Comentario al evangelio del domingo 26 de abril de 2026
Jn 10, 1-10
En aquel tiempo, dijo Jesús: “Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”. Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron lo que les hablaba. Por eso añadió Jesús: “Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entra por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”.
¿TENER VIDA O SER VIDA?
Desde una consciencia de separatividad —o dual—, la vida se piensa como “algo” que se tiene, creencia que alimenta la idea de que alguien podría hallarse separado de la vida y que tendría que recibirla desde “fuera”.
Superada esa consciencia errónea, se comprende, no solo que estamos en todo momento indisociablemente unidos a la vida —por más que podamos vivir sin ser conscientes de ello—, sino que, en nuestra verdadera identidad, somos vida.
No somos un yo (personaje) que tiene vida; somos la misma y única vida, desplegada en la forma de este yo. Todo lo que es, es, repetía, hace dos mil quinientos años, el sabio Parménides. Todo lo que es —podríamos añadir igualmente—, es vida.
Lo único que necesitamos es caer en la cuenta de ello y vivirnos en esa consciencia. Para ello, necesitaremos ir reeducando la inercia que, tras tantos años, tiende a identificarnos con el yo y nos hace vivir como si en él radicara nuestra identidad. Cuando dejas de identificarte con el yo y reconoces que eres vida, se produce un cambio decisivo: dejas de querer controlar la vida y empiezas a dejarte fluir con ella.
La vida —lo que somos— es un proceso inteligente y autodirigido, sabio y benéfico. La vida sabe. Y en nosotros —porque somos vida— hay igualmente algo que sabe.
