Semana 18 de marzo: TODO LO QUE CAMBIA NO ERES TÚ

por Javier Iglesias
http://www.nodualidad.info/colaboraciones/todo-lo-que-cambia-no-eres-tu.html#

Todo lo que cambia no eres tú, lo que depende de ser conocido no eres tú. Tu esencia no es pasajera, no es un objeto de conocimiento. Este se adquiere, y puede ser sustituido por otro, o desaparecer.

Tú eres lo que es, la conciencia, la constante del cambio. Lo que hace posible todo movimiento, incluido el que va de la vida a la muerte. Realmente en la muerte no le ocurre nada a lo que eres, es solo un cambio de estado, como el agua que cambia de estados de hielo, a granizo, a lluvia, a vapor… No eres ninguno de esos estados, eres el agua.

Hace poco que ha muerto mi padre. Y ha venido el dolor a través de todo el amor profundo que nos ha unido desde mi nacimiento. Hay un silencio, un espacio que lo abarca todo incluido todo lo fenoménico. Su muerte, el dolor, son sucesos en la Conciencia o Totalidad. Es maravilloso vivir todos estos fenómenos desde la Unidad. Desde lo único que hay. Vivir los cambios emocionales, de pensamiento, físicos que se dan aquí en este individuo desde Eso que es en todo. ¡Como la Vida se da, se da en todo lo que ocurre! ¿No te parece algo fascinante? Todo en plenitud constante, tanto en lo más gozoso, como en lo más doloroso. Es la misma esencia dándose. Todo es completo a cada momento, y eso es amor incondicional. Esto es lo que hay a cada momento, y en todo, en la muerte y en la vida, en cada suceso.

Realmente es asombrosa la sencillez de esto: ¡cada cosa es la totalidad haciéndolo!

La muerte es un cambio de forma, pero no tuya como individuo separado de la Fuente, sino un cambio de apariencia de la propia Conciencia. No es que seas tú, como autor, cambiando de persona física a alma incorpórea, sino que es un movimiento hecho en y por la Unidad o Totalidad, que es lo que tú eres, es la esencia de todo lo que es.

No eres un alma que viene a encarnarse para vivir experiencias, para tener aprendizajes. No eres alguien aparte de la Totalidad con autoría propia desde hace no sé cuántas vidas que va evolucionando, o recopilando aprendizajes, eres Eso que no tiene principio, ni fin. Eres lo único que hay.

No eres separado, con libre albedrío que has «logrado» conectarte a tu esencia, al Ser, a la Unidad. Con este concepto la vida sería dual: yo y lo que me ha creado como dos cosas separadas. Y nunca ha habido nada separado de la Fuente.

Todo esto son historias que se dan en algunas personas, hechas por la Unidad, por la Conciencia, que tienen una total apariencia de reales. Es como cuando vemos ponerse el sol en el horizonte, en el fondo sabemos que no es así, que el sol no se pone, no se mueve, que la que se mueve es la tierra, pero la apariencia es la contraria. De la misma forma la historia o apariencia de separación de la Fuente se da en cada individuo, y para la gran mayoría es clarísima la división o dualidad. Tal como la certeza de que el sol se pone, es clarísimo, pero no es lo que está ocurriendo en esencia.

Este sentirse continuamente desconectado de la Unidad es solo una apariencia, en realidad no está ocurriendo, es una percepción, es un sentir en un punto localizado de la Conciencia.

Semana 11 de marzo: DEPENDENCIA / GRATITUD

EN TORNO AL «PROBLEMA DEL MAL»

4. Dependencia / Gratitud 

La caída me hizo experimentar, una vez más, hasta qué punto necesitamos a los demás, la absoluta dependencia que al yo le cuesta asumir. Porque, en su afán de autoafirmarse, crece en el sueño de la autosuficiencia y, según como haya sido su trayectoria, le cuesta molestar a los otros o “ser una carga” para ellos.

Sin embargo, la realidad se impone. En situaciones de tal vulnerabilidad, no queda sino reconocer la propia necesidad y la dependencia de los otros. Se entra ahí en un aprendizaje de humildad, que incluye, tanto la aceptación de esas circunstancias –humildad y aceptación son sinónimos–, como el “dejarse ayudar”. El yo se ve así confrontado con sus propios límites, su fragilidad y, en último término, con su vacío, de una manera radical. Como si, en esa situación de extrema vulnerabilidad, escuchara una voz que dice: “Eso es el yo”.

La aceptación, de la mano de una comprensión más ajustada de lo que somos, nos permitirá también reconocer el valor de la ayuda recibida y la bondad que se manifiesta en quienes están a nuestro lado.

A poco que nos la dejemos sentir, la gratitud se irá abriendo camino, ablandando nuestro corazón y sacando a flote, al mismo tiempo, lo mejor que hay en nosotros.

La gratitud es un sentimiento profundamente terapéutico: nos aleja de oscuros pensamientos y nos sitúa en la tierra firme de la presencia, alineados con el presente.

Si le damos tiempo y nos permitimos saborearla sin prisa, notaremos claramente cómo la gratitud va ocupando cada vez más espacio hasta llenarlo todo. Empezará asomando como reconocimiento a quienes están, de mil modos, atendiendo nuestra (temporal) incapacidad. Pero se amplificará ante nuestra vista hasta mostrarse tal cual es: gratitud ilimitada y sin objeto.

Habíamos empezado dando gracias a alguien por algo, y está bien. Pero, una vez emergida o sentida, si permanecemos en conexión consciente con ella, se nos manifestará como lo que es: otro nombre o dimensión de nuestra verdadera identidad.

Comprobaremos entonces que la gratitud no es solo algo que hacemos o sentimos, sino que es exactamente lo que somos: seres vulnerables y dependientes –en algunos casos, de manera completa– que, en su verdadera identidad, son gratitud.

Dirigida hacia quienes nos cuidan, la gratitud hará que se renueve nuestra mirada hacia ellos, para verlos en su verdadera belleza y, más allá todavía, reconocerlos en aquella misma y única identidad que compartimos.

Atendida en sí misma, la gratitud nos muestra que estamos en “casa”. Solo que, para atenderla, además de dedicarle tiempo, necesitamos algunas actitudes ya mencionadas: aceptación y silencio. En efecto, al acallar el bullicio y vocerío de una mente no observada, el silencio, suspendido todo juicio, nos trae la paz profunda y la certeza de aquello que permanece siempre: la certeza de ser.

Semana 11 de marzo: EL GUARDADOR DE REBAÑOS (F. Pessoa)

EL GUARDADOR DE REBAÑOS (II)

Fernando Pessoa

Mi mirada es nítida como un girasol.
Tengo la costumbre de andar por los caminos
mirando a derecha e izquierda
y de vez en cuando volviéndome hacia atrás.
Y lo que veo a cada momento
es aquello que nunca antes había visto;
y soy muy consciente de ello.
Sé sentir siempre el asombro de un niño
que, al nacer, se diera cuenta
de haber nacido realmente.
Me siento nacido en cada momento
a la eterna novedad del mundo.

Creo en el mundo como en una margarita,
porque lo veo. Pero no pienso en él:
pensar es no comprender.
El mundo no se hizo para que pensemos en él
(pensar es estar enfermo de los ojos),
sino para mirarlo y estar de acuerdo.

Yo no tengo filosofía: tengo sentidos.
Si hablo de la Naturaleza no es porque no sepa lo que es,
sino porque la amo, y la amo por eso,
porque quien ama nunca sabe lo que ama
ni sabe por qué ama, ni qué es amar.

Amar es la eterna inocencia,
y la única inocencia es no pensar.

Semana 4 de marzo: RESISTENCIA / ACEPTACIÓN

EN TORNO AL «PROBLEMA DEL MAL»

3. Resistencia / Aceptación 

El estado de presencia se caracteriza por la aceptación que, con frecuencia en medio mismo del desconcierto, llega hasta la rendición completa a lo que es. Y no es resignación que claudica, sino fruto de la sabiduría que ve como carente de sentido cualquier tipo de resistencia. Resistencia y aceptación se alternan, a veces de modo muy sutil: el yo no quiere que las cosas sean como han sido (o están siendo), por lo que se resiste con todas sus fuerzas.

          La resistencia es la reacción característica del ego o yo en cuanto se hace presente la frustración. El guion por el que se rige el yo es muy simple: “La vida tiene que responder a mis deseos o expectativas”. Cada vez que eso no ocurre, aparece –con diferente intensidad, según varios factores– frustración y resistencia, es decir la lucha del yo por lograr el cumplimiento que le prometía su guion.

          Ahora bien, la resistencia es ya en sí misma sufrimiento, dado que supone estar en choque permanente con lo que hay. En la resistencia, la persona se retuerce contra la realidad, en un desgaste continuo. Por el contrario, basta soltar la resistencia para que aparezca la paz.

          A quienes hemos crecido en la tradición cristiana, tal vez nos venga a la memoria la actitud de Jesús ante su inminente final. La enseñanza de la misma se revela con crudeza y en toda su fuerza porque nos permite ser testigos del cambio operado, que se percibe justamente en el contraste: cuando habla desde el yo y cuando habla desde la consciencia clara de quien es. Ante la angustia de lo que se le venía encima, Jesús exclama: “Aparta de mí esta copa de amargura”. Y, mientras más lo pedía, más se incrementaba su abatimiento. Solo cuando se resitúa en quien es y afirma: “Pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”, aparece el “ángel del consuelo”.

          Una afirmación de ese calado (“lo que tú quieras”) únicamente puede hacerse desde una confianza radical. Confianza en el Fondo de lo real, en la Sabiduría que rige todo el proceso, en la Vida una que se manifiesta en infinidad de formas, en la Totalidad que se está “desenvolviendo” en multiplicidad de acontecimientos… Fondo, Sabiduría, Vida y Totalidad que constituyen, a la vez, nuestra verdadera identidad. Por lo que la sumisión a “lo que tú quieras” no es sino rendición y fidelidad a nuestra verdad más profunda.

          Dada la fuerza del yo, y el movimiento que, por inercia, nos hace mantenernos identificados con él, puede ser que la resistencia sea firme y, alimentada por una mente no observada, nos mantenga durante tiempo encerrados en el bucle del sufrimiento. Sin embargo, antes o después, la contundencia de lo que es –y el mismo sufrimiento que nace de la resistencia– hace ver que no existe otro camino de liberación y de vida que no sea la aceptación radical de todo lo que en este momento está siendo. La sabiduría te conduce, por decirlo brevemente, a amar lo que es.

          La aceptación –actitud sabia entre los extremos erróneos y perniciosos que son la resistencia, por un lado, y la resignación por otro– es capaz de acoger todo sin excepción, incluida la propia resistencia. Y cuando la aceptación es real ocurre algo “milagroso”: aparece con ella la fuerza necesaria para hacer lo que es posible hacer en ese momento. Porque la aceptación se halla dotada de un dinamismo interno –esto es justamente lo que la distingue de la mera resignación– proporcionado y adecuado al momento que estamos viviendo. Desde ella, la acción no nace de ningún “debería”, tampoco de miedos o de necesidades, sino desde la profundidad de lo que somos. Es, por eso, una acción que fluye, gratuita y desapropiada.

          Y una vez más, también aquí, todos tenemos resistencias, pero realmente lo que somos es aceptación profunda. Por tanto, hablando con propiedad, habría que decir que no tenemos que aceptar nada, sino más bien reconocer que todo ha sido ya aceptado. De hecho, si algo no hubiera sido aceptado por la Vida, nunca hubiera ocurrido.

Semana 4 de marzo: EL PODER DE LA ACEPTACIÓN (J. Foster)

Tú no tienes el poder de aceptar este momento.
Tú no tienes el poder de permitirlo.
Este momento no pide tu aceptación.
Ya es como es. No tienes otra opción.
Tu aceptación y tu rechazo, tu permiso o falta de permiso, han llegado demasiado tarde.

Porque el momento no es algo que esté fuera de ti, y no estás dividido de él, y la aceptación no tiene nada que ver con el tiempo.
Y aunque este momento pudiera parecer inaceptable para ti, en un nivel más profundo, ya ha sido aceptado, porque ya es la vida, ya es “lo que es”.
Cada pensamiento, cada sensación, cada sonido, cada percepción, ya está aquí, ya está brillando, ya es inmediato, ya está incluido en la inmensidad del Ahora.

Tú no tienes el poder de aceptar este momento.
En tu falta de poder, este momento es completamente aceptado.
Y tú permaneces arraigado en el más profundo «SÍ» a como son las cosas, alineado con un misterioso universo.

Y este es el verdadero poder.

Jeff Foster