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POSTEÍSMO Y NO-DUALIDAD. UN CAMBIO DE PARADIGMA

 I. INTRODUCCIÓN

No me parece casual el debate que, en este último tiempo, se está produciendo en torno al -así suelen nombrarlo- “no-teísmo”[1]. Más bien, tal debate revela la profunda crisis por la que está atravesando el teísmo, y que se manifiesta en diversos síntomas que van desde una cierta reserva, incluso resistencia, cada vez más generalizada, para pronunciar la palabra “Dios”, hasta una desafección creciente hacia lo religioso, de manera particular entre las generaciones más jóvenes. Por lo que se refiere a nuestro propio ámbito sociocultural y a la tradición religiosa que ha imperado en él, resulta llamativo el grado de disonancia que provocan, tanto los dogmas centrales del cristianismo (creación, encarnación, redención, trinidad, inmaculada concepción, asunción), como las normas morales en el campo de la sexualidad y la cuestión sobre el lugar de la mujer en la iglesia.

Somos cada vez más conscientes de que los dogmas teológicos -a pesar de haber sido asumidos como “caídos del cielo” y dotados de “validez eterna”- son solo constructos religiosos, con fecha de caducidad. Este reconocimiento va de la mano de la superación del paradigma teísta y dualista del que provenimos[2].

Se trata de un paradigma en el que se mueve aún la mayoría de los teólogos. Pero no es difícil advertir signos que hablan de su superación. Lo que ocurre es que, cuando un paradigma se siente amenazado porque advierte el nacimiento de otro nuevo, reacciona a la defensiva…, hasta que finalmente el nuevo, antes rechazado sin contemplaciones, termina siendo finalmente aceptado. Las reacciones “bruscas” de muchos teólogos ante lo que llaman “nueva espiritualidad”, aun sin negar el acierto de algunas de sus críticas, se entienden desde aquella actitud defensiva.

Todo ello me hace pensar que somos testigos de una crisis profunda, que afecta al propio núcleo teísta: no tiene que ver solo con un conjunto de creencias y de normas morales, sino con el propio teísmo, como configuración religiosa que se está viendo superada por la propia evolución de nuestra capacidad de comprensión.

La “escucha” del debate ha producido en mí un movimiento a expresar algunas cuestiones relativas al mismo, y que dividiré en tres puntos: posteísmo, no-dualidad y propuesta de una clave de comprensión, temas que trataré en tres entregas sucesivas.

En muchas personas, entre las que me cuento, la superación del teísmo ha ido de la mano de la emergencia de una espiritualidad no-religiosa o trans-religiosa, expresada en clave no-dual. Ese es el motivo por el que abordaré ambas cuestiones (posteísmo y no-dualidad), introduciendo la que considero una clave decisiva para favorecer la comprensión: la cuestión acerca de lo que somos.

Desde mi punto de vista, nos hallamos en una auténtica encrucijada, no ya solo “religiosa”, sino humana, que se concreta en un profundo cambio de paradigma. El paradigma del que provenimos -materialista, teísta y dualista- da signos de agotamiento ante la emergencia de otro postmaterialista, espiritual y no-dual. La encrucijada, por tanto, como puede ocurrir con todo tipo de crisis, abriga una promesa de mayor plenitud.

Respeto profundamente el posicionamiento de cada persona y tengo presentes los sabios versos de León Felipe: “Nadie fue ayer, / ni va hoy, / ni irá mañana / hacia Dios / por este mismo camino / que yo voy. / Para cada hombre guarda / un rayo nuevo de luz el sol… / y un camino virgen / Dios”. Sé por propia experiencia que cada persona se encuentra en un momento preciso y ha de recorrer su propio camino, según también su peculiar ritmo. Es justamente la variedad de posturas la que da como resultado la “sinfonía” del conjunto.

No pretendo, por tanto, abrir un debate, sino únicamente compartir mi experiencia personal; intentar poner palabras a lo que, en este momento, me es dado comprender.

II.

POSTEÍSMO

Personalmente, no definiría este momento como no-teísta -aunque, en cierto sentido, lo sea-, sino más bien como posteísta. Con ello quiero expresar que considero el teísmo como una forma religiosa específica, que ha prevalecido durante unos milenios, pero que seguramente está destinada a ser superada en otras formas de expresar y vivir la dimensión profunda de la realidad, nuestra propia profundidad (que denominamos con el término “espiritualidad”).

Entiendo por teísmo la creencia en Dios como un ser separado, que actúa en el mundo y en la vida de los humanos. Podría decirse que la mente humana ha proyectado sobre ese dios nuestras propias características, lo que ha dado como resultado una imagen hecha a nuestra medida, es decir, un dios antropomórfico que ha llenado la vida de los humanos durante unos cuantos milenios.

Desde nuestra consciencia actual, se va haciendo patente que, por definición, lo que nombramos como “Dios” no puede ser algo pensado ni separado. Porque todo lo pensado no pasa de ser un constructo mental y porque no puede existir nada separado de lo real.

Parece ser que nos hallamos en un momento en que cae toda imagen de dios así entendida, no solo porque resulta radicalmente disonante con la consciencia moderna, sino porque se está empezando a modificar en paralelo la comprensión que tenemos de nosotros mismos (como trataré de mostrar en la siguiente entrega).

Por lo que se refiere a la superación del teísmo y la emergencia de una etapa posteísta, citaré a tres místicos cristianos que vivieron varios siglos atrás. Porque me resulta significativo que ellos “vieran” ya entonces la necesidad de superar esa imagen de dios, en aquellos tiempos indiscutida.

  • En contra de cualquier creencia o cualquier imagen de Dios, la beguina Margarita Porete afirmaba, en el siglo XIII, que “El único Dios verdadero es aquel del que nada puede pensarse”. En nuestro lenguaje: Dios no puede ser pensado; solo puede ser sido (vivido), porque “Aquello” a lo que apunta la palabra “Dios” es lo que somos en profundidad. Y lo conocemos, por tanto, no pensándolo -trasciende la mente-, sino porque lo somos.
  • En contra de cualquier idea de separación y de objetivación de Dios, el teólogo y cardenal Nicolas de Cusa, en el siglo XV, escribía: “Dios no es otro de nada. Dios, en tanto que no-otro, no es otro respecto a la criatura. Nada es otro para el no-otro… Dios es todo en todas las cosas, aunque no sea ninguna de ellas”. En nuestro lenguaje: Dios no es algo (alguien) separado, sino “Aquello” que, sin reducirse a las formas, constituye, sin embargo, su más profunda identidad: es lo que somos.
  • En contra de cualquier absolutización de nuestra idea de Dios, en el siglo XIII/XIV, el Maestro Eckhart, dominico y magister de teología en la Universidad de París -como lo había sido el también dominico Tomás de Aquino-, distinguía entre “Deitas” (Divinidad) y “Deus” (Dios). “Deus” es el dios separado que construye la mente humana; “Deitas” es aquella realidad inefable a la que han apuntado siempre los místicos; el primero es el dios del teísmo, esta otra alude al Misterio último y nuclear de todo lo real y de todos nosotros. El Maestro Eckhart era tan consciente de las trampas de la creencia, que llegó a decir: “Pido a Dios que me libre de Dios”. En nuestro lenguaje: el dios pensado (creído) nos aleja de “Aquello” que constituye la Plenitud de lo real, la Plenitud de lo que somos.

En resumen: hijo de su tiempo y del nivel de consciencia mítico en el que nació, el teísmo proyectó fuera, en un ser separado, a quien llamó “Dios” y a quien adornó de toda una serie de atributos -con frecuencia, contradictorios-, “Aquello” que intuyó como lo más profundo y valioso, lo realmente real, la Plenitud.

Pero “Eso” no es “algo” que detente un ser separado, sino la Profundidad que nos constituye a todos. Al descubrirlo, todo se unifica; al vivirlo, lo experimentamos y lo conocemos de primera mano.

Este reconocimiento -en contra de lo que suelen afirmar algunas críticas superficiales- no supone una inflación del ego, que se endiosaría -cayendo, según esos mismos críticos, en la tentación bíblica del “Seréis como dioses” (Gen 3,5)-, atribuyéndose a sí mismo lo que antes había proyectado en Dios. Más bien al contrario, en esta comprensión queda desvelado el engaño de la identificación con el yo. El sujeto de la Plenitud de la que hablamos no es nunca el yo (o ego), ahora envanecido y autosuficiente, sino “Aquello” que constituye nuestra verdadera identidad (transpersonal). Hasta el punto de que tal comprensión supone, en la práctica, metafóricamente hablando, el “acta de defunción” del ego: nos hemos liberado de lo que creíamos ser, para vivir lo que realmente somos. Seguiremos cuidando y desplegándonos en nuestro yo particular, pero sin reducirnos ni identificarnos con él.

En el teísmo se puso el nombre de “Dios” a “Eso” que no tiene nombre, porque no es un objeto. Trascendida la mente, apreciamos que, en nuestra verdadera identidad, somos justamente Eso que no puede nombrarse, pero que es “más íntimo a nosotros que nuestra propia intimidad” (Agustín de Hipona).

“Eso” que somos -Eso que es- supera y desborda por completo las categorías de lo “personal” y de lo “impersonal”: está más allá de tales etiquetas o atribuciones mentales, por más que nuestra mente quiera imaginarlo como un “alguien” protector. Lo que somos, es transpersonal.

“Eso” que somos -Eso que es- es lo mismo en todo, expresándose en formas diferentes. La realidad es no-dual. Somos uno con todo lo que es. Como escribe Javier Melloni, en su último y estimulante libro, “lo que buscamos ya está en y entre nosotros. En verdad, es nosotros, pero permanece como Otro mientras no lo hallamos… No es cuestión de creer, sino de ver… Todo está Aquí, pero somos incapaces de verlo”[3].

En ocasiones se me ha dicho que la defensa del apofatismo significa silenciar a Dios. Más bien me parece que significa silenciar nuestras imágenes de Dios, el dios construido y proyectado por nuestra mente.

Comprendo las reservas frente al apofatismo por el temor que provoca el silencio de la mente -que suele vivenciarse como soledad e incluso como vacío- y por la sensación de orfandad -y la consiguiente pérdida de seguridad- que produce el abandono de la creencia en un Ser superior, percibido como “protector”. Pero no hay otro modo de evitar el mundo de las proyecciones mentales que construye dioses a nuestra medida.

Sin duda, uno de los rasgos más característicos y más “apreciados” del teísmo sea el hecho de que otorgue a Dios un carácter “personal”. Pero esta es también su mayor debilidad, ya que parece evidente que tal atribución es una proyección humana, que ha dado como resultado un dios antropomorfo: un ser todopoderoso, que repartía premios y castigos, señor absoluto, “dios de los ejércitos”, que habría elegido a un pueblo “especial” para manifestarse al mundo (el mito del “pueblo elegido”, por encima de otros, en consonancia lógica con el carácter etnocéntrico del nivel de consciencia en el que nació esa idea)…, y que nos juzgará después de la muerte.

Parecía además un dios que se fue haciendo “bueno” con el paso del tiempo -sospechosamente, en paralelo al crecimiento de la conciencia ética de los humanos-: ¿qué puede haber en común entre un dios que “mata a todos los primogénitos de los egipcios” (Ex 12,29) y aquel otro que “es bueno con los ingratos y los malvados” (Lc 6,35)? Un dios que “evoluciona” de ese modo nos suena hoy completamente extraño y cada vez más incomprensible.

La “personalización” de dios supuso una gran riqueza y un pesado límite: la riqueza es que hizo avanzar decididamente el proceso de personalización y de etización del ser humano -la creencia teísta nos hizo sentirnos más “personas”, a la vez que intensificó la motivación por un comportamiento ético-; su límite radica en el hecho de que resulta más difícil superar la imagen de un dios “personal”, debido a la carga afectiva que tal imagen posee. Ese mismo contenido es lo que explica la perpetuación del teísmo, por el carácter traumático que comporta la ruptura de la adhesión afectiva a la figura de un dios personal que ha configurado toda la existencia del creyente, dotándola de seguridad y de sentido, así como de la sensación de ser amado: “realidades” demasiado valiosas para nuestro ego como para desecharlas con facilidad. Sin contar, además, con el hecho de que, mientras se mantenga la identificación con el yo, no se podrá percibir a dios sino como un ser igualmente personal.

Y, sin embargo, a mi modo de ver, las expresiones de los místicos citados indican, sin duda, la necesidad de superar también el teísmo. Pero tal superación no significa sostener sin más el ateísmo, sino reconocer como superada una forma de referirnos al misterio que nos constituye. Misterio que, desde mi comprensión, se desvela en clave de no-dualidad. Pero no podremos comprender los límites inherentes al teísmo ni lo relativo a la no-dualidad si no nos clarificamos acerca de lo que realmente somos.

III.

¿QUÉ SOMOS?

(Necesito empezar con un paréntesis personal. Porque, aun con cierto pudor, siento necesario compartir por qué es para mí decisiva esta cuestión: el motivo es que, en mi caso, el cambio en mi “modo de ver” se produjo tras dos experiencias de comprensión profunda, que se “me” regalaron de un modo sorpresivo e inesperado. ¿Qué sucedió? No me resulta fácil expresarlo, pero puedo señalar algunos rasgos de lo que allí se produjo: el pensamiento quedó suspendido por completo, la “idea” del yo se disolvió absolutamente, solo había plenitud de consciencia, de unidad con todo y de amor…, sin nadie que se lo apropiara. No era que “yo” comprendí, no; lo que ocurrió fue, más bien, que la comprensión diluyó el yo y se hizo luminosa la verdadera identidad, lo que luego leí como la respuesta definitiva a la cuestión Qué soy yo. Me quedó claro que mi identidad no era el yo, con el que había vivido identificado, sino “Eso” que queda cuando la mente se silencia, Eso que es pura consciencia. Lo experimentado no me transformó y todavía hoy necesito seguir integrándolo en mi existencia cotidiana, en la que siguen presentes los altibajos. Pero no puedo renunciar a lo visto ni dejar de reconocerlo como la clave primera de cualquier lectura de lo real. Fue a partir de ahí cuando lo que nombramos como “transpersonalidad” y “no-dualidad” se me hicieron evidentes).

Hasta aquí mi necesidad de compartir el motivo por el que no conozco otro punto de partida que no sea la pregunta por nuestra identidad. Con todo, creo que tal cuestión es siempre la primera, porque la respuesta a la misma condiciona todas las demás. Vamos a ello.

Parece evidente que nuestro modo de ver y de leer la realidad es siempre deudor del modo como nos vemos a nosotros mismos. Por lo que se refiere a nuestra cuestión -el teísmo-, lo expresó claramente el filósofo presocrático Jenófanes (siglo VI-V a.C.): Los etíopes dicen que sus dioses son de nariz chata y negros; los tracios, que tienen ojos azules y pelo rojizo (…). Si los bueyes, caballos y leones tuvieran manos y pudieran dibujar con ellas y realizar obras como los hombres, dibujarían los aspectos de los dioses y harían sus cuerpos, los caballos semejantes a los caballos, los bueyes a los bueyes, tal como si tuvieran la figura correspondiente a cada uno”[4].

Cuando hemos mantenido durante bastante tiempo una creencia determinada -por extraña que sea-, es probable que termine siendo para nosotros una “evidencia”, sobre todo si resulta “coherente” con nuestras impresiones más simples: así ocurrió con creencias tales como el terraplanismo, el geocentrismo y el materialismo. Hablar de una tierra esférica (ovalada), que orbita en torno al sol (todavía hoy seguimos diciendo que “el sol sale” o “el sol se ha ido”) y de una materia que, a tenor de los descubrimientos de la física cuántica, no existe en sí misma, es tan contraintuitivo que ha costado mucho tiempo advertirlo, hasta que fuimos capaces de situarnos en “otro lugar”, que nos permitía ver nuestro planeta en el conjunto del espacio, así como los constituyentes básicos de la materia. ¿No pasará algo parecido con nuestra creencia en dios y en todos los rasgos que le hemos atribuido?

El “lugar” para encontrar la respuesta adecuada no es otro que la cuestión acerca de lo que realmente somos. Necesitamos empezar, por tanto, por clarificar la cuestión de nuestra identidad: ¿qué somos?, en línea con lo que han dicho siempre los sabios, tal como se leía, por ejemplo, en el frontispicio del Templo de Delfos: “Hombre, conócete a ti mismo y conocerás al Universo y a los Dioses”. Y como se recoge en el evangelio de Tomás, donde Jesús dice: “Quien lo conoce todo, pero no se conoce a sí mismo, no conoce nada” (EvT 67). O como, en época más reciente, proclamara Immanuel Kant: “El autoconocimiento es el principio de toda sabiduría”.

¿Qué somos? Es probable que muchas personas desechen la pregunta, por la misma razón por la que, siglos atrás, hubiera resultado absurdo cuestionar el geocentrismo: ¿no era acaso evidente que el sol giraba alrededor de la tierra? ¿No es “evidente” lo que somos, sin necesidad de enfrascarnos en otros vericuetos?

Para la gran mayoría de las personas, somos nuestro yo: una entidad psicofísica delimitada y separada del resto. Y esto parece resultarles evidente e incuestionable. Pero, ¿realmente es así? ¿No valdrá la pena indagar acerca de esta cuestión decisiva? ¿Doy por válido lo que me han enseñado o me atrevo a indagar por mí mismo? Por decirlo con palabras de la filósofa Mónica Cavallé: “¿Descanso en mis propias comprensiones o, en cambio, tiendo a cimentar mi camino interior sobre conocimientos de segunda mano?”.

En ese trabajo de indagación, el punto de inflexión se produce cuando nos hacemos conscientes de que todo aquello con lo que nos habíamos identificado -cuerpo, mente, psiquismo…- son solo objetos o contenidos de consciencia. Y, a partir de ahí, nos preguntamos: ¿qué es Eso que es consciente de los objetos? Porque solo “Eso” será el único sujeto que merece este nombre.

Puedo observar mi cuerpo, mi mente, mi psiquismo, mi “persona”… Luego, en mi verdadera identidad, no soy nada de ello, sino justamente Eso que observa, Eso que es consciente. Con lo cual, se me hace manifiesto que lo que llamo mi “personalidad” (o personaje) no es mi “identidad”.

Todos los elementos que conforman mi “personalidad” cambian constantemente: cuerpo, pensamientos, sentimientos, reacciones, modos de ver y de ver la realidad… Sin embargo, en medio de todo ello, hay “algo” que no cambia: el Testigo que observa y que, en cualquier momento de mi historia, a pesar de los cambios ocurridos, me permite reconocerme y decir con verdad: “Yo soy”. Y soy exactamente Eso que no cambia.

A partir de esta comprensión, todo se modifica. Resulta lógico que quien se identifica con su yo particular, separado y “personal”, tienda a creer igualmente en un dios separado y “personal”. Y que, en ese proceso, se proyecte en esa imagen de dios aquello que constituye la identidad última de lo que somos todos. Con lo cual, en la religión teísta, se habría producido un secuestro -no intencionado- de nuestra identidad, en el sentido de que habríamos proyectado en un dios exterior y separado aquello que realmente somos, lo que constituye el Fondo de todo lo real.

Sin embargo, cuando se comprende que nuestra identidad es una con todo lo que es, que más allá de las diferencias o las “formas”, compartimos el mismo “fondo”, las imágenes teístas caen y lo que llamábamos “Dios” (Deitas, en el lenguaje del Maestro Eckhart) se muestra, en realidad -los nombres no pueden ser sino inadecuados-, como el Misterio último o el Fondo consistente de todo lo real: Ser, Realidad, Consciencia, Vida… A la mirada teísta, esto le parece una “pérdida”, dado que desde la mente no se puede pensar nada superior a lo “personal”; sin embargo, la realidad trasciende, tanto las categorías “personales” como las “impersonales”. Tal vez podrían aplicarse aquí las sabias palabras de la filósofa Simone Weil: “La perfección es impersonal [transpersonal]. La persona en nosotros [nuestra tendencia a “personalizar” todo] es la parte del error”. Y también: “Todo lo que en un ser humano es impersonal [transpersonal] es sagrado, y solo eso”[5].

Cuando se regala una comprensión profunda, la mente pensante se silencia por completo -el pensamiento queda suspendido- y se ve con claridad que, en nuestra verdadera identidad, no somos el yo con el que previamente nos habíamos identificado, sino la Presencia consciente -plenitud de Amor y de Ecuanimidad- que todo lo sostiene.

Esto no significa “negar” el yo ni evitarlo. Aquí radica la verdad y la belleza de nuestra paradoja: somos el yo particular -esa es nuestra “personalidad”- y somos la Presencia consciente que lo constituye y lo sostiene -esa es nuestra “identidad”-. Personalidad e identidad abrazadas de manera admirable en la no-dualidad.  

Desde esta autocomprensión, ¿qué pasa con el teísmo? Aun reconociendo todo lo que, con sus luces y sus sombras, ha supuesto en el proceso evolutivo de la humanidad y valorando la existencia de tantas personas que han desarrollado en su seno lo mejor de sí mismas, desplegando su humanidad hasta límites incluso heroicos, no dejo de advertir que fue una creencia acorde con el “lugar” -el nivel de consciencia- en el que los humanos se encontraban. Por eso intuyo que caminamos hacia una etapa posteísta en la que, en contra de lo que tiende a pensar la mente, nada valioso se pierde, sino que todo queda enriquecido, tanto en comprensión como en vivencia.

Esa misma autocomprensión nos muestra la naturaleza no-dual de lo real. En nuestro caso, las dos dimensiones que nos constituyen -personalidad e identidad- se encuentran admirablemente entrelazadas de manera no-dual. Son no-dos (ni una ni dos) caras o polos de la misma realidad.

IV.

NO-DUALIDAD

Hace poco recibí un correo de una persona que me decía: “Creo que entiendo lo que es la no-dualidad, pero no la puedo razonar”. La mente no puede “razonar”, ni siquiera entender la no-dualidad, porque ella misma es dual. Pensar implica, además de objetivar, “separar” el sujeto conocedor del objeto conocido. Ahí nace el “yo” y la mente termina pensando que la realidad es una suma de objetos separados, porque así es como ella la percibe.

La no-dualidad no puede, por tanto, ser pensada. Lo más que podemos alcanzar, a través de la mente, es reconocer que tal planteamiento, no solo no carece de sentido, sino que posee una poderosa potencia explicativa. Nada más. La no-dualidad puede percibirse, no razonando, sino justamente en el silencio de la mente: sea porque se ha vivido una experiencia de comprensión en la que el pensamiento queda completamente suspendido, sea gracias a una práctica del silencio de la mente, que nos permite ver desde “otro” lugar.

Alguien ha escrito también que “el planteamiento de la no-dualidad parece contradecir toda la experiencia humana”. Así es, tal como “parecía” contradecirla el heliocentrismo a quien estaba anclado en la “evidencia” de que el sol giraba alrededor de la tierra.

Sin embargo, incluso la física moderna afirma la interrelación, hasta el punto de que el físico Carlo Rovelli se atreve a escribir: “El aspecto relacional de todas las variables físicas es uno de los descubrimientos básicos de la mecánica cuántica”. Si pudiéramos adentrarnos progresivamente en lo más minúsculo de la materia -del organismo a los órganos, de estos a las células, de ahí a las moléculas, de las moléculas a los átomos, de los átomos a las partículas subatómicas…-, lo que descubriríamos al final del recorrido serían ondas de vibración, cuerdas vibrantes y campos cuánticos. Todo ello apunta hacia un Vacío originario, matriz de todas las formas. Lo cual le ha llevado al filósofo postmaterialista Jordi Pigem a escribir que “la base de la realidad no es la materia, es la consciencia”. En la misma línea, el gran físico cuántico James Jean afirmaba que “el universo material se deriva de la consciencia, y no al revés”. Y el astrofísico Richard Conn Henry: “El universo es inmaterial, mental y espiritual”. Con lo cual, el planteamiento de la no-dualidad no parece ya tan “contradictorio” con la realidad como algunos pensaban.

Sin querer extenderme demasiado, deseo simplemente puntualizar algunas cuestiones relativas a la no-dualidad que suelen ser tergiversadas con frecuencia. Probablemente por la misma razón por la que no puede ser “razonada”. Cuando se pretende entender la no-dualidad desde la mente, es imposible captar su significado.

Los puntos que deseo clarificar son aquellos que, a mi modo de ver, con mayor frecuencia son mal entendidos:

  • La no-dualidad no niega las diferencias. Lo que afirma es que diferencia no es sinónimo de separación. Somos diferentes, pero somos lo mismo. La realidad es un despliegue de formas diferentes, pero todas ellas no son sino “formas” surgiendo de un mismo fondo y compartiendo una misma identidad profunda.
  • La no-dualidad no niega el mundo de las formas; al contrario, lo característico de la no-dualidad es la afirmación de ambos polos de lo real. Asume un doble principio: el de exclusión (“yo no soy mi cuerpo, ni mi mente, ni mi psiquismo…”) y el de inclusión (“pero soy también mi cuerpo, mi mente, mi psiquismo…”). En el caso humano, se articula con sabiduría la personalidad (o yo) con y desde la identidad (consciencia). En la vivencia adecuada de esa articulación consiste la sabiduría.
  • La no-dualidad no niega el proceso, sino que reconoce la paradoja. Si bien es cierto que, desde el plano profundo -más allá de las formas- todo es ya -todo, simplemente, es; somos plenitud-, esto no niega que, en el plano fenoménico o de las formas, todo es procesual o secuencial. Lo cual puede resumirse de manera sintética en esta afirmación: estamos en proceso -como personas- de llegar a ser aquello que ya somos -en nuestra identidad profunda-.
  • La no-dualidad no niega la acción ni el dinamismo de comprometerse. Al contrario, no-dualidad es amor y sinónimo de compromiso. Y es así porque la comprensión no-dual, al situarnos en la verdad de lo que somos, sin negar nada de lo que nos constituye, me hace reconocer que todo otro es no-otro de mí. Es lo que aprecio en Jesús de Nazaret: fue esta comprensión la que guio su actitud (“lo que le hacéis a otro, me lo hacéis a mí”) y su comportamiento, caracterizado por la más genuina compasión, que viene siempre de la mano de la comprensión. Con lo cual, el compromiso urge, pero naciendo del lugar adecuado: no del voluntarismo ni del dualismo -con las trampas que esto encierra-, sino de la comprensión. No hay un yo que se comprometa, pero eso no conduce a la pasividad, inactividad o indolencia narcisista, porque somos consciencia comprometida; al comprenderlo, empezamos a vivirnos desde nuestra verdadera identidad.

La no-dualidad da razón de la paradoja de lo real: todo son diferencias y, a la vez, todo es uno; lo Uno expresándose en lo Múltiple. Nosotros mismos nos vemos y vivimos como diferentes, pero ojalá nos comprendamos como unidad, y podamos vivirnos en coherencia con ello. Esa es nuestra paradoja: cada cual nos experimentamos en una personalidad diferente, pero compartimos la misma y única identidad. Es precisamente esta comprensión la que hará posible una transformación radical en nuestro estado de consciencia.

No-dualidad es unidad-en-la-diferencia, abrazo de todas las formas en un fondo único, común y compartido, que constituye el “núcleo” de todo lo que es. Nos experimentamos en una forma determinada y diferente a todas las demás, pero somos “Eso” que alienta toda forma, Plenitud de presencia, Vida, Amor…

En síntesis, la comprensión no-dual, una vez que se ha superado la inercia de la mente -similar a las inercias que mantenían a la humanidad en antiguas creencias absolutizadas-, nos atrae poderosamente, porque refleja nuestro Anhelo más profundo, aquel que nos llama de vuelta a “casa”.

Nuestro drama consiste en vivirnos ignorantes y alejados (alienados) de lo que realmente somos, identificados con el yo y la mente pensante. El desafío pasa por silenciar la mente y atrevernos a mirarnos desde “otro lugar”, el lugar del no-pensamiento. Cuando se trasciende el pensamiento -sin renunciar nunca a la mente funcional ni a la lucidez crítica-, se advierte que no hay nada que conseguir ni nada que falte; no hay confusión, no hay yo y no hay que preocuparse por el nacimiento o la muerte. Estamos -siempre hemos estado- en “casa”. Desde esa comprensión vivimos el plano de las formas o del yo, en todas las dimensiones (psicológica, relacional, social, política, ecológica…). Lo que las religiones llamaban “Dios” -en consonancia con un determinado momento de la consciencia humana- es lo que ahora descubrimos como nuestra “casa”, la identidad una y última que nos constituye -consciencia, presencia, vida…- y el fondo luminoso (“Dios”/“dev” significa “luz”) de todo lo que es.

Lo que llamamos “Dios” no puede ser un Ser separado -¿cómo podría haber algo separado de lo real?-, sino un estado de ser. Más aún: la idea de un dios separado no puede ser sino factor de división, porque se piensa la divinidad como “un tercero” entre tú y yo. Por el contrario, al comprenderla como el Fondo común de todos los seres -nuestra identidad última-, la percibimos como la mayor fuerza de cohesión.

Por todo esto decía que, con la superación del teísmo, no se pierde nada valioso; se crece en comprensión y en plenitud de vida.

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[1] Deseo citar únicamente dos libros: Roger LENAERS, Aunque no haya un Dios ahí arriba, Abya Yala, Quito 2013; y José ARREGI, José María VIGIL, Santiago VILLAMAYOR y otros, Después de Dios. Otro modelo es posible, Colección “Nuevo Tiempo Axial”, marzo 2021. Este último puede descargarse de manera gratuita, para lo que basta poner el título en el buscador; o desde la web de “Espiritualidad Pamplona-Iruña”:

https://www.espiritualidadpamplona-irunea.org/wp-content/uploads/2021/04/Despues-de-Dios.-Otro-modelo-modelo-es-posible-Arregi-Vigil-y-otros.pdf

En respuesta a una airada reacción de José María Castillo -que pone de manifiesto que la teología, incluso la más “abierta”, se encuentra en un paradigma dogmáticamente teísta y religiosamente absolutista, olvidando que todas las formas religiosas son solo constructos mentales-, José Arregi escribe: “Nos hallamos en una encrucijada histórica en la que se nos abren tres alternativas: a) Seguir aferrados a esa imagen de Dios concebida básicamente en Sumeria hace unos 7000 años y todavía vigente en el magisterio oficial y en el imaginario popular, así como en la teología predominante; b) Dejar de utilizar el término “Dios”, al menos hasta que dicho imaginario común persista; c) Superar radicalmente el imaginario tradicional y pasar de la imagen teísta de “Dios” a la afirmación de Dios como Misterio fontal y eterno de todo. Nosotras solo descartamos la primera opción, que por lo demás consideramos contraria no solo a la cultura actual, sino a la inspiración de fondo de la Biblia y de las enseñanzas expresas de las grandes místicas y místicos de la tradición cristiana y de otras tradiciones religiosas… Por eso, afirmamos que Dios es “no-teísta” o “transteísta” en el sentido señalado”: https://www.religiondigital.org/opinion/Respuestas-Jose-Arregi-Maria-Castillo_0_2341265859.html

Aporta luz también la respuesta de Santiago Villamayor: https://www.atrio.org/2021/05/la-trascendencia-de-lo-inmanente/

En este debate, han sido varios los teólogos que han adoptado distintos posicionamientos, como puede verse en portales de información religiosa. La mayoría de ellos se mueven en un paradigma teísta y dualista y en una epistemología decididamente dogmática.

[2] “El discurso de fondo de toda la teología actual -escribe Santiago Villamayor- no encuentra eco en la sociedad y no se atreve a poner en cuestión sus creencias y simbolismos. Ni el Dios omnipotente y arriba, ni Jesús como Hijo de Dios, son hoy creíbles. Y menos la Redención”: https://www.atrio.org/2021/05/la-trascendencia-de-lo-inmanente/

[3] J. MELLONI, De aquí a Aquí. Doce umbrales en el camino espiritual, Kairós, Barcelona 2021, pp. 15-16.

[4] El escritor chileno Rafael Gamucio lo ha expresado de este modo: “Yo no puedo asegurarle a nadie que Dios exista. He hablado muchas veces con él, pero estoy dispuesto a admitir que su voz se parece extrañamente a la mía”.

[5] S. WEIL, La persona y lo sagrado, Hermida Editores, Madrid 2019 [orig. 1943].

Zizur Mayor (Navarra), 27 de junio de 2021.

NUEVO LIBRO: “VIDA”

(La vida ha querido que este librito, editado por “Editorial San Pablo”, saliera prácticamente en las mismas fechas que “Psicología transpersonal para la vida cotidiana”, editado por “Desclée De Brouwer”. Tal vez porque el objetivo de la psicología transpersonal –como el de la espiritualidad– no es otro que el de aprender a vivir y a decir “sí” a la vida. Deseo de corazón que ambos puedan resultar herramientas útiles en ese aprendizaje).

(Más adelante, saldrá en formato ebook, y se subirá a dos plataformas de edición bajo demanda, de modo que pueda adquirirse también en América). 

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 A Ana, en la escuela de la docilidad a la vida.

A mi abuela Amalia, que me enseñó y me mostró con su vida que “lo que viene, conviene”. En la presencia amorosa y agradecida.

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“Que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú” (Jesús de Nazaret).

“En definitiva y en grande, ¡quiero ser, un día, uno que solo dice sí!” (F. Nietzsche).

En la práctica, la sabiduría se traduce en decir sí a la vida y fluir con ella.

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Anhelamos vivir y ser felices. Pero, con frecuencia, el modo como perseguimos ese anhelo produce el efecto contrario: nos “alejamos” de la vida y nos introducimos en un laberinto de confusión y de sufrimiento.

Asumiendo el principio socrático, según el cual la única virtud es la sabiduría y el único vicio la ignorancia, el autor traza un itinerario que quiere ayudar a crecer en comprensión: empieza por sentir la vida y concluye al reconocernos en ella. Cae la creencia errónea de separación y nos alineamos con la vida, en una actitud de aceptación profunda y de acción desapropiada.

La comprensión se sintetiza en esta doble expresión: somos vida y la actitud sabia consiste en vivir diciendo sí; ciertamente, lo que viene, conviene. Cuando lo comprendemos experiencialmente, vivimos en plenitud y somos felices. A partir de ahí, fluirá en cada caso lo que tenga que ser. Pero ello requiere ir más allá de la mente analítica para poder ver en profundidad.

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VER PORTADA DEL LIBRO

En algún momento de las crisis parece que todo se hunde y no se atisba ninguna salida. Sin embargo, siempre queda «algo» que nos sostiene, alienta, moviliza…; una fuerza interna, en la que tal vez ni siquiera habíamos reparado, a la que solemos llamar la «fuerza de la vida».

Pero hay más. Al indagar en ello, descubrimos que esa «fuerza», como la propia vida, no es «algo» separado -que tenemos o con lo que contamos-, sino aquello que somos.   

Editorial San Pablo.

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ÍNDICE

Introducción: Nuestra paradoja

1. El primer paso: sentir la vida, sentirnos vivos y vivas                                                                             

  • Vida desplegada, vida bloqueada, vida liberada   
  • Herida psicológica, vacío afectivo y mecanismos de defensa     
  • Un trabajo psicológico para re-conectar con la vida
  • Vivir es confiar

2. La comprensión: no vivo, soy vivido                       

  • El río y el remolino                                                 
  • La creencia de la separación y sus consecuencias     
  • Un trabajo constante de reeducación para superar inercias mentales                                                 
  • Vivir diciendo sí

3. La actitud sabia: lo que viene, conviene. Del sufrimiento inútil a la comprensión liberadora       

  • La intuición que lo transforma todo                           
  • La naturaleza paradójica de lo real y la mente analítica
  • La cuestión decisiva: ¿qué soy yo?
  • La sabiduría de la paradoja

Conclusión: La vida como maestra

Epílogo: El juego de la vida

  

INTRODUCCIÓN

NUESTRA PARADOJA

 “En medio del odio descubrí que había, dentro de mí, un amor invencible. En medio de las lágrimas descubrí que había, dentro de mí, una sonrisa invencible. En medio del caos descubrí que había, dentro de mí, una calma invencible. Me di cuenta de que, a pesar de todo, en medio del invierno había, dentro de mí, un verano invencible. Y eso me hace feliz. Porque esto dice que no importa lo duro que el mundo empuja contra mí; en mi interior hay algo más fuerte, algo mejor, empujando de vuelta” (Albert Camus).

Y, de pronto, nos sentimos inseguros, desconcertados y temerosos: vulnerables. Recibo, de parte de María Ángeles López Romero, directora editorial de Editorial San Pablo, la propuesta de escribir un librito sobre la “vida”, a finales de marzo de 2020, en la tercera semana de la cuarentena o confinamiento ordenado por el gobierno, a raíz de la crisis del coronavirus.

Toda crisis trae consigo desconcierto y nos coloca frente al insoslayable espejo que refleja nuestra propia vulnerabilidad, con frecuencia olvidada, unas veces compensada y otras tantas reprimida. Y afloran ahí, a nuestro pesar, viejos fantasmas y “demonios interiores” que creíamos definitivamente derrotados.

En algún momento de las crisis parece que todo se hunde y no se atisba ninguna salida. Pero, pasada la oscuridad ciega del bajón, es innegable que hay siempre “algo” que nos sostiene, alienta, moviliza…; una fuerza interna, en la que tal vez ni siquiera habíamos reparado, con sabor a descanso y portadora de confianza, a la que solemos llamar la “fuerza de la vida”

Ahí, una vez más, se hace manifiesta nuestra realidad paradójica, sin la que resulta del todo imposible comprender al ser humano y encontrar el modo de orientarnos en nuestra existencia cotidiana.

La paradoja aparece a nuestra mente como una contradicción irresoluble, por lo que fácilmente la deshecha y la descarta de manera apresurada. Para la mente analítica, la realidad es lineal y superficial, aunque utilice argumentos eruditos y sofisticados para hablar de ella. Podría decirse que, en cierto modo, la “retuerce” para hacer que encaje dentro de sus esquemas, con lo cual la deforma hasta terminar traicionándola.

Lo cierto es que la “contradicción” que muestra la paradoja es solo aparente. Porque no habla de contraposición, sino de complementariedad. Refleja, sencillamente, el “doble nivel” o los “dos planos” constitutivos de la realidad, que se hallan armoniosamente articulados y secretamente abrazados en una unidad mayor. Eso hace de la paradoja una seña de identidad de lo real: todo lo real y, por tanto, lo humano es paradójico.

Las tradiciones sapienciales se han referido a esos “dos niveles” de la realidad con diferentes términos. Así han hablado, por ejemplo, de “vacío” y “forma”, tal como quedó reflejado en el Sutra del corazón: “Vacío (vacuidad) es forma, forma es vacío (vacuidad)”. Sobre ello volveremos en el capítulo 3, en el que dedico un amplio espacio a hablar de la sabiduría de la paradoja.

“Formas” son todo aquello que percibimos a través de nuestros sentidos neurobiológicos –mente incluida– y que constituye un “polo” de lo real; el otro es “aquello” –el fondo, la vacuidad– que las sostiene y que en ellas se expresa.

En nosotros, las “dos caras” de la paradoja pueden nombrarse, de entrada, como “personalidad” (la forma) e “identidad” (el fondo), o también como “vulnerabilidad” y “plenitud”. Sumamente frágiles y vulnerables –una vulnerabilidad que, con frecuencia, tratamos de ocultarnos a nosotros mismos–, somos, sin embargo y al mismo tiempo, plenitud que se desborda y se halla a salvo de la impermanencia. Somos alegría en la tristeza, fuerza en la debilidad, luz en la oscuridad, certeza en la incertidumbre, amor en el desencuentro…, vida en la muerte.

Los términos “vacío” y “plenitud” apuntan ambos –de nuevo, en una aparente contradicción– a la misma realidad profunda, a ese Fondo último de lo real, pura presencia consciente, que se está desplegando y expresando constantemente en todas las formas que percibimos. La mente lo lee como “vacío” porque, al no encontrar “objetos”, para ella no hay nada; sin embargo, cuando se experimenta se comprueba que es “plenitud”: “Eso” que para la mente es “nada”, es en realidad “todo”, la plenitud de lo que es[1].

Ese fondo constituye un no-lugar –presencia atemporal y no local– al que los humanos se han referido con mil nombres, todos ellos inadecuados, ya que lo que no es objeto, en ningún caso puede nombrarse adecuadamente, pero con los que han querido decir lo indecible y hablar de lo inefable: consciencia, ser, dios, vacuidad… y vida.

Todo es vida. Parafraseando lo que se dice de Dios en “El libro de los veinticuatro filósofos”, podría afirmarse sin error que la vida es una esfera infinita cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.

Miremos donde miremos, no veremos sino vida desplegada y oculta en un sinfín de formas. Vida es aquello que nuestra mente etiqueta como “sublime”, y vida es también el minúsculo y terrorífico virus –al que me refería al inicio– que ha puesto en jaque a la población mundial. Basta salir de los estrechos límites de la mente, para que nuestro horizonte y, por tanto, nuestra visión se amplíen infinitamente.

Nosotros mismos somos vida. No personas que tienen vida, sino la misma y única vida, experimentándose temporalmente en una forma (persona) concreta.

Nuestra ignorancia radical y el origen de todo sufrimiento es el olvido de lo que realmente somos, que nos lleva a identificarnos con la “forma” (el yo) y a desconectarnos del “fondo”, es decir, de la vida, de nuestra verdadera identidad. ¿Cómo no habríamos de caer en una red de confusión y de sufrimiento? ¿Cómo habríamos de ser capaces de comprender y gestionar las crisis y, más ampliamente, nuestra vulnerabilidad de una manera constructiva? ¿Cómo no vivir a la defensiva, temiendo amenazas por doquier?

 La afirmación de que somos vida no nace de una creencia. Al contrario, puede reconocerse como evidencia, siempre que ponemos los medios adecuados para experimentarlo: si acallamos la mente y, en lugar de pensar, atendemos, advertiremos que entre la vida y nosotros no hay ninguna distancia, ninguna separación, ninguna diferencia: somos vida. Es solo la mente –debido a su propia naturaleza separadora– la que nos hace creer que la vida es “algo” de lo que estamos separados.

Se requiere, por tanto, silenciar la mente porque esta se halla imposibilitada para percibir todo lo que no sea un objeto, externo o interno. Para poder operar, necesita separar, delimitar, es decir, objetivar. Por ello, de la mente solo pueden surgir ideas, conceptos, creencias…

No solo eso. A la mente analítica se le escapa por completo la paradoja. Por ese motivo, quien se acerca a la realidad desde una mente analítica pronto se verá encerrado en un callejón sin salida, incapaz de adentrarse en la sutil y bella complejidad del conjunto de lo real.

Todo lo que vengo diciendo se puede recopilar en unas afirmaciones concisas:

  • la realidad es paradójica;
  • la mente analítica no puede captarla; la ve como contradicción;
  • la percibimos a través del silencio de la mente, activando la atención;
  • en nosotros se muestra como plenitud y vulnerabilidad, vida plena y forma (persona) impermanente
  • los dos niveles de la paradoja se hallan abrazados en la no-dualidad (diferencia sin separación);
  • la realidad es no-dual.

Como la realidad, la vida es no-dual, es decir, no conoce opuesto. Porque la muerte no es lo opuesto a la vida, sino al nacimiento: aquella y este son simplemente formas en las que la vida se expresa. Nacen y mueren las formas, la vida permanece.

Anhelo, en estas páginas, antes que nada, compartir vida y ofrecer algunas claves que nos ayuden a vivir. Claves con las que acoger todo lo que nos ocurre –crisis incluidas– como oportunidad para crecer en consciencia de lo que somos y, de ese modo, resituarnos con presteza ante cualquier dificultad, y favorecer el despliegue de la misma vida.

Suele afirmarse que no estamos aquí para que la vida responda a nuestras expectativas –esa es la exigencia del ego–, sino para dejarnos enseñar por ella. Somos aprendices, y la clave está en acoger todo lo que sucede, sea del color que sea, como oportunidad. Y –una nueva y hermosa paradoja– solo tenemos una cosa que aprender: descubrir lo que ya somos; o con otras palabras, “llegar” a la casa de la que nunca habíamos salido.

Ahora bien, si queremos ser fieles a la paradoja que nos constituye, es necesario que este trabajo de aprendizaje sea, a la vez, psicológico y espiritual. Necesitamos atender los “dos niveles”.

Cuando no se hace así, se cae en un “racionalismo” estrecho que ignora la dimensión profunda o en un “espiritualismo” etéreo que olvida nuestra dimensión psicológica.

Los riesgos de cualquiera de esas posturas son obvios: en el primer caso, la ignorancia de lo que somos, que nos sume en la confusión, la confrontación y el sufrimiento, es decir, nos encierra en una consciencia de separatividad con todas las consecuencias que de ahí se derivan y que se reflejan en todos los ámbitos humanos, desde la economía y la política hasta la cultura y la religión, así como en la vida cotidiana; en el otro, una escisión psíquica más o menos acentuada, una rémora para crecer en comprensión y la trampa que supone una sombra no reconocida, aceptada e integrada; de hecho –y son numerosas las muestras que se han dado y se dan en supuestos gurús y “maestros espirituales”–, la sombra no trabajada, antes o después, boicoteará el trabajo espiritual.

El “racionalismo” se sostiene sobre la premisa de que existe solo aquello que la mente puede explicar. El “espiritualismo”, por su parte, parece denotar la actitud de quienes buscan un atajo –alguien ha hablado de “bypass espiritual”– para sortear el encuentro lúcido con el propio psiquismo.

          Frente a esos riesgos, es imprescindible reconocer y abrazar nuestra realidad completa: somos vida en plenitud –y en cuanto tal, de nada carecemos– y somos también una persona sumamente necesitada, frágil y vulnerable. El trabajo espiritual consiste en comprender vivencialmente lo que somos en profundidad, “verlo” y vivir en conexión con ello. El trabajo psicológico, por su parte, es imprescindible para la integración de esta persona concreta –cuerpo, mente, psiquismo–, que necesita atención y cuidado. Porque todo lo que no es integrado no podrá ser transcendido.

Para vivir de manera armoniosa y unificada necesitamos, ciertamente, comprender lo que somos en profundidad –vida en plenitud–, pero también un psiquismo sano que no sabotee, aunque sea de manera inconsciente, aquella comprensión experiencial ni impida vivirla.

He dividido el contenido en tres capítulos. En el primero de ellos, insisto en la importancia de lo que me parece la “puerta de entrada” o el primer paso: sentir la vida. El segundo se centra en lo que constituye el núcleo de la sabiduría: la comprensión vivencial de lo que somos, que nos lleva a reconocer que, hablando con propiedad, no vivimos, sino que somos vividos. A partir de ahí, en el tercero, con una expresión provocativa, que suele despertar malinterpretaciones, he querido subrayar la que, sin embargo, me parece la actitud ajustada o sabia: “lo que viene, conviene”.

El texto procede de manera lineal y, al mismo tiempo, en espiral, volviendo una y otra vez al eje en torno al cual gira toda la reflexión: la invitación a indagar que somos vida y a experimentar que la actitud ajustada que brota de esa comprensión es vivir diciendo sí.

Incidir con insistencia y desde diferentes ángulos en esa doble cuestión –¿qué soy yo? y ¿por qué y cómo vivir diciendo sí a la vida?– me parece adecuado para, gracias a la comprensión, ir aflojando las resistencias y superar la inercia mental, en una práctica constante y transformadora.

Como resultado de esa práctica perseverante, aun con todos los vaivenes y altibajos propios de nuestra vulnerabilidad, seremos conducidos de la confusión a la luz, del miedo a la confianza, del sufrimiento a la paz, de la reactividad a la respuesta, de controlar a fluir, de la rigidez a la flexibilidad, de la ansiedad a la presencia, del egocentrismo al amor,  de sobrevivir a ser, de la consciencia de separatividad a la consciencia de unidad…

La mente nos hace creer que somos un yo separado. Y, desde el inicio de nuestra existencia, el entorno familiar y sociocultural dan soporte a esa creencia, hasta convertirla en una convicción incuestionable y aparentemente inamovible. Pero, ¿realmente es cierta? ¿Y si fuera únicamente una creencia errónea, un mero constructo mental? Nadie puede saberlo hasta que no indague por sí mismo. Lo que ofrezco es una propuesta de indagación, desde la certeza serena de que, al revés de lo que suele darse por sentado, somos vida que en cada uno y en cada una se experimenta como “persona”.

En síntesis, este texto quiere ser un canto a la vida y una llamada a vivir, reconociéndonos en nuestra identidad profunda. Somos vida: ¿por qué contentarnos con sobrevivir a partir de migajas que nos entretienen?, ¿por qué sufrir inútilmente a causa de la ignorancia? Por decirlo con palabras de José Díez Faixat: “Hay una joya brutal en nosotros mismos y andamos buscando cosas por ahí que son calderilla”.

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[1] Lo recoge admirablemente el título del libro de J. DÍEZ FAIXAT, Siendo nada, soy todo. Un enfoque no dualista sobre la identidad, Dilema, Madrid 2007.

NUEVO LIBRO: “PSICOLOGÍA TRANSPERSONAL PARA LA VIDA COTIDIANA”

Me alegra comunicaros que el libro se encuentra ya disponible, tanto la versión digital (ebook), como la edición impresa (en papel).

“Acabo de leer Psicología transpersonal y me ha encantado. Es el libro más completo, simple y lúcido que has escrito. Lo pondré en el estante de los que tienen que ser releídos de vez en cuando. Desde mi formación y vivencia materialistas, prácticamente me he pasado toda la vida haciendo cosas para buscar el reconocimiento de los demás. Poco a poco, fui perdiendo mi fobia a la filosofía con libros como La sabiduría recobrada [de Mónica Cavallé]; empecé a saborear la confianza física, la paz mental y la creatividad emocional con El proceso de la presencia [de Michael Brown], y ahora, con tu visión de la psicología integral, se ensancha y agranda el camino… Me siento como yendo a casa por este sendero que has desbrozado” (JLM).

“No me canso de recomendar el libro de Enrique Martínez Lozano, “Psicología Transpersonal para la vida cotidiana”. Es excelente, sencillo y lúcido. Hoy por hoy ES EL LIBRO. Gracias Enrique por tu aportación a todo peregrino de la consciencia” (José María DORIA, Presidente Fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal: https://escuelatranspersonal.com/ ; https://www.facebook.com/JoseMariaDoria

PSICOLOGÍA TRANSPERSONAL PARA LA VIDA COTIDIANA.  CLAVES Y RECURSOS

 A Ana, con amor siempre agradecido.
A Pello Esnal, con gratitud por su cuidadoso trabajo de corrección del texto. Bihotz-bihotzez.

“Para ser grande, sé entero: nada tuyo exageres o excluyas.
Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres en lo mínimo que hagas.
Así, la luna entera en cada lago brilla, porque alta vive”
(Fernando Pessoa).

“Conocerse no quiere decir mirar desde fuera, sino sorprenderse en un momento de contacto, de plenitud. Entonces ya no hay más «yo» y «mí», no hay más «yo» y «una Presencia en mí». No hay ninguna separación; ya no hay dualidad. Conocerse quiere decir Ser. No hay lugar para otra cosa” (Jeanne de Salzmann).

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La emergencia de la psicología transpersonal ha supuesto un paso cualitativo en el intento de comprensión del ser humano. Valorando e integrando todas las corrientes anteriores, abre un horizonte nuevo en el campo psicológico que, sin embargo, conecta con lo que siempre ha enseñado la “filosofía (o sabiduría) perenne”: no somos un “contenido” de la consciencia, sino la consciencia misma, Presencia consciente experimentándose en formas temporales.

La comprensión adecuada del ser humano requiere que se atiendan sus dos dimensiones: la psicológica (o personalidad) y la espiritual (o identidad). En esta especie de “manual de bolsillo”, el autor ofrece claves y recursos que buscan ayudar a comprender cómo se articulan ambos niveles para posibilitar una vivencia plena y armoniosa; en definitiva, para aprender a reconocer y vivir lo que ya somos.

Con ese objetivo, junto con las claves que ofrece la psicología transpersonal, presenta un amplio y variado elenco de prácticas –psicoafectivas, atencionales y meditativas o contemplativas– con las que aproximarnos a nuestra compleja y paradójica realidad.

Editorial Desclée De Brouwer.

Clic aquí para leer el Índice y la Introducción

“EN EL PRINCIPIO ERA LA VIDA”

EN EL PRINCIPIO ERA LA VIDA. COMENTARIO AL EVANGELIO DE JUAN

  Este discípulo es el mismo que da testimonio de todas estas cosas y las ha escrito. Y nosotros sabemos que dice la verdad” (Jn 21,24).

La naturaleza del universo era tal que, desde el principio, debía cobrar vida siempre y de cualquier forma que fuera posible” (Elizabet Sahtouris).

A Rosaura Costa, a Mª Elena Doménech, a Mª Teresa Llorens (ya fallecida) y a toda la Comunidad de Carmelitas Vedruna, de Vinalesa (Valencia), donde comenzó a fraguarse este libro: con gratitud, cariño y reconocimiento por su admirable apertura evangélica.

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PRESENTACIÓN

Editorial Desclée De Brouwer

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ÍNDICE

 Introducción

Capítulo I.     La Consciencia que somos y la búsqueda del hogar
Prólogo: En el origen de todo, la Consciencia (1,1-18)
Caminar en verdad, proceder sin doblez (1,19-34)
La búsqueda (1,35-42)
¿Seguir a Jesús o habitar el mismo hogar? (1,43-51)

 Capítulo II.   Lo Real es una boda
La primera señal: novedad que es alegría (2,1-12)
Todo es templo de la divinidad (2,13-22)
Lucidez ante el hecho religioso
Las señales y la fe (2,23-25)
 

Capítulo III.  Nacer de nuevo
Nacer de nuevo es despertar  (3,1-21)
Nacer de nuevo: amar lo que es
Dios habla en todo lo manifiesto (3,22-36)
 

Capítulo IV.  Más allá de la religión
Un diálogo inesperado (4,1-9)
El agua que quita la sed (4,10-15)
Más allá de la religión (4,16-26)
El verdadero alimento (4,27-38)
La experiencia personal (4,39-42)
Segunda señal: Jesús, la palabra que sana (4,43-54)
 

Capítulo V.    De la parálisis a la autonomía
La señal del paralítico (5,1-9)
Los riesgos de la libertad (5,10-18)
La fuente de la autoridad (5,19-30)
La fuente de toda legitimidad (5,31-47)
 

Capítulo VI.  El pan y la eucaristía
Caminar compartiendo (6,1-15)
La consciencia (“Yo Soy”) vence al mal (6,16-21)
Somos pan de vida (6,22-50)
Del “pan” a la “carne”: la Eucaristía (6,51-59)
Cuando no se ve, aparece la crisis (6,60-71)
 

Capítulo VII. Torrentes de agua viva
En un contexto de incredulidad (7,1-9)
Desde dónde vivimos (7,10-24)
¿Conocemos quiénes somos? (7,25-36)
El agua que da vida (7,37-52)
 

Capítulo VIII.  La verdad es una con la libertad
Un perdón que resultaba escandaloso (8,1-11) (texto no joánico)
Somos luz (8,12-20)
La identidad de Jesús, nuestra identidad: Yo soy (8,21-30)
La cuestión de la libertad (8,31-38)
Verdad y mentiras (8,39-49)
Antes que Abraham”: presencia y atemporalidad (8,50-59)
 

Capítulo IX. “Yo soy” es luz
Ver y ayudar a ver (9,1-12)
La norma que conduce al fanatismo (9,13-21)
La norma termina en condena (9,22-34)
Quien se impone a los demás, está ciego (9,35-41)
 

Capítulo X.  ¿Qué es ser “maestro”?
Una puerta siempre abierta (10,1-10)
La ambigua imagen del pastor (10,11-18)
Somos uno: la verdad más profunda (Jn 10,19-30)
Sois dioses” (10,31-42)
 

Capítulo XI.  Somos Vida
La muerte, el despertar (11,1-16)
La proclamación de la fe cristiana en la resurrección (11,17-27)
Un Jesús conmocionado (11,28-37)
Somos vida (11,38-44)
Cuando dar vida acarrea muerte (11,45-57)
 

Capítulo XII.  La vida en la muerte
Mirar a la muerte de frente (12,1-11)
Desapego del éxito (12,12-22)
Un paréntesis sobre la búsqueda humana
Desapego del abatimiento (12,23-36)
Creer y ver (12,37-50)
 

Capítulo XIII.  El único mandato: la única ley de lo real
 El amor servicial, en una parábola (13,1-20)
Cuando llega la noche (13,21-30)
El “nuevo” mandamiento: solo el Amor es real (13,31-35)
Y otra vez la noche (13,36-38)
 

Capítulo XIV.   La experiencia del Padre, conexión con la Fuente
Ver a Dios (14,1-14)
Vivir la unidad en el amor (14,15-26)
La paz que el mundo no puede dar (14,27-31)
 

Capítulo XV.  La vid y los sarmientos, metáfora de la no-dualidad
No hay nada separado de nada (15,1-8)
Amor es certeza de no-separación (15,9-17)
Hostilidad y testimonio (15,18-27)
 

Capítulo XVI.  Vivir en y desde el Espíritu
En la hostilidad, poner verdad (16,1-15)
La tristeza se convierte en gozo (16,16-24)
La incomprensión se convierte en certeza (16,25-33)
 

Capítulo XVII.  Proclamación de la unidad, en forma de oración
Autorretrato de Jesús (17,1-5)
El cuidado que nace de la unidad (17,6-17)
Unidad: la verdad de quienes somos (Jn 17,18-26)
 

Capítulo XVIII. El relato de la pasión: arresto y juicio
El arresto y la entereza de quien vive anclado en el “Yo soy” (18,1-14)
La negación de Pedro y el juicio religioso: la cuestión de la transparencia (18,15-27)
La primera parte del proceso político: la cuestión de la verdad (18,28-40)
 

Capítulo XIX.  El relato de la pasión: muerte en cruz
La segunda parte del proceso político: el miedo cierra a la verdad (19,1-16)
Jesús crucificado: cuando todo se cumple (19,17-37)
La sepultura: no se puede enterrar la Vida (19,38-42)
 

Capítulo XX.  Relatos de apariciones: la vida no muere
 Las “vendas”, signos de vida (20,1-9)
Re-conocernos en profundidad (20,10-18)
Creer y ver (20,19-29)
Conclusión del evangelio (20,30-31)
 

Capítulo XXI.  Apéndice.
 El trabajo que da fruto (21,1-14)
El amor repara y sana (21,15-19)
Cada camino es único (21,20-23)
Conclusión (21,24-25)
 

Bibliografía básica
 

INTRODUCCIÓN

“Estos signos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo, tengáis vida” (Jn 20,31).

          Como todo “libro sagrado”, los evangelios encierran tesoros de sabiduría. Por eso, aunque nos separen de ellos dos mil años, sus palabras resuenan en nuestro corazón como si nos estuvieran “leyendo” por dentro e iluminan nuestra visión acerca de la realidad en su dimensión más profunda. Cuando sabemos leerlos, destilan sabiduría nueva y fresca, porque –aunque deban expresarse a través de ellos– no transmiten conceptos anquilosados, sino la misma Vida atemporal, el presente eterno en el que vive el sabio. Ahora bien, para captar su riqueza, es imprescindible “sintonizar” con aquella misma calidad de presencia de donde surgieron.

         Sin embargo, por desgracia, su potencial queda oculto cuando se hacen lecturas meramente literalistas o moralizantes, que convierten al texto en un compendio de anécdotas del pasado –referidas, en este caso, a Jesús de Nazaret–, o en un manual de obligaciones que cumplir. De ese modo, y por una paradójica ironía, quienes defienden a toda costa la literalidad de los textos consiguen su desactivación más eficaz. Es también fácil de comprender: el talante dogmático impide incluso el mínimo de apertura que requiere la sabiduría.

          La lectura literalista y moralizante, aunque sea de manera inconsciente, persigue un objetivo: afianzar, sostener y asegurar la permanencia de la institución que se ha convertido en custodia de los propios textos. Aunque para ello se pague un precio elevado: privar del tesoro que contienen.

          Con frecuencia, ese tipo de lectura va de la mano de un nivel de consciencia mítico. Lo cual explicaría, tanto la “intocabilidad” del texto y la absolutización de la propia lectura –recordemos que, en ese estadio, la creencia del grupo se considera como “la verdad” sin más–, como la no menor absolutización del propio grupo. En cualquier caso, es innegable que tales lecturas siempre se hacen desde el modelo mental (dualista), que también aparece absolutizado, por cuanto se ha reducido el conocer al pensar.

      Ahora bien, si algo tienen en común todas las tradiciones de sabiduría –o espirituales– es el hecho de que no hablan “desde la razón”; y no porque sean irracionales o propugnen cualquier tipo de irracionalidad, sino justamente por todo lo contrario: porque saben que existe otro modo de conocer, previo y superior a la razón –transracional o transpersonal–, al que se tiene acceso de un modo experiencial, justo cuando la mente se silencia.

          El sabio se expresa desde ahí, desde lo que ve y vive. Lo cual explica que su palabra resuene con frescor y novedad, apenas nos situamos próximos a ese “lugar”; en cuanto, sin querer atraparla y “controlarla” con la mente, le permitimos que nos “toque” y deje evocar en nosotros lo mismo que hace vibrar al sabio que la pronuncia.

          Dicho de otro modo: el sabio no vive en la mente, aunque la utilice de un modo admirable cuando necesita de ella, sino en la comprensión no-dual. De ahí que se reconozca como no-separado de nada ni de nadie. Al expresarse desde ese lugar, se produce un efecto admirable: todos podemos vernos concernidos directa e inmediatamente por sus palabras, porque se refieren siempre a ese mismo “territorio” que todos compartimos, a nuestro “hogar” común, a nuestra identidad compartida.

         Todo ello significa que “sintonizaremos” más fácil y más profundamente con el autor del texto, si nos abrimos a la vivencia no-dual. Aunque no lo hagamos solamente por ello, sino desde la certeza de que es este modo de conocer el que nos permite acceder de manera más adecuada a la comprensión de lo Real, de todo aquello que no es objetivable[1].

       Lo que ofrezco, pues, en estas páginas es una lectura del cuarto evangelio realizada desde ese modelo de cognición. Es obvio que cualquier otro evangelio –en realidad, cualquier “libro sagrado”– puede leerse igualmente desde esta perspectiva con profundidad y provecho. Pero, sin duda, resulta mucho más fácil en el caso del llamado “evangelio de Juan”, porque él mismo se expresa ya –en no pocas ocasiones– en ese mismo “idioma”. Por eso, creo que puede llamarse, con razón, el “evangelio de la no-dualidad”.

       Comprendo que, de entrada, quizás parezca arbitrario designar así al texto de Juan, precisamente cuando el dualismo es una de sus características notables. Recordemos simplemente algunas de sus “oposiciones” más frecuentes y recurrentes: creer-no creer, carne-espíritu, terrestre-celestial, de la tierra-del cielo, de abajo-de arriba, luz-tiniebla, noche-día, ceguera-visión, ladrón-buen pastor, juzgar-salvar, muerte-vida, odio-amor, ser esclavos-ser libres, mentira-verdad, tristeza-alegría, los de fuera-los de dentro…

         Es innegable que –como escribe Senén Vidal–, al acercarnos al texto, advertimos en él una separación radical entre el mundo de abajo (“lo terreno”, “la carne”), determinado por la “maldad”, la “mentira”, la “tiniebla” y la “muerte”, y el mundo celeste (“lo de arriba”, el ámbito del Dios y del Espíritu), determinado por la “bondad”, la “verdad”, la “luz” y la “vida”[2]. Más aún: esta visión dualista es la que fundamenta una cristología que presenta a Jesús como el “emisario divino” entre aquellos “dos mundos”, el Logos que se hace carne.

          Sin embargo, se trata de una objeción apenas superficial. Por un lado, sabemos que en el cuarto evangelio, en su largo proceso de redacción, intervinieron diferentes “manos” que, según las circunstancias, fueron subrayando uno u otro matiz. En el caso que nos ocupa, el mencionado “dualismo” parece ser obra de un “segundo redactor” y estaría motivado por el clima de segregación, amenaza y persecución que sufrieron los grupos joánicos. Se trataría, por tanto, del dualismo típicamente sectario, por el que el grupo perseguido ve la realidad en clave de oposición: víctimas y verdugos[3].

          Por otro lado, y a pesar de aquellas formulaciones dualistas, es notable que el mismo evangelio enfatice lo que podemos llamar “experiencia mística”, “visión” o “iluminación”, tal como queda de manifiesto, por ejemplo, en el uso habitual de términos como “ver” o “conocer”, y en las singulares expresiones de comunión (“permanecer”: ménein) del discípulo con Jesús y con el Padre.

      Pero, en todo caso, mi interés no radica en “demostrar” nada acerca del texto, sino en acercarme a él desde la comprensión no-dual. No es, por tanto, una tarea de “repetición”, sino más bien de “traducción”. En la certeza de que todo texto de sabiduría, prescindiendo incluso de su “idioma” de origen, puede acogerse y comprenderse de un modo más profundo cuando lo leemos desde la comprensión no-dual.

      Quiero dejar claro también que no hago un comentario exegético, aunque haya habido un prolongado y cuidadoso estudio previo para conocer los resultados de las investigaciones críticas. El lector interesado encontrará, al final del libro, una bibliografía seleccionada y accesible.

        No entraré, por tanto, en cuestiones relativas a la autoría del libro, la fecha de composición, los distintos estratos y las varias manos de diferentes redactores y glosadores que pueden reconocerse en él, sus características literarias, su admirable recurso a los símbolos, su intencionalidad teológica… Con todo ello cuento, pero no me centraré específicamente en ninguna de esas cuestiones, que han sido bien estudiadas en las obras propuestas en la bibliografía.

       Como decía, tampoco haré un estudio de los diferentes estratos del escrito. En este sentido, me parece recomendable, entre otros, el reciente y ya citado estudio de Senén Vidal, al que remito para comprender mejor esa debatida cuestión[4].

         Finalmente, obviaré incluso lo que me parece una cuestión apasionante: hasta qué punto el cuarto evangelio es “fiel” al Jesús histórico –que, evidentemente, no utilizaba el lenguaje que aparece en ese texto, sino el que reflejan los evangelios sinópticos– o se trata, más bien, de una elevada reelaboración por parte de las comunidades joánicas, a partir de la vivencia mística de uno de sus referentes. Por decirlo brevemente: en este evangelio, ¿nos encontramos con Jesús de Nazaret o con un sabio posterior que relee el “acontecimiento” jesuánico? Y si es así, ¿cómo se explicaría el hecho de que semejante texto, de innegable sabor gnóstico, fuera recogido en el canon de libros inspirados?

       Dejo al margen esas cuestiones. Lo que pretendo compartir es, simplemente, el resultado de una escucha realizada desde la vivencia no-dual. Para ello, prescindiendo de toda la problemática relativa a su composición histórica, he tomado el texto del cuarto evangelio tal cual ha llegado hasta nosotros y he dejado que se “dijera”, hasta donde me ha sido posible, en este “idioma”. Tal como lo veo, el cambio más radical al que estamos asistiendo en nuestro momento histórico no es otro que el cambio de “clave de lectura” con el que nos acercamos a la realidad y con el que, también, abordamos los textos de sabiduría: tengo la convicción de que esa clave hoy es la no-dualidad.

       Desde esa comprensión, parece claro que, para ponernos a la escucha de aquellos textos, la condición inicial es la receptividad, que requiere del silencio de la mente y de la acogida amorosa. Eso es lo que permite que aquella palabra resuene en la misma vibración en la que fue pronunciada (o escrita). Y cuando eso ocurre, se produce el milagro: es la Vida, una y la misma, la que parece “despertar” en nosotros, hasta el punto de reconocernos en Ella. Por eso, en la escucha o la lectura, nos sentimos “leídos” en nuestra verdadera identidad.

       Así, de un modo casi imperceptible, somos conducidos hasta aquel “lugar” del que, en realidad, nunca habíamos salido –aunque fuéramos ignorantes de ello– y del que nunca podremos escapar. Porque la palabra sabia nos recuerda que la Vida, Dios, la Consciencia…, no es difícil de encontrar, sino imposible de evitar: porque –“más íntima a nosotros que nuestra propia intimidad”, “más cercana que nuestra propia yugular”– constituye lo que somos, lo que siempre hemos sido: lo que siempre se halla a salvo.

       Así leído, el evangelio –todo texto de sabiduría, reconocido o no oficialmente como “sagrado”–, más allá de la tradición a la que pertenezca y del modo en que fuera redactado, es siempre un “espejo” de lo que somos todos, un mapa luminoso del único Territorio de Lo que es.

         Pero, al llegar ahí, topamos con la incapacidad del lenguaje para poner nombre a esa Realidad que transciende todo nombre y todo concepto y que, sin embargo, nos constituye y constituye el núcleo último de todo lo real. Por lo que corremos el riesgo de que, al utilizar un término, la “cosifiquemos”, convirtiéndola en un objeto.

         Los textos religiosos (teístas), como es nuestro caso, han utilizado la palabra “Dios”. Probablemente, la mayor riqueza de ese término ha sido el haber reconocido al Misterio un carácter “personal”. Pero ahí ha radicado también su límite: fácilmente se ha proyectado en él lo que era nuestra propia experiencia relacional, cayendo en el antropomorfismo más vulgar. Si a ello añadimos la manipulación de ese término hasta extremos perversos –que llegó a dar incluso la imagen de un dios ególatra, arbitrario, vengativo, cruel…–, se comprende fácilmente el rechazo que el mismo provoca en muy extensos sectores de la humanidad.

       A ello habría que añadir una trampa más: los humanos tendemos a pensar que, por nombrar una realidad, ya la poseemos. Lo expresaba con toda claridad Javier Melloni en una entrevista: “Como nosotros tenemos una cultura muy mental, pensamos que las palabras o los conceptos pueden ir sueltos sin la experiencia espiritual o la experiencia de lo cotidiano. Ahí es donde Oriente también nos enseña. No cae en la trampa de la palabra. Cuando uno pregunta sobre si Dios existe, lo primero que le dicen es: «empieza a respirar». Y cuando respires bien, luego podemos empezar a hablar. Empieza por esa experiencia primordial con la vida, porque Dios no está separado de la vida. Cuanto más cerca estamos de la vida, más cerca estamos de Dios. Y separar eso nos ha hecho mucho daño”[5].

        Por todo ello, quizás sea saludable traducir la palabra “Dios” por la palabra “Vida” –por otra parte, una de las palabras más queridas y más frecuentes en el cuarto evangelio–, tal como sugiere Mónica Cavallé: “Las palabras «Dios» y «Ser» han sido tan desvirtuadas en nuestra cultura por una religión y una filosofía alejadas de la sabiduría, que es preciso acudir a términos o metáforas menos contaminadas y más vinculadas a nuestra experiencia directa. A ello nos puede ayudar la palabra «Vida»: No es posible escapar de la Vida. Nadie puede concebirla como algo «Otro», distinto del mundo o de sí mismo. Somos la Vida. O, más propiamente, Ella nos es”[6].

          Quienes viven una religiosidad teísta pueden decir que, así, se corre el riesgo de caer en lo impersonal. No niego ese riesgo, pero seguiría siendo –como en el caso contrario– consecuencia de ver todo desde la mente (y su modelo dual de conocer). Sin embargo, estaremos de acuerdo en que a Dios –a la Vida– no llegamos a través de la mente, sino de otro modo atencional o vivencial, donde lo experimentamos como el núcleo más profundo de nuestro ser. Ahí, las categorías de “impersonal” o “personal” caen por tierra, al ser trascendidas en una nueva percepción absolutamente “viva”.

        Es únicamente cuestión de palabras. Si el término “Dios” –cuya etimología (dev) significa “luminosidad”– ha sido manoseado, manipulado y pervertido, hasta el punto de evocar para muchos una mera proyección de la mente humana, podemos acudir al término “Vida” para apuntar a aquel Misterio original y originante de todo lo que es.

        A partir de aquí, creo importante hacer una doble matización. En primer lugar, si nos ocurre que vemos la vida como algo “impersonal”, eso se debe únicamente a que la hemos objetivado y la percibimos como “algo” que tenemos y que un día perderemos. La realidad, sin embargo, es que la Vida es Consciencia y Amor, es decir, pura consciencia de no-separación.

       La segunda matización tiene que ver con lo que parece suceder a personas religiosas cuando se deja de utilizar la palabra “Dios”. Si al dejar de nombrarlo como “Dios”, aparece un sentimiento de orfandad, no será difícil reconocer que quien se siente huérfano es solo el “yo” (ego), que había buscado “alguien” en quien sostenerse. Lo que realmente somos, es autofundamentado: es la Vida, Eso que es el Fundamento de todo lo que es.

        Por ese motivo, porque únicamente se puede conocer esa realidad cuando se la es, la propuesta implica acceder a ese lugar donde nos reconocemos “Vida”, en nuestra identidad más profunda.

         Leído desde esta perspectiva, advertimos enseguida que todo el cuarto evangelio es un himno a la Vida. Desde el prólogo hasta el epílogo, la vida asoma constantemente, hasta el punto de constituir la misión de Jesús –“He venido para que tengan viva, y vida en plenitud” (Jn 10,10)– y el objetivo del propio evangelio, que “ha sido escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo, tengáis en él vida eterna” (Jn 20,31). No solo eso: es el mismo autor del cuarto evangelio –o la comunidad joánica– quien “traduce” la expresión central de los evangelios sinópticos –“Reino de Dios”– por el término “Vida”[7].

       Indudablemente, en el principio fue la Vida. Para el cuarto evangelio, la Vida se halla  en el principio, en el medio y en el final… Todo él es un canto a la Vida. Y ciertamente, cuando sabemos verlo, comprendemos que todo es –y solo es– Vida, que se despliega en infinidad de formas y se “oculta” en absolutamente todo lo que percibimos a través de los sentidos; seres, circunstancias, acontecimientos…, todo es Vida expresándose en formas. La Vida que se manifestó en Jesús es la misma Vida que se expresó en el autor (autores) de este evangelio y la misma que lo está leyendo en este momento.

        Decía antes que, bien entendido, el término “Vida” es otro modo de decir “Dios”…, siempre que lo entendamos –y vivamos desde la no-dualidad. De otro modo, lo convertiríamos en un ídolo separado y exterior[8].

      Pero existen otras expresiones, como Logos –característico del Prólogo de este mismo evangelio– o, mejor todavía, Consciencia. De ahí que me parezca absolutamente ajustado poder expresar el mensaje evangélico también de esta manera: En el principio era el Logos ­–volveremos sobre ello en el comentario al capítulo primero– o, igualmente, en el principio era la Consciencia. Todo es Consciencia que en todo se despliega, expresa y manifiesta. Pero solo percibiremos que es así en la medida en que nos reconozcamos en ella. Porque no es algo “separado” de lo que somos, sino nuestra última identidad, sin margen alguno de dualismo. Somos esa misma y única Consciencia que late en la infinidad de formas que percibimos.

        Con estos presupuestos, quizás nos resuene de un modo nuevo una de las expresiones más vibrantes de este evangelio: “En el Logos [en la Consciencia] estaba [está] la vida y la vida era [es] la luz de los hombres” (Jn 1,4).

         Invito, pues, al lector a adentrarse en la lectura del cuarto evangelio, párrafo a párrafo, capítulo a capítulo, en todo su recorrido, tal como ha llegado a nuestras manos. E invito a hacerlo con una mente silenciosa y un corazón receptivo, con la atención puesta en cualquier “eco” que resuene en nuestro interior. Tales resonancias son la voz de nuestro “maestro interior” que nos llama de vuelta a “casa”.

      Desde la comprensión no-dual es claro que ese “maestro” es solo uno y el mismo, aunque cada tradición o incluso cada persona lo nombre de un modo particular: Espíritu, Dios, Jesús, Vida, Sabiduría, Intuición, Consciencia… Es la “voz” en la que se expresa lo que es (lo que somos): de ahí que, al reconocerla, nos reconozcamos y, al encontrarla, nos reencontramos. Hemos llegado al “hogar” común.

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Nota: Cada capítulo del libro corresponde al capítulo equivalente del cuarto evangelio.

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[1] Sobre el modelo no-dual de cognición, he de remitir a mis libros anteriores, especialmente a Otro modo de ver, otro modo de vivir. Invitación a la no-dualidad, Desclée De Brouwer, Bilbao 22015; La dicha de ser. No-dualidad y vida cotidiana, Desclée De Brouwer, Bilbao 32016; Metáforas de la no-dualidad. Señales para ver lo que somos, Desclée De Brouwer, Bilbao 2018.

[2] S. VIDAL, Evangelio y cartas de Juan. Génesis de los textos juánicos, Mensajero, Bilbao 2013, p.57.

[3] Ello explicaría que, frente a afirmaciones indiscutiblemente no-duales, en este evangelio se aprecie un marcado “dualismo eclesiológico” (“nosotros”/el mundo”; y a partir de ahí, “luz/tinieblas”, etc.) típicamente sectario, aparte de un dualismo cosmológico (“arriba”/“abajo”), característico de la premodernidad. Por más que nos resulte extraño, ambos “lenguajes” conviven en el texto, y sobre ello habremos de volver en su momento.

[4] S. VIDAL, Evangelio y cartas de Juan. Génesis de los textos juánicos, Mensajero, Bilbao 2013.

[5] Javier MELLONI, entrevistado por Mª Ángeles López Romero, en Revista21 (enero 2014), p.56.

[6] M. CAVALLÉ, La sabiduría recobrada. La filosofía como terapia, Oberon, Madrid 2002, p.107. (La obra ha sido reeditada por Kairós, Barcelona 2011).

[7] Sirvan estos datos como expresión del cambio operado y referido, como ha quedado dicho, a un concepto absolutamente nuclear en los evangelios sinópticos. En los cuatro evangelios, la expresión “Reino de Dios” aparece cincuenta veces; la equivalente “Reino de los cielos” lo hace en treinta y dos ocasiones, y siempre en el evangelio de Mateo (es sabido que los judíos evitaban pronunciar el nombre divino, o reducir al máximo su uso). En el cuarto evangelio, la expresión “Reino de Dios” se menciona únicamente dos veces, y las dos en el “diálogo de Jesús con Nicodemo” (Jn 3,3.5). Por el contrario, en el evangelio de Juan, el término “Vida” (Ζωή) aparece treinta y seis veces. Para más precisiones en torno a la expresión “Reino de Dios”, remito al comentario que hice al evangelio de Marcos: Sabiduría para despertar. Una lectura transpersonal del evangelio de Marcos, Desclée De Brouwer, Bilbao 22012, pp.47-52.

[8] Para una deconstrucción de la imaginería de un dios separado y exterior, puede verse el libro de R. LENAERS, Aunque no haya un Dios ahí arriba. Vivir en Dios, sin dios, Abya Yala, Quito 2013.

MIS “RECORDATORIOS”

Adicciones y engaño

Quiero compartir con vosotros y vosotras tres textos, que leo cada día, y que me sirven de “recordatorio” de aquello de donde no quiero escapar…, aunque en realidad el “escape” es imposible porque —lo veamos o no, lo sepamos o no— ya somos aquello de lo que pensamos habernos alejado. Pero, como os decía, me viene bien recordármelo.

Ya eres lo que estás buscando

          

         

 

 

 

 

 

 

Los textos son los siguientes:

 

 1. “YO SOY” (Helen Mallicoat)

 

“Estaba lamentándome del pasado y temiendo el futuro… De repente «mi Señor» estaba hablando: «MI NOMBRE ES YO SOY».

Hizo una pausa. Esperé. Él continuó:

Cuando vives en el pasado, con sus errores y pesares, es difícil. Yo no estoy allí. Mi nombre no es Yo fui.

Cuando vives en el futuro, con sus problemas y temores, es difícil. Yo no estoy allí. Mi nombre no es yo seré.

Cuando vives en este momento, no es difícil. Yo estoy aquí. Mi nombre es YO SOY”.

 

Paz

 

            La religión teísta, con la expresión “mi Señor”, se refiere a la divinidad. Lo cual es absolutamente legítimo. Sin embargo, me parece más ajustado afirmar la no-separación de todo, por lo que tal expresión puede entenderse como otro nombre de aquel Fondo común que compartimos todos los seres, y que, aun sin agotarse en las formas, constituye el núcleo de todas ellas. En ese sentido, la citada expresión nos remite a nuestra identidad más profunda, que puede nombrarse también como “Yo Soy”.

          Esta lectura no-dual nos revela algo profundo. Cuando perdemos la consciencia del momento presente, nos alejamos de quienes somos. Por el contrario, en cuanto acallamos la mente y venimos al aquí y ahora, escuchamos en nuestro interior a nuestra verdadera identidad –nuestro “Señor interior”- que nos susurra: “Yo soy”, todo está bien.

 

 

2. ACEPTAR LO QUE VENGA  (Papaji)

 

La Esencia de la Destreza es esta: Lo que sea que venga, déjalo venir; lo que se quede, déjalo estar, lo que se va, déjalo ir.

Quédate callado, y adora al Ser.

Esta es la esencia de vivir hábilmente en la apariencia del mundo.

Durante todas las actividades de la vida recuerda siempre que tú eres el Ser.

La manera de vivir una vida feliz es aceptar cualquier cosa que venga, y lo que no viene, que no te importe.

 

3. “Somos personitas, cada una con su penita”.

 

               Siento no acordarme del nombre de la chica a quien escuché esta frase, en una entrevista reciente. Solo recuerdo que tiene una voz extraordinaria y, acompañada a la guitarra por un muchacho, canta desde una profunda y exquisita sensibilidad.

          Mientras la entrevistaban, estaba yo atendiendo otras cosas. Pero esas palabras suyas me detuvieron y atraparon. Me sonaron, en su sencillez no exenta de humor, a “palabra inspirada” –inspirada es aquella palabra que nos silencia por dentro y produce un movimiento de desegocentración– y se me quedaron grabadas. Lo que me detuvo fue su “carga” de humildad y de invitación a la compasión.

 

          Y nos encontramos, una vez más, con la paradoja, que me parece bueno noTERNURA olvidar: es verdad que somos Plenitud…, pero no lo es menos que tal Plenitud se expresa en estas formas concretas –frágiles y necesitadas de compasión- que palpamos a diario. Lo uno y otro, en un abrazo no-dual que, finalmente, nos unifica en el Ser.

 

          Es lo que, una y otra vez, nos recuerda el sabio, también humilde y divertido, que es Fidel Delgado. De entre los numerosos videos suyos que pueden encontrarse en YouTube, os recomiendo ver este, cuyo enlace os dejo:

https://www.youtube.com/watch?v=_NpmCPsoLfE

          Está aquíSomos –dice Fidel- “seres-humanos”: en cuanto “humano”, soy una forma transitoria, sumamente vulnerable y amenazado de muerte, y por eso lleno de inseguridad y de miedos; sin embargo, en cuanto “ser”, soy una realidad ilimitada y siempre segura.

 

          Esta es nuestra paradoja, que no conviene olvidar, si no queremos perdernos en la confusión: somos “ambas identidades”. Y tal paradoja encuentra una admirable convergencia con lo que ha visto la física cuántica: el Todo se halla en cada parte.

 

          La paradoja –omnipresente en toda la realidad- expresa una doble verdad, que es también en sí misma paradójica: que toda la realidad manifiesta es polar –no existe nada sin su polo opuesto- y que esa aparente contradicción solo queda resuelta en un lugar “superior”, que abraza ambos polos en una unidad mayor. A este abrazo o unidad englobante que no destruye las diferencias es a lo que llamamos “no-dualidad”.

 

          Polaridad y no-dualidad, por tanto, no solo no se excluyen entre sí, sino que explican el carácter paradójico de lo real. Podemos ver lo real como una infinidad de “puntos” separados que, en un nivel más profundo, son una y la misma realidad que están expresando. Si absolutizáramos el valor de los “puntos” en sí mismos, estaríamos ignorando justamente aquello que los explica y les da consistencia. Solo cuando los vemos como expresiones del Todo único, alcanzamos la compresión adecuada, integrada y holística. Pero eso requiere que nos situemos en otro “lugar” desde el que es posible una perspectiva global, un “nuevo modo” de ver.

 

            Al aplicar todo ello a nuestro caso, descubrimos que somos, a la vez, la “parte” –un “punto” particular de la única “red”: el yo individual- y somos, más profundamente, el “Todo” –la “red” completa: el Yo Soy universal-.

 

          Si nos reducimos al yo, todo será confusión y sufrimiento. Solo cuando advertimos nuestra identidad ilimitada, somos capaces de comprender el “juego” de la Vida, que no consiste en otra cosa sino en el despliegue admirable del Ser en cada una de las infinitas formas que lo expresan, en una hermosa e inequívoca no-dualidad. El “Yo Soy” uno se disfraza y “juega” en cada yo individual.

 

          Si nos percibimos únicamente como yoes individuales (o “puntos” aislados en todo el conjunto), serán inevitables la soledad, el miedo y la ansiedad, la comparación, la confrontación, el juicio, la descalificación del otro… Si, por el contrario, tenemos la lucidez suficiente para colocarnos en aquel “lugar” donde los “puntos” son trascendidos, la comprensión y la compasión serán inevitables: porque todo otro, en el nivel más profundo y en el sentido más verdadero, soy también yo mismo.

 

          Con todo ello, me parece claro que vivir ajustadamente esa realidad paradójica que somos requiere consciencia –para no olvidar nunca lo que somos de fondo, aquella realidad ilimitada y siempre a salvo- y compasión –para amar la forma frágil y vulnerable, en que se está expresando de modo transitorio-.

 

          En realidad, la consciencia (o sabiduría) y la compasión son las dos caras de la misma realidad y de la misma actitud. Así lo han expresado los sabios, con cuyas palabras os dejo:

 

El amor dice: «Yo soy todo». La sabiduría dice: «Yo soy nada». Entre ambos fluye mi vida(Nisargadatta).

La compasión ve al Uno en los muchos, la sabiduría ve a los muchos en el Uno (Frances Vaughan).

La gran compasión que surge de la experiencia de unidad se experimentará como la fuerza motriz del universo (Willigis Jäger).

 

 

Para concluir:

 

         El camino es simple: anclarnos en nuestra verdadera identidad, aquello que permanece cuando todo lo demás cambia: ¿qué es lo único que no ha cambiado en mí, a lo largo de mi existencia temporal? Han cambiado mi cuerpo, mis pensamientos, mis sentimientos, mis reacciones… Solo una cosa permanece: la pura consciencia de ser, que puede expresarse como “Yo Soy”. Ese es el Fondo último de cada ser y de todo lo Real.

             Si lo único que permanece siempre es la consciencia, se comprende –y aquí se da otra elegante coherencia- que nuestra única certeza sea esta: la certeza de ser. Como escribe Juan Carlos Savater, no necesitamos ninguna experiencia de “iluminación”; basta anclarnos en esa certeza innata y atestiguar su verdadera naturaleza invulnerable y eterna. “Anterior a la idea de ser tal o cual persona, anterior a cualquier tipo de razonamiento o pensamiento, hay una innata «certeza de ser». Una desnuda o pura consciencia que es y sabe que es. Esta es siempre, no la mayor, sino verdaderamente nuestra única e incuestionable certeza” (J.C. SAVATER, La certeza de ser, La Trompa de Elefante, Madrid 2012, p.35).

              Permanece todo el tiempo que puedas, a lo largo de todo el día, en la única certeza: la certeza de ser.

Descansar confiadamente en Lo que es

           

           Algo similar es lo que recomendaba el sabio Nisargadatta:

 

“Rechace todos los pensamientos excepto uno: “Yo soy”, la mente se rebelará en el comienzo, pero con práctica, paciencia y perseverancia, cederá y se mantendrá en calma. Una vez que usted esté en calma, las cosas comenzarán a suceder espontáneamente y de forma totalmente natural, sin ninguna interferencia de su parte.

No se preocupe por nada que usted quiera, piense o haga, sólo permanezca establecido en el sentimiento-pensamiento “Yo soy”, enfocando “Yo soy” firmemente en la mente. En el momento que usted se desvíe, recuerde: todo lo que es perceptible y concebible es pasajero, y solo el “Yo soy” permanece.

Después de todo, el único hecho del que usted está seguro es de que “usted es”. El “Yo soy” es seguro, el “yo soy esto” no lo es.

Yo solía sentarme durante horas 6 seguidas, solamente con el “Yo soy” en mi mente, y pronto la paz, la dicha y un profundo amor que todo lo abarca llegaron a ser mi estado normal.

Independientemente de lo que suceda, únicamente desvíe su atención lejos de ello y permanezca en el sentimiento “Yo soy”. Parece simple, y hasta ordinario, ¡pero funciona!”.

 Consciencia e inconsciencia

 “Aquellos que ven la luz en sí mismos nunca necesitarán dar vueltas como satélites alrededor de otros” (Michael Michalko).

Teruel, 2 junio 2014.

 

Vivir lo que somos. Psicología y espiritualidad