FE Y RELATOS MENTALES

Domingo III de Pascua

14 abril 2024

Lc 24, 35-48

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había acontecido en el camino y cómo reconocieron a Jesús en el partir el pan. Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo: “Paz a vosotros”. Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo: “¿Por qué os alarmáis?; ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo”. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: “¿Tenéis ahí algo que comer?”. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: “Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse”. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto”.

FE Y RELATOS MENTALES

Parece claro que, una vez que la persona se ha adherido a una fe o creencia, la mente trata de encontrar una “explicación” que resulte coherente y abarcadora. Todo puede ser explicado desde la nueva posición.

Según investigaciones recientes en el campo de las neurociencias, lo que realmente le interesa al cerebro no es la verdad, sino la coherencia: que todo lo planteado resulte un conjunto que aparezca como coherente. Esta es la función de lo que algunos científicos han denominado “el intérprete”. Dichas investigaciones desnudan la capacidad cerebral para inventar lo que sea necesario con tal de dotar de coherencia a su propio relato. En la lectura de hoy, se aprecia el recurso a las Escrituras para “explicar” e incluso justificar todo lo sucedido con Jesús.

De esa aguda capacidad cerebral, parecen derivarse, al menos, dos consecuencias: la primera es que la realidad es lo suficientemente abierta como para admitir diferentes lecturas; la segunda, una invitación a desconfiar o, al menos, sospechar de las propias creencias y construcciones mentales de todo tipo.

Que sean posibles diferentes lecturas no significa justificar el relativismo vulgar -otra creencia más-, sino reconocer que la realidad nos desborda y que nuestro conocimiento será siempre situado, es decir, relacional o relativo (a un tiempo y a un espacio). Tal reconocimiento constituye una invitación a la humildad y, por tanto, a un diálogo respetuoso, que empieza por relativizar el propio posicionamiento.

Sin embargo, tal actitud únicamente será posible si somos capaces de vivir en la incertidumbre, donde solo hay una única certeza: la certeza de ser. Tal como escribe Mónica Cavallé, «todos sabemos y sentimos que somos; todos tenemos una conciencia directa e inmediata de nuestro propio ser» (El coraje de ser. La aventura del autoconocimiento filosófico, Kairós, Barcelona 2023, p.92). Esa es la base del reconocimiento de nuestra verdadera identidad.

CEREBRO, LIBERTAD, VERDAD // Manuel Martín-Loeches

EL CEREBRO HUMANO NO BUSCA LA VERDAD:
UNA EXPLICACIÓN CIENTÍFICA A POR QUÉ MENTIMOS
 

Manuel Martín-Loeches, en Ethic, 7 de noviembre de 2023:
https://ethic.es/2023/11/el-cerebro-humano-no-busca-la-verdad-una-explicacion-cientifica-a-por-que-mentimos/

El cerebro humano es una maravilla de la naturaleza. Ha sido capaz de llevarnos a la Luna, y no tardará mucho en hacerlo a Marte. La humanidad ha conseguido explorar los confines del mundo, del sistema solar, del universo, y entenderlos en profundidad. Sí, el cerebro humano es prodigioso. Pero no es perfecto.

El cerebro humano no busca la verdad, lo que busca es quedar bien. Su estudio nos ha llevado a los expertos a conclusiones que incomodan, pero ayudan a entendernos mejor a nosotros mismos.

Toda la verdad (o no)

El cerebro humano es una maravilla de la naturaleza. Ha sido capaz de llevarnos a la Luna, y no tardará mucho en hacerlo a Marte. La humanidad ha conseguido explorar los confines del mundo, del sistema solar, del universo, y entenderlos en profundidad. Sí, el cerebro humano es prodigioso. Es, sin duda, lo que nos convierte en la especie más inteligente del planeta. Pero no es perfecto. Es el mismo cerebro que, cuando fabrica aviones tan grandes como el Airbus A380, con una capacidad para más de 500 pasajeros y una ingeniería exquisita, omite el número 13 de la fila de butacas porque «da mala suerte».

Para entender por qué esto es así hay que conocer toda la verdad sobre nuestro cerebro. Y esto implica constatar que los procesos que subyacen a nuestras decisiones son en su gran mayoría –si no todos– inconscientes.

El libre albedrío no es tan libre

En la década de 1970, el psicólogo Benjamin Libet demostró que eso que llamamos libre albedrío no era como lo habíamos pintado. Unos electrodos colocados en el lugar oportuno de la cabeza de sus participantes le permitieron descubrir que el cerebro iniciaba las acciones un tiempo antes de que fueran conscientes de estar tomando la decisión de llevarlas a cabo.

Cuando tomamos una decisión creemos haber sopesado pros y contras, y haber madurado nuestra respuesta. Pero los experimentos demuestran que, normalmente, no sabemos exactamente qué nos ha llevado a tomar una decisión. Lo habitual, de hecho, es que las razones para hacer lo que hacemos las encontramos a posteriori; es decir, justificamos nuestros actos una vez realizados.

Las evidencias muestran, además, que nuestras decisiones las defendemos por encima de todo, aunque no sepamos qué nos llevó a ellas.

A esta forma de ser de nuestro cerebro se le llamó «el intérprete». Con esta denominación, el experto en el estudio de la mente Michael Gazzaniga resaltó que el cerebro está continuamente interpretando la realidad, encontrando una razón de ser para todas las cosas. Pero también que le da igual si su interpretación es verdad o no: le basta con que sea satisfactoria, aparentemente buena.

El cerebro humano busca quedar bien

Gazzaniga lo descubrió al estudiar pacientes con el cerebro escindido, es decir, dividido quirúrgicamente en dos hemisferios separados como consecuencia de un tratamiento contra ataques epilépticos recurrentes.

Cada hemisferio percibe y actúa sobre una mitad del mundo. El izquierdo percibe principalmente lo que está a nuestra derecha, mientras que lo que está a nuestra izquierda lo procesa el derecho. Igualmente, el hemisferio izquierdo maneja la mano derecha, y el derecho la izquierda.

Cuando hablamos, además, lo hacemos principalmente con el hemisferio izquierdo, por lo que con el cerebro dividido es como si tuviéramos dos personas, una que habla y otra que no pronuncia ni una palabra.

En los experimentos de Gazzaniga, cuando el hemisferio derecho del paciente veía un objeto y se le pedía que eligiera una imagen relacionada con el mismo, la mano izquierda cogía la imagen correcta. En cuanto al hemisferio izquierdo, el que habla, observaba la acción sin tener la más mínima idea de por qué esa era la imagen correcta. Pero cuando se preguntaba al paciente que por qué había cogido esa imagen, su hemisferio izquierdo respondía inventándose una razón. Nunca acertaba, ya que ignoraba totalmente la verdadera, pero estaba empeñado en dar una explicación, por descabellada que fuera.

Este mecanismo resultó ser muy humano, y no solo propio de personas con el cerebro escindido. Toda la humanidad funciona así en su realidad más cotidiana.

Es interesante destacar que el intérprete nunca decía «no sé». Decir «no sé» no parece la respuesta más humana, aunque en principio sea la más razonable. Y esto es así especialmente cuando se trata de justificar nuestros actos.

Estrategias para persuadir

La verdad no es lo más importante, sino quedarse satisfecho con una explicación más o menos creíble, aceptable. Aceptable para uno mismo y para los demás, aunque no sea cierta. Como dicen Hugo Mercier y Dan Sperberlas estrategias de razonamiento de nuestra especie no evolucionaron para llegar a la verdad, sino para persuadir a otros de que llevamos razón.

La explicación a todo esto está en que nuestro cerebro es hipersocial. Se hizo grande no para llevarnos a la Luna, sino para afrontar los grandes retos de vivir en sociedad, de convivir con un número elevado de individuos con los que a veces cooperamos y a veces competimos.

En estas circunstancias, lo habitual es que no podamos permitirnos perder tiempo, sino tomar decisiones rápidas y eficaces, de manera automática, sopesando multitud de razones a la vez. De la mayoría seremos poco o nada conscientes, porque serlo exigiría mucho tiempo y esfuerzo. No importa, ya encontraremos la forma de justificarnos si algo de lo que hemos hecho parece poco correcto a ojos de los demás. Para eso está el intérprete: para preservar a toda costa algo tan valioso como nuestra autoestima.

“El cerebro no busca la verdad” es parte del contenido del nuevo libro del psicobiólogo Manuel Martín-Loeches: 
¿De qué nos sirve ser tan listos? (Ed. Destino). 
Manuel Martin-Loeches Garrido es catedrático de Psicobiología, Universidad Complutense de Madrid.