Semana 17 de julio: SALIR DEL HECHIZO MENTAL

Bosque y lagoCUANDO CAEN LAS CREENCIAS: ¿VACÍO O LIBERACIÓN?

4. ¿Cómo salir del hechizo mental?

La realidad no es lo que parece. Y tampoco tenemos acceso a ella de un modo inmediato. Por lo que no es exagerado decir que “el cerebro nos engaña”, como indica el título de uno de los libros del profesor Francisco José Rubia. (En una entrevista, publicada hoy mismo (17.07.2016) por El Diario Vasco, el reconocido físico cuántico Juan Ignacio Cirac -premio Príncipe de Asturias de investigación científica, director del Instituto Max Planck de Óptica Cuántica y una de las figuras más importantes de la computación cuántica en todo el mundo- afirma que «la naturaleza es más distinta de lo que imaginamos, que lo que está más allá de nosotros tiene unas propiedades  muy extrañas… Somos las sombras ⌈en alusión al mito de la caverna, de Platón⌉ y no la realidad. Vemos algo que no es directamente lo que existe»).

El engaño de la mente es doble: por un lado, porque lo que vemos no es la realidad en sí misma, sino la interpretación que de ella hacen nuestros órganos neurobiológicos; por otro, porque las formas que llegan a través de nuestros sentidos corresponden únicamente a un solo nivel o dimensión de lo real.

Lo real no es “algo” que estuviera “ahí fuera”, que nosotros pudiéramos observar desde el “otro lado”. Nosotros mismos formamos parte de esa misma y única realidad –por más que la mente se empeñe en hacernos creer lo contrario-, a la que solo percibimos –no puede ser de otro modo- a través de la mediación de nuestros sentidos y de nuestro cerebro que, sin advertirlo, la están “creando” en la forma en que llega hasta nosotros.

Si las neurociencias nos hacen ver hasta qué punto el cerebro nos engaña, la física cuántica nos lleva a reconocer el carácter multidimensional de lo real. Es decir, no solo distorsionamos la realidad que somos capaces de percibir, sino que eso que nuestra mente llama “realidad” es solo una “apariencia”, en el sentido de que se trata únicamente del nivel aparente o más superficial.

Por debajo del mismo existe el nivel cuántico de las partículas elementales y de las corrientes electromagnéticas, donde la materia se revela a sí misma como pura energía: esta es la “sustancia” del universo. Para la física moderna es claro que aquello que nos parece sólido, no lo es en absoluto.

Y son cada vez más los científicos que, desde diferentes ámbitos del saber –mecánica cuántica, astrofísica, biología…-, empiezan a hablar de un “tercer nivel” de profundidad, al que nombran como “punto cero” o “campo unificado de conciencia”, que sería pura información o consciencia, como “código de instrucciones” de donde estaría brotando en permanencia, tanto el nivel cuántico como el aparente.

Para David Bohm, uno de los padres de la física cuántica, el universo es un sistema unificado de la naturaleza, en el que existen niveles más sutiles de realidad, que son los que dan origen a nuestro mundo físico. En su reconocida e influyente obra La totalidad y el orden implicado, habla de “dos niveles” de realidad: el implicado y el desplegado; este segundo sería “lo aparente”; el primero constituye la dimensión profunda y originante.

Ese nivel profundo constituiría el fondo común de todo lo real, la “sustancia última” de la realidad, la verdadera identidad de todo lo que es. Y resulta profundamente significativo que tal hipótesis científica converja con lo que, desde siempre, han afirmado sabios y místicos: lo verdaderamente real se halla más allá de la materia y de la mente, en un “vacío” o “nada” originarios, que sustenta lo que se muestra ante nuestros sentidos como realidad aparente.

En cualquier caso, lo que resulta claro, hoy también para la ciencia más rigurosa, es que las cosas no son lo que parecen. Por ello es necesario aprender a ver más allá de la mente, no porque reneguemos de ella, sino porque comprendemos que somos más que ella; es decir, no por irracionalidad, sino por una exigencia de trans-racionalidad.

Ahora bien, para superar el hechizo mental –que conduce a absolutizar lo que la mente puede percibir-, necesitamos salir del primer engaño, que condiciona todos los demás. Se trata, nada menos, que de la creencia acerca del yo. En efecto, la creencia (mental) sobre mí va a condicionar absolutamente mi modo de ver la realidad completa, a la que estaré contemplando desde una perspectiva errónea: no es extraño que todo lo que ocurra a partir de ahí lleve la marca de lo parcial y, en último término, sea engañoso.

Semana 17 de julio: ¿NO TE DAS CUENTA?

Montaña en la niebla¿No te das cuenta?
ese gorrión está trinando para ti,
ese jirón de sol viene a visitarte a tu cuarto,
hasta esa campana insiste en llamarte,
el aire se mueve por entre tus cabellos,

¿no te das cuenta de que esa alegría espontánea que te brota
es un ángel que te visitaba en la niñez?
¿ya no te acuerdas?

¿no te das cuenta de que esa tristeza que te invade
es un juicio que alguien dejó en tu alma vulnerable?
pero eso ya pasó…
tu alma ahora es una montaña florecida entre la niebla.

Gregorio Dávila: www.grego.es

Semana 3 de julio: SALIR DEL RELATIVISMO… Y DEL ABSOLUTISMO

Túnel Jaraba.2CUANDO CAEN LAS CREENCIAS: ¿VACÍO O LIBERACIÓN?

3. Salir del relativismo… y del absolutismo

 

El destino de las creencias no parece que pueda ser otro que el de su disolución. O, al menos, la comprensión de que únicamente son válidas en el nivel mental. Pero, dado que la mente no puede atrapar sino aquello que es objeto, las creencias –construidas por ella- nunca podrán contener la verdad de lo que es. Esta simple comprensión permite reconocer cualquier creencia como lo que, en realidad, es: una construcción mental que, en el mejor de los casos, “apunta” hacia la verdad que no puede ser pensada.

         Al caer las creencias, se hace presente la crisis. Y entonces, cuando se vive la sensación de que peligra la propia seguridad –que se había apoyado en las creencias-, suelen aparecer diferentes mecanismos de defensa, que se activan ante cualquier sensación de peligro, y que van desde el integrismo hasta el cinismo.

         En algunos casos, al ver cuestionadas sus creencias, la persona puede adoptar una actitud integrista, atrincherándose en sus propios puntos de vista y rechazando del modo más radical todo aquello que sea fuente de cuestionamiento. En el extremo opuesto, puede haber quien, al descubrir el carácter relativo de aquellas creencias a las que había atribuido un valor absoluto, decepcionado y frustrado, opte por el escepticismo o el cinismo más amargo.

         La psicología, apoyada en investigaciones neurocientíficas recientes, sabe que nuestra mente es reacia al cambio. La llamada disonancia cognitiva –que se dispara cuando una nueva idea pone en cuestión alguna creencia previamente arraigada- produce un estado de malestar, marcado por la ansiedad, que hace que la persona tienda espontáneamente a descartar todo aquello que ponga en cuestión su sistema de creencias.         

     Sin embargo, entre el integrismo y el cinismo, entre el absolutismo dogmático y el relativismo, cabe otra actitud más adecuada, porque parece que hace más justicia a lo real. Me refiero a la relatividad.

         El relativismo niega toda posibilidad de acceso a la verdad. Más aún, sostiene que, en rigor, todo depende de la perspectiva que se adopte. Su consecuencia no puede ser otra que el vacío, el sinsentido y el nihilismo más radical. Su error de base: el supuesto apriorístico que niega la verdad y la posibilidad de acceso a la misma.

         Por su parte, el absolutismo dogmático identifica la verdad con su propia creencia. Su consecuencia no es menos nefasta que la anterior: absolutiza lo relativo y condena a quien discrepa. La actitud absolutista o dogmática suele esconder inseguridad, por lo que le resulta difícil convivir con la discrepancia. Por esa razón, lleva mal el pluralismo, al que, con frecuencia erróneamente denunciará como “relativista”. Su error de base: el empobrecimiento que supone reducir la verdad a una construcción mental.

         Entre ambos extremos, parece abrirse paso la comprensión de que todo conocimiento humano es situado –dentro de las coordenadas espaciotemporales- y, por ello mismo, relativo, es decir, relacional: dice relación a un tiempo y a un espacio. Dicho más brevemente: entre el relativismo (nihilismo) y el absolutismo dogmático, que tanta confusión y sufrimiento han generado y siguen generando, parece innegable que la relatividad es el modo humano de conocer.

         Tal reconocimiento hace posible el más genuino pluralismo –en el que el pensamiento dogmático se siente profundamente incómodo-, a la vez que no niega la verdad profunda de todo lo que es. Nos advierte solo de algo elemental, que me atrevería a formular en estas proposiciones:

  • todo pensamiento es condicionado (situado, relativo);
  • la mente no puede contener la verdad;
  • la mente solo puede operar con objetos (materiales o mentales);
  • hay más realidad que aquella que la mente puede atrapar (la misma ciencia nos advierte hoy que apenas percibimos el 4% de la realidad);
  • la verdad es una con la realidad, no algo “añadido” desde la mente;
  • tenemos acceso a la verdad, en la medida en que acallamos la mente y nos descubrimos uno con lo que es (eso es la meditación o el silencio contemplativo);
  • todas las creencias son solo construcciones mentales, con valor únicamente en el estadio o nivel mental;
  • las creencias absolutizadas constituyen el mayor obstáculo para abrirse a la verdad: el “creer” –cualquiera que sea la creencia- no nos deja “ver”;
  • gracias al silencio del pensamiento, experimentamos que la mente no puede contener la verdad y que, sin embargo, la somos;
  • dado que nuestro fondo es el mismo fondo de lo Real, todos podemos decir como Jesús de Nazaret: “Yo soy la verdad”;
  • sin negar el valor de la mente –ni de la razón crítica-, necesitamos trascenderla para acceder a la verdad de lo que es, de lo que somos: se asume plenamente la racionalidad, pero se la trasciende.

Semana 3 de julio: UN RÍO DE COLOR

CarreraCaminamos por el mundo con tal aplomo, con tal seguridad, que estamos convencidos de que la realidad es tal cual la vemos. Cielos, valles, montes, ciudades, acontecimientos. Sin embargo, la filosofía de todos los tiempos se ha preguntado una y otra vez sobre la objetividad de nuestra percepción.

         Desde la cueva de Platón al a priori de Kant, no está claro si esto que vemos es una interpretación nuestra. Ni si responde a algo absolutamente real. Como el maratón de la foto se convierte en un río de manchas de color en cuanto cambiamos la velocidad de obturación de la cámara, o como cada uno ve la vida según su lente, sus circunstancias. Un día de sol radiante de primavera es un salto de júbilo para una persona enamorada, y un bofetón para quien acaba de perder un hijo.

         La gran pregunta es por tanto: ¿A qué me agarro en la vida? Mi entorno cambia, mi cuerpo envejece, lo que llamo realidad es una apariencia que depende de mil factores. Si pasa la película de este mundo, si paso yo, todo parece mentira, ¿qué me queda?

         San Pablo era consciente de esto, y por eso dice en su primera carta a los Corintios: “Los que lloran como si no lloraran, los que se alegran como si no se alegraran, los que compran como si no poseyeran, los que aprovechan las cosas del mundo como si no las aprovecharan. Pues pasa la apariencia de este mundo” (7,30-31).

         ¿Qué significa esto? ¿Que no hay que disfrutar de la vida y hay que marcharse al desierto?

         No; que hay que entornar los ojos, como el que mira a lo lejos para ver más. Si tu mirada está en contacto con lo profundo de tu ser, te vuelves capaz de distinguir la peli de este mundo de la luz que hay detrás.

         La película acaba, es apariencia, pero no la luz que habita detrás de cada cosa, que es una, y a la que todos pertenecemos como reflejos y chispas. Pero para ver así, es indispensable cerrar de vez en cuando los ojos. Entonces el mundo entero se convierte en un fanal, “vestido lo dejó de su hermosura”. Gozas de lo que pasa, pero sin quedarte ni apropiarte, como asomado a la ventanilla de un tren, porque en realidad lo tienes ya todo: la luz de dentro.

Pedro Miguel LAMET, Un río de color, en Revista 21, junio 2016, p.55.

Semana 26 de junio: EL LUGAR DE LAS CREENCIAS

Cantábrico.4CUANDO CAEN LAS CREENCIAS: ¿VACÍO O LIBERACIÓN?

2. Las creencias: su aportación, sus riesgos y su inconsistencia

 Las creencias se presentan como fuente de seguridad personal y de cohesión del grupo (no es casualidad que la crisis de las creencias haya venido de la mano del pluralismo: cuando el dosel común se convierte en un simple paraguas). Habitualmente, la persona pone su seguridad en sus propias creencias que, compartidas, explican y refuerzan la unidad del grupo. Se entiende, desde aquí, que el grupo “persiga” a quienes las cuestionan.

En el caso de las creencias religiosas, estas son consideradas como apoyos “absolutos”, por cuanto dicen provenir nada menos que del propio Absoluto o Dios. Se presentan, por tanto, como dadoras absolutas de sentido para la vida y para la muerte.

Es significativo que el considerado primer estudio de sociología moderna –me refiero a El suicidio, del pionero Émile Durhkeim, en 1897- subrayara el hecho de que la “anomia” –ausencia de normas, carencia de referencias comunes- constituye un factor decisivo para generar una sensación de sinsentido, que podía desembocar en el suicidio.

Las creencias parecen aportar seguridad porque, nacidas en el nivel de consciencia mítico –y mantenidas en el mental-, se toman como “la verdad”, sin más. Es sabido que en el estadio mítico, la verdad se identifica con la propia creencia que, recibida de los antepasados, se cree provenir de la misma divinidad. Al fundamentarse a sí misma de este modo, la creencia otorga al creyente la sensación confortable de estar en la verdad.

 

Sin embargo, esa oferta de seguridad tiene un precio elevado. Entre los riesgos que encierran las creencias habría que señalar los siguientes: dogmatismo, fundamentalismo, fanatismo, intolerancia, eliminación del otro diferente… Quien se cree portador de la verdad absoluta resulta siempre peligroso. Su propia sensación de “superioridad” se reflejará inevitablemente en un comportamiento extraño que puede ir desde el paternalismo hasta el proselitismo o la imposición. Todo ello, como es obvio, se acentúa hasta el extremo cuando se alcanza una situación de poder.

Pero esos no son los únicos riesgos. Parece también innegable que la identificación con las creencias constituye el mayor obstáculo para abrirse a la verdad, por cuanto delimita un marco que impide ver más allá de lo que esté incluido en él. Por más que quiera mantener una actitud de apertura, la persona creyente no podrá evitar que su mirada se encuentre condicionada por sus propias creencias, que actuarán inevitablemente de “marco” dentro del cual mirar, y de “filtro” a través del cual ver.

Si tenemos en cuenta que se partía del supuesto previo que identificaba la creencia con la verdad, será realmente difícilmente sortear esa trampa. Y es entonces cuando se verificará en toda su hondura la verdad de la afirmación anterior: la identificación con las creencias constituye el mayor obstáculo para abrirse a la verdad.

 

Con todo, las creencias, en su propio modo de funcionar, muestran su inconsistencia. Basta tomar un mínimo de distancia para apreciar que únicamente se mantienen mientras existe la fe en ellas; es decir, retirada la fe o la adhesión, las creencias caen.

¿Qué valor real pueden tener y qué apoyo seguro podrían ofrecer unas creencias que, para mantenerse, necesitan la adhesión de quienes las aceptan? Ese simple cuestionamiento muestra a las claras que las creencias no se autofundamentan. Son solo construcciones mentales sin otra base real que la que cada persona quiera imaginar.

Por decirlo brevemente, el talón de Aquiles de las creencias no es otro que su incapacidad de contener la verdad. En realidad, son solo “objetos mentales”, construcciones realizadas por la mente, a las que, más tarde, la propia mente absolutiza de diversos modos (presentándolas como “reveladas por Dios”, o heredadas de los ancestros).

Sin excepción, todos los sistemas de creencias son producto de la mente. Por lo mismo, son verdad para los que creen en ellos, pero ninguno es real. Porque lo real está más allá de la mente y del lenguaje. La mente jamás podrá atraparlo ni entenderlo.

La verdad no puede ser pensada; no puede, por tanto, ser objeto de una creencia. La verdad –una con la Realidad- únicamente puede ser sida y, solo cuando se la es, se la conoce.

Afirmar que la creencia en ningún caso puede contener la verdad no significa abogar por un relativismo vulgar, en el que todo vale. Pero entre el dogmatismo y el relativismo existe una actitud que orienta adecuadamente. Sobre ella volveremos en la próxima entrega.

Semana 26 de junio: ENTREVISTA A JON KABAT-ZINN

Flor rosada.1JON KABAT-ZINN: “MINDFULNESS” Y CONSCIENCIA

Entrevista de Ima Sanchís a Jon Kabat-Zinn, en La Contra, de La Vanguardia, 11.06.2016

 

Jon Kabat-Zinn, biólogo molecular, investigador y promotor de ‘mindfulness’ en Occidente: “Tengo 72 años. Catedrático de Medicina en la Universidad de Massachusetts. Llevo 47 años casado, 3 hijos y 3 nietos. Debemos aprender a vivir juntos con nuestras diferencias. La diversidad es una fuerza positiva. Me interesa la experiencia directa de la interconexión, pero no las creencias”.

“Si aumentas la conciencia, los cambios en tu vida vienen solos”.

 El reto del científico

Se levanta a las cuatro de la mañana desde hace más de 40 años para dedicar una hora a la meditación y otra a la práctica del yoga. Yo salto como una pulga: “¡Quiero vivir, ver a los amigos!”. “Diversión –me contesta con una sonrisa– etimológicamente significa salirte de tu ruta, y si estás enfermo o tienes problemas, es mejor que los resuelvas. Y sabemos científicamente que con la práctica de la atención plena podemos restablecer nuestro equilibrio mental y corporal, estimular la curación y el bienestar. Pero tiene razón, es muy difícil cambiar de estilo de vida”. Un reto que explica paso a paso en su ya clásico «Vivir con plenitud las crisis» (Kairós), que ha revisado y ha puesto al día con los nuevos estudios científicos.

 

Mi madre, que vivía conmigo, murió a los 101 años. Los últimos 25 años con ella fueron una delicia.

¿Por qué?

Era pintora y a medida que envejecía experimentaba el mundo como Monet: veía formas de luz que la mayoría no observamos. Mi padre era un científico de renombre mundial, experto en el sistema inmunitario. La suya era una polaridad muy interesante.

Polaridad que usted ha integrado.

Cierto, descubrí la meditación zen a los 21 años y desde entonces he investigado de manera científica las capacidades del mindfulness (atención plena) para sanarnos. He demostrado la eficacia de una práctica espiritual milenaria y la he puesto a caminar en Occidente.

 ¿Por qué le dio por meditar?

En aquella época trabajaba en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) con el premio Nobel Salvador Luria. Estábamos desarrollando la comprensión del genoma, todo era muy interesante, pero me sentía infeliz. En el MIT se desarrollaban armas para el ejército y estábamos bombardeando un país, Vietnam, que ni siquiera tenía fuerza aérea.

Momentos turbulentos.

Philip Kapleau, experiodista, explicó en la conferencia que tras cubrir los juicios de Nuremberg comenzó a tener terribles jaquecas que consiguió sanar retirado en un templo zen. Empecé a meditar una hora diaria para comprobar si eso era posible y nunca lo he dejado.

¿Cómo consiguió aplicarlo a la ciencia?

Tuve suerte, se abrieron puertas que me permitieron crear la Clínica para la Reducción del Estrés y el Centro de Atención Plena para la Medicina en la Universidad de Medicina de Massachusetts.

Sus colegas le debían de mirar raro.

Sí, pero obtuve resultados contundentes e inapelables. Desarrollé un programa (Rebap) para la reducción del estrés basado en la atención plena y en 1982 publiqué mi primer artículo científico sobre los beneficios en pacientes con dolor crónico y estrés. El año pasado se publicaron 674 artículos, es un crecimiento exponencial. Ha llegado el momento.

¿Qué propone usted?

La conciencia plena se ejercita prestando atención de manera activa en el momento presente y sin juzgar. Desarrollar la capacidad de abrazar la realidad de las cosas es curativo y transformador, cambia nuestro cerebro, tal como demuestran las investigaciones neurológicas.

Habla usted como un gurú.

Nuestro programa no tiene nada de alternativo, formamos parte de los departamentos de medicina y tenemos pruebas científicas. Los pacientes consiguen controlar el dolor crónico, la ansiedad, el pánico y paliar los efectos del cáncer o enfermedades del corazón, pero yo se lo recomiendo a cualquier persona.

Implica un cambio de vida.

Si aumentas la conciencia, los cambios en tu vida vienen solos. Requiere disciplina, pero lo más curioso es que no hay que hacer nada. Lo que propone la atención plena no es que uno cambie su vida, sino que se enamore de ella.

 Sugestivo.

La atención plena te da otra manera de sostener tu experiencia desde la presencia, algo que no nos enseñan en la escuela. Te enseñan a pensar, pero a menudo el pensamiento no nos es útil a la hora de solucionar problemas vitales.

¿La atención plena lo consigue?

Hemos documentado los cambios experimentados por 20.000 pacientes que han seguido el programa de ocho semanas en nuestra clínica, y que en el mundo son millones de personas.

¿Meditar nos cambia el cerebro?

Regiones que tienen que ver con el aprendizaje y la memoria se ensanchan. La amígdala, la zona del cerebro que reacciona a las amenazas y secuestra la atención, se refuerza; se mejoran las conexiones neuronales e incluso se dan cambios en el genoma.

¿Se activan y desactivan genes?

Sí; por ejemplo, los genes que tienen que ver con procesos inflamatorios y por tanto con el cáncer se inhiben. Y hemos comprobado que la densidad y el tamaño del cerebro, que se encoge con los años, deja de hacerlo si meditas.

¿Qué hay que entender?

Lo más difícil de entender es que no hay que hacer nada. No se trata de intentar cambiar, se trata de en lugar de vivir dormido, vivir despierto.

Siempre hay cosas en tu vida que no acaban de gustarte.

Ahí es donde la meditación funciona, porque el hecho de que te gusten o no depende solo de tus pensamientos. La depresión está causada por una desregulación en el pensamiento, empiezas a rumiar y entras en una espiral negativa que acaba en trastorno.

¿El mindfulness lleva la atención a esos pensamientos negativos?

Si abrazas ese pensamiento, ya no continúa reproduciéndose. Sabemos que una mente distraída es una mente infeliz. Debemos acceder a la conciencia, un tipo de inteligencia innata de la que sabemos poco pero conocemos su poder.

Tenemos solo algunas piezas del puzle.

Suficientes como para saber que la relación que mantenemos con nuestro cuerpo, nuestra mente, pensamientos y emociones, instante tras instante, nos aporta, si es la correcta, salud, bienestar y sabiduría. El cultivo de la atención plena es un acto radical de cordura, amor y compasión por uno mismo.