LA CULPA COMO PROTECTOR

    Sabemos bien, quizás porque la hemos experimentando en carne propia, que la culpa es una creencia errónea de efectos devastadores. Una creencia, con frecuencia grabada a fuego en nuestro psiquismo, que viene a decirnos: “tú no eres como deberías ser”. Ni siquiera hizo falta que tal creencia nos fuera inoculada de manera explícita, pero lo cierto es que, cada vez que sufrimos por no habernos sentido reconocidos, fue arraigando y creciendo en nosotros la idea de que éramos inadecuados. A partir de ahí, esa creencia pudo llegar a envenenar y contaminar toda nuestra existencia.

     Ahora bien, reconociendo que ese fue el origen de la creencia culposa, hay otro modo de acercarnos a ella, que puede resultar efectivo y liberador: entender la culpa como “protector”, por utilizar un término que propone el modelo IFS (“Internal Family Systems” o “Sistemas de familia interna”), cuando, desde una perspectiva psicológica sistémica, se refiere a las “partes” que pueblan nuestro mundo interno. (Además de los “protectores”, las otras partes a las que se refiere el modelo son los “exiliados” y el “Self” —Sí-mismo o Yo profundo—).

      Para entender adecuadamente la propuesta que planteo aquí con respecto a la culpa, así como al modelo IFS en su conjunto, remito al libro recién publicado “Armar con acierto nuestro puzle interno y entender la mente para vivir sin sufrimiento” —que trabajamos durante el curso anterior en los encuentros bimestrales realizados en Pamplona y que es objeto de los encuentros quincenales de este curso 2026/27: las charlas de esos encuentros pueden encontrarse en nuestro canal de Youtube, en este enlace—, así como al anterior “Vivir sin culpa. Reconocer la inocencia, descansar en la confianza”. En el texto que sigue, me voy a referir únicamente a la cuestión de la culpa, vista desde esa perspectiva, porque me parece un asunto de mucho calado, por un doble motivo.

La culpa como “creencia madre” del círculo del sufrimiento

          Por un lado, la creencia en la culpa —entendida como creencia de ser “inadecuado”, de no ser suficiente como soy, de no ser como debería ser— es la “creencia madre” de la que se derivan luego toda una serie de creencias que sostienen, alimentan y refuerzan el círculo del sufrimiento. Creencias como estas, que actúan de manera consciente o, peor aún, sin que lo advirtamos, porque se hallan ocultas todavía en nuestro inconsciente: “Mi cuerpo no es adecuado”, “mi inteligencia no es suficiente”, “no puedo mostrarme vulnerable”, “solo puedo ser feliz si todo el mundo me aprueba”, “la vida es hostil”, “tengo que estar a la defensiva”, “necesito controlar todo al máximo”, “las personas no son de fiar”…

       Por otro lado, porque me parece igualmente importante acertar con el modo adecuado de tratar con la culpa, con el fin de liberarnos de ella. Si la creencia en la culpa se halla en el origen mismo del círculo del sufrimiento, no podremos salir de él, mientras la culpa siga activa —o, peor aún, enmascarada— en nosotros. En este sentido, me parecía que esta aclaración que os comparto podría facilitar el modo de vivir el “diálogo” con la culpa como protector.

¿Cómo nos relacionamos con nuestro mundo interior?

          Empecemos desde el principio, con una pregunta en el origen mismo del cuestionamiento a esta forma de plantear las cosas: si resulta evidente que la culpa es una creencia errónea de efectos devastadores, ¿cómo se nos ocurre presentarla como protector?

          Para situar la cuestión en su contexto adecuado, quizás sea bueno empezar poniendo luz en lo que suele ser nuestro modo habitual de funcionar. Con demasiada frecuencia, a veces incluso sin advertirlo, vivimos creando conflictos en nuestro mundo interno, sobre todo cuando aparece en él algo que nos molesta, no nos gusta o, simplemente, no entendemos. De entrada, en lugar de aceptarlo, sentirlo y poner luz en ello, lo que solemos hacer es evitarlo, no querer verlo, rechazarlo o reprimirlo. Lo que conseguimos con ello es sentirnos interiormente fragmentados, habitando una oscuridad que cada vez se nos hace más insoportable y generando sufrimiento inútil. El motivo es muy fácil de reconocer: nos negamos a aceptar y mirar de frente nuestra verdad. Esa negación, de cualquier forma que se viva, es la que crea el conflicto.

          El camino no pasa por rechazar —negar o evitar— nada de lo que hay en nosotros, sino por aceptarlo y abrazarlo, siendo conscientes de que el horizonte no consiste en llegar a ser “perfectos”, sino completos. La aceptación de toda nuestra verdad nos hace humildes y, en consecuencia, nos humaniza. (Ambos términos, igual que “humor”, provienen de la misma raíz latina: “humus”, que significa “tierra fértil”).

          Por lo que se refiere específicamente al tema de la culpa, una mirada superficial cree encontrar sobrados motivos para rechazarla de plano, negarla o intentar vencerla a fuerza de voluntarismo perfeccionista. Se trata de actitudes, todas ellas, que, aunque planteadas con la mejor intención, no solo no alcanzan el objetivo propuesto, sino que hacen vivir en un doloroso conflicto interior.

La culpa como protector

          La mirada adecuada ante la culpa parece ser otra y consiste en verla como un protector. Su objetivo no es otro que el de hacer de mí “un buen chico” que, logrando hacer todo perfecto, consiga ser aceptado, valorado, querido y reconocido.

          Ahora bien, si la culpa, más allá de su apariencia primera y más allá también de los efectos que puede llegar a producir, es un protector, la respuesta acertada ante ella —como ante cualquier otro protector— no puede ser otra que la gratitud. Lo que le agradezco, de corazón, es su voluntad de protegerme y su interés por buscar mi bien. Porque ese es, en realidad, el objetivo que busca la culpa, el mismo que seguramente tenían nuestros padres y educadores: que fuéramos “buenos chicos” para que todo nos fuera bien.

          Sin embargo, siendo ese su objetivo, el problema que complica todo es la información que la culpa maneja, porque será precisamente tal información la que produzca efectos radicalmente contrarios a los deseados. Por eso, es muy importante detenerse y entender qué ocurre con esa información y, en general, con la información que manejan los protectores.

          Para empezar, tal vez sea necesario caer en la cuenta de que los protectores —la culpa entre ellos— no nacen sabiendo ni tienen una información que les ha caído del cielo. La recibieron de lo que fueron viendo en nuestras experiencias más tempranas, es decir, aprendieron a tratarnos del mismo modo como nos trataron —o nos sentimos tratados en su momento por— nuestros cuidadores primarios, fundamentalmente nuestros padres. De ahí —aparte de pautas que provengan de generaciones anteriores— extrajeron los protectores la información con la que se habrían de manejar posteriormente, a lo largo de nuestra existencia. Esto explica por qué los protectores guardan tanto parecido con nuestros propios padres y/o educadores.

La información equivocada que maneja la culpa

          En concreto, la información que maneja la culpa, en cuanto protector, es radicalmente errada en estos puntos:

  1. Parte de un error de base: “Eres malo”.
  2. Olvida que ser humano significa poder equivocarse.
  3. Me sigue viendo —así nos ven los protectores— como el niño indefenso que fui.
  4. Cree que puedo llegar a ser perfecto, y eso es lo que me va a exigir —igual que me exigían mis cuidadores— en todo momento.
  5. Cree que la aprobación y el reconocimiento de los otros hay que «ganárselos» a fuerza de hacer todo perfecto, por lo que fácilmente conduce a una dinámica que lleva a cuidar, por encima de todo, la mera imagen o apariencia, fortaleciendo así la construcción de un “yo ideal”, tan inconsistente como falso y distorsionador.
  6. Cree que el método más eficaz para lograr que sea perfecto es el castigo, lo cual explica que produzca en mí sentimientos tan dolorosos como la soledad, la angustia, la indignidad, la vergüenza, el autorreproche, el enfado contra mí, la decepción de mí mismo… Cree que, haciéndome sentir todo eso —hasta ese punto se ha inoculado en nuestra cultura la necesidad del castigo—, conseguirá que yo cambie y me porte según lo que considera la forma “adecuada”. Por eso, cada vez que no lo haga, volverá el castigo.

El camino es el diálogo

          Pues bien, en el diálogo con la culpa, aparte de agradecerle su interés por protegerme y tratar de asegurarme la aprobación de los demás, esa es la información que necesita ser actualizada, o mejor, confrontada y traída a la verdad de lo que somos.

          ¿Cuá es el camino para actualizarla? No es el enfado contra el protector, tampoco la lucha ni el voluntarismo perfeccionista, que no conseguirán sino reforzar y alimentar la información equivocada.

          El camino adecuado no puede ser otro que el diálogo, presentándome ante ella, no solo como la persona adulta que soy en la actualidad —los protectores siguen viéndonos siempre como los niños indefensos que éramos en su momento—, sino en mi verdadera identidad, como plenitud de consciencia e inocencia original. Más allá de límites, carencias y errores, en nuestra identidad profunda somos plenitud. Desde ahí, me hago cargo del niño herido —exiliado— que la culpa buscaba proteger y, tras hacerlo, invito a la culpa a que pueda soltar su papel, porque ya no es necesario.

          Cuando eso ocurre, no solo dejo de estar fusionado (fundido) con ella, sino que experimento espaciosidad, amplitud, descanso, serenidad, gozo, libertad interior, disponibilidad, amor… Y toda la energía que se consumía para forzarme a dar la imagen de un “niño bueno”, incluso “perfecto”, queda liberada, lo cual me permite vivir con más soltura y apertura, dejando que la vida se viva en mí.

          Os dejo, finalmente, una guía posible para vivir el diálogo con la culpa como protector:

GUÍA PARA EL DIÁLOGO CON LA CULPA COMO PROTECTOR

  1. Visualiza una situación en la que se activó la culpa en ti.
  2. ¿Dónde te encuentras en mi cuerpo?
  3. ¿A qué exiliado proteges (de qué me proteges)? ¿Qué temes que pasaría si no lo hicieras?
  4. Te agradezco de corazón tu interés por protegerme.
  5. Pero necesito actualizar tu información: ¿qué edad te parece que tengo? Hoy no soy aquel niño/a indefenso/a; soy una persona adulta. Y tengo derecho a equivocarme y a no ser perfecto/a.
  6. Más aún, en lo profundo, soy plenitud y todo está a salvo.
  7. Quiero decirte que hoy me hago cargo del exiliado/a.
  8. Así que te invito a soltar tu papel.
  9. Nota qué experimentas cuando lo hace.
  10. Para terminar: ¿A qué vas a dedicar ahora tu energía?

Nota final: ¿Por qué me parece valioso el modelo IFS?

          Me parece un modelo valioso y útil, sobre todo por cuatro motivos:

  1. Por la visión que ofrece del ser humano, una concepción antropológica que me parece centrada y positiva.
  2. Porque soy testigo de su eficacia transformadora cuando se trabaja con perseverancia.
  3. Por su visión sistémica. De hecho, esta perspectiva sistémica se ha ido incorporando, con una terminología u otra, a todas las corrientes y escuelas psicológicas y en los acompañamientos psicoterapéuticos. Me atrevería a decir que, en la actualidad, todo acompañamiento psicoterapéutico eficaz asume esta perspectiva sistémica.
  4. Porque el modelo unifica y afronta, simultáneamente, el trabajo psicoterapéutico de los que, a mi modo de ver —si se entienden bien—, constituyen los dos “núcleos” del mismo: la integración del niño o niña interior y la integración de la sombra, al plantear el trabajo (liberación) de los “exiliados” (niño herido) y sus “cargas” —dolor, soledad, miedo, tristeza y vergüenza— (sombra).

Enrique Martínez Lozano.

Zizur Mayor, 1 de noviembre de 2026.