LA RESPONSABILIDAD Y LA CULPA // Esther Fernández Lorente

La responsabilidad y la culpa
caminan juntas sin rozarse
o acaso algunas veces se mezclan
o se sientan al borde de la herida
una cercana y serena, la otra doblada
hacia dentro de su propio sentimiento.
En ocasiones, cuesta distinguirlas,
cuando vistiendo su dolor, a paso lento,
hablan del error y de las consecuencias,
de cómos y porqués, llenos de dudas.

Pero si muestran el hueco donde habita
el fundamento de su ser, vemos un ego
que se flagela, en el centro de la culpa,
un ego herido que no ha estado a altura,
un ego grande que se apropia hasta del daño
y cubre la herida para que no vean
o exhibe su agonía entre lamentos.
¡Una culpa que se mira a sí misma!
Transparente, la responsabilidad,
contempla con compasión el propio gesto
y ofrece la mano humilde si el dolor duele
ofrece la mano abierta al error humano,
y aprende la confianza en la dificultad,
ve y comprende y restaura y sigue
caminando sin mezclarse con la culpa
caminando sin sentirse el centro del universo

     Esther Fernández Lorente.

CUANDO NOS LEEMOS EN CLAVE DE PLENITUD

Comentario al evangelio del domingo 1 de marzo 2026

Mt 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: “Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: “Este es mi Hijo, el amado, el predilecto. Escuchadle”. Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y tocándoles les dijo: “Levantaos, no temáis”. Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: “No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos”.

CUANDO NOS LEEMOS EN CLAVE DE PLENITUD

Cuando nos reducimos al yo -al personaje, a nuestra forma histórica-, no podemos sino leernos en clave de carencia y, en consecuencia, habitamos la insatisfacción.

Sin embargo, si escuchamos nuestra voz interior, el Anhelo que habla en el silencio nos muestra que, más allá de esta forma, hay “algo” en nosotros irreductible y pleno.

No se trata de una creencia. Es resultado de la autoindagación, que luego se verifica por sus frutos en nuestro vivir cotidiano. Se experimenta que hay en nosotros algo invulnerable que, pase lo que pase, se halla siempre a salvo. Y se advierte la verdad del dicho: tú eres el cielo, todo lo que pasa son solo nubes.

No se niega ni se reprime nuestra forma limitada, carente, débil y sumamente vulnerable. Pero se acoge y se vive desde la plenitud que somos y que nos sostiene en todo momento.

Y es ahí justamente donde se produce el milagro de la fortaleza en la debilidad. Al aceptar la propia vulnerabilidad -de las mil formas en que puede sorprendernos-, al abrazarla y reconciliarnos con ella, experimentamos la voz interior que nos repite: “estás a salvo”. Nuestro yo puede sentirse frustrado, roto y desgarrado de dolor. Pero es acogido, abrazado y sostenido por “eso” que no podemos nombrar adecuadamente, pero que podemos experimentar y vivir en cuanto acallamos la mente, bajamos las resistencias (defensas) mentales y, de manera consciente y lúcida, nos entregamos a lo que es.

CUANDO NOS LEEMOS EN CLAVE DE CARENCIA

Comentario al evangelio del domingo 22 febrero 2026

Mt 4, 1-11

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”. Pero él le contestó diciendo: “Está escrito: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios»”. Entonces el diablo lo lleva a la ciudad santa, lo pone en el alero del templo y le dice: “Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece en las piedras»”. Jesús le dijo: “También está escrito: «No tentarás al Señor tu Dios»”. Después, el diablo lo lleva a una montaña altísima y, mostrándole los reinos del mundo y su gloria, le dijo: “Todo esto te daré, si te postras y me adoras”. Entonces le dijo Jesús: “Vete, Satanás, porque está escrito: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto»”. Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían”.

CUANDO NOS LEEMOS EN CLAVE DE CARENCIA

El ser humano empieza su recorrido existencial como pura necesidad. Más incluso que a los otros mamíferos, al bebé humano le cuesta tiempo empezar a moverse por sí mismo. No es extraño, por tanto, que, al percibirnos tan necesitados, nos hagamos una imagen de nosotros mismos como seres carentes y que nos veamos impelidos a paliar la carencia aferrándonos a cualquier cosa -tener, poder, aparentar, hacer…-, que pueda otorgarnos una sensación -cierta o no- de seguridad.

Lo que ocurre es que, mientras nos leamos en esta clave, nos veremos atrapados, de manera inexorable, en un círculo vicioso hecho de voracidad y de insatisfacción. Queriendo atrapar todo, experimentaremos que el vacío no cesa. No solo eso; acabaremos reconociendo que nunca encontraremos nada que pueda saciarnos por completo.

Esto es así porque, en sí mismo, nuestro personaje -lo que llamamos “yo”- es vacío. Con lo cual, aun sin advertirlo, le resulta del todo imposible experimentar la plenitud. Y puede pasar su existencia persiguiendo objetos de todo tipo, mientras carga con la frustración de que siempre le falta algo. Al leernos en clave de carencia, nuestra mirada estará puesta de manera automática en todo lo que nos falta.

El error de base se halla en la propia clave de lectura, que nos ha encerrado en una media verdad. Es innegable que, en nuestra forma personal, somos seres necesitados. Sin embargo, esa forma no agota nuestra verdad ni constituye nuestra identidad. En la medida en que nos adentramos en el autoconocimiento, nos comprendemos como plenitud experimentándose en forma de carencia. Esa es nuestra paradoja. Al comprenderla, cambia todo. Y cambia por completo nuestra clave de lectura: en lo que somos, no nos falta nada.