EL TESORO ESTÁ YA EN NOSOTROS

Comentario al evangelio del domingo 26 de julio de 2026

Mt 13, 44-52

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y lo compra. El Reino de los Cielos se parece también a un comerciante en perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra. El Reino de los Cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien esto?”. Ellos le contestaron: “Sí”. Él les dijo: “Ya veis, un escriba que entiende del Reino de los Cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo de lo antiguo”. 

EL TESORO ESTÁ YA EN NOSOTROS

La mirada de la mente es miope y reductora. Incapaz de traspasar el nivel de las formas, las absolutiza, reduciéndonos a nosotros mismos e una forma más, al identificarnos con el yo. A partir de ese error de origen, es inevitable que la lectura que hace sea autorreferencial y en clave de carencia. Dado que nos ha identificado con el yo, solo cuenta aquello que le ocurra al yo. Será bueno o malo aquello que, respectivamente, lo sostenga o lo amenace. Y dado también que percibe al yo como radicalmente necesitado, creerá que su plenitud se halla “fuera” —¿dónde?—, introduciéndonos en una carrera tan ansiosa como estéril.

Frente a la lectura mental, las personas sabias recuerdan constantemente que ya somos lo que buscamos. Que somos la plenitud anhelada y que el tesoro, no solo no está lejos, sino que constituye nuestra misma identidad. Solo nos falta caer en la cuenta y reconocerlo. Esa es la propuesta de todo el llamado “camino espiritual”, que toma forma de invitación: “Conoce lo que eres”, descubre tu verdad.

Ciertamente, no se trata de un camino exento de dificultades ni de trampas. Porque puede asumirse aquella afirmación como una creencia más, sin haberla experimentado. Y porque, si antes se absolutizaba el mundo de las formas como si fuera el único, ahora se puede caer en el engaño de absolutizar el Fondo común, ignorando o despreciando las formas.

El camino espiritual es un camino sencillo y sutil: nace de una vivencia experimentada, que da como resultado una mirada afinada. Y aporta la comprensión que contiene la clave y el secreto de toda la existencia: somos el tesoro que siempre hemos buscado, intentándolo atrapar. Aun experimentándonos en una forma necesitada, limitada, frágil y carenciada, somos plenitud que se desborda.