Artículo publicado en Acontecimiento. Revista de pensamiento personalista y comunitario, nº 158 (2026) 21-25,
La revista “Acontecimiento” es el principal órgano de expresión del Instituto Emmanuel Mounier (IEM).
Comentario al evangelio del domingo 31 de mayo de 2026
Jn 3, 16-18
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no será juzgado; el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
DEL MITO DE LA SALVACIÓN A LA CERTEZA DE LA PLENITUD
Las religiones se han presentado como ofertas de salvación. Y las religiones teístas, en particular, han puesto la salvación en manos de una divinidad separada, que habría de rescatar a la humanidad de su situación de esclavitud, sufrimiento y pecado. La —desde todo punto de vista— insostenible “doctrina del pecado original”, solo mantenida y perpetuada por la perezosa inercia que acompaña a toda creencia, ha hecho estragos en la percepción del ser humano.
Tras ese planteamiento, no es difícil advertir la presencia, tanto de una teología absolutista —con la imagen de un dios más o menos arbitrario—, como de una antropología pesimista, que presenta al ser humano como “pecador” y que, en todo caso, lo reduce a su forma personal.
Eso significa que, tanto la teología como la antropología dominantes en ese relato, han propagado y alimentado una imagen, además de negativa, absolutamente reductora del ser humano. Nada tiene de raro que, tras milenios adoctrinados en esa creencia, los humanos se hayan identificado con su personalidad carenciada y hayan puesto todas sus esperanzas en un dios exterior capaz de salvarlos.
Una comprensión adecuada de lo que somos acaba, de raíz, tanto con aquel dualismo extremo, como con el reduccionismo en nuestra manera de entendernos. El hecho de estar experimentándonos en una forma limitada y vulnerable no significa que en ella se agote nuestra realidad. En esa forma particular y concreta se está expresando y desplegando la plenitud que nunca hemos dejado de ser.
No necesitamos ser salvados, sino reconocer lo que ya somos.
La doctrina cristiana sobre la salvación se asienta sobre dos pilares que se reclaman mutuamente: el pecado original y la redención por la cruz. Una vez asumido el carácter mítico del primero no se entiende que no se perciba ese mismo carácter en el segundo. Si no hubo pecado original —excepto en el mito—, ¿por qué se sigue manteniendo la necesidad de expiarlo, nada menos que por el “sacrificio de la cruz”?
Comentario al evangelio del domingo 24 de mayo de 2026
Jn 20, 19-23
Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.
MIEDO Y PAZ
El miedo nos acompaña desde el momento mismo del nacimiento, como bien supo expresar el filósofo Thomas Hobbes: “El día que yo nací, mi madre parió gemelos: yo y mi miedo”.
Todo ser limitado es vulnerable. Y todo ser vulnerable siente miedo. El miedo no es sino la otra cara de la necesidad. Por lo que no puede haber un ser necesitado que esté libre de él.
Como todo sentimiento o emoción, el miedo es portador de información: muestra cómo nos encontramos en un momento determinado. Y, a la vez, constituye un desafío para gestionarlo de manera constructiva.
La gestión adecuada del miedo, como la de cualquier otro sentimiento, empieza por la aceptación, reconociéndolo en nosotros, haciéndole espacio y aceptando su presencia. Una vez aceptado, me pregunto qué tiene que decirme. Me acojo con él, abrazando la vulnerabilidad de la que nace, sin reducirme a él —siempre somos más que nuestro miedo— y me abro a percibir, en mí, el fondo de paz, de quietud y de confianza que me sostiene en todo momento.
Cuando es repetitivo y desproporcionado, el miedo indica que hay en nosotros un niño o una niña que reclama nuestra atención y nuestra acogida amorosa. Solo acogiéndolo/a, viviendo el encuentro con él/ella, será posible anclarse en la paz de fondo.
Comentario al evangelio del domingo 17 de mayo de 2026
Mt 28, 16-20
En aquel tiempo, los Once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.
EL FIN DEL MUNDO ES AHORA
En el cuarto evangelio, Jesús se refiere a sus discípulos como quienes “están en el mundo, pero no son del mundo”. Dentro de las diferentes acepciones que tiene, en la Biblia, la palabra “mundo”, aquella expresión me parece luminosa, toda una invitación para vivirse en la verdad de lo que somos: estar en el mundo sin ser del mundo.
Para quien vive así, el “fin del mundo” ya ha llegado. De la misma manera que quien se ha desidentificado del yo, ya ha “muerto”, en lo que los sufíes llaman “morir antes de morir”.
Morir antes de morir, vivir el fin del mundo, no tiene ninguna connotación de desinterés ni despreocupación, no tiene nada que ver con el miedo ni la huida. Al contrario, es fuente inédita de libertad y, por tanto, de entrega. Pero no desde cualquier motivación espuria, sino desde la sabiduría.
Es la actitud de quien ha comprendido que nuestra identidad no se agota en la forma -en la personalidad-. Quien se vive así es cauce de vida, sin los bloqueos que interpone constantemente la identificación con el yo. No estar en el mundo significa, desde esta lectura, no vivir reducido al yo. Habitar el fin del mundo significa trascender la identificación con el yo.