Semana 19 de febrero: NO TENGO HIPOTECA

Begoña ABAD, Diez años de sol y edad (Antologia 2006-2016), Pregunta, Zaragoza 2016, p. 37.

 

No tengo hipoteca, no tengo dueño.

No tengo coche, no me conducen.

No tengo título, no me admiran.

No tengo bienes, nadie me envidia.

No tengo grupo, nadie me retiene.

No tengo deseos, nada me ata.

No tengo sexo, nadie me entiende.

No tengo futuro, soy dueña del hoy.

No tengo resentimiento, nadie me inquieta.

No tengo deudas, nadie me persigue.

No tengo dioses, nadie me condena.

Soy demasiado mayor para estas cosas,

                                 por eso soy obscenamente feliz.

Semana 12 de febrero: ESPIRITUALIDAD Y NARCISISMO (y II)

Decía un filósofo recientemente que todo aquello que nazca del ego, aun con la mejor intención, no conseguirá sino incrementar la locura del mundo. Porque el ego (yo) imprime necesariamente su propio sello, hecho de deseos y miedos, que antes o después harán acto de presencia. Se trate de un “yo cómodo” o de un “yo comprometido”, ninguno de ellos transformará la realidad; ambos son narcisistas –yo es sinónimo de narcisismo- y no podrán llevarnos más allá de su propia irrealidad.

         Por tanto, todo aquello que no nos ayude a desidentificarnos del yo, gracias a la comprensión de que no somos él, tendrá un recorrido muy corto. Y, con frecuencia, no hará sino alimentar el ego y reducir nuestra visión y nuestro comportamiento a su medida.

         Mucha gente religiosa se pregunta qué ha sucedido para que, a la vez que aumenta la desafección hacia la institución religiosa o la religión en general, crezca intensamente la búsqueda espiritual. Algunos llegan incluso a señalar el narcisismo como origen de una búsqueda que caracterizan como “intimista” o egoica.

Sin embargo, quienes se comprometen en un camino espiritual aprenden pronto que la búsqueda ni es cómoda ni es intimista, sino que supone una revolución que trastoca a la persona por entero, desnudándola de todo aquello a lo que se había aferrado y abriéndola a los otros y a lo otro. En mi opinión, entre muchos factores de diverso tipo que no es posible ahora enumerar, un motivo no menor que explica el “deslizamiento” desde la religión institucional hacia la espiritualidad no religiosa tiene que ver con el “contenido” que ofrece la propia religión: pareciera que hemos llegado a un punto en que las personas no desean aprender el catecismo –apoyarse en un sistema de creencias que sostienen al yo-, sino experimentar la verdad.

         Pero es justo aquí donde me parece advertir una mayor dificultad precisamente para personas religiosas. La adhesión a sus creencias, que han identificado con “la verdad”, les hace difícil, si no imposible, la apertura limpia y desnuda a la misma. Quien cree poseerla –en la idea, además, de que es “revelada”- se está negando, de hecho, la misma posibilidad de hallarla.

         Algo parecido puede ocurrir con el “compromiso”. Con frecuencia, la persona religiosa da por hecho que es “comprometida”, por lo que no es fácil que ponga en cuestión su vivencia.

         Finalmente, el camino espiritual requiere de un despojo, desapropiación o desidentificación progresivos. Ciertamente, esto resulta una tarea sumamente ardua para una personalidad narcisista. Pero también aquí la persona religiosa encuentra un hándicap inconsciente, que consiste en el hecho de dar por supuesto que ella ya ha vivido aquella renuncia. Con lo cual, es probable que permanezca aferrada a la “seguridad” que le aportan sus creencias y se cierre a lo que el camino espiritual requiere.

Por todo ello, más allá de discusiones teóricas, me parece que lo realmente decisivo se juega en crecer en comprensión de lo que realmente somos.

Será esa misma comprensión la que nos haga ver la realidad y nuestras antiguas creencias con una luz nueva. El camino pasa por la desidentificación del yo y de sus apegos, conectando con nuestra verdadera identidad, aquella en la que nos reconocemos uno con todos los seres. De la comprensión brotará el compromiso en forma de compasión.

Lo que me parece claro es que lo importante no son las creencias –o no creencias- que cada cual pueda tener, sino el nivel de consciencia desde el que nos vivimos. La pregunta decisiva, por tanto, no es ¿qué creencias tengo?, sino ¿desde dónde me vivo?

Si vivo desde la mente, poco importa que adopte unas creencias u otras; no habré salido del estado mental, caracterizado por una creencia errónea acerca de quien soy. Solo si soy capaz de tomar distancia de la mente, podré vivir en un estado de presencia: habré salido de la consciencia de separación radical para experimentar la consciencia de unidad con todo y con todos. Esto es lo que permite superar el narcisismo porque, a diferencia de lo que ocurre en el estado mental, en el estado de presencia el yo se disuelve por completo. Ello significa que jamás podremos resolver el narcisismo desde la mente, sino tomando distancia de ella, hasta reconocer que no somos el yo que la mente piensa, sino la presencia (consciencia) que compartimos con todos los seres.

Semana 12 de febrero: HSIN-HSIN-MING

HSIN-HSIN-MING

(POEMA DE LA CONFIANZA EN LA MENTE PURA)

(Fragmento)

El Gran Camino no es difícil
para aquellos que no tienen preferencias.
Cuando ambos, amor y odio, están ausentes
todo se vuelve claro y diáfano.
Sin embargo, haz la más mínima distinción,
y el cielo y la tierra se distancian infinitamente.
Si quieres ver la verdad,
no mantengas ninguna opinión a favor o en contra.
La lucha entre lo que a uno le gusta
y lo que le disgusta
es la enfermedad de la mente…

Si el ojo nunca duerme,
todos los sueños cesarán naturalmente.
Si la mente no hace discriminaciones,
las diez mil cosas
son como son: de la misma esencia.
Entender el misterio de la única esencia
es liberarse de todos los enredos.
Cuando todas las cosas se ven por igual,
se alcanza la esencia intemporal del Ser.
Para entrar directamente en armonía con esta realidad,
cuando las dudas surjan simplemente di: «No dos».
En este «no dos» nada está separado,
nada está excluido.
No importa cuándo ni dónde:
iluminación significa entrar en esta verdad.
Y esta verdad está más allá del aumento o
la disminución en el tiempo o el espacio:
en ella, un solo pensamiento dura diez mil años…

Vivir en esta comprensión
es no estar inquieto a causa de la no perfección.
Vivir en esta fe es el camino hacia la no-dualidad,
porque lo no-dual es uno
con la mente que confía.
¡Palabras!
El Camino está más allá del lenguaje,
porque en él no hay
ni ayer
ni mañana
ni hoy.

Semana 5 de febrero: ESPIRITUALIDAD Y NARCISISMO (I)

Siempre son de agradecer las voces que alertan del riesgo de narcisismo que puede acechar a la espiritualidad, en este resurgir del que estamos siendo testigos. Todo sin excepción es susceptible de ser apropiado por el yo en beneficio propio, y a ello no escapa la espiritualidad. Con todo, me parece obligado reconocer que el problema no está en la espiritualidad, sino en la apropiación que el ego pueda hacer de la misma, para construirse un paraíso narcisista en el que busca su bienestar por encima de cualquier otra cosa.

         Ahora bien, la lucidez requiere añadir algunas puntualizaciones para seguir abriéndonos a una verdad mayor que nos permita vivir más conscientes.

         Es indudable que el narcisismo puede estar presente en cualquier ámbito de la existencia humana: desde las relaciones interpersonales a la relación de pareja, desde la política a la religión… Porque todo puede vivirse desde el ego.

         A veces, entre quienes acusan a la espiritualidad de ser intimista y de “mirar hacia dentro”, parece producirse un fenómeno curioso: parecieran confundir la insistencia en el compromiso con el compromiso mismo. Lo cual rechina particularmente cuando se utiliza el “compromiso” para afirmar la supuesta “superioridad” moral de una religión determinada sobre la espiritualidad que critican.

         La espiritualidad invita ciertamente a mirar hacia “dentro”. Pero ese “dentro” del que habla la espiritualidad no es el “dentro narcisista o egoico” de quien vive conjugando permanentemente el “yo, mi, me, conmigo”, sino aquel “Dentro” que constituye nuestra “casa común” y que todos compartimos. Es precisamente ahí donde brota el compromiso ajustado, gratuito y sin pretensiones, porque nace de la comprensión de que somos no-separados y que, por ello mismo, “tu bien es mi bien”. “Dentro” es compasión y disolución del ego, es desapropiación y desapego, es Nada.

         Decía más arriba que todo puede vivirse desde el ego: la espiritualidad, pero también el compromiso. Lo vivimos así cuando, en la forma que sea, “presumimos” de ello o lo utilizamos para compararnos con otros. Esa manera de vivirlo ofrece ventajas al ego: mejora la (auto)imagen, refuerza la sensación de ser “alguien comprometido”, canaliza la necesidad de ser reconocido, compensa de posibles culpabilidades ocultas…, en definitiva, lo sostiene y reafirma: ¡un “yo comprometido” es un ego muy poderoso!

         Me parece que la salida de la trampa narcisista, que puede tentarnos a todos, se halla justamente en la respuesta a esta pregunta: ¿desde dónde me vivo? Lo cual remite, una vez más, a la pregunta central de la espiritualidad: ¿quién soy yo?

         Si me creo un “ser separado” (yo o ego, reducido a mi “personalidad”), no podré evitar que todos mis comportamientos sean egocentrados, es decir, giren en torno a mí, trátese de la espiritualidad o del compromiso.

         Solo en la medida en que crezco en comprensión experiencial de que no soy ese “yo” que busca autoafirmarse, sino la única Consciencia o Vida que alienta en las diferentes formas que tenemos, crecerá también de su mano una actitud y un comportamiento des-egocentrados, gratuitos y entregados. De hecho, el compromiso auténtico es aquel que no tiene a ningún “yo” por sujeto, ningún yo que presuma de lo realizado: nace de la gratuidad, porque brota de lo que somos, sin rastro de apropiación egoica.

Semana 5 de febrero: MINDFULNESS Y MEDITACIÓN

Entrevista a Laurence Freeman,
en La Contra  de La Vanguardia, 6 de enero de 2017.
“Dé más tiempo al ser y menos al hacer: vivirá mejor”.

 

 

Laurence Freeman preside, con el Dalái Lama, la Comunidad Mundial de Meditación Cristiana.

“Tengo 65 años: temo cumplir cada década, pero luego la celebro. Nací en Londres, aunque me siento cada día más irlandés, como mis padres. El evangelio es neurociencia con Marta, el hemisferio izquierdo, y María, el derecho. Para disfrutar de la vida recuerde que se acaba. Enseño meditación en Esade”.
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Del ego al universo

Cada vez más entrevistados me citan aquí las virtudes del mindfulness, como si fuera la última moda llegada de Oriente. Pero Laurence Freeman, que viene de Oxford, explica que ni es moda ni es oriental. Se trata de un regreso a las técnicas de higiene mental y concentración que dominábamos en Occidente hasta que fuimos relegándolas a los monasterios. Nos privamos así durante siglos de una gimnasia cerebral imprescindible para el bienestar. Reduce ansiedad, estrés, hiperactividad y ayuda a gestionar el exceso de ego con el que tratamos de compensar otras deficiencias. Con ese autodominio se llega a la meditación con la que sentirá que su yo es el de todos. Es dejarse ser hasta sentirse todo y nada con el universo.

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 Desde chefs hasta futbolistas: todos hablan del mindfulness. ¿Usted se alegra?

Me alegro por ellos. De ­hecho, no es ninguna moda, sino un regreso, porque con estas técnicas no hacemos sino reintegrarnos a una tradición que habíamos perdido.

 ¿Por qué y cuándo las perdimos?

Los primeros cristianos recitaban mantras de relajación y concentración para lograr la presencia plena, pero en Occidente esas técnicas se fueron olvidando y nuestro rezo se volvió más cerebral. Excepto en la Iglesia bizantina, que los conservó y aún los practica.

Y aún rezan con salmodia hipnótica.

En cambio, en la Iglesia romana, la contemplación fue relegada a los monasterios para los místicos y fuera de ellos acabó siendo considerada algo sospechoso. Así se perdieron las técnicas paleocristianas de control mental.

Pues la verdad es que son pura higiene.

Por eso yo las enseño ahora a los no creyentes igual que un hospital católico también atiende a los ateos cuando se rompen un brazo. A algunos budistas les preocupa, en cambio, esta perspectiva tan práctica y la generalización de su enseñanza y su uso.

¿Por qué?

Porque también puedes aplicar esas técnicas de concentración y atención plena para ser mejor corredor de bolsa o mejor francotirador en la guerra. Dominar la focalización puede servir a los peores fines.

O ser un inocente ibuprofeno sin pastilla.

Por eso yo empezaría por diferenciar entre los beneficios y los frutos del mindfulness. Y después ya hablaremos de trascendencia.

¿No es lo mismo?

Los beneficios medibles de esas técnicas no son trascendentes, sino inmediatos y patentes: disminuyen la tensión arterial, mejoran el sistema inmunológico y la salud cardíaca, reducen la ansiedad y el estrés…

¿Se logra todo eso solo con meditar?

Solo con técnicas de concentración y respiración. Después llegan, además, los frutos. Tengo un alumno que estuvo en una guerra como marine y me dijo que era ateo. Repuse que no había ningún problema. Que viniera a aprender a relajarse con nosotros.

¿Funcionó?

Como buen ex-militar, era un tipo disciplinado, sí, y fue capaz de imponerse la media hora diaria de concentración al salir el sol y al ponerse, que son las mejores horas.

¿Y…?

Su mujer le pidió que siguiera practicando mindfulness porque, desde que meditaba, la escuchaba. Antes, cuando ella le hablaba, miraba el móvil, la tele o el diario, pero no a ella.

De marine a santo varón.

Yo diría solo que ahora es mejor marido y su mujer también será mejor con él. Además de los beneficios, esos son los frutos del mindfulness: te hace más paciente, tranquilo, agradable, sensible, empático. Y los demás lo notan.

¿Se puede ir más allá?

El mindfulness es una técnica con la que profundizas en ti mismo y mejoras tu autoconocimiento y autoaceptación. Así sirve de preparación para la meditación trascendental con que la conciencia empieza a expandirse y a tomar contacto con algo mayor que uno mismo.

¿Eso ya es una religión?

De nuevo, no necesariamente. Es una tradición, eso sí. Y una experiencia renovadora con la que ves el mundo ya no solo desde ti mismo, sino desde el tú y el todos hasta llegar a disolverte en una especie de conciencia universal. Y no es fe: es praxis. Lo vives.

Parece usted muy convencido.

El cristianismo se muestra, así, universal. Cuando Jesús dijo “que tu mano derecha no sepa qué hace tú izquierda”, hablaba de los dos hemisferios del cerebro.

¿Era neurocientífico avant la lettre?

Exacto, porque el hemisferio izquierdo es autoconsciente: analiza, elucida, categoriza; y el derecho es intuición, contemplación y está en el flujo de los acontecimientos en presente continuo. El equilibrio se consigue al conectar ambos hemisferios y la meditación ayuda a conseguirlo.

El evangelio, manual de neurociencia.

También en el episodio de María y Marta: ¿recuerda usted que una contemplaba el mundo con Jesús, mientras que la otra se preocupaba de las tareas de la casa?

Una agobiada y la otra gozando.

Jesús le dice: “Marta, Marta, te preocupas (es la ansiedad) de demasiadas cosas cuando solo una es necesaria, y es que tú y tu hermana estéis en armonía”. Jesús se refiere así a la unión del cerebro racional y el contemplativo.

Una exégesis hermosa, padre, pero ¿no es un punto arriesgada?

En absoluto: es el evangelio y nos anima a beneficiarnos de la conexión del hemisferio racional y el contemplativo. Nos anima a meditar. Ese es su sentido.

¿Solos o en compañía?

De los dos modos, aunque nosotros preferimos ayudarnos en grupo a meditar. Y con niños: es increíble lo rápido que los pequeños conectan de forma instintiva con la técnica y aprenden a concentrarse en el cole y la vida.

Ojalá gocen de una comunidad relajada.

Pues eso debería ser el cristianismo. Basta con veinte minutitos dos veces al día, o empiece con lo que sea capaz. Ya verá.