Todas las entradas de: Enrique Martínez Lozano

TODO ES AHORA, PRESENTE ATEMPORAL

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario

14 noviembre 2021

Mc 13, 24-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “En aquellos días, después de una gran tribulación, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los ejércitos celestes se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, del extremo de la tierra al extremo del cielo. Aprended lo que os enseña la higuera. Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, sabéis que la primavera está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán. El día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre”.

TODO ES AHORA, PRESENTE ATEMPORAL

 Más o menos afligidos por las circunstancias que nos tocan vivir, los humanos tenemos tendencia a idealizar el pasado -la imagen tradicional en nuestra cultura hablaba del “paraíso original”, del que habríamos sido arrojados por nuestro pecado- y a proyectar la felicidad en el futuro -en un “cielo” o “paraíso” que colmaría definitivamente todos nuestros deseos-.

 Tal lectura habla, prioritariamente, de nuestros deseos y se basa en una lectura secuencial del tiempo. Por ello mismo, presenta dos puntos radicalmente cuestionables: por un lado, parece olvidar que todas las formas se hallan sometidas a la ley de la impermanencia -dicho de otro modo: es imposible hablar de “plenitud” referida a cualquier forma-; por otro, la lectura secuencial del tiempo es una creación mental.

 A partir de esa doble constatación, emerge una nueva luz que ilumina nuestra comprensión. Lo realmente real trasciende las formas y solo existe el presente.

 Las formas evolucionan, cambian, se mueven…, pero sin dejar de ser impermanentes, por lo que se verán siempre sometidas a altibajos (no existe ningún “cielo” o “paraíso” para ellas, donde hallarían descanso).

 Lo que somos, más allá de la forma “personal” en la que nos experimentamos, es plenitud de presencia o presencia consciente, permanente y estable. Carece de sentido esperar un “futuro” perfecto. Lo que seremos ya lo somos. Por lo que se entiende el dicho de un místico, cuyo nombre he olvidado: “Si no estás en el cielo ahora, tampoco estarás en él cuando te mueras”.

 Y ahí se muestra, una vez más, nuestra paradoja: somos, a la vez, vulnerabilidad -en la forma impermanente- y plenitud.

¿Puedo percibir la plenitud que soy y, desde ella, aceptar la vulnerabilidad e impermanencia de mi persona?

PODER O ENTREGA

Domingo XXXII del Tiempo Ordinario

7 noviembre 2021

Mc 12, 38-44

En aquel tiempo enseñaba Jesús a la multitud y les decía: “¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos recibirán una sentencia más rigurosa”. Estando Jesús sentado enfrente del cepillo del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a sus discípulos les dijo: “Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”.

PODER O ENTREGA

 Los letrados (escribas) y la viuda constituyen dos símbolos que encarnan maneras de vivir diametralmente opuestas.

 Los primeros se mueven por el poder, queriendo ofrecer una imagen ostentosa y persiguiendo reconocimiento, privilegios y dinero por cualquier medio. Jesús denuncia el “amplio ropaje” que suele utilizarse, en los ámbitos más dispares, como signo distintivo de superioridad. (Si se me permite un paréntesis: ¿qué sentido tiene que, todavía hoy, la jerarquía de la iglesia siga vistiendo capisayos que producen vergüenza ajena y que, para más inri, tienen su origen en los que vestían los poderosos del Imperio romano? Indudablemente, la resistencia a abandonarlos, parece indicar la necesidad, consciente o inconsciente, de manifestar una posición de poder).

 En un nivel más profundo, los “letrados” pueden verse como símbolo del ego (religioso), que se mueve en virtud de sus propias necesidades e intereses narcisistas.

 Por su parte, la imagen de la viuda, tal como es presentada en el relato, representa a la persona capaz de entregar y entregarse (“todo lo que tenía para vivir”), de manera generosa y desapropiada.

 El contraste que el relato pone de manifiesto refleja el que cada uno de nosotros vivimos en nuestro interior. En nosotros conviven, mejor o peor, y en diferentes “dosis”, tanto el “letrado” -el ego que gira constantemente en torno a sí mismo- como la “viuda” -la dimensión profunda que vive en la comprensión y se expresa en el amor que se entrega-.

 La psicología profunda nos enseña que “todos tenemos de todo” porque, más allá de la imagen que mostramos y en la que nos reconocemos, hay otra parte equivalente -la sombra- donde se albergan aspectos ocultos de signo contrario. La sombra no es mala. De hecho, en cuanto somos capaces de reconocerla y de abrazarla, la sombra nos humaniza, regalándonos, a partes iguales, humildad y compasión. Dejamos de “ver la mota en el ojo ajeno” -como diría el propio Jesús-, porque ya hemos visto la “viga” en el propio (Lc 7,41).

¿Reconozco al “letrado” y a la “viuda” que habitan en mí?

NUEVO LIBRO: «COMPROMISO»

A Ana, con admiración, porque lo que hace nace de lo que es.

Los ríos no beben su propia agua; los árboles no comen sus propios frutos; el sol no brilla para sí; las flores no esparcen su fragancia para ellas mismas… Vivir para los otros es una regla de la naturaleza. La vida es buena cuando tú estás feliz; pero la vida es mucho mejor cuando los otros son felices por tu causa. Nuestra naturaleza es el servicio (Anónimo).

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El compromiso es expresión del amor. No puede haber comprensión sin compasión, espiritualidad sin compromiso, profundidad sin fraternidad. ¿Cuáles son los miedos y las necesidades que nos impiden comprometernos? ¿Cuáles las trampas que lo desvirtúan? ¿Cuáles las claves de un compromiso limpio y liberador? Lo que vivimos ante el compromiso revela nuestro propio mundo interior. La ignorancia acerca de lo que somos nos introduce en un laberinto de confusión. Solo la comprensión permite que fluya un compromiso ajustado, porque solo la verdad construye y libera.

«Compromiso es cuidado amoroso, eficaz y sostenido. Compromiso es lo que somos». Nuestra actitud en la vida se mueve entre la voracidad y la ofrenda. 

Enrique Martínez Lozano desarrolla en este libro -que viene a completar una «trilogía», junto con sus libros Presencia y Vida- una definición del compromiso como amor, implicación, esfuerzo, denuncia, cuidado… dimensiones que brotan de la profundidad-fraternidad. Compromiso es -dice- lo que somos. Estas páginas quieren ser una invitación a conectar con el amor que somos de una forma sentida y práctica. Para que ese amor fluya en forma de compromiso a favor del bien de todos los seres y del planeta entero».

Editorial San Pablo

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ÍNDICE

Introducción. Compromiso: cuidado amoroso y eficaz

Capítulo 1. Narcisismo: el compromiso ausente
La herida narcisista
El narcisismo como atmósfera cultural
Trabas para vivir el compromiso
Narcisismo y espiritualidad

Capítulo 2. Apropiación: el compromiso desconectado
Cuando el ego se apropia del compromiso: autoafirmación y compensación
Dualismo: el lugar de donde nace
Voluntarismo: la actitud que lo dirige
El compromiso desconectado: otra forma de narcisismo

Capítulo 3. Comprensión: el compromiso que fluye
La comprensión ilumina el compromiso
Profundidad-fraternidad y compromiso, del lado de las víctimas
Espiritualidad, no-dualidad y compromiso
Comprometerse es fluir
Condiciones básicas para un compromiso ajustado

Conclusión. Somos compromiso

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INTRODUCCIÓN

Compromiso: cuidado amoroso y eficaz

“Los seres humanos somos seres predispuestos a cuidar de nosotros mismos y de los otros” (Adela Cortina).

Un buen día –cuenta la conocida como fábula de Higinio–, al atravesar un río, Cuidado encontró un trozo de barro. Lo tomó y empezó a darle forma. En ello estaba, cuando se presentó el dios Júpiter. Al reconocerlo, Cuidado le pidió que soplara con su espíritu sobre la forma de barro que había amasado, y Júpiter así lo hizo. Pero enseguida empezaron a discutir acerca del nombre que debía tener la criatura recién creada, reclamando cada cual ponerle el suyo propio.

En ello estaban, cuando apareció la Tierra, quien también quiso llamar a la criatura con su nombre, argumentando que estaba hecha de su propia materia, el barro. Todo ello generó una fuerte discusión.

Al ver que no lograban ponerse de acuerdo, le pidieron a Saturno que actuara como árbitro. Y así fue. De manera inmediata, Saturno tomó la palabra y sentenció: “Júpiter, tú le diste el espíritu; por lo tanto, recibirás ese espíritu cuando la criatura muera. Tierra, tu le diste el cuerpo; por tanto, se te devolverá cuando la criatura muera. Y finalmente tú, Cuidado, al ser quien modelaste a la criatura, la mantendrás bajo tus cuidados mientras viva. Y como veo que no se ponen de acuerdo sobre el nombre de la criatura, decido que se llamará «Hombre», es decir, «humus», que significa tierra fértil”.

 

El término “compromiso” es polisémico. Puede aludir a cosas tan dispares como un contrato (“hemos firmado el compromiso”) o una dificultad (“nos han puesto en un compromiso”). Y puede referirse también a una actitud de responsabilidad asumida ante sí mismo, ante otros, ante un colectivo o incluso ante el planeta entero. En virtud de ella, la persona se implica voluntariamente en la búsqueda del bien de las personas o de la naturaleza, aun por encima de sus propios intereses inmediatos. Y no porque reniegue del cuidado de su propio bienestar, sino porque su comprensión le permite abrirse a un horizonte más amplio que, aun abrazándolo, trasciende su pequeño universo egoico.

Hablamos, pues, de una actitud responsable, es decir, que nace como respuesta ante una situación determinada y busca el bien por encima de todo, por lo que se traduce en un comportamiento que quiere ser eficaz. La responsabilidad es la actitud sabia, entre la irresponsabilidad, por un extremo, y la reactividad, por el otro.

El deseo profundo de bien, que da cuerpo a todo compromiso genuino, brota de lo mejor de la persona, se experimenta como amor gratuito, se traduce en servicio y se vive –este es el motivo por el que he querido comenzar recordando la fábula citada– como cuidado.

El cuidado evoca de inmediato atención, acogida, abrazo, protección, amparo, apoyo, seguridad… Pone de manifiesto la bondad radical del ser humano y es, al mismo tiempo, el requisito indispensable para que la vida pueda desplegarse, así como la atmósfera que hace posible el florecimiento de todos los seres y del planeta en su conjunto.

Lo opuesto al cuidado es la depredación. Si aquel es manifestación del amor, esta es hija del narcisismo patológico y del egocentrismo que ve todo y a todos como objetos con los que intenta calmar su voracidad insaciable.

Nuestra actitud en la vida se mueve entre la voracidad y la ofrenda. Aquella define al ego, se alimenta de la ansiedad y se traduce en abuso, sometimiento y depredación, ya que se mueve exclusivamente por intereses egoicos. La ofrenda se apoya en un sentimiento de comunión con todo lo real, es expresión del amor, se alimenta de la gratuidad y de la gratitud, y se vive como entrega.

Si todo lo humano es necesariamente imperfecto y, en consecuencia, ambiguo, tampoco el compromiso escapa a esa ley. Capaces de lo más sublime y de lo más rastrero, del amor más entregado y del egoísmo más hostil, de la más noble integridad y de la peor vileza, necesitamos crecer en lucidez crítica para, desnudando las diferentes trampas que puedan acecharnos, vivir con la mayor limpieza el compromiso en todas sus dimensiones.

El mejor y más eficaz antídoto frente a la ambigüedad es la comprensión, tal como se recoge en la sabia afirmación socrática: “Solo hay una virtud: la sabiduría [o comprensión]; y solo hay un único vicio: la ignorancia”. Intento, pues, aportar comprensión que ilumine la vivencia del compromiso, alertando de un doble riesgo: la evasión y la apropiación. Entiendo por evasión aquella actitud egocentrada que, ahogándose en el pozo del narcisismo, elimina de raíz la búsqueda del bien para todos y para todo. Y con la apropiación me refiero al mecanismo sutil, igualmente egoico y egocentrado, por el que, de manera consciente o inadvertida, se vive el compromiso, en cualquiera de sus formas, como afirmación y alimento del ego. Ambos escollos –evasión y apropiación– que el compromiso ajustado ha de saber sortear no son, en realidad, sino dos modos diferentes en los que se expresa, se refugia y con los que se alimenta el narcisismo.

Con ello, quedan nombradas las tres partes en que se divide este trabajo: el compromiso imposible o ausente en el narcisismo, el compromiso apropiado y colonizado por el ego, y el compromiso que fluye limpiamente de la comprensión. Probablemente, todos y todas nos reconozcamos en los tres casos, lo que significa que se dan en nosotros esas actitudes: la indiferencia, la apropiación –ambas narcisistas, como veremos en su momento– y, de fondo, la limpieza y la bondad.

Me he referido a la ambigüedad de lo humano. Además de ambiguo, lo humano es inexorablemente imperfecto. Al hablar del compromiso, no abogo, pues, por un ideal inalcanzable ni exijo un “purismo” que, por extremo, llegaría a ser paralizante. Soy bien consciente de que nos movemos siempre entre claroscuros y que la pretensión de ser “ángel” puede terminar, como resultado de la represión, en comportamientos de “demonio”. Tanto la lucidez como la experiencia nos advierten de que no hay luz sin sombra; por tanto, la primera actitud sabia es la aceptación de toda nuestra verdad, desde el reconocimiento de que no estamos llamados a ser “perfectos”, sino “completos”. Dado todo esto por supuesto, me parece importante subrayar los riesgos que pueden acecharnos a todos con más facilidad y frecuencia de lo que tendemos a pensar, para crecer en consciencia, limpieza y honestidad a la hora de vivir el compromiso.

Compromiso es cuidado amoroso, eficaz y sostenido. No nace del voluntarismo, no se conforma con la “buena intención”, ni tampoco es algo pasajero. Nace del amor y se despliega como deseo profundo de bien. Estas páginas quieren ser una invitación a conectar con el amor que somos, de una forma sentida y práctica. Al comprender que somos amor, encontraremos la mayor motivación, tanto para ir limpiando todo aquello que nos impide o dificulta vivirlo, como para favorecer que fluya en forma de compromiso a favor del bien de todos los seres y del planeta entero.

Somos amor; el compromiso es el modo como se manifiesta.

¿MANDAMIENTOS DE DIOS?

Domingo XXXI del Tiempo Ordinario

31 octubre 2021

Mc 12, 28b-34

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?”. Respondió Jesús: “El primero es: «Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser». El segundo es este: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». No hay mandamiento mayor que estos”. Él explicó: “Muy bien, maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: “No estás lejos del Reino de Dios”. Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

¿MANDAMIENTOS DE DIOS?

 Al tiempo que estudiábamos los “mandamientos de la Ley de Dios”, surgía en nuestras mentes infantiles la imagen de un Dios Juez absoluto y arbitrario -podía hacer lo que quisiera-, que exigía, por encima de todo, ser obedecido. Explicado con categorías actuales, tal imagen de Dios se caracterizaba por la auto-referencialidad, por lo que aparecía como un gran Narciso caprichoso y pronto a la ira cuando sus mandamientos eran desobedecidos.

 Uno de los errores graves de la religión -aunque sea comprensible si tenemos en cuenta el momento histórico en que nace- fue justamente el de leer los “mandamientos” desde la heteronomía.

 Tal idea presuponía una cosmovisión -Dios habitando en un “piso” superior al de la creación- y una determinada concepción de la autoridad -omnímoda, arbitraria e incuestionable-. Y daba como resultado, por un lado, la imagen de un Dios antropomorfo empeñado en que hiciéramos lo que él quería y, por otro, en los creyentes, una actitud infantiloide de sometimiento pasivo, aderezado con miedo y resentimiento.

 La propia evolución de la consciencia en nosotros va haciendo posible la superación de aquellas imágenes míticas, en la medida en que nos abre a una comprensión mayor.

 Los llamados “mandamientos” no son caídos del cielo -no hay un dios que los haya entregado escritos en las “Tablas de la Ley” a Moisés en el monte Sinaí, a no ser que caigamos en la que he llamado «sutil trampa teísta»-, sino un constructo mental, plasmación de aquello que los seres humanos han ido descubriendo como “reglas” para ordenar su convivencia y responder a las circunstancias de la manera más sabia posible.

En este sentido, los mandamientos son expresión de la comprensión: aquello que los humanos creían ir comprendiendo lo plasmaban, con mayor o menor acierto, en forma de “mandato”.

 Si así fueron escritos, ahí también se halla la clave para una lectura adecuada. Por ejemplo, cuando en el “primer mandamiento” se dice que “amarás al Señor tu Dios” y “al prójimo como a ti mismo”, no se está dando una orden heterónoma, nacida de alguna voluntad superior. Se está expresando una verdad profunda: la unidad de todo lo real. De modo que, en un lenguaje laico, no teísta, podría formularse de este modo: “Cuando comprendes lo que somos, amas lo que es y vives la unidad -el amor- con todo”. Si, más allá de la infinidad de formas diferentes, lo realmente real -el fondo de todas las formas- es uno, solo cabe una actitud adecuada: el amor, entendido como certeza de no separación, que genera un comportamiento en esa misma línea.

¿Cómo veo la realidad? ¿Cómo veo a los otros?