Semana 23 de octubre: ESPIRITUALIDAD: RESPONDER A LA PRIMERA PREGUNTA

helechoA VUELTAS CON LA (“NUEVA”) ESPIRITUALIDAD
O ¿CÓMO LLEGAR A LA VERDAD?

4. Espiritualidad es comprender la respuesta a la pregunta «¿Quién soy yo?»

La genuina espiritualidad –tanto “antigua” como “nueva”- no busca sino responder a la pregunta decisiva, aquella de la que penden todas las demás: ¿quién soy yo? A sabiendas de que, como proclamaba el Oráculo de Delfos, quien conoce su verdadera identidad, conoce todo lo que es: “Hombre, conócete a ti mismo, y conocerás al Universo y a los dioses”.

Ahora bien, esa respuesta no la puede proporcionar la mente. Más aún, la mente es incapaz de otorgarnos certeza alguna. Todo lo que viene de ella es solo una opinión, un punto de vista o una perspectiva; nunca la verdad.

Ello es así porque la mente, por más razonamientos eruditos que haga, nunca nos podrá llevar más allá de ella misma. Al ser situada, no puede ver la realidad, sino únicamente una perspectiva; y, debido a su naturaleza objetivadora –pensar equivale a delimitar y, por tanto, a objetivar-, no puede identificar otra cosa que objetos o, peor todavía, intentar objetivar lo que es inobjetivable. En resumen: la mente nos ayuda a mantener una actitud crítica que es irrenunciable, para evitar caer en la credulidad y la irracionalidad; nos sirve incluso para desenmascarar y denunciar falsas y pretendidas “verdades”, pero es incapaz de conducirnos a ver la verdad de lo que somos.

La honestidad y el rigor intelectual imponen llevar el “espíritu crítico”, del que hacen gala quienes hipervaloran la razón, hasta el final, es decir, hasta cuestionar los mismos presupuestos (pre-juicios) en los que la propia mente se asienta.

Por lo que se refiere a re-encontrar nuestra verdadera identidad, basta no poner pensamientos y conectar con Eso que se da cuenta –la consciencia que podemos detectar en nosotros mismos, aunque haya estado “sepultada” bajo la incesante actividad mental- para que se vaya abriendo paso la comprensión de lo que realmente somos. Ese es el “conocimiento silencioso” del que han hablado los sabios, porque no es pensando, sino atendiendo, como seremos conducidos a “casa”. La verdad no se halla al alcance de la mente; se revela a sí misma cuando no sobreimponemos pensamientos a lo que es.

Todo lo anteriormente expuesto no es sino un ofrecimiento o una propuesta, que se asienta en la certeza de que el cuidado de la genuina espiritualidad –que poco o nada tiene que ver con las creencias religiosas, y que no distingue entre una “antigua” y otra “nueva”- constituye lo más nuclear de nuestra existencia. Porque solo ese cuidado hace posible otro modo de ver que, trascendiendo la razón, nos muestra nuestro verdadero rostro. Si la fuente de todos nuestros males no es otra que la ignorancia acerca de nuestra verdadera identidad, la salida de ellos –de la ignorancia- solo será posible gracias a la comprensión que nos otorga el “conocimiento silencioso” o la atención desnuda.

No hay aquí nada dogmático. Solo la invitación libre para quien sienta el “impulso” que lo lleve a experimentarlo por sí mismo.

Semana 23 de octubre: LIBERA TU ACCIÓN

abundanciaLIBERA TU ACCIÓN DE TODA NECESIDAD DE RECONOCIMIENTO O ADMIRACIÓN Y DE LA PRETENSIÓN DE AYUDAR A LOS DEMÁS

Los dones y talentos se gozan en sí y por sí por el simple hecho de ponerlos en acción y compartirlos, sin esperar, ni desear, ni perseguir nada. En cuanto algunas de estas querencias aparecen en escena, el gozo íntimo se diluye y es sustituido por la convulsiva y fatigosa ansia del ego para lograr su satisfacción. Por lo mismo, en el genuino ejercitar de los dones y talentos no hay vanidad, pues no se busca darse importancia, ni sentirse necesario, ni alcanzar algo ajeno a uno mismo… Al practicar y compartir los dones:

  • No se anhela levantar en los demás reconocimiento ni valoración positiva alguna, que es lo que espera la parte del ego que se halla en constante actitud defensiva.
  • No se aspira a la obtención de admiración, que es lo que le gusta a esa otra parte del ego más narcisista y a la ofensiva, ambicionando siempre seducir a los demás para reafirmarse.
  • Y no se pretende “ayudar” a nadie, pues los dones y talentos beben de la “innecesariedad de hacer”, lo que permite percatarse de la enorme vanidad que supone querer incidir o interferir en el proceso consciencial y evolutivo de los demás… Se ejerce el don, se comparte, se goza íntimamente con ello y punto. Ya se encargará la vida de que repercuta en los otros de la forma que sea. Tú no te pre-ocupes, no persigas nada y confía en la Vida. Y entonces podrás comprobar que el “hacer no haciendo” que representa la puesta en práctica de tu don genera en los demás un “ayudar no ayudando”, algo que no depende de ti, aunque al ego le encantaría, sino de la vida y su fluir natural.

De hecho, cada cual reaccionará ante tus dones y talentos en consonancia con su propio estado de consciencia y momento evolutivo. Y tú los ejercitarás con independencia de esas reacciones, sean del tipo que sean. Sin codiciar ni admiración, ni reconocimiento. Y sin aspirar a “ayudar” a los otros, pues eso introduciría a los dones en la esfera egocéntrica de la búsqueda de resultados y la interferencia en el proceso consciencial de los demás porque tú, tu ego, crea que es “bueno” o “mejor” para ellos. Sencillamente, con entusiasmo y gozo íntimo, pero sin pretensión ni expectativa alguna, pon la luz que eres sobre el candelero…

Emilio Carrillo.

Semana 16 de octubre: PARADOJA Y NO-DUALIDAD

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O ¿CÓMO LLEGAR A LA VERDAD?

3. La paradoja se resuelve (se transciende) en la no-dualidad

Voy a referirme a la paradoja que somos, recurriendo a la técnica terapéutica de la “rueda de la consciencia”, ideada por el psiquiatra Daniel Siegel: utilizando la imagen de una rueda de bicicleta distingue entre el eje –siempre estable- y la llanta que gira. Es obvio que si queremos que la rueda funcione adecuadamente, es preciso cuidar la llanta. Sin embargo, no lo es menos que, mientras esta se mueve constantemente, aquel permanece centrado. A partir de esa imagen –que él mismo utiliza como herramienta puramente terapéutica-, podemos entender el eje como la consciencia, que sostiene y constituye todo lo real, y la llanta como todas aquellas dimensiones en que se desarrolla nuestra existencia: el cuerpo, los pensamientos, los sentimientos, las relaciones…

         Parece innegable que el olvido del “eje” conduce al sinsentido completo. Pero no lo es menos que el olvido de la “llanta” promueve un descuido de dimensiones fundamentales como son la psicológica, la relacional, la social, la política… Olvido que potencia una pseudo-espiritualidad que con frecuencia desemboca en narcisismo autocomplaciente.

       La genuina espiritualidad, aun siendo bien consciente de la diferencia entre lo “permanente” –realmente real- y lo “transitorio” –que pertenece al mundo de las “apariencias” o de las “formas”-, no niega ni descuida ninguna dimensión. Por decirlo con las expresiones utilizadas en el capítulo anterior, incluye ambos caminos: el de la exclusión y el de la inclusión. Del mismo modo, reconoce la polaridad de todo lo manifiesto: no existe realidad manifiesta que no tenga su polo opuesto. Pero sabe que “polaridad” no es sinónimo de “dualidad”, del mismo modo que “diferencia” no significa “separación”. La no-dualidad es la comprensión de que los dos polos son abrazados profunda y secretamente en una Unidad mayor: en este sentido, la espiritualidad afirma que la Realidad es no-dual; afirmación que es también sostenida por todo lo que está averiguando la misma ciencia moderna. Pero –de nuevo; no habría necesidad de insistir en ello- tal afirmación no quiere ser dogmática, sino evidente para quien lo ha visto y propositiva para quien se sienta cuestionado por ella.

Es solo una expresión que –con mayor o menor acierto- quiere compartir lo que se ha visto o vivido; por eso, nunca se propone como “objeto de fe” –al contrario, se anima a no creer en ella hasta que no se la haya experimentado-, sino únicamente como “instrucción” para que quien desee pueda experimentar por sí mismo la verdad o no de la misma.      

         Soy bien consciente de que todo lo humano es ambiguo y, por tanto, nunca se halla exento de riesgos, tanto más peligrosos cuanto más negados o inadvertidos. Tales riesgos suelen multiplicarse en todo aquello que se pone de “moda”. La idealización que nuestra mente (o ego) tiende a hacer de cualquier cosa que aparece con una aureola de prestigio induce fácilmente a engaños peligrosos. En concreto, por ceñirnos a nuestro ámbito sociocultural, en el campo de la espiritualidad –aunque no solo en él-, no es extraño que cundan sucedáneos egoicos, que se manifiestan como vaguedades sin contenido, tópicos repetidos, charlatanería y credulidad. Pero, en ningún campo, la existencia de sucedáneos engañosos invalida la vedad y el valor de lo genuino.

Semana 16 de octubre: SINFONÍA DE LA VIDA INAGOTABLE

lavandaDigo yo, digo mí
y aumenta el aislamiento, crece la separación, el miedo.

Abandono  esa naturaleza muerta
y vuelve a sonar la sinfonía de la vida inagotable.

Tantas interpretaciones
como instrumentos que anhelan interpretarla.

Afinar amorosamente la nota
que soy en el pentagrama divino
para armonizar el total de esa sinfonía.

Mi naturaleza humana es solo una caja de resonancia de la totalidad.

Begoña ABAD

Semana 9 de octubre: NUESTRA NATURALEZA ES PARADÓJICA

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O ¿CÓMO LLEGAR A LA VERDAD?

2. Nuestra naturaleza es paradójica: el «doble nivel» de lo Real

Me centro en el punto mencionado, que Carlos Barberá nombra como olvido de la “dialéctica”. Personalmente, me parece más acertado –en lugar de un término como ese que puede fácilmente prestarse a equívocos- hablar de paradoja. En ese sentido, estoy totalmente de acuerdo con él: la realidad manifiesta –y el ser humano en ella- es de naturaleza inexorablemente paradójica, por lo que no se le hace justicia cuando se olvida cualquiera de las dos caras que la (lo) constituyen: el nivel profundo –lo que somos- y el nivel aparente (o relativo) –lo que tenemos-.

        De ahí que se haga necesario hablar de un “principio de exclusión” (“no soy mi cuerpo, no soy mis pensamientos, no soy mis sentimientos…”), pero acompañado del otro “principio de inclusión” (“soy también mi cuerpo, soy también mis pensamientos, soy también mis sentimientos…”). El texto que cita Carlos Barberá se refiere al primero de esos “principios”, pero eso no significa negación ni olvido del otro.

        ¿Por qué la insistencia precisamente en la afirmación “exclusiva”? En primer lugar, por un motivo pedagógico: es tal la identificación con nuestro cuerpo, nuestros pensamientos y nuestros sentimientos, que se hace urgente afirmar con rotundidad que, realmente, no somos nada de eso. Olvidarlo supone seguir viviendo sumergidos en un reduccionismo que es fuente inevitable de confusión y de sufrimiento. Y, en segundo lugar, porque, si bien es cierto que somos también cuerpo y mente, ese “somos” no tiene el mismo valor o radicalidad que aquel que se refiere a nuestra verdadera identidad. De un modo que, desde mi perspectiva, es el menos inadecuado, podría formularse así: “soy consciencia que tiene (se expresa, se experimenta en) esta forma (o persona)”.

Semana 9 de octubre: EL OTOÑO, UNA ESTACIÓN DEL ALMA

OtoñoEn las horas de Otoño, como que todo recobra la calma, el centro de este cosmos.

La Creación tiene un adentro, un seno en el que se alojan las mil semillas que son promesas de vida.

Todo cae al caer las hojas, mientras regresa el árbol a su seno, a su raíz. Y el hombre a su ser, a su latir secreto. Mientras hay como un derrumbe, como un desmoronamiento fuera, una luz una hoguera se enciende en el adentro.

En esta hora del Otoño, la Creación entra en un sueño y pasa horas y horas en la sombra, en la penumbra, en la oscuridad, acurrucada en el secreto abrazo de la Madre Tierra. La vida queda enterrada, sin mortaja que la disimule, y revivirá al calor de la Primavera.

La palabra es como algo fijo, como un cadáver en el diccionario y revivirá al calor del silencio.

La vida es como un silencio otoñal, todo el árbol se vuelve otoño, se vuelve silencio. Es la Tierra habitada por el silencio que alumbrará una palabra, una Primavera.

El Otoño evidencia de la muerte y evidencia de la vida. El silencio evidencia del corazón, evidencia del amor.

En el Otoño como que se apaga la vida. Pero lo que sucede es que la vida se reúne y se congrega en el seno del silencio para después renacer.

Vive la tierra el retiro de un embarazo, del silencio y de la fecundidad. En este tiempo la tierra se deja arar por la reja y se vuelve receptiva y acogedora. Es el Otoño una estación preñada de energía y de vida.

La vida es presa de su adentro, de su interioridad, de su seno.

El Otoño no es preferentemente un asunto de climatología. El Otoño es sementera, es paciencia con cierta impaciencia. Es despojo, desapego, transparencia, se caen las hojas y el bosque se vuelve transparente. Cuando se caen las palabras, cuando se detienen los deseos, cuando cesan las expectativas, el alma se vuelve transparente de la trascendencia que le habita.

El Otoño todo es adentro. La Primavera todo es afuera.

El silencio, una estación recatada, austera. La Primavera es una exhibición espectacular, es un inmenso grito de la Naturaleza.

Primero aprende a ser Otoño. Después serás Primavera.               

José Fernández MORATIEL.