EL FINAL DE LA BÚSQUEDA

Comentario al evangelio del domingo 8 de marzo 2026

Jn 4, 5-26

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor de mediodía. Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: “Dame de beber”. (Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios, y quien es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva”. La mujer le dice: “Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?, ¿eres tú más que nuestro padre Jacob que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?”. Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. La mujer le dice: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”. Él le dice: “Anda, llama a tu marido y vuelve”. La mujer le contesta: “No tengo marido”. Jesús le dice: “Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”. La mujer le dice: “Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”. Jesús le dice: “Créeme, mujer, se acerca la hora en que ni en este monte, ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad”. La mujer le dice: “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo”. Jesús le dice: “Yo soy: el que habla contigo”.

EL FINAL DE LA BÚSQUEDA

Al leernos en clave de carencia, solo quedan dos opciones: la resignación fatalista o la búsqueda ansiosa e incesante. La primera nos obliga a instalarnos en un pesimismo que no tiene remedio; la segunda nos impulsa a una carrera que promete saciar nuestra necesidad. A poco andar, ambas se revelan inadecuadas. Su punto de partida -reducirnos a la carencia- era erróneo.

En la medida en que avanzamos en la comprensión de lo que somos, caemos en la cuenta de que ya somos todo lo que anhelamos. Y que la plenitud soñada y deseada no se halla en el futuro ni fuera de nosotros, sino que nos constituye en nuestra identidad profunda.

Ahí cesa la búsqueda. Y el afán estresante por encontrar fuera aquello que debería finalmente saciarnos se traduce en apertura y disponibilidad a la vida que somos y que tiende a expresarse a través de nosotros.

Se produce, entonces, otra paradoja llamativa: justo cuando cesa la búsqueda, la acción se vuelve más limpia, más desapropiada y más eficaz. Porque no nace de la ansiedad de quien sueña con atrapar un resultado, sino que fluye de la misma plenitud que se vierte gratuita, amorosa y descansadamente.

De ese modo, mientras la actividad ansiosa es fuente de estrés y ladrona de la paz, la acción que fluye de la plenitud es serena y constructiva.