Comentario al evangelio del domingo 31 de mayo de 2026
Jn 3, 16-18
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no será juzgado; el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
DEL MITO DE LA SALVACIÓN A LA CERTEZA DE LA PLENITUD
Las religiones se han presentado como ofertas de salvación. Y las religiones teístas, en particular, han puesto la salvación en manos de una divinidad separada, que habría de rescatar a la humanidad de su situación de esclavitud, sufrimiento y pecado. La —desde todo punto de vista— insostenible “doctrina del pecado original”, solo mantenida y perpetuada por la perezosa inercia que acompaña a toda creencia, ha hecho estragos en la percepción del ser humano.
Tras ese planteamiento, no es difícil advertir la presencia, tanto de una teología absolutista —con la imagen de un dios más o menos arbitrario—, como de una antropología pesimista, que presenta al ser humano como “pecador” y que, en todo caso, lo reduce a su forma personal.
Eso significa que, tanto la teología como la antropología dominantes en ese relato, han propagado y alimentado una imagen, además de negativa, absolutamente reductora del ser humano. Nada tiene de raro que, tras milenios adoctrinados en esa creencia, los humanos se hayan identificado con su personalidad carenciada y hayan puesto todas sus esperanzas en un dios exterior capaz de salvarlos.
Una comprensión adecuada de lo que somos acaba, de raíz, tanto con aquel dualismo extremo, como con el reduccionismo en nuestra manera de entendernos. El hecho de estar experimentándonos en una forma limitada y vulnerable no significa que en ella se agote nuestra realidad. En esa forma particular y concreta se está expresando y desplegando la plenitud que nunca hemos dejado de ser.
No necesitamos ser salvados, sino reconocer lo que ya somos.
La doctrina cristiana sobre la salvación se asienta sobre dos pilares que se reclaman mutuamente: el pecado original y la redención por la cruz. Una vez asumido el carácter mítico del primero no se entiende que no se perciba ese mismo carácter en el segundo. Si no hubo pecado original —excepto en el mito—, ¿por qué se sigue manteniendo la necesidad de expiarlo, nada menos que por el “sacrificio de la cruz”?
