equivocados.

          Se me ha regalado la comprensión de que ya somos, en lo más profundo, aquello que se va desvelando y de que la atención amorosa es la herramienta de trabajo más poderosa para armar con acierto nuestro puzle interno, para la integración de nuestro ser: atender y amar lo que se muestra sin juicios, atender y amar incondicionalmente desde la Consciencia que somos y, como dice Enrique, siempre está a salvo, atender amorosamente para más vida y vida en abundancia.

 

INTRODUCCIÓN

 ARMAR EL PUZLE: VIVIR LO QUE SOMOS

          A partir de las experiencias de comprensión que se me regalaron en el año 2005, me quedó claro que nuestra única “tarea” no era otra que vivir lo que (ya) somos, y así lo intenté plasmar, con las luces que entonces tenía, en el libro que lleva ese mismo título[1].

          Sin embargo, en contra de lo que pudiera parecer a simple vista, tal tarea no es fácil. Requiere, como todo lo humano, de la aportación de la psicología y de la espiritualidad. Solo el concurso de ambas permite una articulación adecuada de nuestra paradoja, abrazando y teniendo en cuenta, en todo momento, las dos dimensiones -personalidad e identidad- que nos constituyen.

          Me parece claro que la mencionada tarea únicamente será posible desde la comprensión de lo que somos, comprensión que, de manera simultánea, habrá de ir acompañada de un proceso psicológico de unificación y armonía.

          Ambas condiciones me remiten a la imagen del puzle. Por lo que la tarea de vivir lo que somos viene a coincidir con aquella otra de armar con acierto nuestro puzle interno. Y ahí se descubre que, justo en la medida -y solo entonces- en que se arma adecuadamente ese puzle, se produce el despliegue de lo que somos de una manera armoniosa.

          Armar el puzle requiere, de entrada, conocer las piezas que lo constituyen y el modo como se articulan entre sí. Tanto el olvido de alguna como la ignorancia de la interrelación entre ellas hacen que la tarea se vea abocada al fracaso.

          Desde que fui consciente de todo esto, no he cesado de buscar y de proponer herramientas pedagógicas que facilitaran este trabajo y garantizaran un avance cierto. Y en esa búsqueda he encontrado una propuesta que me resulta especialmente llamativa por su potencia pedagógica. Me refiero al modelo propuesto por el Internal Family Systems Institute (IFS)[2], de orientación sistémica, fundado por Richard C. Schwartz.

          Ha sido justamente el reconocimiento, en mi propia persona, de su capacidad y eficacia pedagógica, lo que me ha llevado a recurrir a él, sirviéndome de sus claves básicas -aunque introduciendo perspectivas nuevas y ampliando el marco de referencia-, para articular esta propuesta, con el objetivo de favorecer el trabajo psicológico y espiritual que hace posible vivir lo que somos[3].

          Desde esta introducción deseo subrayar una característica de IFS que me resulta tan acertada como valiosa: la afirmación de que “no hay partes malas” en nosotros[4], sino que cada una tiene un porqué y un para qué. En consecuencia, el modo adecuado de tratarlas pasa por el diálogo con ellas, como veremos a lo largo del texto, si queremos acertar a la hora de construir nuestro puzle interno.

          Siempre con la vista puesta en ese objetivo, y con la propuesta de IFS como trasfondo, divido este trabajo en los siguientes capítulos, cuyo contenido comento brevemente.

En el capítulo 1, empezaré ofreciendo unas claves para entender, acoger y trascender nuestra mente. No olvido lo que alguien me enseñó hace ya muchos años: la mente te tratará de la misma manera que tú la trates a ella. De ahí, la importancia de acogerla, amorosa y respetuosamente, al mismo tiempo que buscamos entender su modo de funcionar. Pero, como veremos, no se trata únicamente de entenderla, sino que es necesario trascenderla -cesar en la identificación con ella y reconocerla como lo que es: una herramienta-, si no queremos perdernos en la ignorancia -y, en consecuencia, en la confusión y en el sufrimiento inútil- desde el mismo inicio. Es obvio que el simple hecho de poner luz en ello, desmontando creencias tan arraigadas como falsas, proporciona la actitud adecuada para llevar adelante todo el trabajo.

En el capítulo 2, me detendré en la exposición de las diferentes “piezas” que nos constituyen, y que IFS divide en una triple categoría: protectores, exiliados y self. Por mi parte, y sobre la base también de mi propia experiencia -entendiendo el self como una instancia psicológica, por más que sea considerada netamente positiva y “sana”-, incorporo de manera expresa la consciencia, porque, por un lado, remite de manera directa e inmediata a nuestra identidad última; y por otro, evita cualquier equívoco de partida, al mostrar que nos estamos refiriendo, no a una instancia psicológica más, sino a la realidad transpersonal y no-dual, que no es una parte más ni tampoco la suma de las partes, sino aquella realidad estable y permanente que las constituye, las sostiene, las acoge y permite integrarlas armoniosamente en una unificación creciente[5]. Por decirlo brevemente y con una clara intencionalidad pedagógica, la consciencia -lo que realmente somos- es aquello que observa todas las partes y no puede ser observado. Así pues, en lo concreto, hablaré de exiliados, protectores, self y consciencia[6]. Los llamados exiliados se agrupan, según otro esquema explicativo de la persona, en la figura del niño interior herido, mientras que los protectores -sean preventivos o reactivos- no son sino los diferentes mecanismos de defensa, que se activan automáticamente en el instante mismo en que aparece dolor.

Clarificados esos elementos, podremos acercarnos a entender nuestro modo habitual de funcionar (capítulo 3), aportando claves que nos permitan vivir de una manera más ajustada y coherente[7], como consecuencia de acoger y liberar a nuestros protectores y exiliados (capítulo 4).

Subrayaré a continuación la importancia decisiva de entrenarnos en permanecer en la consciencia -o mejor, en dejar que viva en nosotros la consciencia que somos-, creciendo en desidentificación del yo (capítulo 5), lo cual nos permite vivir, no reaccionando, sino respondiendo a lo que el presente nos trae en cada momento (capítulo 6). Me resulta evidente que solo ese entrenamiento constante, unido al trabajo psicológico que se precise, irá haciendo posible vivirnos, de manera consciente, no en la mente ni en el yo -adonde nos empuja la inercia que arrastramos-, sino en la consciencia que somos. La práctica, en concreto, pasa siempre por poner la atención en eso que es consciente para que, de ese modo, el yo se quite de en medio (Epílogo) y, en consecuencia, pueda brillar ante nosotros lo que siempre es y somos. Solo así, es posible armar con acierto el puzle completo.

El libro se cierra con un Pequeño glosario, que he creído oportuno incluir, con el fin de delimitar el sentido de los términos más relevantes que aparecen en el texto. Por ese motivo, me atrevo a sugerir la conveniencia de empezar por ahí la lectura del libro[8]: conocer de antemano el significado del vocabulario utilizado facilitará, sin duda, entender lo escrito.

Con el declarado objetivo de crecer en comprensión, a lo largo del texto compartiré, tanto experiencias personales que puedan aportar luz, como ejercicios prácticos que favorezcan aterrizar y hacer operativas las claves que vayan apareciendo.

          El sufrimiento -no el dolor- nos muestra que, en mayor o menor medida, en nuestro interior nos hallamos escindidos. Tal escisión es consecuencia de heridas, carencias o temores no resueltos y de la ignorancia acerca de lo que somos.

          Para superar la escisión y responder al anhelo de unificación, necesitamos conocernos profundamente, confiar en nuestra guía interna y hacernos diestros en gestionar adecuadamente nuestro universo interior. Tres cuestiones, por cierto, a menudo olvidadas, cuando no absolutamente ignoradas, por la educación convencional, que refleja carencias básicas de nuestro medio sociocultural.

          En concreto, necesitamos conocer de primera mano las “piezas” que nos constituyen y aprender el modo sabio de relacionarnos con ellas para vivirnos armoniosamente, en un amor que, pacificándonos, nos unifica interiormente y nos despliega hacia los demás.

          La propuesta remite, por tanto, a un trabajo de autoindagación que permita experimentar por uno mismo, de primera mano, la realidad que nos constituye. Soltando creencias aprendidas, pero no verificadas por nosotros mismos, nos iniciamos así como “buscadores”, hasta que se produzca el reconocimiento inmediato de lo que realmente somos.

          En algunos ámbitos suele hacerse una distinción entre seguidores y buscadores. Las religiones -de manera particular, las teístas- promueven seguidores -hasta el punto de que, en su particular argot, se les denomina “fieles”[9]-, de quienes se espera que se mantengan aferrados a las creencias que la propia religión propone. Tal es el motivo por el que, en Occidente, los buscadores no han estado bien vistos: su actitud -como la de todo librepensador- despertaba recelos, al ser percibida como una amenaza para cualquier creencia. Aquel posicionamiento religioso se basa en la creencia -siempre una creencia- de poseer la verdad, lo cual impide reconocer que toda creencia no es sino una verdad prestada, una respuesta heredada, en definitiva, un conocimiento de segunda mano. Frente a la actitud sumisa de los “fieles” o seguidores, los buscadores, dejando de lado todo tipo de creencias, indagan por su propia cuenta para no aceptar sino aquello que ellos mismos pueden experimentar. Tienen en cuenta todas las voces, pero pasan todas ellas por el tamiz de la propia experiencia. Ahora bien, así como los seguidores tienden a asumir meras creencias, los buscadores fácilmente caen en el engaño de leerse en clave de carencia, lo cual los lleva a situar la verdad -la plenitud- en un horizonte futuro, más o menos lejano, al que aspiran llegar algún día. Pues bien, frente a ambas posturas, desde mi experiencia, la actitud adecuada es la de quienes podemos designar como “reconocedores”. Liberados de todo tipo de creencias religiosas -que mantienen los seguidores-, porque no se conforman con conocimientos de segunda mano, liberados igualmente de la creencia del buscador que lleva a imaginar la plenitud en el futuro, los reconocedores saben -han hecho experiencia de- que, en el plano profundo, todo es ya. Y no se precisa sino retirar el velo mental que deforma la realidad, para caer en la cuenta de la plenitud que somos y vivirnos desde esta consciencia. Ni seguidora ni buscadora, la persona despierta sabe que ya somos todo lo que buscamos y anhelamos; solo nos falta reconocerlo.

          No necesitas ser mejor de lo que ya eres. Solo necesitas conocerte en profundidad y crecer en habilidad para gestionar y armar tu complejo puzle interno. Celebraré que estas páginas puedan ayudarte a conseguirlo.

Deseo terminar esta introducción agradeciendo a tres personas amigas, excelentes conocedoras de la cuestión abordada en este libro y expertas en lo que podemos llamar “trabajo interior” -Fernando Tobías, Alberto Navarro y Esther Fernández Lorente-, que leyeran el borrador y me aportaran acertadas y valiosas sugerencias, que han enriquecido el texto. Muchas gracias de corazón. La última palabra de esta introducción es también de gratitud. Gracias a Esther por la joya que nos regala en forma de Prólogo hermoso y poético, “completo” en sí mismo, donde la prosa elegante del texto, el acierto en las imágenes utilizadas y la riqueza y profundidad del contenido se combinan de manera tan armoniosa como elocuente. Deseo que os dejéis atrapar por su belleza y movilizar interiormente por todo lo que es capaz de evocar.   

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[1] Vivir lo que somos. Cuatro actitudes y un camino, Desclée De Brouwer, Bilbao 2007.

[2] https://ifs-institute.com/

[3] De la misma manera que, hace ya un tiempo, me comprometí a no afirmar ni enseñar nada que no hubiera experimentado, tampoco propongo ninguna práctica, cuya eficacia no haya comprobado en mí mismo.

[4] Tal es el título de la obra de R. SCHWARTZ, No hay partes malas. Sanar el trauma y recobrar la plenitud con el modelo Sistemas de Familia Interna (IFS), Eleftheria, Barcelona 2021. Otro libro interesante, que me ha servido de inspiración en este trabajo es el de J. EARLEY, La terapia del Self, Eleftheria, Barcelona 2016. En esa misma escuela se sitúa el libro de M. SWEEZY, Internal Family Systems Therapy for Shame and Guilt, Guilford Press, New York 2023; y el de R. DE LA ROSA, Superar el trauma. Una nueva visión de la autocompasión, Kairós, Barcelona 2025.

[5] Sospecho que, en el modelo propuesto por IFS, entienden el self como sinónimo de consciencia. Por mi parte, sin embargo, prefiero afirmar la centralidad de esta de manera expresa y con toda nitidez. Tal como explicaré en su momento, aunque se refiera a la dimensión nuclear, dinámica y positiva de la persona, el self no deja de ser una instancia psicológica, es decir, un objeto más -y, como tal, observable- dentro del campo de la consciencia.  

[6] También más adelante me referiré al hecho de que el self es la plasmación de la misma y única consciencia en cada individuo particular. Esto explica que, al situarnos lúcidamente en la consciencia, ya somos remitidos de manera inmediata al self. En mi propuesta, como se irá viendo a lo largo de la exposición, el trabajo con protectores y exiliados se aborda, de manera explícita, desde la consciencia.

[7] Entiendo por “coherencia”, no la actitud que sería consecuente con los principios o creencias que se profesan -y que solo son constructos mentales-, sino la fidelidad a la consciencia que somos y que fluye a través de nosotros. En este sentido, la coherencia no nace de un esfuerzo voluntario, sino que, aunque en ocasiones lo requiera, es fruto de la comprensión experiencial.

[8] Pag. 209-220.

[9] Es de notar que no se habla de fidelidad a uno mismo -que sería el camino adecuado-, sino de -en teoría- “fidelidad a Dios” que, en la práctica, se materializa exigiendo fidelidad a las creencias o dogmas y, en último término, a la autoridad religiosa. Con lo cual, bajo el nombre de fidelidad, lo que se está promoviendo, en realidad, es sumisión. Lo cual queda reflejado, de manera impensada, incluso en el mismo lenguaje que distingue “pastores” y “rebaño”.

«VIVIR SIN CULPA»

A Ana, inocencia transparente, generadora de confianza.

«¿Quién es ese yo que, en nuestro interior, es un crítico severo, que es capaz de aterrorizarnos e impulsarnos a una actividad fútil y que, al final, nos juzga todavía más severamente por los errores a los que sus reproches nos condujeron?» (Thomas S. Eliot).

«La confianza es la base de la vida. Hay que tener un suelo por el que andar porque a veces la tierra física, la tierra psíquica, la tierra material se hunde bajo los árboles. Hay un suelo debajo del suelo, y este subsuelo es la confianza….
La confianza está siempre aquí, incluso cuando la pierdo no está muy lejos de mí. Cuando la pierdo sé que está en la habitación de al lado y que, tarde o temprano, la encontraré. Tener confianza en la vida es tener la intuición de que no se dañará a lo más querido y a aquello que no conseguimos ni nombrar. Hay que comprender que en lo profundo no estamos en peligro…
La confianza es la madre de todas las raíces: si la tienes, darás con todo el resto» (Christian Bobin).

«El pecado es necesario, pero todo acabará bien, y todo acabará bien, y cualquier cosa, sea cual sea, acabará bien» (Juliana de Norwich).

CONTRAPORTADA

La culpa es una creencia errónea de efectos devastadores. De manera oculta e insidiosa envenena la existencia y sumerge a la persona en un pozo de apatía y en una dinámica perversa en la que ve saboteados sus mejores propósitos y bloqueada su confianza. La culpa encierra a la persona en una espiral de miedo que fácilmente trunca la confianza y agosta la alegría: la culpa cercena de raíz la alegría de vivir. Y con la culpa, el castigo: otra creencia generalizada que contamina y envenena, bloqueando la capacidad de amar.

Liberarse de ellas requiere, a la vez, un trabajo psicológico que traduce la culpabilidad en responsabilidad, y un trabajo espiritual que desvela su error radical. El resultado es la liberación del miedo y la recuperación de la confianza: el regreso a la inocencia.

Desenmascarar la mentira de aquellas creencias amplía el horizonte, ensancha el corazón, hace saltar las barreras del laberinto mental que constriñe y nos permite reconocernos como vida que fluye y juega en libertad. El miedo y el egocentrismo, sostenidos antes por la culpa y el castigo, dan paso a la confianza y al amor. Y una vez más constatamos, por experiencia propia, que solo la comprensión libera.

Editorial Desclée De Brouwer.

ÍNDICE

Introducción: Bajo el peso de la culpa

  1. La génesis: ¿cómo nace la culpa?

En la especie humana
Una creencia culpabilizadora: la doctrina del “pecado original”
En el individuo particular

  1. Los efectos: desolación y hundimiento

Autorreproche, miedo y castigo
Hundimiento
Adictos a la culpa, adictos al castigo

  1. La trampa: la culpa es una creencia errónea

Una convención cultural basada en creencias erróneas
El punto decisivo: ¿un yo libre y hacedor?
El testimonio de los sabios
Salir de la creencia errónea

  1. La comprensión: de la culpabilidad a la responsabilidad y al reconocimiento de lo que somos

Desde la psicología: de la culpabilidad a la responsabilidad
Desde la espiritualidad: la culpa no existe
¿No hay nada que hacer?
La comprensión: donde todo encaja

  1. El camino sabio o espiritual: confiar siempre

Resistencias a confiar
Invitación a confiar
Confiar es amar lo que es
Confiar es vivir diciendo “sí”
Confianza, aceptación y responsabilidad

 

INTRODUCCIÓN
BAJO EL PESO DE LA CULPA

La culpa es una creencia errónea, de efectos devastadores.

Pocas cosas han hecho (hacen) tanto daño a la humanidad como la creencia generalizada en la culpa y en el castigo como medio de expiación de aquella. Pareciera como si, de forma premeditada, se hubieran conjugado factores de tipo psicológico, sociocultural y religioso para abonar, sostener y reforzar ambas creencias que, asumidas acríticamente, cumplen la función de sustentar y nutrir un sistema social radicalmente centrado en el ego.

Como resultado, la vida humana, tanto en su dimensión personal como en su dimensión social, queda envenenada de raíz, mientras las personas se ven introducidas en un laberinto de angustia, que se plasma y se proyecta en forma de juicio, condena, reproche, enfrentamiento…: castigo. Solo la liberación de aquella doble creencia hace posible reconocer nuestra inocencia original y vivir en confianza y en amor, hacia sí mismo y hacia todos y todo lo demás. La culpa y el castigo buscan sostener el sistema egoico en el que la humanidad se halla atrapada. Desenmascarar la mentira de esas creencias libera del miedo y de la angustia, amplía el horizonte, ensancha el corazón, recupera la confianza, hace saltar las barreras del laberinto mental que constriñe y nos permite reconocernos como vida que fluye y juega en libertad, como amor que encuentra plenitud y gozo en el hecho mismo de amar. Una vez más constatamos, por experiencia propia, que solo la comprensión libera.

Pocas cosas producen efectos tan devastadores en la vida de las personas como el mal llamado “sentimiento” de culpa. Digo mal llamado porque, hablando con rigor, la culpa no es un sentimiento sino una creencia mental que acusa constantemente con mensajes del tipo: “eres malo, en ti hay algo inadecuado o incorrecto, no estás a la altura, no mereces, has actuado mal y debes ser castigado, eres culpable”…

Como ha escrito Richard Schwartz, “la vergüenza [o culpa visual] es la carga más primitiva, aterradora, tóxica y motivadora de todas. ¿Por qué la vergüenza es tan poderosa? Porque cuando nos sentimos avergonzados [culpabilizados], creemos, en algún nivel, que no valemos nada”[1].

Detrás de cualquier peso que lastra la existencia de las personas es fácil encontrar siempre esa creencia culpabilizadora, que se experimenta en forma de sentimientos de pesadumbre, hundimiento y apatía, y que requiere, de un modo u otro, expiación y, por tanto, castigo.

Aunque con frecuencia resulte inconsciente al propio sujeto, me parece claro que, en la base de la depresión y del sufrimiento mental, habita siempre, aunque oculta, alguna creencia culposa.

Partimos, pues, de esta primera constatación: la culpa es una creencia errónea que conduce inexorablemente a la paralización y al hundimiento, al tiempo que instala a la persona en el autorreproche y la introduce en un peligroso bucle de escrúpulos. Y, sin embargo, a pesar de los efectos funestos que produce, solemos vivir culpándonos y culpando a los otros, repitiendo un programa o patrón mental, tempranamente aprendido y poderosamente grabado en nuestro psiquismo.

Analizaremos la génesis de esta creencia, los factores –educacionales, culturales y religiosos, así como la ignorancia espiritual– que la refuerzan, los efectos que produce y la trampa en la que se asienta, desde la comprensión de lo que somos, como camino para transitar el camino de la sabiduría –de la liberación–, que no es otro que el de la confianza radical que es expresión de la inocencia que somos.

Siempre que trato el tema de la culpa, me viene el recuerdo de una niña –convengamos en llamarla Silvia– que, con apenas siete años, se sentía, sin saberlo aún expresar, culpable de existir. No se me ocurre otro motivo que pese y agobie más a una persona que el sentimiento de que su existencia ha sido y sigue siendo un error.

“Mis papás serían más felices si yo no hubiera nacido”, me compartía aquella niña, presa del llanto y sin entender el motivo de su agobio y pesadumbre. En los niños ocurre así: al no entender las causas de su sufrimiento, leen su malestar en clave de culpa. Y las consecuencias aparecen de inmediato, envenenando su existencia. En el caso de Silvia se manifestaban en un marcado auto-rechazo y un exagerado perfeccionismo, que corrían a la par con un sentimiento sordo de tristeza, así como de enfado y hostilidad latentes, siempre a punto de estallar[2].

De hecho, son síntomas característicos que nos permiten descubrir la culpabilidad inconsciente: una actitud hostil hacia sí mismo y hacia los otros –hacia el mundo– y una sobre-exigencia desmedida que nunca alcanza –ni puede alcanzar– su objetivo. Por una parte, el auto-rechazo es el castigo que la culpa conlleva: en la medida en que me atribuyo la causa de mi sufrimiento me estoy convirtiendo en mi propio enemigo, por lo que viviré hostilidad hacia mí. Por otra, la sobre-exigencia o el perfeccionismo aparecen como la única salida posible para “reparar” la culpa y demostrar que me gano el derecho a existir, lo cual explica que culpa y perfeccionismo sean las dos caras de la misma moneda. Finalmente, el enfado o incluso la hostilidad hacia todo no es sino expresión automática del estado interior de frustración y del sufrimiento escondido.

Dado que, con frecuencia, el llamado sentimiento de culpa se inoculó en algún momento que ya escapa a nuestro recuerdo, no es extraño que la propia persona no sea consciente del mismo. Se sienten sus síntomas, en forma de pesadumbre y hundimiento, agobio y falta de ganas de vivir, perfeccionismo y sobreexigencia, escrúpulos y duda exagerada, pero la raíz permanece oculta. En ese caso, tal vez sea útil preguntarse cómo descubrir si se alberga algún sentimiento de culpa. Y, sin duda, la respuesta vendrá dada por el hecho de detectar –o no– los síntomas mencionados: cuando se prolonga el malestar interior acompañado de la falta de amor incondicional hacia sí, cuando se percibe enfado o reproche hacia uno mismo, cuando se mantiene una exigencia desproporcionada o un perfeccionismo que se manifiesta hasta en detalles insignificantes, así como cuando se vive una exigencia –en formas, a veces, sutiles– hacia los demás y una tendencia a culpabilizarlos siempre que –nos parece– no responden a lo que consideramos adecuado o correcto, cuando detectamos un movimiento interno a castigarnos o castigar a los otros, sin duda nos hallamos ante un sentimiento de culpabilidad no resuelto o incluso ni siquiera reconocido.

En un correo reciente, una mujer me comentaba su sorpresa al descubrir que, oculta de mil maneras, la culpa, sin embargo, se hallaba presente en prácticamente todo lo que vivía: “A veces -escribía- he sido consciente del trasfondo de culpa que yo añadía en algunas situaciones. Sin embargo, en este momento, me estoy haciendo consciente de que la culpa empaña prácticamente toda mi forma de actuar y vivir, lo cual para mí ha sido revelador: toda mi vida me he avergonzado de haber sentido que no fui una niña feliz y he ocultado esa vergüenza, sin ser consciente de que ahí estaba la culpa; me he sentido indigna y  poco querida en mi familia, sin darme cuenta de que eso era culpa; he experimentado miedo a mostrarme, sobre todo, a mostrarme sensible y vulnerable; he vivido exigiéndome al máximo en todo, creyendo que así estaba dando lo mejor de mí…, y ahora atisbo que eso también tiene que ver con la culpa; he mantenido una gran exigencia hacia los que me rodean, en concreto hacia mi marido y mis dos hijos, sin ser consciente de que también está empañado por la culpa…”.

En ocasiones el sujeto percibe la culpa como un peso que lo asfixia y paraliza, asociándola incluso a un hecho concreto y bien delimitado. En otras, sin embargo, la culpabilidad adopta unos matices más imprecisos e incluso nebulosos, si bien no por ello menos angustiantes, en forma de sensación difusa que permea toda la existencia, a la que tiñe de tonos oscuros. Y en otras, finalmente, ni siquiera se ha hecho consciente el habitualmente llamado sentimiento de culpa; sin embargo, resultan patentes los síntomas, mencionados anteriormente, que lo delatan. Se trata de una mezcla de tristeza y pesadumbre que con frecuencia desemboca en la apatía y la depresión.

El sentimiento de culpa, reconocido o no, supone un peso que fácilmente lastra toda la existencia, a la que colorea de tonos grises e incluso tenebrosos. La tristeza, el abatimiento y el autocastigo, cualquiera que sea la forma que adopten, muestran hasta dónde llega su poder destructor.

No es extraño que, ante el malestar experimentado, se activen mecanismos de defensa que intenten paliar aquellas sensaciones desagradables. Entre ellos, suelen ser habituales la sobre-exigencia, el perfeccionismo, el activismo –incluso en forma de compromiso social o político–, la compensación, el aturdimiento, la huida en forma de adicciones, la rigidez, la exigencia hacia los demás, la culpabilización de los otros…

A través de esos mecanismos se busca, consciente o inconscientemente, aliviar el peso de una culpa que llega a resultar insoportable. Eso explica que la persona se embarque en un perfeccionismo extenuante y pueda vivir una desmesurada exigencia como reparación inconsciente de no sabe bien qué. O que se lance a un activismo exagerado que, a la vez que la distrae del malestar interior, pareciera otorgarle “méritos” que le garantizarían el reconocimiento de su valor ante sí misma y ante los demás; en concreto, en este campo, la pasión por el compromiso puede constituir un terreno especialmente adecuado para obtener aquel doble objetivo: expiación y reconocimiento. Lo cual explicaría la presencia de la rigidez, tanto en el perfeccionismo como en el activismo y, en concreto, en la forma de vivir el compromiso. La rigidez, en efecto, es un síntoma que delata dolor e inseguridad, signos ambos de culpabilidad oculta.

En una dirección diferente, pero con la misma finalidad, tal vez la persona entre en un camino de búsqueda de compensaciones de todo tipo, como placebos que pretenden calmar la ansiedad, o de comportamientos que distraigan e incluso aturdan como si buscara que el “ruido”, de cualquier tipo que fuese, silenciara aquella insistente y perturbadora voz interior que origina y mantiene tanto sufrimiento.

Si bien los mecanismos nombrados se centran en el propio sujeto, con frecuencia se activan otros que ponen el foco en los demás, en forma de exigencia desmedida o de culpabilización. Tales actitudes se explican fácilmente si se tiene en cuenta que una persona no puede vivir un “peso” interior no resuelto –y mientras sea inconsciente le será imposible resolverlo– sin proyectarlo, de un modo u otro, a quienes encuentre a su lado. Así, la autoexigencia generará exigencia desmedida hacia los demás y la (oculta) culpabilidad se proyectará culpabilizando a otros, aun sin ser conscientes de lo que se busca con ello, que no es otra cosa que aliviar la carga o el peso que se mantiene en uno mismo por la creencia, tan escondida como errónea, de ser inadecuado.

Ahora bien, a pesar de lo que prometen, los diferentes mecanismos que pueden llegar a activarse terminan complicando la vivencia de la persona, al dar lugar a actitudes y comportamientos igualmente desajustados y, por tanto, generadores de más confusión y más sufrimiento. Pero no se hallará salida de semejante laberinto sino por el único camino que conduce a la liberación: el reconocimiento de la propia verdad. O, con más precisión, la comprensión de lo que se vive y de la trampa en que se permanece atrapado.

Me parece evidente que, dado que la culpabilidad es una creencia errónea, la liberación de la misma solo puede venir de la mano de la comprensión, al poner luz en el engaño. Ahora bien, afirmar el lugar decisivo de la comprensión no niega la necesidad de un trabajo psicológico o incluso terapéutico, según los casos, para sanar aquella herida antigua en la que germinó la creencia culpabilizadora o para desanudar los bloqueos donde pudimos quedar atrapados.

Todo ello forma parte de la comprensión que necesitamos para liberarnos de una de las peores losas que, lastrando con el miedo toda la existencia de la persona, impide vivir con libertad, confianza y gozo. Y a ello quiere contribuir este escrito, ofreciendo pistas que permitan comprender el fenómeno de la culpa, desde su génesis hasta sus efectos, para desenmascarar su engaño y poner luz en la oscuridad que le sirve de coartada. Deseo de corazón que el desenmascaramiento de la doble creencia -en la culpa y en el castigo- permita abrirnos a la inocencia que somos, para reconocernos y vivir en ella.

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[1] R. SCHWARTZ, en el Prólogo al libro de Martha SWEEZY, Internal Family Systems Therapy for Shame and Guilt, Guilford Press, New York 2023, p. IX. En ese libro, la autora distingue entre culpa (siempre referida a una acción: “he hecho algo malo”) y vergüenza (como estado de ser: “soy malo”). Tal vez, en la práctica, la diferencia no sea tan importante: culpa y vergüenza, que otros definen como “culpa visual”, se dan entrelazadas y requieren el mismo tratamiento.

[2] He relatado con detenimiento el caso de Silvia en Psicología transpersonal para la vida cotidiana. Claves y recursos, Desclée De Brouwer, Bilbao 2020, pp. 72-74.

POSTEÍSMO Y NO-DUALIDAD. UN CAMBIO DE PARADIGMA

 I. INTRODUCCIÓN

No me parece casual el debate que, en este último tiempo, se está produciendo en torno al -así suelen nombrarlo- “no-teísmo”[1]. Más bien, tal debate revela la profunda crisis por la que está atravesando el teísmo, y que se manifiesta en diversos síntomas que van desde una cierta reserva, incluso resistencia, cada vez más generalizada, para pronunciar la palabra “Dios”, hasta una desafección creciente hacia lo religioso, de manera particular entre las generaciones más jóvenes. Por lo que se refiere a nuestro propio ámbito sociocultural y a la tradición religiosa que ha imperado en él, resulta llamativo el grado de disonancia que provocan, tanto los dogmas centrales del cristianismo (creación, encarnación, redención, trinidad, inmaculada concepción, asunción), como las normas morales en el campo de la sexualidad y la cuestión sobre el lugar de la mujer en la iglesia.

Somos cada vez más conscientes de que los dogmas teológicos -a pesar de haber sido asumidos como “caídos del cielo” y dotados de “validez eterna”- son solo constructos religiosos, con fecha de caducidad. Este reconocimiento va de la mano de la superación del paradigma teísta y dualista del que provenimos[2].

Se trata de un paradigma en el que se mueve aún la mayoría de los teólogos. Pero no es difícil advertir signos que hablan de su superación. Lo que ocurre es que, cuando un paradigma se siente amenazado porque advierte el nacimiento de otro nuevo, reacciona a la defensiva…, hasta que finalmente el nuevo, antes rechazado sin contemplaciones, termina siendo finalmente aceptado. Las reacciones “bruscas” de muchos teólogos ante lo que llaman “nueva espiritualidad”, aun sin negar el acierto de algunas de sus críticas, se entienden desde aquella actitud defensiva.

Todo ello me hace pensar que somos testigos de una crisis profunda, que afecta al propio núcleo teísta: no tiene que ver solo con un conjunto de creencias y de normas morales, sino con el propio teísmo, como configuración religiosa que se está viendo superada por la propia evolución de nuestra capacidad de comprensión.

La “escucha” del debate ha producido en mí un movimiento a expresar algunas cuestiones relativas al mismo, y que dividiré en tres puntos: posteísmo, no-dualidad y propuesta de una clave de comprensión, temas que trataré en tres entregas sucesivas.

En muchas personas, entre las que me cuento, la superación del teísmo ha ido de la mano de la emergencia de una espiritualidad no-religiosa o trans-religiosa, expresada en clave no-dual. Ese es el motivo por el que abordaré ambas cuestiones (posteísmo y no-dualidad), introduciendo la que considero una clave decisiva para favorecer la comprensión: la cuestión acerca de lo que somos.

Desde mi punto de vista, nos hallamos en una auténtica encrucijada, no ya solo “religiosa”, sino humana, que se concreta en un profundo cambio de paradigma. El paradigma del que provenimos -materialista, teísta y dualista- da signos de agotamiento ante la emergencia de otro postmaterialista, espiritual y no-dual. La encrucijada, por tanto, como puede ocurrir con todo tipo de crisis, abriga una promesa de mayor plenitud.

Respeto profundamente el posicionamiento de cada persona y tengo presentes los sabios versos de León Felipe: “Nadie fue ayer, / ni va hoy, / ni irá mañana / hacia Dios / por este mismo camino / que yo voy. / Para cada hombre guarda / un rayo nuevo de luz el sol… / y un camino virgen / Dios”. Sé por propia experiencia que cada persona se encuentra en un momento preciso y ha de recorrer su propio camino, según también su peculiar ritmo. Es justamente la variedad de posturas la que da como resultado la “sinfonía” del conjunto.

No pretendo, por tanto, abrir un debate, sino únicamente compartir mi experiencia personal; intentar poner palabras a lo que, en este momento, me es dado comprender.

II.

POSTEÍSMO

Personalmente, no definiría este momento como no-teísta -aunque, en cierto sentido, lo sea-, sino más bien como posteísta. Con ello quiero expresar que considero el teísmo como una forma religiosa específica, que ha prevalecido durante unos milenios, pero que seguramente está destinada a ser superada en otras formas de expresar y vivir la dimensión profunda de la realidad, nuestra propia profundidad (que denominamos con el término “espiritualidad”).

Entiendo por teísmo la creencia en Dios como un ser separado, que actúa en el mundo y en la vida de los humanos. Podría decirse que la mente humana ha proyectado sobre ese dios nuestras propias características, lo que ha dado como resultado una imagen hecha a nuestra medida, es decir, un dios antropomórfico que ha llenado la vida de los humanos durante unos cuantos milenios.

Desde nuestra consciencia actual, se va haciendo patente que, por definición, lo que nombramos como “Dios” no puede ser algo pensado ni separado. Porque todo lo pensado no pasa de ser un constructo mental y porque no puede existir nada separado de lo real.

Parece ser que nos hallamos en un momento en que cae toda imagen de dios así entendida, no solo porque resulta radicalmente disonante con la consciencia moderna, sino porque se está empezando a modificar en paralelo la comprensión que tenemos de nosotros mismos (como trataré de mostrar en la siguiente entrega).

Por lo que se refiere a la superación del teísmo y la emergencia de una etapa posteísta, citaré a tres místicos cristianos que vivieron varios siglos atrás. Porque me resulta significativo que ellos “vieran” ya entonces la necesidad de superar esa imagen de dios, en aquellos tiempos indiscutida.

  • En contra de cualquier creencia o cualquier imagen de Dios, la beguina Margarita Porete afirmaba, en el siglo XIII, que “El único Dios verdadero es aquel del que nada puede pensarse”. En nuestro lenguaje: Dios no puede ser pensado; solo puede ser sido (vivido), porque “Aquello” a lo que apunta la palabra “Dios” es lo que somos en profundidad. Y lo conocemos, por tanto, no pensándolo -trasciende la mente-, sino porque lo somos.
  • En contra de cualquier idea de separación y de objetivación de Dios, el teólogo y cardenal Nicolas de Cusa, en el siglo XV, escribía: “Dios no es otro de nada. Dios, en tanto que no-otro, no es otro respecto a la criatura. Nada es otro para el no-otro… Dios es todo en todas las cosas, aunque no sea ninguna de ellas”. En nuestro lenguaje: Dios no es algo (alguien) separado, sino “Aquello” que, sin reducirse a las formas, constituye, sin embargo, su más profunda identidad: es lo que somos.
  • En contra de cualquier absolutización de nuestra idea de Dios, en el siglo XIII/XIV, el Maestro Eckhart, dominico y magister de teología en la Universidad de París -como lo había sido el también dominico Tomás de Aquino-, distinguía entre “Deitas” (Divinidad) y “Deus” (Dios). “Deus” es el dios separado que construye la mente humana; “Deitas” es aquella realidad inefable a la que han apuntado siempre los místicos; el primero es el dios del teísmo, esta otra alude al Misterio último y nuclear de todo lo real y de todos nosotros. El Maestro Eckhart era tan consciente de las trampas de la creencia, que llegó a decir: “Pido a Dios que me libre de Dios”. En nuestro lenguaje: el dios pensado (creído) nos aleja de “Aquello” que constituye la Plenitud de lo real, la Plenitud de lo que somos.

En resumen: hijo de su tiempo y del nivel de consciencia mítico en el que nació, el teísmo proyectó fuera, en un ser separado, a quien llamó “Dios” y a quien adornó de toda una serie de atributos -con frecuencia, contradictorios-, “Aquello” que intuyó como lo más profundo y valioso, lo realmente real, la Plenitud.

Pero “Eso” no es “algo” que detente un ser separado, sino la Profundidad que nos constituye a todos. Al descubrirlo, todo se unifica; al vivirlo, lo experimentamos y lo conocemos de primera mano.

Este reconocimiento -en contra de lo que suelen afirmar algunas críticas superficiales- no supone una inflación del ego, que se endiosaría -cayendo, según esos mismos críticos, en la tentación bíblica del “Seréis como dioses” (Gen 3,5)-, atribuyéndose a sí mismo lo que antes había proyectado en Dios. Más bien al contrario, en esta comprensión queda desvelado el engaño de la identificación con el yo. El sujeto de la Plenitud de la que hablamos no es nunca el yo (o ego), ahora envanecido y autosuficiente, sino “Aquello” que constituye nuestra verdadera identidad (transpersonal). Hasta el punto de que tal comprensión supone, en la práctica, metafóricamente hablando, el “acta de defunción” del ego: nos hemos liberado de lo que creíamos ser, para vivir lo que realmente somos. Seguiremos cuidando y desplegándonos en nuestro yo particular, pero sin reducirnos ni identificarnos con él.

En el teísmo se puso el nombre de “Dios” a “Eso” que no tiene nombre, porque no es un objeto. Trascendida la mente, apreciamos que, en nuestra verdadera identidad, somos justamente Eso que no puede nombrarse, pero que es “más íntimo a nosotros que nuestra propia intimidad” (Agustín de Hipona).

“Eso” que somos -Eso que es- supera y desborda por completo las categorías de lo “personal” y de lo “impersonal”: está más allá de tales etiquetas o atribuciones mentales, por más que nuestra mente quiera imaginarlo como un “alguien” protector. Lo que somos, es transpersonal.

“Eso” que somos -Eso que es- es lo mismo en todo, expresándose en formas diferentes. La realidad es no-dual. Somos uno con todo lo que es. Como escribe Javier Melloni, en su último y estimulante libro, “lo que buscamos ya está en y entre nosotros. En verdad, es nosotros, pero permanece como Otro mientras no lo hallamos… No es cuestión de creer, sino de ver… Todo está Aquí, pero somos incapaces de verlo”[3].

En ocasiones se me ha dicho que la defensa del apofatismo significa silenciar a Dios. Más bien me parece que significa silenciar nuestras imágenes de Dios, el dios construido y proyectado por nuestra mente.

Comprendo las reservas frente al apofatismo por el temor que provoca el silencio de la mente -que suele vivenciarse como soledad e incluso como vacío- y por la sensación de orfandad -y la consiguiente pérdida de seguridad- que produce el abandono de la creencia en un Ser superior, percibido como “protector”. Pero no hay otro modo de evitar el mundo de las proyecciones mentales que construye dioses a nuestra medida.

Sin duda, uno de los rasgos más característicos y más “apreciados” del teísmo sea el hecho de que otorgue a Dios un carácter “personal”. Pero esta es también su mayor debilidad, ya que parece evidente que tal atribución es una proyección humana, que ha dado como resultado un dios antropomorfo: un ser todopoderoso, que repartía premios y castigos, señor absoluto, “dios de los ejércitos”, que habría elegido a un pueblo “especial” para manifestarse al mundo (el mito del “pueblo elegido”, por encima de otros, en consonancia lógica con el carácter etnocéntrico del nivel de consciencia en el que nació esa idea)…, y que nos juzgará después de la muerte.

Parecía además un dios que se fue haciendo “bueno” con el paso del tiempo -sospechosamente, en paralelo al crecimiento de la conciencia ética de los humanos-: ¿qué puede haber en común entre un dios que “mata a todos los primogénitos de los egipcios” (Ex 12,29) y aquel otro que “es bueno con los ingratos y los malvados” (Lc 6,35)? Un dios que “evoluciona” de ese modo nos suena hoy completamente extraño y cada vez más incomprensible.

La “personalización” de dios supuso una gran riqueza y un pesado límite: la riqueza es que hizo avanzar decididamente el proceso de personalización y de etización del ser humano -la creencia teísta nos hizo sentirnos más “personas”, a la vez que intensificó la motivación por un comportamiento ético-; su límite radica en el hecho de que resulta más difícil superar la imagen de un dios “personal”, debido a la carga afectiva que tal imagen posee. Ese mismo contenido es lo que explica la perpetuación del teísmo, por el carácter traumático que comporta la ruptura de la adhesión afectiva a la figura de un dios personal que ha configurado toda la existencia del creyente, dotándola de seguridad y de sentido, así como de la sensación de ser amado: “realidades” demasiado valiosas para nuestro ego como para desecharlas con facilidad. Sin contar, además, con el hecho de que, mientras se mantenga la identificación con el yo, no se podrá percibir a dios sino como un ser igualmente personal.

Y, sin embargo, a mi modo de ver, las expresiones de los místicos citados indican, sin duda, la necesidad de superar también el teísmo. Pero tal superación no significa sostener sin más el ateísmo, sino reconocer como superada una forma de referirnos al misterio que nos constituye. Misterio que, desde mi comprensión, se desvela en clave de no-dualidad. Pero no podremos comprender los límites inherentes al teísmo ni lo relativo a la no-dualidad si no nos clarificamos acerca de lo que realmente somos.

III.

¿QUÉ SOMOS?

(Necesito empezar con un paréntesis personal. Porque, aun con cierto pudor, siento necesario compartir por qué es para mí decisiva esta cuestión: el motivo es que, en mi caso, el cambio en mi “modo de ver” se produjo tras dos experiencias de comprensión profunda, que se “me” regalaron de un modo sorpresivo e inesperado. ¿Qué sucedió? No me resulta fácil expresarlo, pero puedo señalar algunos rasgos de lo que allí se produjo: el pensamiento quedó suspendido por completo, la “idea” del yo se disolvió absolutamente, solo había plenitud de consciencia, de unidad con todo y de amor…, sin nadie que se lo apropiara. No era que “yo” comprendí, no; lo que ocurrió fue, más bien, que la comprensión diluyó el yo y se hizo luminosa la verdadera identidad, lo que luego leí como la respuesta definitiva a la cuestión Qué soy yo. Me quedó claro que mi identidad no era el yo, con el que había vivido identificado, sino “Eso” que queda cuando la mente se silencia, Eso que es pura consciencia. Lo experimentado no me transformó y todavía hoy necesito seguir integrándolo en mi existencia cotidiana, en la que siguen presentes los altibajos. Pero no puedo renunciar a lo visto ni dejar de reconocerlo como la clave primera de cualquier lectura de lo real. Fue a partir de ahí cuando lo que nombramos como “transpersonalidad” y “no-dualidad” se me hicieron evidentes).

Hasta aquí mi necesidad de compartir el motivo por el que no conozco otro punto de partida que no sea la pregunta por nuestra identidad. Con todo, creo que tal cuestión es siempre la primera, porque la respuesta a la misma condiciona todas las demás. Vamos a ello.

Parece evidente que nuestro modo de ver y de leer la realidad es siempre deudor del modo como nos vemos a nosotros mismos. Por lo que se refiere a nuestra cuestión -el teísmo-, lo expresó claramente el filósofo presocrático Jenófanes (siglo VI-V a.C.): “Los etíopes dicen que sus dioses son de nariz chata y negros; los tracios, que tienen ojos azules y pelo rojizo (…). Si los bueyes, caballos y leones tuvieran manos y pudieran dibujar con ellas y realizar obras como los hombres, dibujarían los aspectos de los dioses y harían sus cuerpos, los caballos semejantes a los caballos, los bueyes a los bueyes, tal como si tuvieran la figura correspondiente a cada uno”[4].

Cuando hemos mantenido durante bastante tiempo una creencia determinada -por extraña que sea-, es probable que termine siendo para nosotros una “evidencia”, sobre todo si resulta “coherente” con nuestras impresiones más simples: así ocurrió con creencias tales como el terraplanismo, el geocentrismo y el materialismo. Hablar de una tierra esférica (ovalada), que orbita en torno al sol (todavía hoy seguimos diciendo que “el sol sale” o “el sol se ha ido”) y de una materia que, a tenor de los descubrimientos de la física cuántica, no existe en sí misma, es tan contraintuitivo que ha costado mucho tiempo advertirlo, hasta que fuimos capaces de situarnos en “otro lugar”, que nos permitía ver nuestro planeta en el conjunto del espacio, así como los constituyentes básicos de la materia. ¿No pasará algo parecido con nuestra creencia en dios y en todos los rasgos que le hemos atribuido?

El “lugar” para encontrar la respuesta adecuada no es otro que la cuestión acerca de lo que realmente somos. Necesitamos empezar, por tanto, por clarificar la cuestión de nuestra identidad: ¿qué somos?, en línea con lo que han dicho siempre los sabios, tal como se leía, por ejemplo, en el frontispicio del Templo de Delfos: “Hombre, conócete a ti mismo y conocerás al Universo y a los Dioses”. Y como se recoge en el evangelio de Tomás, donde Jesús dice: “Quien lo conoce todo, pero no se conoce a sí mismo, no conoce nada” (EvT 67). O como, en época más reciente, proclamara Immanuel Kant: “El autoconocimiento es el principio de toda sabiduría”.

¿Qué somos? Es probable que muchas personas desechen la pregunta, por la misma razón por la que, siglos atrás, hubiera resultado absurdo cuestionar el geocentrismo: ¿no era acaso evidente que el sol giraba alrededor de la tierra? ¿No es “evidente” lo que somos, sin necesidad de enfrascarnos en otros vericuetos?

Para la gran mayoría de las personas, somos nuestro yo: una entidad psicofísica delimitada y separada del resto. Y esto parece resultarles evidente e incuestionable. Pero, ¿realmente es así? ¿No valdrá la pena indagar acerca de esta cuestión decisiva? ¿Doy por válido lo que me han enseñado o me atrevo a indagar por mí mismo? Por decirlo con palabras de la filósofa Mónica Cavallé: “¿Descanso en mis propias comprensiones o, en cambio, tiendo a cimentar mi camino interior sobre conocimientos de segunda mano?”.

En ese trabajo de indagación, el punto de inflexión se produce cuando nos hacemos conscientes de que todo aquello con lo que nos habíamos identificado -cuerpo, mente, psiquismo…- son solo objetos o contenidos de consciencia. Y, a partir de ahí, nos preguntamos: ¿qué es Eso que es consciente de los objetos? Porque solo “Eso” será el único sujeto que merece este nombre.

Puedo observar mi cuerpo, mi mente, mi psiquismo, mi “persona”… Luego, en mi verdadera identidad, no soy nada de ello, sino justamente Eso que observa, Eso que es consciente. Con lo cual, se me hace manifiesto que lo que llamo mi “personalidad” (o personaje) no es mi “identidad”.

Todos los elementos que conforman mi “personalidad” cambian constantemente: cuerpo, pensamientos, sentimientos, reacciones, modos de ver y de ver la realidad… Sin embargo, en medio de todo ello, hay “algo” que no cambia: el Testigo que observa y que, en cualquier momento de mi historia, a pesar de los cambios ocurridos, me permite reconocerme y decir con verdad: “Yo soy”. Y soy exactamente Eso que no cambia.

A partir de esta comprensión, todo se modifica. Resulta lógico que quien se identifica con su yo particular, separado y “personal”, tienda a creer igualmente en un dios separado y “personal”. Y que, en ese proceso, se proyecte en esa imagen de dios aquello que constituye la identidad última de lo que somos todos. Con lo cual, en la religión teísta, se habría producido un secuestro -no intencionado- de nuestra identidad, en el sentido de que habríamos proyectado en un dios exterior y separado aquello que realmente somos, lo que constituye el Fondo de todo lo real.

Sin embargo, cuando se comprende que nuestra identidad es una con todo lo que es, que más allá de las diferencias o las “formas”, compartimos el mismo “fondo”, las imágenes teístas caen y lo que llamábamos “Dios” (Deitas, en el lenguaje del Maestro Eckhart) se muestra, en realidad -los nombres no pueden ser sino inadecuados-, como el Misterio último o el Fondo consistente de todo lo real: Ser, Realidad, Consciencia, Vida… A la mirada teísta, esto le parece una “pérdida”, dado que desde la mente no se puede pensar nada superior a lo “personal”; sin embargo, la realidad trasciende, tanto las categorías “personales” como las “impersonales”. Tal vez podrían aplicarse aquí las sabias palabras de la filósofa Simone Weil: “La perfección es impersonal [transpersonal]. La persona en nosotros [nuestra tendencia a “personalizar” todo] es la parte del error”. Y también: “Todo lo que en un ser humano es impersonal [transpersonal] es sagrado, y solo eso”[5].

Cuando se regala una comprensión profunda, la mente pensante se silencia por completo -el pensamiento queda suspendido- y se ve con claridad que, en nuestra verdadera identidad, no somos el yo con el que previamente nos habíamos identificado, sino la Presencia consciente -plenitud de Amor y de Ecuanimidad- que todo lo sostiene.

Esto no significa “negar” el yo ni evitarlo. Aquí radica la verdad y la belleza de nuestra paradoja: somos el yo particular -esa es nuestra “personalidad”- y somos la Presencia consciente que lo constituye y lo sostiene -esa es nuestra “identidad”-. Personalidad e identidad abrazadas de manera admirable en la no-dualidad.  

Desde esta autocomprensión, ¿qué pasa con el teísmo? Aun reconociendo todo lo que, con sus luces y sus sombras, ha supuesto en el proceso evolutivo de la humanidad y valorando la existencia de tantas personas que han desarrollado en su seno lo mejor de sí mismas, desplegando su humanidad hasta límites incluso heroicos, no dejo de advertir que fue una creencia acorde con el “lugar” -el nivel de consciencia- en el que los humanos se encontraban. Por eso intuyo que caminamos hacia una etapa posteísta en la que, en contra de lo que tiende a pensar la mente, nada valioso se pierde, sino que todo queda enriquecido, tanto en comprensión como en vivencia.

Esa misma autocomprensión nos muestra la naturaleza no-dual de lo real. En nuestro caso, las dos dimensiones que nos constituyen -personalidad e identidad- se encuentran admirablemente entrelazadas de manera no-dual. Son no-dos (ni una ni dos) caras o polos de la misma realidad.

IV.

NO-DUALIDAD

Hace poco recibí un correo de una persona que me decía: “Creo que entiendo lo que es la no-dualidad, pero no la puedo razonar”. La mente no puede “razonar”, ni siquiera entender la no-dualidad, porque ella misma es dual. Pensar implica, además de objetivar, “separar” el sujeto conocedor del objeto conocido. Ahí nace el “yo” y la mente termina pensando que la realidad es una suma de objetos separados, porque así es como ella la percibe.

La no-dualidad no puede, por tanto, ser pensada. Lo más que podemos alcanzar, a través de la mente, es reconocer que tal planteamiento, no solo no carece de sentido, sino que posee una poderosa potencia explicativa. Nada más. La no-dualidad puede percibirse, no razonando, sino justamente en el silencio de la mente: sea porque se ha vivido una experiencia de comprensión en la que el pensamiento queda completamente suspendido, sea gracias a una práctica del silencio de la mente, que nos permite ver desde “otro” lugar.

Alguien ha escrito también que “el planteamiento de la no-dualidad parece contradecir toda la experiencia humana”. Así es, tal como “parecía” contradecirla el heliocentrismo a quien estaba anclado en la “evidencia” de que el sol giraba alrededor de la tierra.

Sin embargo, incluso la física moderna afirma la interrelación, hasta el punto de que el físico Carlo Rovelli se atreve a escribir: “El aspecto relacional de todas las variables físicas es uno de los descubrimientos básicos de la mecánica cuántica”. Si pudiéramos adentrarnos progresivamente en lo más minúsculo de la materia -del organismo a los órganos, de estos a las células, de ahí a las moléculas, de las moléculas a los átomos, de los átomos a las partículas subatómicas…-, lo que descubriríamos al final del recorrido serían ondas de vibración, cuerdas vibrantes y campos cuánticos. Todo ello apunta hacia un Vacío originario, matriz de todas las formas. Lo cual le ha llevado al filósofo postmaterialista Jordi Pigem a escribir que “la base de la realidad no es la materia, es la consciencia”. En la misma línea, el gran físico cuántico James Jean afirmaba que “el universo material se deriva de la consciencia, y no al revés”. Y el astrofísico Richard Conn Henry: “El universo es inmaterial, mental y espiritual”. Con lo cual, el planteamiento de la no-dualidad no parece ya tan “contradictorio” con la realidad como algunos pensaban.

Sin querer extenderme demasiado, deseo simplemente puntualizar algunas cuestiones relativas a la no-dualidad que suelen ser tergiversadas con frecuencia. Probablemente por la misma razón por la que no puede ser “razonada”. Cuando se pretende entender la no-dualidad desde la mente, es imposible captar su significado.

Los puntos que deseo clarificar son aquellos que, a mi modo de ver, con mayor frecuencia son mal entendidos:

  • La no-dualidad no niega las diferencias. Lo que afirma es que diferencia no es sinónimo de separación. Somos diferentes, pero somos lo mismo. La realidad es un despliegue de formas diferentes, pero todas ellas no son sino “formas” surgiendo de un mismo fondo y compartiendo una misma identidad profunda.
  • La no-dualidad no niega el mundo de las formas; al contrario, lo característico de la no-dualidad es la afirmación de ambos polos de lo real. Asume un doble principio: el de exclusión (“yo no soy mi cuerpo, ni mi mente, ni mi psiquismo…”) y el de inclusión (“pero soy también mi cuerpo, mi mente, mi psiquismo…”). En el caso humano, se articula con sabiduría la personalidad (o yo) con y desde la identidad (consciencia). En la vivencia adecuada de esa articulación consiste la sabiduría.
  • La no-dualidad no niega el proceso, sino que reconoce la paradoja. Si bien es cierto que, desde el plano profundo -más allá de las formas- todo es ya -todo, simplemente, es; somos plenitud-, esto no niega que, en el plano fenoménico o de las formas, todo es procesual o secuencial. Lo cual puede resumirse de manera sintética en esta afirmación: estamos en proceso -como personas- de llegar a ser aquello que ya somos -en nuestra identidad profunda-.
  • La no-dualidad no niega la acción ni el dinamismo de comprometerse. Al contrario, no-dualidad es amor y sinónimo de compromiso. Y es así porque la comprensión no-dual, al situarnos en la verdad de lo que somos, sin negar nada de lo que nos constituye, me hace reconocer que todo otro es no-otro de mí. Es lo que aprecio en Jesús de Nazaret: fue esta comprensión la que guio su actitud (“lo que le hacéis a otro, me lo hacéis a mí”) y su comportamiento, caracterizado por la más genuina compasión, que viene siempre de la mano de la comprensión. Con lo cual, el compromiso urge, pero naciendo del lugar adecuado: no del voluntarismo ni del dualismo -con las trampas que esto encierra-, sino de la comprensión. No hay un yo que se comprometa, pero eso no conduce a la pasividad, inactividad o indolencia narcisista, porque somos consciencia comprometida; al comprenderlo, empezamos a vivirnos desde nuestra verdadera identidad.

La no-dualidad da razón de la paradoja de lo real: todo son diferencias y, a la vez, todo es uno; lo Uno expresándose en lo Múltiple. Nosotros mismos nos vemos y vivimos como diferentes, pero ojalá nos comprendamos como unidad, y podamos vivirnos en coherencia con ello. Esa es nuestra paradoja: cada cual nos experimentamos en una personalidad diferente, pero compartimos la misma y única identidad. Es precisamente esta comprensión la que hará posible una transformación radical en nuestro estado de consciencia.

No-dualidad es unidad-en-la-diferencia, abrazo de todas las formas en un fondo único, común y compartido, que constituye el “núcleo” de todo lo que es. Nos experimentamos en una forma determinada y diferente a todas las demás, pero somos “Eso” que alienta toda forma, Plenitud de presencia, Vida, Amor…

En síntesis, la comprensión no-dual, una vez que se ha superado la inercia de la mente -similar a las inercias que mantenían a la humanidad en antiguas creencias absolutizadas-, nos atrae poderosamente, porque refleja nuestro Anhelo más profundo, aquel que nos llama de vuelta a “casa”.

Nuestro drama consiste en vivirnos ignorantes y alejados (alienados) de lo que realmente somos, identificados con el yo y la mente pensante. El desafío pasa por silenciar la mente y atrevernos a mirarnos desde “otro lugar”, el lugar del no-pensamiento. Cuando se trasciende el pensamiento -sin renunciar nunca a la mente funcional ni a la lucidez crítica-, se advierte que no hay nada que conseguir ni nada que falte; no hay confusión, no hay yo y no hay que preocuparse por el nacimiento o la muerte. Estamos -siempre hemos estado- en “casa”. Desde esa comprensión vivimos el plano de las formas o del yo, en todas las dimensiones (psicológica, relacional, social, política, ecológica…). Lo que las religiones llamaban “Dios” -en consonancia con un determinado momento de la consciencia humana- es lo que ahora descubrimos como nuestra “casa”, la identidad una y última que nos constituye -consciencia, presencia, vida…- y el fondo luminoso (“Dios”/“dev” significa “luz”) de todo lo que es.

Lo que llamamos “Dios” no puede ser un Ser separado -¿cómo podría haber algo separado de lo real?-, sino un estado de ser. Más aún: la idea de un dios separado no puede ser sino factor de división, porque se piensa la divinidad como “un tercero” entre tú y yo. Por el contrario, al comprenderla como el Fondo común de todos los seres -nuestra identidad última-, la percibimos como la mayor fuerza de cohesión.

Por todo esto decía que, con la superación del teísmo, no se pierde nada valioso; se crece en comprensión y en plenitud de vida.

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[1] Deseo citar únicamente dos libros: Roger LENAERS, Aunque no haya un Dios ahí arriba, Abya Yala, Quito 2013; y José ARREGI, José María VIGIL, Santiago VILLAMAYOR y otros, Después de Dios. Otro modelo es posible, Colección “Nuevo Tiempo Axial”, marzo 2021. Este último puede descargarse de manera gratuita, para lo que basta poner el título en el buscador; o desde la web de “Espiritualidad Pamplona-Iruña”:

https://www.espiritualidadpamplona-irunea.org/wp-content/uploads/2021/04/Despues-de-Dios.-Otro-modelo-modelo-es-posible-Arregi-Vigil-y-otros.pdf

En respuesta a una airada reacción de José María Castillo -que pone de manifiesto que la teología, incluso la más “abierta”, se encuentra en un paradigma dogmáticamente teísta y religiosamente absolutista, olvidando que todas las formas religiosas son solo constructos mentales-, José Arregi escribe: “Nos hallamos en una encrucijada histórica en la que se nos abren tres alternativas: a) Seguir aferrados a esa imagen de Dios concebida básicamente en Sumeria hace unos 7000 años y todavía vigente en el magisterio oficial y en el imaginario popular, así como en la teología predominante; b) Dejar de utilizar el término “Dios”, al menos hasta que dicho imaginario común persista; c) Superar radicalmente el imaginario tradicional y pasar de la imagen teísta de “Dios” a la afirmación de Dios como Misterio fontal y eterno de todo. Nosotras solo descartamos la primera opción, que por lo demás consideramos contraria no solo a la cultura actual, sino a la inspiración de fondo de la Biblia y de las enseñanzas expresas de las grandes místicas y místicos de la tradición cristiana y de otras tradiciones religiosas… Por eso, afirmamos que Dios es “no-teísta” o “transteísta” en el sentido señalado”: https://www.religiondigital.org/opinion/Respuestas-Jose-Arregi-Maria-Castillo_0_2341265859.html

Aporta luz también la respuesta de Santiago Villamayor: https://www.atrio.org/2021/05/la-trascendencia-de-lo-inmanente/

En este debate, han sido varios los teólogos que han adoptado distintos posicionamientos, como puede verse en portales de información religiosa. La mayoría de ellos se mueven en un paradigma teísta y dualista y en una epistemología decididamente dogmática.

[2] “El discurso de fondo de toda la teología actual -escribe Santiago Villamayor- no encuentra eco en la sociedad y no se atreve a poner en cuestión sus creencias y simbolismos. Ni el Dios omnipotente y arriba, ni Jesús como Hijo de Dios, son hoy creíbles. Y menos la Redención”: https://www.atrio.org/2021/05/la-trascendencia-de-lo-inmanente/

[3] J. MELLONI, De aquí a Aquí. Doce umbrales en el camino espiritual, Kairós, Barcelona 2021, pp. 15-16.

[4] El escritor chileno Rafael Gamucio lo ha expresado de este modo: “Yo no puedo asegurarle a nadie que Dios exista. He hablado muchas veces con él, pero estoy dispuesto a admitir que su voz se parece extrañamente a la mía”.

[5] S. WEIL, La persona y lo sagrado, Hermida Editores, Madrid 2019 [orig. 1943].

Zizur Mayor (Navarra), 27 de junio de 2021.

MIS «RECORDATORIOS»

Adicciones y engaño

Quiero compartir con vosotros y vosotras tres textos, que leo cada día, y que me sirven de “recordatorio” de aquello de donde no quiero escapar…, aunque en realidad el “escape” es imposible porque —lo veamos o no, lo sepamos o no— ya somos aquello de lo que pensamos habernos alejado. Pero, como os decía, me viene bien recordármelo.

Ya eres lo que estás buscando

          

         

 

 

 

 

 

 

Los textos son los siguientes:

 

 1. “YO SOY” (Helen Mallicoat)

 

“Estaba lamentándome del pasado y temiendo el futuro… De repente «mi Señor» estaba hablando: «MI NOMBRE ES YO SOY».

Hizo una pausa. Esperé. Él continuó:

Cuando vives en el pasado, con sus errores y pesares, es difícil. Yo no estoy allí. Mi nombre no es Yo fui.

Cuando vives en el futuro, con sus problemas y temores, es difícil. Yo no estoy allí. Mi nombre no es yo seré.

Cuando vives en este momento, no es difícil. Yo estoy aquí. Mi nombre es YO SOY”.

 

Paz

 

            La religión teísta, con la expresión “mi Señor”, se refiere a la divinidad. Lo cual es absolutamente legítimo. Sin embargo, me parece más ajustado afirmar la no-separación de todo, por lo que tal expresión puede entenderse como otro nombre de aquel Fondo común que compartimos todos los seres, y que, aun sin agotarse en las formas, constituye el núcleo de todas ellas. En ese sentido, la citada expresión nos remite a nuestra identidad más profunda, que puede nombrarse también como “Yo Soy”.

          Esta lectura no-dual nos revela algo profundo. Cuando perdemos la consciencia del momento presente, nos alejamos de quienes somos. Por el contrario, en cuanto acallamos la mente y venimos al aquí y ahora, escuchamos en nuestro interior a nuestra verdadera identidad –nuestro “Señor interior”- que nos susurra: “Yo soy”, todo está bien.

 

 

2. ACEPTAR LO QUE VENGA  (Papaji)

 

La Esencia de la Destreza es esta: Lo que sea que venga, déjalo venir; lo que se quede, déjalo estar, lo que se va, déjalo ir.

Quédate callado, y adora al Ser.

Esta es la esencia de vivir hábilmente en la apariencia del mundo.

Durante todas las actividades de la vida recuerda siempre que tú eres el Ser.

La manera de vivir una vida feliz es aceptar cualquier cosa que venga, y lo que no viene, que no te importe.

 

3. “Somos personitas, cada una con su penita”.

 

               Siento no acordarme del nombre de la chica a quien escuché esta frase, en una entrevista reciente. Solo recuerdo que tiene una voz extraordinaria y, acompañada a la guitarra por un muchacho, canta desde una profunda y exquisita sensibilidad.

          Mientras la entrevistaban, estaba yo atendiendo otras cosas. Pero esas palabras suyas me detuvieron y atraparon. Me sonaron, en su sencillez no exenta de humor, a “palabra inspirada” –inspirada es aquella palabra que nos silencia por dentro y produce un movimiento de desegocentración– y se me quedaron grabadas. Lo que me detuvo fue su “carga” de humildad y de invitación a la compasión.

 

          Y nos encontramos, una vez más, con la paradoja, que me parece bueno noTERNURA olvidar: es verdad que somos Plenitud…, pero no lo es menos que tal Plenitud se expresa en estas formas concretas –frágiles y necesitadas de compasión- que palpamos a diario. Lo uno y otro, en un abrazo no-dual que, finalmente, nos unifica en el Ser.

 

          Es lo que, una y otra vez, nos recuerda el sabio, también humilde y divertido, que es Fidel Delgado. De entre los numerosos videos suyos que pueden encontrarse en YouTube, os recomiendo ver este, cuyo enlace os dejo:

https://www.youtube.com/watch?v=_NpmCPsoLfE

          Está aquíSomos –dice Fidel- “seres-humanos”: en cuanto “humano”, soy una forma transitoria, sumamente vulnerable y amenazado de muerte, y por eso lleno de inseguridad y de miedos; sin embargo, en cuanto “ser”, soy una realidad ilimitada y siempre segura.

 

          Esta es nuestra paradoja, que no conviene olvidar, si no queremos perdernos en la confusión: somos “ambas identidades”. Y tal paradoja encuentra una admirable convergencia con lo que ha visto la física cuántica: el Todo se halla en cada parte.

 

          La paradoja –omnipresente en toda la realidad- expresa una doble verdad, que es también en sí misma paradójica: que toda la realidad manifiesta es polar –no existe nada sin su polo opuesto- y que esa aparente contradicción solo queda resuelta en un lugar “superior”, que abraza ambos polos en una unidad mayor. A este abrazo o unidad englobante que no destruye las diferencias es a lo que llamamos “no-dualidad”.

 

          Polaridad y no-dualidad, por tanto, no solo no se excluyen entre sí, sino que explican el carácter paradójico de lo real. Podemos ver lo real como una infinidad de “puntos” separados que, en un nivel más profundo, son una y la misma realidad que están expresando. Si absolutizáramos el valor de los “puntos” en sí mismos, estaríamos ignorando justamente aquello que los explica y les da consistencia. Solo cuando los vemos como expresiones del Todo único, alcanzamos la compresión adecuada, integrada y holística. Pero eso requiere que nos situemos en otro “lugar” desde el que es posible una perspectiva global, un “nuevo modo” de ver.

 

            Al aplicar todo ello a nuestro caso, descubrimos que somos, a la vez, la “parte” –un “punto” particular de la única “red”: el yo individual- y somos, más profundamente, el “Todo” –la “red” completa: el Yo Soy universal-.

 

          Si nos reducimos al yo, todo será confusión y sufrimiento. Solo cuando advertimos nuestra identidad ilimitada, somos capaces de comprender el “juego” de la Vida, que no consiste en otra cosa sino en el despliegue admirable del Ser en cada una de las infinitas formas que lo expresan, en una hermosa e inequívoca no-dualidad. El “Yo Soy” uno se disfraza y “juega” en cada yo individual.

 

          Si nos percibimos únicamente como yoes individuales (o “puntos” aislados en todo el conjunto), serán inevitables la soledad, el miedo y la ansiedad, la comparación, la confrontación, el juicio, la descalificación del otro… Si, por el contrario, tenemos la lucidez suficiente para colocarnos en aquel “lugar” donde los “puntos” son trascendidos, la comprensión y la compasión serán inevitables: porque todo otro, en el nivel más profundo y en el sentido más verdadero, soy también yo mismo.

 

          Con todo ello, me parece claro que vivir ajustadamente esa realidad paradójica que somos requiere consciencia –para no olvidar nunca lo que somos de fondo, aquella realidad ilimitada y siempre a salvo- y compasión –para amar la forma frágil y vulnerable, en que se está expresando de modo transitorio-.

 

          En realidad, la consciencia (o sabiduría) y la compasión son las dos caras de la misma realidad y de la misma actitud. Así lo han expresado los sabios, con cuyas palabras os dejo:

 

“El amor dice: «Yo soy todo». La sabiduría dice: «Yo soy nada». Entre ambos fluye mi vida” (Nisargadatta).

“La compasión ve al Uno en los muchos, la sabiduría ve a los muchos en el Uno” (Frances Vaughan).

“La gran compasión que surge de la experiencia de unidad se experimentará como la fuerza motriz del universo” (Willigis Jäger).

 

 

Para concluir:

 

         El camino es simple: anclarnos en nuestra verdadera identidad, aquello que permanece cuando todo lo demás cambia: ¿qué es lo único que no ha cambiado en mí, a lo largo de mi existencia temporal? Han cambiado mi cuerpo, mis pensamientos, mis sentimientos, mis reacciones… Solo una cosa permanece: la pura consciencia de ser, que puede expresarse como “Yo Soy”. Ese es el Fondo último de cada ser y de todo lo Real.

             Si lo único que permanece siempre es la consciencia, se comprende –y aquí se da otra elegante coherencia- que nuestra única certeza sea esta: la certeza de ser. Como escribe Juan Carlos Savater, no necesitamos ninguna experiencia de “iluminación”; basta anclarnos en esa certeza innata y atestiguar su verdadera naturaleza invulnerable y eterna. “Anterior a la idea de ser tal o cual persona, anterior a cualquier tipo de razonamiento o pensamiento, hay una innata «certeza de ser». Una desnuda o pura consciencia que es y sabe que es. Esta es siempre, no la mayor, sino verdaderamente nuestra única e incuestionable certeza” (J.C. SAVATER, La certeza de ser, La Trompa de Elefante, Madrid 2012, p.35).

              Permanece todo el tiempo que puedas, a lo largo de todo el día, en la única certeza: la certeza de ser.

Descansar confiadamente en Lo que es

           

           Algo similar es lo que recomendaba el sabio Nisargadatta:

 

“Rechace todos los pensamientos excepto uno: “Yo soy”, la mente se rebelará en el comienzo, pero con práctica, paciencia y perseverancia, cederá y se mantendrá en calma. Una vez que usted esté en calma, las cosas comenzarán a suceder espontáneamente y de forma totalmente natural, sin ninguna interferencia de su parte.

No se preocupe por nada que usted quiera, piense o haga, sólo permanezca establecido en el sentimiento-pensamiento “Yo soy”, enfocando “Yo soy” firmemente en la mente. En el momento que usted se desvíe, recuerde: todo lo que es perceptible y concebible es pasajero, y solo el “Yo soy” permanece.

Después de todo, el único hecho del que usted está seguro es de que “usted es”. El “Yo soy” es seguro, el “yo soy esto” no lo es.

Yo solía sentarme durante horas 6 seguidas, solamente con el “Yo soy” en mi mente, y pronto la paz, la dicha y un profundo amor que todo lo abarca llegaron a ser mi estado normal.

Independientemente de lo que suceda, únicamente desvíe su atención lejos de ello y permanezca en el sentimiento “Yo soy”. Parece simple, y hasta ordinario, ¡pero funciona!”.

 Consciencia e inconsciencia

 “Aquellos que ven la luz en sí mismos nunca necesitarán dar vueltas como satélites alrededor de otros” (Michael Michalko).

Teruel, 2 junio 2014.