Comentario al evangelio del domingo 18 enero 2026
Jn 1, 29-34
En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: «Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí porque existía antes que yo». Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel”. Y Juan dio testimonio diciendo: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que ha de bautizar con Espíritu Santo». Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios”.
AUTOCONOCIMIENTO: VER Y DAR TESTIMONIO
Muchas veces, más que testigos, somos repetidores. No hablamos de lo que hemos visto (experimentado); repetimos lo que otros nos han dicho, lo que hemos leído, lo que hemos creído… Y, de ese modo, seguimos generando una especie de “burbuja” de opiniones y de creencias, que no buscan la verdad por encima de todo, sino el protagonismo del yo que, a través de todo ello, pretende fortalecerse y aparecer como bien “informado”.
El testigo, a diferencia del repetidor, es aquel que “ha visto”. Y lo que tenemos que ver, de entrada, no es algo exterior o ajeno a nosotros. No se trata de acumular más información, sino de conocernos a nosotros mismos, cada vez en mayor profundidad. El autoconocimiento constituye la base todo camino espiritual porque, como recordara la inscripción en el templo de Delfos, quien se conoce a sí mismo, conoce al universo y a los dioses.
Solo puede hablar en primera persona -solo puede ser testigo- quien recorre ese camino de autoconocimiento, que le lleva -por lo general, en capas sucesivas- a “poner nombre” a todo lo que se mueve en su interior, a aceptarse de una manera cada vez más completa y a descansar y vivir en la profundidad de lo que es.
La persona que se conoce de ese modo es testigo, aun antes de abrir la boca. Porque contagia lo que vive y su sola presencia constituye una invitación y un estímulo para ponernos en camino. Un camino que requiere entrenar una atención sostenida, desarrollar una autoaceptación creciente y vivir una entrega incondicional y confiada a la sabiduría que rige todo el proceso, a la vida que, en forma de Anhelo, late incansablemente en nuestro interior.
