LA VIDA, PROCESO INTELIGENTE Y AUTODIRIGIDO

Domingo 16 de junio de 2024

Mc 4, 26-34

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: “El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega”. Dijo también: “¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas”. Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía en parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

LA VIDA, PROCESO INTELIGENTE Y AUTODIRIGIDO

Desde una lectura mental, la vida suele verse como “algo” que aparece en un momento determinado, fruto del azar para unos o creada por un dios para otros. En la misma línea, refiriéndonos ya a nosotros mismos, la vida se ve como “algo” que tenemos y que un día habremos de perder.

Al ser esta una lectura típicamente mental, es la que maneja la biología en particular y la ciencia en general, así como la que pervive en el imaginario colectivo. Sin embargo, a poquito que seamos capaces, no de pensarla, sino de atenderla y de contemplarla, podremos advertir que, más allá de aquella impresión, la vida es un proceso inteligente y autodirigido, en constante despliegue. No necesita de “alguien” que, desde el exterior, la cree: ella misma es eterna, el núcleo y la fuente de todo lo que es.

Una semilla -por retomar la parábola de Jesús- sabe lo que tiene que hacer para llegar a ser la planta que ella misma contiene. Ese es el modo de desplegarse de la propia vida. En cuanto proceso inteligente, vida y consciencia resultan términos equivalentes para nombrar la realidad originaria, de la que todo sin excepción está hecho. Todo es vida -todo es consciencia- que, en cada ser, se manifiesta en una forma concreta impermanente y transitoria.

Más allá de la “persona” en la que nos estamos experimentando, somos vida. Y podemos comprobarlo cuando, acallada la mente, en lugar de pensarnos -el pensamiento, por su propia naturaleza, reduce todo a objeto delimitado-, nos atendemos, apreciamos que no hay distancia ni diferencia entre la vida y nosotros, sino que, en nuestra identidad profunda, somos Vida.

La conclusión es clara: si la Vida es un proceso inteligente y autodirigido, la actitud acertada consiste en vivir diciendo sí a lo que la vida nos trae. No desde una resignación fatalista -la resignación es lo opuesto a la aceptación-, sino desde una aceptación lúcida que comprende el fondo de lo real.