Sin embargo, quienes no están suscritos a Youtube tienen que “soportar” la invasión de anuncios que rompen el silencio que las propias prácticas requieren y fomentan.
Por ese motivo, hemos subido las mismas guías a Drive, de manera que todos esos audios pueden escucharse y descargarse desde la web, en este enlace:
Comentario al evangelio del domingo 1 febrero 2026
Mt 5, 1-12
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos, y él se puso a hablar enseñándoles: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”.
¿DÓNDE PONGO LA DICHA?
En última instancia, solo hay dos “lugares” donde podemos situarnos: en la identificación con el yo -sostenida por la creencia mental que nos identifica con él- o en la identidad profunda, que es una con el fondo de todo lo que es, y que nace de la comprensión experiencial.
En el primer caso, entenderemos la dicha o felicidad como todo aquello que sostiene, alimenta y fortalece al yo. Por lo que consumiremos nuestra existencia persiguiendo el tener, el poder o el aparentar, en definitiva, girando en torno al yo, siempre insatisfecho e insaciable, en lo que podría denominarse una “noria hedonista” que, a pesar de sus promesas, no hace sino asegurar la frustración y, por tanto, el sufrimiento. Cada vez vemos con más claridad que la búsqueda del placer, como objetivo prioritario, al margen de cualquier otra referencia, aboca ineludiblemente al sufrimiento y al vacío esencial.
O podemos vivir en conexión con nuestra identidad profunda. En el caso anterior, era necesario ir en busca de “algo” que completara nuestra existencia o la llenara de sentido. A partir de ahí, movidos por la ansiedad, nos veíamos impelidos a alcanzar aquello en donde habíamos proyectado nuestra felicidad. Por el contrario, al vivir en la comprensión, se nos hace patente que no hemos de buscar nada, sino sencillamente reconocer la plenitud que ya somos en nuestra dimensión profunda.
Vista desde la mente -viviendo en el yo-, la vida parece necesitar siempre de “algo” que la complete o plenifique, que la llene de sentido porque, de otro modo, tenemos la sensación de que se pierde en un vacío que experimentamos como insoportable. Y ahí empiezan nuestro cuestionamiento y desasosiego: ¿qué podría hacer para poder sentir mi vida más “llena”? Sin embargo, al descansar en la comprensión, descubrimos que la vida es ya, en todo momento, plenitud de sentido y plenitud de dicha, por más que, en nuestra dimensión psicológica, la vulnerabilidad nos recuerde a cada paso la impermanencia de las formas. Y ahí aprendemos una lección decisiva: no busques “completar” tu vida con algún añadido, porque no lo necesita; reconoce, más bien, que la sensación de plenitud únicamente se hace presente cuando te reconoces como vida y fluyes con ella, cuando te haces consciente de que la vida no necesita ningún añadido ni ninguna razón para ser plena. Vivir -o quizás, mejor todavía, dejarse vivir- de manera consciente es en sí mismo la plenitud anhelada.
Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el Profeta Isaías: “País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”. Entonces comenzó Jesús a predicardiciendo: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”.
DE LAS SOMBRAS DE MUERTE A LA LUZ
Oscuridad es sinónimo de confusión y, en último término, de “muerte”: lo experimentamos cuando nos vemos perdidos, sin referencias, apenas impulsados por rutinas o automatismos vacíos de sentido. En tal estado, nos reducimos a “ir tirando”, persiguiendo el bienestar que se halla a nuestro alcance y tratando de minorizar el malestar que se presenta.
Y, sin embargo, por más que hayamos hecho de este modo nuestro estilo de vida, por más que hayamos permanecido sordos a la voz que clama en nuestro interior o incluso nos hayamos blindado frente a ella, nadie puede negar la presencia en sí mismo de un Anhelo de luz, capaz de iluminar, ordenar y guiar el camino que conduce a la unificación y la armonía.
Tal camino -de las sombras a la luz- no es otro que el del autoconocimiento y la autoaceptación, que permite familiarizarnos con toda nuestra verdad y hacer las paces con ella. En la medida en que nos decidimos a recorrerlo, se nos hace patente que la luz habita ya en nosotros, por más que nunca hubiéramos reparado en ella. Para percibirla, necesitamos ir acallando la mente y, gracias al silencio de tantas voces que han solido ocupar todo nuestro campo de consciencia, acceder a ese lugar de paz, siempre disponible, que es también el lugar de la luz y la fuente de una vida unificada, integrada, armoniosa y desplegada hacia los demás.
En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: «Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí porque existía antes que yo». Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel”. Y Juan dio testimonio diciendo: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que ha de bautizar con Espíritu Santo». Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios”.
AUTOCONOCIMIENTO: VER Y DAR TESTIMONIO
Muchas veces, más que testigos, somos repetidores. No hablamos de lo que hemos visto (experimentado); repetimos lo que otros nos han dicho, lo que hemos leído, lo que hemos creído… Y, de ese modo, seguimos generando una especie de “burbuja” de opiniones y de creencias, que no buscan la verdad por encima de todo, sino el protagonismo del yo que, a través de todo ello, pretende fortalecerse y aparecer como bien “informado”.
El testigo, a diferencia del repetidor, es aquel que “ha visto”. Y lo que tenemos que ver, de entrada, no es algo exterior o ajeno a nosotros. No se trata de acumular más información, sino de conocernos a nosotros mismos, cada vez en mayor profundidad. El autoconocimiento constituye la base todo camino espiritual porque, como recordara la inscripción en el templo de Delfos, quien se conoce a sí mismo, conoce al universo y a los dioses.
Solo puede hablar en primera persona -solo puede ser testigo- quien recorre ese camino de autoconocimiento, que le lleva -por lo general, en capas sucesivas- a “poner nombre” a todo lo que se mueve en su interior, a aceptarse de una manera cada vez más completa y a descansar y vivir en la profundidad de lo que es.
La persona que se conoce de ese modo es testigo, aun antes de abrir la boca. Porque contagia lo que vive y su sola presencia constituye una invitación y un estímulo para ponernos en camino. Un camino que requiere entrenar una atención sostenida, desarrollar una autoaceptación creciente y vivir una entrega incondicional y confiada a la sabiduría que rige todo el proceso, a la vida que, en forma de Anhelo, late incansablemente en nuestro interior.