PREDICAR LA CONVERSIÓN

Domingo 14 de julio de 2024

Mc 6, 7-13

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió: “Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa”. Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

            PREDICAR LA CONVERSIÓN

Es probable que para la gran mayoría de personas religiosas o que han crecido en ese espacio, tanto la palabra “predicar” como la de “conversión” evoquen significados concretos que prefieran olvidar.

Debido a la experiencia vivida durante muchas generaciones, el término “predicación” hace pensar en adoctrinamiento, proselitismo, imposición y sometimiento a una doctrina. Por su parte, “conversión” remite a pecado, culpa, confesión, sacrificio y reparación. En consecuencia, la unión de ambas palabras en una sola expresión reviste tonos sombríos, rutina y pesadumbre.

Tanto el abuso de esos términos, con una práctica abusivamente negativa asociada a los mismos, como la disonancia que provocan en una cultura moderna reacia a cualquier tipo de prédica y refractaria a cualquier idea de culpa, hace que sean irrecuperables.

Solo cabe, si acaso, rescatar el sentido original de “conversión”, traducción del griego “metanoia”. Ateniéndonos a la etimología, se habla aquí de “meta” (más allá) y “noia” (de “nous”: inteligencia, que podría traducirse por mente). De acuerdo con ese significado etimológico, convertirse es ir más allá de la mente. Un ir que supondrá siempre un cambio de dirección o de sentido, con respecto al camino que habíamos tomado con anterioridad.

Cada vez somos más conscientes de los límites de la mente y del peligro reduccionista y limitante que supone el hecho de absolutizarla. Si queremos avanzar en la verdad -única fuente de crecimiento, liberación y humanización-, es preciso trascenderla. Lo cual no significa en absoluto negar su lugar ni mucho menos sofocar su función crítica. Significa, sencillamente, reconocer su límite, advirtiendo que nunca puede ir más allá del mundo de los objetos. Por tanto, para avanzar en la verdad, necesitamos acallarla entrando en el silencio de los pensamientos y del yo, teniendo el coraje de integrar lo que ahí se nos revela. Eso es la “conversión”, no algo sombrío, sino fuente permanente de luz y despliegue. 

PARA QUÉ VIVIR // Esther Fernández Lorente

Para amar,
para calentar el corazón entre las manos
y mover todo el ser
al ritmo pausado y firme de sus latidos.

Para llegar
más allá, al filo de la sonrisa,
a la profunda alegría de ser, de estar,
de bailar, a nuestro peculiar ritmo,
el sincero baile de la vida
como solo, cada cual, podemos hacerlo.

Para transitar
más allá de las lágrimas,
las tristes estancias del dolor
donde aprendemos su melodía ineludible
y la tarareamos, a media voz, sin huidas,
sostenidos por la confianza.

Para caer
y volver a levantar
un día y otro día y otro
con marcas en las rodillas y heridas
en el alma que se anima, una vez más
a emprender el vuelo.

Para oler una flor,
pasear por las nubes,
dormir sobre la hierba,
escuchar el silencio y
nadar en tu mirada,
en la de cada tú que nos mira
y nos invita a pasar, a estar en su casa.

Para acoger y abrazar
con tiempo y a tiempo
a todos los seres que llegan
y quieren un espacio en el que descansar,
en el que decirse y encontrar comprensión.

Para soltar y dejar ir
a los que desean marchar
e impulsar sus velas con el aliento de la libertad.

Para contemplar la vida,
la de dentro y la de fuera,
sin juicios,
agradeciendo cada color, cada matiz,
cada hueco que nos habla
de la impermanencia que somos,
cada manantial que brota y habla
del amor que somos,
de eso que permanece siempre,
de eso que nos sostiene y nos ensancha. 

Para mí,
Para ti,
para los míos y las tuyas
(con amor y sin posesión)
para todos y todas,
para la unidad que nos trasciende
PARA VIVIR.
 Esther Fernández Lorente.