MIEDO Y PAZ

Comentario al evangelio del domingo 24 de mayo de 2026

Jn 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

MIEDO Y PAZ

El miedo nos acompaña desde el momento mismo del nacimiento, como bien supo expresar el filósofo Thomas Hobbes: “El día que yo nací, mi madre parió gemelos: yo y mi miedo”.

Todo ser limitado es vulnerable. Y todo ser vulnerable siente miedo. El miedo no es sino la otra cara de la necesidad. Por lo que no puede haber un ser necesitado que esté libre de él.

Como todo sentimiento o emoción, el miedo es portador de información: muestra cómo nos encontramos en un momento determinado. Y, a la vez, constituye un desafío para gestionarlo de manera constructiva.

La gestión adecuada del miedo, como la de cualquier otro sentimiento, empieza por la aceptación, reconociéndolo en nosotros, haciéndole espacio y aceptando su presencia. Una vez aceptado, me pregunto qué tiene que decirme. Me acojo con él, abrazando la vulnerabilidad de la que nace, sin reducirme a él —siempre somos más que nuestro miedo— y me abro a percibir, en mí, el fondo de paz, de quietud y de confianza que me sostiene en todo momento.

Cuando es repetitivo y desproporcionado, el miedo indica que hay en nosotros un niño o una niña que reclama nuestra atención y nuestra acogida amorosa. Solo acogiéndolo/a, viviendo el encuentro con él/ella, será posible anclarse en la paz de fondo.