Semana 4 de diciembre: ANTE EL DOLOR DEL MUNDO

refugiadosEl dolor del mundo, en todas sus variadas formas, y de un modo particular la injusticia contra los inocentes, nos descoloca. ¿Qué sentido tiene tanto sufrimiento? ¿Qué podemos hacer frente a ello?

         Lo que deseo compartir en estas líneas no es tanto lo que tengamos que hacer frente a él –cada cual verá a qué se siente llamado-, sino el que me parece ser el modo adecuado de acoger y vivir esa realidad innegable.

         Para empezar es bueno hacerse consciente de aquello que la presencia del dolor despierta o provoca en mí. Hacerlo consciente implica también aceptar y acoger todos esos sentimientos: son involuntarios y tienen una razón de ser. Solo después de esa aceptación primera podré abrirme a cuestionarme acerca de los mismos: ¿los siento ajustados o coherentes con la realidad? Y ahí puedo disponerme a escuchar la respuesta que –inmediata o no- pueda aparecer.

         Si entre ellos aparece dolor, es probable que ese sentimiento tenga una tarea importante que cumplir en mí. Acogido tal como lo sienta, sin añadir ninguna historia mental a su alrededor, el dolor puede ir haciendo espacio en mi interior, generando un hueco cada vez mayor que, desalojando al ego, será ocupado por la compasión. Entonces será posible que sea la compasión quien reoriente mis actitudes y mi comportamiento.

         Con todo, dadas las inercias mentales, me parece importante proponer alguna cautela.

         La primera de ellas consiste en mantener la lucidez para no convertir el dolor en sufrimiento. Cuando eso ocurre, ya no es el dolor del mundo el que me duele, sino lo que –consciente o inconscientemente- he proyectado sobre él. Incluso con la mejor intención, puedo pensar que sufro intensamente por los otros, cuando en realidad tal sufrimiento lo está creando mi mente, a partir de material inconsciente no resuelto.

         Eso ocurre cuando me niego a aceptar la realidad sencillamente porque no “casa” con mis esquemas o porque me frustra el modo como se presenta. Puede acontecer también cuando el dolor que percibo en el mundo toca algo herido o no elaborado en mi interior. Es mi propio problema activado lo que puede introducirme en una espiral de sufrimiento, que incluso soy capaz de enmascarar creyendo que está causado por el dolor ajeno. El sufrimiento siempre es por uno mismo…, y siempre es producido por la ignorancia básica acerca de quienes somos.

         Frente a una trampa, tan frecuente como peligrosa, es urgente reconocer que todo sufrimiento –frente al “hecho bruto” del dolor, este va acompañado de resistencia y de cavilación mental- es provocado por la mente no observada; nace como consecuencia de las interpretaciones o etiquetas mentales que sobreimponemos a la realidad.

         Si acallamos la mente, notaremos que el sufrimiento también se silencia. Y afrontaremos el dolor, propio y ajeno, de modo diferente. Tal vez nos venga bien recordarnos que –en contra de cierta tendencia “sensiblera”- nuestro sufrimiento no beneficia a nadie ni alivia a quien padece cualquier tipo dolor.

         Frente a la realidad del dolor del mundo, acogido nuestro genuino sentimiento de compasión y de solidaridad para vivirnos desde él, me parece importante señalar otra cautela. Es la que se refiere a la tentación de omnipotencia, tan del gusto del ego. Tentación que, en ocasiones, suele ir acompañada de sentimientos de culpabilidad o auto-reproche, como consecuencia de aquel mensaje mental que nos advierte que no hemos hecho todo lo que “deberíamos hacer”.

         Desactivado el sufrimiento estéril y desenmascarada cualquier culpabilidad arraigada, recuperamos la lucidez para situarnos conscientemente ante la realidad. Y sabedores también de que el dolor del mundo es “reflejo” de nuestros “desajustes” internos, nos comprometeremos en nuestra propia transformación. Solo de un interior pacificado nacerá un mundo en paz; de un  interior “ajustado” surgirá un mundo regido por la justicia.

Semana 4 de diciembre: EL HURACÁN Y LA PAZ

huracan-hermine-2016La imagen cedida por el Observatorio de la Tierra, de la NASA, del 1 de septiembre de 2016, recoge desde un satélite al huracán Hermine aproximándose a la costa occidental de Florida (EE.UU.).

         Vivimos tiempos de huracanes y turbulencias: políticos, sociales, personales. En medio de esas circunstancias es fácil participar de una sensación difusa de angustia, a la que se une la invasión de una chismosa mente que nos torpedea. ¿Puedo así ser feliz o al menos estar en paz?

         El día en que ves claro que tú no eres el personajillo que se debate en los quehaceres cotidianos de bien y mal, amor y desamor, alegría y tristeza, noticias malas y buenas, sino que eres el Yo real que reside en tu interior, la vida se realiza y sobreviene la paz.

         Pero eso no significa que cese el sufrimiento.

         Mientras vivamos en la relatividad del espacio y el tiempo, vendrán historias luctuosas, días buenos y malos, el sube y baja de la limitación.

         La diferencia es que podrás mirar el dolor como desde un palco.

         En la superficie el mar o la atmósfera estarán calmos o turbulentos, con olas suaves o encrespadas. Pero en el fondo el mar quedará siempre imperturbable, quieto, eterno, pleno; y allá arriba sigue el inmenso cielo estrellado. Las olas y el viento pueden zarandearte. Tú limítate a salir fuera de todo eso sin juzgar, permanece atento.

         Algunos místicos enseñaron que hay que despreciar el afuera, ese vaivén de las olas, el flujo y reflujo de la marea, la temporalidad.

         Pero las olas también son parte del mar. Es bella la quietud del mar ensangrentado del crepúsculo. Y también es bella, aunque dura, la tempestad y la galerna. Si conoces el juego y la variedad de colores, disfrutarás “a tope” de ambas.

         La clave es verlas desde el fondo, implicándote lo justo, como quien contempla la catástrofe del Titanic desde la butaca del cine. Se asusta, pero no del todo, pues sabe que no es más que un film. Estás y no estás. Mientras exista este universo existirá la turbulencia, que también es bella y tiene sentido si se mira desde el silencio del fondo, desde su función en el universo. Tendrás que luchar para cambiar lo cambiable, claro. Pero al final no puedes parar el huracán. Eso sí, puedes espiritualmente hacer surfing sobre él, o bucear más abajo, conectándote con la presencia que habita dentro, con su silencio, el mar y firmamento de energía sin apellido que lo origina y al que perteneces.

Pedro Miguel LAMET, El huracán y la paz, en Revista21, octubre 2016, p.53.

Semana 27 de noviembre: MEDITAR Y DESPERTAR

barca-en-lagoLa esencia del despertar consiste en ser conscientes, permanecer atentos –nuestro mayor problema es la inatención- y contemplar clara y directamente la verdad de nuestra experiencia, instante tras instante.

La contemplación de la verdad –la realidad tal como es- transforma. Deja que la lluvia del silencio caiga sobre la mente…, que limpie, que drene… Ver “lo que hay”, nos libera de ello. Lo visto se libera, lo no visto se repite. Soy esclavo de todo lo que no he visto interiormente y la libertad empieza cuando me doy cuenta, cuando soy consciente de lo que soy.

Contemplar  (meditar) es aprender a mirar sin pensar, sin interpretar, sin valorar; es permanecer serenamente atento a lo que sucede, exterior e interiormente. No evites lo que está, no traigas lo que no está, mantente presente. No se trata de reprimir, sino de ver, sin apego ni rechazo, sin darle fuerza.

El poder del amor es el poder del desapego. El apego deriva del miedo y enmascara el amor. Es necesario soltar todo para asumirlo sin aferramiento, sin miedo. El amor es la ley universal que soluciona todos los “problemas”. Se te dará en cada momento lo que necesites. Todo lo que te llegue será lo adecuado. La consciencia nos lleva adonde tenemos que ir. Sigue tu propia dirección, es única.

No es que las cosas no te vayan a afectar. Pero podrás reconocerte como un “recipiente” amplio, capaz de acoger todo lo que aparece, del mismo modo que el océano acoge todas las olas que surgen en él, o que el firmamento acoge todas las nubes que lo surcan.

La realidad no es como la pensamos, la concebimos o la representamos. Lo que llamamos “nuestro mundo” no es algo que esté “ahí fuera”, independiente de nosotros; eso es solo una modelación de lo real hecha a nuestra medida, de acuerdo con nuestras necesidades y deseos, y en función de nuestra capacidad cerebral, nuestros sensores y nuestra acción.

Tal como nos hace comprender la física cuántica, “yo” no soy yo, sino únicamente un cruce de caminos entre informaciones del universo, una red de vibraciones cuánticas; mi presunta identidad individual o mi separación del resto de la humanidad (o del universo) es tan solo una falacia de mi mente. “Somos –escribe el físico Carlo Rovelli- una red de interrelaciones… La sustancia primera de nuestros pensamientos es una riquísima información recogida, intercambiada, acumulada y continuamente elaborada”[i].

Nuestras personas no son “reales”, sino un simple momento de “Eso”, lo único que realmente es. Detrás de las apariencias que crea nuestra mente, lo que hay es Eso –la realidad de la realidad- que se halla más allá de todas nuestras modulaciones… y que, al mismo tiempo, constituye nuestra verdadera identidad.

Eso está más allá de la mente y de sus construcciones. Podemos intuirlo, vislumbrarlo o incluso captarlo –porque lo somos-, pero para nuestra mente será siempre como un inmenso abismo inacotable. Nuestras personas son meras “formas” que adopta aquella inmensidad irrepresentable.

Para crecer en comprensión, necesitamos tomar distancia de nuestras propias construcciones mentales y, acallada la mente, acceder al “conocimiento silencioso” que nos introduce en lo realmente real, en esa “inmensidad abismal” que los místicos han nombrado como “Nada” -porque ahí nuestra mente y nuestro corazón no tienen dónde agarrarse- y que, para sorpresa de la mente, constituye nuestra verdadera identidad[ii].

Ahí acaban las preguntas –toda pregunta denota ignorancia, porque cualquier inquietud o interés se refiere, por necesidad, al reino de lo aparente y, por tanto, irreal e inexistente- para emerger un Silencio en el que todo se diluye en la Nada; en el aquí y ahora, que es siempre el eterno presente (el tiempo es una ficción más del mundo de la apariencia).

No quedan preguntas porque tampoco hay ya necesidad alguna de ver o de no ver, es decir, de ser o de no ser. Simplemente, todo es. Porque, en contra de la percepción de la mente, todo –el árbol, la piedra, la mesa…, la persona- es consciencia. Por lo que no vemos nunca otra cosa que no sea consciencia, en las infinitas formas que adopta. Consciencia plenamente consciente de sí, puesto que ya no se confunde con sus manifestaciones.

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[i] C. ROVELLI, Sette brevi lezioni di física, Adelphi, Milano 2014, p.76.
[ii] M. CORBÍ, El conocimiento silencioso. Las raíces de la cualidad humana (Una selección de textos a cargo de Teresa Guardans), Barcelona, Fragmenta 2016.

Semana 27 de noviembre: LA CIENCIA ANTE LA MUERTE

rio-de-lavaUn científico norteamericano afirma que no existe la muerte

 «La idea de morir es algo que siempre se nos ha enseñado a aceptar, pero en realidad solo existe en nuestras mentes», argumenta Robert Lanza.

El investigador norteamericano Robert Lanza afirma que tiene pruebas definitivas para confirmar que la vida después de la muerte existe y que de hecho la muerte, por sí misma, no existe de la manera en la que la percibimos.

Lanza argumenta que la respuesta a la pregunta «¿Qué hay más allá de la muerte?», cuestión sobre la cual los filósofos llevan siglos reflexionando, radica en la física cuántica, y en concreto en la nueva teoría del biocentrismo. Según este investigador norteamericano, de la Escuela de Medicina de la Universidad Wake Forest, de Carolina del Norte, la solución a esa cuestión eterna consiste en la idea de que el concepto de la muerte es un mero producto de nuestra conciencia, según relata la edición digital de The Independent.

Lanza afirma que el biocentrismo explica que el universo solo existe debido a la conciencia de un individuo sobre el mismo. Lo mismo sucede con los conceptos de espacio y tiempo, que este científico explica como «meros instrumentos de la mente».

En un mensaje publicado en su sitio web, Lanza argumenta que con esta teoría el concepto de la muerte como la conocemos «no existe en ningún sentido real», ya que no hay verdaderos límites según los cuales se pueda definir. 

«Esencialmente, la idea de morir es algo que siempre se nos ha enseñado a aceptar, pero en realidad solo existe en nuestras mentes», opina Lanza. Asimismo, evidentemente, creemos en la muerte porque nos asociamos con nuestro cuerpo y sabemos que los cuerpos físicos mueren. 

Lanza señala que el biocentrismo es similar a la idea de universos paralelos, la hipótesis formulada por físicos teóricos según la cual hay un número infinito de universos y todo lo que podría suceder ocurre en alguno de ellos. 

En términos de cómo afecta ese concepto a la vida después de la muerte, el investigador explica que, cuando morimos, nuestra vida se convierte en una «flor perenne que vuelve a florecer en el multiverso» y agrega que «la vida es una aventura que trasciende nuestra forma lineal ordinaria de pensar; cuando morimos, no lo hacemos según una matriz aleatoria, sino según la matriz ineludible de la vida».

La Vanguardia 15.04.2014.

http://www.lavanguardia.com/ciencia/20140415/54405837673/cientifico-norteamericano-afirma-no-existe-muerte.html

Semana 20 de noviembre: VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE

valle-profundo “Un físico encuentra información sobre el «alma» en las células humanas”.

El equipo del físico británico Roger Penrose ha encontrado pruebas de que los microtúbulos de las proteínas contienen información cuántica sobre el ser humano, que algunos denominan “alma” y podría perdurar tras la muerte del cuerpo, informa “The Daily Express”.

Penrose explica que una prueba de esta teoría es que, cuando alguien muere, esos conductos liberan su información subatómica al universo pero, si el proceso es temporal y logra regresar a la vida, regresa a cuerpo: esa sería la vivencia de las personas que tienen experiencias cercanas a la muerte.

“Si el paciente no sobrevive al trance y fallece es posible que la información cuántica pueda existir fuera del cuerpo, como ‘alma’, tal vez de manera indefinida”, añade Roger Penrose.

Los investigadores del Instituto Max Planck de Física (Múnich, Alemania) están de acuerdo y establecen que el universo físico en que vivimos se basa en nuestra percepción pero, una vez que nuestra parte física muere, existe un infinito más allá.

Quien fuera máximo responsable de esa institución, Hans-Peter Durr, subraya que “lo que consideramos como ‘aquí y ahora’, este mundo, solo es la parte material de lo que nos resulta comprensible”, mientras que “el más allá es una realidad infinita mucho mayor”.

En este sentido, Durr detalla que “nuestras vidas ya están rodeadas” de ese otro mundo en el que, “cuando el cuerpo muere, el campo espiritual cuántico permanece”, un fenómeno que se podría considerar “inmortalidad”.

RT News, 15 noviembre 2016.

https://actualidad.rt.com/viral/223588-vida-despues-muerte-conciencia-humana

Semana 13 de noviembre: ¿UN DIOS PERSONAL?

montsenyA VUELTAS CON LA (“NUEVA”) ESPIRITUALIDAD
O ¿CÓMO LLEGAR A LA VERDAD?

…y 7. ¿Un Dios personal?

Me parece claro que el modo como vemos a “Dios” es inexorablemente deudor de la idea que tenemos acerca de nosotros mismos. Mientras la persona religiosa se identifique a sí misma con el “yo” separado (personal), no podrá sino percibir a “Dios” como un Ente separado, e igualmente “personal”.

Esa comprensión es verdadera, pero únicamente en el nivel en el que aparece, es decir, el mental. Ahora bien, cuando caes en la cuenta de que ese nivel es solo aparente, percibes que tanto la identidad “personal” como la idea de un “Dios personal” no son reales, sino solo verdaderas en aquel nivel.

Esto significa –tal como lo veo- que el centro de la discusión no se halla en el plano teológico (o religioso), sino en otro mucho más profundo que tiene que ver con el propio modo de conocer.

Comprendo que una persona creyente, que asume como real el nivel mental, centre su fe en un Dios personal. Pero, ¿qué ocurre cuando te haces consciente de que ese mismo nivel es solo una creación de la mente? La nueva consciencia relativiza radicalmente las percepciones mentales. En concreto, en el campo teológico o religioso, vienes a descubrir que todo lo referido a aquel Dios en quien se creía no era sino un conjunto de proyecciones. Conceptos nucleares en teología como los de “Amor”, “Bondad”, “Justicia”…, aplicados a Dios, no eran sino proyección mental a partir de nuestra propia situación. El resultado no podía ser otro que la creación de un ídolo a nuestra medida, “personal” –a partir de nuestra propia creencia que nos identificaba como un “yo personal”- y “justo”, según nuestro propio y reductor sentido de la justicia. Etcétera…

Por eso, en el mismo instante en que dejas de verte como “persona” separada, cae el carácter “personal” que habíamos atribuido a Dios. Es decir, lo liberamos de la etiqueta que habíamos colocado sobre Él. Y accedemos a una experiencia inmediata en la no-separación. En síntesis: el “dios personal” no era sino una proyección realizada desde la percepción que el ser humano tenía de sí mismo.

Esta nueva consciencia permite percibir algo que pasaba desapercibido mientras nos hallábamos identificados con la mente y que ahora aparece como evidente. José Luis San Miguel lo formula de este modo: “Un ente personal no podría ser lo primario desde el momento que toda personalidad implica complejidad y particularidad”. Y, en nota a pie de página, añade: “Hay que hacer notar que el carácter problemático de que lo Absoluto primordial sea de naturaleza personal viene, de entrada, de que toda persona-lidad, en tanto que realidad psíquica estructurada, es necesariamente un producto evolutivo complejo que precisa, como tal, de algún sustrato estructurable. El equívoco viene de olvidar que toda persona, hasta la más elevada concebible, es “máscara”, un instrumento que la Consciencia utiliza para “entizarse” en una forma al devenir plural” (J.L. SAN MIGUEL DE PABLOS, La rebelión de la consciencia, Barcelona, Kairós, 2014, p. 107).

De un modo similar a como la salida del estado de sueño nos introduce en un mundo –el de la vigilia- previamente inimaginable desde aquel, el paso del nivel mental al nivel transpersonal –de la mano de la vivencia de la no dualidad- modifica por completo nuestra percepción en todos los ámbitos. Por eso decía que, al hablar del “carácter personal” de Dios, no nos hallamos ante un problema teológico sino de “modo de conocer” o de nivel de consciencia en que nos hallamos.

Con ello queda patente, una vez más, que la cuestión radicalmente nuclear no es la que se refiere a “Dios” –la respuesta a la misma sería una construcción mental-, sino aquella otra acerca de ¿quién soy yo? Esta es la pregunta clave –la pregunta espiritual-, de cuya respuesta pende todo lo demás. De ahí que carezca de sentido discutir sobre la cuestión de Dios, si se hace desde niveles de consciencia diferentes acerca de quiénes somos.