«LA CIENCIA CARECE DE SOLUCIONES PARA LAS GRANDES PREGUNTAS EXISTENCIALES” // Antonio Ayuso

Entrevista de Constanza V. Paura a Antonio Ayuso, ingeniero bioespacial,
en National Geographic, de 21 de noviembre de 2025:
https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/antonio-ayuso-escritor-apacible-turbulencia_26787

«¿Es posible encontrar consuelo en el conocimiento?», es la pregunta que dio pie al ingeniero aeroespacial Antonio Ayuso a escribir su nuevo libro, Una apacible turbulencia (2025). En él, el autor, que formó parte de la Agencia Espacial Europea y que trabajó en elementos de la Estación Espacial Internacional, nos invita a explorar las grandes preguntas que constituyen la experiencia humana: la muerte, el miedo o el amor.
Sin divorciar la mirada científica de la literatura, y viceversa, cuenta, en una entrevista a National Geographicsu trayectoria escribiendo el libro, la anécdota que le llevó a comenzarlo y cómo ha cambiado su visión sobre la ciencia durante el proceso creativo.

National Geographic: ¿La ciencia está en todas partes?
Antonio Ayuso: La ciencia está en todas partes, y al mismo tiempo, no lo está. Hablamos de la ciencia como si fuera un ente abstracto capaz de actuar por sí solo. Sin embargo, la ciencia la hacemos, la inventamos y la aplicamos los seres humanos. Por lo tanto, sí, donde haya un ser humano, la ciencia estará. Aunque esto es cierto solo para los últimos 400 años, antes de eso, nada.
En el bosque, por ejemplo, no se ve a la ciencia pasear. De hecho, no hay ni números: un uno o un dos caminando por ahí. Estos son construcciones nuestras. Una de las formas que tenemos de entender el mundo es a través de la ciencia. Esta es, de hecho, una de las ideas que intento transmitir al principio del libro, cuando el narrador-padre habla con el narrador-hijo. Le comento que sepa que siempre va a estar mirando la vida o la realidad a través de unas gafas. Esas gafas son las que construyen la ficción con la que luego se relaciona con el mundo.

NG: Hablemos de ese recurso literario: el del narrador-padre y narrador-hijo. ¿Está basado en hechos reales o es simplemente una elección editorial?
AA: Es completamente verídico. Tengo dos hijos. El tema de la existencia de la muerte suele surgir en la infancia temprana, cuando tienen entre cuatro y seis años. Con el mayor, preparamos una serie de ideas y enfoques para intentar normalizarlo y quitarle el miedo. Con él funcionó, logró aparcarlo de algún modo, aunque el tema permanece latente.
Sin embargo, el hijo pequeño tenía una reacción más intensa. Tras aceptar las explicaciones, sobre todo por la noche o cuando estaba cansado, me llamaba a la cama y me decía: «Papá, que me ha entrado la muerte». Me repitió esa frase varias veces. Yo me quedaba en un desconcierto absoluto, sin saber cómo responder. Aquel episodio y la conmoción que me produjo fueron el punto de partida. A partir de esa vivencia, comencé a desarrollar la idea de la novela.

NG: ¿Y qué reflexiones te genera explicarle la muerte a un niño? ¿Lograste darle una respuesta?
AA: En aquel momento, intenté consolar a mi hijo con lo que yo mismo me consolaba. Muchos, incluyéndome, consideramos que las religiones institucionalizadas están obsoletas. Sin embargo, esto no implica que el ser humano haya perdido su necesidad de espiritualidad: ¿dónde se ha alojado ese lado? Se ha fragmentado en todas las inquietudes que tiene la gente. Y una de las áreas donde la gente sigue depositando su espiritualidad es en la ciencia.
La gente cree en la ciencia, cuando en realidad, en la ciencia no hay que creer. La ciencia posee un método científico que se aplica para entender fenómenos: si funciona, perfecto; si no, se busca otra vía. La gente cree en ella porque asume que le dará respuestas para todo, y yo fui uno de ellos. Por eso, también le contaba a mi hijo ideas basadas en este pensamiento, aunque mientras lo hacía, dudaba de su utilidad.
Diría que la conversación se quedó en el aire. De hecho, la conversación en sí es el libro. Se quedó inconclusa y mi hijo dejó de preocuparse, pero yo seguí dándole vueltas al tema. Desde entonces hasta la publicación han pasado unos 10 años.

NG: Sorprende que un perfil tan científico como el tuyo haya elegido un tono tan poético para su libro. ¿De dónde surge ese equilibrio?
AA: La pregunta de si uno es de «ciencias o de letras» me resulta muy incómoda, me pone muy nervioso. Me encorseta, me hace sufrir. De hecho, elegí la rama de ciencias en parte porque, entre comillas, parecía que tenía que estudiar menos que en letras, aunque al final el esfuerzo fue el mismo.
Cuando la vida te obliga a elegir un camino y te enfocas en un solo lado, yo me sentía constantemente cojo de la parte de humanidades. Por ello, el enfoque del libro no es una elección, sino el reflejo de cómo miro las cosas. Las observo desde la óptica de las ciencias, porque no puedo evitar entender los fenómenos a través del módulo científico. Sin embargo, como me sentía incompleto, leí mucho sobre humanidades, y ahora tampoco puedo evitar mirar las cosas desde esa otra perspectiva.

NG: Dices que desde la primera idea hasta la publicación de Una apacible turbulencia ha pasado casi una década. ¿Cómo ha cambiado tu relación con la ciencia en este tiempo?
AA: Mi relación con la ciencia es ambivalente: una mezcla de amor y desamor. El desamor se origina en el desengaño de mi fascinación inicial. De niño, al ver Cosmos de Carl Sagan, creí que la ciencia poseía todas las respuestas. Sin embargo, al entender su funcionamiento interno, me di cuenta de que la ciencia es muy humana y que carece de soluciones para las grandes preguntas existenciales, como el miedo, el amor o la muerte. Esto provocó un enfado, especialmente con la mecánica newtoniana y su visión determinista, que sugiere una previsibilidad que la vida no tiene.
El amor, por otro lado, surge de las físicas más recientes. La mecánica cuántica se asemeja más a la vida por su inherente imprevisibilidad y falta de control. En el libro, exploro tres ejemplos que reflejan esta nueva perspectiva. Entre ellos, la teoría del caos, a través del efecto mariposa, que refleja la imposibilidad de predicción, a pesar de sus raíces deterministas. Luego, la física de fluidos es el concepto que más desarrollo. Su mezcla entre el determinismo de los regímenes laminares y la necesidad de estadística para la turbulencia crea un «lío» que sí se parece a la realidad.
En conclusión, he encontrado un nuevo amor por la ciencia, aprendiendo a amar lo que realmente es, y no la imagen idealizada que me había preconcebido.

NG: ¿Sugieres que hemos entrado en una nueva fase en cuanto al conocimiento científico?
AA: Sí, y es un proceso muy curioso. El concepto cuántico apareció por primera vez en 1900, cuando Max Planck propuso que la radiación se emite en paquetes o cuantos, no de forma continua. Llevamos 126 años con esta idea. Sin embargo, ha costado que penetre en el pensamiento general, a pesar de que la cuántica se definió formalmente entre 1920 y 1930. Hace casi cien años, en un famoso congreso en Bruselas, se reunieron los grandes científicos del momento (una foto con casi 18 futuros Premios Nobel).
Lo que ha dificultado la asimilación es el atractivo del determinismo, la promesa de que el resultado de una acción está garantizado. Pero ahora creo que veremos una serie de modelos científicos que seguirán cambiando y adaptándose a la experimentación. A nivel microscópico, por ejemplo, las cosas se comportan de un modo que todavía no controlamos.
El concepto seguirá evolucionando, pero es fundamental aplicar siempre el método científico. Si no se hace, se generan falsas esperanzas y frustración. De hecho, fenómenos como el terraplanismo provienen, a mi juicio, de sacar a la ciencia de su sitio. Cuando se descontextualiza, la gente la desprecia, ya que se le ha dado un sentido casi religioso.

NG: La ciencia también está comprometida con la honestidad.
AA: Eso es. Hay cosas que todavía no sabemos explicar y debemos saber decir: «Hasta aquí no llego» o «de momento, no puedo responder a esto». De hecho, tampoco sabemos si algún día vamos a poder explicar ciertas cosas.

NG: Hay un momento del libro en el que en narrador le cuenta a su hijo que comenzó a interesarse por la ciencia a los ocho o nueve años. ¿Cómo puede actualmente un niño sentir ese interés por la ciencia?
AA: Para mí, la pregunta es casi al contrario: ¿cómo no sentirse atraído por la ciencia? Una de las cosas más divertidas de vivir es aprender, es ir conociendo cosas. Es cierto que hay una época de la vida, especialmente la adolescencia, en la que uno está más distraído. Lo veo con mis dos hijos: les gustan muchas cosas, pero otras un poco menos.
Sin embargo, yo tampoco les forzaría a que les gustara la ciencia. Lo que sí intento es que les guste aprender. Si les da por aprender poesía, humanidades o filosofía, me parecería igual de maravilloso. No buscaría promocionar solo la ciencia; ha sido muy divertido tener ese punto de vista, pero no es el único. De todas formas, hay una parte que sí noto y es fundamental: el mundo occidental está escrito en lenguaje científico.

NG: ¿Está el mundo occidental preparado para dejarse influir por otros métodos para adquirir conocimiento?
AA: En un momento dado, en Occidente sustituimos la fe religiosa por la fe en la razón. Creo que esto ha descolocado ciertas ideas, y recolocarlas es complicado debido a la gran cantidad de prejuicios y arrogancia que existen. Una de las cosas que intento cuestionar en el libro y siempre es precisamente la arrogancia inherente a la idea de que la ciencia lo sabrá todo en el futuro, o si no, ya lo sabrá.
Es difícil que un occidental de un centro de investigación reputado se impregne de otras visiones. Sin embargo, soy claramente muy defensor de dejarse influir por otras perspectivas. De hecho, en el libro menciono conceptos como la sincronicidad estudiada por Jung, que incluso al propio Jung le generaron controversia, pero que creo que hemos abandonado injustamente. Abandonarlas es un error porque complementan aspectos del alma humana (llamarle «alma humana» puede ser controvertido, especialmente viniendo de un ingeniero). Con lo cual, claro que sería fantástico dejarse influir.