Avanza el autobús, cae la tarde.
Entre el ruido y las voces del entorno,
yo atiendo lo que me voy diciendo,
los sordos mensajes que me envío,
las lágrimas que trae, a esta hora
en la que todo camina hacia atrás,
esa lenta tristeza que se atisba
desde la amplia ventana de mi viaje.
Se asoma la adolescente que fui,
entre los asientos, para reclamar
que, otras voces le den identidad.
Suplica, con su torpe aparición,
ser parte de ese algo donde habita
la magia que la tiene secuestrada
en el zulo del miedo a ser mediocre.
Y, de nuevo, el posible rechazo,
la distancia que ponía (y aún pongo),
al vivirme extraña, ajena a todo.
No dejo de decirme (es la costumbre)
que no soy suficiente o soy exceso,
que me falta belleza para estar
allí donde mis pasos me conducen.
Y sigue haciendo efecto lo que digo,
no sangra, pero queda la constancia
de que, ahora, falta algo en el instante.
Hay heridas tan antiguas y tan fieles
que acuden a la cita si las llamas,
que duelen en sus capas de memorias,
aunque tan solo queden cicatrices
de los hondos surcos que labraron.
Avanza el autobús, cae la tarde
cuarenta años después, puedo tenderme
la mano abierta de la confianza
e invitar a la tristeza a que apoye,
en ella, su triste rostro y descanse;
hay amor, mucho amor en ese gesto.
Lo sé,
la belleza y el valor están a salvo.
Esther Fernández Lorente.
