TODO MOMENTO ES COMPLETO

Comentario al evangelio del domingo 5 de abril 2026

Jn 20, 1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien quería Jesús, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro, se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro. Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo como las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

TODO MOMENTO ES COMPLETO

A veces se ha entendido la resurrección como una “prolongación” de esta existencia, desarrollada en un estado “paradisíaco” de felicidad. En tal imagen, no resulta difícil advertir la tendencia humana a proyectar paraísos imaginados a nuestra propia medida.

Así entendido, el “más allá” de la muerte no sería sino -aun en condiciones diferentes- la perpetuación del yo. Sin embargo, donde hay yo, necesariamente ha de haber lo que ya conocemos bien: egocentración, necesidad, ansiedad… Por tanto, carece de sentido buscar la perpetuación del yo; lo que importa es “liberarnos” (desidentificarnos) de él. Así vista, la muerte supondrá la trascendencia del yo.

Imaginar el más allá como perpetuación del yo conecta completamente con lo que es su propia dinámica. Tras pasar la existencia queriendo alcanzar en el futuro algo que nos complete y nos haga felices, finalmente, tras frustraciones reiteradas, lo proyectamos a la “otra vida”. Y tendemos a pensar que la plenitud nos vendrá solo tras la muerte.

Intuyo que las cosas no son así. La plenitud no conoce de tiempos ni de esperas. La plenitud es ahora. En el nivel profundo —por debajo de las apariencias en constante movimiento—, todo es pleno. Por eso, cuando se sabe ver, cada momento es ya completo en sí mismo. Si no lo veo, se debe a que estoy reducido al yo —con frecuencia, a causa del sufrimiento no resuelto— y al mundo de lo impermanente, mientras ignoro o se me escapa la dimensión profunda de lo real.

Nos parece normal ver el momento presente como medio o, peor aún, como obstáculo para llegar a otro que soñamos mejor. Es la consecuencia tramposa de leernos en clave de carencia. El resto lo hace la ansiedad. Cuando esta se aplaca y se silencia la mente, descubrimos que a este momento no le falta nada, es pleno.

Esto no significa ignorar ni trivializar la realidad del dolor, que se hace presente de mil formas diferentes de manera constante. Pero, si no nos reducimos a él, podremos también acogerlo desde la verdad profunda de lo que somos. Puede hacerse presente un dolor que nos desgarre el corazón. Pero tampoco ese dolor —ninguna tragedia— afecta a lo que realmente somos, que se halla siempre a salvo.

En esta certeza se traduce lo que llamamos “resurrección”. Vivir como personas resucitadas significa descubrir que cada momento es pleno y vivirnos en consecuencia.

¿QUÉ ES LA SALVACIÓN? COMPRENSIÓN, PLENITUD, UNIDAD

Comentario al evangelio del domingo 29 de marzo 2026

Mt 27, 11-54

En aquel tiempo, Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
– ¿Eres tú el rey de los judíos?
Jesús le respondió:
– Tú lo dices.
Y mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los senadores, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
– ¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?
Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:
– ¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, al que llaman el Mesías?
Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
– No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.
Pero los sumos sacerdotes y los senadores convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús.
El gobernador preguntó:
– ¿A cuál de los dos queréis que os suelte?
Ellos dijeron:
– A Barrabás.
Pilato les preguntó:
– ¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?
Contestaron todos:
– Que lo crucifiquen.
Pilato insistió:
– Pues, ¿qué mal ha hecho?
Pero ellos gritaban más fuerte:
– ¡Que lo crucifiquen!
Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia del Pueblo, diciendo:
– Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!
Y el pueblo entero contestó:
– ¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!
Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:
– ¡Salve, rey de los judíos!
Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron la ropa y lo llevaron a crucificar.
Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: “La Calavera”), le dieron a beber vino mezclado con hiel; el lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con esta inscripción: ESTE ES JESÚS, EL REY DE LOS JUDÍOS. Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza:
– Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.
Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también diciendo:
– A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?
Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:
Elí, Elí, lamá sabaktaní. (Es decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”).
Al oírlo algunos de los que estaban por allí dijeron:
– A Elías llama este.
Uno de ellos fue corriendo; enseguida tomó una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían:
– Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.
Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.
Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de los santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos.
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
– Realmente este era Hijo de Dios.
 

¿QUÉ ES LA SALVACIÓN? COMPRENSIÓN, PLENITUD, UNIDAD

Con frecuencia, los humanos hemos imaginado la salvación viniendo desde “fuera”, como resultado de la intervención de una divinidad separada. Con la misma frecuencia -sobre todo en las religiones teístas- se ha visto asociada a la idea de “pecado”. Y en la creencia cristiana, se sostenía que la salvación del “pecado original” se obtenía gracias a la muerte “redentora” de Cristo en la cruz.

Por ese motivo, una vez que se entiende que nunca existió el llamado pecado original, la misma idea de la redención queda vacía de contenido. La cruz de Jesús tiene otros sentidos, tanto desde el punto de vista histórico como del simbólico, pero no puede entenderse como el medio que otorga la salvación al ser humano.

El “pecado” es siempre ignorancia. En el ser humano no hay maldad -aunque cometa actos objetivamente malvados-, sino inconsciencia. La salvación no consiste en limpiar o redimir una supuesta “mancha”, sino en comprender lo que realmente somos.

En ese camino de comprensión nos ayuda el testimonio -la palabra y la vida- de personas sabias, Jesús incluido. Y de ese modo nos “salvan”. Pero, hablando con precisión, la salvación consiste en la comprensión de lo que somos, pasando de la ignorancia primera a la luz.

De un modo más concreto, bien podría decirse que la salvación, así entendida, presenta un doble contenido: es la comprensión de que somos plenitud -en lo profundo, todo es completo tal y como es- y somos unidad con todos y con todo. En realidad, si lo queremos visualizar como un camino, la salvación es el itinerario que nos conduce de la errónea consciencia de separatividad a la consciencia de unidad. De esta comprensión vital o experiencial brotará todo lo demás, también nuestro modo de ver la muerte.

EL PERSONAJE MUERE; LO QUE SOMOS VIVE

Comentario al evangelio del domingo 22 de marzo 2026

Jn 11, 1-45

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo: “Señor, tu amigo está enfermo”. Jesús, al oírlo, dijo: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba. Solo entonces dijo a sus discípulos: “Vamos otra vez a Judea”. Cuando llegó Jesús, llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en su casa. Y dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá”. Jesús dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo, y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”. Ella le contestó: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y, muy conmovido, preguntó: “¿Dónde lo habéis enterrado?”. Le contestaron: “Señor, ven a verlo”. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: “¡Cómo lo quería!”. Pero algunos dijeron: “Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera este?”. Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. Dijo Jesús: “Quitad la losa”. Marta, la hermana del muerto, le dijo: “Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días”. Jesús le replicó: “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?”. Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Y dicho esto, gritó con voz potente: “Lázaro, ven a fuera”. El muerto salió, los pies y las manos atadas con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desatadlo y dejadlo andar”. Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él”.

EL PERSONAJE MUERE; LO QUE SOMOS VIVE

Es claro que todo lo que aparece, en algún momento desaparecerá. Todo lo que nace, muere. Una de las trampas en que solemos caer los seres humanos es la de otorgar valor absoluto a lo que es impermanente. Por eso sufrimos cuando se desmorona o evapora algo a lo que nos habíamos apegado. Pero la ley que rige el mundo de las formas es taxativa: toda forma es impermanente. Y todo lo impermanente, antes o después, terminará desapareciendo.

Tal constatación nos lleva a preguntarnos: ¿qué es lo único que permanece en ese mundo de cambios constantes? Y la respuesta solo puede ser una: permanece aquello que trasciende el mundo de las formas. Lo único que no muere es aquello que nunca nació.

A eso se refieren todas las tradiciones sapienciales cuando hablan de trascender la muerte, aunque hayan utilizado “mapas” diferentes para expresarlo: inmortalidad, reencarnación, resurrección… Esto son solo mapas. Lo importante es aquello a lo que apuntan: hay en nosotros “algo” que trasciende las formas y, por tanto, la impermanencia. Hay en nosotros “algo” no nacido. Y eso es lo único realmente real, nuestra identidad profunda, más allá de la personalidad histórica.

Esas mismas tradiciones se han referido a ese “algo” con expresiones distintas. De modos diferentes, han dicho que “solo hay Ser”. Y que todo lo que aparece no es sino manifestación de ese Ser único. Por lo que, lo que somos es uno con todo lo que es. Eso que es -eso que somos- es lo único no nacido; es, por tanto, lo único que no muere.

Y eso que somos se nos revela en el silencio de la mente, porque es aquello que queda cuando el pensamiento se calla.