Semana 8 de mayo: LA RESPIRACIÓN CONSCIENTE COMO PRÁCTICA MEDITATIVA

Camera 360
Camera 360

Parece innegable que la mente se maneja por determinados “principios” –pautas o patrones de creencias-, nacidos en el contexto familiar y educacional, a los que se aferra de una manera frecuentemente automática.

         De hecho, un ejercicio muy saludable consiste en hacer conscientes los “principios” que rigen nuestros comportamientos. ¿Qué creencias se me repiten detrás de los sentimientos y de las acciones que pongo en marcha? Basta prestar un poco de atención para constatar hasta qué punto nos dejamos mover por lo que pueden llamarse con razón “creencias irracionales”, que suelen habitar nuestro inconsciente.

         Tales creencias –en cuanto “programas” instalados en nuestra mente- se hacen presentes en todos los campos: emocional, interpersonal, político, religioso… Y se manifiestan también en el modo de afrontar el camino espiritual y, en concreto, la práctica de la meditación.

         Una de las creencias habituales es aquella que tiende a desvalorizar lo que parece más simple o sencillo, en beneficio de lo que se percibe como más sofisticado. Si a eso se le añade la atracción de la mente –con frecuencia compulsiva- hacia experiencias “especiales” o “extraordinarias”, el resultado es algo parecido a este cóctel: se valoran prácticas más rebuscadas o simplemente más “difíciles” porque se alienta la expectativa de que serán ellas las que nos obtengan con más seguridad experiencias más valiosas.

         Me parece importante reconocer que tal planteamiento esconde, al menos, dos trampas: por un lado, entender la espiritualidad como el logro de “experiencias” no es sino narcisismo disfrazado –“materialismo espiritual”, lo han llamado los sabios- que refuerza y alimenta el ego, con lo cual se produce justamente lo más opuesto a lo que significa la espiritualidad; por otro, se está poniendo el acento en el buscar, más que en el “dejarse encontrar”, con lo cual la propia búsqueda resulta engañosa al hacernos pensar que aquello que nos plenifica se halla fuera o lejos de nosotros.

         En el camino espiritual se requiere una especial lucidez para detectar las trampas, muchas de ellas en principio inconscientes, que lo acechan. En este escrito quiero referirme solo a una de ellas, ya mencionada, que tiene que ver con la práctica meditativa.

         En el ámbito de tales prácticas, suelen apreciarse dos fenómenos recurrentes: la búsqueda de alguna práctica “especial” que proporcione resultados de un modo rápido y palpable, y la tendencia a alternar prácticas muy variadas, sin un criterio coherente. Como consecuencia, se suele dejar de lado una muy sencilla, pero profundamente eficaz, como es la respiración consciente.

         Se trata de una práctica completamente simple, al alcance de todos y que, cuando se mantiene con perseverancia, produce efectos realmente transformadores. ¿Cómo hacerla?

         Se trata de llevar toda la atención, de la manera más descansada posible –como si fuera un juego- al proceso respiratorio. No hay nada que conseguir; ni siquiera hay que buscar “hacerlo bien”. Queremos únicamente educar la atención, para poder vivir la mente, no como la “dueña” de casa que condiciona nuestro estado de ánimo, sino como una herramienta a nuestro servicio. Es decir, queremos adiestrarnos en pasar del pensar al atender.

         Esa tarea de educación requiere –como cualquier otra tarea educacional- dos actitudes simultáneas: cariño y firmeza. Por eso, cada vez que nos damos cuenta de que nos hemos distraído, con todo cariño, pero con toda firmeza, volvemos a “traer la mente a casa”, para continuar descansando en la atención.

         Se trata, realmente, de descansar. El acento no tiene que estar puesto en el esfuerzo por atender, sino en descansar en la atención que somos: sabiendo que es ella la que nos sostiene a nosotros.

         Para vivir bien la práctica, ayuda mucho hacerse consciente de los cuatro momentos de la misma, respetando todo el proceso: exhalación – pausa – inhalación – pausa.

Este modo de hacer, no solo resulta beneficioso para todo nuestro organismo por la propia ralentización del movimiento respiratorio –como ponen de relieve rigurosos estudios médicos-, sino que facilita notablemente el propio ejercicio de la atención.

Según aquellos estudios, cada día respiramos unas 26.000 veces, lo cual significa que se movilizan alrededor de 14.000 litros de aire. Pero mientras lo ajustado sería que una persona hiciera 4 ó 6 respiraciones por minuto, lo más habitual es que se produzcan entre 16 y 20. Y si una respiración consciente –profunda, armoniosa y pausada- podría reponer el 99% de la energía que necesitamos, con frecuencia apenas lo hace en un 10 ó 20%.

Con todo, más allá de los beneficios para la salud, la respiración consciente nos regala serenidad, ecuanimidad, libertad interior, mayor consciencia y apertura a la consciencia de nuestra verdadera identidad.

En la práctica consciente, la respiración va ocupando todo el espacio, hasta quedar solo el hecho de respirar. Y experimentas que no eres tú quien respira, sino que, más bien, la respiración se hace en ti o a través de tu persona; en realidad, eres respirado(a).

Es la Vida la que respira a través de ti y de cada uno de los seres. La Vida que tú también eres, sin ningún espacio de separación. De este modo, la respiración consciente te pone en contacto directo con la Vida que eres.

Insistir en la bondad de esta práctica no significa, obviamente, negar el valor de otras (afectivas, atencionales o más “silenciosas”): cada persona verá cuál es la que mejor se adecua a su perfil y a la circunstancia por la que está atravesando en cada momento. Con esta aportación, pretendía solo prevenir del riesgo de perdernos en la búsqueda de la “variedad” –que, en definitiva, nos aleja de la constancia-, a la vez que subrayar la eficacia transformadora de la respiración consciente, tanto en nuestra vida cotidiana, como en la comprensión de nuestra verdadera identidad.

Semana 8 de mayo: DESCANSAR DEL SERMÓN

ZumaiaHabía una anciana en la iglesia de Yamaguchi que cada semana subía, pasito a pasito, la cuesta que conduce hasta lo alto de la colina para asistir a la misa dominical. Ni calores veraniegos ni fríos de invierno le impedían subir la cuesta hasta la iglesia situada en lo alto de la colina. A la salida, solía ofrecerse alguien para acompañarla en coche a casa, pero ella insistía en rechazar el favor; prefería volver a pie dando un paseo.

         Un día explicó el motivo: “no me fatiga el paseo, me descansa. Me gusta bajar por el otro lado de la colina. Cruzo por el parque del templo budista. Disfruto a la sombra de su foresta centenaria. Me siento en un banco y respiro a mitad de camino. Allí, en aquella umbría de paz se encuentra a Dios. Y, de paso, se quita el cansancio de la misa y el sermón”.

         Sorprendió a sus vecinos al añadir: “En la misma y sermón hay tantas y tantas palabras seguidas…”.

 

Juan MASIÁ, Vivir. Espiritualidad en pequeñas dosis, Desclée De Brouwer, Bilbao 2015, p. 29.

Semana 1 de mayo: LO QUE SOMOS ES CONSCIENCIA (Entrevista)

Glaciar Viedma.3LO QUE SOMOS ES CONSCIENCIA

EL YO ES UNA FORMA QUE TOMA LA VIDA

 

Entrevista de Javier Pagola, con motivo de la participación en el Foro GOGOA de Pamplona, en Diario de Noticias de Navarra, 12 de octubre de 2015.

-¿Quién es Enrique Martínez Lozano? ¿Cuáles son los principales rasgos de su búsqueda y de sus pretensiones actuales?

Soy una “forma” más en que la Vida se expresa, y soy esa misma Vida que somos todos. No tengo ninguna pretensión, tampoco busco nada; me siento habitado por el Anhelo de rendirme por completo a la Vida que somos, lo cual requiere que mi yo se quite de en medio. En ese aprendizaje estoy.

-Somos hijos de la Modernidad, y de ella hemos aprendido que las personas ya no podemos prescindir de la racionalidad y la autonomía. Lo que no es razonable no puede sostenerse, y no hay nadie “fuera” que maneje nuestros asuntos. Este paradigma cultural, esta manera de ver las cosas, ¿qué ha significado para la liberación de la humanidad? Y ¿qué limitaciones ha supuesto para  acceder al conocimiento  y a la verdad?

La Modernidad supuso un momento más en la evolución de la consciencia, caracterizado por la racionalidad y la autonomía, en contraste con el mito y la heteronomía, propios del nivel de consciencia anterior. Tanto el “espíritu crítico” –pensemos en los llamados “maestros de la sospecha” (Marx, Nietzsche, Freud)- como la llamada a la “mayoría de edad” (Kant) resultan una adquisición irrenunciable para la humanidad, si no queremos volver a la irracionalidad y a la sumisión infantil. La trampa de la Modernidad –o su límite- radica en la absolutización de la razón: si bien es cierto que todo tiene que ser razonable (no irracional), no lo es que solo sea racional; de hecho, la Verdad –como la Realidad misma- es trans-racional. La Modernidad se equivocó al absolutizar la razón y el yo, olvidando la consciencia, y colectivamente estamos aún atascados en aquel enredo.

-Cada cual  para desarrollar su personalidad construye un YO, a veces  un ego muy poderoso. ¿Es esa una necesidad? ¿Se paga algún precio por ella?

Lo que llamamos “yo” no es sino el resultado de la emergencia de la mente, en un momento determinado de la evolución de la consciencia. Pero, en realidad, el “yo” no es nada más que el centro operativo de nuestra vida mental y emocional. Evidentemente, necesitamos construirlo y cuidarlo. El error –fuente de confusión y de sufrimiento- se produce cuando nos identificamos con él. Podría decirse que quedamos deslumbrados por la mente hasta el punto de reducirnos a ella (a eso se le llama “yo”), olvidando que somos Consciencia ilimitada: mente (yo) es solo algo que tenemos; consciencia es lo que somos. A cualquiera que investigue le quedará claro que, como dice Fidel Delgado, “eso del yo es una broma”.

-Usted habla del “final del estado egoico de la conciencia” y de la llegada del “nivel transpersonal” ¿Qué quiere decir eso de “la mirada transpersonal” o de “vivir una experiencia transpersonal”?

Justamente eso: la mente, el yo, la persona… no es el final. Absolutizar esas realidades equivaldría nada menos que a decretar una especie de estancamiento de la consciencia. Todos ellos son solo “objetos” dentro del campo de la consciencia. Por más que se resistan quienes han crecido en el “personalismo” (filosófico o religioso), la Realidad es siempre “trans”: se halla siempre “más allá” (en realidad, más acá, porque lo “trans” es lo más profundo e íntimo) de todo lo que podamos nombrar: la mente es una herramienta, el yo es el centro psíquico, la persona es el “papel” con el que la Consciencia (la Vida) se disfraza…

– ¿Cuál es la distancia entre lo racional y lo real?

La que va del concepto a la Verdad, del pensamiento a la Vida, de la mente al Ser. La razón es una herramienta preciosa que se pervierte cuando se absolutiza. Hay vida más allá de la razón. Como ha escrito el psicólogo Giorgio Nardone, “Es una perversión de la inteligencia creer que la razón lo solventa todo«.

-¿La mente es una herramienta valiosa? ¿Para qué?

Valiosa e imprescindible para movernos en el mundo de los objetos, sean físicos (materiales), mentales o emocionales. Es valiosa también para mantener el espíritu crítico y denunciar engaños. Pero no es herramienta adecuada para conocer todo aquello que no es objeto.

-Usted en sus escritos y charlas invita a “otro modo de ver y de vivir” y a superar el modelo dualista, cartesiano, de conocimiento  que considera agotado. ¿Puede usted explicar, con algún ejemplo, que es eso del dualismo?

El dualismo es solo una creencia errónea que nos hace pensar que la realidad es una suma de objetos separados. Tal creencia es consecuencia de la propia naturaleza de la mente –separadora y objetivadora-, ya que pensar equivale a delimitar. De ahí que, al absolutizar la mente y creer que las cosas son como ella las ve, caemos en el dualismo. Pero la Realidad es solo una; no existe nada separado de nada. Tú y yo, por ejemplo, somos no-dos: no somos iguales, pero somos lo mismo. Y es una buena noticia que la misma ciencia nos lo haga ver.

-¿Qué signos,  evidencias, o líneas de investigación –por ejemplo, en la física cuántica o la neurociencia- encuentra usted en el tiempo actual que indiquen que el modelo dual de cognición se está agotando?

La ciencia habla ya de dos diferentes niveles de lo real: el aparente –el mundo de las formas, que nos entra a través de los sentidos neurobiológicos- y el cuántico, lo que le lleva a concluir que “las cosas no son lo que parecen” y a intuir un nivel todavía más profundo al que designa como “campo unificado de consciencia”, del que estarían brotando los otros dos. Es significativo que la nueva física, apenas se acerca al mundo de las partículas subatómicas, descubre que el “modelo mental” (dual) es insostenible: por una parte, el llamado “sentido común” salta por los aires; por otra, se ve obligada a adoptar una perspectiva no-dual.

-¿Qué ventajas tiene abrirse a una perspectiva no dual de conocimiento?

Si lo Realidad es no-dual, nunca llegaremos a ella a través del modelo mental (dual). Reconociendo el ámbito propio de este, es necesario trascenderlo para pasar del conocimiento por análisis y reflexión –propio de él-, al conocimiento por identidad o “conocimiento silencioso”, del que siempre han hablado sabios y místicos. Por decirlo brevemente: No conocemos quiénes somos pensando, sino únicamente siéndolo.

-¿Qué significa “conocer por identidad”, conocer algo porque lo somos?

La única forma posible de conocer todo aquello que no es objeto. De hecho, si te piensas –eso es conocer desde la mente- te verás como un “objeto”: ya te has tomado por lo que no eres, olvidando lo que eres. Además, ¿cómo la mente –que es una herramienta que tienes y, por tanto, una parte de ti- podría saber quién eres? Solo lo sabrás cuando lo seas: este es el conocimiento por identidad. En realidad, es el modo de conocer todo lo que no es objetivable. Aplicándolo a Dios, el místico cristiano del siglo XVII, Angelus Silesius, lo expresaba con estas palabras: “Qué sea Dios, lo ignoramos…; es lo que ni tú ni yo ni ninguna criatura ha sabido jamás antes de haberse convertido en lo que Él es”.  Y así se nos hace evidente la sabiduría contenida en aquella inscripción del templo de Delfos: “Hombre, conócete a ti mismo, y conocerás al Universo y a los dioses”. Dado que lo Real es no-dual, al conocer lo que eres, estás conociendo el Fondo de lo que es ya que, como bien dijera el Maestro Eckhart, “el fondo de Dios y mi fondo es el mismo Fondo”.

-¿Por qué hay que silenciar y acallar la mente? ¿Para qué hacerlo?

Es necesario acallar la mente si queremos ver con claridad. De lo contrario, la mente se interpone como un filtro que deforma aquello que la trasciende (porque, dada su propia naturaleza, lo reduce a mero objeto, aunque lo escriba con mayúscula). Aunque es importante subrayar que no se silencia la mente por el gusto de lo irracional, sino precisamente para poder ver más allá de ella. Una vez más, quizás sea necesario recordar que la mente es una herramienta muy valiosa, pero muy limitada. Y que, más allá del conocimiento que nos proporciona, existe otro al que solo tenemos acceso cuando aprendemos a silenciarla: aquieta la mente, saborea la realidad… y surgirá sabiduría.

-Usted realiza una continuada práctica meditativa. ¿En qué consiste básicamente? ¿Precisa entrenamiento? ¿Qué beneficios le produce?

La práctica meditativa es el entrenamiento –“gimnasia sagrada”, la llama el psicólogo José Mª Doria- para acallar la mente y no reducirnos a ella. Se experimenta que tenemos mente, pero no somos la mente, y nos va haciendo diestros en vivir en coherencia con esa nueva consciencia que se regala en el conocimiento transmental o silencioso.

-¿Meditar significa apartarse de la realidad o de lo social?

Meditar –lo dice uno de los sentidos de la misma palaba: med-itari, “ir al centro”- no solo no es apartarse de la realidad, sino llegar a su corazón. Esto no niega, sin embargo, que,  como en todo lo humano, también aquí puedan darse ambigüedades y engaños, como cuando se hace de la práctica meditativa una especie de refugio narcisista frente a una realidad que no se quiere afrontar. Pero ahí no hablaríamos de meditación, sino de “escapismo espiritual”. En su sentido más hondo, la meditación no es una práctica, sino un estado de consciencia, caracterizado por la percepción de la no-dualidad, que lleva a reconocer: “Yo soy todas las cosas”. Como es sabido, esta es una expresión de Jesús de Nazaret –está recogida en el logion 77 del Evangelio de Tomás– y es compartida por toda persona que ha vivido una experiencia de “despertar”.

-¿Cree usted que solo hay vida en el presente? ¿Qué quiere decir con eso?

El presente no es algo cronológico –eso sería solo un instante fugaz-, sino Aquello que contiene el tiempo. En este sentido, podría hablarse quizás mejor de Presencia, y sería una realidad equivalente a Consciencia y a Vida.

-¿Dónde podemos encontrar el sentido de la vida?

El “sentido de la vida” no es algo añadido, como tampoco es algo que nos faltara. En la vivencia no-dual queda radicalmente manifiesto que ya somos todo aquello que nuestra mente buscaba. Si me permites una alusión personal, podría decirte que pasé muchos años buscando, ansiosa y dolorosamente, el sentido de mi vida; cuando, finalmente, la Consciencia se hizo luz en mí, comprendí y vi con claridad que la vida estaba llena de sentido. Si ahora tuviera que formularlo conceptualmente para responder a tu pregunta, lo diría de esta forma: El sentido de la vida consiste en reconocerse uno con la vida y fluir con ella. Los poetas también saben verlo. Así se expresaba Rainer Maria Rilke, en una de sus Cartas a un joven  poeta: “Por lo demás, deje que la vida vaya sucediendo y traiga lo que tenga que traer. Créame, la vida siempre, siempre tiene razón”.

-Volvamos al principio. Usted plantea que la pregunta esencial es: ¿Quién soy yo? Pero ¿cómo se la responde a usted mismo?

Me surge espontánea la respuesta que en alguna ocasión dio Jesús: “Yo soy la Vida”. Y sé que esa es la respuesta adecuada para todo ser humano. No soy nada de aquello que pueda aparecer en el campo de la consciencia, sino la Consciencia misma (la Vida) en la que todo aparece. Y de ahí brota precisamente la única certeza a la que podemos tener acceso, en la que se asientan la seguridad y la confianza: la certeza de ser. La única certeza que se mantiene en pie cuando todas las ideas o creencias han caído. No necesitamos más.

Semana 24 de abril: LAS PALABRAS, LAS CREENCIAS Y LA VERDAD

Vemos como somosAl querer aproximarnos a la verdad –a la no dualidad- a través de la mente, me parece importante atender a un doble principio:

  • No podemos prescindir de los conceptos y las palabras (aunque el simple hecho de usarlas provoque su desgaste).
  • Su absolutización es engañosa y peligrosa, precisamente porque la palabra es siempre relativa. 

La trampa, por tanto, no reside en el uso de la mente, sino en la absolutización de los conceptos (creencias) y palabras. Me parece que la mente humana tiende a absolutizar lo que ella ve, porque eso le aporta seguridad. Pero el resultado es muy peligroso: las palabras terminan dividiéndonos, separándonos y confundiéndonos. Y eso vale, sobre todo, para las palabras más «sagradas» («Dios», «amor», felicidad»…): porque han sido las más usadas, o porque es en ellas donde proyectamos más lo que son nuestros puntos de vista, y porque al usarlas creemos estar en la verdad.

¿Hay algún antídoto frente a ese riesgo? Tal como yo lo veo, la clave radica en no absolutizar las palabras ni los conceptos (la palabra no es la realidad a la que se refiere, sino solo un «mapa» particular que apunta al «territorio» que está más allá de las palabras). Hasta percibir que la verdad no puede ser pensada ni nombrada, sino solo reconocida y vivida. Lo que nuestra mente tiene son solo creencias (opiniones); la verdad es «lo que es» (la verdad es una con la Realidad). 

Pongamos un ejemplo: “Dios” es un término fundamental entre los humanos. Pero cuando se confunde a Dios con la propia creencia, aparecen el fundamentalismo y el fanatismo, que han llegado hasta las guerras de religión o a la violencia terrorista. 

Por eso, como han dicho siempre los místicos, tiene que llegar un momento en que acallemos nuestras palabras y nuestras creencias para quedamos en aquel Silencio que es, en realidad, un estado de consciencia (o de presencia), en el que se nos regala «ver» lo que transciende toda palabra. 

Soy consciente de que todo lo que he dicho son palabras limitadas y relativas. Lo visto y lo vivido, aun siendo lo más real, es siempre inefable: no se puede nombrar ni decir. ¿Por qué seguir entonces hablando y escribiendo? Por si alguno de estos «mapas» hace clic en alguna persona y le sirve para ver más allá de lo que las palabras digan. 

Semana 24 de abril: ¿QUIÉN SOY YO?

Vivir

Buscarse en el abismo o en la lágrima.

Abrirse a descubrir lo que se ignora.

Conocer sabiendo que no somos lo conocido.

Conocer desconociéndose, desnombrándose.

¿Quién soy yo? … ¿quién quiere saberlo?

Al final, emerge un silencio sin respuesta

que ya estaba en el principio.

Viajamos lejos, largo es el sueño, y el retorno,

hondo el sentimiento.

Nos guían las sombras, pero lo hacen ciertamente.

Sombras de la luz, huellas lúcidas de ser.

No vemos, pero no dejamos de ver,

No entendemos, pero algo nos entiende.

No sabemos, y por eso somos conocimiento.

En la noche, fresca y clara,

una mirada ve por nuestros ojos.

Nos mira de una nueva forma,

descubre belleza en todos los rostros,

amor en la dificultad, sostén en la caída.  

¿Quién nos mira?…, ¿quién quiere saberlo?

Nada interroga nada aunque resuenen las preguntas.

Nunca existió la incertidumbre.

La vida se vive a sí misma, transcurre.

Solo es cierto que somos,

más allá de la búsqueda y en ella,

más allá del dolor y aún más en él.

Largo es el sueño,  y dura un instante,

en ese instante verdadero,

en ese conocerse del amor,

¿Quién crees que soy yo?

Alicia Martínez

Semana 17 de abril: EL PSEUDO-AMOR

Amor y miedoEn una parodia del Amor como la Realidad, el amor es a menudo representado en la cultura popular como más atormentado que la paz. Somos testigos, por ejemplo, del triste lamento del amor perdido, no correspondido, o del amor secreto en las canciones de «amor» populares y la música country. De hecho, la tasa de suicidios entre los devotos de la música country es más elevada que la del público en general. Muchos cantantes se han convertido en sufridores profesionales en un esfuerzo por hacer que su música suene más auténtica. Y la historia de amor en el cine es a menudo una agonía de éxtasis, inseguridad, culpabilidad, hasta que la historia termina en matrimonio –si no en el primer matrimonio, en el próximo… o el siguiente…

Las relaciones de amor personales han sido llamadas «relaciones especiales» porque solo ocurren entre determinadas personas en circunstancias especiales. Son condicionales y cambiantes, pero todas son una forma de esclavitud porque siempre están infectadas por luchas de poder y están siempre plagadas de culpabilidad.

Además, puesto que son relaciones de trueque, dependen de la satisfacción mutua de las expectativas y demandas. Cuando estas se cumplen, hay gratificación temporal, gratitud, y mejora de la autoestima, pero cuando son ignoradas o rechazadas, hay consternación, rechazo y culpabilidad.

Puesto que las relaciones de trueque pueden sobrevivir  mientras cada una de las partes tiene, y está dispuesto a dar, algo que el otro quiere, muchas relaciones de amor personales terminan en desilusión. Otros, después de largos períodos en parte de expectativas cumplidas y en parte de decepción, se acomodan con aceptación resignada. Y aún otros, después de haber sobrevivido a su primera especialidad, se acercan a la naturaleza incondicional del amor no-dual.

En el amor romántico, la tan buscada «alma gemela» es una ilusión, siendo la proyección de los deseos y necesidades de una persona en otra, que parece ser la mitad que falta de una dualidad («atracción de opuestos»).

Irónicamente, cuando el alma gemela finalmente es encontrada y poseída, el ego se siente aún más necesitado e incompleto. (Aquí, vamos a hablar como si existiera el ego, aun a sabiendas de que no existe.)

Se teme la pérdida de ambas, la del otro y la de uno mismo. La culpabilidad y la ansiedad se consideran como una parte necesaria de este «amor», por su intensidad («el amor duele»), y como instrumento para manipular al otro («si realmente me amas, deberías… »). A fin de no perder al otro, el ego puede llegar a ser neuróticamente dependiente («No puedo vivir sin ti») o estar arrepentido («por favor perdóname»), o hacerse promesas («nunca volveré a hacerlo»). Y pueden tratar de recuperar su perdida autoestima provocando celos («si no me quieres, encontraré a alguien que me quiera») o menospreciando al otro («sin mí tu serías nada»).

El amor como práctica es necesariamente dualista a causa de la supuesta separación entre el amante y el amado. El propósito de esta práctica es, en última instancia, ver lo que es el amor no-dualista. El amor como práctica se presenta como la mitad del dualismo amor/odio, por lo que el practicante se siente a menudo fracasado, frustrado, culpable y temeroso hasta que se ve que el Amor no-dualista no es algo que puedas hacer. El Amor solo es.

Nisargadatta afirmaba: «No pretenda que ama a los demás como a usted mismo. A menos de que se haya dado cuenta de que son uno con usted mismo, no puede amarlos. No pretenda ser lo que usted no es, no rechace ser lo que usted es. Su amor a los demás es el resultado del conocimiento de sí mismo, no su causa. Sin la realización del Ser, ninguna virtud es genuina. Cuando sepa más allá de toda duda que la misma vida corre por todo lo que es y que usted es esa vida, amará todo natural y espontáneamente. Cuando usted se da cuenta de la profundidad y plenitud de su amor de usted mismo, sabe que todos los seres vivos y el universo entero están incluidos en su afección. Pero cuando usted mira a algo como separado de usted, no puede amarlo pues tiene miedo de ello. La alienación causa miedo y el miedo depende de la alienación. Es un círculo vicioso. Solo la realización del Ser puede romperlo».

Stanley SOBOTTKA, Un curso de consciencia, en:

         http://www.advaitainfo.com/curso/index.html, p.210.