HECHOS Y OPINIONES: LA FILOSOFÍA DE MARCO AURELIO // Celia Pérez León

Qué quería decir Marco Aurelio cuando afirmó: «Todo lo que escuchas en realidad es una opinión, no un hecho. Y todo lo que ves es una perspectiva, no la verdad».

Celia Pérez León, en CuerpoMente, 27 de septiembre de 2025.
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 ¿Y si la realidad no fuera tal como imaginas? ¿Y si te hubieses equivocado y las cosas no fueran tan mal como crees? Las palabras del emperador Marco Aurelio son siempre un ancla para librarnos del malestar aplicando las enseñanzas del estoicismo.

¿Cuántas veces has sentido que una crítica te ha dejado sin aire? ¿O que una noticia ha desatado en ti más angustia de la que realmente merecía? Muchas veces no es la realidad en sí lo que nos pesa, sino la forma en la que la interpretamos. Lo que pensamos sobre lo que pasa es lo que amplifica, o aligera, nuestro sufrimiento.

Hagamos ahora un breve viaje en el tiempo. En medio de un campo de batalla, en una guerra que parece no tener final, alejado de todos sus seres queridos, se encuentra el emperador Marco Aurelio. Como único consuelo tiene un diario en el que apunta sus reflexiones y pensamientos, sus Meditaciones.

Este hombre, que por su posición podía tenerlo todo, y por su situación carecía de lo que más deseaba, nos dejó grandes lecciones. Entre ellas, esta que nos ayuda a comprender que la realidad no es siempre como la imaginamos, y no debemos permitir que nuestros sesgos y emociones dominen nuestra percepción.

El poder de la interpretación

La mente humana es prodigiosa, pero también está profundamente limitada por sesgos que nos condicionan. Creemos que la vida es una imagen nítida y fácilmente interpretable, cuando en realidad es algo así como un efecto óptico. Una ilusión. Como la Copa de Rubin. ¿Es una copa o dos rostros mirándose? Lo cierto es que ambas opciones son correctas.

Esto, que puede resultarnos fácil de entender cuando nos referimos a una imagen, cuesta extrapolarlo a la vida real. Y deberíamos hacerlo. Porque lo cierto es que en este mundo nada es blanco o negro, y si nos comprometemos demasiado con nuestras percepciones personales corremos el riesgo no solo de equivocarnos, sino de sufrir.

Es por eso por lo que debemos empezar, como siempre, por el principio. Acércanos, lección a lección, hasta esa valiosa clave que hará que cambie tu forma de entender la vida. ¿Te atreves a embarcarte en esta travesía?

Opiniones o hechos

Puede que esta sea una de las distinciones más básicas que debe hacer cualquier ser humano que quiera emprender la humilde misión de vivir una vida sensata: diferenciar las opiniones de los hechos.

Pongamos un ejemplo cotidiano. Llegas al aparcamiento cercano a casa y ves que no hay espacio para aparcar. Ese es el hecho: no hay espacio para aparcar. Es algo que puedes verificar y contrastar. Es una realidad. A partir de este hecho, podrías elaborar una opinión. Por ejemplo, “no hay espacio para aparcar porque se han mudado nuevos vecinos a esta zona”. Es una percepción, una idea. Algo que debes poner en duda y que debes contrastar. Si se contrasta y es cierto que se han mudado más vecinos, pasaría a ser un hecho.

En el plano intelectual, este ejercicio puede ayudarnos a vivir con sensatez, a tomar decisiones más acertadas para que no nos aventuremos a decidir en base a percepciones, sino en base a hechos. En el caso anterior, en lugar de poner el grito en el cielo y entablar una pésima relación con tus vecinos, podrías acabar descubriendo que en realidad muchos de los coches aparcados no son de residentes de la zona.

Quizá hasta podrías pedir a tu ayuntamiento que el aparcamiento se limite a los residentes y así solucionar el conflicto. Pero si no pones en duda tus opiniones, estás condenado a vivir en la ignorancia.

Aunque lo realmente interesante de este principio es su aplicación en el ámbito emocional. Porque al igual que en el plano del pensamiento la percepción nubla los hechos, las emociones tienden a teñir nuestras experiencias.

El dominio de la razón

Los estoicos, en contra de lo que algunos gurús modernos intentan vendernos, jamás dijeron que debamos neutralizar nuestras emociones, ni mucho menos. Sí que nos dijeron, sin embargo, que era importante proceder con templanza. Es decir, que no podemos dejar que la emoción nos domine. Y no debemos, porque lo cierto es que lo que sentimos no siempre corresponde con la realidad.

Imaginemos una situación cotidiana, una vez más, para ejemplificarlo. Entras en la oficina por la mañana, saludas a tu compañera, y de su parte no obtienes más que un escueto murmullo. Puede que te sientas herida o asustada por su reacción, y tu mente empiece a maquinar. ¿Será que le caes mal? ¿Le habrá molestado tu comentario del otro día? Es una persona desagradable y borde que responde fatal por las mañanas, no cabe duda. ¿O no?

Las emociones se imponen a la razón, pero Marco Aurelio nos pide que hagamos un ejercicio muy necesario. Da un paso atrás, respira y piensa… ¿Cuáles son los hechos?

El único hecho es que tu compañera no ha respondido de forma efusiva a tu saludo. Todo lo demás, son opiniones, conjeturas y percepciones. Pero no son la realidad.

Con este simple ejercicio podemos conseguir, por un lado, proteger nuestras relaciones personales de las percepciones erróneas. Y por otro, templaremos nuestras emociones. Porque puesta en duda la opinión, cabe la posibilidad de que aquello que nos angustie no sea real. Y entonces la emoción, la ira, la molestia, el miedo a caer mal, se difumina y se calma.

YA SOMOS AQUELLO QUE ANHELAMOS

Comentario al evangelio del domingo 14 de junio de 2026

Mt 9,36 – 10,8

En aquel tiempo, al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”.
Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judas Iscariote, el que lo entregó. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaria, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”.

YA SOMOS AQUELLO QUE ANHELAMOS

Una característica constante del mensaje de Jesús es la insistencia en la “cercanía” del Reino de Dios. “Reino de Dios” —el evangelio de Mateo dirá “Reino de los cielos”, para evitar pronunciar el nombre divino— es una expresión polisémica, que evoca, finalmente, la plenitud que anhelamos. Admite, por tanto, una lectura religiosa o no religiosa: puede referirse al “cielo” —tal como lo entienden las religiones teístas—, a una sociedad basada en la fraternidad o a lo que constituye nuestra identidad más profunda.

La plenitud —o felicidad plena— es un anhelo irrenunciable para el ser humano. Tanto en lo que hace como en lo que deja de hacer, la persona va buscando siempre ser feliz. Tomás de Aquino afirmaba que la persona busca la felicidad necesariamente. Es una cuestión frente a la que no tenemos elección. En cierto modo, podría decirse que estamos “predeterminados” a ello.

Pues bien, la palabra de Jesús viene a recordar que esa planitud anhelada no está lejos, en el futuro ni fuera. Se halla en nosotros mismos, no como “algo” que pudiéramos alcanzar, sino como eso que ya somos. Somos plenitud. Si no lo vemos, se debe únicamente a nuestra identificación con la mente (y el yo). Tal identificación es la fuente de toda ignorancia, aderezada además por el sufrimiento no elaborado, que nos hace girar en torno a necesidades no resueltas.

Cuando la mente se silencia, comprendes que, en lo que eres, no te falta nada. Porque has comprendido, finalmente, que no eres el yo separado que tu mente pensaba, sino la misma consciencia o vida que contiene todo. Ya somos plenitud; la comprensión nos permite verlo y vivirnos desde ella.

SER PAN

Comentario al evangelio del domingo 7 de junio de 2026

Jn 6, 51-58

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Disputaban entonces los judíos entre sí: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”. Entonces Jesús les dijo: “Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre”.

SER PAN

En la llamada “última cena”, Jesús se presenta a sí mismo a través de la elocuente imagen del pan: “Esto es mi cuerpo” (= “esto soy yo”, según la traducción que parece más exacta).

La imagen del pan reviste un significado inmediato: entrega. El pan no tiene valor en sí mismo, sino en cuanto alimenta. Pero solo puede alimentar cuando es comido, es decir, cuando sale al paso de la necesidad de las personas.

Jesús aparece, por tanto, como quien en todo momento sale al paso, incluso al precio de su propia vida. Realizando sus propias palabras, fue capaz de “perderse a sí mismo” —incluso en sentido literal— para que otros tuvieran vida.

La persona que comprende lo que es no puede sino vivirse como pan, es decir, como entrega desapropiada. Porque ha comprendido que no es ella la “dueña” de su vida, que no es ella la que vive, sino que es vivida. Quitado el yo de en medio, solo queda vida entregándose.

Además de entrega, la imagen del pan es imagen de unidad. Cuando Jesús, al tomar el pan —la realidad más cotidiana—, dice “esto soy yo”, lo que en realidad está diciendo es lo mismo que recogió el evangelio apócrifo —y, sin embargo, fiable— de Tomás: “Yo soy todas las cosas”.

A la vez que entregada —de manera desapropiada—, la persona sabia es la que ha visto que, más allá de las diferencias, todo es uno, porque el fondo de lo real es el mismo en todas las formas.