VOLVER A ÍTACA: EL VIAJE DE APRENDER A SER NADIE // Imanol Bacaicoa

Hay historias que nos ayudan a entender la vida. A través de los siglos siguen hablando de nosotros. La Odisea es una de esas obras, en la actualidad visualizada a través del cine. Narra la historia de un héroe que regresa a su isla, pero es la historia de cualquier persona que, tras perderse en mil circunstancias, descubre que su verdadera casa no está al final del viaje, sino en la forma de ver y actuar en el mismo.

Cuando su protagonista Odiseo se enfrenta al gigante Polifemo sucede una de las escenas mas impactantes del poema. El héroe decide llamarse “Nadie”. No es solo una argucia para escapar del cíclope sino una reacción inmediata para escapar del miedo del futuro. Y por ello, durante un tiempo deja de apoyarse en lo que representa su nombre, linaje y prestigio incluido. De tal modo que sobrevive cuando deja de actuar como “alguien” y sí como “nadie”.

Por eso esta escena ha fascinado tanto a filósofos y místicos. La propia identidad es necesaria para vivir en el mundo, pero también se convierte en nuestra prisión. Pasamos gran parte de la vida defendiendo una imagen de nosotros mismos: el ideal profesional que debemos ser, el éxito que deseamos alcanzar, el reconocimiento que buscamos en los demás y en todo lo que hacemos. Sin darnos cuenta, terminamos confundiendo la identidad personal con lo que verdaderamente somos.

Sin embargo, el anonimato de Odiseo dura poco. Cuando el barco ya se aleja de la costa, siente la necesidad de comunicar quién es realmente. Necesita que Polifemo sepa quién lo ha vencido. Ahí reaparece el ego con toda su fuerza: el deseo de ser visto, recordado y admirado. Y es precisamente ese gesto el que desencadena la larga persecución de Poseidón.

Las tormentas de la Odisea no son únicamente temores del destino o castigos divinos. Es nuestra propia historia  y se deben leer también como una imagen de nuestras propias resistencias. Cada vez que nos aferramos demasiado a una identidad, la vida acaba recordándonos que todo es más frágil y fugaz de lo que creemos. El mar de Poseidón nunca permanece quieto porque la existencia tampoco lo hace. Todo cambia, todo fluye, todo nos invita a soltar y vivir el duelo de la pérdida en la vida.

Por eso Ítaca es mucho más que una isla. Representa ese lugar interior donde dejamos de vivir pendientes del personaje que hemos construido. Allí el héroe ya no necesita demostrar nada. Ya no es el estratega admirado ni el rey victorioso. Es, sencillamente, alguien que ha aprendido a regresar sin mochilas pesadas que dificultan la vuelta.

 “Nadie es feliz. Quien pudiera ser nadie,
sin nombre, sin nadie que le busque ni le nombre,
libre de la memoria y la espera”.

No es un deseo de desaparecer, sino de descansar en aquello que es innombrable. Ser “nadie” significa dejar de cargar continuamente con la obligación de defender un personaje. Significa habitar en el presente sin que cada experiencia tenga que confirmar quiénes somos.

Es posible que esa sea la enseñanza más silenciosa de la Odisea. No viajamos para convertirnos en alguien extraordinario, sino para desprendernos poco a poco de aquello que nos impide estar en casa. Ítaca no es la recompensa del héroe sino el descubrimiento de que, tras el nombre y nuestra historia, hay siempre un lugar y un tiempo al que pertenecemos.

Y el viaje termina cuando dejamos de preguntarnos quiénes somos y empezamos, simplemente, a vivir.

Imanol Bacaicoa.