EL CAMINO DE LA SABIDURÍA. Meditación y simplicidad

EL CAMINO DE LA SABIDURÍA

Meditación y simplicidad 

 todo pasa

A medida que crecemos –de hecho, si no me equivoco, es un signo de crecimiento espiritual-, vamos aprendiendo la sabiduría de la simplicidad. Todo es más simple de lo que pensábamos.

 

Descubrimos, por fin, que la mente tiende a complicar todo. Y lo hace, porque pretende que la realidad entre dentro de sus reducidos esquemas. Lo cual provoca una constricción reductora que solo genera confusión y sufrimiento.

 

Porque, cuando eso ocurre, en lugar de alinearnos con la Vida, permitiendo que fluya, intentamos controlarla, para que se ajuste a los patrones que nuestra mente ha hecho de las cosas, a sus etiquetas de lo que “debería” o “no debería” ser.

 

El resultado solo puede ser uno: en lugar de fluir con la Vida, conducidos por su Sabiduría, la bloqueamos. Porque, cuando la mente se absolutiza y se erige en criterio último de funcionamiento, en realidad se convierte en un “tapón” que impide el flujo.

En el reciente Foro de espiritualidad de Zaragoza, Marta Schröder utilizó una imagen que me parece acertadísima. Según ella, la mente es como una fábrica de churros, y opera de un modo similar al de cualquier otro órgano. Así como los pulmones funcionan día y noche, cuando somos conscientes de ello y cuando no, la mente también genera pensamientos sin cesar. Cuando el “gerente” de esa “fábrica de churros” se halla presente, la fábrica produce los churros que al gerente le interesan (esa es la “mente funcional”, a nuestro servicio); pero, cuando el gerente se ausenta, la fábrica sigue igualmente produciendo más churros, ahora de acuerdo con las máquinas con que cuenta. Tales “máquinas” son las creencias grabadas en nuestro cerebro desde el inicio de nuestra historia personal. Según como sean, la fábrica producirá churros de diverso tipo: de celos, de envidia, de ira, de resentimiento, de timidez, de miedo, de angustia… Es inevitable. Pero, aun con todo, el problema no radica en que la mente produzca churros por su cuenta y sin parar, sino en el hecho de que “nos los comemos todos”, es decir, nos creemos todos esos pensamientos y funcionamos de acuerdo con ellos. Esta es la “mente pensante”, convertida en dueña de nuestra existencia. De ese modo, el mejor de los siervos se ha transformado en el peor de los amos.

 

A todo ello hay que añadir una dramática ironía: la mente ansía controlar todo; la realidad, sin embargo, es que eso es solo una ficción que ella misma alimenta. La mente no controla absolutamente nada ; si realmente controlara, tal como ella se imagina, ¿no haría tiempo que habríamos modificado muchas cosas? En resumen: vive en un engaño constante y nocivo.

 Todo pasa por algo

 

Paralelamente, al ego le encanta el drama. Es lógico: el ego no es otra cosa que la “personalización” de la mente. La mente absolutizada (la llamada “mente pensante”) crea la ficción del ego.

 

Al ego le encanta el drama, porque vive gracias ello. Mientras alimenta cualquier tipo de cavilación, el ego adquiere y alimenta una cierta sensación de existir, en la que se enroca, y a la que no está dispuesto a renunciar. Al contrario, dispone de una batería enorme de mecanismos para crear, sostener, alimentar y prolongar indefinidamente el drama…, sin ser consciente de que él es su único autor, y que eso solo genera sufrimiento inútil y estéril.

 

Cavilación, dramatización, justificación, culpabilización, victimismo, comparación, juicio, condena, descalificación, enfrentamiento, afán de superioridad, necesidad de tener razón… Todos ellos, mecanismos que hacen que el ego se sienta existente y poderoso; la trampa mortal que nos acecha constantemente.

 

En esa dinámica, puede llegar a extremos tan absurdos como pensar que “tener razón” es más importante que “ser feliz”; o que “agradar a los demás” es mejor que “ser fiel a sí mismo”.

 

La atracción del ego por el drama explica, entre otras cosas, el éxito de los programas llamados “del corazón”, los “reality shows” y cosas similares. Todos ellos ponen en evidencia los egos de quienes los realizan… y de quienes los ven.

 

¿Es posible salir de ese engaño? Con frecuencia, parece que la salida de todo ello requiere experimentar el sufrimiento, que suele venir de la mano del desengaño.

 

En ese caso, bienvenido des-engaño, que nos saca de la mentira en que estábamos instalados. Si estamos un poco atentos, podrá constituir una hermosa oportunidad para salir de aquella ilusión y, si hay suerte, rendirnos a la sabiduría de lo que es.

 

A partir de ahí, se nos va regalando descubrir que existe una Sabiduría que es más que el pensamiento, el razonamiento, los conceptos, las ideas y las creencias… Empieza a emerger en nosotros la sabiduría del no-pensamiento, como lugar de luz y de descanso, de gozo y de paz, de unidad y compasión.

 

Un lugar al que, ciertamente, no podemos llegar pensando, sino justamente al trascender el pensamiento. Ese lugar es sabiduría y descanso porque constituye nada menos que nuestra verdadera identidad. Ese “lugar” es un estado de consciencia, en el que, finalmente, reconocemos nuestro verdadero rostro: es nuestro hogar, en el que nos hallamos no-separados de nada.

 

No lo podemos pensar ni controlar; únicamente podemos saborearlo. Y es ese mismo saboreo el que florece en sabiduría: la sabiduría de reconocer nuestra verdadera identidad y de vivir en conexión con ella. Dejamos de seguir las pautas y exigencias del ego –egocentradas y descalificadoras, etiquetadotas y dualistas-, para consentir a lo que es, desde la más dulce desapropiación.

 

 

Y, ¿qué tiene que ver con todo ello la práctica de la meditación?  Me parece que puede apreciarse desde una doble perspectiva.

 

Por un parte, la práctica de la meditación, al ejercitarnos en acallar la mente, nos hace más libres frente a sus demandas; favorece que dejemos de identificarnos con el ego (o yo) que la propia mente había creado; y posibilita que experimentemos nuestra verdadera identidad y vivamos en conexión con ella.

 

Por otra, la propia práctica de la meditación se irá haciendo cada vez más sencilla, más simple, más descansada y sabia. Poco a poco, iremos percibiendo lo que siempre han enseñado los maestros espirituales: meditar es estar, permanecer, descansar en el no-pensamiento, vivir en lo que es, contemplar sin objeto

 

¿Dónde estamos, permanecemos, descansamos, vivimos…? En la Atención desnuda, es decir, en la Consciencia que somos, que se muestra como Sabiduría y Compasión.

 

Cuando sabemos “estar” ahí, todo lo demás –como dijera el sabio maestro Jesús- “se nos dará por añadidura”. Porque eso que somos es Plenitud y se halla siempre a salvo. Seguirán ocurriendo sucesos de todo tipo y color, se turnarán las “nubes” con los “claros”, y los días felices con los tormentosos…, pero nada de eso afecta negativamente a quienes realmente somos. Podemos estar siempre “en casa”, en ese “hogar” que constituye nuestra verdadera identidad, y donde no estamos separados de nada.

 

         Ahí, ya no es la mente la dueña de casa, sino una servidora eficaz al servicio de la Sabiduría. Ahí, tampoco es el ego quien dicta sus leyes ni guía el comportamiento. Ha emergido una identidad desapropiada y unificadora, la Consciencia que todos somos, que nos hace percibirnos como células de un único organismo, el único “Yo Soy” en el que se han reconocido Jesús y todos los sabios que nos han precedido.

Teruel, 24 diciembre 2013

¡FELIZ NAVIDAD!…, ¡FELIZ “NACIMIENTO” A QUIENES YA SOMOS!

DESPERTAR A QUIENES SOMOS

DESPERTAR A QUIENES SOMOS

 

 Al vaciarte del yo, descubres la Plenitud que eres

Con qué facilidad,

debido a la inercia de tantos años,

me identifico con lo que no soy

y me reduzco a una identidad aparente:

la de mi pequeño yo,

simple manojo de deseos y miedos,

etiquetador permanente,

que pone su dicha en lo superficial,

en que las cosas le vayan “bien”,

según su particular y estrecho criterio.

 

Por eso, cuando le van “mal”,

se desespera, se irrita o se angustia,

creando resistencias

con las que no logra

sino incrementar el sufrimiento.

 

Y siempre así…,

hasta que aprenda a “rendirse”,

a no-evitar, a no-resistir.

 

Pero ese aprendizaje no está al alcance del yo.

Solo es posible cuando experimentamos

que no somos él

y nos abrimos y nos percibimos

como Espacio Consciente,

Vida Amorosa,

Presencia Segura…

 

Solo entonces descubrimos,

con tanto gozo como sorpresa,

que todo está bien,

que todo es como tiene que ser,

y que nada de ello afecta a quienes Somos.

 

No es un discurso de justificación;

tampoco de sumisión,

ni de pasividad o resignación.

Es, sencillamente, la percepción de lo real

desde “otro nivel”.

 

Habremos de hacer lo que tengamos que hacer,

pero desde el “lugar” adecuado,

la consciencia clara de quienes somos.

 

Anclados en ella,

caerán etiquetas,

perderán peso miedos y deseos,

observaremos serenamente los vaivenes y altibajos,

y podremos dejar fluir todo…

Viene lo que tiene que venir.

En la Presencia que somos,

todo está bien:

todo es un despliegue admirable de lo Real,

un juego sorprendente de la Consciencia.

 

El actor tiene que hacer su papel,

pero nunca olvida que su identidad es otra.

 

Tenemos papeles en esta gran representación,

pero ojalá no olvidemos que no somos ellos.

 

Somos Aquello que está detrás de todos los papeles,

Eso que queda cuando la mente se silencia,

Espacio consciente,

Vida amorosa,

Presencia segura.

 

Las religiones lo han nombrado con la palabra “Dios”,

y las personas religiosas más sabias

han sabido “perderse” tanto en él,

que han llegado a “anegar” su yo.

Y en esa “pérdida”,

como decía Jesús,

se han “encontrado” definitivamente

en su verdadera identidad.

Acabó la tiranía del yo

y emergió el horizonte de luz.

 

Es lo que ocurre cuando,

en una perspectiva no-dual,

acallada la mente,

“tocamos” y saboreamos

la Plenitud que somos

y en la que nos reconocemos:

hemos despertado,

hemos empezado a vivir.

 

Teruel, 4 noviembre 2013 

PARA CUANDO SUFRAS (Vicente Simón)

PARA CUANDO SUFRAS

 

 

Date un respiro cuando sufras.

Date un respiro.

Te lo mereces,

tú y el universo que te acoge.

 

No te vas a romper,

puedes sufrir.

Todos lo hacen

por un tiempo.

 

Piensa que sufrir

es humano,

y te hace más humano todavía.

Nunca sufres solo.

 

Pero date cuenta

de que estás sufriendo,

ahora mismo,

en este irrepetible momento.

 

Y acuérdate,

que como humano que eres,

también puedes amar.

Entonces, date amor y consuelo.

 

Eres una criatura que sufre.

Eres una criatura que ama.

Y esa criatura que ama

puede consolar a la criatura que sufre.

 

No dejes de hacerlo.

Ama al que sufre, alívialo.

Y, si ahora, el que sufre eres tú,

consuélate, queriéndote tal como eres.

 

Vicente Simón

www.mindfulnessvicentesimon.com

www.mindfulnessyautocompasion.org

 

CUANDO EL YO SUFRE

El yo, al no ser sino un manojo de deseos y miedos, está condenado a sufrir.

 

Ego-mono.2

 

Sabemos que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Por “dolor” entendemos el hecho bruto, sea físico o emocional, que se experimenta tal como aparece, sin resistencia ni añadidos mentales.

Ese dolor se transforma en sufrimiento, bien cuando lo resistimos (en lugar de aceptarlo), bien cuando añadimos sobre él cualquier “historia mental”.

En un caso u otro, sufrimos únicamente cuando –y porque- nos identificamos con el yo o ego. De hecho, como alguien ha escrito, “la desgracia solo significa que las cosas no encajan con tus deseos”.

La consciencia de lo que nos ocurre no sufre ni se ve afectada. Solo sufre el yo: y creemos que sufrimos nosotros porque lo hemos tomado como si fuera nuestra identidad. A partir de ahí, todo lo que le ocurre al yo, pensamos que nos ocurre a nosotros.

Por eso, detrás de todo sufrimiento, hay un pensamiento erróneo que estamos creyendo como si fuera verdadero. Averígualo por ti mismo/a: cuando sufro, ¿qué pensamiento hay detrás, que me estoy creyendo como si fuera verdadero?

El “primer” pensamiento erróneo no es otro que el de identificarnos con el yo. Y, con él, la creencia en que soy un ser separado de todos y de todo. A partir de ella, se pueden encadenar infinidad de pensamientos erróneos que generarán sufrimiento permanente.

Dentro de esos pensamientos erróneos, hay tres que podemos considerar particularmente graves:

  • La idea de que yo tengo el control sobre lo que me ocurre; por eso, me afano y preocupo como si realmente dependiera de mí. En realidad, es solo una falsa creencia: si realmente tuviera el control, ¿no habría logrado ser feliz hace tiempo? Por eso, lo que realmente mantenemos es la ilusión de que llevamos las riendas. Por otro lado, si el yo o ego es una ficción mental, ¿quién sería el sujeto de ese supuesto control?
  • La exigencia mantenida de que las cosas deberían ser como yo quiero. Aquí se arraigan todos los “debería” y “no-debería”, que no son sino fuente de sufrimiento para nosotros mismos y para los demás.
  • Y el hecho de discutir con lo que es. Tal discusión no es otra cosa que resistencia al presente. Y no puede haber tal resistencia sin generar sufrimiento.

 

Por eso, frente a esos pensamientos erróneos, con frecuencia profundamente arraigados en nuestras mentes, el camino de salida se formula de una manera simple, aunque, debido a aquella inercia mental, nos resulte arduo vivirlo en la práctica. La actitud sabia puede formularse con estas palabras: Ama lo que es. (Título del recomendable el libro de Byron KATIE, Amar lo que es. Cuatro preguntas que pueden cambiar tu vida, Urano, Barcelona 2002).

 

No se trata de una actitud indolente, indiferente o pasotista. Es una actitud sabia, que consiste alinearse con lo real. Y, de un modo paradójico, solo al alinearnos con el momento presente –lo que es- encontramos la paz y brota en nosotros la acción adecuada, libre de ego, que tengamos que llevar a cabo. Pero la sabiduría parece que empieza siempre por la aceptación profunda o rendición a lo que es.

 

Al alinearnos con el presente, al amar lo que es, cesa el sufrimiento, pero queda el dolor.

¿Qué hacer con él? La actitud adecuada se expresa en dos actitudes que han de ser vividas simultáneamente: la no-evitación y la no-identificación. Es decir, se trata de acoger el dolor, permitirle que esté, pero sin reducirse a él.

Del mismo modo que cuidamos el cuerpo, pero no se nos ocurre identificarnos con –reducirnos a- él, así también cuidamos nuestro psiquismo, pero tampoco nos identificamos con él.

Dicho con más precisión: El Amor que somos acoge al psiquismo (yo o ego) que tenemos. Las prácticas de amor hacia uno mismo, el encuentro con el propio niño o niña interior, el cuidado por permanecer en momento presente, la destreza para tomar distancia de la mente y no enredarnos en etiquetas mentales ni en movimientos emocionales… nos ayudarán a permanecer anclados en nuestra verdadera identidad –la Consciencia ilimitada y amorosa- y, así, llevar a cabo una higiene saludable del dolor que aparezca, sin transformarlo en sufrimiento.

¿QUÉ ES EL EGO? O cómo nos vivimos como monos enjaulados en su cuerpo

Es normal que, cuando una persona oye hablar del “yo” o del “ego”, en el contexto de una visión que lo relativiza, se pregunte: pero, ¿qué es el ego? Se trata de una cuestión que me suelen plantear con bastante frecuencia, y a la que respondo, más o menos, de la forma que expongo a continuación.

Egos-monos y monas

De entrada, quiero dejar claro que uso los términos “yo” y “ego” como absolutamente equivalentes: ambos, en español o en latín, se refieren a la misma realidad, aunque luego, por motivos pedagógicos, se hayan querido percibir matices diferenciadores. La distinción más frecuente –y quizás también, bajo un cierto punto de vista, la más sugerente- es aquella que se refiere al “ego” como el resultado de una identificación completa con el “yo” particular. Bajo esta perspectiva, el “yo” sería una entidad “neutra”, aunque valiosa, que habría que cuidar adecuadamente, mientras que el “ego” nacería como consecuencia de que la persona se ha reducido al yo, hasta identificarse con él. El ego sería, por tanto, la errónea absolutización del yo, y constituiría la fuente de toda confusión y sufrimiento, al habernos identificado con lo que solo es un elemento de nuestra verdadera identidad.

Con todo, me parece más sencillo y acertado atribuir el mismo significado a ambos términos, usándolos indistintamente para referirnos a la misma realidad.

Y, al querer clarificar ese significado, me parece buen comienzo la referencia a Einstein que, a mi modo de ver, acertó de pleno cuando afirmó que el yo era una “ilusión óptica de la conciencia”.

Efectivamente, el yo (o el ego) es simplemente un error de percepción, por el que llegamos a creer en una entidad que, en realidad, no existe; es solo una ficción mental, aunque de impresionantes consecuencias. De hecho, cuando creemos en el yo, como si se tratara de una verdadera identidad, nos vivimos como monos y monas enjaulados en nuestro propio cuerpo.

Lo que llamamos “yo” no es otra cosa que el centro operacional de nuestra vida cognitiva y emocional, asociado a nuestro cuerpo. Cuerpo, mente y psiquismo, unificados gracias a la autoconsciencia –la consciencia una que, con la aparición de la mente, empieza a hacerse consciente de sí misma-, empiezan a ser percibidos como si de una identidad separada se tratara; identidad a la que se le da el nombre de “yo”.

A partir de ese momento, los seres humanos empiezan a organizar su vida en torno a esa supuesta identidad, como si en ella les fuera la vida, dado que previamente se han reducido a la misma. La creencia incuestionada ha terminado convirtiendo la ficción en una (aparente) “evidencia” del sentido común.

De este modo, cuando se cuestiona la existencia del yo, es comprensible que surja la reacción inmediata: ¿Cómo se puede poder en duda algo que es tan evidente? Olvidamos cuántas cosas “evidentes” hemos aceptado…, hasta que hemos percibido su falsedad: desde la idea de que el sol giraba alrededor de la tierra hasta la fe en un dios separado e intervencionista.

Por eso, necesitamos empezar desde el principio: ¿Cómo ha podido llegarse a una conclusión tan firme y generalizada sobre el yo? Es decir, ¿qué ha ocurrido en el proceso de construcción del yo para que los humanos hayamos terminado prácticamente reducidos a algo que no somos?

La respuesta es simple: con la emergencia de la mente, dentro del proceso evolutivo, la consciencia vuelve sobre sí misma (reflexiona), haciendo posible que la mente se apropie de sus contenidos y, gracias a la memoria, le sea posible construir una sensación de continuidad, en la que termina reconociéndose como el sujeto estable de la misma.

 

La conclusión no podía ser otra: el ser humano –que, por otra parte, no puede negar su consciencia de ser “sujeto”- se otorga una identidad separada (“yo”) a la que considera el principio activo y permanente a lo largo de toda su peripecia vital.

La aparición de la mente ha hecho posible que, al sentirse actuar y recordar lo actuado, la persona haya atribuido a esa acción un sentido de agencia, de ser sujeto actuante, un “yo” con el que ha terminado identificado.

Si a esto añadimos todo lo vivido en el proceso de socialización desde el primer momento de su existencia, es muy fácil comprender hasta qué punto vivimos y organizamos nuestra vida –pensamientos, creencias, acciones, reacciones…- como si realmente fuéramos ese yo individual, que se ha plasmado en un nombre –otro pensamiento más- y en un número de identificación.

¿Qué es lo que en realidad se ha producido, y que nos ha pasado desapercibido? Algo absolutamente decisivo en sus consecuencias: una especie de constricción de la consciencia a los límites del propio cuerpo. La consciencia una –la consciencia que somos, de donde nos viene precisamente la innegable sensación de ser sujetos: la Consciencia es “Yo Soy”- ha quedado constreñida, “encerrada” en el cuerpo, como si de una jaula o cárcel se tratase, hasta el punto de que hemos terminado confundiéndola con la propia mente.

 

La consecuencia más grave es la confusión derivada de ello y que se plasma en la primera creencia del yo: la separatividad. Al encerrarnos en los límites del propio cuerpo, es inevitable que nos sintamos separados de todo lo que percibimos fuera de las fronteras del mismo: separados del entorno, de los otros, de la misma vida… Y, dado que la mente es esencial e inexorablemente separadora, terminamos convencidos de que esa separación es real (nos lo dice también el “sentido común”).

Una vez convencido de que soy un “ser separado”, es inevitable que me perciba y me comporte como tal: la comparación, la competitividad, el enfrentamiento… vendrán de la mano.

Con todo ello, experimentaremos un “doble” sufrimiento: por una parte, el derivado del “encierro” en el que nos hemos instalado, por el que nos sentimos interiormente constreñidos y socialmente aislados; por otra, el que acompaña a un comportamiento egoico y egocentrado, que nos hace perder nuestra conexión (real) con todos y con todo.

Pues bien, la tremenda ironía es que esa supuesta identidad, el yo, es una pura ficción. Como nos recuerdan los neurocientíficos, no hay ningún hombrecito y ninguna mujercita en nuestro cerebro organizando todo, como si de un director de orquesta se tratara. No hay tal cosa como un homúnculo separado, independiente, autónomo y libre.

Nuestra verdadera identidad es la misma que la de todo lo real; no podría ser de otro modo. El gran místico cristiano del siglo XIII, el Maestro Eckhart, lo repetía con aquella expresión contundente: “Mi suelo y el de Dios son el mismo”. Somos consciencia que, temporalmente, se expresa en este organismo psicofísico. Hay, por tanto, sensaciones, sentimientos, emociones, pensamientos, recuerdos, experiencia de muchos tipos…, pero no existe ningún “yo” separado.

La sabiduría –o el llamado “despertar”- no es otra cosa que caer en la cuenta del engaño de aquella identificación, percibiendo nuestra verdadera naturaleza.

Ciertamente, tendremos que cuidar de una manera adecuada nuestro psiquismo, favoreciendo su integración y armonía. Pero, de la misma manera que el cuidado del cuerpo no hace que nos identifiquemos con él, la atención a la mente y al psiquismo no tiene por qué implicar que nos reduzcamos a ellos.

El proceso que favorece el despertar requiere, por tanto, una actitud de relajar o aflojar la constricción que nos ha llevado a creer en una consciencia encerrada dentro de los límites de nuestro cuerpo y separada del resto. Aflojar esa constricción equivale a “deslizarnos” en la consciencia que trasciende nuestro cuerpo, hasta el punto de reconocernos incluso “fuera” de él. No perdemos el contacto real con nuestro cuerpo, pero dejamos de reducirnos a él, y empezamos a percibirnos como la consciencia una que en todo se expresa y manifiesta. Se supera así el dualismo mental y empezamos a saborear la no-dualidad.

Desde esta nueva consciencia –ampliada, ilimitada, y que es una con la vida toda-, no se ve nada como separado. La vida no es algo distante ni diferente; percibes que tú y la vida sois la misma cosa. Los otros no son percibidos como seres separados o aislados en las fronteras de su cuerpo, sino expresiones y manifestaciones de la misma y única consciencia que tú también eres.

A partir de ahí, seguimos usando la mente como una herramienta preciosa para todo aquello que nos puede servir, pero hemos superado la trampa de reducirnos a ella. Al mismo tiempo, dejamos de atribuirle valor absoluto a sus ideas y creencias, porque sabemos que en ese terreno fácilmente yerra, debido a su inevitable limitación.

Mientras tanto, en el camino, la práctica meditativa busca liberarnos de aquella falsa identificación. Al hacernos diestros en dejar caer los pensamientos –el propio “yo” es solo un pensamiento o una etiqueta más-, vamos quitando los velos que opacan y oscurecen nuestra visión, permitiendo que aflore resplandeciente nuestra radiante identidad.

Teruel, 1 septiembre 2013

www.enriquemartinezlozano.com

Aportaciones

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     Vivir lo que somos: caminar hacia la liberación            

  1. ¿Qué hacer con el dolor y el sufrimiento?

  1. La belleza y sabiduría del Presente

                                    2.1. El presente es plenitud

                                    2.2. El presente es silenciamiento mental