EL AMOR, CRITERIO DE VERDAD

Comentario al evangelio del domingo 25 de octubre de 2026

Mt 22, 34-40

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se acercaron a Jesús y uno de ellos le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”. Él le dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas”.

EL AMOR, CRITERIO DE VERDAD

En el comentario de la semana anterior, aludía a la contradicción frecuente entre el hacer y el decir, que instala en la incoherencia. También podemos hablar mucho de amor, viviendo en la práctica de una forma absolutamente egocentrada.

A veces, la incoherencia toma forma de grandes discursos y enérgicas discusiones, en las que se defienden ideas de todo tipo, presentando las propias como las más “razonables” y verdaderas, sin caer en la cuenta de que, realmente, el objetivo buscado es querer tener razón.

Al ego le encanta tener razón porque cree que le aporta seguridad y personalidad. Pero, tal como escribe la psicóloga Marta Schröder (La mirada secreta. AtraBesando las apariencias, Saralejandría, Castellón 2026), “para alcanzar la verdad, necesitamos soltar nuestra razón”.

Y, de manera muy lúcida, añade: “La razón no entiende al que está en el otro lado. La razón no es más que lo que mente ve desde una perspectiva concreta. Es una visión relativa al lugar desde el que estoy viendo. Eso es la razón. Nada más. Y creemos que tener la razón es tener la verdad. Queremos que “nos den” la razón, pensando que estamos en la verdad. Pero, a diferencia de la razón, la verdad no se puede dar a otros. Lo único que se puede hacer es ser fuente de inspiración para que el otro vea por sí mismo”.

Para Jesús, el criterio de acierto y test definitivo para saber si nos hallamos en la verdad es solo uno: el amor. El amor “sostiene [contiene] la Ley entera y los profetas”, es decir, todo el texto sagrado. Podemos soslayar las discusiones, planteando simplemente esta cuestión: ¿Amo? En este momento en que tiendo a “cargarme de razón” —¡cuánta necesidad de seguridad esconde este afán!—, ¿estoy viviendo desde el amor?