¿DÓNDE PONGO LA DICHA?

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Comentario al evangelio del domingo 1 febrero 2026

Mt 5, 1-12

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos, y él se puso a hablar enseñándoles: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”.   

¿DÓNDE PONGO LA DICHA?

En última instancia, solo hay dos “lugares” donde podemos situarnos: en la identificación con el yo -sostenida por la creencia mental que nos identifica con él- o en la identidad profunda, que es una con el fondo de todo lo que es, y que nace de la comprensión experiencial.

En el primer caso, entenderemos la dicha o felicidad como todo aquello que sostiene, alimenta y fortalece al yo. Por lo que consumiremos nuestra existencia persiguiendo el tener, el poder o el aparentar, en definitiva, girando en torno al yo, siempre insatisfecho e insaciable, en lo que podría denominarse una “noria hedonista” que, a pesar de sus promesas, no hace sino asegurar la frustración y, por tanto, el sufrimiento. Cada vez vemos con más claridad que la búsqueda del placer, como objetivo prioritario, al margen de cualquier otra referencia, aboca ineludiblemente al sufrimiento y al vacío esencial.

O podemos vivir en conexión con nuestra identidad profunda. En el caso anterior, era necesario ir en busca de “algo” que completara nuestra existencia o la llenara de sentido. A partir de ahí, movidos por la ansiedad, nos veíamos impelidos a alcanzar aquello en donde habíamos proyectado nuestra felicidad. Por el contrario, al vivir en la comprensión, se nos hace patente que no hemos de buscar nada, sino sencillamente reconocer la plenitud que ya somos en nuestra dimensión profunda.

Vista desde la mente -viviendo en el yo-, la vida parece necesitar siempre de “algo” que la complete o plenifique, que la llene de sentido porque, de otro modo, tenemos la sensación de que se pierde en un vacío que experimentamos como insoportable. Y ahí empiezan nuestro cuestionamiento y desasosiego: ¿qué podría hacer para poder sentir mi vida más “llena”? Sin embargo, al descansar en la comprensión, descubrimos que la vida es ya, en todo momento, plenitud de sentido y plenitud de dicha, por más que, en nuestra dimensión psicológica, la vulnerabilidad nos recuerde a cada paso la impermanencia de las formas. Y ahí aprendemos una lección decisiva: no busques “completar” tu vida con algún añadido, porque no lo necesita; reconoce, más bien, que la sensación de plenitud únicamente se hace presente cuando te reconoces como vida y fluyes con ella, cuando te haces consciente de que la vida no necesita ningún añadido ni ninguna razón para ser plena. Vivir -o quizás, mejor todavía, dejarse vivir- de manera consciente es en sí mismo la plenitud anhelada.

DE LAS SOMBRAS DE MUERTE A LA LUZ

Comentario al evangelio del domingo 25 enero 2026

Mt 4, 12-17

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el Profeta Isaías: “País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”. Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”.  

DE LAS SOMBRAS DE MUERTE A LA LUZ

Oscuridad es sinónimo de confusión y, en último término, de “muerte”: lo experimentamos cuando nos vemos perdidos, sin referencias, apenas impulsados por rutinas o automatismos vacíos de sentido. En tal estado, nos reducimos a “ir tirando”, persiguiendo el bienestar que se halla a nuestro alcance y tratando de minorizar el malestar que se presenta.

Y, sin embargo, por más que hayamos hecho de este modo nuestro estilo de vida, por más que hayamos permanecido sordos a la voz que clama en nuestro interior o incluso nos hayamos blindado frente a ella, nadie puede negar la presencia en sí mismo de un Anhelo de luz, capaz de iluminar, ordenar y guiar el camino que conduce a la unificación y la armonía.

Tal camino -de las sombras a la luz- no es otro que el del autoconocimiento y la autoaceptación, que permite familiarizarnos con toda nuestra verdad y hacer las paces con ella. En la medida en que nos decidimos a recorrerlo, se nos hace patente que la luz habita ya en nosotros, por más que nunca hubiéramos reparado en ella. Para percibirla, necesitamos ir acallando la mente y, gracias al silencio de tantas voces que han solido ocupar todo nuestro campo de consciencia, acceder a ese lugar de paz, siempre disponible, que es también el lugar de la luz y la fuente de una vida unificada, integrada, armoniosa y desplegada hacia los demás.

AUTOCONOCIMIENTO: VER Y DAR TESTIMONIO

Comentario al evangelio del domingo 18 enero 2026

Jn 1, 29-34

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: «Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí porque existía antes que yo». Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel”. Y Juan dio testimonio diciendo: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que ha de bautizar con Espíritu Santo». Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios”.

 AUTOCONOCIMIENTO: VER Y DAR TESTIMONIO

Muchas veces, más que testigos, somos repetidores. No hablamos de lo que hemos visto (experimentado); repetimos lo que otros nos han dicho, lo que hemos leído, lo que hemos creído… Y, de ese modo, seguimos generando una especie de “burbuja” de opiniones y de creencias, que no buscan la verdad por encima de todo, sino el protagonismo del yo que, a través de todo ello, pretende fortalecerse y aparecer como bien “informado”.

El testigo, a diferencia del repetidor, es aquel que “ha visto”. Y lo que tenemos que ver, de entrada, no es algo exterior o ajeno a nosotros. No se trata de acumular más información, sino de conocernos a nosotros mismos, cada vez en mayor profundidad. El autoconocimiento constituye la base todo camino espiritual porque, como recordara la inscripción en el templo de Delfos, quien se conoce a sí mismo, conoce al universo y a los dioses.

Solo puede hablar en primera persona -solo puede ser testigo- quien recorre ese camino de autoconocimiento, que le lleva -por lo general, en capas sucesivas- a “poner nombre” a todo lo que se mueve en su interior, a aceptarse de una manera cada vez más completa y a descansar y vivir en la profundidad de lo que es.

La persona que se conoce de ese modo es testigo, aun antes de abrir la boca. Porque contagia lo que vive y su sola presencia constituye una invitación y un estímulo para ponernos en camino. Un camino que requiere entrenar una atención sostenida, desarrollar una autoaceptación creciente y vivir una entrega incondicional y confiada a la sabiduría que rige todo el proceso, a la vida que, en forma de Anhelo, late incansablemente en nuestro interior.

«TODO LO QUE SABEMOS PODRÍA CONTENTER ERRORES» // Carlo Rovelli

Entrevista de Irene Fernández Velasco a Carlo Rovelli, físico teórico,
en El Confidencial, 22 de noviembre de 2025:
https://www.elconfidencial.com/cultura/2025-11-22/carlo-rovelli-fisico-teorico-cuantico_4250906/

El famoso divulgador italiano, conocido por mezclar física y filosofía en sus libros, acaba de participar en la Bienal “Ciudad y Ciencia”, en el Círculo de Bellas Artes. Hablamos con él de lo divino y lo humano.

La física y la filosofía siempre han ido de la mano. En la Antigua Grecia, pensadores como Aristóteles o Demócrito ejercían a la vez de filósofos y de físicos, planteándose preguntas sobre la materia o el movimiento a la vez que se interrogaban sobre el significado profundo de la existencia y sobre cómo se debía de vivir la vida.

Carlo Rovelli (Verona, 1956) es el penúltimo representante de esa excelsa corriente. Físico teórico cuántico, es uno de los fundadores de la Teoría de la Gravedad Cuántica de Bucles, una de las principales teorías que unifican la mecánica cuántica y la relatividad. Ha trabajado en importantes universidades de Italia, Estados Unidos, Francia y Canadá y es conocido por el gran público por sus libros, en los que combina la física con la filosofía, y varios de los cuales se han convertido en superventas internacionales.

Rovelli se acaba de trasladar a vivir a Madrid hace apenas un par de meses, y está feliz: “Mi pareja recibió una oferta para trabajar en el CSIC y como yo puedo viajar con mucha facilidad y vivir en cualquier sitio, me pareció que era buena idea mudarme con ella a Madrid. Estoy muy contento de estar aquí, Madrid es una ciudad fantástica”, dispara nada más comenzar la entrevista.

Este científico ya ha comenzado a formar parte de la vida cultural e intelectual de su nueva ciudad. Acaba de participar en la Bienal Ciudad y Ciencia, un encuentro abierto para explorar los misterios cuánticos en el Año Internacional de la Ciencia y la Tecnología Cuánticas que, desde el pasado miércoles 18 y hasta el domingo 23 de este mes de noviembre, acoge el Círculo de Bellas Artes. Allí, Rovelli ha dialogado con otros expertos sobre si es posible entrelazar el arte y la física cuántica.

PREGUNTA. ¿Existe realmente una conexión entre la física cuántica y el arte?

RESPUESTA. Para mí, la ciencia nunca ha estado separada del resto de la cultura, de la filosofía, del arte y de la literatura. Creo que siempre ha existido un diálogo dinámico, tanto en el pasado como en el presente. La ciencia se nutre de toda la cultura, y la cultura también se nutre de los avances científicos. Hoy en día, la mecánica cuántica se ha vuelto fundamental para nuestra comprensión del mundo, y me parece natural que el arte reaccione ante el extraño mundo que la ciencia nos presenta y, a la vez, que la ciencia se vea influenciada tanto por el pensamiento filosófico como por las tendencias artísticas mundiales.

P. En Italia acaba usted de sacar un nuevo libro, que aún no se ha publicado en español, y que se titula Sobre la igualdad de todas las cosas. ¿A qué se refiere? ¿A que todos estamos hechos de la misma materia, los átomos?

R. No me refiero solo a las cosas materiales, sino también a la conciencia, al espíritu. “Igual”, obviamente, no significa idéntico, un tejón es diferente de otro tejón. Lo que la ciencia nos dice es que toda la naturaleza es una, y que la separación que hacemos entre materia y espíritu, entre cuerpo y mente, entre los distintos objetos, no es real. Existe una continuidad entre todas las cosas, incluida nuestra conciencia de todas las cosas, y de esto hablo en el libro.

P. Si no me equivoco, en ese libro usted también defiende que no existe la verdad absoluta y defiende la importancia de la duda.

R. Sí, esa es la idea central del nuevo libro: que no debemos preocuparnos por no tener certezas absolutas, vivimos en la duda y eso está bien. Está bien que nuestro conocimiento sea consciente de su propia incertidumbre, pero eso no significa que no sepamos nada. Sabemos muchas cosas, pero nunca podemos ni debemos liberarnos de pensar que todo lo que sabemos podría contener elementos erróneos. Creo además que buscar un fundamento último, una verdad absoluta, es un error. Lo último no significa nada, lo absoluto no significa nada. Entendemos las cosas en función de otras, a menudo nuestro conocimiento es circular: entendemos A en función de B, B en función de C, C en función de A. Y eso está bien, no hay nada de malo en ello. Esta es nuestra forma de estar en el mundo; estamos dentro del mundo, lo conocemos desde dentro, sin un fundamento fijo.

P. Y el que todas las cosas sean bastante similares, ¿qué significa filosóficamente?

R. Nos indica que debemos abandonar la búsqueda filosófica de una única cosa última de la que derivan todas las demás. La filosofía ha intentado durante mucho tiempo reducirlo todo a una sola cosa, a un absoluto, ya fuera la materia, el espíritu, el lenguaje o los átomos, pensando que para comprender el mundo debe haber una idea central, una sustancia de la que todo está hecho y de la que deriva todo el resto. Pero la ciencia moderna sugiere que esta no es una buena manera de concebir el mundo.El mundo es complejo; podemos analizarlo desde muchas perspectivas diferentes, partiendo de la materia, del conocimiento, de las percepciones, y estas perspectivas convergen, son coherentes entre sí, pero ninguna es definitiva ni completa. Por lo tanto, todas las perspectivas son, en cierto modo, equivalentes y contribuyen al conocimiento global que tenemos del mundo sin ideas preconcebidas.

P. En el pasado usted ha escrito sobre el tiempo, ¿verdad?

R. Sí, mucho. El que quizá sea mi mejor libro (El orden del tiempo) está dedicado a la naturaleza del tiempo.

P. ¿Ha existido siempre el tiempo o éste surgió en un momento específico?

R. No lo sabemos. Sabemos que, hace 13 o 14 mil millones de años, tuvo lugar un evento catastrófico, una gran explosión de la que surgieron todas las galaxias, todo lo que vemos en el cosmos. Así pues, es posible que el tiempo naciera allí y no existiera antes. Es lógico, es posible, y hay teorías científicas que exploran esta idea. Pero también es posible que el tiempo existiera antes y que fuera una transición, una especie de gran rebote de un universo que se contrajo y luego se expandió, y también hay teorías científicas que intentan explorar esta posibilidad. A mí esto último me parece algo más plausible, pero aún no lo sabemos, no sabemos si el tiempo es siempre infinito o si nació en un punto determinado. Es una de las cosas que nos confunden, todavía tenemos muchas preguntas sin respuesta sobre la naturaleza del tiempo.

P. ¿Es posible un mundo atemporal, un mundo sin tiempo?

R. Sí. Cuando pensamos en el tiempo, pensamos en nuestra experiencia del mismo: en el tiempo que transcurre, en el pasado que es fijo, en el futuro que es abierto, en que el tiempo es igual para todos. Pero en realidad, estas propiedades son las del tiempo de nuestra experiencia, las del tiempo en la Tierra. Si estudiamos el tiempo con mayor precisión y analizamos cómo se comportan los relojes, descubrimos que muchas de esas afirmaciones no son ciertas. Así pues, cuanto más estudiamos la naturaleza en general, más allá de nuestra pequeña preocupación por la Tierra y nuestra experiencia, menos de esas características tiene el tiempo. En las leyes del mundo que conocemos no existe ninguna variable que posea todas las propiedades de lo que llamamos tiempo, ni siquiera algunas de ellas. En las ecuaciones fundamentales que yo utilizo —ecuaciones hipotéticas, pero plausibles, para describir el mundo a la luz de todo lo que sabemos— no existe la variable tiempo, pero eso no significa que todo sea estático, porque estático implicaría que el tiempo transcurre sin que nada suceda.

P. ¿Y qué significa entonces?

R. Significa que el mundo es un gran conjunto de eventos, pero no ordenados en un único lapso de tiempo y que debemos superar nuestra intuición a la hora de concebir el mundo de esa manera. Sabemos además que nuestra intuición suele equivocarse; nuestra intuición nos dice por ejemplo que la Tierra está quieta, pero sabemos que eso no es cierto. Y nuestra intuición según la cual es inconcebible un mundo sin un tiempo único que lo ordena, es errónea.

P. ¿Qué es lo que más te gustaría descubrir?

R. He dedicado gran parte de mi vida, junto con numerosos colegas, amigos y estudiantes, a una teoría llamada Teoría de la Gravedad Cuántica de Bucles. Se trata de una teoría plausible y bien fundamentada, pero desconocemos su veracidad, pues aún carecemos de suficiente confirmación empírica. Antes de morir, me gustaría ver confirmada esta teoría y saber que no es errónea.

P. ¿Es capaz de explicar esa teoría a alguien que, como yo, no sabe nada de física?

R. Puedo intentarlo. Es una teoría sobre la propiedad cuántica de la gravedad, es decir, la propiedad cuántica del espacio. La propiedad cuántica implica que el espacio no es continuo; posee granularidad, está compuesto de cuantos de espacio. Por lo tanto, una de las predicciones de esa teoría es que estamos inmersos en el espacio físico, que no es continuo como nos enseñaron en la escuela sino, a una escala muy pequeña, una estructura granular minúscula. La teoría describe matemáticamente esta granularidad del espacio y sus efectos. Esa granularidad es similar a la luz, que está compuesta de fotones, de partículas de luz. La hemos descrito como una onda continua, pero en realidad su comportamiento cuántico nos muestra que es mejor pensar en ella como partículas de luz. Según esa teoría —y si la teoría es correcta—, el espacio en el que estamos inmersos está compuesto de partículas de espacio.

P. Una pregunta filosófica: ¿usted ha aprendido algo sobre la muerte a través de la física?

R. Conforme envejezco, le tengo cada vez menos miedo a la muerte; ya no le tengo miedo en absoluto. Creo que la muerte será el fin para el proceso físico que soy, y que después de mí no habrá nada, quedará por un tiempo mi recuerdo en quienes me han amado o a quienes he amado, pero después de eso no quedará nada de Carlo. Aceptar esa idea me ha brindado una gran serenidad. Creo que no hay necesidad de temer a la muerte; debemos temer al dolor, al mal y a los desastres que provocamos en el mundo, lo cual siempre hacemos colectivamente. Temo al sufrimiento y a la soledad, pero no a la muerte. La muerte es el final, y es un final placentero que contemplo con serenidad.

P. ¿Cuál cree que debe ser el papel de un intelectual en el mundo actual?

R. Creo que todo intelectual, incluido el científico, tiene una responsabilidad cívica y política. Los intelectuales tenemos el privilegio de que se nos pague por pensar, por pensar a lo grande, incluso por plantear grandes preguntas, y tenemos por lo tanto el deber de hacer públicos nuestros pensamientos y ponerlos al alcance de todos, especialmente si creemos que la comunidad, la sociedad y la humanidad están cometiendo errores, como creo que ocurre hoy en día; nos dirigimos hacia la guerra, existe el riesgo de una destrucción atómica. Creo que los intelectuales deben expresar sus opiniones. Obviamente, no son oráculos, pueden equivocarse, todos cometemos errores, pero cada uno de nosotros debería tener el valor de expresar sus ideas públicamente, yo intento hacerlo, aceptando a veces las críticas, incluso de quienes claramente no están de acuerdo. Las decisiones hoy se toman en un debate en el que solo participan políticos, periodistas y personalidades de la televisión, y eso es profundamente erróneo. Los intelectuales han participado en ese debate en el pasado y en este país, España, lo ha hecho magníficamente.

P. ¿La inteligencia artificial puede ayudarnos a encontrar respuesta a algunas de las grandes preguntas que nos hacemos desde hace tiempo y para las que aún no tenemos contestación?

R. No. Yo creo que la inteligencia artificial es una herramienta excelente, que tendrá efectos importantes y que usaremos en muchos casos. Pero también pienso que está sobrevalorada. No creo que la inteligencia artificial nos dé respuestas definitivas. Usaremos la IA, yo ya la uso para hacer algunos cálculos de física. Nos será muy útil, igual que lo son las lavadoras, los tractores o internet, y obviamente tendrá un impacto en el mundo, como lo tienen todas las tecnologías. Pero no creo que nos vaya a dar respuestas inesperadas ni que sea algo que temer.

CUMPLIR LO QUE DIOS QUIERE

Comentario al evangelio del domingo 11 enero 2026

Mt 3, 13-17

En aquel tiempo, fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: “Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”. Jesús le contestó: “Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere”. Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu Santo bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto”.

CUMPLIR LO QUE DIOS QUIERE

En una ocasión, le preguntaron a Ramesh Balsekar -discípulo de Nisargadatta- cómo resumiría toda su enseñanza en una sola frase. Sin dudarlo un segundo, el sabio contestó: “Todo lo que enseño, efectivamente, puede sintetizarse en una sola frase: «Hágase tu voluntad»”.

Expresada de forma teísta, tal expresión me trae al recuerdo una frase que solía repetirme mi abuela: “Hijo mío, no te preocupes: nunca ocurrirá nada que Dios no quiera”. Con ello, mi abuela ponía palabras a dos actitudes que constituían dos grandes pilares de su existencia: la aceptación y la confianza.

Es obvio que Balsekar, de tradición hindú, no teísta, no se refería a algún dios cuya voluntad habría que aceptar, por arbitraria que resultase. Y, sin embargo, en esencia, se estaba refiriendo a esa misma doble actitud.

“Hágase tu voluntad” equivale a decir sí a la vida, aceptando en todo momento lo que el presente nos trae, en una actitud de rendición lúcida, que corre pareja con la confianza más absoluta.

En la vivencia de mi abuela, aceptación y confianza nacían de la creencia en un dios todopoderoso y bueno, de quien podías fiarte en todo momento. En la comprensión no-dual, brotan de la certeza de que el único sujeto realmente real es la vida (la consciencia). Por lo que, aunque las cosas le vayan mal al yo, es posible siempre seguir haciendo pie en la confianza que somos.

Mantenemos una actitud de resistencia ante lo que sucede cuando creemos que el yo es un sujeto libre. Una vez se comprende que no existe el libre albedrío, no cabe sino la rendición al curso propio de la vida en cada momento. Lo cual, sin embargo, no tiene nada que ver con la resignación fatalista que asume quien piensa que no tiene otra opción. La rendición nace de la comprensión de que somos vida por lo que, identificados con ella, en cada momento somos conscientes de estar viviendo lo que “tenemos que” vivir.