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“El Evangelio lee nuestro anhelo”. Comentario al evangelio de cada día (Ciclo B – 2017/2018)

A Ana

Todo ser humano puede detectar en su interior la voz del deseo y la voz del Anhelo. El deseo es el lenguaje del ego: nace de la necesidad y se caracteriza por la ansiedad y la insaciabilidad; el Anhelo es expresión de la plenitud que somos y lleva la marca del gozo y de la gratuidad. Así, mientras la identificación con el primero tiraniza, el segundo nos conduce a casa.

Un texto es inspirado cuando nace del anhelo. Eso explica que el lector se sienta “leído” interiormente por él. Porque, en último término, todo texto de sabiduría y nuestro corazón dicen la misma cosa, porque en ambos es el anhelo quien se expresa.

A diferencia del deseo, siempre insaciable, con el anhelo ocurre una profunda y hermosa paradoja: al acogerlo se “disuelve”, porque nos hace descubrir, con tanta sorpresa como admiración, que somos justamente aquello que anhelábamos. Como decía Jesús, “el Reino de Dios está dentro de vosotros”.

Esto es lo que descubrimos en el evangelio: una palabra sabia que “lee” el anhelo humano y, de ese modo, desenmascarando posibles engaños y advirtiendo de las trampas que acechan, muestra el camino a “casa”, la misma que habitaba Jesús y a la que nombraba como “Padre” o como “Reino de Dios”.

El autor, al acompañarnos en esta lectura del evangelio, abriga el deseo cordial de que la palabra de Jesús produzca “resonancias” en nosotros y dinamice nuestro propio Anhelo, hasta descubrir, experimentar y saborear la plenitud que somos, y que queda expresada en una afirmación del propio Jesús, aplicable a todos nosotros: “Yo soy la vida”.

No busques la verdad, tan solo deja de mantener opiniones” (Xin Xin Ming).

No pasa / nada. Los ojos no ven, / saben. El mundo está bien / hecho” (Jorge Guillén).

“Aquí se puede ver el camino en lucha con la tierra, el amarillento acantilado, el castillo con sus portillos, sus crestas y sus muros. El camino se hace entonces afilado, y los pasos se incrustan en él cada vez más profundamente. El camino se mete en la tierra, pero lo detiene el desprendimiento de una colina entera. Le es necesario entonces saltar por encima para continuar su trazado un poco más adelante: el camino no olvida jamás su objetivo” (David Le Breton).

Yo ni siquiera soy poeta: veo. / Si lo que escribo tiene valor, no soy yo quien lo tiene: / el valor está allí, en mis versos. / No hay nada en todo eso que dependa de mi voluntad” (Fernando Pessoa). 

Realizarse es descubrir la verdad que soy detrás del error que vivo” (Antonio Blay).

Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria; el pez mayor los saludó con la cabeza y les dijo: “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?”. Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho; por fin, uno de ellos miró al otro y le dijo: “¿Qué demonios es el agua?”.

ÍNDICE

Introducción

Tiempo de Adviento

Tiempo de Navidad

Tiempo Ordinario

Tiempo de Cuaresma

Tiempo de Pascua

Tiempo Ordinario

Índice de las lecturas evangélicas

INTRODUCCIÓN

El ser humano se percibe a sí mismo como un ser anhelante. Dentro de la tradición cristiana, en un lenguaje teísta, Agustín de Hipona expresó esa percepción de un modo sublime: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

Sin embargo, parece necesario precisar a qué nos referimos cuando hablamos de “anhelo”. Porque suele confundirse con otros movimientos psíquicos y, sobre todo, porque una inadecuada comprensión del mismo puede confundirnos acerca de nuestra verdadera identidad.

El anhelo no es lo mismo que el deseo que nace de la necesidad. En un nivel relativo, el ser humano es pura necesidad; no es extraño, por tanto, que se sienta sacudido constantemente por deseos que tiran de él en diferentes direcciones. Ahí nos movemos. El riesgo aparece cuando, apropiándonos del deseo, nos reducimos a él. Porque, en ese mismo momento, desconectamos de nuestra verdadera identidad para convertirnos en marionetas movidas por las necesidades y los miedos.

El anhelo no tiene tampoco nada que ver con lo que podría ser la exigencia mental que nace generalmente del “yo ideal” o incluso del superyó. En virtud de ese mensaje, la persona se siente “impelida” a sacar adelante una acción determinada o a comportarse de un modo específico.

Esta doble matización orienta nuestra mirada hacia algo más profundo e interior que los meros deseos sensibles y las exigencias mentales. Pero todavía es necesaria una puntualización más para prevenir un engaño mucho más sutil, pero no menos peligroso.

Esta última trampa es la que hace conectar el anhelo –innegablemente experimentado- con una supuesta carencia original. Según esta lectura habitual, el ser humano es visto como –y reducido a- un yo particular, radicalmente necesitado, frágil y vulnerable, es decir, como un ser carenciado. Sin ningún cuestionamiento previo, se da por sentado que su “personalidad” constituye –es lo mismo que- su “identidad”.

Una vez que se asume como real esa visión, solo quedan dos caminos: la resignación, que ve la carencia como definitiva y califica al anhelo de ilusión engañosa, o la proyección, que sitúa la plenitud anhelada en el exterior y en el futuro, como “algo” que supuestamente nos completaría.

La primera es la lectura del ateísmo clásico; la segunda es la propia de las religiones teístas. En esta se inscriben las palabras de Agustín, citadas más arriba. A mi parecer, aciertan al afirmar que solo hay descanso en la plenitud, pero se equivocan al situar la plenitud “fuera”, proyectando en el exterior lo que realmente somos. Al hacerlo así, el “Dios” pensado secuestra nuestra verdadera identidad: lo que realmente somos, es arrebatado y proyectado en un Ente separado.

Eso explica que, para salir de esa trampa mortal, sea necesario abrirse al modelo no-dual de conocer(1). Desde él, es claro que somos plenitud –consciencia de ser, vida…-, por lo que no se trata de “perseguir” ningún objeto fuera, sino de caer en la cuenta y reconocer lo que siempre hemos sido.

Si no fuéramos plenitud, no nos dolería la carencia”, escribía Antonio Blay. Somos aquello que permanece cuando todo cambia. Y eso único permanente no es otra cosa que la consciencia de ser. Lo que ocurre es que no podemos captarlo pensando, debido a la naturaleza dual y separadora de la mente, sino atendiendo –acallando el pensamiento- y, finalmente, siéndolo.

Somos, pues, consciencia que se expresa en una forma particular –como “personalidad”-; plenitud que adopta una modalidad concreta. Si el error de base consiste en olvidar nuestra identidad y reducirnos a la forma, la sabiduría nos lleva a reconocernos en lo que realmente somos.

¿Qué significa entonces el anhelo? Tal como lo percibimos, sería sencillamente la expresión –o, si se prefiere, la “voz”- de la plenitud que somos. Dicho de un modo más preciso: el anhelo de vida y de plenitud obedece a la intuición de que, en realidad, uno es la Totalidad. Pero, cuando esa intuición se aplica a la sensación de identidad independiente, termina adulterándose y convirtiéndose en el deseo de poseerlo todo. Así, en lugar de serlo todo, uno se limita simplemente a tratar de poseerlo. Este es el fundamento de toda búsqueda de gratificación sustitutoria, la sed insaciable que padece todo yo independiente.

A partir del momento en que aparece la sensación de identidad separada, la sombra de la muerte será su inseparable compañera. Y no hay nada que el yo pueda hacer; por eso recurre a todo tipo de apoyos “externos” que contribuyan a aliviar el miedo a la muerte y consoliden el engaño de que el yo es inmortal. Pero todos ellos son objetos sustitutorios, del mismo modo que el yo independiente es un sujeto sustitutorio.

No hay modo de salir de esta trampa hasta que no reconocemos nuestra verdadera identidad. Al caer en la cuenta de ello, descubrimos también que, en realidad, anhelamos lo que ya somos. Con lo cual, se nos hace evidente que lo que nombramos como “anhelo” no es sino otro nombre de la plenitud. De ahí que no nos “lance” hacia fuera ni hacia el exterior, sino que nos ancle en nuestra auténtica “casa”. Y será entonces, una vez reconocida nuestra identidad, cuando la Vida –la plenitud- se exprese a través de nosotros, de una manera sabia y amorosa.

Si el anhelo expresa lo que ya somos, ¿qué sentido tiene acercarnos al evangelio? Hay un motivo sencillo: el evangelio –como todo libro “sagrado”, antiguo o moderno- y nuestro corazón dicen lo mismo. Porque en ambos se expresa la sabiduría atemporal que se halla en el origen y en el corazón de todo lo real. Sabiduría que no es diferente de la consciencia originaria y originante.

Esto requiere acercarse al texto evangélico, no como un anecdotario de la vida de Jesús, tampoco como un código moral o como un “catecismo” doctrinario, sino como un texto sabio que, precisamente por serlo, conecta con el corazón de cualquier ser humano que busca.

Y lee nuestro anhelo porque, del mismo modo que la consciencia –como la vida- es solo una, que todos compartimos y que en todos se manifiesta, la plenitud y el propio anhelo es siempre el mismo en todos los seres. Eso explica que, al acercarnos al evangelio, descubramos el anhelo que movía a Jesús –si bien expresado con palabras propias de la época- y caigamos en la cuenta de que no es diferente del que nos mueve a nosotros.

Este primer reconocimiento libera ya de cualquier riesgo de alienación, porque no se otorga la autoridad a un texto “ajeno”, por más “sagrado” que fuere, sino a la sabiduría profunda y única, que “resuena” en nuestro interior como propia, aunque haya sido “despertada” por las palabras de otro.

El anhelo, decía más arriba, es la vida misma que fluye a través de nosotros. Eso hace que lo sintamos dotado de un dinamismo poderoso, sabio y ajustado, que a la vez que nos ancla en lo que somos, nos conecta en la unidad con todo y busca desplegarse armoniosamente.

El anhelo, pues, no es “algo” ajeno ni separado, sino que constituye realmente nuestra “casa”, el lugar donde hacer pie, nuestra identidad. Y nos recuerda nuestra única certeza: la certeza de ser. De todo lo demás podremos dudar, cualquier otra cosa será impermanente; sin embargo, estemos como estemos y ocurra lo que ocurra, siempre permanecerá estable la certeza de ser.

Los comentarios que siguen quieren ayudar a comprender el mensaje del evangelio desde nuestro propio anhelo. Para experimentar que realmente lo que en él se dice lee nuestra propia vida y nos conecta a nuestra verdadera identidad, aquella a la que el propio Jesús se refería cuando afirmaba: “Yo soy la vida” o “El Padre y yo somos uno”.

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(1). Para una comprensión de lo que ello implica, remito a mis libros anteriores: Otro modo de ver, otro modo de vivir. Invitación a la no-dualidad, Desclée De Brouwer, Bilbao 22014; Cristianos más allá de la religión. Cristianismo y no-dualidad, PPC, Madrid 22015; así como a los comentarios del evangelio de los dos Ciclos litúrgicos anteriores: Otro modo de leer el evangelio. Comentario al evangelio de cada día (Ciclo C, 2015-2016), Desclée De Brouwer, Bilbao 2015; Guía para volver a casa. Comentario al evangelio de cada día (Ciclo A, 2016-2017), Desclée De Brouwer, Bilbao 2016.

“LA DICHA DE SER”. Prólogo e Introducción

cubiertaPRESENTACIÓN

          Sepámoslo o no, consciente o inconscientemente, en todo lo que hacemos y en todo lo que dejamos de hacer, los seres humanos vamos buscando la felicidad. Estamos programados para ello. A su vez, nuestra tarea más noble consiste en liberar del sufrimiento a los demás y ayudarles a ser felices.

            Sin embargo, con demasiada frecuencia, lo que nos ocurre es que erramos el camino, con lo que, no solo nos alejamos de la meta anhelada, sino que prolongamos e intensificamos el sufrimiento propio y ajeno.

La única salida pasa por la sabiduría, que no tiene que ver necesariamente con la erudición, sino con aquel saber sabroso que nace de saborear el secreto de la Vida y que nos regala la comprensión de nuestra verdadera identidad. Eso requiere, por nuestra parte, aprender a pasar de la razón al “conocimiento silencioso” (o trans-racional), de las creencias a la certeza, de la idea de separación a la experiencia de no-dualidad, de la confusión mental a la luminosidad consciente. En definitiva, se trata de acallar la mente y poner consciencia en todo lo que nos ocurre.

Eso es vivir con sabiduría. Y ahí se encuentra la clave de nuestra liberación y de nuestra felicidad: la dicha de ser. Porque, en último término, sabiduría y felicidad son la misma cosa.

Editorial Desclée De Brouwer

A Ana, por ser.

 “Los hombres despiertos no tienen más que un mundo,
pero los hombres dormidos tienen cada uno su mundo” (Heráclito).
“Si entiendes, las cosas son tal como son.
Si no entiendes, las cosas son tal como son” (Proverbio zen).
“Nadie se emborracha con la palabra vino. Nadie se quema con la palabra fuego”
(Dichos sufíes).
“Hay más cosas entre el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía”
(William Shakespeare).
“Toda verdad pasa por tres fases: primero es ridiculizada; luego, recibe una violenta oposición; finalmente, es aceptada como evidente”
(Arthur Schopenhauer).
“Los labios de la Sabiduría permanecen cerrados, excepto para el oído capaz de comprender” (Kybalion).
“Si las personas definen las situaciones como reales, estas son reales en sus consecuencias” (William Thomas).
“Cuando yo era Yolande, no veía el mundo, sino que veía mis pensamientos” (Yolande Duran-Serrano).
“No hay otro Dios que aquel de quien nada puede conocerse [pensarse] (Margarita Porete).
“Aprenderéis que todo era nada. Que todo se pasa. Y que solo Dios basta” (Palabras atribuidas a Teresa de Jesús).
“Deja de buscar… Déjate encontrar” (Nisargadatta).
La identificación con las creencias constituye el mayor obstáculo para abrirse a la verdad, porque toda creencia, del tipo que sea, nace de la idea (creencia) errónea de la separación.
En cualquier circunstancia, aquieta la mente y pon consciencia.

ÍNDICE

 Prólogo, de Vicente Gallego: Del pensamiento a la atención: vivir amando.

Introducción.

1. Resistencias ilustradas a la no-dualidad
Una constatación que me parece elocuente
Las resistencias más frecuentes
Los límites de la razón ilustrada
Trascender la mente: el despertar espontáneo y la práctica meditativa

2. Más allá de la razón valorada e integrada
El carácter multidimensional de lo Real
La pregunta básica y la única certeza
Integrar y trascender la Modernidad
Prepararse para ver

3. Conocer y vivir. ¿Para qué sirve el conocimiento?
Tres “tipos” de conocimiento
Conocer, una dimensión básica del ser humano
Conocer y vivir
Conocer para ser libres
Conocer para ser (conocer es ser)
Del conocimiento por análisis y reflexión al conocimiento por identidad. El modelo no-dual: solo conocemos cuando somos

4. Pensar, separa; atender, une. Cuidar la atención para vivir la unidad que somos
El funcionamiento de la mente y el nacimiento del yo
Riqueza y límites de la mente
Cuando el pensamiento ahoga la atención
Cuando se ve más allá de la mente
Sabiduría: quitar pensamiento, poner consciencia
El “secreto” de la vida: vivir en la consciencia de ser

5. Soltar para ser. La entrega que transforma y conduce a la plenitud
Una constatación inicial
Comprender el mecanismo de la apropiación
La sabiduría pasa por “soltar”
Vivir es aprender a soltar: el lugar de las crisis y del trabajo psicológico
Soltar, camino que transforma y conduce a la plenitud

6. La dicha de ser uno más
“Nadie” es dichoso
La compulsión por ser “alguien” o la necesidad de ser “especial”
Consecuencias de la pretensión de ser “especial”
¿Cómo salir de la trampa?
La resistencia a ser “uno más”
El camino de la dicha: soltar, entregarse.

aquello-que-somos

PRÓLOGO

DEL PENSAMIENTO A LA ATENCIÓN: VIVIR AMANDO

La primera vez que lo vi -coincidimos en unas jornadas sobre la aplicación de la no-dualidad a la vida cotidiana- no había leído nada suyo; sin embargo, me bastó con eso, con verlo ser y estar, y partirse de la risa porque sí, para entender cuál era toda su doctrina. Gratitud, confianza, con qué poca cosa tiene uno de sobra para pasárselo en grande en esta vida. Enrique no es un hombre cordial, es la cordialidad misma tomando forma humana, respondiendo en carne y hueso. Lo escuché luego hablar, compartir, ofrecerse. Hay quienes dan explicaciones, y los hay que funcionan por contagio. No es que le falte a Enrique claridad expositiva, pues argumenta con contundencia meridiana; es que sus argumentos verdean de júbilo, resultan infecciosos, ya que son pronunciados desde la vivencia de la gratitud sin causa. ¿Quién no sabe -así sea en ese fondo donde nunca se atrevió a mirar- que no hay nada de lo que preocuparse en realidad, que nada se gana ni se pierde realmente, y que todo viene dado? La palabra certera de Enrique Martínez -pero aún más su manera de decir, de celebrar, su continua acción de gracias- no cesa de recordarnos esa verdad de Perogrullo. En cuanto vemos claramente lo obvio: que el saco está roto, que no hay manera de sacar tajada ni en la tierra ni en el cielo, solo entonces la duración se extingue en la profundidad y, desde lo más profundo de la vida, surge un vivirse en el ser y no en el tiempo, en el amor y no en los intereses, que es como hemos aprendido a llamarles a nuestros demonios. Enrique, que nos quiere bien, lleva años sugiriéndonos que hallemos oído franco, que echemos un vistazo a ese fondo donde todo es nada, donde el yugo es suave y la carga ligera.

            Este libro que tienes entre las manos, querido lector, expone la falacia implícita en el uso de la razón cuando esta -pretendiéndose razonable y alzándose, sin embargo, como último criterio de verdad- niega todo aquello que queda fuera de su dominio. El asunto no es baladí, pues llevamos ya demasiados siglos padeciendo ese secuestro del corazón, que es donde reside el único entendimiento posible. La modernidad, al decretar la muerte de Dios -y por tanto de cualquier Dios conocido, creado por la razón propia de grupo-, estaba abriéndole la puerta -tras muchos siglos de dogmatismo y autoritarismo- al auténtico misterio del ser; pero en esa apertura venía agazapada una nueva cerrazón, una nueva creencia, que podríamos resumir de este modo: “todo aquello que no pueda reducirse a palabra y pensamiento es pura fantasía y resulta inoperante”. Se produjo así, inadvertidamente, el endiosamiento de la razón, y con él, no solo el paulatino olvido de la realidad, sino el olvido de ese olvido, como advirtió Heidegger. No es posible desde ahí entrar en contacto con lo real, puesto que, obviamente, las palabras y pensamientos no conducen sino a más y más de lo mismo. Y esto, aunque parezca mentira, es lo que hemos preterido por entero en cuanto intentamos discutir acerca de lo real. Lo real está aquí para ser encarnado, no para prestarse a vanas discusiones. El que no da con ello de inmediato, puesto que se trata de lo único que no está separado de nada ni de nadie, es porque ni siquiera se toma la molestia de mirar lo que tiene delante -y detrás- de los ojos, pues ha sido convencido de que ver consiste en percibir las cosas tal y como las presentan los hábitos y patrones heredados de pensamiento. No será el pensamiento, sino la atención, la que nos revele la naturaleza original de todo lo manifestado; este es el punto sobre el que Enrique insiste de muy varias maneras a lo largo de estas páginas. Así pues, hecho el diagnóstico: una hipertrofia ya secular de la razón en su torpe afán de encoger la realidad para meterla en la estrechez que caracteriza a todo lo inteligible, se nos receta la cura, que pasa por invertir el foco de la atención, de modo que se desplace desde su apego hacia los diversos objetos y contenidos psíquicos a un auténtico interés por sí misma, es decir, por la naturaleza del principio que entiende, que sabe que sabe, y que, por tanto, es uno y el mismo en todos, ya que esa capacidad simple de entendernos precede a todo lo inteligible como condición de base, como piedra angular.

            ¿Por qué no sincerarse, ceñirse los lomos y atenerse al principio consciente, allí donde todos somos uno en el ser y el comprender? ¿Por qué no contentarnos con “ser uno más”, en definitiva, pues no existe verdadera alegría fuera de esa humildad que, por otro lado, no es un logro de nadie, sino la naturaleza original de la conciencia? Esta es la invitación que encontraremos en la penúltima sección del libro, porque solo el “hombre verdadero sin ubicación ni rango” del que habla el maestro Lin-chi -que habita en cada uno de nosotros sin perder su identidad- es garantía de toda bienaventuranza. La mente, que padece la atávica ansiedad de darse forma -es decir, de afirmarse en la distinción y pasar por alto que ninguna acumulación de caracteres implica una diferencia esencial en el ser de todas las cosas- no querrá oír una sola palabra acerca de “ser uno más”, porque cree ver una limitación, una merma de sus capacidades expansivas, donde justamente se hace presente la total ausencia de límites. Mientras uno no es capaz de sentir el derroche de plenitud y piedad de este eterno instante, es fácil que sucumba una y otra vez a la tentación de perseguir metas: la realización personal, el prestigio, el yate, el placer, la consideración social, la paparrucha, en fin. Ahora bien, lo que tiene de bueno cualquier persecución es que pone muy pronto de manifiesto la futilidad de los objetivos que la ponen en marcha y alimentan, pues no existe logro capaz de saciar la sed que produce vivir entre falsedades. “Ser uno más”, parece sencillo, y lo es, tanto que no hay manera de serlo mientras ese uno siga empeñado en ser alguien en particular.

            Enrique habla en este libro de lo único concreto, que no es nunca lo visto y oído -ya que ahí nos condenamos a movernos en círculo sobre el terreno de la abstracción, el condicionamiento y las conjeturas-, sino el ver y el oír. Por poner un ejemplo, cuando hablamos acerca de una persona en concreto, ¿a quién nos referimos?, puesto que no hay manera de fabularla sin recurrir a un cúmulo de abstracciones. Pero, para hallar en nosotros lo concreto, ese principio uno que ve y oye -en una palabra, que entiende y es aquí y ahora-, es preciso “soltar” -como nos recuerda el autor constantemente-, soltar todo aquello de lo que nos hemos ido apropiando como parte de nosotros llevados por la inercia, por la credulidad, que equivale siempre a una falta de auténtica indagación. El que mira con profundidad en lo profundo ya no puede convivir con ninguna creencia; de la misma manera, aquel que ha cavado su propio pozo y ha probado el agua se negará a beber vinagre, aunque todos le aseguren que se trata de un vinagre muy aguado.

            Amigo, si sientes la necesidad de cavar tu propio pozo, de sincerarte, en este libro encontrarás las herramientas que te están haciendo falta. Lástima que no podamos meter en él a Enrique con su cordialidad arrasadora, o al menos una de esas carcajadas suyas que, respetando a todo el mundo, hacen temblar los moños del más crecido en sus engaños. Aquel que no está dispuesto a reírse de sí mismo y de sus cosillas en toda circunstancia es porque no ama de veras, ni siquiera a sí mismo, ya que se empeña en procurarse tan malos ratos. Todo esto, en realidad, es muy sencillo, nos está recordando Enrique bajo la apariencia filosófica de su discurso: en cuanto uno se siente amado por la vida que él mismo es, en cuanto llega a amar sin condiciones, todo queda resuelto antes de plantearse. “Que el amor es lo único real, / eso es cuanto sabemos del amor”, cantaba Emily Dickinson. He aquí, pues, el principio y el fin de toda doctrina.

Vicente Gallego.

certeza-de-ser

INTRODUCCIÓN

Todo se ventila en ser capaces de conocer y vivir lo que somos. A quien lo logra se le llama “sabio”. La sabiduría emerge en la persona que saborea el fondo último de lo Real, que es a la vez su propio fondo, y que únicamente puede conocerse cuando se vive.

Pero, en realidad, la sabiduría no es diferente de lo que llamamos habitualmente “consciencia”, que es el saber-que-sabe y que constituye aquel mismo substrato que se halla en el origen de todo lo que es. “Todo es consciencia; consciencia es todo lo que hay”, proclamaba Ramesh Balsekar. Y eso mismo es lo que manifiesta toda persona que ha vivido un “despertar espontáneo”.

            Solo la sabiduría –la consciencia o inteligencia creativa-, no la mente, es capaz de responder adecuadamente a la única pregunta que realmente merece la pena: ¿quién soy yo? Y solo la respuesta adecuada a esta pregunta, al situarnos en la verdad acerca de nosotros mismos, permite una comprensión de todo lo demás. Tenía razón la sentencia grabada en el templo de Delfos: “Hombre, conócete a ti mismo, y conocerás al Universo y a los dioses”

            Lo que pretendo con estas páginas es ofrecer pistas para responder más adecuadamente a aquella pregunta primera –¿quién soy yo?-, y avanzar así en el conocimiento de lo que somos, más allá de la idea que la mente ha elaborado acerca de ello. Es una invitación a vivir con sabiduría y, por tanto, a ser dichosos, bien consciente de que, para conocer y vivir lo que somos, necesitamos pasar de la mente a la atención. Solo desde la atención despierta –poniendo consciencia en todo lo que hacemos y sentimos- podremos percibir y vivir la no-dualidad en el trajín de la vida cotidiana.

El título evoca aquel otro del primer libro que escribí en 2003: “El gozo de ser persona”. Y el cambio en el título pone de manifiesto todo un proceso: desde una filosofía (y teología) personalista hasta la experiencia transpersonal. Sin renegar de los contenidos allí expresados, lo que se ha modificado de manera radical ha sido el “mapa” utilizado. Sin haberlo pretendido y ni siquiera imaginado, he sido conducido de la búsqueda del “gozo de ser persona” a la “dicha de ser”, de la identificación con la mente personalista a la experiencia transpersonal, de la creencia teísta a la espiritualidad no-dual.

Hoy es claro para mí –aunque comprendo que resulte incomprensible para quien se halla identificado con la mente y las construcciones mentales- que la “persona” es solo una forma concreta en la que se hace manifiesto “Lo que es”, y que nos engañamos peligrosamente cuando reducimos a ella nuestra identidad. Persona es lo que tenemos, pero lo que somos es Consciencia. No se trata, por tanto, si se entiende bien, de ser persona, sino sencillamente de solo ser, tal como lo expresaba de manera hermosa el poeta Jorge Guillén: “Solo ser. Nada más. Y basta. Es la absoluta dicha”.

            Solo ser; todo lo demás “se  nos dará por añadidura”. Esa y no otra es la sabiduría espiritual o sabiduría de la no-dualidad. Porque la experiencia transpersonal va de la mano de la no-dualidad: hay diferencias en todo lo que percibimos, pero no separación. Si bien la mente está diseñada para la separación, lo real no se halla separado. Todo es no-dos.

Para hablar, pues, de la dicha de ser, necesitaba empezar con una referencia expresa a la no-dualidad y, en particular, a las resistencias que percibo. Me habita la certeza de que, mientras sigamos absolutizando lo “personal”, seremos incapaces de abrirnos a la experiencia luminosa de lo que es (lo que realmente somos).

Creeremos incluso amar y entregarnos a los otros, pero al hacerlo desde el error de base que nos hace creernos separados de ellos, no conseguiremos sino prolongar la inconsciencia (ignorancia) y, con ella, el sufrimiento. Si amo, si quiero que todos sean felices, si quiero el despertar de los demás, el primer paso –imprescindible- es que despierte yo a la verdad de lo que soy: todos somos uno, y no existen otros fuera de mí. Porque no soy el yo separado frente a otros yoes –eso es solo parte del sueño-, sino la consciencia que todo lo constituye.

Mi presunta identidad individual o mi separación del resto de la humanidad (o del universo) es tan solo una falacia de mi mente. La persona –por decirlo con palabras de la doctora Ana María Oliva- es “únicamente un cruce entre informaciones del universo…, nada más que una acumulación temporal de energía”. Por lo que, si me identifico con ella, sufriré las consecuencias inevitables de la impermanencia. Cuando por el contrario despierto a lo que soy (somos), descubro que todo es luminosidad, libertad y plenitud.

            En torno a ese objetivo –contribuir al despertar para conocer y vivir lo que somos- se desarrolla todo el texto. Pero, antes de referirme expresamente a cada uno de los capítulos, me parece adecuado decir una palabra sobre su origen. En esta ocasión existe una doble génesis: por una parte, algunos capítulos -especialmente los dos primeros- tratan de recoger lo que surgió en mí, con una intención dialogante, como “respuesta” a las resistencias que percibo en sectores académicos y religiosos frente a la no-dualidad. Los otros, sin embargo, están más inspirados en el trabajo realizado con grupos en diferentes contextos. En cualquier caso, en este libro, puede que a diferencia de otros, cada capítulo tiene un grado de autonomía en sí mismo y contiene, de algún modo, la esencia del conjunto. Ello puede explicar que existan algunos ecos en ciertos contenidos que, debido a su importancia, he preferido mantener en los diferentes capítulos, dado que lo que se pone de manifiesto, una vez más, es que aunque los caminos y las formas de acercarnos a lo Real sean diversos, la experiencia genuina de Lo que Es –nuestra naturaleza original- tiene siempre un mismo sabor. 

Empiezo –como decía más arriba- haciendo referencia a las resistencias que encuentra el modelo no-dual, en especial por parte de quienes pueden hallarse más identificados con la mente, para mostrar el camino que nos conduce más allá de la razón integrada. Integrada, porque de ningún modo se trata de descalificarla, sino de reconocer su valor, asumir su riqueza y caer en la cuenta de que es trascendida en otro modo de conocer previo y no fragmentador. De esta manera, abordando las resistencias más frecuentes a la no-dualidad y colocando en su lugar a la razón ilustrada, he querido clarificar las bases sobre las que se asienta todo el desarrollo posterior.

A continuación, me detendré en la relación entre conocer y vivir (¿qué es el conocimiento?), para mostrar después cómo es la propia naturaleza separadora de la mente la que, en última instancia, hace imposible avanzar en el conocimiento de lo real. En el quinto capítulo, me detengo en una actitud que, aunque de entrada no lo pareciera, resulta fundamental para avanzar en el conocimiento y la vivencia de lo que somos: tanto para conocernos en nuestra verdadera identidad como para vivirla, necesitamos soltar –desidentificarnos de- todo aquello que no somos, en la certeza de que no somos nada de ello. La sabiduría del soltar nos muestra nuestro verdadero rostro, nos conduce a casa y permite, sin los bloqueos que supone la apropiación, que la Vida fluya en libertad. Y el capítulo final quiere expresar una conclusión que surge por sí sola al conectar con nuestra verdadera identidad: cuando eso se produce, cae toda pretensión –algo impensable para el yo separado- y se experimenta la dicha de ser uno más.

            Lo aquí escrito no tiene otra pretensión que la de invitar, a quien así lo desee, a ejercitarse en el paso del pensamiento a la atención, no porque se descuide el primero, sino porque, de ese modo, se lo va a situar en su lugar adecuado. Lo que tenemos es mente; lo que somos es consciencia. Tenemos la capacidad preciosa de pensar, pero somos atención. No es casual que sea esta la que nos conduzca a “casa”, la que nos revele nuestra verdadera identidad.

            Mientras, terminado ya el libro, estoy dando forma a esta introducción, me siento habitado por una profunda y gozosa gratitud. En primer lugar, hacia tantas personas implicadas en el desarrollo de diferentes “Foros de espiritualidad” –las asociaciones Daat de Alcoy, Aletheia de Zaragoza, Universidad Popular de Logroño, Viento del Sur de Andalucía y Extremadura-, porque ha sido en ellos donde he compartido gran parte de lo que aquí recojo por escrito, y porque están llevando a cabo una tarea valiosísima al servicio de la sabiduría que nos hace reconocernos en la consciencia que somos. 

            La gratitud necesita nombrar también a tres personas concretas: a Clara Iváñez, por su entrega servicial en la organización y el desarrollo de encuentros y talleres; a Luisa Melero, por su aportación siempre lúcida, valiosa e incondicional, en la elaboración y corrección del texto; y a Vicente Gallego, por el regalo de un Prólogo, cuya hondura y belleza –está todo dicho en él- rivaliza con el cariño que derrocha. Gracias a los tres por tanto amor.

Guía para volver a casa. Comentario al evangelio de cada día. Ciclo A – 2016/2017

Ciclo A

A Ana

Lo sepa o no, en todo lo que emprende, el ser humano no busca otra cosa que “volver a casa”. Ese es su mayor anhelo y el motor de su existencia.

La “casa” es nuestra verdadera identidad. Por tanto –y esta es la primera paradoja-, buscamos lo que ya somos, pero que en gran medida ignoramos. La ignorancia nos hace buscar a tientas y la añoranza nos empuja a compensar.

Porque, mientras nos creemos lejos de casa, sentimos frío y vacío, que tratamos de compensar con mil objetos sustitutorios: dinero o poder, imagen o títulos, placeres o creencias, sexo o religión, relaciones o soledad…

La sensación de estar lejos de casa se manifiesta como ansiedad, que nos hace adictos a cualquier cosa que pueda aliviarla. Pero no hay satisfacción posible mientras permanezcamos en la ignorancia.

La realidad es que no hay ninguna lejanía. Aunque hayamos pensado lo contrario, lo cierto es que nunca hemos estado –ni podemos estar- fuera de casa. Lo que necesitamos es, sencillamente, caer en la cuenta de que ya estamos en ella.

El autor se acerca al evangelio como palabra de sabiduría. En Jesús encuentra a un hombre sabio que vivió plenamente consciente de su identidad, que no es separada de la nuestra. Y en la palabra del evangelio percibe guiños que inspiran, sostienen y alimentan el camino de “vuelta a casa”, aquella identidad una que compartimos con todos los seres. Por eso, al encontrarla –al caer en la cuenta-, nos encontramos a nosotros mismos y a todos los seres. A esa “casa” Jesús la llamó “tesoro escondido”, “perla”, “semilla”, “Reino de Dios”, “Vida” o “Padre”. Al encontrarla, comprendemos que todo lo que dijo Jesús lo podemos decir cada uno de nosotros con la misma verdad. Todo ser humano puede decir: “Yo soy la vida” o “El Padre y yo somos uno”.

La desilusión es la comprensión de que nada fuera de ti (ninguna persona, objeto, sustancia, acontecimiento)  te hará plenamente feliz, ni te completará, ni te llevará de vuelta a Casa.
La paz es la comprensión de que nada fuera de ti (ninguna persona, objeto, sustancia, acontecimiento)
te hará plenamente feliz, ni te completará, ni te llevará de vuelta a Casa.

No hay prácticamente ninguna distancia entre la desesperación y el despertar de la gratitud.
No puedes llegar a Casa, amigo. ¡Nunca saliste de ella!
(Jeff Foster).

Que en la algarabía de nuestras tareas sin fin no cese de resonar en el fondo de nosotros, como emitido por un instrumento de cuerda única, este constante llamamiento: ¡Oh! ¡Despierta! ¡Sé consciente!” (Rabindranath Tagore).

Entre usted y Dios no hay distancia para un camino” (Nisargadatta).

Qué dichosa será tu alma y qué bien empleada estará si se entra dentro y se está en su nada, allá en el centro” (Miguel de Molinos).

“Compare usted la conciencia y su contenido con una nube. Usted está dentro de la nube, mientras que yo la miro. Está usted perdido en ella, casi incapaz de ver la punta de sus dedos, mientras que yo veo la nube y otras muchas nubes y también el cielo azul, el sol, la luna y las estrellas. La realidad es una para nosotros dos, pero para usted es una prisión y para mí un hogar” (Nisargadatta).

 

ÍNDICE

 Introducción

Tiempo de Adviento

Tiempo de Navidad

Tiempo Ordinario

Tiempo de Cuaresma

Tiempo de Pascua

Tiempo Ordinario

Índice de las lecturas evangélicas

 

INTRODUCCIÓN

Al libro que recogía los comentarios al evangelio de cada día del Ciclo “C” (2015-2016), creí adecuado titularlo: “Otro modo de leer el evangelio”. Con ello no quería apostar por ningún afán de novedad; intentaba, sencillamente, leer el texto evangélico desde la perspectiva no-dual, en el convencimiento de que la misma resulta un “idioma” mucho más adecuado que el modelo mental de cognición, caracterizado por la (errónea idea de la) separatividad y la objetivación. En la presentación de aquel libro –así como en otras publicaciones anteriores-, justificaba tal afirmación[1]. A ellas remito para comprender lo que en esta se da por supuesto.

El título de este nuevo comentario, relativo al Ciclo “A” –que no puede ser sino complementario del anterior-, busca explicitar, tanto el objetivo de la lectura, como el ángulo desde el que quiero hacerla.

Me parece claro que, en cuanto libro de sabiduría, superadas ya las lecturas literalistas y moralizantes que lo convertían, respectivamente, en un conjunto de anécdotas del pasado o en un código ético, lo que busca el evangelio solo es una cosa: ayudar a ver. La misma metanoia (conversión) de la que hablará Jesús no es sino una invitación a mirar desde “más allá de la mente”.

Ahora bien, no se puede ver si no se crece en consciencia; crecimiento que, en las tradiciones espirituales, se ha designado como “despertar”. Si tenemos en cuenta que todo se ventila en la comprensión, no puede haber objetivo más importante que el de comprender quiénes somos y qué es lo real. Es a lo que quiere llamar el grito de Tagore, que encabeza este escrito: “¡Despierta! ¡Sé consciente!”.

Me acerco, pues, al evangelio, como una palabra que me llama a vivir consciente y a ir despertando a la verdad de lo que somos. Pero esa “verdad” no es ninguna creencia, ningún concepto, que nuestra mente pudiera atrapar. La verdad es una con la realidad y, por lo tanto, con lo que nosotros mismos somos en profundidad. Es decir, la verdad coincide con nuestra casa.

De hecho, únicamente llegamos a “nuestra casa” cuando, superando los engaños en los que nos hemos enredado, despertamos a la comprensión de lo real. Pero esa comprensión no es el resultado de un proceso conceptual o de un razonamiento mental, sino que ocurre, por el contrario, en el silencio de la mente. La razón es sencilla: el Silencio disuelve el engaño de la separación. Aquietando la mente, salimos del bucle en el que ella se instala, y accedemos al “conocimiento silencioso”, del que han hablado siempre los sabios y los místicos.

Porque no podemos conocer “nuestra casa” pensando –alcanzaríamos, si acaso, un concepto de la misma-, sino únicamente habitándola de una manera consciente. Y, al hacerlo, nuestro primer descubrimiento es sorprendente: ya somos y siempre hemos sido Eso que andábamos buscando. Pero nuestra ignorancia –sueño- nos impedía reconocerlo.

Nos hallamos inmersos en una curiosa paradoja: somos plenitud, pero nuestra mente nos piensa como carencia; somos ya la casa que nuestra mente busca fuera. A falta de consciencia, nos vemos reflejados en aquella oración de Isabel de la Trinidad: “Señor, si tú estás en todas partes, ¿cómo me las arreglo yo para estar siempre en otro sitio?”. La confusión nace del hecho de que nuestra mente hace una lectura reductora y por tanto errónea de lo que somos. Y la paradoja se resuelve en cuanto comprendemos el equívoco y nos reconocemos uno con la Vida, uno con lo que es, consciencia atemporal e ilimitada.

De lo dicho se desprende que “crecer en consciencia” o “despertar” consiste en reconocer “nuestra casa”, en descubrir, experimentar y vivir nuestra verdadera identidad; en responder existencialmente a la pregunta humana por antonomasia: ¿quién soy yo?

Confío en que ahora pueda entenderse el título de estos comentarios, que comprenden y leen el evangelio como una guía para volver a casa, en la certeza, sin embargo, de que nunca nos habíamos alejado de ella.

Desde esta perspectiva, quiero acercarme al evangelio de cada día como un recordatorio que me dice: “¡Despierta! Reconoce tu casa y permanece en ella. No olvides tu verdadera identidad. Vive en conexión con ella”.

Y esto es lo que, día a día, quiero compartir con los lectores: la palabra que haga crecer nuestra comprensión y nos “traiga”, una y otra vez, a la “casa” de la que nunca nos habíamos alejado.

Esa “casa” no puede nombrarse adecuadamente, porque es más grande que todos los nombres y todos los conceptos. Pero hay palabras que apuntan en aquella dirección: consciencia, presencia, espaciosidad, plenitud, Ser, Dios… En los evangelios sinópticos se nombra, con frecuencia, como “Reino de Dios”, y en el de Juan, como “Vida”.

Esa “casa” es solo una –lo Real es uno- y compartida. Todos estamos en ella. Solo necesitamos caer en la cuenta: cuando eso ocurre, pasamos de la oscuridad a la luz, del agobio a la paz, de la tristeza al gozo, del sufrimiento a la liberación, del egoísmo a la comunión… Cesa la resistencia y se fluye con la Vida; cae la identificación con el ego y nos descubrimos en Casa.

Deseo cordialmente que, día a día, en lo profundo de nuestro corazón, escuchemos la palabra que nos recuerda: “¡Vuelve a casa!”. Y que estas páginas, aproximándonos a la sabiduría de Jesús, constituyan una ayuda eficaz en ese despertar compartido.

[1] Otro modo de leer el evangelio. Comentario al evangelio de cada día (Ciclo “C”, 2015-2016), Desclée De Brouwer, Bilbao 2015. He desarrollado la necesidad de pasar del modelo mental al modelo no-dual en Otro modo de ver, otro modo de vivir. Invitación a la no-dualidad, Desclée De Brouwer, Bilbao 22014; y lo he aplicado a una relectura de los principales contenidos cristianos en Cristianos más allá de la religión. Cristianismo y no-dualidad, PPC, Madrid 22015.

Otro modo de leer el Evangelio. Comentario al evangelio de cada día (CICLO C – 2015/2016)

Cubierta-otro-modo-leer-evangelio

A Ana

             Después de siete años enviando semanalmente el comentario del evangelio del domingo a miles de destinatarios, el autor ofrece en esta obra un comentario al evangelio diario.

         Propone “otro modo” de leerlo, no desde el gusto superficial por lo “novedoso”, sino desde aquel modelo de cognición, en el que siempre se han movido los sabios y hacia el que parece encaminarse la humanidad: el modelo no-dual.

         Es una lectura que nace de la admiración y el amor a Jesús, de la fascinación y gratitud hacia el evangelio, del gusto por la sabiduría no-dual y del servicio humilde y amoroso a todas las personas que buscan.

         Al ser una propuesta diaria, este comentario quiere brindar la posibilidad de que, día a día –con el trasfondo de la vida y el mensaje de Jesús-, renovemos el gusto por reconocer nuestra verdadera identidad y experimentemos el gozo de vivirla.

         No se puede leer el evangelio y no ser transformados. Pero la transformación no viene de una manera mágica, sino cuando permitimos que el “eco” despertado en nuestro interior por la palabra leída tome vida hasta convertirse en la luz que nos libera de la oscuridad, la ignorancia, la tristeza y el sufrimiento.

Desde la perspectiva no-dual, y abandonados el literalismo y el moralismo que lo desfiguran y empobrecen, el evangelio se revela en lo que es: un texto de sabiduría que, a partir del saboreo de lo que somos, ayuda a vivir en plenitud.

EDITORIAL DESCLÉE DE BROUWER

 

ÍNDICE

Introducción

Tiempo de Adviento

Tiempo de Navidad

Tiempo Ordinario / 1

Tiempo de Cuaresma

Tiempo de Pascua

Tiempo Ordinario / 2

Índice de las lecturas evangélicas

 

INTRODUCCIÓN

         Parece innegable que, muy frecuentemente, el evangelio ha sido leído desde una doble clave: el literalismo y el moralismo.

         La lectura literalista lo ha convertido en una especie de “anecdotario”, que parecía buscar la exaltación de Jesús como hacedor de milagros, pero al precio de mantener el relato anclado en el pasado y desconectado de las preocupaciones de quienes hoy se acercaban al mismo.

         Por su parte, la lectura moralizante reducía el texto evangélico a una especie de código moral, regulador del comportamiento, con el riesgo de hacerlo aparecer como un “policía divino” o superego controlador.

         En ambos casos, aunque fuera inconscientemente, se banalizaba y empobrecía el texto, dejando en el olvido lo más importante y decisivo: su carácter de libro de sabiduría, en el sentido más genuino y profundo del término.

         La sabiduría es atemporal, porque trasciende la mente y sus conceptos, aunque indudablemente tenga que hacer uso de una y otros. Por ese motivo, al acercarnos a textos que la expresan, a poco que lo hagamos con un mínimo de apertura, nos sentimos directamente concernidos y afectados. Descubrimos que esos escritos están, en realidad, hablando de nosotros. No importa la anécdota ni la moralina: hemos hallado un espejo en el que vernos reflejados.

         La sabiduría es originaria: no es sino la misma Consciencia expresándose o, si se prefiere, la “voz” del misterio último de lo Real, que también a nosotros nos constituye. Por ello, al leerla o escucharla, resuena con fuerza en nosotros, porque la reconocemos como nuestra propia voz, la voz de nuestro “maestro interior”.

         La sabiduría es luminosa, fuente de toda comprensión y certeza, porque es una con la Verdad. Por esa razón, nos saca de la ignorancia básica acerca de nosotros mismos, nos libera de la confusión y nos rescata del laberinto tortuoso del sufrimiento. Algo se ensancha en nuestro interior, el corazón se dilata y la mente se abre, en una sensación creciente de amplitud y de claridad.

         La sabiduría no tiene que ver, primariamente, con los conceptos ni con la erudición. Ni siquiera con la mente, por más que esta sea una herramienta precisa y preciosa. Tiene que ver, antes que nada, con el sabor, o más exactamente, con el saboreo inmediato de lo Real. Tal vez por ese motivo, las palabras de sabiduría provocan silencio en nuestro interior y, en ese silenciarnos, se produce el encuentro íntimo con la Verdad que somos, a la vez que se va operando un proceso de desegocentración.

         Las palabras sabias nacen siempre del silencio a través de aquellos hombres y mujeres que han saboreado, de primera mano, el secreto más profundo de lo Real. Hombres y mujeres sabios que han visto y transitado el “territorio” común y compartido. Por eso, cuando los escuchamos o leemos, se aviva en nosotros aquel mismo Anhelo que los motivó a ellos, empezamos a “re-cordar” (volver al corazón) y “despertamos” a nuestra verdad.

         Eso explica que, siempre que leemos textos de sabiduría, tenemos la sensación cierta de que alguien ha puesto palabras a nuestra vivencia más profunda. Por lo que, de un modo connatural, a la vez que sentimos “arder nuestro corazón” (Lc 24,32), “entramos en comunión” con aquellos escritos. Y esto es lo que ocurre con el evangelio, cuando sabemos recibirlo como un libro de sabiduría.

         Ahora bien, si hubiera que decirlo de la manera más escueta posible, ¿qué es lo que la sabiduría aporta? Sencillamente, la respuesta adecuada a la única pregunta decisiva, aquella que contiene el secreto de toda otra comprensión y la clave para vivir adecuadamente: ¿quién soy yo?, ¿quiénes somos?, ¿qué es lo real?

         Porque, tal como proclamaba el Oráculo de Delfos, quien conoce su verdadera identidad, conoce todo lo que es: “Hombre, conócete a ti mismo, y conocerás al Universo y a los dioses[1]. El todo está en la parte, nos dice hoy incluso la misma ciencia. Por eso, quien se conoce a sí mismo, conoce el secreto último de lo real.

         Los sabios son los que han sabido quiénes eran. Sirvan solo un par de testimonios para ejemplificar lo que intento decir.

         Cuenta una anécdota que, en una ocasión, le preguntaron al Buddha: “¿Eres un dios?”. No, respondió. ¿Eres un ángel? No. ¿Un santo? No. ¿Qué eres entonces? “Yo estoy despierto”, respondió.

         Por su parte, en una polémica con las autoridades judías, y ante una pregunta cargada de ironía, Jesús les responde: “Antes que Abraham naciera, Yo soy” (Jn 8,58).

         La propuesta es que nos acerquemos al evangelio de “otro modo”. Y no solo porque no lo hagamos desde el literalismo ni desde el moralismo, a los que antes aludía, sino porque sepamos adoptar la perspectiva que parece más idónea para que la sabiduría se manifieste. Me refiero a la perspectiva o modelo no-dual que, sorteando los riesgos inherentes a la razón separadora, nos facilite conectar con la sabiduría y saborear lo que somos. De ese “saboreo”, brotará con certeza todo lo que necesitamos[2]. Si permanecemos ahí, en una conexión consciente y constante con lo que somos, todo lo demás –como nos recordaba el propio sabio de Nazaret- “se nos dará por añadidura” (Mt 6,33).

         Lo más característico de la no-dualidad es el reconocimiento de que no existe nada separado de nada. “La Realidad es No-Dual, es decir, carece de toda división” (Gilbert Schultz). Es solo nuestra mente, debido tanto a sus límites como a su inherente naturaleza dual, la que percibe únicamente separación, confundiendo y tomando como “realidad” lo que solo es una expresión “aparente” de la misma. En lo profundo, todo es (somos) Uno, que se expresa en admirables diferencias.

         Las repercusiones de la perspectiva no-dual son inmediatas y revolucionarias para nuestro modo habitual (mental) de asumir la realidad. Y afectan también –es inevitable- a los planteamientos religiosos y a las imágenes (mentales) de Dios.

         Esto explica que, cuando una persona religiosa teísta se acerca a esta perspectiva, tema que todo se derrumbe, experimentando sentimientos más o menos dolorosos de orfandad, de infidelidad, o incluso de culpa. Pero, en realidad, no se “cae” nada valioso, excepto aquello que era pura construcción mental carente de fundamento real –lo cual es bueno que caiga-; lo que se produce es un profundo cambio de perspectiva, al empezar a percibir que nada es lo que parece.

         Caerán todas las imágenes de Dios, caerán conceptos y catecismos aprendidos…; antes o después, tendrán que caer todas las creencias, porque son simplemente “objetos mentales”. Pero –justo en la medida en que caigan- estaremos en condiciones de abrirnos a una profundidad mayor, que trasciende los límites de la mente. Dejaremos de pensar a Dios, para reconocernos en él de un modo no-separado.

         Porque la no-dualidad nos hace ver que Dios y nosotros somos no-dos. El Misterio último de lo que es no es distinto de nuestro núcleo más profundo. En consecuencia, acceder a la verdad de sí mismo es llegar a la verdad de Dios: el Fondo de lo real es solo Uno.

Realmente, nos hallamos ante un giro revolucionario en nuestro modo de conocer y de percibir lo real. Como observa acertadamente Javier Melloni, “hay signos de que algo nuevo está naciendo: la claridad de que no nos podemos percibir separados de la totalidad de la que formamos parte ni del fondo del que emergen todas las cosas y nosotros mismos a cada instante. Nuestra confusión y nuestro extravío proceden de habernos desconectado de ello y nuestra agonía de haberlo olvidado[3].

La propuesta contiene, por tanto, una invitación: la de aproximarnos cada día al texto evangélico y renovar, diariamente, la conexión consciente con nuestra verdadera identidad, Aquello –ni masculino ni femenino, ni personal ni impersonal- que nuestra mente nombra “Dios”.

         Nuestra identidad es aquello que permanece siempre, cuando todo cambia. Es también única y compartida con todos los seres porque, como acabo de decir, parafraseando al místico cristiano Maestro Eckhart, no puede haber “dos fondos” de lo Real. Y podemos experimentarla en cuanto dejamos caer las ideas o etiquetas que, desde la mente, la nublan.

Si lo único que permanece siempre es la consciencia, se comprende –y aquí se da otra elegante coherencia- que nuestra única certeza sea esta: la certeza de ser. Como escribe Juan Carlos Savater, no necesitamos ninguna experiencia de “iluminación”; basta anclarnos en esa certeza innata y atestiguar su verdadera naturaleza invulnerable y eterna. “Anterior a la idea de ser tal o cual persona, anterior a cualquier tipo de razonamiento o pensamiento, hay una innata «certeza de ser». Una desnuda o pura consciencia que es y sabe que es. Esta es siempre, no la mayor, sino verdaderamente nuestra única e incuestionable certeza[4]. La práctica es sencilla de enunciar: permanece todo el tiempo que puedas, a lo largo de todo el día, en la única certeza: la certeza de ser.

         Somos, pues, –como todo lo real- Consciencia, que se expresa en formas concretas. Consciencia de ser –lo único que permanece siempre idéntico a sí mismo a lo largo de toda nuestra historia-, que algunas tradiciones sapienciales han nombrado en primera persona como “Yo soy”.

         La mente piensa: “yo soy esto”, y crea la ficción del ego. La sabiduría –la Consciencia- afirma con nitidez: “Yo soy”.

La sabiduría –como la genuina espiritualidad- consiste en el reconocimiento y la vivencia de esa identidad última y compartida. Ahí se juega la comprensión y la liberación del sufrimiento, como pone de relieve este hermoso texto de Helen Mallicoat:

“Estaba lamentándome del pasado y temiendo el futuro… De repente «mi Señor» estaba hablando: «MI NOMBRE ES YO SOY».

Hizo una pausa. Esperé. Él continuó:

Cuando vives en el pasado, con sus errores y pesares, es difícil. Yo no estoy allí. Mi nombre no es «Yo fui».

Cuando vives en el futuro, con sus problemas y temores, es difícil. Yo no estoy allí. Mi nombre no es «Yo seré».

Cuando vives en este momento, no es difícil. Yo estoy aquí. Mi nombre es YO SOY”.

La religión teísta, con la expresión “mi Señor”, se refiere a la divinidad. Lo cual es absolutamente legítimo. Sin embargo, me parece más ajustado afirmar la no-separación de todo, por lo que tal expresión puede entenderse como otro nombre de aquel Fondo común que compartimos todos los seres, y que, aun sin agotarse en las formas, constituye el núcleo de todas ellas. En ese sentido, la citada expresión nos remite a nuestra identidad más profunda, que puede nombrarse también como “Yo Soy”.

Esta lectura no-dual nos revela algo profundo. Cuando perdemos la consciencia del momento presente, nos alejamos de quienes somos. Por el contrario, en cuanto acallamos la mente y venimos al aquí y ahora, escuchamos en nuestro interior a nuestra verdadera identidad –nuestro “Señor interior”- que nos susurra: “Yo soy”, todo está bien.

         En esta presentación, siento también necesario decir una palabra sobre el modo de realizar los comentarios a los textos evangélicos. Dada la intencionalidad de este libro, serán breves, como simples “recordatorios” que nos faciliten “conectar” cada día con quienes realmente somos. En cada uno de ellos, destacaré dos puntos: por un lado, haré una brevísima alusión al contexto histórico y marco vital de aquellas primeras comunidades donde surge el texto evangélico; por otro, propondré una lectura actualizada desde la perspectiva no-dual. Al final del libro, ofrezco un Índice de las lecturas evangélicas de este ciclo “C”, con la referencia exacta y la página donde puede encontrarse el texto y el correspondiente comentario.

  Puede haber algunos lectores cristianos a quienes les rechine todo el trabajo de “desmenuzar” los textos, considerando que lo importante es vivir la admiración ante el Misterio y su “saboreo”. Comprendo esa actitud, pero me parece que el “saboreo” del Misterio no está reñido con la razón. De lo contrario, como ha ocurrido tantas veces en la piedad e incluso en el estudio de la teología, el Misterio se convierte en Mito. Y para cada vez más contemporáneos nuestros, eso es sinónimo de infantilismo o, al menos, credulidad. Esa es la razón por la que me parece importante “diseccionar” lo que antes nos “tragábamos” de un modo acrítico. Más aún, denunciar la absolutización de la mente y reconocer la  necesidad de trascenderla, no significa renunciar a ella –lo cual nos llevaría a la irracionalidad-, sino utilizarla adecuadamente, como herramienta que es, pero con todo el rigor posible. Cuando se hace así, no es difícil constatar que la razón y el Misterio se llevan muy bien. Y no podía ser de otro modo: ambos nacen de la misma y única Fuente.

         Deseo que podamos hacer juntos una andadura diaria que, al contacto con la sabiduría de Jesús, nos haga saborear la Vida, permitiendo que se exprese a través de nosotros. La insistencia, quizás para algunos machacona, en la cuestión de nuestra verdadera identidad es intencionada: pretende favorecer, día a día, el cambio en nuestra forma de vernos, con la seguridad de que ahí brotará el modo ajustado de vivirnos.

Existen muchos y variados comentarios al evangelio diario. Este quiere abrir caminos, favorecer experiencias y potenciar la conexión, cada vez más constante, con lo que realmente somos. Un “recordatorio” que nos ayude a volver a la verdadera “casa”, aquella común en la que –tomando distancia de la mente y del yo- cada uno nos reconocemos y que todos los seres compartimos.

         Esa “casa” no es otra que la Vida. Con respecto a ello, la mente –el modelo mental de cognición- nos induce a un grave error, de dolorosas y agobiantes consecuencias: nos hace creer que la vida es “algo” separado, que tenemos y que, en cualquier momento, podemos perder. Tal creencia –asumida como incuestionable, porque corresponde a lo que nuestra mente puede ver y porque se halla sostenida por la convención social-, activa un doble mecanismo, igualmente erróneo y dañino.

         Por un lado –creyéndonos desgajados o separados-, nos protegeremos de la vida, en una actitud temerosa y defensiva, pensando que en cualquier momento puede hacernos daño. Por otro, en lugar de dejarnos fluir con ella, nos empeñaremos –recurriendo a mil estratagemas estresantes, y siempre con el temor de no lograrlo- en “sostener” ese “algo” que creemos que es “nuestra” vida, para que tome la dirección que nuestra mente piensa que debe tomar.

         Crecimos pensando que debíamos tomar las riendas de nuestra vida, para que no nos hiciera daño y para que fuera en la dirección que creíamos adecuada. No cabe insensatez mayor. ¿Cómo no habríamos de sufrir tensión, agobio, temor, estrés…?

         La sabiduría nos muestra lo errado de nuestra creencia, al hacernos ver que la vida no es “algo” separado y que tampoco es “nuestra”. Vida es nuestra identidad, es lo que somos. No hay, por tanto, nada que temer, nada de lo que defenderse, nada que controlar ni nada que sostener: la Vida se sostiene a sí misma. La actitud sublimemente sabia consiste solo en dejar de creer que somos seres separados –olas que se pensaran autónomas en la superficie del mar- y reconocernos como Vida una –el océano que juega con sus olas en todo lo que ocurre-.

         La Vida es infinitamente más sabia que nuestra mente. Al ser vida, solo tenemos una cosa que aprender: a dejarnos fluir en y con ella. Así salimos de las erróneas y dañinas creencias mentales y “reencontramos” la unidad con todos los seres –en la misma y única vida-, unidad que nunca habíamos perdido.

         Los comentarios de estos trescientos sesenta y seis días –estamos en un año bisiesto- están animados por este único interés: ayudar, día a día, a abandonar la creencia –el engaño radical, el auténtico “pecado original”- de que somos yoes separados y renovar la invitación a experimentar que somos Vida, escuchando la palabra de aquel que dijo: “Yo soy la Vida” (Jn 11,25; 14,6).

         A lo largo del camino, probablemente el mayor descubrimiento consista en percibir que la autoridad del evangelio no le viene de algo “exterior”, como se pensaría desde una consciencia mítica y dual que entiende la “revelación” como “dictado” de un dios separado, sino de su capacidad para resonar dentro de nosotros mismos.

         Porque eso que resuena quizás no sea sino aquella misma y única identidad que compartimos con Jesús y con todos los seres, en lo que los científicos modernos –desde campos tan diversos como la física cuántica, la biología, la astrofísica, las neurociencias o la misma psicología- llaman un “campo de conciencia” o “campo de información” (campo mórfico o morfogenético), de donde brotan, en una admirable no-dualidad, todas las formas concretas. Nuestra mente las percibe como separadas, pero, en realidad, como siempre nos habían dicho los místicos, no existe nada separado. Por eso, en palabras del Maestro sabio de Nazaret, “quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14,9).

         Deseo cordialmente que estos breves apuntes nos ayuden a experimentar y vivir, día a día, nuestra realidad paradójica: el Ser, ilimitado y siempre a salvo, que se está viviendo en una forma concreta, frágil y vulnerable.

         El Todo está en cada parte. Nosotros somos, también, la “parte” –un “punto” particular de la única “red”: el yo individual- y somos, más profundamente, el “Todo” –la “red” completa: el Yo Soy universal-.

Pues bien, para vivir ajustadamente esa realidad paradójica que somos, necesitamos consciencia –para no olvidar nunca lo que somos de fondo, aquella realidad ilimitada y siempre a salvo- y compasión –para amar la forma frágil y vulnerable, en que se está expresando de modo transitorio-.

En realidad, la consciencia (o sabiduría) y la compasión son las dos caras de la misma realidad y de la misma actitud. Los sabios han dicho que ambas constituyen las “dos alas” de la realización. Ojalá estos breves comentarios ayuden a desplegarlas y, de ese modo, abrazando con ellas toda la realidad, vivir la Unidad que somos.

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[1] Algo similar se afirma desde la Cábala judía: “Cábala [del verbo lekabel = recibir] significa «recepción»… En la medida en que cada persona descubre su interior más profundo logra entender con mayor claridad todo el universo, los misterios de la creación y las razones de la existencia del hombre”: L. HALAC, Prólogo a la obra de M.J. SABÁN, Maasé Bereshit. El Misterio de la Creación, edición del autor, Buenos Aires 2013, p.9; M.J. SABÁN, Sod 22, el Secreto. Los fundamentos de la Cábala y la tradición mística del judaísmo, edición del autor, Buenos Aires 2011.

[2] He tratado de exponer con extensión la perspectiva no-dual en Otro modo de ver, otro modo de vivir. Invitación a la no-dualidad, Desclée De Brouwer, Bilbao 2014. Ahí pueden encontrarse precisiones y aclaraciones sobre la “clave de lectura” que utilizaré en estos comentarios al evangelio.

[3] J. MELLONI, El emerger de la nueva espiritualidad, en Dar lugar 1 (mayo 2014) p.9.

[4] J.C. SAVATER, La certeza de ser, La Trompa de Elefante, Madrid 2012, p.35.

Cristianos más allá de la religión. Cristianismo y no-dualidad.

Cubierta

A Ana, en la vivencia de la no-dualidad,

Gratitud y Amor sin costuras.

Las palabras «yo» y «mío» constituyen la ignorancia” (dicho atribuido a Platón).

Es una perversión de la inteligencia creer que la razón lo solventa todo” (Giorgio Nardone).

La insistencia en lo demostrable, ¿no cierra el camino hacia lo que es?” (Martin Heidegger).

Metáforas vivas y actuantes […], única forma en que ciertas realidades pueden hacerse visibles a los torpes ojos humanos” (María Zambrano).

Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso- quiere decir lo que yo quiero que diga… Ni más ni menos.

–La cuestión –insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

–La cuestión –zanjó Humpty Dumpty- es saber quién es el que manda… Eso es todo.

(Lewis Carroll).

Todo el mundo tiene derecho a dudar de todo tan a menudo como quiera. Es obligado dudar al menos una vez. Ninguna forma de ver las cosas es tan sagrada que no pueda reconsiderarse. Ninguna forma de hacer las cosas es tan óptima que no pueda mejorarse” (Edward de Bono).

Es casi equivocarse estar seguro” (Andrés Trapiello).

Me siento más cerca de aquello que el lenguaje es incapaz de expresar” (Rainer M. Rilke).

Bienaventurados los que saben que detrás de todos los lenguajes se halla lo Inexpresable

(Rainer M. Rilke).

Cuando a un niño le enseñas que un pájaro se llama «pájaro», el niño no volverá a ver el pájaro nunca más” (Jiddu Krishnamurti).

La razón instrumental, constituida en razón absoluta, esclavizaría como el más terrible tirano, enajenando, alienando al hombre en su ser esencial” (Pilar Moreno Rodríguez).

Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma” (Julio Cortázar).

Sobre esto no existen escritos míos, ni existirán nunca, pues este saber no puede ser expresado al modo de los demás, formulado en proposiciones, sino que es el resultado del establecimiento de un trato repetido con aquello que es la materia de este saber” (Platón).

 “Lo malo del falso dios es que nos impide ver al verdadero” (Simone Weil).

Cuando quien conoce diferencia lo conocido de quien conoce, ese conocimiento no es real” (Sesha).

Entre usted y Dios no hay espacio para un camino” (Nisargadatta).

La Realidad es No-Dual, es decir, carece de toda división” (Gilbert Schultz).

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        Podemos utilizar las palabras como puentes que unen o como gritos que distancian. Cautivados por su belleza y su poder, con frecuencia caemos en la tentación de absolutizarlas, llegando a imaginar que son capaces de nombrar ajustadamente lo Real. Cuando eso ocurre, las palabras confunden. Y eso vale también para las palabras más “sagradas”. Porque lo Real no puede ser pensado ni verbalizado adecuadamente. Será siempre inefable.

         El autor analiza diez palabras fundamentales del cristianismo, intentando separar la intuición básica que contienen, del lastre con que se han ido recargando con el paso del tiempo. Al mismo tiempo, propone su relectura desde un nuevo modelo de cognición, que no absolutiza la mente.

         El resultado es una relectura del cristianismo en clave no-dual y, por tanto, universal y genuinamente espiritual. Salimos del etnocentrismo tribal y de la celda de la mente, para reencontrarnos en la espaciosidad abierta del “Territorio” único que todos compartimos, el “Hogar” donde nos descubrimos no-separados de nada.

EDITORIAL PPC

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ÍNDICE

 

 

Introducción

 

  1. Jesús

Divinización, apropiación y domesticación

 Consecuencias

Desde la perspectiva no-dual: Jesús, “espejo” de lo que somos todos.

 

  1. Evangelio

      Entre la anécdota y el moralismo

¿Verdad revelada? ¿Revelación particular?

Mensaje de sabiduría universal para ser contrastado personalmente

 

  1. Dios

Un dios proyectado

Un dios ambiguo y peligroso

¿Dios, Allâh… o ninguno de los dos?: Islâm y No-dualidad

El Misterio último es Verdad, Bondad y Belleza

 

  1. Fe

Una fe mítica

Fe, una palabra polisémica    

De la fe a la visión

 

  1. Perdón

Pecado y culpabilidad

De la culpabilidad a la responsabilidad

Más allá del perdón

 

  1. Salvación

Una lectura sacrificial, expiatoria y dolorista de la cruz

Vuelta a la historia, más allá del mito

La salvación es Ahora. Plenitud es lo que somos

 

  1. Cielo

La “otra vida” como proyección de esta

La esperanza como trampa

Somos Vida

 

  1. Libertad

El espejismo de la libertad

La miopía del determinismo

La verdad es la libertad

 

  1. Amor a sí mismo/a

Recelos y ambigüedades

La importancia decisiva del amor a sí mismo/a

El Amor es

 

  1. Comunidad y compromiso

El sentido ambiguo del término “Iglesia”

Las trampas del compromiso

Comunidad y compromiso nacen de la Comprensión

 

Conclusión. Situarse en el Testigo para vivir lo que somos en la vida cotidiana

 

Anexo I. Cuando la religión confunde. Cambio religioso, estereotipos, idiomas    y verdad

 

Anexo II. El emerger de una espiritualidad sin Dios

 

Anexo III. Religión, ateísmo y espiritualidad. Mapas y territorio

 

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INTRODUCCIÓN

 

No hacen lo que dicen” (Mt 23,3).

 

 

Un famoso cuento sufí del santo loco Mullâh Nasrudin narra que un rey, decepcionado por la falta de honestidad de sus súbditos, decidió obligarlos a decir la verdad. A tal efecto, hizo colocar una horca a la entrada de la ciudad, mientras un guardia anunciaba:

— Todo el que entre por la ciudad deberá responder a una pregunta que le hará el capitán de la guardia. Y quien no diga la verdad será ejecutado.

El primero en pasar fue Nasrudin. El capitán le dijo:

— ¿Dónde vas? Dime la verdad… o morirás ahorcado.

— Voy a que me cuelguen en esa horca-, dijo Nasrudin.

— ¡No te creo!-, respondió el capitán.

— Muy bien –respondió tranquilamente Nasrudin-. Entonces, ahórcame si he dicho una mentira.

— ¡Pero entonces se convertiría en verdad!-, dijo el guardia confundido.

— Exactamente -respondió tranquilamente Nasrudin-, tu verdad.

 

Las palabras son tan limitadas como nuestra mente. Y esta únicamente se mueve con soltura y eficacia en el mundo de los objetos (materiales, mentales o emocionales), ya que la tarea de pensar equivale a delimitar, es decir, a establecer fronteras y, en consecuencia, a separar y objetivar.

Cada vez somos más conscientes de que, debido a su propia naturaleza, la mente engaña desde el inicio, porque considera como “objetos separados” lo que no es sino una unidad inextricablemente interrelacionada. Toda separación es solo una ilusoria ficción mental.

Las palabras adolecen de ese mismo límite, con el añadido de que hacen creer que, por el hecho de nombrar algo, ya lo conocemos adecuadamente[1]. No es extraño que nuestros antepasados, fascinados por tal espejismo, consideraran que “poner nombre” a algo equivalía a “tener poder” sobre lo nombrado.

En esa acción de nombrar, ocurre, además, que el lenguaje tiende a sustantivar todo, con lo que, inadvertidamente, reduce la realidad a una suma de “cosas” aisladas, clausuradas y terminadas en sí mismas, ignorando que todo lo que existe forma parte de (y constituye) un flujo permanente en constante devenir. De hecho, el uso del infinitivo y, más aún, del gerundio, dentro de los inevitables límites verbales, darían razón más adecuada de lo real. Todo es un incesante hacerse o estar-siendo de la Totalidad desplegándose en infinidad de formas que, a su vez, dinámicamente, están-siendo y dejando-de-ser[2].

La física cuántica nos descubre que no existen partes separadas en ningún nivel de la escala evolutiva: como una placa holográfica, cada fragmento es una expresión concreta de la única y misma realidad. El mundo –sigue advirtiendo- no es una suma de cosas (sustantivadas), sino una telaraña de intrincadas relaciones en perpetuo juego. Lo que vemos, por tanto y por más que resulte extraño a nuestra mente y al llamado “sentido común”, no son nunca cosas, sino nuestra interacción con ellas. Porque, finalmente, no existen “objetos”, sino “probabilidades de existir” bajo determinadas condiciones. Las llamadas partículas elementales no son, en realidad, objetos, sino estados excitados del originario vacío cuántico.

Cuando vemos cualquier objeto, creemos estar viendo una realidad consistente, separada de todo lo demás y cerrada en sí misma. ¡Y a eso le llamamos “realismo objetivo”! Pero, en rigor, no hay tal[3]; si pudiéramos ver lo que ocurre en el nivel más elemental, lo que percibiríamos sería un incesante y vertiginoso baile de partículas que están naciendo y muriendo constantemente. Ser, solo es el Fondo (Vacío) originario de donde todo está brotando, la Consciencia una expresándose en todo; todo lo demás –los objetos que percibimos, a través de la interpretación que hace nuestra mente- no es, está aconteciendo. ¡Cómo apreciamos ahora la sabiduría de Plotino que, diecisiete siglos antes de que naciera la física cuántica, escribía: “Todo ser corporal es un acontecer, no una sustancia[4]!

La física cuántica sabe que “el mundo de las partículas elementales sin observación consciente carece de realidad y no es otra cosa que una abstracción matemática, una función de onda de probabilidades[5]. Con ello, la protagonista de todo no puede ser otra que la consciencia –sin consciencia, sin apercepción, no existe nada; todo lo demás se encuentra en estado virtual-, aunque los físicos se resistan a entrar en ese campo[6]. Pero queda claro que “no es lo mismo percibir el mundo como un espacio lleno de seres y cosas individuales que verlo todo como producto de una red de interrelaciones que nos unifican a otro nivel de realidad, y en el que nuestra percepción tiene mucho que ver con lo percibido[7].

Los límites del lenguaje se aprecian, con especial intensidad, cuando nos referimos a realidades no objetivables. Hasta el punto de que, como ha ocurrido en el caso de la modernidad occidental, se ha llegado a negar todo aquello que no podía ser nombrado adecuadamente.

Con certeza, del misterio de lo Real únicamente se puede decir que es “lo que es” o “lo que está siendo”. Porque tal misterio, por definición, trasciende lo que puede ser pensado y nombrado. Ahí nos faltan palabras, como nos faltan conceptos; solo se nos regala a través del Silencio: es el “conocimiento silencioso”.

En estos límites invencibles se halla precisamente el germen de la confusión, manipulación y adulteración que el uso del lenguaje produce con frecuencia. Tal perversión, con las nefastas consecuencias que conlleva, se ve reforzada además por dos factores, directamente relacionados con la consciencia egoica: por un lado, la necesidad de poseer la verdad y, por otro, la búsqueda de poder. Veamos más despacio cómo funcionan ambos intereses y qué mecanismos ponen en marcha.

 

El ego (o yo) siente necesidad de poseer la verdad. Y esto se hace particularmente intenso en el nivel mítico de consciencia. El sentimiento de pertenencia, característico de este estadio, desemboca en un acentuado etnocentrismo, que lleva a considerar al propio grupo por encima de los demás, así como portador de la verdad absoluta que, lógicamente –como no puede ser de otro modo-, confunde e identifica con sus particulares creencias.

Eso es exactamente lo que ocurre siempre que se esgrime la pretensión de poseer la verdad: que la Verdad inapresable para la mente se reduce a un objeto delimitado, es decir, a una fórmula o expresión mental y verbal.

El proceso es sencillo: desde la necesidad de poseer la verdad, una vez que ha emergido la mente, el ser humano se ve tentado a pensar que lo que él ve tiene que ser necesariamente la verdad misma. Una vez más, como suele hacer con todas las polaridades, el pensamiento fracciona la realidad, dividiéndola en dos mitades: quienes están en la verdad y quienes se hallan en la mentira. El ser humano se encuentra aún dominado por el encantamiento del más rígido dualismo y eso le impide advertir que los dos polos –lo que él llama “verdad” y “mentira”- no son sino dos aspectos que, en el mundo manifiesto, se reclaman mutuamente y que, como ocurre con las dos caras de una moneda, no pueden existir el uno sin el otro. Aunque, en un nivel profundo, ambos queden secreta y perfectamente abrazados en la Verdad no-dual (transmental).

¿Y de dónde viene la necesidad del ego de poseer la verdad? Es uno de sus modos de autoafirmación. Al ser una entidad ilusoria, una ficción mental, el ego se sostiene gracias únicamente a los mecanismos de la identificación y de la apropiación: se identifica con cualquier objeto a su alcance y se apropia de todo aquello que, a la vez que le resulta “agradable”, le otorga la sensación de una cierta solidez o consistencia.

La necesidad del ego se conecta, desde el inicio mismo de la existencia humana, con la primera necesidad de nuestro psiquismo. El niño es pura necesidad: de sentirse reconocido, amado, seguro… La seguridad –que muy pronto se vinculará con la “necesidad de controlar” y se extenderá a todos los ámbitos de la existencia- constituirá una búsqueda incesante de algo en lo que pueda sostenerse: objetos exteriores, pertenencias, títulos, ideas o creencias, sensaciones, relaciones… La búsqueda resultará frustrante y no cesará hasta que la persona descubra que su seguridad no se halla en nada que sea objeto, sino que radica en su (inobjetivable) identidad más profunda.

Por otro lado, el ser humano, más allá incluso de las estratagemas del ego, siente una necesidad interna, íntima e insoslayable de coherencia y, en último término, de verdad. Se trata de una aspiración que coincide con nuestra misma identidad profunda: “Verdad” es otro de sus nombres. En sentido profundo, somos Verdad y, aun cuando –advertida o inadvertidamente- nos movamos en la mentira, sentiremos la necesidad de “dar coherencia” a lo que hacemos y decimos, incluso recurriendo al mecanismo de la autojustificación.

Pues bien, el ego “sabe” que solo se sostiene lo que se apoya en la verdad. De ahí su pulsión por arrogarse la posesión de la verdad, como algo que él “controla”, y de lo que hace derivar un estatus, no solo de estabilidad, sino incluso de superioridad sobre los demás.

Aunque sea entre paréntesis, me parece importante subrayar, ya desde esta misma introducción, que esa aspiración profunda a la verdad constituye una de las señales más significativas de que nuestra identidad profunda es Verdad, y que podemos tener acceso a ella de un modo experiencial, directo y no-mediado por la mente.

 

Dentro de su afán de seguridad, la ilusoria identidad egoica busca también desesperadamente el poder. Debido a su carácter inconsistente y vacío, el yo ansía aferrarse a cualquier cosa que le otorgue una sensación de existir. Por ello, ambiciona tener poder en el que asentarse y, lo que es más importante, le haga destacar y sobresalir sobre los demás, a quienes imponer sus criterios o su fuerza.

El poder, junto con el tener y el aparentar, se convierte así en una obsesión para el yo. Poco importa que, objetivamente, se llegue a una situación de poder real sobre otros; el yo sigue siendo el “pequeño enano” que habita en nuestra mente y que, como me decía un amigo sabio, anda buscando la ocasión de gritarle a alguien: “no sabe usted con quién está hablando”.

La búsqueda de poder se convierte, desde esa necesidad compulsiva, en un factor extremo de división y enfrentamiento. El yo, no solo se ve separado de los demás, sino que trata de imponerse sobre ellos. Desaparece cualquier posibilidad de una visión holística, en la que todos nos percibamos miembros de un mismo y único “organismo”, y seguimos en la trampa de considerarnos yoes enfrentados, en guerra permanente.

Tenía razón Jesús cuando –percibiendo el afán de poder como el factor más peligroso de división- lo cortaba firmemente en cuanto se hacía presente entre los discípulos de su grupo (Mc 9,33-37; 10,35-38): “Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las gobiernan tiránicamente y que sus magnates las oprimen. No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea esclavo de todos. Pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a entregar su vida por todos” (Mc 10,42-45).

Mientras permanezcamos identificados con el yo, sentiremos necesidad de “sostenerlo” y, por tanto, de sentirnos “poderosos”. Desde esa compulsión, no es extraño que se usen también las palabras para afianzarse en el poder. En efecto, es frecuente que quien detenta una posición desde la que puede determinar el significado y el contenido de las palabras, trate de adueñarse de la voluntad de las personas.

Si nos centramos en el campo religioso, objeto de este trabajo, tal peligro resulta manifiesto. Aquel a quien se reconoce poder para definir qué entender por “Dios”, “persona”, “mandamiento”, “pecado”, “moral”, “libertad”…, se situará automáticamente en un estatus de superioridad, desde el que dirigir o coaccionar la conciencia de los individuos que, de una u otra forma, se hallan bajo su autoridad.

Desde esta perspectiva, se comprende el mecanismo por el que, en un proceso que puede ser incluso inconsciente o inadvertido, quienes ejercen autoridad busquen definir el significado de las palabras y “apropiarse” de su contenido, como medio de control grupal o social.

No es extraño, por tanto, que términos que han nacido cargados de novedad, frescor, innovación e incluso de libertad, acaben legitimando el poder, la sumisión y la rutina, en un proceso de institucionalización, cosificación e incluso momificación. Tanto la novedad como la carga innovadora que aquellas palabras contenían en su inicio desaparecen, como resultado de un proceso de domesticación, en función de nuevos intereses.

 

Lo que intento, en este trabajo, es “rescatar” algunas palabras básicas del cristianismo –y sus correspondientes contenidos- que han sido indebidamente apropiadas por el poder religioso –el aparato institucional-, así como por una determinada teología, catequesis y predicación… Palabras y contenidos que han terminado desvirtuados con respecto a la intuición original y, lo que es más grave, han extraviado, atenazado o perjudicado a no pocas personas de buena fe que han tomado como “verdad divina” lo que solo era un “mapa humano”, con frecuencia pervertido o, al menos, “interesado”.

Lo que ofrezco es también, obviamente, un mapa; no puede ser de otra forma: todo lo que brota de la mente y de la palabra únicamente es “señal” que apunta a una realidad mayor. Si a alguna persona le sirve para poner nombre a su propia experiencia, ese será el mayor logro. Porque la verdad no puede ser pensada ni puede ser dicha, únicamente puede ser vivida, solo puede ser sida.

Hago la aproximación a estas palabras fundamentales de la teología cristiana desde una perspectiva no-dual, convencido de que el modelo no-dual de cognición es capaz de dar razón de lo real con infinito mayor rigor que el modelo mental[8]. Este último, que únicamente puede moverse en el mundo de objetos delimitados, parte del apriori erróneo que considera la realidad como una suma de elementos separados. El modelo no-dual, por el contrario, sin negar las diferencias, reconoce la no-separación de todo, por lo que nos permite intuir más adecuadamente el misterio de todo lo que es.

Lo más característico de la no-dualidad es el reconocimiento de que no existe nada separado de nada. Es solo nuestra mente, debido tanto a sus límites como a su inherente naturaleza dual, la que percibe únicamente separación, confundiendo y tomando como “realidad” lo que solo es una expresión “aparente” de la misma. En lo profundo, todo es (somos) Uno, que se expresa en admirables diferencias. Pero “diferencia” no significa en absoluto “separación”: no existen dos olas iguales, son todas diferentes, pero todas son agua. La realidad es una-sin-costuras.

Las repercusiones de la perspectiva no-dual son inmediatas y revolucionarias para nuestro modo habitual (mental) de asumir la realidad. Y afectan también –es inevitable- a los planteamientos religiosos y a las imágenes (mentales) de Dios.

Esto explica que, cuando una persona religiosa teísta se acerca a esta perspectiva, tema que todo se le venga abajo, experimentando incluso sentimientos dolorosos de orfandad, de infidelidad, o hasta de culpa. En realidad, no se “cae” nada valioso, excepto aquello que era pura construcción mental carente de fundamento real –lo cual es bueno que se caiga-; lo que se produce es un profundo cambio de perspectiva, al empezar a percibir que nada es lo que parece.

Caerán todas las imágenes de Dios, caerán conceptos y catecismos aprendidos…; antes o después, tendrán que caer todas las creencias, porque son simplemente “objetos mentales”. Pero –justo en la medida en que caigan- estaremos en condiciones de abrirnos a una profundidad mayor, que trasciende los límites de la mente. Dejaremos de pensar a Dios, para reconocernos en él de un modo no-separado.

Porque la no-dualidad nos hace ver que Dios y nosotros somos no-dos. El Misterio último de lo que es no es distinto de nuestro núcleo más profundo. En consecuencia, acceder a la verdad de sí mismo es llegar a la verdad de Dios: el Fondo de lo real es solo Uno.

Al llegar a este punto, las religiones –en cuanto construcciones humanas que tratan de vehicular nuestro Anhelo más profundo-, sin ser necesariamente desechadas, se ven trascendidas en un horizonte infinitamente más amplio y unificador. A eso alude precisamente el título del libro: “Cristianos más allá de la religión”.

La sabiduría (espiritual, plenamente humana) de Jesús quedó “encorsetada” en una religión histórica, con todo lo que ello supuso de ventajas y de inconvenientes. Entre estos últimos, quizás el más grave haya sido el de la absolutización de la propia religión cristiana y de la institución que la gestionaba. En ese sentido, podría decirse que la religión devoró a la espiritualidad; el “mapa” (particular y separado) nubló e hizo olvidar el “territorio” (uno y compartido).

Progresivamente, se va abriendo paso –también en el mundo cristiano- una doble certeza: por un lado, que el mensaje de Jesús no fue “religioso”, sino genuinamente “espiritual” (humano); por otro, que es posible conectar con aquel mensaje y vivirlo sin necesidad de una adscripción religiosa. Es decir, se puede ser “cristiano” sin ser “religioso”.

Esta es la propuesta que ofrezco en las páginas que siguen. A partir del cristianismo que ha llegado hasta nosotros –y que yo mismo he profesado durante años-, intento “traducir” algunos términos clave de su teología, catequesis y predicación, desde la perspectiva no-dual. Es precisamente esta perspectiva la que lleva a transcender las particularidades religiosas, permite conectar con el mensaje original de Jesús y posibilita encontrarnos en el territorio común y compartido de la unidad que somos.

 

Como, en cierto sentido, se trata de una “traducción”, quiero expresar mi respeto profundo hacia aquellas personas que expresan su fe en otro “idioma”. Mi propuesta es, por eso, un ofrecimiento dirigido a quienes puedan “leerse” en ella, poniendo palabras a lo que viven y sienten.

Pero, en este caso, no es únicamente “traducción”, sino una cierta denuncia sobre el uso y abuso de palabras “sagradas” que, de un modo consciente o inconsciente, se han utilizado como medio de manipulación de las conciencias. Es obvio, sin embargo, que la denuncia se refiere al hecho en sí, no a personas concretas. Entre otras cosas porque, cuando alguien hace daño, eso se debe exclusivamente a la ignorancia (inconsciencia de quien está “dormido”), que nos hace creer que las cosas son tal como nosotros las vemos.

Este objetivo marca el desarrollo que habrá que seguir en cada capítulo: 1) comprender lo que se ha “cargado” sobre la palabra en cuestión; 2) deconstruir lo añadido; y 3) reencontrar –desde una perspectiva no-dual, como he señalado más arriba-, del modo más fiel posible, el núcleo genuino en el que podamos reconocernos.

 

He tomado diez palabras que me parecen claves en la teología cristiana. Habría quizás muchas otras que también merecieran aparecer. Sin embargo, de lo que se trata es, no tanto de ser exhaustivo, cuanto de señalar algunas claves de lectura, que nos permitan reconocer-nos profundamente en aquello que nombramos.

Esas diez palabras son las siguientes: Jesús (capítulo 1), evangelio (2), Dios (3), fe (4), perdón (pecado y culpa) (5), salvación (6), cielo (y novísimos) (7), libertad (8), amor a sí mismo (9), y comunidad-compromiso[9] (10).

Mi único objetivo, como decía más arriba, es ofrecer un “mapa” que pueda ayudar, por un lado, a limpiar algunos términos que se han desfigurado históricamente por diferentes motivos y, por otro, posibilitar lecturas más adecuadas a tantas personas que se hallan en búsqueda de “nombrar” lo que viven o quieren vivir.

Por eso me ha parecido oportuno incluir tres Anexos en los que, a partir de circunstancias concretas, trato de abordar expresamente la cuestión de los “mapas religiosos”. Propongo claves y pistas para avanzar en la comprensión del cambio en el que estamos inmersos –un cambio de envergadura desacostumbrada-, así como para hacer luz específicamente sobre el fenómeno novedoso –y con frecuencia mal planteado y peor comprendido- de la emergencia de una espiritualidad sin Dios.

Los mapas son todos relativos –relacionales-, por la sencilla razón de que somos seres situados, que elaboramos elementos igualmente situados en el tiempo y en el espacio. Lo decisivo, por tanto, no son las indicaciones, sino el reconocimiento de la Verdad de lo que es, para serla y, de ese modo, hacer posible que se convierta en Vida. Un reconocimiento, por otra parte, que únicamente será posible cuando, acallando la mente y los movimientos del ego, más allá de los conceptos y de las palabras, dejando caer creencias y etiquetas de todo tipo, dejemos que la Verdad sea.

[1] Esto se aprecia reiteradamente en el campo de lo religioso, en el que fácilmente se identifica nada menos que al Misterio último con la idea que el sujeto se hace del mismo. De ese modo, cae en un espejismo peligroso: pensar que el hecho de nombrar a “Dios” ya le garantiza haberlo encontrado. El proceso culmina cuando, aun sin darse cuenta, la persona “reduce” a Dios a la creencia que ella misma tiene. Volveré sobre ello, especialmente en los Anexos.

[2] Eso mismo ocurre, por ejemplo, con la palabra “energía”. Una vez fijada, la mente cosifica su significado y la reduce a un “objeto” delimitado del que ella podría hablar adecuadamente. La realidad, sin embargo, es otra: la energía no es algo delimitado y objetivable, sino un permanente “fluir” o “estar siendo” de un vacío primordial que a nuestra mente se le escapa por completo.

[3] Como afirma el físico Brian Greene, la realidad resulta ser muy diferente a lo que nos muestran nuestros propios sentidos; donde nuestros ojos no ven nada, hay en realidad una red de conexiones sobre la que están todas las cosas del universo, la malla que hace funcionar la realidad física, el campo morfogenético de donde todo está surgiendo constantemente: “La realidad que experimentamos es tan solo un pálido reflejo de la realidad que es”: B. GREENE, El tejido del cosmos. Espacio, tiempo y la textura de la realidad, Crítica 2010, p.613. “El universo es un inmenso campo de Higgs que provee de masa a todos los entes que lo pueblan… Sin ese campo, todas las partículas serían libres, se moverían a la velocidad de la luz y, por tanto, carecerían de materia y de temporalidad”: F. DÍEZ, Ciencia y consciencia. El paradigma cuántico y la búsqueda espiritual, Kairós, Barcelona 2013, p.50.

[4] Enéadas IV, 7,8, cit. en M. CAVALLÉ, La sabiduría recobrada. Filosofía como terapia, Oberon, Madrid 2002, p.108 (existe una edición más reciente en Kairós). Un poco antes, la propia autora había escrito: “Lo que ordinariamente denominamos «mundo», lejos de ser una realidad incuestionable e independiente de nosotros, es algo que construimos e interpretamos a partir de un número ingente de impactos informativos que recibimos a través de los sentidos… A su vez, estas impresiones son en sí mismas ininteligibles; adquieren orden, inteligibilidad y coherencia al ser filtradas e interpretadas por el lenguaje y el pensamiento conceptual. Es en este momento cuando hablamos de un «mundo» y de las «cosas» del mundo” (p.99).

[5] F. DÍEZ, Ob. cit., p.12.

[6] La llamada “interpretación de Copenhague”, considerada la ortodoxa, acepta que las partículas elementales carecen de realidad antes de la observación consciente. Sin embargo, aun reconociendo que se han encontrado con el misterio de la consciencia –la gran cuestión del futuro para las ciencias-, los científicos tratan de ignorarlo mirando hacia otro lado. Cuentan que cuando a Werner Heisenberg (1901-1976) –uno de los padres de la física cuántica- le preguntaban si las partículas eran reales en sí mismas, contestaba que su médico le prohibía hablar de metafísica.

[7] F. DÍEZ, ob. cit., p.13.

[8] Para la justificación de esta afirmación, que aquí doy por supuesta, así como para comprender los presupuestos en los que descansa el presente trabajo, debo remitir a lo que he escrito en Otro modo de ver, otro modo de vivir. Invitación a la no-dualidad, Desclée De Brouwer, Bilbao 22014.

[9] Uno estas dos palabras en una sola porque, bien entendidas, resultan equivalentes o, al menos, se reclaman mutuamente, en la línea de aquella célebre frase del obispo Jacques Gaillot, que dio título a uno de sus libros: J. GAILLOT, Una Iglesia que no sirve, no sirve para nada, Sal Terrae, Santander 1995.

Otro modo de ver, otro modo de vivir. Invitación a la no-dualidad.

Otro modo de ver - PORTADA

Los hombres…, admirando todo lo que es menos que ellos, execrando todo lo que es más que ellos. Todo lo digno de amor y de adoración” (Michel Henry).

Si las puertas de la percepción se depurasen, todo aparecería ante nosotros como realmente es: infinito. Pues el ser humano se ha encerrado en sí mismo hasta ver todas las cosas a través de las estrechas rendijas de su caverna” (William Blake).

Si entiendes, las cosas son tal como son. Si no entiendes, las cosas son tal como son” (Proverbio zen).

Cuando la mente está perfectamente clara, lo que es es lo que queremos” (Byron Katie).

A ser juez de las cosas, voy prefiriendo ser su amante” (José Ortega y Gasset).

¡Ser uno con todo: esta es la vida de los dioses y el cielo de los hombres! Ser uno con todo lo que vive, fundirse en un feliz olvido de sí mismo, en el todo de la naturaleza: este es el vértice del pensamiento y de la felicidad, esta es la santa cumbre del monte, la sede de la eterna quietud” (Friedrich Hölderlin).

No-dualidad es Amor.

…………..

A Ana Mª de las Heras y Nacho Marín, con tanto cariño como gratitud.

A Javier Martínez, con admiración y aprecio.
A quienes, de tantas maneras, posibilitan y favorecen “otro modo” de ver y de vivir.

……………

Los derechos de autor de este libro se destinan a la Empresa de Inserción Socio-laboral “Le damos la vuelta, s.l.”, en Zaragoza:
www.ledamoslavuelta.com

 

         Gran parte de la filosofía occidental y, en consecuencia, la ciencia y aun la misma teología, han identificado el conocer con el pensar, conduciendo a un reduccionismo estrecho y nihilista.

         Una de las mayores revoluciones de nuestro momento cultural –avalada también por los descubrimientos más recientes de la física cuántica y de las neurociencias- consiste, precisamente, en la toma de conciencia de otro modelo de conocer, infinitamente más rico y ajustado a lo real.

         El primero es el modelo mental, dualista, que conduce a un conocimiento por análisis y reflexión. El segundo es el modelo no-dual, se asienta en la consciencia o atención no mediada por la mente y conduce a un conocimiento por identidad.

         Ambos son complementarios: el primero se mueve eficazmente en el mundo de los objetos; el segundo, en el de la realidad no objetivable. De ahí que las cuestiones más decisivas -¿qué es la vida?, ¿qué es la verdad?, ¿quién es Dios?, ¿quién soy yo?…- solo puedan ser respondidas adecuadamente desde este segundo modo de conocer.

         El tránsito de uno al otro requiere ejercitarse en pasar del pensamiento a la atención, porque solo acallando la mente es posible “ver” en profundidad, favoreciendo así la vivencia honda, plena y gozosa de lo que somos. Necesitamos urgentemente otro modo de ver para poder vivir de otro modo.

 

Editorial DESCLÉE DE BROUWER

 

ÍNDICE

Introducción

1. No-dualidad: belleza del conocer y sabiduría del vivir
Modelos de cognición. Conocimiento mental y conocimiento por identidad
Un giro copernicano en el modo de conocer
Un paréntesis explicativo: monismo materialista, dualismo religioso y no-dualidad
La realidad aparente y la realidad última. La perspectiva cuántica
Belleza y elegancia del modelo no-dual
Sabiduría de vida (para la vida): conocer es ser transformado

 

2. ¿Quién soy yo? No-dualidad e identidad
La pregunta esencial
Paradigmas, niveles de consciencia, modelos de cognición
¿Quién soy yo?

 

3. No-dualidad y relaciones interpersonales
Yo, tú, él, nosotros
Nacimiento, absolutización, integración y trascendencia del yo
Células de un único organismo

 

4. No-dualidad y sentido de la vida. Sortear las trampas, experimentar la plenitud
La necesidad humana de sentido
¿Dónde buscamos el sentido de la vida? La trampa del modelo mental
Somos plenitud de sentido
Prácticas que favorecen vivir con sentido
Experiencia teísta, espiritualidad y sentido de la vida

 

5. No-dualidad, crisis de valores y vida en plenitud. La felicidad desde una perspectiva transpersonal
Crisis de valores
Plenitud de vida
Ser felices: el anhelo universal
Caminos que lo impiden. El ego y la felicidad
Desde la respuesta adecuada a la pregunta ¿quién soy?
Para concluir: ¿Hay algo que “hacer”?

 

6. No-dualidad y compromiso. La propuesta de Jesús de Nazaret
Espiritualidad y compromiso
El hombre Jesús de Nazaret: rasgos de su personalidad
El camino de Jesús: “Ve y haz tú lo mismo”
Sabiduría y compasión, mística y compromiso
Conclusión: compromiso y no-dualidad
Práctica para conectar con lo que realmente somos

 

7. Silencio y no-dualidad. El No-lugar de los mil nombres
Identificación con la mente, falsa identidad
Silencio de la mente, silencio del ego
Silencio místico e Identidad no-dual
Práctica: la mente “no sé”
Para acceder al Silencio

 

8. Afrontar el dolor y la muerte desde la no-dualidad
El dolor y la muerte, desde el modelo mental
El dolor y la muerte, desde el modelo no-dual
Morir antes de morir

 

9. No-dualidad y despliegue histórico. La vida como representación
¿Libres?
Un inciso necesario: la aportación de la neurociencia
Una orquesta sin director
¿Consecuencias éticas? Un doble nivel

 

Conclusión: La elegancia de la no-dualidad

 

Bibliografía

 

INTRODUCCIÓN

Vende tu astucia y compra asombro” (Rumi).

En cuanto te quitas de en medio, Eso aparece” (Rafael Redondo).

Cuando deja de haber un «yo», concluye toda búsqueda espiritual” (David Loy).

Todo te revelará su secreto si lo amas suficientemente” (George Carver).

Simplemente abandona lo que no es tuyo, y encuentra lo que nunca perdiste: tu propio ser” (Nisargadatta).

 

 

Estoy profundamente convencido de que el paso de la perspectiva dual a la no-dual encierra tesoros de sabiduría, riqueza y humanidad. Soy consciente también de que no resulta fácil internarse en este territorio a quien no está familiarizado con él o a quien no ha vivido alguna experiencia consciente de no-dualidad. Aunque, paradójicamente, tampoco es extraño que, al oír hablar de ello, se despierten en muchas personas “ecos” antes ignorados, “resonancias” intuitivas a través de las cuales se expresa el “maestro interior” de cada cual.
Las personas que se acercan a esta “nueva” perspectiva suelen encontrar una doble dificultad: por un lado, como ocurre cuando se accede a un idioma desconocido, todo resulta extraño, una especie de jeroglífico incoherente; por otro, no poseemos –todavía- herramientas conceptuales para poder expresar adecuadamente los fenómenos no-duales, ya que nuestra mente, hoy por hoy, es de naturaleza dual.
Sin embargo, considero que la apertura a la perspectiva no-dual es imprescindible e incluso urgente para:

  • superar las trampas del modelo mental y los límites inherentes a la razón;
  • trascender el dualismo que existe solo en nuestra mente, no en la realidad;
  • acceder al núcleo mismo de nuestra dimensión más profunda, aquella a la que nos referimos al hablar de “interioridad” o “espiritualidad”,
  • sortear la pobreza reiterativa de discursos filosóficos y teológicos, apoyados en una erudición abstracta, con frecuencia enredados en pseudoproblemas y atrapados en sus propios planteamientos, cada vez más desconectados de la sensibilidad emergente y alejados de la genuina sabiduría;
  • favorecer una vivencia plena y honda de lo que somos en profundidad, a través de un acceso directo, no-mediado y autoevidente, a nuestra verdad más profunda;
  • utilizar la mente como una herramienta a nuestro servicio, en lugar de identificarnos con ella y caer en reduccionismos de todo tipo (científico, filosófico, teológico, religioso, político…);
  • encontrarnos en el “territorio” común y compartido –la verdad de lo que somos-, en vez de encerrarnos en la jaula de los “mapas” particulares –y con frecuencia exclusivos y excluyentes- que nuestra mente ha fabricado y continúa fabricando.

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