Todas las entradas de: Enrique Martínez Lozano

MÁS ALLÁ DE LA APARIENCIA

Domingo de Pascua

12 abril 2020

Jn 20, 1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien quería Jesús, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro, se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro. Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo como las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

MÁS ALLÁ DE LA APARIENCIA

          El autor del evangelio parece ofrecer claves que muestran que se trata de un relato catequético que pretende un único objetivo, recogido en la última frase de todo el párrafo: afirmar que Jesús vive. Para ello utiliza el “mapa” judío que habla de “resurrección de entre los muertos”. A diferencia de la griega –que, separando “alma” y “cuerpo”, podrá hablar de “inmortalidad del alma”–, la antropología hebrea, radicalmente unitaria, solo puede mantener la afirmación de la vida después de la muerte apelando a una “resurrección” por parte de Dios.

       “El primer día de la semana”, el amanecer, la oscuridad, la losa quitada… aparecen como elementos cargados de simbolismo que hablan de novedad radical: la muerte no es el final de nada, sino el comienzo de todo; la oscuridad se transforma en luz y toda “losa” pesada –de miedo y de muerte– es quitada.

          La catequesis constituye una invitación a ver más allá de las apariencias o “vendas”, para lo cual se precisa una mirada nueva, que brota más fácilmente del corazón, del amor.

          Tal mirada requiere silenciar la mente. Porque, de otro modo, no lograremos ver sino lo que siempre hemos visto, es decir, lo que nuestra mente nos dicta a partir de todo lo que ella ha recibido, aprendido e interiorizado. Pero todo lo que la mente puede ofrecernos son únicamente creencias, constructos mentales de todo tipo, carentes de consistencia. Para ver en profundidad es preciso descorrer el velo mental a través del silencio y reconocer Aquello que aparece cuando el pensamiento se ha silenciado. Krishnamurti lo expresó con acierto: “Solo una mente en silencio puede ver la verdad, no una mente que se esfuerza por atraparla”.

Cuando no pongo pensamientos, ¿qué queda?

AUDIOS DE MEDITACIÓN DE ANA MARÍA

Queridos, queridas: 

Como sabéis, desde que hemos empezado esta “cuarentena”, Ana María de las Heras guía varios grupos de meditación, todos los días, de 19:00 a 19:00 hs., a través de whatsapp. 

Nos encontramos en el silencio, y unimos toda nuestra fuerza para bien de las personas más afectadas por esta crisis y de todas las personas que están dando lo mejor de sí para facilitar nuestra vida en este tiempo incierto y difícil.

Como ya no había posibilidad de aumentar el número de participantes, ha pensado ofrecer las guías de meditación de cada día, a través de un enlace en Drive. 

Ahí va el enlace con las carpetas. Es muy sencillo. Basta con hacer clic  sobre el enlace, y aparecerán las carpetas. En cada una hay una “Guía”, correspondiente al día en que se hará. Siguiendo ese orden, podemos encontrarnos todos y todas cada día a las 19:00 hs.  
La carpeta donde pone “Cierre” , es para todos los días: se hace, a modo de conclusión, al acabar la práctica de cada tarde. 
Este es el enlace:
Nos encontramos ahí…, a pesar del “encierro”. 

PECADO – CRUZ – DOLOR

Domingo de Ramos

5 abril 2020

Mt 27, 11-54

 En aquel tiempo, Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
– ¿Eres tú el rey de los judíos?
Jesús le respondió:
– Tú lo dices.
Y mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los senadores, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
– ¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?
Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:
– ¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, al que llaman el Mesías?
Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
– No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.
Pero los sumos sacerdotes y los senadores convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús.
El gobernador preguntó:
– ¿A cuál de los dos queréis que os suelte?
Ellos dijeron:
– A Barrabás.
Pilato les preguntó:
– ¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?
Contestaron todos:
– Que lo crucifiquen.
Pilato insistió:
– Pues, ¿qué mal ha hecho?
Pero ellos gritaban más fuerte:
– ¡Que lo crucifiquen!
Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia del pueblo, diciendo:
– Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!
Y el pueblo entero contestó:
– ¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!
Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:
– ¡Salve, rey de los judíos!
Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron la ropa y lo llevaron a crucificar.
Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: “La Calavera”), le dieron a beber vino mezclado con hiel; el lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con esta inscripción: ESTE ES JESÚS, EL REY DE LOS JUDÍOS. Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza:
– Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.
Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también diciendo:
– A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?
Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:
Elí, Elí, lamá sabaktaní. (Es decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”).
Al oírlo algunos de los que estaban por allí dijeron:
– A Elías llama este.
Uno de ellos fue corriendo; enseguida tomó una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían:
– Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.
Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.
Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de los santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos.
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
– Realmente este era Hijo de Dios.

PECADO – CRUZ – DOLOR

       Tal como la presenta el catecismo, la llamada “historia de la salvación” pivota sobre dos ejes inseparables: la doctrina del “pecado original” y la doctrina de la “redención”, el pecado y la cruz.

         Durante siglos, el catecismo fue petrificando esa creencia hasta llegar a configurar el imaginario colectivo cristiano. Aun a riesgo de caer en la caricatura, el núcleo de la misma podría expresarse de este modo: el designio de Dios se frustró debido al pecado de “nuestros primeros padres”, que fueron expulsados del paraíso y condenados a vivir con dolor en este “valle de lágrimas”. Ahí podría haber terminado todo, pero Dios fue sacando adelante su proyecto de salvación. Para ello se eligió un pueblo (Israel o el pueblo judío) del que habría de nacer el Mesías, su propio Hijo. Este, por medio del suplicio de la cruz, expiaría aquel pecado primero y, de ese modo, redimiría (rescataría) a toda la humanidad que creyera en él.

        En esa apretada síntesis quedan claros los dos pilares sobre los que se asienta la creencia: el pecado original y la cruz. La conexión entre ambos es sustancial, hasta el punto de que si uno de ellos se tambalea, el otro se viene abajo. Tal vez ello explique las resistencias de la autoridad eclesiástica a reconocer el carácter mítico del relato del Génesis. Quizás teme que, si se niega historicidad al llamado “pecado original”, resulte insostenible la doctrina de la redención tal como habitualmente se ha explicado.

         Pero es justamente esa doctrina la que es necesario desmitificar, porque a lo largo de los siglos ha generado culpabilidad y dolorismo hasta extremos no fácilmente imaginables. Culpa, porque el ser humano se veía “pecador” incluso antes de nacer: la humanidad entera era vista, desde san Agustín, como “massa damnata” (masa corrompida). Y dolorismo porque, tal como se leían los designios de Dios, el modo como Jesús nos habría librado de la culpa fue a través del sufrimiento de la cruz. A partir de ahí, era fácil deslizarse hacia la idea de que el dolor en sí mismo era bueno y agradaba a Dios. ¿No es evidente que todo el ceremonial característico de la “Semana Santa” se hallaba impregnado de culpabilidad y dolorismo?

          Desmontar todo ese imaginario pasa por reconocer que el relato bíblico del Génesis es solo un mito –de la “caída” o del “paraíso perdido”– con el que los primeros humanos trataron de explicarse el porqué del mal en el mundo. Por tanto, si no existió tal “pecado” tampoco se necesita una “expiación”.

      Jesús murió ajusticiado. Pero eso no se debió al arbitrio de un Dios ofendido que así lo dispusiera, ni tampoco a que el propio Jesús valorara el dolor o entendiera su existencia en clave de expiación. Todo ello sería muy posterior. Jesús fue ejecutado porque estorbaba al poder dominante.

        No hay culpa ni valoración alguna del dolorismo. El único vicio de la humanidad –dijo ya Platón– es la ignorancia acerca de lo que somos. Lo que nos salva no es, por tanto, el dolor sino la comprensión.

¿Qué consecuencias te parece que se han derivado de la doctrina del “pecado original” y de la “redención”?

Quien esté interesado en esta cuestión o desee profundizar en los argumentos que este comentario da por supuestos puede leer “¿Qué Dios y qué salvación? Claves para entender el cambio religioso”, publicado por Desclée De Brouwer.