Comentario al evangelio del domingo 11 enero 2026
Mt 3, 13-17
En aquel tiempo, fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: “Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”. Jesús le contestó: “Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere”. Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu Santo bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto”.
CUMPLIR LO QUE DIOS QUIERE
En una ocasión, le preguntaron a Ramesh Balsekar -discípulo de Nisargadatta- cómo resumiría toda su enseñanza en una sola frase. Sin dudarlo un segundo, el sabio contestó: “Todo lo que enseño, efectivamente, puede sintetizarse en una sola frase: «Hágase tu voluntad»”.
Expresada de forma teísta, tal expresión me trae al recuerdo una frase que solía repetirme mi abuela: “Hijo mío, no te preocupes: nunca ocurrirá nada que Dios no quiera”. Con ello, mi abuela ponía palabras a dos actitudes que constituían dos grandes pilares de su existencia: la aceptación y la confianza.
Es obvio que Balsekar, de tradición hindú, no teísta, no se refería a algún dios cuya voluntad habría que aceptar, por arbitraria que resultase. Y, sin embargo, en esencia, se estaba refiriendo a esa misma doble actitud.
“Hágase tu voluntad” equivale a decir sí a la vida, aceptando en todo momento lo que el presente nos trae, en una actitud de rendición lúcida, que corre pareja con la confianza más absoluta.
En la vivencia de mi abuela, aceptación y confianza nacían de la creencia en un dios todopoderoso y bueno, de quien podías fiarte en todo momento. En la comprensión no-dual, brotan de la certeza de que el único sujeto realmente real es la vida (la consciencia). Por lo que, aunque las cosas le vayan mal al yo, es posible siempre seguir haciendo pie en la confianza que somos.
Mantenemos una actitud de resistencia ante lo que sucede cuando creemos que el yo es un sujeto libre. Una vez se comprende que no existe el libre albedrío, no cabe sino la rendición al curso propio de la vida en cada momento. Lo cual, sin embargo, no tiene nada que ver con la resignación fatalista que asume quien piensa que no tiene otra opción. La rendición nace de la comprensión de que somos vida por lo que, identificados con ella, en cada momento somos conscientes de estar viviendo lo que “tenemos que” vivir.
