«ARMAR CON ACIERTO NUESTRO PUZLE INTERNO»

NUEVO LIBRO

ARMAR CON ACIERTO NUESTRO PUZLE INTERNO

Y ENTENDER LA MENTE PARA VIVIR SIN SUFRIMIENTO

A Ana, porque, viviéndote en verdad y en bondad, supiste armar,
de manera tan bella, tu puzle interno.

La mayoría de las personas son otras personas.
Sus pensamientos son las opiniones de otra persona, sus vidas son un plagio,
y sus pasiones un eslogan.
Oscar Wilde.

 En cada uno de nosotros hay otro a quien no conocemos…
El privilegio de una vida es convertirte en quien realmente eres.
Carl Jung.

La unidad en el espacio del psiquismo es una quimera mientras no nos conozcamos a nosotros mismos, pues nuestros “yoes” superficiales son múltiples. No solemos caer en la cuenta de que conviven en nosotros “yoes” distintos, cada cual con creencias e impulsos diferentes, porque transferimos nuestro sentimiento ontológico de unidad al plano psicológico.
Mónica Cavallé.

La falta de paz interior —en realidad, todo malestar emocional—
denota que estamos más o menos fusionados con un pequeño yo
—protector o exiliado—.
Cuando se produce la defusión de todos ellos
 —cuando dejamos de identificarnos con el yo—,
lo que queda es espaciosidad, descanso, libertad, gozo y amor.

ÍNDICE

Prólogo, de Esther Fernández Lorente

Introducción. Armar el puzle: vivir lo que somos

1. Entender, acoger y trascender la mente
Mente: riqueza y límites
Más allá de la antropología pesimista y del paradigma monomental
Tu mente no puede saberlo, pero nunca te ha faltado nada
Ejercicio 1.1. Cómo me relaciono con mi mente

2. Las piezas del puzle
Un juego de exiliados y protectores
Una primera aproximación a los protectores
El lugar de la consciencia
Lo que ocurre cuando no ponemos atención
Ejercicio 2.1. Reacciones desproporcionadas, protectores extremos y exiliados básicos
Ejercicio 2.2. Conocer mis protectores extremos y mis exiliados básicos
Los actores en acción: una sesión de psicoterapia

3. Aproximación a nuestro modo de funcionar y proceso de defusión
En la superficie más visible
Cuando un sentimiento disfuncional toma el mando
Despertares dolorosos e involuntarios
Protectores que no lo parecen
El niño herido (exiliado) que vive en nosotros
Ejercicio 3.1. Acercarnos a nuestros yoes internos: los protectores
Ejercicio 3.2. Acercarnos a nuestros yoes internos: los exiliados
Ejercicio 3.3. Mapeo inicial de mis protectores y mis exiliados

4. Claves básicas para acoger y liberar a protectores y exiliados desde la consciencia que somos
Acoger, agradecer y liberar a los protectores
Seis rostros concretos de protectores
Dialogar con los protectores (1): la rumiación
Dialogar con los protectores (2): la ansiedad
Dialogar con los protectores (3): el crítico interno
Acoger y rescatar al niño herido y liberar al niño original
Seis rostros concretos de niño herido
Dialogar con los exiliados (1): el yo abandonado
Dialogar con los exiliados (2): el yo avergonzado
Dialogar con los exiliados (3): el yo desvalorizado
El fruto de la liberación: descanso, espaciosidad, libertad y transformación
Ejercicio 4.1. Dialogar con los protectores
Ejercicio 4.2. Dialogar con los exiliados
Ejercicio 4.3. Acoger al niño/a herido/a cuando aparece en la vida cotidiana

5. Reconocer la consciencia y vivir sabiéndonos ella, acogiendo nuestra realidad completa
Más allá de lo observado, la pregunta por eso que observa
La experiencia solo es posible gracias a la consciencia
El proceso de separación o defusión del yo
La consciencia acoge y abraza todo lo que en ella aparece
Ejercicio 5.1. Convivir de manera consciente con los propios yoes
Ejercicio 5.2. Situarse en la consciencia, comprender a protectores y exiliados y vivir lo que realmente somos
Ejercicio 5.3. Práctica meditativa para anclarse en la consciencia y vivir la defusión
Ejercicio 5.4. Cuando el yo se hace a un lado

6. De reaccionar a responder: un caso práctico donde aparecen todos los actores
Adictos a la reactividad
Acoger al niño herido al que quería proteger la reactividad
En la comprensión cesa la reactividad
Ejercicio 6.1. ¿Reacción o respuesta?
Ejercicio 6.2. Del yo a la consciencia
Ejercicio 6.3. Práctica meditativa: guía para acceder al silencio

Epilogo. Cuando el yo se quita de en medio

Pequeño glosario

 

PRÓLOGO, de Esther Fernández Lorente

           A lo largo de estos días, trabajando la sugerente propuesta que Enrique Martínez Lozano nos ofrece en este libro, me he acordado de una persona con la que compartí una etapa del camino hace ya unos años; le gustaban mucho los puzles. El mejor regalo que le podíamos hacer era uno de esos con infinidad de piezas diminutas que extendía sobre la mesa. Aquello era un caos de formas y colores que ella iba agrupando siguiendo los tonos dominantes antes de comenzar la labor del ensamblado.

          Me encantaba ver su atención durante horas, a lo largo de varios días, observando cada pieza, la singularidad de sus detalles, de sus huecos, su relieve y también su parecido con otras para ir armando partes sueltas que tenían el mismo color o compartían algunos matices concretos. Iban apareciendo así pequeñas islas sobre la mesa con imágenes inconexas: un ojo azul, un cuadro de flores violetas, un perrito marrón sobre fondo gris, el sillón verde con la manta naranja… Todo enmarcado por las piezas laterales ya armadas.

          Porque mi amiga comenzaba siempre por esas piezas más sencillas con caras lisas que, con mayor facilidad, encontraban su lugar en las esquinas y en las líneas exteriores. Por eso, se movía de la periferia hacia el centro armando posteriormente esas islas de imágenes aparentemente desconectadas entre ellas, pero con la coherencia interna de colores que iban dibujando formas reconocibles que flotaban dentro del marco. Con mirada muy atenta a los detalles, encontraba, más tarde, los fragmentos que las entrelazaban. Así, iba apareciendo, pieza a pieza, esa hermosa imagen que siempre había estado ahí, oculta al principio en el caos, desenfocada a veces en esa parte que no encajaba y que ocupaba durante algún tiempo toda la atención, esa hermosa imagen intuida, pero carente de sentido en las piezas inconexas durante el proceso.

          A lo largo de estas páginas me he sentido invitada a seguir dedicando tiempo y espacio al autoconocimiento poniendo la atención en las partes que iban surgiendo de mi propio puzle interior, las que me cuesta aceptar y me hacen sufrir: patrones de conducta destructivos (evitativos o compensatorios) para mí o para los demás, emociones desproporcionadas que me inundan, a veces, ocupándolo todo y que me hablan de creencias limitadas muy profundas sobre mí misma, de heridas y carencias…; también en esas partes que transparentan mi ser profundo y me llenan de alegría y compasión.

          Me he sentido invitada por las palabras de Enrique y las prácticas que propone a poner una atención amorosa en cada una de ellas. Las he visto como islas aparentemente inconexas en ocasiones e incluso opuestas en algunos casos, partes de mi ser que compartían colores y rasgos, conductas y emociones, pero que a veces parecían no conocerse o vivir en aparente lucha e incluso rechazarse mutuamente. He querido mirarlas más allá de su apariencia, escucharlas, acogerlas y descubrir, desde el amor a la verdad, las piezas de las que estaban hechas, esos hilos tal vez de desconfianza, de evitación del dolor, de búsqueda de control y/o perfección, de miedo a que se tambalee la fachada, piezas que protegían la propia imagen de insuficiencia u ocultaban la propia luz a veces temida. También he contemplado piezas de creatividad, cariño y hondura, piezas de gran belleza y calidez.

          El marco que ha ido facilitando la construcción de este puzle es la relectura profunda y clara de la IFS (Sistemas de Familia Interna) que Enrique va desarrollando a lo largo de este libro. Este marco me ha posibilitado, como a mi amiga, hacer un viaje de la periferia al centro ayudada por el andamiaje de prácticas y cuestionarios. Pero, sobre todo, y dando un paso más allá, algo a lo que Enrique nos tiene acostumbrados, me ha regalado la experiencia de realizar este camino anclada en el Ser, de poder contemplar mi entramado psicológico desde la experiencia de la Consciencia que soy, desde la bondad, verdad y belleza que me constituyen, más aún, desde la unidad que me vive y me sustenta.

          Se me ha regalado, pieza a pieza, la comprensión de que esa integración armoniosa que se va construyendo o, mejor dicho, desvelando, no es el fruto de eliminar o bloquear lo que nos duele o nos genera sufrimiento. Esa imagen integral es el resultado de “andar en verdad”, como diría Teresa de Ávila, de nuestra disposición a ver y sentir todo lo que se da desde la aceptación, de nuestra disposición a transitar el gozo y el sufrimiento con una gratitud profunda a la vida que quiere desplegarse en nosotros y nosotras, aunque a veces, en nuestras creencias limitadas, lo haga por caminos equivocados.

          Se me ha regalado la comprensión de que ya somos, en lo más profundo, aquello que se va desvelando y de que la atención amorosa es la herramienta de trabajo más poderosa para armar con acierto nuestro puzle interno, para la integración de nuestro ser: atender y amar lo que se muestra sin juicios, atender y amar incondicionalmente desde la Consciencia que somos y, como dice Enrique, siempre está a salvo, atender amorosamente para más vida y vida en abundancia.

 

INTRODUCCIÓN

 ARMAR EL PUZLE: VIVIR LO QUE SOMOS

          A partir de las experiencias de comprensión que se me regalaron en el año 2005, me quedó claro que nuestra única “tarea” no era otra que vivir lo que (ya) somos, y así lo intenté plasmar, con las luces que entonces tenía, en el libro que lleva ese mismo título[1].

          Sin embargo, en contra de lo que pudiera parecer a simple vista, tal tarea no es fácil. Requiere, como todo lo humano, de la aportación de la psicología y de la espiritualidad. Solo el concurso de ambas permite una articulación adecuada de nuestra paradoja, abrazando y teniendo en cuenta, en todo momento, las dos dimensiones -personalidad e identidad- que nos constituyen.

          Me parece claro que la mencionada tarea únicamente será posible desde la comprensión de lo que somos, comprensión que, de manera simultánea, habrá de ir acompañada de un proceso psicológico de unificación y armonía.

          Ambas condiciones me remiten a la imagen del puzle. Por lo que la tarea de vivir lo que somos viene a coincidir con aquella otra de armar con acierto nuestro puzle interno. Y ahí se descubre que, justo en la medida -y solo entonces- en que se arma adecuadamente ese puzle, se produce el despliegue de lo que somos de una manera armoniosa.

          Armar el puzle requiere, de entrada, conocer las piezas que lo constituyen y el modo como se articulan entre sí. Tanto el olvido de alguna como la ignorancia de la interrelación entre ellas hacen que la tarea se vea abocada al fracaso.

          Desde que fui consciente de todo esto, no he cesado de buscar y de proponer herramientas pedagógicas que facilitaran este trabajo y garantizaran un avance cierto. Y en esa búsqueda he encontrado una propuesta que me resulta especialmente llamativa por su potencia pedagógica. Me refiero al modelo propuesto por el Internal Family Systems Institute (IFS)[2], de orientación sistémica, fundado por Richard C. Schwartz.

          Ha sido justamente el reconocimiento, en mi propia persona, de su capacidad y eficacia pedagógica, lo que me ha llevado a recurrir a él, sirviéndome de sus claves básicas -aunque introduciendo perspectivas nuevas y ampliando el marco de referencia-, para articular esta propuesta, con el objetivo de favorecer el trabajo psicológico y espiritual que hace posible vivir lo que somos[3].

          Desde esta introducción deseo subrayar una característica de IFS que me resulta tan acertada como valiosa: la afirmación de que “no hay partes malas” en nosotros[4], sino que cada una tiene un porqué y un para qué. En consecuencia, el modo adecuado de tratarlas pasa por el diálogo con ellas, como veremos a lo largo del texto, si queremos acertar a la hora de construir nuestro puzle interno.

          Siempre con la vista puesta en ese objetivo, y con la propuesta de IFS como trasfondo, divido este trabajo en los siguientes capítulos, cuyo contenido comento brevemente.

En el capítulo 1, empezaré ofreciendo unas claves para entender, acoger y trascender nuestra mente. No olvido lo que alguien me enseñó hace ya muchos años: la mente te tratará de la misma manera que tú la trates a ella. De ahí, la importancia de acogerla, amorosa y respetuosamente, al mismo tiempo que buscamos entender su modo de funcionar. Pero, como veremos, no se trata únicamente de entenderla, sino que es necesario trascenderla -cesar en la identificación con ella y reconocerla como lo que es: una herramienta-, si no queremos perdernos en la ignorancia -y, en consecuencia, en la confusión y en el sufrimiento inútil- desde el mismo inicio. Es obvio que el simple hecho de poner luz en ello, desmontando creencias tan arraigadas como falsas, proporciona la actitud adecuada para llevar adelante todo el trabajo.

En el capítulo 2, me detendré en la exposición de las diferentes “piezas” que nos constituyen, y que IFS divide en una triple categoría: protectores, exiliados y self. Por mi parte, y sobre la base también de mi propia experiencia -entendiendo el self como una instancia psicológica, por más que sea considerada netamente positiva y “sana”-, incorporo de manera expresa la consciencia, porque, por un lado, remite de manera directa e inmediata a nuestra identidad última; y por otro, evita cualquier equívoco de partida, al mostrar que nos estamos refiriendo, no a una instancia psicológica más, sino a la realidad transpersonal y no-dual, que no es una parte más ni tampoco la suma de las partes, sino aquella realidad estable y permanente que las constituye, las sostiene, las acoge y permite integrarlas armoniosamente en una unificación creciente[5]. Por decirlo brevemente y con una clara intencionalidad pedagógica, la consciencia -lo que realmente somos- es aquello que observa todas las partes y no puede ser observado. Así pues, en lo concreto, hablaré de exiliados, protectores, self y consciencia[6]. Los llamados exiliados se agrupan, según otro esquema explicativo de la persona, en la figura del niño interior herido, mientras que los protectores -sean preventivos o reactivos- no son sino los diferentes mecanismos de defensa, que se activan automáticamente en el instante mismo en que aparece dolor.

Clarificados esos elementos, podremos acercarnos a entender nuestro modo habitual de funcionar (capítulo 3), aportando claves que nos permitan vivir de una manera más ajustada y coherente[7], como consecuencia de acoger y liberar a nuestros protectores y exiliados (capítulo 4).

Subrayaré a continuación la importancia decisiva de entrenarnos en permanecer en la consciencia -o mejor, en dejar que viva en nosotros la consciencia que somos-, creciendo en desidentificación del yo (capítulo 5), lo cual nos permite vivir, no reaccionando, sino respondiendo a lo que el presente nos trae en cada momento (capítulo 6). Me resulta evidente que solo ese entrenamiento constante, unido al trabajo psicológico que se precise, irá haciendo posible vivirnos, de manera consciente, no en la mente ni en el yo -adonde nos empuja la inercia que arrastramos-, sino en la consciencia que somos. La práctica, en concreto, pasa siempre por poner la atención en eso que es consciente para que, de ese modo, el yo se quite de en medio (Epílogo) y, en consecuencia, pueda brillar ante nosotros lo que siempre es y somos. Solo así, es posible armar con acierto el puzle completo.

El libro se cierra con un Pequeño glosario, que he creído oportuno incluir, con el fin de delimitar el sentido de los términos más relevantes que aparecen en el texto. Por ese motivo, me atrevo a sugerir la conveniencia de empezar por ahí la lectura del libro[8]: conocer de antemano el significado del vocabulario utilizado facilitará, sin duda, entender lo escrito.

Con el declarado objetivo de crecer en comprensión, a lo largo del texto compartiré, tanto experiencias personales que puedan aportar luz, como ejercicios prácticos que favorezcan aterrizar y hacer operativas las claves que vayan apareciendo.

          El sufrimiento -no el dolor- nos muestra que, en mayor o menor medida, en nuestro interior nos hallamos escindidos. Tal escisión es consecuencia de heridas, carencias o temores no resueltos y de la ignorancia acerca de lo que somos.

          Para superar la escisión y responder al anhelo de unificación, necesitamos conocernos profundamente, confiar en nuestra guía interna y hacernos diestros en gestionar adecuadamente nuestro universo interior. Tres cuestiones, por cierto, a menudo olvidadas, cuando no absolutamente ignoradas, por la educación convencional, que refleja carencias básicas de nuestro medio sociocultural.

          En concreto, necesitamos conocer de primera mano las “piezas” que nos constituyen y aprender el modo sabio de relacionarnos con ellas para vivirnos armoniosamente, en un amor que, pacificándonos, nos unifica interiormente y nos despliega hacia los demás.

          La propuesta remite, por tanto, a un trabajo de autoindagación que permita experimentar por uno mismo, de primera mano, la realidad que nos constituye. Soltando creencias aprendidas, pero no verificadas por nosotros mismos, nos iniciamos así como “buscadores”, hasta que se produzca el reconocimiento inmediato de lo que realmente somos.

          En algunos ámbitos suele hacerse una distinción entre seguidores y buscadores. Las religiones -de manera particular, las teístas- promueven seguidores -hasta el punto de que, en su particular argot, se les denomina “fieles”[9]-, de quienes se espera que se mantengan aferrados a las creencias que la propia religión propone. Tal es el motivo por el que, en Occidente, los buscadores no han estado bien vistos: su actitud -como la de todo librepensador- despertaba recelos, al ser percibida como una amenaza para cualquier creencia. Aquel posicionamiento religioso se basa en la creencia -siempre una creencia- de poseer la verdad, lo cual impide reconocer que toda creencia no es sino una verdad prestada, una respuesta heredada, en definitiva, un conocimiento de segunda mano. Frente a la actitud sumisa de los “fieles” o seguidores, los buscadores, dejando de lado todo tipo de creencias, indagan por su propia cuenta para no aceptar sino aquello que ellos mismos pueden experimentar. Tienen en cuenta todas las voces, pero pasan todas ellas por el tamiz de la propia experiencia. Ahora bien, así como los seguidores tienden a asumir meras creencias, los buscadores fácilmente caen en el engaño de leerse en clave de carencia, lo cual los lleva a situar la verdad -la plenitud- en un horizonte futuro, más o menos lejano, al que aspiran llegar algún día. Pues bien, frente a ambas posturas, desde mi experiencia, la actitud adecuada es la de quienes podemos designar como “reconocedores”. Liberados de todo tipo de creencias religiosas -que mantienen los seguidores-, porque no se conforman con conocimientos de segunda mano, liberados igualmente de la creencia del buscador que lleva a imaginar la plenitud en el futuro, los reconocedores saben -han hecho experiencia de- que, en el plano profundo, todo es ya. Y no se precisa sino retirar el velo mental que deforma la realidad, para caer en la cuenta de la plenitud que somos y vivirnos desde esta consciencia. Ni seguidora ni buscadora, la persona despierta sabe que ya somos todo lo que buscamos y anhelamos; solo nos falta reconocerlo.

          No necesitas ser mejor de lo que ya eres. Solo necesitas conocerte en profundidad y crecer en habilidad para gestionar y armar tu complejo puzle interno. Celebraré que estas páginas puedan ayudarte a conseguirlo.

Deseo terminar esta introducción agradeciendo a tres personas amigas, excelentes conocedoras de la cuestión abordada en este libro y expertas en lo que podemos llamar “trabajo interior” -Fernando Tobías, Alberto Navarro y Esther Fernández Lorente-, que leyeran el borrador y me aportaran acertadas y valiosas sugerencias, que han enriquecido el texto. Muchas gracias de corazón. La última palabra de esta introducción es también de gratitud. Gracias a Esther por la joya que nos regala en forma de Prólogo hermoso y poético, “completo” en sí mismo, donde la prosa elegante del texto, el acierto en las imágenes utilizadas y la riqueza y profundidad del contenido se combinan de manera tan armoniosa como elocuente. Deseo que os dejéis atrapar por su belleza y movilizar interiormente por todo lo que es capaz de evocar.   

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[1] Vivir lo que somos. Cuatro actitudes y un camino, Desclée De Brouwer, Bilbao 2007.

[2] https://ifs-institute.com/

[3] De la misma manera que, hace ya un tiempo, me comprometí a no afirmar ni enseñar nada que no hubiera experimentado, tampoco propongo ninguna práctica, cuya eficacia no haya comprobado en mí mismo.

[4] Tal es el título de la obra de R. SCHWARTZ, No hay partes malas. Sanar el trauma y recobrar la plenitud con el modelo Sistemas de Familia Interna (IFS), Eleftheria, Barcelona 2021. Otro libro interesante, que me ha servido de inspiración en este trabajo es el de J. EARLEY, La terapia del Self, Eleftheria, Barcelona 2016. En esa misma escuela se sitúa el libro de M. SWEEZY, Internal Family Systems Therapy for Shame and Guilt, Guilford Press, New York 2023; y el de R. DE LA ROSA, Superar el trauma. Una nueva visión de la autocompasión, Kairós, Barcelona 2025.

[5] Sospecho que, en el modelo propuesto por IFS, entienden el self como sinónimo de consciencia. Por mi parte, sin embargo, prefiero afirmar la centralidad de esta de manera expresa y con toda nitidez. Tal como explicaré en su momento, aunque se refiera a la dimensión nuclear, dinámica y positiva de la persona, el self no deja de ser una instancia psicológica, es decir, un objeto más -y, como tal, observable- dentro del campo de la consciencia.  

[6] También más adelante me referiré al hecho de que el self es la plasmación de la misma y única consciencia en cada individuo particular. Esto explica que, al situarnos lúcidamente en la consciencia, ya somos remitidos de manera inmediata al self. En mi propuesta, como se irá viendo a lo largo de la exposición, el trabajo con protectores y exiliados se aborda, de manera explícita, desde la consciencia.

[7] Entiendo por “coherencia”, no la actitud que sería consecuente con los principios o creencias que se profesan -y que solo son constructos mentales-, sino la fidelidad a la consciencia que somos y que fluye a través de nosotros. En este sentido, la coherencia no nace de un esfuerzo voluntario, sino que, aunque en ocasiones lo requiera, es fruto de la comprensión experiencial.

[8] Pag. 209-220.

[9] Es de notar que no se habla de fidelidad a uno mismo -que sería el camino adecuado-, sino de -en teoría- “fidelidad a Dios” que, en la práctica, se materializa exigiendo fidelidad a las creencias o dogmas y, en último término, a la autoridad religiosa. Con lo cual, bajo el nombre de fidelidad, lo que se está promoviendo, en realidad, es sumisión. Lo cual queda reflejado, de manera impensada, incluso en el mismo lenguaje que distingue “pastores” y “rebaño”.

«VIVIR SIN CULPA»

A Ana, inocencia transparente, generadora de confianza.

«¿Quién es ese yo que, en nuestro interior, es un crítico severo, que es capaz de aterrorizarnos e impulsarnos a una actividad fútil y que, al final, nos juzga todavía más severamente por los errores a los que sus reproches nos condujeron?» (Thomas S. Eliot).

«La confianza es la base de la vida. Hay que tener un suelo por el que andar porque a veces la tierra física, la tierra psíquica, la tierra material se hunde bajo los árboles. Hay un suelo debajo del suelo, y este subsuelo es la confianza….
La confianza está siempre aquí, incluso cuando la pierdo no está muy lejos de mí. Cuando la pierdo sé que está en la habitación de al lado y que, tarde o temprano, la encontraré. Tener confianza en la vida es tener la intuición de que no se dañará a lo más querido y a aquello que no conseguimos ni nombrar. Hay que comprender que en lo profundo no estamos en peligro…
La confianza es la madre de todas las raíces: si la tienes, darás con todo el resto» (Christian Bobin).

«El pecado es necesario, pero todo acabará bien, y todo acabará bien, y cualquier cosa, sea cual sea, acabará bien» (Juliana de Norwich).

CONTRAPORTADA

La culpa es una creencia errónea de efectos devastadores. De manera oculta e insidiosa envenena la existencia y sumerge a la persona en un pozo de apatía y en una dinámica perversa en la que ve saboteados sus mejores propósitos y bloqueada su confianza. La culpa encierra a la persona en una espiral de miedo que fácilmente trunca la confianza y agosta la alegría: la culpa cercena de raíz la alegría de vivir. Y con la culpa, el castigo: otra creencia generalizada que contamina y envenena, bloqueando la capacidad de amar.

Liberarse de ellas requiere, a la vez, un trabajo psicológico que traduce la culpabilidad en responsabilidad, y un trabajo espiritual que desvela su error radical. El resultado es la liberación del miedo y la recuperación de la confianza: el regreso a la inocencia.

Desenmascarar la mentira de aquellas creencias amplía el horizonte, ensancha el corazón, hace saltar las barreras del laberinto mental que constriñe y nos permite reconocernos como vida que fluye y juega en libertad. El miedo y el egocentrismo, sostenidos antes por la culpa y el castigo, dan paso a la confianza y al amor. Y una vez más constatamos, por experiencia propia, que solo la comprensión libera.

Editorial Desclée De Brouwer.

ÍNDICE

Introducción: Bajo el peso de la culpa

  1. La génesis: ¿cómo nace la culpa?

En la especie humana
Una creencia culpabilizadora: la doctrina del “pecado original”
En el individuo particular

  1. Los efectos: desolación y hundimiento

Autorreproche, miedo y castigo
Hundimiento
Adictos a la culpa, adictos al castigo

  1. La trampa: la culpa es una creencia errónea

Una convención cultural basada en creencias erróneas
El punto decisivo: ¿un yo libre y hacedor?
El testimonio de los sabios
Salir de la creencia errónea

  1. La comprensión: de la culpabilidad a la responsabilidad y al reconocimiento de lo que somos

Desde la psicología: de la culpabilidad a la responsabilidad
Desde la espiritualidad: la culpa no existe
¿No hay nada que hacer?
La comprensión: donde todo encaja

  1. El camino sabio o espiritual: confiar siempre

Resistencias a confiar
Invitación a confiar
Confiar es amar lo que es
Confiar es vivir diciendo “sí”
Confianza, aceptación y responsabilidad

 

INTRODUCCIÓN
BAJO EL PESO DE LA CULPA

La culpa es una creencia errónea, de efectos devastadores.

Pocas cosas han hecho (hacen) tanto daño a la humanidad como la creencia generalizada en la culpa y en el castigo como medio de expiación de aquella. Pareciera como si, de forma premeditada, se hubieran conjugado factores de tipo psicológico, sociocultural y religioso para abonar, sostener y reforzar ambas creencias que, asumidas acríticamente, cumplen la función de sustentar y nutrir un sistema social radicalmente centrado en el ego.

Como resultado, la vida humana, tanto en su dimensión personal como en su dimensión social, queda envenenada de raíz, mientras las personas se ven introducidas en un laberinto de angustia, que se plasma y se proyecta en forma de juicio, condena, reproche, enfrentamiento…: castigo. Solo la liberación de aquella doble creencia hace posible reconocer nuestra inocencia original y vivir en confianza y en amor, hacia sí mismo y hacia todos y todo lo demás. La culpa y el castigo buscan sostener el sistema egoico en el que la humanidad se halla atrapada. Desenmascarar la mentira de esas creencias libera del miedo y de la angustia, amplía el horizonte, ensancha el corazón, recupera la confianza, hace saltar las barreras del laberinto mental que constriñe y nos permite reconocernos como vida que fluye y juega en libertad, como amor que encuentra plenitud y gozo en el hecho mismo de amar. Una vez más constatamos, por experiencia propia, que solo la comprensión libera.

Pocas cosas producen efectos tan devastadores en la vida de las personas como el mal llamado “sentimiento” de culpa. Digo mal llamado porque, hablando con rigor, la culpa no es un sentimiento sino una creencia mental que acusa constantemente con mensajes del tipo: “eres malo, en ti hay algo inadecuado o incorrecto, no estás a la altura, no mereces, has actuado mal y debes ser castigado, eres culpable”…

Como ha escrito Richard Schwartz, “la vergüenza [o culpa visual] es la carga más primitiva, aterradora, tóxica y motivadora de todas. ¿Por qué la vergüenza es tan poderosa? Porque cuando nos sentimos avergonzados [culpabilizados], creemos, en algún nivel, que no valemos nada”[1].

Detrás de cualquier peso que lastra la existencia de las personas es fácil encontrar siempre esa creencia culpabilizadora, que se experimenta en forma de sentimientos de pesadumbre, hundimiento y apatía, y que requiere, de un modo u otro, expiación y, por tanto, castigo.

Aunque con frecuencia resulte inconsciente al propio sujeto, me parece claro que, en la base de la depresión y del sufrimiento mental, habita siempre, aunque oculta, alguna creencia culposa.

Partimos, pues, de esta primera constatación: la culpa es una creencia errónea que conduce inexorablemente a la paralización y al hundimiento, al tiempo que instala a la persona en el autorreproche y la introduce en un peligroso bucle de escrúpulos. Y, sin embargo, a pesar de los efectos funestos que produce, solemos vivir culpándonos y culpando a los otros, repitiendo un programa o patrón mental, tempranamente aprendido y poderosamente grabado en nuestro psiquismo.

Analizaremos la génesis de esta creencia, los factores –educacionales, culturales y religiosos, así como la ignorancia espiritual– que la refuerzan, los efectos que produce y la trampa en la que se asienta, desde la comprensión de lo que somos, como camino para transitar el camino de la sabiduría –de la liberación–, que no es otro que el de la confianza radical que es expresión de la inocencia que somos.

Siempre que trato el tema de la culpa, me viene el recuerdo de una niña –convengamos en llamarla Silvia– que, con apenas siete años, se sentía, sin saberlo aún expresar, culpable de existir. No se me ocurre otro motivo que pese y agobie más a una persona que el sentimiento de que su existencia ha sido y sigue siendo un error.

“Mis papás serían más felices si yo no hubiera nacido”, me compartía aquella niña, presa del llanto y sin entender el motivo de su agobio y pesadumbre. En los niños ocurre así: al no entender las causas de su sufrimiento, leen su malestar en clave de culpa. Y las consecuencias aparecen de inmediato, envenenando su existencia. En el caso de Silvia se manifestaban en un marcado auto-rechazo y un exagerado perfeccionismo, que corrían a la par con un sentimiento sordo de tristeza, así como de enfado y hostilidad latentes, siempre a punto de estallar[2].

De hecho, son síntomas característicos que nos permiten descubrir la culpabilidad inconsciente: una actitud hostil hacia sí mismo y hacia los otros –hacia el mundo– y una sobre-exigencia desmedida que nunca alcanza –ni puede alcanzar– su objetivo. Por una parte, el auto-rechazo es el castigo que la culpa conlleva: en la medida en que me atribuyo la causa de mi sufrimiento me estoy convirtiendo en mi propio enemigo, por lo que viviré hostilidad hacia mí. Por otra, la sobre-exigencia o el perfeccionismo aparecen como la única salida posible para “reparar” la culpa y demostrar que me gano el derecho a existir, lo cual explica que culpa y perfeccionismo sean las dos caras de la misma moneda. Finalmente, el enfado o incluso la hostilidad hacia todo no es sino expresión automática del estado interior de frustración y del sufrimiento escondido.

Dado que, con frecuencia, el llamado sentimiento de culpa se inoculó en algún momento que ya escapa a nuestro recuerdo, no es extraño que la propia persona no sea consciente del mismo. Se sienten sus síntomas, en forma de pesadumbre y hundimiento, agobio y falta de ganas de vivir, perfeccionismo y sobreexigencia, escrúpulos y duda exagerada, pero la raíz permanece oculta. En ese caso, tal vez sea útil preguntarse cómo descubrir si se alberga algún sentimiento de culpa. Y, sin duda, la respuesta vendrá dada por el hecho de detectar –o no– los síntomas mencionados: cuando se prolonga el malestar interior acompañado de la falta de amor incondicional hacia sí, cuando se percibe enfado o reproche hacia uno mismo, cuando se mantiene una exigencia desproporcionada o un perfeccionismo que se manifiesta hasta en detalles insignificantes, así como cuando se vive una exigencia –en formas, a veces, sutiles– hacia los demás y una tendencia a culpabilizarlos siempre que –nos parece– no responden a lo que consideramos adecuado o correcto, cuando detectamos un movimiento interno a castigarnos o castigar a los otros, sin duda nos hallamos ante un sentimiento de culpabilidad no resuelto o incluso ni siquiera reconocido.

En un correo reciente, una mujer me comentaba su sorpresa al descubrir que, oculta de mil maneras, la culpa, sin embargo, se hallaba presente en prácticamente todo lo que vivía: “A veces -escribía- he sido consciente del trasfondo de culpa que yo añadía en algunas situaciones. Sin embargo, en este momento, me estoy haciendo consciente de que la culpa empaña prácticamente toda mi forma de actuar y vivir, lo cual para mí ha sido revelador: toda mi vida me he avergonzado de haber sentido que no fui una niña feliz y he ocultado esa vergüenza, sin ser consciente de que ahí estaba la culpa; me he sentido indigna y  poco querida en mi familia, sin darme cuenta de que eso era culpa; he experimentado miedo a mostrarme, sobre todo, a mostrarme sensible y vulnerable; he vivido exigiéndome al máximo en todo, creyendo que así estaba dando lo mejor de mí…, y ahora atisbo que eso también tiene que ver con la culpa; he mantenido una gran exigencia hacia los que me rodean, en concreto hacia mi marido y mis dos hijos, sin ser consciente de que también está empañado por la culpa…”.

En ocasiones el sujeto percibe la culpa como un peso que lo asfixia y paraliza, asociándola incluso a un hecho concreto y bien delimitado. En otras, sin embargo, la culpabilidad adopta unos matices más imprecisos e incluso nebulosos, si bien no por ello menos angustiantes, en forma de sensación difusa que permea toda la existencia, a la que tiñe de tonos oscuros. Y en otras, finalmente, ni siquiera se ha hecho consciente el habitualmente llamado sentimiento de culpa; sin embargo, resultan patentes los síntomas, mencionados anteriormente, que lo delatan. Se trata de una mezcla de tristeza y pesadumbre que con frecuencia desemboca en la apatía y la depresión.

El sentimiento de culpa, reconocido o no, supone un peso que fácilmente lastra toda la existencia, a la que colorea de tonos grises e incluso tenebrosos. La tristeza, el abatimiento y el autocastigo, cualquiera que sea la forma que adopten, muestran hasta dónde llega su poder destructor.

No es extraño que, ante el malestar experimentado, se activen mecanismos de defensa que intenten paliar aquellas sensaciones desagradables. Entre ellos, suelen ser habituales la sobre-exigencia, el perfeccionismo, el activismo –incluso en forma de compromiso social o político–, la compensación, el aturdimiento, la huida en forma de adicciones, la rigidez, la exigencia hacia los demás, la culpabilización de los otros…

A través de esos mecanismos se busca, consciente o inconscientemente, aliviar el peso de una culpa que llega a resultar insoportable. Eso explica que la persona se embarque en un perfeccionismo extenuante y pueda vivir una desmesurada exigencia como reparación inconsciente de no sabe bien qué. O que se lance a un activismo exagerado que, a la vez que la distrae del malestar interior, pareciera otorgarle “méritos” que le garantizarían el reconocimiento de su valor ante sí misma y ante los demás; en concreto, en este campo, la pasión por el compromiso puede constituir un terreno especialmente adecuado para obtener aquel doble objetivo: expiación y reconocimiento. Lo cual explicaría la presencia de la rigidez, tanto en el perfeccionismo como en el activismo y, en concreto, en la forma de vivir el compromiso. La rigidez, en efecto, es un síntoma que delata dolor e inseguridad, signos ambos de culpabilidad oculta.

En una dirección diferente, pero con la misma finalidad, tal vez la persona entre en un camino de búsqueda de compensaciones de todo tipo, como placebos que pretenden calmar la ansiedad, o de comportamientos que distraigan e incluso aturdan como si buscara que el “ruido”, de cualquier tipo que fuese, silenciara aquella insistente y perturbadora voz interior que origina y mantiene tanto sufrimiento.

Si bien los mecanismos nombrados se centran en el propio sujeto, con frecuencia se activan otros que ponen el foco en los demás, en forma de exigencia desmedida o de culpabilización. Tales actitudes se explican fácilmente si se tiene en cuenta que una persona no puede vivir un “peso” interior no resuelto –y mientras sea inconsciente le será imposible resolverlo– sin proyectarlo, de un modo u otro, a quienes encuentre a su lado. Así, la autoexigencia generará exigencia desmedida hacia los demás y la (oculta) culpabilidad se proyectará culpabilizando a otros, aun sin ser conscientes de lo que se busca con ello, que no es otra cosa que aliviar la carga o el peso que se mantiene en uno mismo por la creencia, tan escondida como errónea, de ser inadecuado.

Ahora bien, a pesar de lo que prometen, los diferentes mecanismos que pueden llegar a activarse terminan complicando la vivencia de la persona, al dar lugar a actitudes y comportamientos igualmente desajustados y, por tanto, generadores de más confusión y más sufrimiento. Pero no se hallará salida de semejante laberinto sino por el único camino que conduce a la liberación: el reconocimiento de la propia verdad. O, con más precisión, la comprensión de lo que se vive y de la trampa en que se permanece atrapado.

Me parece evidente que, dado que la culpabilidad es una creencia errónea, la liberación de la misma solo puede venir de la mano de la comprensión, al poner luz en el engaño. Ahora bien, afirmar el lugar decisivo de la comprensión no niega la necesidad de un trabajo psicológico o incluso terapéutico, según los casos, para sanar aquella herida antigua en la que germinó la creencia culpabilizadora o para desanudar los bloqueos donde pudimos quedar atrapados.

Todo ello forma parte de la comprensión que necesitamos para liberarnos de una de las peores losas que, lastrando con el miedo toda la existencia de la persona, impide vivir con libertad, confianza y gozo. Y a ello quiere contribuir este escrito, ofreciendo pistas que permitan comprender el fenómeno de la culpa, desde su génesis hasta sus efectos, para desenmascarar su engaño y poner luz en la oscuridad que le sirve de coartada. Deseo de corazón que el desenmascaramiento de la doble creencia -en la culpa y en el castigo- permita abrirnos a la inocencia que somos, para reconocernos y vivir en ella.

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[1] R. SCHWARTZ, en el Prólogo al libro de Martha SWEEZY, Internal Family Systems Therapy for Shame and Guilt, Guilford Press, New York 2023, p. IX. En ese libro, la autora distingue entre culpa (siempre referida a una acción: “he hecho algo malo”) y vergüenza (como estado de ser: “soy malo”). Tal vez, en la práctica, la diferencia no sea tan importante: culpa y vergüenza, que otros definen como “culpa visual”, se dan entrelazadas y requieren el mismo tratamiento.

[2] He relatado con detenimiento el caso de Silvia en Psicología transpersonal para la vida cotidiana. Claves y recursos, Desclée De Brouwer, Bilbao 2020, pp. 72-74.

«ACOGER AL NIÑO O NIÑA INTERIOR»

A Ana, porque nunca olvidó a su niña interior y porque fue su insistencia la que ha hecho posible este librito.

La clave para crear sociedades altruistas, empáticas y resilientes es la “segurización”, es decir, la creación de un entorno seguro y afectuoso para el niño, tanto en su hogar como en la escuela, desde los primeros años de vida (Boris Cyrulnik).

Nunca es tarde para tener una infancia feliz (Milton H. Erickson).

Solo encontrándonos con nuestro niño o niña interior, serán posibles la conexión con nuestro valor y nuestra bondad originales, la unificación y la armonía personal, así como el despliegue de todo nuestro potencial.

CONTRAPORTADA

El trabajo con el niño o la niña interior constituye una de las herramientas psicoterapéuticas más eficaces para sanar necesidades tiránicas y miedos irracionales, y de ese modo crecer en unificación personal y en libertad interior. En la medida en que se rescata al niño herido, es posible la liberación del niño original, que nos devuelve nuestro verdadero rostro, caracterizado por la vitalidad, la espontaneidad, la seguridad, la confianza, la inocencia, la alegría de vivir, la creatividad…

De un modo sencillo y práctico, el autor muestra la importancia decisiva de este trabajo psicológico, enmarcándolo adecuadamente y ofreciendo pautas clarificadoras y herramientas pedagógicas para llevarlo a cabo con lucidez y eficacia. Porque, tanto el autoconocimiento como el crecimiento personal y la liberación de ataduras psíquicas que generan sufrimiento y envenenan las relaciones, solo serán posibles gracias al encuentro vivo con nuestro niño o niña interior.

Editorial Desclée De Brouwer

ÍNDICE

Introducción
1.   ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? La persona adulta que somos
¿De dónde venimos?
¿Qué pasó con el niño que fuimos?
¿Cómo sigue viviendo el niño en la persona adulta que somos hoy?

2.   Una historia que sanar: rescatar al niño herido
Cuando el niño herido lleva las riendas
Una sanadora presencia de calidad
El camino a recorrer

3.   Una vida que celebrar: liberar al niño original
Al encuentro de nuestro niño original
Alegría de ser, alegría de vivir
Más allá del niño original

Epílogo. El debate en torno a la alegría y la felicidad
Anexo. Práctica psicoafectiva: encuentro con el niño o la niña interior. Guía para la práctica

 

INTRODUCCIÓN

Hablar de “niño interior”[1] significa volver la mirada a los primeros momentos de nuestra existencia -infancia y adolescencia-, aquellos que marcaron con mayor intensidad nuestro psiquismo y pusieron las bases de lo que habría de ser nuestra posterior evolución psicológica.

Podemos aproximarnos al niño que fuimos desde una doble perspectiva: como aquel que contiene nuestra originalidad psicológica, con los rasgos de vitalidad, espontaneidad, seguridad, confianza, alegría de vivir, inocencia, creatividad -y nos referimos a él con la expresión “niño original”- y como aquel otro que guarda las heridas y/o carencias que padeció, con todas sus secuelas dolorosas y disfuncionales -nos referimos a él con la expresión “niño herido”-.

En todos nosotros habitan, en porcentajes diferentes según cómo fue la historia de cada persona, esos dos niños, que reclaman atención y requieren ser integrados, como condición indispensable para avanzar en unificación personal.

En principio, nos resulta más cercano el niño herido que, con frecuencia, se halla a flor de piel. Aunque el que nos define y el que muestra nuestro verdadero rostro es el niño original, es frecuente que este haya quedado relegado e incluso olvidado porque el sufrimiento padecido otorgó prácticamente todo el protagonismo al niño herido. Hasta el punto de que, solo cuando tal sufrimiento va siendo elaborado y resuelto, puede emerger, desde aquel segundo plano en el que había quedado postergado, el niño original. Lo cual no resulta difícil de entender: el malestar acapara toda nuestra atención y tiende a atraparnos, consumiendo toda nuestra energía en el empeño por encontrar el modo de liberarnos de él. ¿Quién pensaría en el niño original -en lo que va bien-, cuando se siente agobiado por aquello que le duele?

En consecuencia, al iniciar el trabajo psicoterapéutico en este campo, es probable que a quien encontremos en primer lugar sea a nuestro niño herido. Y que solo al ir viviendo con él un encuentro sanador, empiece a emerger el niño original que, como veremos, es quien nos llevará a casa, unificando de manera armoniosa toda nuestra persona.

Porque en la medida en que “rescatamos” o liberamos a nuestro niño herido, gracias a la seguridad afectiva que le regala el adulto que somos hoy, emergerá en nosotros el niño original que había quedado aplastado bajo el peso de aquellas mismas heridas. A esto le llamamos tarea de “maternización” y en ella nos va nuestra salud psíquica y nuestro despliegue personal.

Las características que denotan la presencia del niño herido son la desproporción y la repetitividad, junto con sensaciones de vacío afectivo, inseguridad, miedo, ansiedad, retraimiento, agresividad, narcisismo…. De modo que cuando, en la vida adulta, advertimos que reaparecen una y otra vez sentimientos dolorosos y/o reacciones desproporcionadas, ahí se nos está mostrando la puerta de acceso para llegar a nuestro niño herido, primer paso para vivir con él un encuentro sanador y, en cierto modo, restaurador.

Por su parte, el niño original se manifiesta como vitalidad, seguridad, confianza, espontaneidad, alegría de vivir, creatividad…, rasgos que constituyen nuestra originalidad psicológica y que se irán acrecentando en la medida en que avancemos en el encuentro consciente con aquel.

En cualquier caso, es obvio que la madurez psicológica requiere, como condición inexorable, la integración de nuestro pasado que, de no hacerlo, se convertirá en un lastre que nos dificulte caminar o en un bloqueo que nos impida vivir con gusto. Integrar el pasado significa, por tanto, encontrarnos de manera consciente y profunda con nuestro interior, en su doble cara, para rescatar y sanar al niño herido y, de ese modo, permitir que se libere y despliegue el niño original en todo su frescor y belleza.

A partir de mi propia experiencia -tanto personal como de acompañante de procesos psicológicos-, considero que el trabajo con el niño interior constituye la herramienta psicoterapéutica más eficaz para crecer en unificación psicológica, integración y armonía. No en vano todo aquello que tiende a complicar y enrarecer nuestra existencia adulta, en sus diferentes ámbitos, guarda estrecha relación o proviene directamente de experiencias infantiles o adolescentes pendientes de ser elaboradas. Lo cual significa, dicho desde otra perspectiva, que la sanación progresiva del niño herido -tal como espero desarrollar en estas páginas- aliviará nuestro sufrimiento neurótico y atenuará nuestras reacciones desproporcionadas, a la vez que favorecerá el encuentro con nosotros mismos, nos hará crecer en libertad interior y otorgará calidad a nuestro modo de vivir la actividad y las relaciones interpersonales.

Si este trabajo con el niño interior va acompañado de aquel otro encaminado a integrar la propia sombra, por el que reconocemos y aceptamos todo el material psíquico que habíamos relegado, ocultado, reprimido o negado, habremos puesto las bases de una personalidad consistente, sólida, integrada, armoniosa, creativa y entregada[2].

Ambas tareas resultan tan decisivas, a la que vez que complementarias, que me atrevo a afirmar que, si se entiende bien, en ellas se condensa todo el trabajo psicológico y psicoterapéutico. Integrados el pasado y la sombra, emerge la belleza del ser humano, libre de ataduras que se expresaban en necesidades tiránicas y en miedos tan exagerados como irracionales. Liberación que hace posible que la vida se exprese de manera transparente, creativa, eficaz y entregada: que podamos vivir en coherencia con lo que somos.

Tal anhelo -llegar a ser lo que ya somos- empieza a realizarse cuando reencontramos a nuestro niño original -en el plano psicológico, ese es nuestro verdadero rostro o nuestra personalidad- y culmina cuando, integrado y trascendido ese rostro -lo que llamamos “yo”-, comprendemos lo que somos en profundidad, en la dimensión espiritual: consciencia ilimitada o vida plena, desplegándose y manifestándose en esta forma (persona) particular: esa es nuestra identidad.

Tenemos, pues, ante nosotros una tarea apasionante: ¿estamos dispuestos a adentrarnos en nuestro interior para encontramos con la verdad de nuestro pasado y así comprender nuestro presente?; ¿nos sentimos motivados para desear el encuentro con nuestro niño interior y ofrecerle cercanía y seguridad afectiva, que reconstruyan lo herido y rescaten nuestro rostro original?; ¿nos mueve el anhelo de verdad y la fidelidad a nosotros mismos?; ¿nos moviliza el gusto por crecer en unificación personal, integración y armonía? Si descubrimos en nosotros alguna de estas aspiraciones, el trabajo con el niño interior constituye la herramienta adecuada para que tales anhelos se vayan convirtiendo en realidad.

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[1] Para evitar que el texto resulte sobrecargado y tedioso, usaré el genérico en masculino, entendiendo que incluye a ambos géneros.
[2] E. MARTÍNEZ LOZANO, Nuestra cara oculta. Integración de la sombra y unificación personal, Narcea, Madrid 2016.

«CUANDO MUERE LA PERSONA AMADA»

RELATO AUTOBIOGRÁFICO DE UN PROCESO DE DUELO

A Ana.

«El duelo es el precio que pagamos por tener el coraje de amar a otro»
Irvin D. Yalom.

En lo que somos, nada ha cambiado.

Poco a poco dejamos ir la pérdida, pero nunca el amor.

La muerte, como el dolor, pasa. El amor permanece.

CONTRAPORTADA

No es lo mismo hablar del duelo que ser traspasado por él. El autor reflexionaba acerca de las pérdidas y los duelos en un libro, ya impreso, pero que aún no había visto la luz -fue publicado unos días más tarde en esta misma editorial-, cuando padeció la repentina pérdida de su esposa, víctima de un brutal y violento atropello.

En este nuevo librito no habla acerca del duelo; relata su propia vivencia dolorida en los tres primeros meses, desde el insoportable desgarro inicial hasta la gratitud vivida como regalo, pasando por un camino jalonado, tanto de añoranzas como de sorpresas, y repleto de enseñanzas. Completa así, sin haberlo pretendido, el libro anterior.

Se habla en él de pérdidas y de duelos, pero lo que el autor realmente narra es una historia de amor que -como todas- trasciende la muerte.

Editorial Desclée De Brouwer

VER LA CUBIERTA DEL LIBRO

ÍNDICE

Introducción

  1. Encuentro
  2. Desgarro
  3. Paradoja
  4. Presencias
  5. Guiños
  6. Luz
  7. Enseñanza
  8. Comprensión
  9. Actividad
  10. Bondad
  11. Añoranza
  12. Gratitud

INTRODUCCIÓN

El pasado día 16 de agosto fallecía mi amada esposa, Ana Etxeberria Zarautz, a consecuencia del violento atropello sufrido el día anterior cuando paseaba en bicicleta. El mundo se detuvo para mí en aquel momento y, en medio de un desconcierto atroz, creí sentir que todo había acabado.

Los días que siguieron estuvieron marcados por el desgarro emocional y el aturdimiento mental, la melancolía más gris y la desesperanza más abrumadora, el llanto casi constante y el desconsuelo del sinsentido.

Poco a poco, sin embargo, tal como trataré de describir en las páginas que siguen, fue emergiendo la luz en medio de las tinieblas más oscuras y, a partir de ese momento, paso a paso y con total sorpresa por mi parte, la presencia amorosa de Ana, pacientemente, me ha ido reconstruyendo.

A lo largo de estos tres meses, he ido poniendo por escrito mis sentimientos, como una forma de desahogo e incluso de terapia. Y, unido a la posibilidad de verbalizarlos ante personas de confianza, constato el beneficio que todo ello me ha aportado.

Esos escritos estaban destinados a permanecer en mi escritorio, si bien su contenido se hallaba ya guardado en mi corazón. Pero, muy en línea con lo vivido en estos meses, hace pocos días tuve la intuición -¿o me lo dijo Ana?- de que sería bueno sacarlos a la luz. Intuición o voz interior, de lo que no tengo duda es que ha sido ella quien me ha impulsado a dar forma a este librito, como si fuera continuación -segunda parte- de aquel primero que habíamos elaborado juntos unos meses atrás y al que, sin haberlo pretendido, completa.

El libro al que me refiero es el titulado Pérdidas y comprensión. ¿Cómo vivir los duelos?[1] y vio la luz apenas veinte días después de la partida de Ana, si bien se hallaba ya impreso con anterioridad. Lo cual no ha dejado de intrigarme en este tiempo pasado. ¿Por qué el interés de Ana en que ese libro viera la luz justamente en ese momento, cuando de ninguna manera podíamos imaginar que la pérdida sería la suya y el duelo habría de vivirlo yo? ¿Fue una premonición? ¿Era una forma de prepararme para vivir lo que me iba a sobrevenir? Lo cierto es que Ana puso un especial interés en él, insistiéndome particularmente en que presentara guías de trabajo que ayudaran a vivir los duelos, para que las personas no quedaran atascadas en el dolor prolongado, complicado o enmascarado.

Al releer aquel libro, sigo considerando adecuado todo lo que en él se expresa. Sin embargo, no es menos cierto que, de escribirlo hoy, no sería igual. He aprendido en mi propia carne que una cosa es hablar del duelo y otra, bien diferente, sentirse traspasado por él. Y eso fue justamente lo que sentí en aquellas primeras semanas, un dolor que me atravesaba y desgarraba por dentro.

Si lo hubiera escrito hoy, sería un libro más personal y más experiencial. Porque no es lo mismo hablar de algo que conoces por referencias, aunque te hayas informado lo mejor posible, que hacerlo a partir de una experiencia vivida en primera persona. Y esto es precisamente lo que he querido ofrecer en estas páginas, en las que intento compartir lo que es un duelo vivido “desde dentro”, tratando de expresar por escrito aquellas experiencias que me han marcado de una manera tan honda.

No hay en este pequeño libro ninguna “teoría” acerca del duelo -sigo dando por válidas las reflexiones que contiene el anterior-, sino una especie de “diario” que fue recogiendo en vivo una experiencia personal, a la que me entregué en cada momento, tal como me era dada.  

A lo largo del texto se irán desgranando los elementos que iban tomando más relieve, pero ya desde esta misma introducción quiero subrayar dos de ellos que me resaltan de manera especial.

El primero es la sorpresa. Seguro que lo repetiré más de una vez, pero no puede ser de otro modo, ya que fui y sigo siendo el primer sorprendido por todo lo que se ha ido moviendo dentro de mí en solo tres meses. Si sorprendente, por inesperada y repentina, fue la partida de Ana, no lo ha sido menos todo lo que he ido viviendo a continuación. Y no me refiero tanto a la intensidad del dolor -nada difícil de entender-, cuanto a todo lo que fue surgiendo del mismo. He vivido en una sorpresa continua ante el modo como se me iba regalando sentir la presencia de Ana. Sorprendido por sus regalos y los efectos que producían en mí, no he podido sino rendirme a la evidencia de algo que nunca había buscado, ni siquiera imaginado, pero que se me imponía interiormente como una evidencia innegable. Porque la sorpresa no se refería únicamente a lo que se regalaba sentir; me he ido sintiendo igualmente sorprendido por la transformación que todo ello iba operando en mí, en mi vida cotidiana, en la relación conmigo mismo, en las relaciones interpersonales, en la actividad… Todas las dimensiones de mi existencia se fueron, sorpresivamente, impregnando de la presencia de Ana y transformando gracias a ella.

Nada de lo que aquí relato lo busqué de manera intencional; sencillamente, lo recibí. De ahí mi sorpresa constante, garantía de la verdad de lo que se me regalaba vivir. Y este es el segundo elemento que quiero recalcar: la enseñanza que Ana me estaba ofreciendo constantemente a través de lo que se me hacía experimentar. Siempre fue una gran pedagoga y hoy lo sigue siendo conmigo, fortaleciendo certezas, poniendo acentos, resaltando prioridades, aportando matices, subrayando actitudes, abriendo caminos, cuestionando comportamientos…, como si me fuera pasando las notas que plasmaba en sus habituales cuadernos de trabajo, con aquellos lápices y bolis tipo fosforito que tanto le gustaban y tan útiles le resultaban.

Como quedará claro en su lectura, todo lo vivido en estos tres meses lo tomo como una profunda enseñanza que Ana me ha ido -y me sigue- regalando de manera continuada. Se trata de cuestiones que formaban parte de nuestras conversaciones habituales y que, sin embargo, en gran medida me han sabido a nuevas por dos motivos: en primer lugar, porque el dolor y el desgarro, ablandándome por dentro, me habían conducido a una situación única para poder aprender -de hecho, estoy viviendo todo este proceso, desde su inicio mismo, como un aprendizaje continuo, queriendo aprender de todo lo que me iba sucediendo, tal como Ana repetía siempre: “¿Qué tenemos que aprender de esto?”– y, en segundo lugar, según he expresado antes, por la carga de sorpresa con que llegaban hasta mí.

Insisto en la sorpresa, no solo porque el modo de sentir la presencia de Ana me tomó totalmente desprevenido, sino porque considero que la sorpresa es señal de no apropiación. Puedo controlar lo que elabora mi mente, porque lo voy dirigiendo yo mismo, pero la sorpresa se me escapa por completo. Y justamente ahí es donde veo un signo de verdad de lo vivido.

La sorpresa, como la intuición, no nace de la mente ni, por tanto, del ego. Simplemente, se constata. Así me ha ocurrido en todo este tiempo, en que no salía de mi asombro -y gratitud- a medida que constataba lo que se iba produciendo. En la gratitud permanezco, dejando que la vida sea y se exprese.

Zizur Mayor (Navarra), 16 de noviembre de 2023,
a tres meses de la partida de Ana.

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[1] Editado también por Desclée De Brouwer, Bilbao 2023.

«PÉRDIDAS Y COMPRENSIÓN. ¿CÓMO VIVIR LOS DUELOS?»

CONTEXTO

          Durante meses, con cuidado, esmero y un marcado interés pedagógico, mi querida Ana y yo nos dedicamos a preparar este libro, así como los encuentros en los que pensábamos ir desarrollando su contenido. Recuerdo la insistencia de Ana en que fuera un texto que ayudara a afrontar las pérdidas y que invitara a trabajar los duelos, para que las personas no quedaran “atascadas” en el dolor, sino que pudieran vivir tales situaciones como oportunidades de vida. Y me vuelve, una y otra vez, su pregunta ante cada situación difícil: “¿Qué tendré que aprender de esto?”.

          En todos aquellos meses estaba lejos de imaginar que la pérdida sería la de Ana y que el duelo habría de vivirlo yo. Una pérdida tan inesperada y repentina como brutal y violenta. Un duelo desgarrador en el que te sientes a punto de romperte por dentro. Y, sin embargo, una vez más, Ana tenía razón: “¿Qué tendré que aprender de esto?”.

          Si tuviera que escribir hoy este libro, sin duda podría transmitir vivencias personales de las que antes carecía: he aprendido bien que no es lo mismo hablar sobre el duelo que sentirse atravesado por él. Sin embargo, sigo considerando su contenido completamente válido y deseo que pueda ayudar a acoger las inevitables pérdidas y a vivir los duelos de manera constructiva, de cara a crecer en comprensión de lo que somos. Porque, en último término, eso es lo que se halla en juego: comprender que somos justamente aquello que nunca se puede perder. 

A Ana.

No es el cambio lo que produce sufrimiento, sino tu resistencia a él.
Buddha.

Me habría ido al fondo, si no hubiera ido al Fondo.
Søren Kierkegaard.

CONTRAPORTADA

Todo se ventila en la comprensión de lo que somos. Sin ella, naufragamos en la ignorancia, nos perdemos en la confusión y nos hundimos en el sufrimiento. ¿Qué tener en cuenta para que las pérdidas, no solo no nos hundan en el sufrimiento, sino que puedan abrirnos las puertas a la comprensión?

Si no queremos que envenenen nuestra existencia, con su carga de frustración, dolor y rabia, las pérdidas de todo tipo -de salud, de afectos, de dinero, de creencias o ideas muy arraigadas- requieren vivir un duelo consciente y lúcido. Solo así, sin negar el dolor que conllevan, pueden resolverse adecuadamente.

El autor analiza la inevitabilidad de las pérdidas, a la vez que muestra cómo vivir el duelo de las mismas, sorteando las trampas más frecuentes y proponiendo las actitudes más constructivas. Así vividas, las pérdidas se convierten en oportunidades de comprensión y de crecimiento, incluso en ganancia, regalándonos claves fundamentales para nuestro vivir cotidiano.

Editorial Desclée De Brouwer.

ÍNDICE

Introducción

1. Cuando llega la pérdida

Salud y muerte
Afectos y soledad
Dinero e inseguridad
Creencias y vacío de sentido

2. El proceso del duelo

No-evitación y no-identificación: la sabiduría de la aceptación
Las etapas del proceso
Trampas más frecuentes
Actitudes constructivas

3. Pérdidas, duelo y comprensión

Pérdidas y crisis: aprender a soltar
El duelo más allá de la razón
Vivir en la luz de la comprensión: dos claves o actitudes básicas
Primera clave: La Vida (la consciencia) es el único sujeto
Segunda clave: Decir sí a lo que viene

Epílogo: La sabiduría y el poder de la gratitud

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INTRODUCCIÓN

Dad palabras al dolor. La desgracia que no habla murmura en el fondo del corazón, que no puede más, hasta que le quiebra.
William Shakespeare.

De entrada, el término “duelo” aparece revestido de colores oscuros -hasta no hace mucho tiempo, el luto exigía un negro riguroso- y cargado de connotaciones negativas. Evoca pérdida y dolor. Y ambas realidades hacen aflorar nuestra vulnerabilidad, despiertan nuestros miedos y activan nuestras defensas. Y, sin embargo, una experiencia de duelo, elaborada de manera constructiva, puede convertirse en un momento decisivo de nuestra historia personal, en una oportunidad de comprensión y, por tanto, de liberación. Comprensión de lo que somos -más allá del dolor y de la pérdida- y liberación, tanto de la confusión o ignorancia que nublaba nuestra visión, como del sufrimiento inútil que envenenaba nuestra existencia.

Por extraño que pueda parecer, el ser humano tolera mal la pérdida. A pesar de que la evidencia cotidiana nos muestra de manera constante que todo el mundo de las formas es impermanente, solemos vivir absolutizando aquellas realidades a las que nos habíamos adherido, como si nunca las fuéramos a perder.

En lugar de reconocer la inexorabilidad de todo tipo de pérdidas y asumir de manera consciente el duelo que suponen, tendemos a rechazar lo evidente desde una actitud de resistencia, que no hace sino convertir el dolor inevitable en sufrimiento atormentado, tan inútil como estéril[1]. Y seguimos instalados en el rechazo de todo aquello que contraría nuestras expectativas, en guerra con la realidad, como si nuestro cerebro no admitiera la más mínima frustración. En cualquier caso, y sea lo que fuere de la programación cerebral, lo que parece innegable es el guion que rige el funcionamiento del ego y que puede formularse de este modo: “La vida tiene que responder a mis expectativas”.

Se trata, obviamente, de un guion marcadamente egocéntrico y narcisista que genera y alimenta una baja -o nula- tolerancia a la frustración. Pero en tanto no se desenmascare su engaño, no habrá salida posible, ya que, detrás del mismo, se da otro fenómeno que va a condicionar todo el proceso: nuestra identificación con el mundo de las formas.

Llamo “formas” a todo tipo de objetos -externos o internos, materiales o mentales/emocionales- que podemos observar. Pues bien, desde el inicio mismo de nuestra existencia se va produciendo una identificación con ellas: con el propio cuerpo, con los objetos que apreciamos, las relaciones, las emociones, los pensamientos… Una vez establecida esa identificación, es inevitable que la pérdida de cualquiera de esos objetos se vea como amenaza a la propia seguridad y, en último término, como muerte del yo. Al ver desaparecer aquello donde había puesto mi identidad, creeré que es mi propia identidad la que se va a diluir. No es extraño que, tras esa lectura, aparezca con fuerza la rebeldía violenta, la frustración amarga y el terror al vacío.

El hecho de que la impermanencia sea la ley que rige el mundo de las formas pone de manifiesto que el cambio y la pérdida, en todos los ámbitos, son consustanciales a ese mismo mundo. Antes o después, iremos perdiendo todo lo que hemos valorado.

Ante ese dato, quedamos inevitablemente inermes: tanto la impermanencia como la pérdida son inexorables. Y el dolor será, a lo largo de la existencia, nuestro inseparable compañero de camino. Carecemos de poder para impedirlo. Sin embargo, eso no significa que estemos condenados a la resignación estéril. Nuestro poder radica en el modo como vivir las pérdidas, es decir, en la manera como vivimos el duelo.

El duelo puede vivirse como una experiencia de desolación o una oportunidad de comprensión y de liberación. ¿Cómo acoger las pérdidas y vivir los duelos de una manera constructiva? Esta es la cuestión decisiva, ya que la misma circunstancia puede desembocar en hundimiento o en liberación. Y este es el objetivo del presente escrito: ayudar a vivir el inevitable duelo del modo más constructivo.

La vivencia adecuada del mismo comportará prestar atención a nuestro doble nivel: psicológico y espiritual. Lo cual se habrá de concretar en las claves y herramientas necesarias para vivir de manera constructiva todo el proceso generado por cualquier tipo de pérdida.

Será necesario atender nuestra dimensión psicológica teniendo en cuenta el propio proceso del duelo. Y será igualmente necesario e imprescindible iniciar un camino de indagación y de experimentación -ese es el camino espiritual- para liberarnos de la ignorancia que se halla presente siempre en todo sufrimiento.

Es la ignorancia la que nos lleva a atribuir a las formas -cuerpo, afectos, bienes, creencias…- una valoración desajustada. Y es también la ignorancia la que nos hace poner en ellas -de manera consciente o inconsciente- nuestra identidad. Pero, ¿no cambiaría algo decisivo si fuéramos capaces de ver las formas en su valor real y si reconociéramos que nuestra identidad no se ventila en ellas? ¿No viviríamos la pérdida y el duelo de otra manera?

He nombrado los elementos que, de un modo u otro, se conjugan en la experiencia del duelo: impermanencia, pérdida, apego, frustración, vulnerabilidad, necesidades, miedos, ignorancia, sufrimiento, comprensión, liberación… Todo ello habrá de ser afrontado en estas páginas.

El objetivo es aprender a acoger todo lo que nos ocurre como oportunidad para crecer en comprensión de lo que somos y vivirnos en coherencia con ello, desde una serena y gozosa libertad interior. ¿Cómo nos situamos ante el hecho de la impermanencia?, ¿cómo vivimos las pérdidas?, ¿cómo afrontamos la frustración?, ¿qué hacemos con los inevitables duelos?… Las respuestas a todas esas cuestiones habrán de pivotar -no podría ser de otro modo- en torno a la comprensión de lo que realmente somos.

Por lo que se refiere a la forma, opto en esta ocasión -como en otros libros anteriores- por el tipo diálogo. Tal formato me permite recoger de un modo casi literal las cuestiones que me plantean con más frecuencia, a la vez que favorece avanzar en la exposición de los temas, volviendo sobre aquellos puntos que pudieron quedar no suficientemente desarrollados. Confío en que dicho formato haga el texto más accesible y, en consecuencia, facilite su comprensión.

Finalmente, deseo expresar mi gratitud a José Joaquín López-Hermoso quien, al saber que estaba elaborando este tema, me hizo llegar su “Trabajo Fin de Máster”, que me aportó valiosas referencias[2]. Muchas gracias.

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[1] El psicólogo David RICHO, Las cinco cosas que no podemos cambiar. Y la felicidad que hallamos cuando lo aceptamos, Neo-Person, Madrid 2013, habla de “cinco cosas o hechos en nuestras vidas que no podemos cambiar y que luchar contra ellos, no aceptarlos, nos hace infelices”. Estos cinco inevitables determinismos o leyes inmutables de nuestro existir son: la primera, que todo cambia y acaba. La segunda, que las cosas no siempre suceden como las habíamos planeado. La tercera, que la vida o las cosas no siempre son justas. La cuarta, que el dolor forma parte de la vida. Y, la quinta, que la gente no siempre es amorosa y leal.

[2] J.J. LÓPEZ-HERMOSO, El duelo amoroso. La ruptura sentimental en la pareja. Herramientas para el counsellor. Trabajo final de “Máster en Intervención en duelo”, Madrid 2019 (inédito).

«PROFUNDIDAD HUMANA, FRATERNIDAD UNIVERSAL. LA ESPIRITUALIDAD NO-DUAL»

A Ana, compañera de vida, admirando su profundidad y su capacidad de amar.

A Ecequiel Subiza, Txemi Pérez y Josu Erro, compañeros de camino en esta nueva andadura.

Dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre. Ese algo es lo que somos
José Saramago.

La filosofía sapiencial no tiene como objetivo proveernos de teorías o de modelos mentales; no nos invita a cambiar unas creencias por otras; nos propone situarnos en ese fondo lúcido donde radica nuestro sentido del bien, de la belleza y de la verdad
Mónica Cavallé.

CONTRAPORTADA

Para sorpresa general, la espiritualidad es un valor en alza. Pero en realidad, la emergencia espiritual de la que somos testigos no resulta algo extraño: liberada de lastres del pasado y de superficialidades postmodernas, espiritualidad es sinónimo de profundidad humana y, por tanto, de fraternidad universal. Se trata de una espiritualidad sin adjetivos que no deja nada fuera, sino que lo abraza todo.

Así entendida, la espiritualidad no se refiere a algo que pudiéramos tener –una cualidad o actitud–, sino que nombra aquello que somos en lo profundo, a la vez que nos propone el modo de reconocerlo. En diálogo con los críticos de la que llaman nueva espiritualidad, el autor, aun reconociendo los riesgos que la acechan y que es necesario detectar con lucidez, trata de clarificar rigurosamente sus contenidos y de mostrar la profunda riqueza que encierra.

 El desafío espiritual consiste en comprender lo que somos y buscar modos de compartirlo, celebrarlo y hacerlo operativo para dejarnos transformar por ello, personal y colectivamente. Solo la verdad libera, solo la comprensión transforma.

Editorial Desclée De Brouwer

ÍNDICE

Prólogo: Un salto de consciencia, de Javier Melloni
Prefacio: La generación del deshielo, de Ecequiel Subiza

 Introducción. Espiritualidad: comprender lo que somos

  1. La espiritualidad a debate

La “nueva” espiritualidad
La paradoja
El yo
La no-dualidad
La teoría transpersonal
La sutil trampa teísta
Dios y el misterio último de lo real
La salvación
Fraternidad y compromiso
El equívoco de partida que da lugar a la pseudo-espiritualidad
“Dios (y el compromiso) en tiempos líquidos”

  1. Profundidad humana: una espiritualidad sin adjetivos

El regreso a casa: experimentar la plenitud, dejarse transformar
Un camino de integración: paz y dinamismo
El amor como certeza y la vivencia de la unidad
Un test verificador: gozo, confianza y entrega
Fluir y comprometerse: la libertad de vivir diciendo sí a la vida
No-dualidad: el abrazo de trascendencia e inmanencia
El silencio, puerta a la profundidad
Vivir en el Testigo: el momento decisivo en el camino espiritual

  1. Fraternidad universal: el territorio compartido

La trampa del narcisismo
La dimensión relacional
La profundidad es amor
Compasión: poner amor donde hay dolor
Compromiso: el amor hecho acción
Política: transformar las estructuras para favorecer la vida
No-dualidad y cuidado de las víctimas

Epílogo. Favorecer el diálogo

Anexo 1. Alienación y negocio: las trampas de la espiritualidad

Anexo 2. Ciencia y espiritualidad

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PREFACIO
La generación del deshielo

 Ecequiel Subiza

Los nacidos, mujeres y hombres, hacia la mitad del siglo pasado formamos una generación especial. Es la que ha pasado de vivir entre penurias y ataduras de todo tipo en los años cincuenta, a instalarse en el cambio. Si hoy hablamos de una sociedad y de una forma de vida líquidas, podemos afirmar que nuestra generación ha sido el deshielo que la ha hecho posible.

No sé si, en aquellos años, se plantaron semillas de futuro o si empezaron a despuntar las flores germinadas en el sufrimiento tremendo de las guerras de la primera mitad del siglo.

En todo caso, somos la generación del cambio: para muchos de nosotros y nosotras, la fecha clave es mayo del 68, que centra en la revuelta de París las ansias y anhelos de aquella juventud que afirmaba: “seamos realistas, pidamos lo imposible”.

Los años sesenta son ricos en acontecimientos significativos:

  • La religión católica, fundamental en esta parte del mundo, se había visto sacudida por el Concilio que acabó en 1965 y que fue “convenientemente domesticado” en las décadas posteriores.
  • Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Albert Camus, entre otros muchos, impulsaban el existencialismo como filosofía que confrontaba la existencia con la esencia.
  • El ruido de los tanques en una noche de agosto del 68, tan estremecedoramente narrado en la película “La insoportable levedad de ser”, rompía la Primavera de Praga y con ella el sueño de un socialismo real más consecuente.

Hubo muchos autores, sobre todo teólogos protestantes, que reflexionaban sobre el cambio que se abría camino. Harvey Cox publicó en 1965 su obra “La Ciudad secular”, que alcanzó ventas superiores al millón de ejemplares. El paradigma de la secularización, que nace en estos momentos, tiene en su germen mucho de lo que hemos vivido décadas más tarde con la evolución de lo religioso. Una visión del mundo está decayendo, fruto de la diferenciación y autonomización de la sociedad y la religión. Empieza a descender el número de creyentes y de practicantes de la religión. Se desvía, a nivel social y cultural, la atención del mundo sobrenatural hacia el interés por los asuntos de este mundo.

H. Cox dice al principio de su obra: «El surgir de la civilización urbana y el colapso de la religión tradicional son los dos mojones principales de nuestra era; son también movimientos íntimamente ligados». Es lo que Bonhoeffer llamó, ya en 1944, «la mayoría de edad del hombre».

La sociedad, el mundo, ya no estaban bajo la tutela y/o vigilancia de la religión, de las iglesias, y por eso nos preocupaba y mucho lo político y todas las causas que en ello se juegan. Y junto a nuestros libros de teología, ya bastante plurales, empezamos a estudiar sociología, marxismo, a valorar todas las revoluciones posibles, a perseguir todas las causas nobles que creíamos podían ayudarnos a cambiar el mundo. Todo ello formaba parte de la utopía, el mundo nuevo que, aunque inalcanzable, era el motor de la vida.

En las paredes de la colina de Montmartre de París, se podía leer “Dieu est noir et femme”. Afirmar que Dios no pertenece a la raza blanca o al género masculino, puso en solfa la imagen imperturbable de Dios que hasta entonces teníamos. Creo que esta relativización de lo que puede ser Dios es decisiva para entender el declive, incluso la desaparición, de las religiones.

Se confirmaba la muerte de Dios anunciada por Nietzsche. Al menos del dios del mito, del dogma, del dios antropomorfo, del dios administrador de nuestras vidas y dueño de nuestros destinos.

Vivimos con estas pasiones, con estos anhelos, nuestra mejor juventud.

Muchos de nosotros, en aquellos momentos, optamos por seguir en la Iglesia o al menos en los aleros de su tejado, tratando de combinar las nuevas ideas, los nuevos conceptos con el compromiso social y político en sus muchas facetas.

El lógico sucederse de las estaciones cambió en este momento y tras la primavera no llegó el verano, vino el invierno. En lo religioso se produjo una involución. Duró años. Iniciada ya la segunda década del siglo XXI no se ha superado del todo. Se desactivaron los frutos del cambio conciliar y se sofocaron todos los movimientos o doctrinas que impulsaban el cambio, la liberación, la salvación integral de las personas.

Pero hace como diez, quince o veinte años, primero soñamos y después nos pusimos a ello: podíamos salir del letargo, de las dependencias, de las alienaciones, si dábamos los pasos adecuados. Así lo vivimos al menos en muchos ambientes del sur de Europa. Había que tirar el agua sucia de la bañera.

A nivel más local, puedo atestiguar que muchos y muchas evolucionamos hasta dar el paso y abandonar la Iglesia. Pero el anhelo y nostalgia estaban bien vivos. Necesitábamos nuevas claves interpretativas, renovar nuestra cosmovisión, incorporar los nuevos conocimientos, reinterpretar el humanismo, la salvación, la historia, el cambio social.

Silencio, contemplación, meditación sobreviven en formas no tan alejadas de las anteriores. La búsqueda se hace interior, personal, en el pequeño grupo como máximo. Empezamos a leer y escuchar distintas voces. Y a meditar…

Ahí, precisamente ahí, la vida nos presentó a Enrique Martínez Lozano: con paciencia, con respeto, nos fue hablando de la comprensión y la compasión, de la Realidad, de la no-dualidad, de lo transpersonal. Poco a poco, en un despertar, prolongado o no en el tiempo, las creencias se fueron sustituyendo por la reflexión sobre nuestra identidad humana y la experiencia personal de la misma.

Se alumbra entre nosotros, en libertad, una nueva forma de entender la vida en profundidad. La salvación, tan ansiada, ahora es sencillamente comprensión de lo que somos. Nuestra identidad es común. “Somos distintos, pero somos Uno”, es la clave.

Enrique entreteje psicología con espiritualidad y lo hace vida en su propia vida de cada día. Se podrán discutir sus propuestas, pero las avala con su vida. Va moldeándose a sí mismo en base a lo que descubre en su indagación interior.

Frente a muchas de las propuestas actuales, Enrique no quiere erigirse en maestro ni forma en torno a sí grupos o movimientos especiales. Ni escuelas de ningún tipo. Tampoco su actividad busca alojo en la “industria de la espiritualidad”. Vive alejado del dinero y de sus prebendas. Atento a la Realidad y la Vida, va evolucionando. No se estanca en los pasos dados o en los caminos recorridos.

En este sentido, creo que el libro que nos presenta ahora Enrique aporta nuevos hitos en el ya largo camino recorrido. Hay palabras que se van enriqueciendo y otras logran su sentido más pleno. Es el caso de la palabra “paradoja”, que adquiere centralidad como dimensión básica de lo real. Pero más importante es la definición de espiritualidad. Ya teníamos asumido que no hay distintas espiritualidades. Hay distintas religiones, distintas ramas en cada religión, distintas tradiciones de sabiduría, pero espiritualidad solamente hay una. Y no es un campo de la inteligencia. Es mucho más que la “inteligencia espiritual”.

El problema es que la palabra “espiritualidad”, por su acumulado uso histórico, se ha hecho muy polisémica y genera equívocos. Se ha tratado de sustituirla por otras más adecuadas, cayendo, a veces, en casi definiciones.  Por todo ello nos parece acertado que Enrique utilice como sinónimo la palabra “profundidad”. Su uso, sin duda, acota mucho mejor cuanto queremos decir cuando hablamos de espiritualidad.

Pero este libro nos fija otros términos que ya nos eran urgentes. Y me fijo, por brevedad, solamente en tres: política, compasión y víctimas.

Nosotros, los del 68, los que fuimos militantes de base en la misma Iglesia o en otras organizaciones sociales, no nos habíamos olvidado de lo político.

La profundidad es compasión, es amor. Pero el amor tiene, siempre ha tenido, una dimensión social y universal. No tiene límites espaciales. Por eso el amor se hace compromiso cuando se transforma en acción y en acción política.

La intuición, la certeza de la unidad transpersonal, del Uno que somos, nos impulsa hacia la igualdad. Pero para que la igualdad se transforme en fraternidad son necesarias la justicia y la libertad. Y eso es política. La política denostada por muchos, entre otros por la propia Iglesia, como algo negativo.

“Todo otro es, en realidad, no-otro de mí”, afirma Enrique. No hay nadie que nos sea ajeno.

Este libro que vamos a leer es fruto de una apuesta por el diálogo con quienes, desde posiciones religiosas, afirman que la espiritualidad no-dual se olvida de la política, del bienestar social, de las víctimas al fin. Es cuando menos curioso, desde nuestro punto de vista, que lo hagan desde dichas posiciones.

Ojalá que la iglesia católica se abriera a un diálogo sincero con las nuevas formas de entender la vida en general y la humanidad en particular.

No, no nos olvidamos de las víctimas. En la no-dualidad muchos hemos encontrado una interpretación plausible del dolor, del sufrimiento y de lo que cada día viven las víctimas.

El ser humano vive entre el anhelo y la memoria. De la fusión de ambas cosas surge la nostalgia del futuro, la emoción que nos trae el pre-sentimiento de nuestra casa.

Por eso, desde la no-dualidad, desde la espiritualidad o profundidad laica, seguimos pidiendo lo imposible: Igualdad, justicia, libertad, fraternidad, paz.

Por este orden.

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INTRODUCCIÓN
ESPIRITUALIDAD: COMPRENDER LO QUE SOMOS

El ser es uno solo. Los sabios le llaman de muchas maneras
Rig Veda.

El camino espiritual es un camino de comprensión[1]. No me refiero a un conocimiento meramente conceptual ni, mucho menos, a elucubraciones mentales; no se trata de ideas, conceptos o creencias acerca de la realidad, sino de una comprensión experiencial o vivencial de la misma. De hecho, la comprensión nunca se produce en la mente: no solo porque esta es incapaz de atrapar la verdad, sino porque no puede ir más allá de barajar opiniones escuchadas a otros y elaborarlas de un modo en apariencia distinto, pero nunca realmente creativo. Por eso, llamamos “erudita” a la persona que posee muchas “cartas” y gran destreza para barajarlas. La erudición -dijera Macedonio Fernández- es una forma aparatosa de no pensar. Pero la sabiduría o comprensión es otra cosa.

Si la erudición nace de la mente, la comprensión es hija del silencio. Y la persona sabia es aquella que, erudita o no, vive más allá de la mente, en el no-pensamiento, saboreando con inmediatez y expresando en su existencia la verdad de lo que somos. Ese es, decía al inicio, el camino espiritual. Y dada la importancia de esta cuestión y todo lo que se ventila en ella, trataré de plantearla a partir de algunos interrogantes.

¿Qué es la comprensión experiencial? Es una comprensión que no se adquiere a través del razonamiento, el análisis o la reflexión, sino más bien al contrario, gracias al silencio de la mente. Supo verlo con lucidez Krishnamurti, como todas las personas sabias, cuando dijo que solo una mente en silencio puede ver la verdad, no una mente que se esfuerza por verla, añadiendo que solo cuando la mente está libre de ideas y creencias, puede actuar correctamente.

La comprensión brota de la sabiduría de una manera directa, en forma de intuición; nos sorprende por su novedad; a diferencia de la reflexión, es siempre creativa y transforma nuestro modo de ver y de actuar. Lo cual no niega la necesidad de un trabajo psicológico sobre uno mismo, para integrar lo comprendido y para hacer posible la transformación de nuestro psiquismo. Y tampoco descuida el papel de la mente, para conceptualizar y compartir lo comprendido y ejercer como razón crítica frente a posibles engaños. Pero la fuente de la transformación es siempre aquella comprensión profunda.

¿Cómo acceder a la comprensión experiencial? En ocasiones aparece como regalo inesperado y sorprendente, mostrando la plenitud de lo real y transformando nuestro antiguo modo de ver. Es probable que se refiriera a ello Juan de la Cruz cuando escribía de forma poética: Por toda la hermosura, / nunca yo me perderé, / sino por un no sé qué, / que se alcanza por ventura. A ese tipo de experiencias se refieren expresiones como despertar espontáneo, samadhi, satori, éxtasis, iluminación, experiencia mística o transpersonal… Lo que se produce ahí es una suspensión del pensamiento, la sensación de que se descorre el velo de la mente y aparece la percepción nítida, amorosa y gozosa de la unidad plena de todo lo que es. Más allá de las formas a las que estamos acostumbrados –en ellas se mueve la mente–, en la comprensión se muestra el fondo último que las sostiene y las constituye. En un siempre pálido intento de poner nombre a lo que ahí se percibe –uno sabe lo que ha vivido, aunque luego se siente absolutamente incapaz de expresarlo-, me vienen las palabras de alguien que vivió una de esas experiencias: Perfecta Brillante Quietud[2], un estado de plenitud y de amor.

Pero aun sin una experiencia de ese tipo es posible crecer en comprensión a través de un trabajo de indagación y de experimentación. Por el primero de ellos, me pregunto ¿qué soy yo?, y voy descartando todas las respuestas que aparezcan: todas ellas no serán sino contenidos de consciencia (objetos) de los que soy consciente. Y es claro que yo no soy un contenido (objeto), sino Eso que es consciente de los contenidos. Esta tarea de indagación constituye un camino privilegiado para avanzar en la comprensión de lo que somos en profundidad.

Por su parte, lo que he llamado “trabajo de experimentación” constituye, desde mi punto de vista, una práctica espiritual profundamente transformadora, que invito a vivir como si se tratara de un experimento. Cualquier circunstancia que nos suceda podemos vivirla, bien desde la creencia de ser un yo separado –identificándome con el yo particular-, bien desde la intuición de que, en lo profundo, no somos ese yo, sino Eso que es consciente –en psicología transpersonal se hablaría del Testigo-. La propuesta es simple: experimenta por ti mismo qué es lo que ocurre en un caso y en otro. En un ejemplo: imagina que un hecho concreto o una noticia inesperada te afecta intensamente, generándote una gran inquietud. Una vez reconocido el impacto emocional, tienes dos caminos: vivir todo ello desde el yo o, tomando distancia del yo, vivirlo desde el Testigo. ¿Qué ocurre en un caso y en el otro? Es probable que si lo vivo desde el yo termine inundado por la inquietud y, en consecuencia, a merced de la propia sensación que ha tomado el mando. Por el contrario, si doy un “paso atrás” de la mente y me sitúo en el Testigo, puedo descubrir que Aquello que soy en profundidad se halla a salvo aun en medio de la situación más difícil. Aquí no hay creencias ni autosugestión, sino experimentación.

Junto con esos caminos –experiencia regalada, indagación y experimentación-, la práctica del silencio, empezando a saborear “eso” que queda cuando no ponemos pensamiento, se revelará como el ejercicio espiritual por excelencia. No se trata de buscar ni de perseguir nada, sino de retirar el velo que nos impide ver. Dado que ese velo no es otro que nuestra identificación con –reducción a– la mente, el camino adecuado pasa por entrenarnos en silenciar el pensamiento y permanecer en el estado de ser que ahí se muestra.

¿Qué nos aporta la comprensión experiencial? La trampa primera en la que solemos caer cuando queremos conocernos a nosotros mismos es conformarnos con un conocimiento de “segunda mano”, es decir, asumiendo como propio lo que otros nos han dicho. Frente a ello, el reto al que se ve expuesta la persona que realmente busca la verdad queda expresado en estas palabras de Mónica Cavallé: ¿Descanso en mis propias comprensiones o, en cambio, tiendo a cimentar mi camino interior sobre conocimientos de segunda mano?

Pues bien, la comprensión experiencial nos aporta lo más importante a lo que podemos aspirar: despertar a nuestra verdad y saber lo que somos. Porque, como se lee en el evangelio apócrifo de Tomás, sin esa comprensión no hay verdadero conocimiento: Jesús dice: “Quien lo conoce todo, pero no se conoce a sí mismo, no conoce nada” (EvT 67). Hasta que no sepa qué soy no podré saber cómo cambiar el mundo.

La comprensión nos regala la respuesta a la primera y decisiva pregunta, de la que pende todo lo demás: ¿qué soy yo? Más allá de lo percibido por la mente –la forma o persona en la que nos estamos experimentando–, la comprensión nos conduce a reconocer nuestra identidad profunda, el fondo que compartimos con todos los seres. Por ese motivo, porque es compartido, en esa misma luz se hace patente el fondo de la realidad, dando la razón a la antigua inscripción que figuraba en el templo de Apolo en Delfos –Hombre, conócete a ti mismo y conocerás al universo y a los dioses– y al místico cristiano Maestro Eckhart cuando afirmaba que el fondo de Dios y mi fondo son el mismo fondo.

Lo que somos no puede ser conocido a través de la mente, porque esta no puede trascender el mundo de los objetos. Eso significa que, en esta empresa, el conocimiento por análisis y reflexión no nos sirve de mucho. Al no ser objeto, tampoco puede ser pensado ni nombrado. Lo que somos únicamente puede ser conocido porque lo somos… y somos conscientes de ello. Y es precisamente este conocimiento por identidad lo que nos regala la comprensión experiencial. Nos conocemos porque –y al hacernos conscientes de que– lo somos. Y siéndolo nos comprendemos y comprendemos lo realmente real.

¿Y qué es lo que somos? Aquello que está detrás o más allá –en realidad, infinitamente más acá– de cualquier objeto, externo o interno, que podamos percibir. Aquello que es consciente y estable: lo que permanece cuando todo cambia –lo real no cambia, lo que cambia no es realmente real–, pura consciencia o presencia consciente.

En esta comprensión, decía más arriba, se ventila todo: la liberación del sufrimiento mental, el gozo de saborear lo que somos, la relación con la realidad en clave de comunión, el modo adecuado de situarnos en la vida y la acción ajustada. Cuando se nos regala esta comprensión, todo encaja de manera luminosa. Continuarán pesando nuestras inercias mentales y nuestros condicionamientos psicológicos, que será necesario atender, y seguiremos teniendo errores en nuestro modo de expresarlo, pero la experiencia vivida ilumina ahora toda la existencia.

Debido a la insistencia en la comprensión, como realidad central y fuente de transformación y de acción adecuada, la espiritualidad así planteada suele ser tildada de gnosticismo[3], particularmente desde ambientes cristianos. Aun comprendiendo los riesgos que esa etiqueta busca prevenir, me parece que se trata de una crítica simplista e injusta –en realidad, todas las etiquetas lo son–, que olvida dos cosas: los diferentes significados del término gnosticismo y el contenido que la espiritualidad reconoce en la palabra comprensión. En cualquier caso, como vengo insistiendo desde el principio, la comprensión de la que hablamos no tiene nada que ver con lo mental y mucho menos con lo esotérico, tal como habitualmente se entiende este término. Se trata de una comprensión experiencial que permite ver en profundidad. Hasta el punto –esto explica su lugar absolutamente central– de que, en ausencia de la misma, estamos literalmente dormidos. ¿Y cómo podría actuar con acierto una persona que no ha despertado, sino que se mueve en la bruma confusa de sus sueños? Esto no significa afirmar ningún carácter elitista de la comprensión, como si fuera el don de algunos “elegidos”. Se trata, por el contrario, de una invitación y propuesta de trabajo de validez universal para despertar a lo que realmente somos. Una vez despiertos, todo sin excepción queda iluminado[4].

En este sentido he empezado afirmando que el camino espiritual es un camino de comprensión. Pero, ¿qué es la espiritualidad? El término “espiritualidad” hace referencia, no a una cualidad humana más, sino a nuestra dimensión más profunda, aquello que constituye nuestra verdadera identidad. Si no hubiera sido tan manoseada y, por ello mismo, desgastada, contaminada y tergiversada, la palabra espíritu podría resultar adecuada para nombrar lo que realmente somos. En su defecto, suelen utilizarse términos como consciencia, ser, vida, presencia… Si lo que realmente somos es espíritu -experimentándose en la forma de una persona[5]-, la espiritualidad -entendida también como inteligencia espiritual– constituye la capacidad de comprender lo que somos, conectar con ello y vivirnos desde ahí. Remite, por tanto, de manera directa e inmediata, a la profundidad humana, sin más adjetivos, e implica, igualmente, la capacidad de responder de manera ajustada a la primera pregunta: qué soy yo.

Se comprende que cada tradición religiosa e incluso cada grupo humano hayan querido ponerle su “apellido”; se comprende igualmente que, en época más reciente y a consecuencia del proceso de secularización, al lado de una espiritualidad religiosa, se hable también de una espiritualidad laica o incluso atea. Sin embargo, la espiritualidad genuina, aun valorando e integrando la riqueza que suponen todos esos matices, no necesita de apellidos ni de adjetivos. Sencillamente, llamo “espiritualidad” a la profundidad humana, que incluye la comunión –la fraternidad– con todos los seres. Así entendida, la expresión profundidad-fraternidad -en sus dos dimensiones o “rostros” absolutamente inseparables- constituye otro nombre para referirnos a nuestra identidad profunda.

En principio, la espiritualidad no tiene que ver con ideas, creencias, religiones ni dioses[6]. Tampoco es algo, una cualidad más de la persona. Es la misma profundidad humana. Se trata, por tanto, de una espiritualidad que, en principio, carece de adjetivos, dándose el caso de personas genuinamente espirituales –profundas y fraternales– que ni siquiera conocen ese término o incluso reniegan de él.

Tal como la entiendo y me siento llamado a vivirla, podría decir, recurriendo a una imagen espacial, que la espiritualidad –aquello que constituye nuestra identidad profunda– se despliega simultáneamente en la doble dirección vertical y horizontal. Lo vertical habla de profundidad y trascendencia; lo horizontal de fraternidad y comunión. Dicho brevemente: la espiritualidad es profundidad humana y fraternidad universal.

Puede sonar extraño que, sosteniendo que no necesita adjetivos, subtitule este libro como espiritualidad no-dual. Pero la expresión “no-dual” no quiere ser un adjetivo particular que contrapusiera una espiritualidad a otra –veremos más adelante que la no-dualidad no se contrapone a nada, abraza todo; si se presentara como opuesta a algo ya no podría hablarse de no-dualidad–, sino que busca expresar algo básico: la espiritualidad es una con la realidad, es lo que somos en profundidad.

Con todo, el hecho de que la espiritualidad se identifique con la profundidad humana no niega la necesidad de establecer prioridades o subrayar acentos en cada momento particular. Cada cual verá cuáles son esos acentos y prioridades. Por mi parte, considero que, en esta etapa de la historia humana, la espiritualidad ha de estar atenta de manera especial a aquellas situaciones en las que se ignora la profundidad y se ve amenazada la fraternidad. Me refiero, en concreto, a las cuestiones de la superficialidad o banalidad (la posverdad), del hambre, de la desigualdad, de la injusticia estructural, del lugar de la mujer y de la agresión a la naturaleza. Con otras palabras, desde la clarividencia que brota de ella misma, la espiritualidad ha de asumir de manera comprometida la lucidez crítica, la justicia, el feminismo y el ecologismo.

Para terminar esta introducción y enmarcar el conjunto del texto, necesito decir que este libro nació a raíz de la lectura de un cuaderno publicado por el Seminario de Teología de “Cristianisme i Justícia”, bastante crítico con algunos de mis planteamientos[7]. Viví la crítica como una posibilidad de enriquecimiento, con apertura y dejándome cuestionar. Y así fue. Salí enriquecido en varios aspectos: noté que crecía en mí la actitud de respeto sincero, la apertura humilde ante posicionamientos diferentes, la disponibilidad para aprender de ellos buscando la verdad y, gracias a las críticas recibidas, caí en la cuenta de que necesitaba expresar mi postura de una manera más clara y, en ocasiones, menos absolutista y más matizada. Este libro es el resultado de aquel “diálogo” honesto con quienes en gran medida discrepan de mis textos.

El libro aparece dividido en tres capítulos. En el primero, trato de plasmar por escrito lo que fue surgiendo en mí a medida que hacía la lectura del cuaderno citado. En los otros dos, presento la espiritualidad como sinónimo de profundidad humana y fraternidad universal. Aun consciente de que no cabe separación alguna entre ambas dimensiones, las abordo por separado únicamente por motivos pedagógicos. Finalmente, concluiré con un breve epílogo, centrado justamente en la importancia de cuidar y favorecer el diálogo, expresión también de la espiritualidad así entendida. A última hora, a raíz de algunas experiencias puntuales, me pareció oportuno introducir dos anexos: el primero se centra en dos grandes trampas en que puede y suele caer la espiritualidad; el segundo aboga por el diálogo lúcido y constructivo entre ciencia y espiritualidad, para avanzar en pos de un conocimiento integral que no olvide ninguna dimensión de nuestra realidad.

Y no quiero terminar esta introducción sin agradecer a Javier Melloni y a Ecequiel Subiza el regalo de sus palabras introductorias, testimonio espiritual de apasionados buscadores de la verdad.

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NOTAS:

[1] Con este término, que utilizaré a menudo a lo largo del texto, me refiero habitualmente a la comprensión experiencial, vivencial o profunda que nos permite responder adecuadamente a la pregunta qué soy yo (equivalente a qué es lo realmente real). En este sentido, comprensión equivale a sabiduría y sabe a no-dualidad.

[2] D. CARSE, Perfecta Brillante Quietud. Más allá del yo individual, Gaia, Madrid 2012.

[3] El gnosticismo –del griego gnosis: conocimiento– alude a todo un conjunto de corrientes filosófico-religiosas, de origen oriental o asiático, en auge en los primeros siglos del cristianismo, hasta el punto de que, en cierto modo, llegó a constituir una especie de atmósfera cultural que coloreaba todo el pensamiento de la época. Prometía un conocimiento misterioso y secreto que conduciría a la salvación. Tras una etapa de cierto prestigio entre los intelectuales cristianos, fue declarado herético. Contenía posturas filosóficas muy diversas; sus ideas tenían un carácter panteísta, sincretista, hermético, elitista y dualista. Hoy en día, se asocia habitualmente, de manera despectiva, al mundo de lo oculto, e incluso a la pura elucubración mental. Sobre el influjo de la tradición hindú en el gnosticismo cristiano: J. RIERA, El Jesús de la historia. Un acercamiento a través del evangelio de Tomás, Almuzara, Córdoba 2017, pp. 42-51. El mismo autor insiste, en otra obra, en las influencias que ejercieron las filosofías y religiones orientales –hinduismo, taoísmo, budismo, mazdeísmo, zoroastrismo– en Grecia y Medio Oriente en general, y en la tradición sapiencial y ética judeocristiana, en particular: J. RIERA, El otro legado de Jesús. Una lectura en clave oriental de la Carta de Santiago, Almuzara, Córdoba 2018, pp. 81-102.

[4] En realidad, dejando de lado tantísimas variantes y sus abundantes y exageradas elucubraciones mentales, en una síntesis escueta, el núcleo del gnosticismo podría resumirse en esta afirmación: La persona tiene acceso directo a la “salvación” personal o liberación y el camino es la comprensión (gnosis) de lo que somos. Afirmación que, así planteada, parece incuestionable. Porque si no se admite el camino de la comprensión, solo quedaría otro: el de la creencia (por la que creemos que lo que nos salva es…); creencias que suelen incluir mitos, como el de una salvación concedida por un ser celeste. Sin embargo, por más que durante mucho tiempo haya ocupado un lugar preeminente, cada vez vemos con más claridad que toda creencia no es más que un constructo mental y, en consecuencia, nada fiable. La comprensión, por el contrario, no se apoya en creencias, sino en la experiencia o en la indagación.

[5] Parafraseando la expresión atribuida a Pierre Teilhard de Chardin, podría decirse que, en nuestra verdadera identidad, no somos personas viviendo una experiencia espiritual, sino el espíritu viviendo una experiencia humana.

[6] He abordado más ampliamente toda esta cuestión en varios libros: La botella en el océano. De la intolerancia religiosa a la liberación espiritual, Desclée De Brouwer, Bilbao 2009; Vida en plenitud. Apuntes para una espiritualidad transreligiosa, PPC, Madrid 2013; Cristianos más allá de la religión. Cristianismo y no-dualidad, PPC, Madrid 2015; Vida, San Pablo, Madrid 2020. También M. CORBÍ, Hacia una espiritualidad laica. Sin religiones, sin creencias, sin dioses, Herder, Barcelona 2007.

[7] SEMINARIO TEOLÓGICO DE “CRISTIANISME I JUSTÍCIA”, Dios en tiempos líquidos. Propuestas para una espiritualidad de la fraternidad, Cristianisme i Justícia, Barcelona 2019. Disponible también en:

https://www.cristianismeijusticia.net/es/dios-en-tiempos-liquidos-propuestas-para-una-espiritualidad-de-la-fraternidad