Semana 28 de mayo: “NOSOTROS” Y “ELLOS” (I)

“NOSOTROS” Y “ELLOS”.

EL ESQUEMA DE LA INTOLERANCIA Y EL FANATISMO

“La intolerancia es la angustia de no tener razón”
(Andréi Sajarov, físico nuclear y Premio Nobel de la Paz 1975).

  I

El psiquiatra y estudioso de la mente Daniel Siegel, en uno de sus libros, cuenta un antiguo chiste judío, que bien puede servir de pórtico a las reflexiones que siguen. Cuando fue rescatado, un hombre que había estado veinte años viviendo en una isla desierta, preguntó a los rescatadores si les gustaría ver las estructuras que había construido. Les enseñó su modesto hogar en un pequeño valle, una biblioteca, un templo en lo alto de la colina, una zona para hacer ejercicio al pie de la misma, y otro templo cerca de la playa. Cuando los rescatadores le preguntaron por qué había construido dos templos siendo el único habitante de la isla, la respuesta fue inmediata: “¡Porque nunca sería miembro de otro templo!”[i].

El guion que rige cualquier actitud intolerante es sumamente simple: consciente o inconscientemente, divide a la humanidad en dos grupos que considera radicalmente enfrentados. De una parte, estaríamos “nosotros”, que nos hallamos en la verdad y somos merecedores de atención y cuidado, de respeto e incluso admiración; de la otra, se encontrarían “ellos”, quienes están forzosamente equivocados porque pertenecen a un grupo que no tiene arreglo.

Con frecuencia aparecen campañas en las que esta dinámica se muestra con total claridad. Nombraré solo dos hechos recientes que han producido un eco notable en la sociedad.

La asociación “Hazte Oír” sacaba a la calle un autobús en el que, bajo apariencia de “neutralidad” biológica –“los niños tienen pene, las niñas tienen vulva”-, transmitía un rechazo condenatorio a lo diferente, sin ser conscientes del dolor que tal rechazo provoca en personas transexuales. Como si todo aquello que atenta contra las propias creencias o posicionamientos fuera erróneo y hubiera que descalificarlo y eliminarlo. En el fondo, lo que late es muy simple: “puesto que «nosotros» estamos en la verdad, «ellos» están en el error”.

Por las mismas fechas, en un desafortunado e incluso torpe programa de EiTB (Euskal Irrati Telebista, la cadena de radiotelevisión pública vasca), se hablaba despectivamente de “los españoles” –a quienes se tachaba de “fachas”, “paletos”, “chonis” y “atrasados”, además de “mongolos”-, en contraposición con “nosotros” –los “privilegiados” miembros de un pueblo “superior”-. Bastaría un mínimo de distancia para observar, no solo que tales percepciones únicamente pueden nacer de una consciencia mítica (tribal), sino que, irónicamente, se proyecta –y, por tanto, se percibe- en los otros justamente aquello que se da –reprimido e inconsciente- en uno mismo. Siempre ha sido un recurso fácil el del “chivo expiatorio” para condenar fuera lo que no se quiere aceptar como propio. Una vez más, la misma dinámica: “ellos” frente a “nosotros”.

Por lo que se refiere al campo religioso, tendría que alertar el hecho de que cada grupo asume la convicción de que cree en la “verdad”, mientras que son solo todos los demás los que creen en supersticiones. De ese modo, lo que para una comunidad religiosa es una verdad incuestionable, para otra no pasa de ser una superstición insostenible. Hasta ahí llega el etnocentrismo mítico.

En un marco más amplio, resulta profundamente significativo que en muchas culturas se haya reservado el término “humanos” para referirse exclusivamente a los miembros del propio grupo o etnia. Los otros eran no-humanos o menos humanos, por lo que se justificaba de entrada cualquier acción que se pudiera emprender en su contra. La posible empatía quedaba de ese modo cortada de raíz.

A este propósito, el historiador israelí Yuval Noah Harari, en un libro sumamente interesante, escribe:

“La evolución ha convertido a Homo sapiens, como a otros animales sociales, en un ser xenófobo. Instintivamente, los sapiens dividen a la humanidad en dos partes: «nosotros» y «ellos». Nosotros somos personas como tú y yo, que compartimos idioma, religión y costumbres. Nosotros somos responsables los unos de los otros, pero no responsables de ellos. Siempre hemos sido distintos de ellos, no les debemos nada. No queremos ver a ninguno de ellos en nuestro territorio, y nos importa un comino lo que ocurra dentro de sus fronteras. Ellos apenas son humanos. En el lenguaje de los dinka del Sudán, «dinka» significa sencillamente «personas». Los que no son dinka no son personas. Los enemigos acérrimos de los dinka son los nuer. ¿Qué significa la palabra «nuer» en el idioma de los nuer? Significa «personas originales». A miles de kilómetros de los desiertos del Sudán, en las frías y heladas tierras de Alaska y el nordeste de Siberia, viven los yupik. ¿Qué significa «yupik» en el lenguaje de los yupik? Significa «personas originales»[ii].

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[i] D.J. SIEGEL, Viaje al centro de la mente, Paidós, Barcelona 2017, p.226.

[ii] Y.N. HARARI, Sapiens: De animales a dioses. Breve historia de la humanidad, Debate, Barcelona 2014, p.219-220.

Semana 28 de mayo: QUERER O MATAR A LA TORTUGA

La foto de la tortuga me ha recordado un cuento que Tony de Mello aplicaba al amor: Un niño sintió que se le rompía el corazón cuando encontró, junto al estanque, a su querida tortuga patas arriba, inmóvil y sin vida. Su padre hizo cuanto pudo por consolarlo: «No llores, hijo. Vamos a organizar un precioso funeral por la señora Tortuga. Le haremos un pequeño ataúd forrado en seda y encargaremos una lápida para su tumba. Luego le pondremos flores todos los días y rodearemos la tumba con una cerca». El niño se secó las lágrimas y se entusiasmó con el proyecto. Cuando todo estuvo dispuesto, se formó el cortejo –el padre, la madre, la criada y, delante de todos, el niño- y empezaron a avanzar solemnemente hacia el estanque para llevarse el cuerpo, pero este había desaparecido.

         De pronto, vieron cómo la tortuga emergía del fondo del estanque y nadaba tranquila y gozosamente. El niño, profundamente decepcionado, se quedó mirando fijamente al animal y, al cabo de unos instantes, dijo: «Vamos a matarlo». La consecuencia que saca Tony no puede ser más reveladora: «En realidad, no eres tú lo que me importa, sino la sensación que me produce amarte».

         Vivimos, hoy más que nunca, a golpe de impacto. Si el telefilm no tiene bastante sangre, cuerpos destrozados, dosis suficientes de sexo y una música y ritmo trepidantes, es “lento, aburrido, plano”. Si para el fin de semana no hay plan fuera de casa, o las vacaciones son en el pueblo o fuera del ruido del complejo turístico, nos resulta tiempo perdido. Y así el silencio del día a día, el sentir pasar el tiempo, la charla sosegada, nada tienen que hacer ante el frenético estar colgado del Smartphone o la Tablet.

         Hemos convertido los acontecimientos de la vida en otra droga más o menos blanda. No amamos a las personas, el paisaje y la vida (la tortuga) si estos no nos hacen descargar adrenalina, sino las sensaciones más o menos trepidantes que nos provocan. Y estamos dispuestos a acabar con ellas (matar a la tortuga, a la que decíamos amar) para volvernos a “sentir vivos” a base de descargas provenientes del exterior: un divorcio, una aventurilla sexual, un deporte de riesgo, una litrona, un intercambio de parejas, qué sé yo.

         La desconexión con lo quieto y lo profundo de nosotros mismos provoca muchas locuras en la gente de hoy. Pues la alegría no está en el qué sino en el cómo. No en el correr ni huir ni en la vorágine de sensaciones, sino en el saborear el mar que desde siempre llevamos dentro. Así lo expresaba Ignacio de Loyola: «No el mucho saber harta y satisface en ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente».

Pedro Miguel LAMET, en Revista 21 (agosto-septiembre 2014) p.55.

“El Evangelio lee nuestro anhelo”. Comentario al evangelio de cada día (Ciclo B – 2017/2018)

A Ana

Todo ser humano puede detectar en su interior la voz del deseo y la voz del Anhelo. El deseo es el lenguaje del ego: nace de la necesidad y se caracteriza por la ansiedad y la insaciabilidad; el Anhelo es expresión de la plenitud que somos y lleva la marca del gozo y de la gratuidad. Así, mientras la identificación con el primero tiraniza, el segundo nos conduce a casa.

Un texto es inspirado cuando nace del anhelo. Eso explica que el lector se sienta “leído” interiormente por él. Porque, en último término, todo texto de sabiduría y nuestro corazón dicen la misma cosa, porque en ambos es el anhelo quien se expresa.

A diferencia del deseo, siempre insaciable, con el anhelo ocurre una profunda y hermosa paradoja: al acogerlo se “disuelve”, porque nos hace descubrir, con tanta sorpresa como admiración, que somos justamente aquello que anhelábamos. Como decía Jesús, “el Reino de Dios está dentro de vosotros”.

Esto es lo que descubrimos en el evangelio: una palabra sabia que “lee” el anhelo humano y, de ese modo, desenmascarando posibles engaños y advirtiendo de las trampas que acechan, muestra el camino a “casa”, la misma que habitaba Jesús y a la que nombraba como “Padre” o como “Reino de Dios”.

El autor, al acompañarnos en esta lectura del evangelio, abriga el deseo cordial de que la palabra de Jesús produzca “resonancias” en nosotros y dinamice nuestro propio Anhelo, hasta descubrir, experimentar y saborear la plenitud que somos, y que queda expresada en una afirmación del propio Jesús, aplicable a todos nosotros: “Yo soy la vida”.

No busques la verdad, tan solo deja de mantener opiniones” (Xin Xin Ming).

No pasa / nada. Los ojos no ven, / saben. El mundo está bien / hecho” (Jorge Guillén).

“Aquí se puede ver el camino en lucha con la tierra, el amarillento acantilado, el castillo con sus portillos, sus crestas y sus muros. El camino se hace entonces afilado, y los pasos se incrustan en él cada vez más profundamente. El camino se mete en la tierra, pero lo detiene el desprendimiento de una colina entera. Le es necesario entonces saltar por encima para continuar su trazado un poco más adelante: el camino no olvida jamás su objetivo” (David Le Breton).

Yo ni siquiera soy poeta: veo. / Si lo que escribo tiene valor, no soy yo quien lo tiene: / el valor está allí, en mis versos. / No hay nada en todo eso que dependa de mi voluntad” (Fernando Pessoa). 

Realizarse es descubrir la verdad que soy detrás del error que vivo” (Antonio Blay).

Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria; el pez mayor los saludó con la cabeza y les dijo: “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?”. Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho; por fin, uno de ellos miró al otro y le dijo: “¿Qué demonios es el agua?”.

ÍNDICE

Introducción

Tiempo de Adviento

Tiempo de Navidad

Tiempo Ordinario

Tiempo de Cuaresma

Tiempo de Pascua

Tiempo Ordinario

Índice de las lecturas evangélicas

INTRODUCCIÓN

El ser humano se percibe a sí mismo como un ser anhelante. Dentro de la tradición cristiana, en un lenguaje teísta, Agustín de Hipona expresó esa percepción de un modo sublime: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

Sin embargo, parece necesario precisar a qué nos referimos cuando hablamos de “anhelo”. Porque suele confundirse con otros movimientos psíquicos y, sobre todo, porque una inadecuada comprensión del mismo puede confundirnos acerca de nuestra verdadera identidad.

El anhelo no es lo mismo que el deseo que nace de la necesidad. En un nivel relativo, el ser humano es pura necesidad; no es extraño, por tanto, que se sienta sacudido constantemente por deseos que tiran de él en diferentes direcciones. Ahí nos movemos. El riesgo aparece cuando, apropiándonos del deseo, nos reducimos a él. Porque, en ese mismo momento, desconectamos de nuestra verdadera identidad para convertirnos en marionetas movidas por las necesidades y los miedos.

El anhelo no tiene tampoco nada que ver con lo que podría ser la exigencia mental que nace generalmente del “yo ideal” o incluso del superyó. En virtud de ese mensaje, la persona se siente “impelida” a sacar adelante una acción determinada o a comportarse de un modo específico.

Esta doble matización orienta nuestra mirada hacia algo más profundo e interior que los meros deseos sensibles y las exigencias mentales. Pero todavía es necesaria una puntualización más para prevenir un engaño mucho más sutil, pero no menos peligroso.

Esta última trampa es la que hace conectar el anhelo –innegablemente experimentado- con una supuesta carencia original. Según esta lectura habitual, el ser humano es visto como –y reducido a- un yo particular, radicalmente necesitado, frágil y vulnerable, es decir, como un ser carenciado. Sin ningún cuestionamiento previo, se da por sentado que su “personalidad” constituye –es lo mismo que- su “identidad”.

Una vez que se asume como real esa visión, solo quedan dos caminos: la resignación, que ve la carencia como definitiva y califica al anhelo de ilusión engañosa, o la proyección, que sitúa la plenitud anhelada en el exterior y en el futuro, como “algo” que supuestamente nos completaría.

La primera es la lectura del ateísmo clásico; la segunda es la propia de las religiones teístas. En esta se inscriben las palabras de Agustín, citadas más arriba. A mi parecer, aciertan al afirmar que solo hay descanso en la plenitud, pero se equivocan al situar la plenitud “fuera”, proyectando en el exterior lo que realmente somos. Al hacerlo así, el “Dios” pensado secuestra nuestra verdadera identidad: lo que realmente somos, es arrebatado y proyectado en un Ente separado.

Eso explica que, para salir de esa trampa mortal, sea necesario abrirse al modelo no-dual de conocer(1). Desde él, es claro que somos plenitud –consciencia de ser, vida…-, por lo que no se trata de “perseguir” ningún objeto fuera, sino de caer en la cuenta y reconocer lo que siempre hemos sido.

Si no fuéramos plenitud, no nos dolería la carencia”, escribía Antonio Blay. Somos aquello que permanece cuando todo cambia. Y eso único permanente no es otra cosa que la consciencia de ser. Lo que ocurre es que no podemos captarlo pensando, debido a la naturaleza dual y separadora de la mente, sino atendiendo –acallando el pensamiento- y, finalmente, siéndolo.

Somos, pues, consciencia que se expresa en una forma particular –como “personalidad”-; plenitud que adopta una modalidad concreta. Si el error de base consiste en olvidar nuestra identidad y reducirnos a la forma, la sabiduría nos lleva a reconocernos en lo que realmente somos.

¿Qué significa entonces el anhelo? Tal como lo percibimos, sería sencillamente la expresión –o, si se prefiere, la “voz”- de la plenitud que somos. Dicho de un modo más preciso: el anhelo de vida y de plenitud obedece a la intuición de que, en realidad, uno es la Totalidad. Pero, cuando esa intuición se aplica a la sensación de identidad independiente, termina adulterándose y convirtiéndose en el deseo de poseerlo todo. Así, en lugar de serlo todo, uno se limita simplemente a tratar de poseerlo. Este es el fundamento de toda búsqueda de gratificación sustitutoria, la sed insaciable que padece todo yo independiente.

A partir del momento en que aparece la sensación de identidad separada, la sombra de la muerte será su inseparable compañera. Y no hay nada que el yo pueda hacer; por eso recurre a todo tipo de apoyos “externos” que contribuyan a aliviar el miedo a la muerte y consoliden el engaño de que el yo es inmortal. Pero todos ellos son objetos sustitutorios, del mismo modo que el yo independiente es un sujeto sustitutorio.

No hay modo de salir de esta trampa hasta que no reconocemos nuestra verdadera identidad. Al caer en la cuenta de ello, descubrimos también que, en realidad, anhelamos lo que ya somos. Con lo cual, se nos hace evidente que lo que nombramos como “anhelo” no es sino otro nombre de la plenitud. De ahí que no nos “lance” hacia fuera ni hacia el exterior, sino que nos ancle en nuestra auténtica “casa”. Y será entonces, una vez reconocida nuestra identidad, cuando la Vida –la plenitud- se exprese a través de nosotros, de una manera sabia y amorosa.

Si el anhelo expresa lo que ya somos, ¿qué sentido tiene acercarnos al evangelio? Hay un motivo sencillo: el evangelio –como todo libro “sagrado”, antiguo o moderno- y nuestro corazón dicen lo mismo. Porque en ambos se expresa la sabiduría atemporal que se halla en el origen y en el corazón de todo lo real. Sabiduría que no es diferente de la consciencia originaria y originante.

Esto requiere acercarse al texto evangélico, no como un anecdotario de la vida de Jesús, tampoco como un código moral o como un “catecismo” doctrinario, sino como un texto sabio que, precisamente por serlo, conecta con el corazón de cualquier ser humano que busca.

Y lee nuestro anhelo porque, del mismo modo que la consciencia –como la vida- es solo una, que todos compartimos y que en todos se manifiesta, la plenitud y el propio anhelo es siempre el mismo en todos los seres. Eso explica que, al acercarnos al evangelio, descubramos el anhelo que movía a Jesús –si bien expresado con palabras propias de la época- y caigamos en la cuenta de que no es diferente del que nos mueve a nosotros.

Este primer reconocimiento libera ya de cualquier riesgo de alienación, porque no se otorga la autoridad a un texto “ajeno”, por más “sagrado” que fuere, sino a la sabiduría profunda y única, que “resuena” en nuestro interior como propia, aunque haya sido “despertada” por las palabras de otro.

El anhelo, decía más arriba, es la vida misma que fluye a través de nosotros. Eso hace que lo sintamos dotado de un dinamismo poderoso, sabio y ajustado, que a la vez que nos ancla en lo que somos, nos conecta en la unidad con todo y busca desplegarse armoniosamente.

El anhelo, pues, no es “algo” ajeno ni separado, sino que constituye realmente nuestra “casa”, el lugar donde hacer pie, nuestra identidad. Y nos recuerda nuestra única certeza: la certeza de ser. De todo lo demás podremos dudar, cualquier otra cosa será impermanente; sin embargo, estemos como estemos y ocurra lo que ocurra, siempre permanecerá estable la certeza de ser.

Los comentarios que siguen quieren ayudar a comprender el mensaje del evangelio desde nuestro propio anhelo. Para experimentar que realmente lo que en él se dice lee nuestra propia vida y nos conecta a nuestra verdadera identidad, aquella a la que el propio Jesús se refería cuando afirmaba: “Yo soy la vida” o “El Padre y yo somos uno”.

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(1). Para una comprensión de lo que ello implica, remito a mis libros anteriores: Otro modo de ver, otro modo de vivir. Invitación a la no-dualidad, Desclée De Brouwer, Bilbao 22014; Cristianos más allá de la religión. Cristianismo y no-dualidad, PPC, Madrid 22015; así como a los comentarios del evangelio de los dos Ciclos litúrgicos anteriores: Otro modo de leer el evangelio. Comentario al evangelio de cada día (Ciclo C, 2015-2016), Desclée De Brouwer, Bilbao 2015; Guía para volver a casa. Comentario al evangelio de cada día (Ciclo A, 2016-2017), Desclée De Brouwer, Bilbao 2016.

Semana 21 de mayo: EGO Y COMPROMISO (y V)

EL EGO SE APROPIA TAMBIÉN DEL COMPROMISO (y V)

Estado mental y estado de presencia

        De la apropiación no saldremos a través de la reflexión ni del voluntarismo, sino gracias a la comprensión. 

    Desde nuestra perspectiva, la consciencia evoluciona. En ese sentido, hablamos de estados y estadios o niveles, así como de “transformación” o “expansión” de la consciencia. Pero eso es así únicamente desde nuestra perspectiva. En realidad, la consciencia no evoluciona –es lo único permanente y estable frente al cambio e impermanencia de todas las formas-; lo que cambia es la percepción que nuestra mente tiene de la misma, por lo que hablamos de una consciencia arcaica, mágica, mítica, racional o transpersonal.

         En la actualidad, la gran mayoría de los humanos nos hallamos identificados en la “consciencia racional”, que da lugar a lo que habitualmente designamos como “estado mental” (o egoico), y que se caracteriza por la predominancia o protagonismo de la mente y su correlato: el yo individual.

         Para quien se encuentra en ese “estado mental”, la realidad no podrá ser sino como su mente la percibe. En ese estado, se cree que lo real coincide exactamente con la percepción que la mente tiene de las cosas, del mismo modo que, para quien duerme, la realidad es el contenido de sus sueños. No cabe discutir: cada perspectiva ofrece una “verdad” adecuada al estado en que nos encontramos. Eso también está bien, porque forma parte del juego de la manifestación en el que se despliega la consciencia.

         Nuestra percepción empieza a cambiar –y nosotros, a interrogarnos- en el momento mismo en que se produce cualquier inicio –por pequeño que sea- de “despertar”. Al salir del sueño nocturno percibimos la irrealidad de lo que, hace solo un instante, nos parecía la verdad absoluta. Y al observar la mente percibimos que lo que ella nos muestra es solo lo que ella misma construye: tampoco aquí vemos la realidad, sino una interpretación –construcción- condicionada por la estrecha perspectiva mental.

         Una de las características básicas de la mente es la separatividad. Ello explica que, en el estado mental, todo se vea separado de todo: la naturaleza, los animales, los otros, Dios… Todo se percibe separado y, en cierto modo, girando en torno al propio “yo” que, desde ese estado, se considera como nuestra identidad. Esa característica –unida a otra no menos significativa, como es la creencia en un yo hacedor– marca también el modo como entiende y vive el llamado “compromiso” desde el “estado mental”: la acción de un “yo” a favor de otro “yo” separado.

         Sin embargo, cuando empezamos a “salir” de ese estado –de manera similar a lo que sucede cuando abandonamos el sueño-, empezamos a comprender que las cosas no son como parecían. No hay ninguna separación ni existe tampoco ningún “yo” –este era solo un pensamiento, una “identidad” mental, si queremos llamarlo así-; somos, por tanto, uno con todo lo que es, porque nuestra verdadera identidad no es ningún objeto separado, sino la consciencia que sostiene y constituye a todos ellos –nuestros cuerpo, mente y psiquismo incluidos-.

   ¿Qué es, visto desde aquí, lo que llamamos “compromiso”? Si no existe ningún hacedor individual, ¿quién se compromete? La respuesta –aunque chirríe a la mente de quien se encuentra en el estado mental- es simple: nadie se compromete, todo fluye y todo será como tiene que ser: el que se compromete lo seguirá haciendo…, pero no hay “nadie” que lo haga.

       Tal planteamiento resulta absurdo cuando se escucha desde el estado mental. Porque desde la mente se percibe como un relato fantasioso y porque niega el protagonismo del ego. Es comprensible que se disparen todos los mecanismos de defensa, que no buscan otra cosa que proteger la coherencia mental y la sensación de identidad egoica.

       Entre tales mecanismos, hay uno que destaca porque se dirige explícitamente a nuestro sentimiento humanitario: ¿cómo no promover que tenemos que ayudar a quien pasa necesidad? Sin embargo, no es difícil advertir que ese planteamiento es característico del estado mental, que da por supuesto todo lo señalado anteriormente. En cualquier caso, no se cuestiona la ayuda, sino la creencia subyacente de que existe un “yo” protagonista de la misma.

        En tanto perdure esa creencia –que, desde la mente, es básica-, habrá apropiación por parte del (supuesto) “yo comprometido”, con todas las consecuencias que conlleva. Solo cuando se comprende que no existe ningún “yo”, la apropiación cesa. Todo se seguirá haciendo igual dado que la creencia de que lo hacía un “yo” era solo un espejismo. Todo se hará de la misma manera, pero nadie se lo apropiará. Y “nadie” proclamará que es “mejor” una cosa u otra. Todo está bien; o con más precisión, todo, sencillamente, es.

     Al final, parece claro que todo pasa por la comprensión –que emerge cuando, al acallar la mente, accedemos al “estado de presencia”-. Por lo cual, volviendo al lenguaje que habla de la “evolución de la consciencia”, solo la comprensión de quienes somos –no el yo separado que nuestra mente crea, sino la consciencia una que todo lo constituye- acabará con nuestros enfrentamientos inútiles y nuestra moral relativista –aquella que separa lo “bueno” de lo “malo” a partir de etiquetas mentales-, permitiendo que la Vida sea y se exprese. Dejaremos que la Vida haga todo lo que tiene que hacer a través de nosotros, pero desde la certeza de que no existe ningún yo separado, sino que somos la misma Vida que en todo se expresa. Llegados a ese punto podremos decir, con el Tao te King, que “nadie hace nada, pero nada se queda sin hacer”.

Semana 21 de mayo: EL LUGAR DE LAS CRISIS

“La tarea más hermosa de la persona es convertir nuestros sufrimientos en perlas”

(Hildegard von Bingen, 1098-1179).

Cuando la serpiente percibe que comienza a envejecer, a arrugarse y a oler mal, busca un lugar con juntura de piedras y se desliza entre ellas de tal manera que deja la vieja piel y con ello crece la nueva. Lo mismo debe hacer la persona con su vieja piel, esto es, con todo aquello que tiene por naturaleza, por grande y bueno que sea, pero que ha envejecido y tiene fallos. Para ello es preciso que pase por entre dos piedras muy juntas (…). Si una criatura te quita la apretura, sea la criatura que sea, arruina por completo el nacimiento de Dios

(Johannes Tauler, 1300-1361).

A las crisis “deberíamos darles mucho valor y pararnos a escucharlas porque son el eco de nuestro sufrimiento, de nuestra insatisfacción interior, el «quejío» que nuestro «yo» lanza desde su destierro infernal en las profundidades de la «caverna platónica», y que solemos acallar porque en nuestro hechizo confundimos «lo divino con lo diabólico», identificando las crisis como algo «demoníaco» que hay que evitar y superar sin preguntar”

(Xavier Serrano, Profundizando en el diván reichiano. La vegetoterapia en la psicoterapia caracteroanalítica, Biblioteca Nueva, Madrid 2011, p.86).

“En la medida en que vamos avanzando en la vida, el dolor provocado por nuestra identificación con distintos objetos (incluido el propio yo), podrá abrirnos los ojos y orientarnos por el camino de la liberación

Aprendemos de cada crisis siempre que la acogemos como oportunidad para crecer en el reconocimiento y vivencia de nuestra identidad profunda, gracias a la comprensión”

(Enrique Martínez Lozano, Crisis, crecimiento y despertar. Claves y recursos para crecer en consciencia, Descleé De Brouwer, Bilbao 2013, pp.57 y 265).