YA ESTAMOS EN EL «PADRE»

Comentario al evangelio del domingo 3 de mayo de 2026

Jn 14, 1-12

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no, os lo habría dicho, y me voy a prepararos el sitio. Cuando vaya y os prepare sitio volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino”. Tomás le dice: “Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?”. Jesús le respondió: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto”. Felipe le dice: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. Jesús le replica: “Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ve a mí, ve al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre?». ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, Él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre”.

YA ESTAMOS EN EL “PADRE”

La metáfora del “Padre” se ha revelado sumamente eficaz para construir una imagen antropomórfica de Dios, característica, además, de una cultura patriarcal. Dentro de la tradición cristiana, el hecho de que Jesús se refiera al Misterio como “Abba” (Padre) abrió el camino para que esa fuera la denominación preferida con la que dirigirse a Dios.

El problema es que toda imagen de Dios, sin excepción, es solo un constructo humano. Y todo constructo se caracteriza por el fenómeno de la proyección. El resultado solo puede ser uno: un dios antropomorfo. Con rasgos más hostiles o amorosos, pero antropomorfo al fin.

Desde la mente no puede hacerse de otro modo. La mente nos sitúa en una consciencia de separatividad, en la que, en la práctica, el yo es la referencia última. Desde tal consciencia, dios es visto como un ente separado, al que el creyente busca aproximarse. Sin embargo, haga lo que haga, siempre encuentra un hiato insalvable. Y dios sigue quedando oculto en una trascendencia inasible.

Al pasar de la consciencia de separatividad a la consciencia de unidad, hay muchas menos construcciones mentales, se incrementa el silencio de la mente y la persona se adentra con facilidad en la sabiduría del “no saber”. Pero, sobre todo, vive con intensidad el presente y la unidad. Mi mente no sabe cómo es todo, pero tiene la certeza de que todo es uno. No sé ni cómo llamar al Misterio —por definición, lo innombrable—, pero descanso en su plenitud. No necesito imágenes que respondan a las necesidades y expectativas de mi yo, que es trascendido. No voy buscando al “Padre”; me reconozco en él. Porque, como dice el Jesús del cuarto evangelio, soy él: “El Padre y yo somos uno”.