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NUEVO LIBRO: “VIDA”

(La vida ha querido que este librito, editado por “Editorial San Pablo”, saliera prácticamente en las mismas fechas que “Psicología transpersonal para la vida cotidiana”, editado por “Desclée De Brouwer”. Tal vez porque el objetivo de la psicología transpersonal –como el de la espiritualidad– no es otro que el de aprender a vivir y a decir “sí” a la vida. Deseo de corazón que ambos puedan resultar herramientas útiles en ese aprendizaje).

(Más adelante, saldrá en formato ebook, y se subirá a dos plataformas de edición bajo demanda, de modo que pueda adquirirse también en América). 

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 A Ana, en la escuela de la docilidad a la vida.

A mi abuela Amalia, que me enseñó y me mostró con su vida que “lo que viene, conviene”. En la presencia amorosa y agradecida.

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“Que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú” (Jesús de Nazaret).

“En definitiva y en grande, ¡quiero ser, un día, uno que solo dice sí!” (F. Nietzsche).

En la práctica, la sabiduría se traduce en decir sí a la vida y fluir con ella.

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Anhelamos vivir y ser felices. Pero, con frecuencia, el modo como perseguimos ese anhelo produce el efecto contrario: nos “alejamos” de la vida y nos introducimos en un laberinto de confusión y de sufrimiento.

Asumiendo el principio socrático, según el cual la única virtud es la sabiduría y el único vicio la ignorancia, el autor traza un itinerario que quiere ayudar a crecer en comprensión: empieza por sentir la vida y concluye al reconocernos en ella. Cae la creencia errónea de separación y nos alineamos con la vida, en una actitud de aceptación profunda y de acción desapropiada.

La comprensión se sintetiza en esta doble expresión: somos vida y la actitud sabia consiste en vivir diciendo sí; ciertamente, lo que viene, conviene. Cuando lo comprendemos experiencialmente, vivimos en plenitud y somos felices. A partir de ahí, fluirá en cada caso lo que tenga que ser. Pero ello requiere ir más allá de la mente analítica para poder ver en profundidad.

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VER PORTADA DEL LIBRO

En algún momento de las crisis parece que todo se hunde y no se atisba ninguna salida. Sin embargo, siempre queda «algo» que nos sostiene, alienta, moviliza…; una fuerza interna, en la que tal vez ni siquiera habíamos reparado, a la que solemos llamar la «fuerza de la vida».

Pero hay más. Al indagar en ello, descubrimos que esa «fuerza», como la propia vida, no es «algo» separado -que tenemos o con lo que contamos-, sino aquello que somos.   

Editorial San Pablo.

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ÍNDICE

Introducción: Nuestra paradoja

1. El primer paso: sentir la vida, sentirnos vivos y vivas                                                                             

  • Vida desplegada, vida bloqueada, vida liberada   
  • Herida psicológica, vacío afectivo y mecanismos de defensa     
  • Un trabajo psicológico para re-conectar con la vida
  • Vivir es confiar

2. La comprensión: no vivo, soy vivido                       

  • El río y el remolino                                                 
  • La creencia de la separación y sus consecuencias     
  • Un trabajo constante de reeducación para superar inercias mentales                                                 
  • Vivir diciendo sí

3. La actitud sabia: lo que viene, conviene. Del sufrimiento inútil a la comprensión liberadora       

  • La intuición que lo transforma todo                           
  • La naturaleza paradójica de lo real y la mente analítica
  • La cuestión decisiva: ¿qué soy yo?
  • La sabiduría de la paradoja

Conclusión: La vida como maestra

Epílogo: El juego de la vida

  

INTRODUCCIÓN

NUESTRA PARADOJA

 “En medio del odio descubrí que había, dentro de mí, un amor invencible. En medio de las lágrimas descubrí que había, dentro de mí, una sonrisa invencible. En medio del caos descubrí que había, dentro de mí, una calma invencible. Me di cuenta de que, a pesar de todo, en medio del invierno había, dentro de mí, un verano invencible. Y eso me hace feliz. Porque esto dice que no importa lo duro que el mundo empuja contra mí; en mi interior hay algo más fuerte, algo mejor, empujando de vuelta” (Albert Camus).

Y, de pronto, nos sentimos inseguros, desconcertados y temerosos: vulnerables. Recibo, de parte de María Ángeles López Romero, directora editorial de Editorial San Pablo, la propuesta de escribir un librito sobre la “vida”, a finales de marzo de 2020, en la tercera semana de la cuarentena o confinamiento ordenado por el gobierno, a raíz de la crisis del coronavirus.

Toda crisis trae consigo desconcierto y nos coloca frente al insoslayable espejo que refleja nuestra propia vulnerabilidad, con frecuencia olvidada, unas veces compensada y otras tantas reprimida. Y afloran ahí, a nuestro pesar, viejos fantasmas y “demonios interiores” que creíamos definitivamente derrotados.

En algún momento de las crisis parece que todo se hunde y no se atisba ninguna salida. Pero, pasada la oscuridad ciega del bajón, es innegable que hay siempre “algo” que nos sostiene, alienta, moviliza…; una fuerza interna, en la que tal vez ni siquiera habíamos reparado, con sabor a descanso y portadora de confianza, a la que solemos llamar la “fuerza de la vida”

Ahí, una vez más, se hace manifiesta nuestra realidad paradójica, sin la que resulta del todo imposible comprender al ser humano y encontrar el modo de orientarnos en nuestra existencia cotidiana.

La paradoja aparece a nuestra mente como una contradicción irresoluble, por lo que fácilmente la deshecha y la descarta de manera apresurada. Para la mente analítica, la realidad es lineal y superficial, aunque utilice argumentos eruditos y sofisticados para hablar de ella. Podría decirse que, en cierto modo, la “retuerce” para hacer que encaje dentro de sus esquemas, con lo cual la deforma hasta terminar traicionándola.

Lo cierto es que la “contradicción” que muestra la paradoja es solo aparente. Porque no habla de contraposición, sino de complementariedad. Refleja, sencillamente, el “doble nivel” o los “dos planos” constitutivos de la realidad, que se hallan armoniosamente articulados y secretamente abrazados en una unidad mayor. Eso hace de la paradoja una seña de identidad de lo real: todo lo real y, por tanto, lo humano es paradójico.

Las tradiciones sapienciales se han referido a esos “dos niveles” de la realidad con diferentes términos. Así han hablado, por ejemplo, de “vacío” y “forma”, tal como quedó reflejado en el Sutra del corazón: “Vacío (vacuidad) es forma, forma es vacío (vacuidad)”. Sobre ello volveremos en el capítulo 3, en el que dedico un amplio espacio a hablar de la sabiduría de la paradoja.

“Formas” son todo aquello que percibimos a través de nuestros sentidos neurobiológicos –mente incluida– y que constituye un “polo” de lo real; el otro es “aquello” –el fondo, la vacuidad– que las sostiene y que en ellas se expresa.

En nosotros, las “dos caras” de la paradoja pueden nombrarse, de entrada, como “personalidad” (la forma) e “identidad” (el fondo), o también como “vulnerabilidad” y “plenitud”. Sumamente frágiles y vulnerables –una vulnerabilidad que, con frecuencia, tratamos de ocultarnos a nosotros mismos–, somos, sin embargo y al mismo tiempo, plenitud que se desborda y se halla a salvo de la impermanencia. Somos alegría en la tristeza, fuerza en la debilidad, luz en la oscuridad, certeza en la incertidumbre, amor en el desencuentro…, vida en la muerte.

Los términos “vacío” y “plenitud” apuntan ambos –de nuevo, en una aparente contradicción– a la misma realidad profunda, a ese Fondo último de lo real, pura presencia consciente, que se está desplegando y expresando constantemente en todas las formas que percibimos. La mente lo lee como “vacío” porque, al no encontrar “objetos”, para ella no hay nada; sin embargo, cuando se experimenta se comprueba que es “plenitud”: “Eso” que para la mente es “nada”, es en realidad “todo”, la plenitud de lo que es[1].

Ese fondo constituye un no-lugar –presencia atemporal y no local– al que los humanos se han referido con mil nombres, todos ellos inadecuados, ya que lo que no es objeto, en ningún caso puede nombrarse adecuadamente, pero con los que han querido decir lo indecible y hablar de lo inefable: consciencia, ser, dios, vacuidad… y vida.

Todo es vida. Parafraseando lo que se dice de Dios en “El libro de los veinticuatro filósofos”, podría afirmarse sin error que la vida es una esfera infinita cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.

Miremos donde miremos, no veremos sino vida desplegada y oculta en un sinfín de formas. Vida es aquello que nuestra mente etiqueta como “sublime”, y vida es también el minúsculo y terrorífico virus –al que me refería al inicio– que ha puesto en jaque a la población mundial. Basta salir de los estrechos límites de la mente, para que nuestro horizonte y, por tanto, nuestra visión se amplíen infinitamente.

Nosotros mismos somos vida. No personas que tienen vida, sino la misma y única vida, experimentándose temporalmente en una forma (persona) concreta.

Nuestra ignorancia radical y el origen de todo sufrimiento es el olvido de lo que realmente somos, que nos lleva a identificarnos con la “forma” (el yo) y a desconectarnos del “fondo”, es decir, de la vida, de nuestra verdadera identidad. ¿Cómo no habríamos de caer en una red de confusión y de sufrimiento? ¿Cómo habríamos de ser capaces de comprender y gestionar las crisis y, más ampliamente, nuestra vulnerabilidad de una manera constructiva? ¿Cómo no vivir a la defensiva, temiendo amenazas por doquier?

 La afirmación de que somos vida no nace de una creencia. Al contrario, puede reconocerse como evidencia, siempre que ponemos los medios adecuados para experimentarlo: si acallamos la mente y, en lugar de pensar, atendemos, advertiremos que entre la vida y nosotros no hay ninguna distancia, ninguna separación, ninguna diferencia: somos vida. Es solo la mente –debido a su propia naturaleza separadora– la que nos hace creer que la vida es “algo” de lo que estamos separados.

Se requiere, por tanto, silenciar la mente porque esta se halla imposibilitada para percibir todo lo que no sea un objeto, externo o interno. Para poder operar, necesita separar, delimitar, es decir, objetivar. Por ello, de la mente solo pueden surgir ideas, conceptos, creencias…

No solo eso. A la mente analítica se le escapa por completo la paradoja. Por ese motivo, quien se acerca a la realidad desde una mente analítica pronto se verá encerrado en un callejón sin salida, incapaz de adentrarse en la sutil y bella complejidad del conjunto de lo real.

Todo lo que vengo diciendo se puede recopilar en unas afirmaciones concisas:

  • la realidad es paradójica;
  • la mente analítica no puede captarla; la ve como contradicción;
  • la percibimos a través del silencio de la mente, activando la atención;
  • en nosotros se muestra como plenitud y vulnerabilidad, vida plena y forma (persona) impermanente
  • los dos niveles de la paradoja se hallan abrazados en la no-dualidad (diferencia sin separación);
  • la realidad es no-dual.

Como la realidad, la vida es no-dual, es decir, no conoce opuesto. Porque la muerte no es lo opuesto a la vida, sino al nacimiento: aquella y este son simplemente formas en las que la vida se expresa. Nacen y mueren las formas, la vida permanece.

Anhelo, en estas páginas, antes que nada, compartir vida y ofrecer algunas claves que nos ayuden a vivir. Claves con las que acoger todo lo que nos ocurre –crisis incluidas– como oportunidad para crecer en consciencia de lo que somos y, de ese modo, resituarnos con presteza ante cualquier dificultad, y favorecer el despliegue de la misma vida.

Suele afirmarse que no estamos aquí para que la vida responda a nuestras expectativas –esa es la exigencia del ego–, sino para dejarnos enseñar por ella. Somos aprendices, y la clave está en acoger todo lo que sucede, sea del color que sea, como oportunidad. Y –una nueva y hermosa paradoja– solo tenemos una cosa que aprender: descubrir lo que ya somos; o con otras palabras, “llegar” a la casa de la que nunca habíamos salido.

Ahora bien, si queremos ser fieles a la paradoja que nos constituye, es necesario que este trabajo de aprendizaje sea, a la vez, psicológico y espiritual. Necesitamos atender los “dos niveles”.

Cuando no se hace así, se cae en un “racionalismo” estrecho que ignora la dimensión profunda o en un “espiritualismo” etéreo que olvida nuestra dimensión psicológica.

Los riesgos de cualquiera de esas posturas son obvios: en el primer caso, la ignorancia de lo que somos, que nos sume en la confusión, la confrontación y el sufrimiento, es decir, nos encierra en una consciencia de separatividad con todas las consecuencias que de ahí se derivan y que se reflejan en todos los ámbitos humanos, desde la economía y la política hasta la cultura y la religión, así como en la vida cotidiana; en el otro, una escisión psíquica más o menos acentuada, una rémora para crecer en comprensión y la trampa que supone una sombra no reconocida, aceptada e integrada; de hecho –y son numerosas las muestras que se han dado y se dan en supuestos gurús y “maestros espirituales”–, la sombra no trabajada, antes o después, boicoteará el trabajo espiritual.

El “racionalismo” se sostiene sobre la premisa de que existe solo aquello que la mente puede explicar. El “espiritualismo”, por su parte, parece denotar la actitud de quienes buscan un atajo –alguien ha hablado de “bypass espiritual”– para sortear el encuentro lúcido con el propio psiquismo.

          Frente a esos riesgos, es imprescindible reconocer y abrazar nuestra realidad completa: somos vida en plenitud –y en cuanto tal, de nada carecemos– y somos también una persona sumamente necesitada, frágil y vulnerable. El trabajo espiritual consiste en comprender vivencialmente lo que somos en profundidad, “verlo” y vivir en conexión con ello. El trabajo psicológico, por su parte, es imprescindible para la integración de esta persona concreta –cuerpo, mente, psiquismo–, que necesita atención y cuidado. Porque todo lo que no es integrado no podrá ser transcendido.

Para vivir de manera armoniosa y unificada necesitamos, ciertamente, comprender lo que somos en profundidad –vida en plenitud–, pero también un psiquismo sano que no sabotee, aunque sea de manera inconsciente, aquella comprensión experiencial ni impida vivirla.

He dividido el contenido en tres capítulos. En el primero de ellos, insisto en la importancia de lo que me parece la “puerta de entrada” o el primer paso: sentir la vida. El segundo se centra en lo que constituye el núcleo de la sabiduría: la comprensión vivencial de lo que somos, que nos lleva a reconocer que, hablando con propiedad, no vivimos, sino que somos vividos. A partir de ahí, en el tercero, con una expresión provocativa, que suele despertar malinterpretaciones, he querido subrayar la que, sin embargo, me parece la actitud ajustada o sabia: “lo que viene, conviene”.

El texto procede de manera lineal y, al mismo tiempo, en espiral, volviendo una y otra vez al eje en torno al cual gira toda la reflexión: la invitación a indagar que somos vida y a experimentar que la actitud ajustada que brota de esa comprensión es vivir diciendo sí.

Incidir con insistencia y desde diferentes ángulos en esa doble cuestión –¿qué soy yo? y ¿por qué y cómo vivir diciendo sí a la vida?– me parece adecuado para, gracias a la comprensión, ir aflojando las resistencias y superar la inercia mental, en una práctica constante y transformadora.

Como resultado de esa práctica perseverante, aun con todos los vaivenes y altibajos propios de nuestra vulnerabilidad, seremos conducidos de la confusión a la luz, del miedo a la confianza, del sufrimiento a la paz, de la reactividad a la respuesta, de controlar a fluir, de la rigidez a la flexibilidad, de la ansiedad a la presencia, del egocentrismo al amor,  de sobrevivir a ser, de la consciencia de separatividad a la consciencia de unidad…

La mente nos hace creer que somos un yo separado. Y, desde el inicio de nuestra existencia, el entorno familiar y sociocultural dan soporte a esa creencia, hasta convertirla en una convicción incuestionable y aparentemente inamovible. Pero, ¿realmente es cierta? ¿Y si fuera únicamente una creencia errónea, un mero constructo mental? Nadie puede saberlo hasta que no indague por sí mismo. Lo que ofrezco es una propuesta de indagación, desde la certeza serena de que, al revés de lo que suele darse por sentado, somos vida que en cada uno y en cada una se experimenta como “persona”.

En síntesis, este texto quiere ser un canto a la vida y una llamada a vivir, reconociéndonos en nuestra identidad profunda. Somos vida: ¿por qué contentarnos con sobrevivir a partir de migajas que nos entretienen?, ¿por qué sufrir inútilmente a causa de la ignorancia? Por decirlo con palabras de José Díez Faixat: “Hay una joya brutal en nosotros mismos y andamos buscando cosas por ahí que son calderilla”.

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[1] Lo recoge admirablemente el título del libro de J. DÍEZ FAIXAT, Siendo nada, soy todo. Un enfoque no dualista sobre la identidad, Dilema, Madrid 2007.

NUEVO LIBRO: “PSICOLOGÍA TRANSPERSONAL PARA LA VIDA COTIDIANA”

Me alegra comunicaros que el libro se encuentra ya disponible, tanto la versión digital (ebook), como la edición impresa (en papel).

“Acabo de leer Psicología transpersonal y me ha encantado. Es el libro más completo, simple y lúcido que has escrito. Lo pondré en el estante de los que tienen que ser releídos de vez en cuando. Desde mi formación y vivencia materialistas, prácticamente me he pasado toda la vida haciendo cosas para buscar el reconocimiento de los demás. Poco a poco, fui perdiendo mi fobia a la filosofía con libros como La sabiduría recobrada [de Mónica Cavallé]; empecé a saborear la confianza física, la paz mental y la creatividad emocional con El proceso de la presencia [de Michael Brown], y ahora, con tu visión de la psicología integral, se ensancha y agranda el camino… Me siento como yendo a casa por este sendero que has desbrozado” (JLM).

PSICOLOGÍA TRANSPERSONAL PARA LA VIDA COTIDIANA.  CLAVES Y RECURSOS

 A Ana, con amor siempre agradecido.
A Pello Esnal, con gratitud por su cuidadoso trabajo de corrección del texto. Bihotz-bihotzez.

“Para ser grande, sé entero: nada tuyo exageres o excluyas.
Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres en lo mínimo que hagas.
Así, la luna entera en cada lago brilla, porque alta vive”
(Fernando Pessoa).

“Conocerse no quiere decir mirar desde fuera, sino sorprenderse en un momento de contacto, de plenitud. Entonces ya no hay más «yo» y «mí», no hay más «yo» y «una Presencia en mí». No hay ninguna separación; ya no hay dualidad. Conocerse quiere decir Ser. No hay lugar para otra cosa” (Jeanne de Salzmann).

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La emergencia de la psicología transpersonal ha supuesto un paso cualitativo en el intento de comprensión del ser humano. Valorando e integrando todas las corrientes anteriores, abre un horizonte nuevo en el campo psicológico que, sin embargo, conecta con lo que siempre ha enseñado la “filosofía (o sabiduría) perenne”: no somos un “contenido” de la consciencia, sino la consciencia misma, Presencia consciente experimentándose en formas temporales.

La comprensión adecuada del ser humano requiere que se atiendan sus dos dimensiones: la psicológica (o personalidad) y la espiritual (o identidad). En esta especie de “manual de bolsillo”, el autor ofrece claves y recursos que buscan ayudar a comprender cómo se articulan ambos niveles para posibilitar una vivencia plena y armoniosa; en definitiva, para aprender a reconocer y vivir lo que ya somos.

Con ese objetivo, junto con las claves que ofrece la psicología transpersonal, presenta un amplio y variado elenco de prácticas –psicoafectivas, atencionales y meditativas o contemplativas– con las que aproximarnos a nuestra compleja y paradójica realidad.

Editorial Desclée De Brouwer.

Clic aquí para leer el Índice y la Introducción

“EN EL PRINCIPIO ERA LA VIDA”

EN EL PRINCIPIO ERA LA VIDA. COMENTARIO AL EVANGELIO DE JUAN

  Este discípulo es el mismo que da testimonio de todas estas cosas y las ha escrito. Y nosotros sabemos que dice la verdad” (Jn 21,24).

La naturaleza del universo era tal que, desde el principio, debía cobrar vida siempre y de cualquier forma que fuera posible” (Elizabet Sahtouris).

A Rosaura Costa, a Mª Elena Doménech, a Mª Teresa Llorens (ya fallecida) y a toda la Comunidad de Carmelitas Vedruna, de Vinalesa (Valencia), donde comenzó a fraguarse este libro: con gratitud, cariño y reconocimiento por su admirable apertura evangélica.

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PRESENTACIÓN

Editorial Desclée De Brouwer

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ÍNDICE

 Introducción

Capítulo I.     La Consciencia que somos y la búsqueda del hogar
Prólogo: En el origen de todo, la Consciencia (1,1-18)
Caminar en verdad, proceder sin doblez (1,19-34)
La búsqueda (1,35-42)
¿Seguir a Jesús o habitar el mismo hogar? (1,43-51)

 Capítulo II.   Lo Real es una boda
La primera señal: novedad que es alegría (2,1-12)
Todo es templo de la divinidad (2,13-22)
Lucidez ante el hecho religioso
Las señales y la fe (2,23-25)
 

Capítulo III.  Nacer de nuevo
Nacer de nuevo es despertar  (3,1-21)
Nacer de nuevo: amar lo que es
Dios habla en todo lo manifiesto (3,22-36)
 

Capítulo IV.  Más allá de la religión
Un diálogo inesperado (4,1-9)
El agua que quita la sed (4,10-15)
Más allá de la religión (4,16-26)
El verdadero alimento (4,27-38)
La experiencia personal (4,39-42)
Segunda señal: Jesús, la palabra que sana (4,43-54)
 

Capítulo V.    De la parálisis a la autonomía
La señal del paralítico (5,1-9)
Los riesgos de la libertad (5,10-18)
La fuente de la autoridad (5,19-30)
La fuente de toda legitimidad (5,31-47)
 

Capítulo VI.  El pan y la eucaristía
Caminar compartiendo (6,1-15)
La consciencia (“Yo Soy”) vence al mal (6,16-21)
Somos pan de vida (6,22-50)
Del “pan” a la “carne”: la Eucaristía (6,51-59)
Cuando no se ve, aparece la crisis (6,60-71)
 

Capítulo VII. Torrentes de agua viva
En un contexto de incredulidad (7,1-9)
Desde dónde vivimos (7,10-24)
¿Conocemos quiénes somos? (7,25-36)
El agua que da vida (7,37-52)
 

Capítulo VIII.  La verdad es una con la libertad
Un perdón que resultaba escandaloso (8,1-11) (texto no joánico)
Somos luz (8,12-20)
La identidad de Jesús, nuestra identidad: Yo soy (8,21-30)
La cuestión de la libertad (8,31-38)
Verdad y mentiras (8,39-49)
Antes que Abraham”: presencia y atemporalidad (8,50-59)
 

Capítulo IX. “Yo soy” es luz
Ver y ayudar a ver (9,1-12)
La norma que conduce al fanatismo (9,13-21)
La norma termina en condena (9,22-34)
Quien se impone a los demás, está ciego (9,35-41)
 

Capítulo X.  ¿Qué es ser “maestro”?
Una puerta siempre abierta (10,1-10)
La ambigua imagen del pastor (10,11-18)
Somos uno: la verdad más profunda (Jn 10,19-30)
Sois dioses” (10,31-42)
 

Capítulo XI.  Somos Vida
La muerte, el despertar (11,1-16)
La proclamación de la fe cristiana en la resurrección (11,17-27)
Un Jesús conmocionado (11,28-37)
Somos vida (11,38-44)
Cuando dar vida acarrea muerte (11,45-57)
 

Capítulo XII.  La vida en la muerte
Mirar a la muerte de frente (12,1-11)
Desapego del éxito (12,12-22)
Un paréntesis sobre la búsqueda humana
Desapego del abatimiento (12,23-36)
Creer y ver (12,37-50)
 

Capítulo XIII.  El único mandato: la única ley de lo real
 El amor servicial, en una parábola (13,1-20)
Cuando llega la noche (13,21-30)
El “nuevo” mandamiento: solo el Amor es real (13,31-35)
Y otra vez la noche (13,36-38)
 

Capítulo XIV.   La experiencia del Padre, conexión con la Fuente
Ver a Dios (14,1-14)
Vivir la unidad en el amor (14,15-26)
La paz que el mundo no puede dar (14,27-31)
 

Capítulo XV.  La vid y los sarmientos, metáfora de la no-dualidad
No hay nada separado de nada (15,1-8)
Amor es certeza de no-separación (15,9-17)
Hostilidad y testimonio (15,18-27)
 

Capítulo XVI.  Vivir en y desde el Espíritu
En la hostilidad, poner verdad (16,1-15)
La tristeza se convierte en gozo (16,16-24)
La incomprensión se convierte en certeza (16,25-33)
 

Capítulo XVII.  Proclamación de la unidad, en forma de oración
Autorretrato de Jesús (17,1-5)
El cuidado que nace de la unidad (17,6-17)
Unidad: la verdad de quienes somos (Jn 17,18-26)
 

Capítulo XVIII. El relato de la pasión: arresto y juicio
El arresto y la entereza de quien vive anclado en el “Yo soy” (18,1-14)
La negación de Pedro y el juicio religioso: la cuestión de la transparencia (18,15-27)
La primera parte del proceso político: la cuestión de la verdad (18,28-40)
 

Capítulo XIX.  El relato de la pasión: muerte en cruz
La segunda parte del proceso político: el miedo cierra a la verdad (19,1-16)
Jesús crucificado: cuando todo se cumple (19,17-37)
La sepultura: no se puede enterrar la Vida (19,38-42)
 

Capítulo XX.  Relatos de apariciones: la vida no muere
 Las “vendas”, signos de vida (20,1-9)
Re-conocernos en profundidad (20,10-18)
Creer y ver (20,19-29)
Conclusión del evangelio (20,30-31)
 

Capítulo XXI.  Apéndice.
 El trabajo que da fruto (21,1-14)
El amor repara y sana (21,15-19)
Cada camino es único (21,20-23)
Conclusión (21,24-25)
 

Bibliografía básica
 

INTRODUCCIÓN

“Estos signos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo, tengáis vida” (Jn 20,31).

          Como todo “libro sagrado”, los evangelios encierran tesoros de sabiduría. Por eso, aunque nos separen de ellos dos mil años, sus palabras resuenan en nuestro corazón como si nos estuvieran “leyendo” por dentro e iluminan nuestra visión acerca de la realidad en su dimensión más profunda. Cuando sabemos leerlos, destilan sabiduría nueva y fresca, porque –aunque deban expresarse a través de ellos– no transmiten conceptos anquilosados, sino la misma Vida atemporal, el presente eterno en el que vive el sabio. Ahora bien, para captar su riqueza, es imprescindible “sintonizar” con aquella misma calidad de presencia de donde surgieron.

         Sin embargo, por desgracia, su potencial queda oculto cuando se hacen lecturas meramente literalistas o moralizantes, que convierten al texto en un compendio de anécdotas del pasado –referidas, en este caso, a Jesús de Nazaret–, o en un manual de obligaciones que cumplir. De ese modo, y por una paradójica ironía, quienes defienden a toda costa la literalidad de los textos consiguen su desactivación más eficaz. Es también fácil de comprender: el talante dogmático impide incluso el mínimo de apertura que requiere la sabiduría.

          La lectura literalista y moralizante, aunque sea de manera inconsciente, persigue un objetivo: afianzar, sostener y asegurar la permanencia de la institución que se ha convertido en custodia de los propios textos. Aunque para ello se pague un precio elevado: privar del tesoro que contienen.

          Con frecuencia, ese tipo de lectura va de la mano de un nivel de consciencia mítico. Lo cual explicaría, tanto la “intocabilidad” del texto y la absolutización de la propia lectura –recordemos que, en ese estadio, la creencia del grupo se considera como “la verdad” sin más–, como la no menor absolutización del propio grupo. En cualquier caso, es innegable que tales lecturas siempre se hacen desde el modelo mental (dualista), que también aparece absolutizado, por cuanto se ha reducido el conocer al pensar.

      Ahora bien, si algo tienen en común todas las tradiciones de sabiduría –o espirituales– es el hecho de que no hablan “desde la razón”; y no porque sean irracionales o propugnen cualquier tipo de irracionalidad, sino justamente por todo lo contrario: porque saben que existe otro modo de conocer, previo y superior a la razón –transracional o transpersonal–, al que se tiene acceso de un modo experiencial, justo cuando la mente se silencia.

          El sabio se expresa desde ahí, desde lo que ve y vive. Lo cual explica que su palabra resuene con frescor y novedad, apenas nos situamos próximos a ese “lugar”; en cuanto, sin querer atraparla y “controlarla” con la mente, le permitimos que nos “toque” y deje evocar en nosotros lo mismo que hace vibrar al sabio que la pronuncia.

          Dicho de otro modo: el sabio no vive en la mente, aunque la utilice de un modo admirable cuando necesita de ella, sino en la comprensión no-dual. De ahí que se reconozca como no-separado de nada ni de nadie. Al expresarse desde ese lugar, se produce un efecto admirable: todos podemos vernos concernidos directa e inmediatamente por sus palabras, porque se refieren siempre a ese mismo “territorio” que todos compartimos, a nuestro “hogar” común, a nuestra identidad compartida.

         Todo ello significa que “sintonizaremos” más fácil y más profundamente con el autor del texto, si nos abrimos a la vivencia no-dual. Aunque no lo hagamos solamente por ello, sino desde la certeza de que es este modo de conocer el que nos permite acceder de manera más adecuada a la comprensión de lo Real, de todo aquello que no es objetivable[1].

       Lo que ofrezco, pues, en estas páginas es una lectura del cuarto evangelio realizada desde ese modelo de cognición. Es obvio que cualquier otro evangelio –en realidad, cualquier “libro sagrado”– puede leerse igualmente desde esta perspectiva con profundidad y provecho. Pero, sin duda, resulta mucho más fácil en el caso del llamado “evangelio de Juan”, porque él mismo se expresa ya –en no pocas ocasiones– en ese mismo “idioma”. Por eso, creo que puede llamarse, con razón, el “evangelio de la no-dualidad”.

       Comprendo que, de entrada, quizás parezca arbitrario designar así al texto de Juan, precisamente cuando el dualismo es una de sus características notables. Recordemos simplemente algunas de sus “oposiciones” más frecuentes y recurrentes: creer-no creer, carne-espíritu, terrestre-celestial, de la tierra-del cielo, de abajo-de arriba, luz-tiniebla, noche-día, ceguera-visión, ladrón-buen pastor, juzgar-salvar, muerte-vida, odio-amor, ser esclavos-ser libres, mentira-verdad, tristeza-alegría, los de fuera-los de dentro…

         Es innegable que –como escribe Senén Vidal–, al acercarnos al texto, advertimos en él una separación radical entre el mundo de abajo (“lo terreno”, “la carne”), determinado por la “maldad”, la “mentira”, la “tiniebla” y la “muerte”, y el mundo celeste (“lo de arriba”, el ámbito del Dios y del Espíritu), determinado por la “bondad”, la “verdad”, la “luz” y la “vida”[2]. Más aún: esta visión dualista es la que fundamenta una cristología que presenta a Jesús como el “emisario divino” entre aquellos “dos mundos”, el Logos que se hace carne.

          Sin embargo, se trata de una objeción apenas superficial. Por un lado, sabemos que en el cuarto evangelio, en su largo proceso de redacción, intervinieron diferentes “manos” que, según las circunstancias, fueron subrayando uno u otro matiz. En el caso que nos ocupa, el mencionado “dualismo” parece ser obra de un “segundo redactor” y estaría motivado por el clima de segregación, amenaza y persecución que sufrieron los grupos joánicos. Se trataría, por tanto, del dualismo típicamente sectario, por el que el grupo perseguido ve la realidad en clave de oposición: víctimas y verdugos[3].

          Por otro lado, y a pesar de aquellas formulaciones dualistas, es notable que el mismo evangelio enfatice lo que podemos llamar “experiencia mística”, “visión” o “iluminación”, tal como queda de manifiesto, por ejemplo, en el uso habitual de términos como “ver” o “conocer”, y en las singulares expresiones de comunión (“permanecer”: ménein) del discípulo con Jesús y con el Padre.

      Pero, en todo caso, mi interés no radica en “demostrar” nada acerca del texto, sino en acercarme a él desde la comprensión no-dual. No es, por tanto, una tarea de “repetición”, sino más bien de “traducción”. En la certeza de que todo texto de sabiduría, prescindiendo incluso de su “idioma” de origen, puede acogerse y comprenderse de un modo más profundo cuando lo leemos desde la comprensión no-dual.

      Quiero dejar claro también que no hago un comentario exegético, aunque haya habido un prolongado y cuidadoso estudio previo para conocer los resultados de las investigaciones críticas. El lector interesado encontrará, al final del libro, una bibliografía seleccionada y accesible.

        No entraré, por tanto, en cuestiones relativas a la autoría del libro, la fecha de composición, los distintos estratos y las varias manos de diferentes redactores y glosadores que pueden reconocerse en él, sus características literarias, su admirable recurso a los símbolos, su intencionalidad teológica… Con todo ello cuento, pero no me centraré específicamente en ninguna de esas cuestiones, que han sido bien estudiadas en las obras propuestas en la bibliografía.

       Como decía, tampoco haré un estudio de los diferentes estratos del escrito. En este sentido, me parece recomendable, entre otros, el reciente y ya citado estudio de Senén Vidal, al que remito para comprender mejor esa debatida cuestión[4].

         Finalmente, obviaré incluso lo que me parece una cuestión apasionante: hasta qué punto el cuarto evangelio es “fiel” al Jesús histórico –que, evidentemente, no utilizaba el lenguaje que aparece en ese texto, sino el que reflejan los evangelios sinópticos– o se trata, más bien, de una elevada reelaboración por parte de las comunidades joánicas, a partir de la vivencia mística de uno de sus referentes. Por decirlo brevemente: en este evangelio, ¿nos encontramos con Jesús de Nazaret o con un sabio posterior que relee el “acontecimiento” jesuánico? Y si es así, ¿cómo se explicaría el hecho de que semejante texto, de innegable sabor gnóstico, fuera recogido en el canon de libros inspirados?

       Dejo al margen esas cuestiones. Lo que pretendo compartir es, simplemente, el resultado de una escucha realizada desde la vivencia no-dual. Para ello, prescindiendo de toda la problemática relativa a su composición histórica, he tomado el texto del cuarto evangelio tal cual ha llegado hasta nosotros y he dejado que se “dijera”, hasta donde me ha sido posible, en este “idioma”. Tal como lo veo, el cambio más radical al que estamos asistiendo en nuestro momento histórico no es otro que el cambio de “clave de lectura” con el que nos acercamos a la realidad y con el que, también, abordamos los textos de sabiduría: tengo la convicción de que esa clave hoy es la no-dualidad.

       Desde esa comprensión, parece claro que, para ponernos a la escucha de aquellos textos, la condición inicial es la receptividad, que requiere del silencio de la mente y de la acogida amorosa. Eso es lo que permite que aquella palabra resuene en la misma vibración en la que fue pronunciada (o escrita). Y cuando eso ocurre, se produce el milagro: es la Vida, una y la misma, la que parece “despertar” en nosotros, hasta el punto de reconocernos en Ella. Por eso, en la escucha o la lectura, nos sentimos “leídos” en nuestra verdadera identidad.

       Así, de un modo casi imperceptible, somos conducidos hasta aquel “lugar” del que, en realidad, nunca habíamos salido –aunque fuéramos ignorantes de ello– y del que nunca podremos escapar. Porque la palabra sabia nos recuerda que la Vida, Dios, la Consciencia…, no es difícil de encontrar, sino imposible de evitar: porque –“más íntima a nosotros que nuestra propia intimidad”, “más cercana que nuestra propia yugular”– constituye lo que somos, lo que siempre hemos sido: lo que siempre se halla a salvo.

       Así leído, el evangelio –todo texto de sabiduría, reconocido o no oficialmente como “sagrado”–, más allá de la tradición a la que pertenezca y del modo en que fuera redactado, es siempre un “espejo” de lo que somos todos, un mapa luminoso del único Territorio de Lo que es.

         Pero, al llegar ahí, topamos con la incapacidad del lenguaje para poner nombre a esa Realidad que transciende todo nombre y todo concepto y que, sin embargo, nos constituye y constituye el núcleo último de todo lo real. Por lo que corremos el riesgo de que, al utilizar un término, la “cosifiquemos”, convirtiéndola en un objeto.

         Los textos religiosos (teístas), como es nuestro caso, han utilizado la palabra “Dios”. Probablemente, la mayor riqueza de ese término ha sido el haber reconocido al Misterio un carácter “personal”. Pero ahí ha radicado también su límite: fácilmente se ha proyectado en él lo que era nuestra propia experiencia relacional, cayendo en el antropomorfismo más vulgar. Si a ello añadimos la manipulación de ese término hasta extremos perversos –que llegó a dar incluso la imagen de un dios ególatra, arbitrario, vengativo, cruel…–, se comprende fácilmente el rechazo que el mismo provoca en muy extensos sectores de la humanidad.

       A ello habría que añadir una trampa más: los humanos tendemos a pensar que, por nombrar una realidad, ya la poseemos. Lo expresaba con toda claridad Javier Melloni en una entrevista: “Como nosotros tenemos una cultura muy mental, pensamos que las palabras o los conceptos pueden ir sueltos sin la experiencia espiritual o la experiencia de lo cotidiano. Ahí es donde Oriente también nos enseña. No cae en la trampa de la palabra. Cuando uno pregunta sobre si Dios existe, lo primero que le dicen es: «empieza a respirar». Y cuando respires bien, luego podemos empezar a hablar. Empieza por esa experiencia primordial con la vida, porque Dios no está separado de la vida. Cuanto más cerca estamos de la vida, más cerca estamos de Dios. Y separar eso nos ha hecho mucho daño”[5].

        Por todo ello, quizás sea saludable traducir la palabra “Dios” por la palabra “Vida” –por otra parte, una de las palabras más queridas y más frecuentes en el cuarto evangelio–, tal como sugiere Mónica Cavallé: “Las palabras «Dios» y «Ser» han sido tan desvirtuadas en nuestra cultura por una religión y una filosofía alejadas de la sabiduría, que es preciso acudir a términos o metáforas menos contaminadas y más vinculadas a nuestra experiencia directa. A ello nos puede ayudar la palabra «Vida»: No es posible escapar de la Vida. Nadie puede concebirla como algo «Otro», distinto del mundo o de sí mismo. Somos la Vida. O, más propiamente, Ella nos es”[6].

          Quienes viven una religiosidad teísta pueden decir que, así, se corre el riesgo de caer en lo impersonal. No niego ese riesgo, pero seguiría siendo –como en el caso contrario– consecuencia de ver todo desde la mente (y su modelo dual de conocer). Sin embargo, estaremos de acuerdo en que a Dios –a la Vida– no llegamos a través de la mente, sino de otro modo atencional o vivencial, donde lo experimentamos como el núcleo más profundo de nuestro ser. Ahí, las categorías de “impersonal” o “personal” caen por tierra, al ser trascendidas en una nueva percepción absolutamente “viva”.

        Es únicamente cuestión de palabras. Si el término “Dios” –cuya etimología (dev) significa “luminosidad”– ha sido manoseado, manipulado y pervertido, hasta el punto de evocar para muchos una mera proyección de la mente humana, podemos acudir al término “Vida” para apuntar a aquel Misterio original y originante de todo lo que es.

        A partir de aquí, creo importante hacer una doble matización. En primer lugar, si nos ocurre que vemos la vida como algo “impersonal”, eso se debe únicamente a que la hemos objetivado y la percibimos como “algo” que tenemos y que un día perderemos. La realidad, sin embargo, es que la Vida es Consciencia y Amor, es decir, pura consciencia de no-separación.

       La segunda matización tiene que ver con lo que parece suceder a personas religiosas cuando se deja de utilizar la palabra “Dios”. Si al dejar de nombrarlo como “Dios”, aparece un sentimiento de orfandad, no será difícil reconocer que quien se siente huérfano es solo el “yo” (ego), que había buscado “alguien” en quien sostenerse. Lo que realmente somos, es autofundamentado: es la Vida, Eso que es el Fundamento de todo lo que es.

        Por ese motivo, porque únicamente se puede conocer esa realidad cuando se la es, la propuesta implica acceder a ese lugar donde nos reconocemos “Vida”, en nuestra identidad más profunda.

         Leído desde esta perspectiva, advertimos enseguida que todo el cuarto evangelio es un himno a la Vida. Desde el prólogo hasta el epílogo, la vida asoma constantemente, hasta el punto de constituir la misión de Jesús –“He venido para que tengan viva, y vida en plenitud” (Jn 10,10)– y el objetivo del propio evangelio, que “ha sido escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo, tengáis en él vida eterna” (Jn 20,31). No solo eso: es el mismo autor del cuarto evangelio –o la comunidad joánica– quien “traduce” la expresión central de los evangelios sinópticos –“Reino de Dios”– por el término “Vida”[7].

       Indudablemente, en el principio fue la Vida. Para el cuarto evangelio, la Vida se halla  en el principio, en el medio y en el final… Todo él es un canto a la Vida. Y ciertamente, cuando sabemos verlo, comprendemos que todo es –y solo es– Vida, que se despliega en infinidad de formas y se “oculta” en absolutamente todo lo que percibimos a través de los sentidos; seres, circunstancias, acontecimientos…, todo es Vida expresándose en formas. La Vida que se manifestó en Jesús es la misma Vida que se expresó en el autor (autores) de este evangelio y la misma que lo está leyendo en este momento.

        Decía antes que, bien entendido, el término “Vida” es otro modo de decir “Dios”…, siempre que lo entendamos –y vivamos desde la no-dualidad. De otro modo, lo convertiríamos en un ídolo separado y exterior[8].

      Pero existen otras expresiones, como Logos –característico del Prólogo de este mismo evangelio– o, mejor todavía, Consciencia. De ahí que me parezca absolutamente ajustado poder expresar el mensaje evangélico también de esta manera: En el principio era el Logos ­–volveremos sobre ello en el comentario al capítulo primero– o, igualmente, en el principio era la Consciencia. Todo es Consciencia que en todo se despliega, expresa y manifiesta. Pero solo percibiremos que es así en la medida en que nos reconozcamos en ella. Porque no es algo “separado” de lo que somos, sino nuestra última identidad, sin margen alguno de dualismo. Somos esa misma y única Consciencia que late en la infinidad de formas que percibimos.

        Con estos presupuestos, quizás nos resuene de un modo nuevo una de las expresiones más vibrantes de este evangelio: “En el Logos [en la Consciencia] estaba [está] la vida y la vida era [es] la luz de los hombres” (Jn 1,4).

         Invito, pues, al lector a adentrarse en la lectura del cuarto evangelio, párrafo a párrafo, capítulo a capítulo, en todo su recorrido, tal como ha llegado a nuestras manos. E invito a hacerlo con una mente silenciosa y un corazón receptivo, con la atención puesta en cualquier “eco” que resuene en nuestro interior. Tales resonancias son la voz de nuestro “maestro interior” que nos llama de vuelta a “casa”.

      Desde la comprensión no-dual es claro que ese “maestro” es solo uno y el mismo, aunque cada tradición o incluso cada persona lo nombre de un modo particular: Espíritu, Dios, Jesús, Vida, Sabiduría, Intuición, Consciencia… Es la “voz” en la que se expresa lo que es (lo que somos): de ahí que, al reconocerla, nos reconozcamos y, al encontrarla, nos reencontramos. Hemos llegado al “hogar” común.

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Nota: Cada capítulo del libro corresponde al capítulo equivalente del cuarto evangelio.

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[1] Sobre el modelo no-dual de cognición, he de remitir a mis libros anteriores, especialmente a Otro modo de ver, otro modo de vivir. Invitación a la no-dualidad, Desclée De Brouwer, Bilbao 22015; La dicha de ser. No-dualidad y vida cotidiana, Desclée De Brouwer, Bilbao 32016; Metáforas de la no-dualidad. Señales para ver lo que somos, Desclée De Brouwer, Bilbao 2018.

[2] S. VIDAL, Evangelio y cartas de Juan. Génesis de los textos juánicos, Mensajero, Bilbao 2013, p.57.

[3] Ello explicaría que, frente a afirmaciones indiscutiblemente no-duales, en este evangelio se aprecie un marcado “dualismo eclesiológico” (“nosotros”/el mundo”; y a partir de ahí, “luz/tinieblas”, etc.) típicamente sectario, aparte de un dualismo cosmológico (“arriba”/“abajo”), característico de la premodernidad. Por más que nos resulte extraño, ambos “lenguajes” conviven en el texto, y sobre ello habremos de volver en su momento.

[4] S. VIDAL, Evangelio y cartas de Juan. Génesis de los textos juánicos, Mensajero, Bilbao 2013.

[5] Javier MELLONI, entrevistado por Mª Ángeles López Romero, en Revista21 (enero 2014), p.56.

[6] M. CAVALLÉ, La sabiduría recobrada. La filosofía como terapia, Oberon, Madrid 2002, p.107. (La obra ha sido reeditada por Kairós, Barcelona 2011).

[7] Sirvan estos datos como expresión del cambio operado y referido, como ha quedado dicho, a un concepto absolutamente nuclear en los evangelios sinópticos. En los cuatro evangelios, la expresión “Reino de Dios” aparece cincuenta veces; la equivalente “Reino de los cielos” lo hace en treinta y dos ocasiones, y siempre en el evangelio de Mateo (es sabido que los judíos evitaban pronunciar el nombre divino, o reducir al máximo su uso). En el cuarto evangelio, la expresión “Reino de Dios” se menciona únicamente dos veces, y las dos en el “diálogo de Jesús con Nicodemo” (Jn 3,3.5). Por el contrario, en el evangelio de Juan, el término “Vida” (Ζωή) aparece treinta y seis veces. Para más precisiones en torno a la expresión “Reino de Dios”, remito al comentario que hice al evangelio de Marcos: Sabiduría para despertar. Una lectura transpersonal del evangelio de Marcos, Desclée De Brouwer, Bilbao 22012, pp.47-52.

[8] Para una deconstrucción de la imaginería de un dios separado y exterior, puede verse el libro de R. LENAERS, Aunque no haya un Dios ahí arriba. Vivir en Dios, sin dios, Abya Yala, Quito 2013.

SOMOS LA VIDA, NO HAY LUGAR PARA EL TEMOR

         De las afirmaciones que hizo Jesús, cada vez me parece más luminosa aquella en que dijo: “Yo soy la Vida”.

         Es una palabra plena de sabiduría, que invita a salir de nuestra ignorancia básica y a reconocer la verdad profunda de esa expresión, aplicada a todos nosotros. Todos somos –y nunca podemos dejar de ser- Vida.

         La ignorancia radical es la que hace reducir nuestra identidad a nuestra personalidad, haciéndonos creer que somos un “yo particular”, separado de los demás y desgajado de la Vida.

         Esta creencia errónea es la fuente de todo sufrimiento, para nosotros mismos y para los demás.

 

         Al identificarnos con el “yo individual” y creernos separados, nos sentimos “enfrentados” a la Vida y, en cierto modo, amenazados por lo que nos pudiera ocurrir. Eso nos hace vivirnos a la defensiva y, con frecuencia, en el temor.

         Basados en la creencia (errónea) de la separación, dividimos todo lo que ocurre en “bueno” y “malo”, “positivo” y “negativo”, según los criterios del “yo particular” que creemos ser. Cuando sucede algo “positivo”, entramos en euforia; cuando, por el contrario, es “negativo”, nos sentimos frustrados.

         Al mismo tiempo, nos situamos ante la realidad en clave de exigencia y de “debería”. Vivimos habitualmente enfrentados a lo que es, en la convicción de lo que “debería” o “no debería” ser. Con ello, no hacemos sino generar sufrimiento inútil: porque no existe sufrimiento mayor que el de oponerse a lo que es.

 

         No hay liberación posible sin salir de aquella falsa creencia, es decir, sin comprensión (sabiduría).

         La sabiduría consiste en reconocer que no existe nada separado de nada. Y que no hay nada que no sea manifestación y expresión de la única Vida. Todo es Vida, que se despliega –se “disfraza”- en infinitas formas: el nacer y el morir, la salud y la enfermedad, el éxito y el fracaso, el “bien” y el “mal” –etiquetas mentales-…: todo son “formas” que la Vida adopta.

         Nosotros mismos somos la Vida, que ha adoptado una forma particular, en la personalidad concreta que tenemos. Pero la trampa consiste en creer que somos esa forma, en lugar de reconocernos como Vida.

         Cuando reconoces que eres Vida, ¿dónde queda el temor, la ansiedad, la frustración, el sufrimiento…? Quedarán como inercias de nuestro mundo mental y emocional, pero podremos salir de ellos con más facilidad. Porque no miraremos los acontecimientos ni las circunstancias –sean cuales fueren- desde el yo que creíamos ser, sino desde la Vida que somos.

         Visto desde ahí, caes en la cuenta de que todo lo que ocurra es expresión de la Vida: ¿cómo va a estar “mal”? La Vida no puede equivocarse.

         No cabe error alguno: lo que sucede, es lo que tiene que suceder. Nunca puedes equivocarte, porque lo que hagas es lo que la Vida está haciendo en ese preciso momento. Como recuerda con frecuencia Jeff Foster, no tienes un destino prefijado: tu camino –tu destino- es lo que sucede.

         Pero esto no puede verse ni entenderse desde la mente. Ella tiene sus propios parámetros, en la creencia de que es un hacedor independiente y autónomo, que puede actuar por su cuenta al margen de la Vida. Por eso, mientras alguien crea –y esta es la paradoja- que es un “yo particular” le resultará imposible comprender lo que se esconde detrás del “gran teatro del mundo”. Es necesario tomar distancia de la mente y a acceder a otro modo de ver –el “conocimiento silencioso” de sabios y de místicos- para percibir, sin duda alguna, que todo lo que captamos no es sino expresión multiforme de la Vida una, que es nuestra verdadera identidad.

 

         Todo lo que te ocurra –estar sano o estar enfermo, tener éxito o fracasar, sentirte mejor o peor, comprender o no comprender, aceptar o rebelarte…-, todo sin excepción es Vida. Y la Vida es todo. Míralo desde ahí. No creas que tu yo se siente amenazado; reconoce que la Vida que eres toma ahora esa forma concreta… Pero sigue siendo Vida, y siempre está a salvo. Todo es Vida en un despliegue multicolor. Si lo ves, eso es Vida que se manifiesta; pero si no lo ves, eso es también Vida que se manifiesta de forma diferente. Suceda lo que suceda y estés como estés, incluso en el lecho de muerte, solo hay Vida –es lo que eres- adoptando formas cambiantes.

 

         Por tanto, solo hay algo que podamos hacer: reconocernos en Ella y vivirnos desde Ella. La identificación con la mente y el con el yo –de donde venimos- tendrá mucha fuerza y a veces nos sorprenderemos aún creyendo que somos esa forma; sin embargo, la práctica nos hará diestros en reconocer nuestra verdadera identidad.

         A partir de ahí, ya no juzgaremos las cosas desde el yo, sino que únicamente veremos Vida en todo lo que se manifiesta.

         Dejaremos de repetir el error de tomarnos todo “personalmente”, creyendo que somos la “persona” separada o “yo particular” –esta es la causa de nuestro sufrimiento- y aprenderemos a no “personalizar” nada de lo que sucede.

Y entonces también podremos estar disponibles y desapropiados para permitir que la Vida fluya sin bloqueos a través de nosotros.

         Y lo que brota de ahí es Paz, Ecuanimidad y Compasión: la Vida que fluye en libertad…

 

Teruel, 25 enero 2015

MIS “RECORDATORIOS”

Adicciones y engaño

Quiero compartir con vosotros y vosotras tres textos, que leo cada día, y que me sirven de “recordatorio” de aquello de donde no quiero escapar…, aunque en realidad el “escape” es imposible porque —lo veamos o no, lo sepamos o no— ya somos aquello de lo que pensamos habernos alejado. Pero, como os decía, me viene bien recordármelo.

Ya eres lo que estás buscando

          

         

 

 

 

 

 

 

Los textos son los siguientes:

 

 1. “YO SOY” (Helen Mallicoat)

 

“Estaba lamentándome del pasado y temiendo el futuro… De repente «mi Señor» estaba hablando: «MI NOMBRE ES YO SOY».

Hizo una pausa. Esperé. Él continuó:

Cuando vives en el pasado, con sus errores y pesares, es difícil. Yo no estoy allí. Mi nombre no es Yo fui.

Cuando vives en el futuro, con sus problemas y temores, es difícil. Yo no estoy allí. Mi nombre no es yo seré.

Cuando vives en este momento, no es difícil. Yo estoy aquí. Mi nombre es YO SOY”.

 

Paz

 

            La religión teísta, con la expresión “mi Señor”, se refiere a la divinidad. Lo cual es absolutamente legítimo. Sin embargo, me parece más ajustado afirmar la no-separación de todo, por lo que tal expresión puede entenderse como otro nombre de aquel Fondo común que compartimos todos los seres, y que, aun sin agotarse en las formas, constituye el núcleo de todas ellas. En ese sentido, la citada expresión nos remite a nuestra identidad más profunda, que puede nombrarse también como “Yo Soy”.

          Esta lectura no-dual nos revela algo profundo. Cuando perdemos la consciencia del momento presente, nos alejamos de quienes somos. Por el contrario, en cuanto acallamos la mente y venimos al aquí y ahora, escuchamos en nuestro interior a nuestra verdadera identidad –nuestro “Señor interior”- que nos susurra: “Yo soy”, todo está bien.

 

 

2. ACEPTAR LO QUE VENGA  (Papaji)

 

La Esencia de la Destreza es esta: Lo que sea que venga, déjalo venir; lo que se quede, déjalo estar, lo que se va, déjalo ir.

Quédate callado, y adora al Ser.

Esta es la esencia de vivir hábilmente en la apariencia del mundo.

Durante todas las actividades de la vida recuerda siempre que tú eres el Ser.

La manera de vivir una vida feliz es aceptar cualquier cosa que venga, y lo que no viene, que no te importe.

 

3. “Somos personitas, cada una con su penita”.

 

               Siento no acordarme del nombre de la chica a quien escuché esta frase, en una entrevista reciente. Solo recuerdo que tiene una voz extraordinaria y, acompañada a la guitarra por un muchacho, canta desde una profunda y exquisita sensibilidad.

          Mientras la entrevistaban, estaba yo atendiendo otras cosas. Pero esas palabras suyas me detuvieron y atraparon. Me sonaron, en su sencillez no exenta de humor, a “palabra inspirada” –inspirada es aquella palabra que nos silencia por dentro y produce un movimiento de desegocentración– y se me quedaron grabadas. Lo que me detuvo fue su “carga” de humildad y de invitación a la compasión.

 

          Y nos encontramos, una vez más, con la paradoja, que me parece bueno noTERNURA olvidar: es verdad que somos Plenitud…, pero no lo es menos que tal Plenitud se expresa en estas formas concretas –frágiles y necesitadas de compasión- que palpamos a diario. Lo uno y otro, en un abrazo no-dual que, finalmente, nos unifica en el Ser.

 

          Es lo que, una y otra vez, nos recuerda el sabio, también humilde y divertido, que es Fidel Delgado. De entre los numerosos videos suyos que pueden encontrarse en YouTube, os recomiendo ver este, cuyo enlace os dejo:

https://www.youtube.com/watch?v=_NpmCPsoLfE

          Está aquíSomos –dice Fidel- “seres-humanos”: en cuanto “humano”, soy una forma transitoria, sumamente vulnerable y amenazado de muerte, y por eso lleno de inseguridad y de miedos; sin embargo, en cuanto “ser”, soy una realidad ilimitada y siempre segura.

 

          Esta es nuestra paradoja, que no conviene olvidar, si no queremos perdernos en la confusión: somos “ambas identidades”. Y tal paradoja encuentra una admirable convergencia con lo que ha visto la física cuántica: el Todo se halla en cada parte.

 

          La paradoja –omnipresente en toda la realidad- expresa una doble verdad, que es también en sí misma paradójica: que toda la realidad manifiesta es polar –no existe nada sin su polo opuesto- y que esa aparente contradicción solo queda resuelta en un lugar “superior”, que abraza ambos polos en una unidad mayor. A este abrazo o unidad englobante que no destruye las diferencias es a lo que llamamos “no-dualidad”.

 

          Polaridad y no-dualidad, por tanto, no solo no se excluyen entre sí, sino que explican el carácter paradójico de lo real. Podemos ver lo real como una infinidad de “puntos” separados que, en un nivel más profundo, son una y la misma realidad que están expresando. Si absolutizáramos el valor de los “puntos” en sí mismos, estaríamos ignorando justamente aquello que los explica y les da consistencia. Solo cuando los vemos como expresiones del Todo único, alcanzamos la compresión adecuada, integrada y holística. Pero eso requiere que nos situemos en otro “lugar” desde el que es posible una perspectiva global, un “nuevo modo” de ver.

 

            Al aplicar todo ello a nuestro caso, descubrimos que somos, a la vez, la “parte” –un “punto” particular de la única “red”: el yo individual- y somos, más profundamente, el “Todo” –la “red” completa: el Yo Soy universal-.

 

          Si nos reducimos al yo, todo será confusión y sufrimiento. Solo cuando advertimos nuestra identidad ilimitada, somos capaces de comprender el “juego” de la Vida, que no consiste en otra cosa sino en el despliegue admirable del Ser en cada una de las infinitas formas que lo expresan, en una hermosa e inequívoca no-dualidad. El “Yo Soy” uno se disfraza y “juega” en cada yo individual.

 

          Si nos percibimos únicamente como yoes individuales (o “puntos” aislados en todo el conjunto), serán inevitables la soledad, el miedo y la ansiedad, la comparación, la confrontación, el juicio, la descalificación del otro… Si, por el contrario, tenemos la lucidez suficiente para colocarnos en aquel “lugar” donde los “puntos” son trascendidos, la comprensión y la compasión serán inevitables: porque todo otro, en el nivel más profundo y en el sentido más verdadero, soy también yo mismo.

 

          Con todo ello, me parece claro que vivir ajustadamente esa realidad paradójica que somos requiere consciencia –para no olvidar nunca lo que somos de fondo, aquella realidad ilimitada y siempre a salvo- y compasión –para amar la forma frágil y vulnerable, en que se está expresando de modo transitorio-.

 

          En realidad, la consciencia (o sabiduría) y la compasión son las dos caras de la misma realidad y de la misma actitud. Así lo han expresado los sabios, con cuyas palabras os dejo:

 

El amor dice: «Yo soy todo». La sabiduría dice: «Yo soy nada». Entre ambos fluye mi vida(Nisargadatta).

La compasión ve al Uno en los muchos, la sabiduría ve a los muchos en el Uno (Frances Vaughan).

La gran compasión que surge de la experiencia de unidad se experimentará como la fuerza motriz del universo (Willigis Jäger).

 

 

Para concluir:

 

         El camino es simple: anclarnos en nuestra verdadera identidad, aquello que permanece cuando todo lo demás cambia: ¿qué es lo único que no ha cambiado en mí, a lo largo de mi existencia temporal? Han cambiado mi cuerpo, mis pensamientos, mis sentimientos, mis reacciones… Solo una cosa permanece: la pura consciencia de ser, que puede expresarse como “Yo Soy”. Ese es el Fondo último de cada ser y de todo lo Real.

             Si lo único que permanece siempre es la consciencia, se comprende –y aquí se da otra elegante coherencia- que nuestra única certeza sea esta: la certeza de ser. Como escribe Juan Carlos Savater, no necesitamos ninguna experiencia de “iluminación”; basta anclarnos en esa certeza innata y atestiguar su verdadera naturaleza invulnerable y eterna. “Anterior a la idea de ser tal o cual persona, anterior a cualquier tipo de razonamiento o pensamiento, hay una innata «certeza de ser». Una desnuda o pura consciencia que es y sabe que es. Esta es siempre, no la mayor, sino verdaderamente nuestra única e incuestionable certeza” (J.C. SAVATER, La certeza de ser, La Trompa de Elefante, Madrid 2012, p.35).

              Permanece todo el tiempo que puedas, a lo largo de todo el día, en la única certeza: la certeza de ser.

Descansar confiadamente en Lo que es

           

           Algo similar es lo que recomendaba el sabio Nisargadatta:

 

“Rechace todos los pensamientos excepto uno: “Yo soy”, la mente se rebelará en el comienzo, pero con práctica, paciencia y perseverancia, cederá y se mantendrá en calma. Una vez que usted esté en calma, las cosas comenzarán a suceder espontáneamente y de forma totalmente natural, sin ninguna interferencia de su parte.

No se preocupe por nada que usted quiera, piense o haga, sólo permanezca establecido en el sentimiento-pensamiento “Yo soy”, enfocando “Yo soy” firmemente en la mente. En el momento que usted se desvíe, recuerde: todo lo que es perceptible y concebible es pasajero, y solo el “Yo soy” permanece.

Después de todo, el único hecho del que usted está seguro es de que “usted es”. El “Yo soy” es seguro, el “yo soy esto” no lo es.

Yo solía sentarme durante horas 6 seguidas, solamente con el “Yo soy” en mi mente, y pronto la paz, la dicha y un profundo amor que todo lo abarca llegaron a ser mi estado normal.

Independientemente de lo que suceda, únicamente desvíe su atención lejos de ello y permanezca en el sentimiento “Yo soy”. Parece simple, y hasta ordinario, ¡pero funciona!”.

 Consciencia e inconsciencia

 “Aquellos que ven la luz en sí mismos nunca necesitarán dar vueltas como satélites alrededor de otros” (Michael Michalko).

Teruel, 2 junio 2014.