SE HA CUMPLIDO UN AÑO…

Y, al recordarlo, todavía me estremezco. ¡Cuánto te he echado de menos, Anusky! Aún hoy, me da un vuelco el corazón cada vez que veo pasar a una mujer en bicicleta. ¡Cuánta añoranza y cuánta tristeza! Pero, al mismo tiempo, te he sentido tan presente y tan activa, que he podido vivirme como un cauce por el que tú actuabas. ¡Cuánto descanso y cuánta gratitud! Esta paradoja, siempre la paradoja, ha coloreado todo el año.

Aun en medio del dolor por el vacío de tu ausencia física, cuando en este aniversario giro la mirada hacia atrás, me sorprenden dos términos con los que en mí se define el año transcurrido: sorpresa y generosidad. Ha sido este un año sorprendente y “generoso”.

Un año sorprendente. Desde el primer día, en la madrugada de aquel inenarrable 16 de agosto, aun en medio de un desgarro cruel, he vivido –y sigo viviendo- una interminable e impagable sorpresa. No salgo de mi asombro por el modo como se me ha regalado sentir tu presencia y tu acción en mí. Aun queriendo racionalizar lo que me ocurría (ocurre), tu presencia volvía (vuelve) a sorprenderme de una manera que me hacía (hace) imposible dudar. Y sigo todavía, si cabe, más sorprendido porque ese modo de sentirte, no solo no se atenúa con el paso del tiempo, sino que se intensifica: en esta última etapa, no es solo un sentimiento, sino una sensación corporal. ¡Te siento en mi cuerpo… y siento que somos uno! La sensación empieza en las manos y los brazos para ir tomando enseguida todo el cuerpo, dejando un fondo de paz y de gozo.

La muerte, en contra de lo que mi razón hubiera imaginado, no ha impedido que te siga sintiendo íntimamente amorosa y eficazmente cuidadora. En todo momento te he sentido y sigo sintiendo conmigo. Inimaginable para mi mente, una evidencia para mí.

También ha sido un año “generoso”. Como generosa eras tú. Generoso en todo tipo de vivencias: por un lado, me han visitado, de manera desbordante, el dolor de la separación física, el desgarro, la soledad, el vacío, la angustia en ocasiones, el sinsentido, el llanto… Todo ello vivido hasta el extremo, sin ahorrar su crudeza ni evitar su rigor.

Sin embargo, junto con eso, ha sido un año generoso también en experiencia, aportaciones, inspiraciones, comprensión, profundidad… Tan generoso, que brota en mí, espontáneo, un hondo, amplio, colmado y desbordante sentimiento de gratitud: por todo lo que se ha regalado y, de fondo, siempre, por ti. Mila, mila esker.

Tengo la sensación profunda de que, desde hace un año, todo lo que hago y todo lo que escribo “pasa” a través de mí, pero que realmente nace de ti. Percibo tu luz, tu fuerza, tu empuje, tu bondad, tu ayuda sabia y constante. Tú haces, yo me dejo hacer: ¿cómo no habría de estar descansado?

En estos días me he detenido a acoger y agradecer lo que me has ido enseñando a lo largo de este año. Al volver sobre ello, noto que crece mi espacio interior y se expande la sensación de descanso, a la vez que una corriente de energía -tu presencia sentida- recorre mi cuerpo. Y me parece escucharte, invitándome a que comparta lo aprendido.

De lo aprendido, hay dos vivencias que toman un relieve destacado:

La primera es la comprensión experiencial de que la muerte, tal como se suele entender, es un mito. Porque no es el final de nada. No corta la relación, la comunicación ni el amor. Sospecho que es solo la propia cerrazón, voluntaria o no, consciente o inconsciente -la idea, asumida acríticamente, de que todo se ha acabado-, la que impide seguir percibiendo y viviendo la comunicación y el amor con quien ha partido.

Por mi parte, al hacer balance de este primer año, agradezco el regalo de vivir la comunicación con Ana a diario: cada día, me dejo sentir mi amor hacia ella, así como el de ella hacia mí, en una corriente constante, que se traduce en serenidad, fortaleza, gozo, aceptación y entrega.

Hago silencio y percibo cómo su amor va ocupando espacio en mí y despertando el mío hacia ella. En el silencio de la mente, más allá de las formas, más allá de los pensamientos y de las expectativas, donde todo es, ahí somos; ahí nos seguimos encontrando.

Es un amor tan vivo como antes de su partida y sigue acrecentándose a medida que pasan los días. Ciertamente, la muerte no acaba con nada de eso. O dicho en positivo: el amor es más fuerte que la muerte. Lo que realmente somos, no muere.

Ayer mismo fui a poner unas flores en el lugar del accidente. Se reavivó el dolor de la separación, brotó el llanto, pero aun así, en el silencio interior en medio del incesante ruido del tráfico, me salió al encuentro con un doble “guiño”: por un lado, la sensación viva de que somos uno, percibida en mi cuerpo de manera tan novedosa como evidente e innegable; por otro, la intuición de que diverso material que, por diferentes vías, me ha llegado en estos días en forma de libros que abordan una misma temática -no es una casualidad ni una coincidencia, sino una elocuente sincronicidad- constituye un nuevo regalo de ella para seguir trabajándome -Ana conoce bien lo que necesito- y para, más tarde, ofrecerlo a otros, que puedan igualmente beneficiarse. ¡Siempre la Ana pedagoga! Su presencia está siendo, para mí, una constante fuente de luz. Me entrego a ella… y me dejo conducir.

Y esta es la segunda vivencia que me destaca al volver la mirada hacia este año cumplido: la presencia de Ana, como fuente de serenidad, de fortaleza, de inspiración e incluso de alegría; el mero recuerdo de su sonrisa, grabada en mi interior, ilumina mi rostro. Es algo que se me ha regalado experimentar en infinidad de ocasiones a lo largo de este año: en algunas, haciéndome sentir un “vuelco” interno que transformaba en un instante mi estado de ánimo; en otras, con la misma nitidez, de un modo más callado, pero no menos grabado en mi cuerpo.

Esto encaja bien con su manera de ser: Ana era presencia y cuidado hacia los demás, pero quedando siempre “un paso por detrás”, como escondida, callada: no figuraba ni pretendía destacar. Buscaba siempre sostener a las personas con las que trabajaba o se acercaban a ella: un sostener, al mismo tiempo, amoroso y humilde. Sabía estar sin hacerse notar. Pero su bondad alcanzaba, como abrazo portador de energía amorosa -¡esos abrazos de Ana, tan tiernos como intensos, en los que se entregaba entera!-, a quien se encontraba con ella.

Porque era respetuosa hasta el extremo pero, al mismo tiempo, como buena amezketarra, firme, perseverante y casi obstinada cuando se comprometía en alguna tarea. Así es como la he ido percibiendo a lo largo de todo este año, sosteniéndome, tierna y cuidadosamente, en todo momento. Y así es como hemos mantenido y seguimos manteniendo un diálogo ininterrumpido.

La muerte no ha podido romperlo. Al contrario, ha sido su presencia la que, en los momentos más difíciles, me ha ayudado y sigue ayudando a aceptar lo sucedido, como si me dijera en el corazón: “Enrique, he tenido que irme, pero todo está bien”. Gracias a esa misma presencia, día a día, experimento cómo me sigues sosteniendo, cuidando, inspirando y haciéndome mejor persona.

Día a día, me hago consciente de tu trabajo en mí y voy escuchando tu invitación, sabia y amorosa, a quitar máscaras y dejar caer defensas, para mostrarme con transparencia en mi vulnerabilidad. Y también, día a día, me vas mostrando los frutos que ese mismo trabajo produce en forma de serenidad, alegría, amor, humildad, libertad interior y creatividad. 

Así lo vivo, Anusky: tu sonrisa despierta mi alegría, tu humildad me calma, tu bondad me transforma. ¡Me siento tan habitado por tu presencia! Maite, maite zaitut, Anusky, porque tu presencia me conduce a ese “lugar” interior de Silencio, lugar de sabiduría, de paz y de bondad, donde todo está bien, donde todos somos uno. Tu presencia me ha hecho palpar y saborear, con más hondura, viveza y detenimiento, la dimensión profunda que constituye nuestra identidad. Por lo que todo se traduce en aceptación y gratitud.

Y descubro más presencias en mí. Al depositar la atención en el año trascurrido, percibo también un inmenso y profundo sentimiento de gratitud hacia tantas personas -de la familia, amigas, meramente conocidas o incluso desconocidas- que me han sostenido y me siguen sosteniendo y ayudando a elaborar el duelo. ¡No sé cómo podré agradecer tanto como he recibido en este año! Gracias de corazón, en la unidad que somos.

No puedo terminar sin referirme al penúltimo de sus guiños. En estos días nos ha llegado, de parte de una persona muy querida y que, aun habiéndola conocido poco, quiere mucho a Ana, una preciosa “rosa preservada”, con este comentario: “Es una rosa preservada, también llamada «rosa eterna». Está viva, pero tiene un tratamiento que la hace perdurar en el tiempo. Puede estar viva durante años. No necesita riego ni nada, solo evitar el sol directo. La cúpula puede quitarse y ponerse cuando quieras. Solo le ayuda a conservarse más tiempo porque la aísla de la humedad y la protege del polvo… Me parece recordar que a Ana le gustaba el amarillo”.

Es una metáfora preciosa de lo que somos: la Vida, como el Amor, es atemporal y trasciende todas las formas. Somos Vida, somos Amor. Más allá de nuestro pequeño yo, lo que realmente somos, Aquello que alienta en cada una y cada uno de nosotros, es eterno.

Zizur Mayor, 16 de agosto de 2024.

DE LA CATEQUESIS A LA COMPRENSIÓN

Domingo 18 de agosto de 2024

Jn 6, 51-58

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo”. Disputaban entonces los judíos entre sí: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”. Entonces Jesús les dijo: “Os aseguro que, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come, vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que comieron y murieron: el que coma este pan vivirá para siempre”.

DE LA CATEQUESIS A LA COMPRENSIÓN

Los comentaristas del cuarto evangelio manifiestan su sorpresa ante el salto que se da del “pan” a la “carne” cuando, en el capítulo 6 del mismo, se quiere afirmar a Jesús como alimento de la comunidad de discípulos. Se aprecia así, en el citado capítulo, de qué manera el llamado “discurso sobre el pan de vida” (6,22-50) termina convirtiéndose en un “discurso eucarístico” (6,51-71).

No extraña que semejante cambio provocara una reacción de resistencia en el grupo de discípulos, para quienes “esta doctrina es inadmisible” (6,60). El glosador, sin embargo, se encargará de “reconducir” la protesta, apelando al poder de Jesús y a la fe en él. Sin embargo, no deja de ser curioso que termine poniendo en boca del Maestro la afirmación que vuelve a vincular el alimento con la palabra: “Tus palabras dan vida eterna” (6,68).

Más allá del momento en que se dio tal paso en las primeras comunidades, me parece que, en la actualidad se sigue viviendo ese rito, pero otorgándole un significado simbólico. No se necesita creer en la “materialidad” de la carne como alimento para saberse sostenido y alimentado por Aquello que somos en profundidad. Los cristianos lo proyectan en Jesús: esa es su creencia.

Sin embargo, me parece que es posible dar un paso más. De manera similar a como los primeros cristianos superaron la ortodoxia judía, atreviéndose a confesar que el Dios trascendente se hacía humano en Jesús, a nosotros nos es posible comprender que aquello que el cristianismo afirma de Jesús es en realidad lo que somos todos.

Para un judío ortodoxo, JHWH es “el totalmente Otro”, el único Dios que ha creado y rige los destinos del mundo. Para un cristiano ortodoxo, Jesús es la encarnación “material” de Dios que, de manera absolutamente única y excluyente, se hace en él uno de nosotros. Desde un nuevo nivel de consciencia, se llega a comprender que, tanto aquello afirmado sobre JHWH, como lo que se confiesa de Jesús, es el mismo y único Fondo último de todo lo real y de todos nosotros. Por lo que, con todo respeto, tanto al ortodoxo judío como al ortodoxo cristiano, cabría decirles: en nuestra identidad profunda, somos Eso mismo que vosotros afirmáis de JHWH o de Jesús; solo necesitamos caer en la cuenta, reconocerlo y dejarnos vivir desde ahí. Esa es la conversión (meta-noia), que es una con la comprensión. Si a esto se le quiere llamar “gnosticismo”, no hay ningún problema. Porque, así entendido, es sinónimo de comprensión profunda, experiencial o vivencial. Fuera de esta comprensión, todo lo demás son únicamente creencias, es decir, conocimientos de segunda mano. Por lo que, antes o después, en toda búsqueda sincera, se hará presente la cuestión: Más allá de todo lo que me han enseñado, de todo lo que he recibido, ¿qué puedo afirmar por mí mismo, como fruto de haberlo experimentado?

EL ALIMENTO Y LA CATEQUESIS

Domingo 11 de agosto de 2024

Jn 6, 41-51

En aquel tiempo, criticaban los judíos a Jesús porque había dicho: “Yo soy el pan bajado del cielo”, y decían: “¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre?, ¿cómo dice ahora que ha bajado del cielo?”. Jesús tomó la palabra y les dijo: “No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas: Serán todos discípulos de Dios. Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que viene de Dios: ese ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo”.

EL ALIMENTO Y LA CATEQUESIS

Uno de los varios glosadores anónimos del cuarto evangelio muestra una particular y reiterada insistencia en presentar la eucaristía como comida de la propia “carne” de Jesús. Mientras el autor original utilizaba la metáfora del “pan de vida” para referirse a la palabra del Maestro como alimento vivificador, este otro glosador más tardío trasciende aquella metáfora -pasando de la «palabra» a la «carne»- en una afirmación que, a pesar de no pertenecer al Jesús histórico, haría fortuna en la historia de la confesión cristiana, llegando a dar lugar a la fórmula de la llamada transubstanciación.

Antes de estas catequesis, nacidas al calor de la euforia de las primeras comunidades y bebiendo probablemente de la práctica de los cultos mistéricos, el mensaje original se refería a Jesús como alimento, pero poniendo el acento en su persona y en su palabra.

A aquellos primeros seguidores les alimentaba la presencia y la palabra de Jesús, exactamente lo mismo que nos sigue alimentando a los humanos en nuestra búsqueda de la verdad. En efecto, lo que nos sostiene y fortalece siempre es la presencia de calidad que nos llega de los otros y la palabra de sabiduría que ilumina, fortalece, consuela y estimula.

La presencia y la palabra nos alimentan porque tienen el poder de despertar nuestra dimensión profunda, situándonos en ella. Es decir, porque nos conectan de manera inmediata con el “alimento” que yace, invulnerable y siempre disponible, en el fondo de todo ser humano.

La catequesis que formula el citado glosador busca “materializar” el alimento, sosteniendo que el discípulo come y bebe nada menos que la misma carne y sangre del Jesús en quien creen. Parece claro que tal formulación catequética es una mera creencia, aunque innecesaria, por otra parte, si lo que se buscaba era reconocer aquello que siempre es alimento para el ser humano en camino.

¿»LA LETRA CON SANGRE ENTRA»?

¿TIENE EL DOLOR UNA FUNCIÓN TERAPÉUTICA?
¿SE PUEDE EDUCAR HACIENDO DAÑO A LA PERSONA?

1. Quiero pensar que todos responderíamos negativamente a la segunda de las cuestiones que encabeza este texto. ¿Quién justificaría hacer daño a alguien con el objetivo de educarlo o de ayudarlo a cambiar? Y, sin embargo, en la práctica es un comportamiento muy habitual en la relación padres-hijos, de pareja, así como en diferentes relaciones interpersonales…

¿Qué es lo que ocurre? Cuando el otro -sea hijo, pareja, amigo, conocido…-, a nuestros ojos, actúa “mal”, ¿qué hacemos? Generalmente, nos enfadamos, lo juzgamos, lo criticamos, lo condenamos… y hacemos que se sienta mal, es decir, le estamos haciendo daño.

¿Cómo lo justificamos? Rápidamente nos decimos que lo hacemos por su bien, porque queremos que cambie “a mejor”. Y nos decimos también que, al hacerle sentir mal, estamos favoreciendo que cambie su manera de comportarse.

¿Es así realmente o hay algo que se nos puede colar de manera inadvertida? Me parece que lo que sucede en esos casos tiene una explicación más simple… y menos “noble”. En realidad, nuestra reacción suele nacer de la frustración. Es justamente de la frustración de donde nacen reacciones como el enfado, el juicio, la condena…, así como el deseo de que el otro se sienta mal. Es decir, si somos honestos, habremos de reconocer que generamos reacciones que hacen daño a la otra persona…, y con frecuencia ni siquiera somos conscientes de ello.

Desde esa misma honestidad, tal vez no nos resulte difícil reconocer que, en ocasiones, hemos buscado que la otra persona se sintiera mal -es decir, objetivamente, más allá de “intenciones”, le hemos hecho daño-. Y lo hemos hecho como reacción que nacía de nuestro propio malestar.

2. Para una mayor comprensión de lo que se halla en juego, tal vez sea oportuno entender que, ante el fenómeno del dolor, suelen darse dos posturas extremas.

Por una parte, el dolorismo afirma que el dolor es bueno y valioso por sí mismo. Tal actitud suele estar vinculada con algún sentimiento de culpa y sostenida por alguna creencia religiosa. En esas bases se asienta la creencia de que el dolor repararía la culpa y nos haría merecedores de perdón.

Por otra, el hedonismo ve el dolor como algo malo en sí mismo, que hay que evitar a cualquier precio. En este caso, no es difícil detectar el vínculo de esta actitud con un narcisismo infantil.

La actitud adecuada se encuentra entre ambos extremos, reconociendo que el dolor forma parte inevitable de la existencia: dado que toda forma es impermanente, donde hay forma, habrá dolor. Ahora bien, lo decisivo es lo que se hace con el dolor.

Y la acogida constructiva del dolor se basa en dos actitudes que solo son ajustadas cuando se dan simultáneamente: la no-evitación y la no-reducción. El dolor no se supera evitándolo o negándolo -considerándolo tabú, como hace nuestra cultura-, sino aceptándolo. Pero, junto a la no-evitación, se requiere comprender que somos más que el dolor, por lo que no nos reducimos a él.

Son precisamente estas dos actitudes las que hacen posible que el dolor se convierta en oportunidad de crecimiento. Porque, al poner de manifiesto nuestra vulnerabilidad, desarbola la inflación del ego y facilita que pueda ser trascendido. La vulnerabilidad aceptada es la puerta de la compasión. Así vivido, el dolor nos hace más humanos. Pero no por el dolor mismo -como creía el dolorismo-, sino porque en él encontramos la oportunidad de conectar más en profundidad con lo que somos.

El dolor no pide ser evitado -como proclama el hedonismo-, tampoco ser glorificado -como predica el dolorismo-, sino sencillamente abrazado sin reducirnos a él.

3. A partir de aquí, podemos volver a nuestra pregunta anterior: ¿Se puede ayudar a la persona haciéndole daño o provocándole dolor? La respuesta es tajante: no. El dolor provocado no puede ser fuente de transformación. Porque, tal como he señalado antes, lo que transforma no es el dolor, sino la actitud con la que se vive.

Ese movimiento que nos lleva a hacer daño al otro -o hacer que se sienta mal- como medio para que cambie en algún comportamiento que nos parece inadecuado suele nacer de una creencia profundamente arraigada desde nuestra infancia. Probablemente, fue lo que hicieron con nosotros y, por tanto, lo que aprendimos. Es claro que el modo como fuimos tratados ha condicionado de manera efectiva nuestro modo de tratar a los demás. Lo cual no impide ver que, en sí mismo, ese modo de funcionar, mirado objetivamente, contiene un componente sádico.

Si deseamos vivir las diferentes relaciones con limpieza, sugiero indagar por este lado: ¿cómo respondo a lo que me parece un error o un comportamiento inadecuado de la otra persona (hijos, pareja, amigos…)? ¿Busco, aunque en ese momento no sea consciente, que se sienta mal? ¿O vivo esa situación desde la comprensión y, sobre todo, desde la no-reacción?

La reacción -la reactividad- siempre es egocéntrica: mi ego salta de una forma determinada ante un estímulo concreto. De ahí que únicamente es posible superar esa trampa y ese engaño cuando renunciamos a reaccionar.

Ahora bien, pasar de la reacción a la respuesta -de la reactividad a la responsabilidad-, requiere indefectiblemente tomar distancia de lo que se produce en nosotros ante un estímulo que nos “toca” sensiblemente. Sin distancia, será inevitable la reacción. La distancia –“contar hasta diez”, decían nuestras abuelas- permite acoger el estímulo, acoger igualmente el sentimiento que se ha despertado en nosotros…, pero sin dejarnos llevar por él.

Desde la comprensión, sencillamente respondemos, o mejor aún, permitimos que la vida responda a través de nosotros.

EL ALIMENTO DE LA VIDA

Domingo 4 de agosto de 2024

Jn 6, 24-35

En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo has venido aquí?”. Jesús les contestó: “Os lo aseguro: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios”. Ellos le preguntaron: “¿Cómo podremos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere?”. Respondió Jesús: “Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que Él ha enviado”. Ellos le replicaron: “¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo”. Jesús les replicó: “Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo”. Entonces le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”. Jesús les contestó: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed”.  

EL ALIMENTO DE LA VIDA

El ser humano, de manera consciente o no, anhela aquello que alimenta la vida. En realidad, en todo lo que emprende, va buscando vivir y vivir en plenitud. En el proceso, debido a mil factores, puede ocurrir de todo: adormecer el anhelo, evadirlo, compensarlo o confundirse y adentrarse en una dirección equivocada. Pero el anhelo seguirá siempre ahí, buscando el alimento que colma toda hambre y el agua que sacia toda sed.

El evangelio de Juan -el más alejado del Jesús histórico, así como el más cargado de simbolismo, y nacido en un entorno gnóstico- tiene como objetivo presentar a Jesús como la respuesta total al anhelo humano. Conocer a Jesús y entregarse a él -eso es creer, en este evangelio- es el camino de la salvación, es decir, de la plenitud anhelada.

El gnosticismo, más allá de etiquetas interesadamente descalificadoras, más allá también de corrientes y elucubraciones carentes de base, y tal como su nombre indica, sitúa el conocimiento (gnosis) como la piedra angular de la liberación radical del ser humano. Pero no se trata de un conocimiento mental al alcance únicamente de unos cuantos iniciados, sino de aquel conocer que se designa como sabiduría o comprensión vivencial y experiencial. Se trata de un “conocimiento sentido”, que se experimenta como un “ver”, para el que todo ser humano sin excepción está capacitado.

La comprensión nos permite alcanzar un conocimiento directo e inmediato; todo lo demás no pasará de ser un perezoso conocimiento de segunda mano. Lo que ocurre en el evangelio de Juan es que reduce la comprensión a una creencia, es decir la personaliza con exclusividad en la figura de Jesús. Sin embargo, más allá de esa identificación creyente, lo único capaz de responder al anhelo humano es la comprensión de lo que somos. Todo lo que no sea esto, se reducirá a un conocimiento de segunda mano y, por ello mismo, más o menos alienante.

El “pan de vida”, de que habla el evangelio, no se halla fuera de nosotros; es lo que somos en profundidad. Los discípulos de Juan lo percibieron en Jesús, pero parecieron olvidar algo básico: lo que es Jesús, lo somos todos.