Todas las entradas de: Enrique Martínez Lozano

Semana 6 de mayo: EL MAL QUE DESCOLOCA

EN TORNO AL “PROBLEMA DEL MAL”

12. El mal que descoloca y la mente que no tiene respuesta

          El mal, en todas sus formas, constituye la causa de nuestros mayores desconciertos. No solo porque comporta una carga de dolor que hiere nuestra sensibilidad, sino porque la mente es incapaz de captar su sentido. De un modo particular, el sufrimiento de los inocentes, víctimas de cualquier circunstancia adversa, causada o no por el ser humano, suele provocar en nosotros una rebeldía visceral y una catarata de interrogantes que no hallan respuesta. Y algo similar nos ocurre cuando el mal llama a nuestra puerta, sobre todo, si es reiterativo o se presenta con desmesura.

          Como seres sensibles e inteligentes, no son difíciles de comprender aquellas reacciones de rebeldía y cuestionamiento. Hablan de nuestra sensibilidad y de nuestra capacidad de interrogarnos. Con todo, si queremos abordar ese tema desde la mente, pronto descubriremos que no llegamos a ninguna parte. Al contrario, nos debatiremos en un laberinto oscuro, cuya salida no se halla al alcance de la razón.

      Desde esta, se han dado dos tipos de “explicaciones”: una más pragmática e incluso “resignada”, que habla del mal como un fenómeno inevitable en cualquier proceso evolutivo, por lo que se desiste de encontrarle ninguna explicación; y otra –más común en las tradiciones religiosas– que han atribuido el mal a alguna fuerza enfrentada a la divinidad o al “pecado” del ser humano, que cargaba así con la culpabilidad.

          Dentro del ámbito específicamente religioso, el mal se ha visto como la “roca del ateísmo”. En efecto, desde muy antiguo, las mentes más lúcidas plantearon que el mal de los inocentes vendría a probar que Dios –el “Dios” pensado y creído– no es bueno (si no quiere evitar el mal) o no es poderoso (si no puede hacerlo); en cualquiera de los casos, no sería Dios.

          Ante el mal, se dan también en la práctica, más allá de cualquier planteamiento teórico, diferentes actitudes, que van desde la indiferencia cómoda a la compasión efectiva que busca aliviar y ofrecer ayuda.

Semana 6 de mayo: DIOS Y NO-DUALIDAD

DIOS MÁS ALLÁ DE UNIDAD Y DUALIDAD

 Joxe Arregi, en Noticias de Gipuzkoa, 18 de febrero de 2018. http://www.noticiasdegipuzkoa.com/2018/02/18/opinion/columnistas/reflexiones/dios-mas-alla-de-unidad-y-dualidad

No quiero renunciar a la palabra Dios para decir el Misterio más hondo de todo lo real, aunque entiendo muy bien a quienes renuncian a ella por ser tan equívoca, la más equívoca de todo el diccionario. Tanto, que si alguien me pregunta: “¿Tú crees en Dios?”, no le respondo ni que sí ni que no, sino que depende, y le pregunto a mi vez: “¿Qué entiendes por Dios?”. Y lo hago por respeto al Misterio, que habita, sí, en la palabra, pero abriéndola al Infinito más allá de los significados de todas las palabras.

El Dios que imaginas, ciertamente no existe. Y aun cuando asientas al dogma de su existencia y de que es el Creador del mundo y único y trino a la vez, puedes estar seguro: ese Dios en quien piensas no existe. No digo que Dios no sea, sino que el Dios de tu mente no existe. Lo dijo San Agustín: “Si comprendes, no es Dios”. El Dios en quien piensas es siempre un objeto creado por tu mente.

Y si alguien me pregunta: “¿Dios es personal?”, le vuelvo a preguntar: “¿Qué significa personal para ti?”. Si personal expresa la singularidad de cada individuo, lo que a cada uno le hace único y distinto de todo otro individuo de su especie o de otra, entonces ciertamente Dios no es personal. Si personal significa relación de alteridad hecha de emociones positivas y negativas, de amores y desamores, de heridas y perdones, propias del ego humano, Dios no es personal. Dios no es una persona en relación con otras personas. Es el Misterio de la Relación y de la compasión universal. No es el Tú de un yo, ni el Yo de un tú. Es Amor creador. Es respiro. Es Alma de todo.

Dios no es Alguien. No es un sujeto contrapuesto a un objeto, algo, ni a un sujeto, alguien. Dios no es un ente entre otros entes, ni el Ente Primero. Si Dios fuera Alguien, se opondría a otro alguien o a otro algo, no sería la Realidad Absoluta. Pero Dios no se suma con nada, ni se contrapone a nada, ni se cuenta dentro ni fuera de una serie. Dios no se suma ni resta, no tiene número ni género. ES.

Por eso escribía el joven teólogo Bonhöffer en una cárcel nazi donde fue ahorcado en 1945: “Un Dios que hay no lo hay”. Otros grandes teólogos de la misma época como Tillich y Robinson enseñaron lo mismo, aunque su camino, desgraciadamente, no fue seguido. Declararon el fin no de Dios, sino del viejo teísmo nacido hace 5.000 años en la imaginación y en los panteones indoeuropeos y semitas. No hay Dios como hay un sofá en el salón, una prímula o flor de San José en la orilla sombreada del camino, unos ánades reales nadando en el río. Dios no es un ente. Es el Ser de todo ente, el Fondo y el Origen permanente de todo lo que es. No es nada de lo que hay, es el Todo de cuanto es. Así lo vieron los místicos de las distintas filosofías sabidurías, religiosas o no. Dios no es otro de nada, ni de ti, ni de mí, ni de la prímula del camino. Dios no es Lo Otro de nada, es Lo no-Otro, escribió en el siglo XV el teólogo, filósofo y místico, y además cardenal, Nicolás de Cusa. Dios y yo no somos dos. Dios y mundo no son dos. No hay dualidad.

No-dualidad no significa unidad. Dios y mundo tampoco son uno. Dios no es la parte de un todo ni la suma de todas las partes, sino el Todo en cada parte. No es un ente, sino el Ser de todo ente, el fuego creador que arde en lo profundo de todos los seres, más allá de la forma, del uno y del dos, que pertenecen a lo que se puede contar. Invócalo si quieres como Tú, pero trasciende esa imagen, trasciéndete en ti, en todo.

Una poderosa corriente espiritual de la no-dualidad, tan antigua y universal como la mística, religiosa o no, recorre hoy el mundo, y creo que es su única salvación. Es también la única salvación de las tradiciones religiosas, liberadas de sus creencias y de sus dioses hechos a imagen humana. La ciencia nos brinda un conocimiento dual de las partes del Todo por el análisis y la medida. La necesitamos. Pero necesitamos aun más la mirada o la conciencia espiritual expandida que nos permite admirar, amar y encarnar el Misterio más hondo de todos los seres, más íntimo y Real que toda identidad y diferencia. Ese Misterio es lo que somos o podemos llegar a ser. Es el Bien Común verdadero de todos los seres, y solo nos salvaremos si lo sabemos y si buscamos darle una forma también política, hacia un Horizonte que trasciende todas las formas.

Semana 29 de abril: VIVIR EL MALESTAR DESDE LA PRESENCIA

EN TORNO AL “PROBLEMA DEL MAL”

11. Vivir el malestar desde la Presencia

A lo largo de los apartados anteriores ha quedado claro que lo decisivo en todo lo que nos sucede es la interpretación que hacemos de ello. A su vez, esa interpretación es inevitablemente deudora de nuestro nivel de comprensión. Y este, por su parte, es el que condiciona nuestra propia auto-comprensión. De manera más simple: todo se ventila en la respuesta que, consciente o inconscientemente, damos a la pregunta “¿Quién soy yo?”. Según sea la respuesta, leeremos y viviremos lo ocurrido desde estrechez del yo, que se verá en todo momento a merced de las circunstancias, o desde la Presencia, como espaciosidad consciente e ilimitada en la que todo sucede, sin que nada de ello la afecte.

Para comprendernos en nuestra totalidad, podemos empezar situándonos detrás de nuestros pensamientos y sentimientos, en el Testigo ecuánime que observa sin identificarse con nada de lo observado. Y permaneciendo en él, se irá abriendo paso la Presencia que somos y en la que esto que llamamos “yo” aparece, de la misma manera que aparecen todas las circunstancias de nuestra existencia.

Desde la Presencia todo lo percibimos y vivimos de modo radicalmente diferente. Anclados en ella –en la consciencia de ser ella–, no nos resulta difícil apreciar cómo, detrás de cada sentimiento doloroso, yace oculto un sentimiento pleno de Vida, como si fuera la otra cara de la misma moneda: escondida tras la vulnerabilidad hay acogida y compasión; tras la cavilación e hiperactividad mental que nos tortura, lo que hay es silencio cargado de sabiduría; detrás de la resistencia que pone el ego siempre que algo lo frustra, vive la aceptación profunda que llega a ser rendición a lo que es; oculta tras la dependencia, hay profunda gratitud; bajo la aparente impermanencia, una realidad absolutamente consistente; en la otra cara de la frustración, reside la paz; detrás de la dolorosa impotencia y el afán de control, vive la sabiduría del fluir como totalidad; la aparente soledad esconde la plenitud real; y tras el aparente y agobiante desconcierto, hay comprensión… Y en definitiva, todo ello porque empezamos a ver todo desde el “lugar” adecuado, no el yo, sino el Testigo o la Presencia misma.

Detrás de cada sentimiento doloroso hay uno profundo que quiere vivir. Aflora cuando dejamos de reducirnos al yo y nos situamos en estado de presencia. Por eso, basta hacernos conscientes del sentimiento que predomina en nosotros para saber en qué “lugar” o estado de consciencia nos hallamos: en la mente –reducidos al yo– o en la Presencia.

Semana 29 de abril: NUESTRO MOMENTO ESPIRITUAL

Entrevista de Lala Franco a JAVIER MELLONI, en Alandar 25 de marzo de 2018.
http://www.alandar.org/perfiles/entrevista-javier-melloni-sj-dialogo-interreligioso/

Javier Melloni, S.J. es especialista en diálogo interreligioso. Ofrece retiros de meditación y silencio en la Cueva de Manresa y ha comenzado junto con otras personas una comunidad contemplativa transreligiosa. En sus charlas sobre espiritualidad defiende la diversidad y la unidad de las religiones. Más de 300 personas acudieron en Madrid a su taller “La ola es el mar… pero no todo el mar”.

¿Cómo caracteriza el momento actual desde el punto de vista espiritual?

Como un tiempo emergente, que es postreligioso y postsecular a la vez. Ese “post” indica algo nuevo que empieza a germinar, aunque todavía es tenue. Digo que estamos en un momento “postreligioso” en el sentido de que las religiones ya no se pueden comprender como se comprendían a sí mismas hasta hace poco, porque han quedado afectadas tanto por el encuentro entre las demás religiones como por el fenómeno de la secularización. Pero la secularización también ha cambiado. Ya no tiene la ferocidad del siglo XX. Nuestra sociedad arreligiosa se está dando cuenta de que hay una dimensión de trascendencia en el ser humano que no podemos negligir o eliminar porque entonces dejamos de ser humanos. Están apareciendo brotes de algo nuevo que todavía no sabemos qué forma tendrá, pero todo apunta a que ya no es invierno y que está llegando la primavera.

¿Dónde ve usted esos apuntes de la primavera?

Primero, como ya he dicho, en la convicción cada vez más generalizada de que el ser humano no puede abandonar su dimensión espiritual; segundo, en la convicción también cada vez más compartida de que la forma con que se vive esa dimensión espiritual o religiosa no puede ser absolutizada negando las otras formas y, la tercera, la evidencia cada vez más compartida de que nos necesitamos los unos a los otros en todos los campos del saber y que no tiene sentido la competitividad entre las diferentes aproximaciones. Nos requerimos unos a otros, desde la ciencia a la filosofía, la teología, la tecnología, la biología, la ecología, la psicología… Disciplinas  que antes estaban enfrentadas las unas a las otras, ahora nos damos cuenta de que o co-inspiramos entre todos para transformar este mundo o perecemos como civilización. Como nadie quiere que perezca, aunque sea a regañadientes, se están dando conexiones nuevas, se están dando fecundaciones de disciplinas que antes jamás habían dialogado y, aunque de forma germinal, empieza a reverdecer la tierra, ya no es invierno.

“No podemos definirnos en una sola tradición religiosa”, ha dicho. ¿No resulta esto inquietante?

No es inquietante, es celebrante. ¿Cómo puede haber en una fiesta solo un canto, un instrumento o una música? ¿Cómo puede haber en un jardín solo unas flores o en un bosque solo una especie? Incluso en un bello y espeso bosque de coníferas conviven especies diferentes y son necesarias para su ecosistema. Consiste en pasar de competir entre pretensiones de totalidad a compartir plenitudes. Que una idea o creencia deje de ser totalitaria no significa que deje de ser plena. El diálogo con el otro no te quita tu plenitud sino tu pretensión de totalidad. Esto nos hace un poco más humildes y la humildad está más cerca de la verdad que cualquier otra cosa. Los que son verdaderamente religiosos o espirituales en su tradición, al final se alegrarán, aunque en estos momentos todavía temen perder algo. Pero no lo perderán sino que se ampliará, mientras no confundan su creencia con una totalidad sino con una plenitud.

La no-dualidad, defendida hoy por muchas corrientes espirituales, es muy difícil de explicar.

Ya va bien que sea difícil de explicar, porque así nos damos cuenta de que no lo podemos dominar. Ante una palabra que no comprendemos nos descalzamos y solo así, descalzos, podemos empezar a recorrerla. En la propia palabra hay una contradicción: no-dos; no dice que sea uno y tampoco que sea dos (separación). Por un lado, indica la unidad que subyace a todo y, por otro, afirma la diversidad que brota de esa unidad; la realidad se manifiesta en la pluralidad pero no en la fragmentación, porque hay un fondo que sostiene cada ser. Tan sagrado y necesario es atender la originalidad y especificidad de cada manifestación de la vida y de cada ser humano como comprender que todo emana de una única fuente y regresa a esa única fuente. Cuando se sostienen las dos cosas a la vez se produce una claridad en la mente y una expansión del corazón que es a lo que la no-dualidad apunta. Solo apunta, porque la palabra no puede sustituir a la experiencia.

Desde la tradición cristiana de relación personal con Dios, eso de disolvernos como ola en el mar provoca un poco de inquietud.

En los evangelios se dice que quien quiera seguir a Jesús debe de morir a sí mismo. Jesús también tuvo que morir; si no, no hubiera habido resurrección. Nosotros también tenemos que morir con Él para desprendernos de nuestra autorreferencia. Si deseamos participar de la plenitud de Jesús, debemos de pasar por esa muerte. Pero esa muerte no es nuestra disolución sino nuestra liberación. Una vez más recurrimos a la imagen de la gota de agua: cuando se funde en el mar pierde su contorno, pero no pierde su acuidad. Nosotros pensamos que somos el contorno y nos identificamos con él, pero en verdad somos el agua que está dentro de ese contorno y lo que hay que soltar es esa membrana, que no es lo que somos sino lo que limita lo que somos.  Quien lo entienda, que camine confiadamente en la clave de la no-dualidad; a quien no le resuene, que no se agobie, porque ya se le dará a entender. Pero quisiera transmitir que el paradigma de la no-dualidad no va en contra del cristianismo, sino que, al contrario, pone al alcance de todos lo que antes solo era para los místicos. La novedad del tiempo presente es que lo que hasta ahora había sido el punto de llegada, hoy está llamado a ser punto de partida. Los textos de Teresa de Jesús, de Juan de la Cruz, del Maestro Eckhart, que solo leía una minoría, hoy son necesarios para que pueda caminar la mayoría. Ahora bien, tampoco se pueden banalizar. Sin la muerte del yo no hay experiencia mística. Para adentrarse en ese bien mayor hay que dar un salto de confianza y atravesar esa muerte, que tampoco le fue ahorrada a Jesús. ¿Es solo para los místicos esa experiencia o es tiempo de que la hagamos todos? Lo que era antes punto de llegada, es ahora punto de partida, solo así podremos ser plenamente cristianos.

Usted afirma que Oriente y Occidente se fecundan mutuamente. ¿Cómo?

Occidente aporta el principio de personalización y Oriente el principio de oceanización. Oriente nos recuerda que todo está sostenido por algo mucho más profundo que las concreciones particulares y Occidente se adentra en lo específico y lo concreto; de este modo, el uno y lo múltiple que se complementan perfectamente. Oriente aporta sabiduría, Occidente conocimiento; Oriente aporta presente, Occidente aporta recuerdo del pasado y anhelo del futuro;  Occidente aporta acción y Oriente aporta no-acción, que no es pasividad sino un dejarse hacer por aquello mismo que hacemos, de modo que nuestra actuación se hace menos pretenciosa, porque es participativa de una acción mucho más amplia que actúa sobre todas las cosas.

Sus recomendaciones hoy para una vida espiritual sana serían…

Considero indispensable preservar una pausa significativa diaria para tomar conciencia de lo que somos y vivimos. Así como no podemos pasar ni un día sin dormir, comer o asearnos, tampoco deberíamos pasar un día de nuestra existencia sin dedicar, al menos, media hora de meditación. Por meditación entiendo cualquier forma de detención y quietud de la mente que permita la toma de conciencia de lo que estamos viviendo. No tiene que ser necesariamente sedente, puede ser practicando yoga, Chi Kung, contemplando la naturaleza o por la vía de la contemplación estética.

 ¿Qué más?

Diría tres cosas más. La primera es que lo más importante, sea cual sea la vía, es que nos lleve a la apertura. Si estamos a la defensiva, necesariamente estaremos a la ofensiva. Solo si cultivamos una actitud de apertura la realidad puede llegar a nosotros de una forma fresca que haga que nuestra respuesta sea creativa y no repetitiva. ¿Cómo sabemos que vivimos en estado abierto? Cuando hay gratitud y no juicio, queja o exigencia. No nos damos cuenta pero estamos continuamente criticando, sospechando o exigiendo y esto es muy tóxico. Nos hace personas muy duras, incapaces de dejar que advenga lo que viene. La segunda es pasar de juzgar a bendecir y a venerar. Cada vez que juzgamos condenamos a los demás y a la realidad, al reducirlos a nuestra medida. El modo de si estamos abiertos o cerrados es si brota de nosotros bendición o maledición (maldición). Cuando no juzgamos, tenemos la capacidad de bendecirlo todo, incluso lo que más nos molesta.

 ¿Y…?

Y lo tercero es el desprendimiento, el vivir sueltos. Estamos muy tensos, aferrados a  cosas, a roles y a personas. Esto nos desgasta terriblemente. Estamos faltos de una confianza básica. Al tratar de asegurarlo todo consumimos lo mejor de nuestra energía y la vida se nos escapa entre las manos. Soltar es confiar en que cada momento vendrá lo que tiene que venir y que lo sabremos recibir. En cambio, atrapados en nuestro temor, lo que adviene como liberación se convierte en prisión.

O sea, que lo de meditar es bastante más que una pura técnica.

La meditación es la condición de posibilidad para vivir en este estado de apertura. De ahí brota de modo espontáneo la capacidad de bendecir, de agradecer y de soltar. Es lo que permite trasmutar nuestros impulsos ofensivos, defensivos y depredadores en gratuidad, bendición y desprendimiento. Si no hay meditación, no se puede reinvertir ese movimiento. Cuando esto no lo haga solo una persona o un grupo, sino que lo haga toda una ciudad, un país, el planeta entero, entonces tendremos el Reino de los cielos. La otra posibilidad es aumentar el infierno que nosotros mismos estamos provocando. Cielo o infierno no dependen más que de nuestra decisión en cada momento. Diría que la vida espiritual no es más que tratar de ir de aquí a Aquí. El primer aquí es un exilio, cuando vivimos desde la sospecha y la exigencia, a la defensiva y a la ofensiva, mientras el otro Aquí  es paraíso, presencia, porque se vive desde la gratitud, el reconocimiento y la entrega. Que sea de un modo o de otro es algo que depende de la decisión indelegable de cada uno y que se renueva a cada instante. Requiere una gran determinación y una atención constante, pero eso nos permite participar de las fuentes de la vida que están aquí mismo. La luz y la sombra están en el mismo lugar. Me gusta mucho esta frase: “La sombra es la luz bajo la luz del árbol que se interpone”. La forma que tiene nuestra sombra indica el camino para llegar a la luz; en la comprensión de nuestra sombra está nuestra salvación; en ella están las claves de la luz, pero para eso hay que ser honestos y veraces.

Esa actitud, ¿produce una repercusión, una fecundidad social?

Por supuesto. Es inseparable. Cuando estamos abiertos, todo se abre y se expande y ello repercute al instante en nuestro modo de estar en el mundo. Supone pasar del rechazo al abrazo, de la indiferencia a la solidaridad, del individualismo a la compasión.

Semana 22 de abril: YO / TESTIGO

EN TORNO AL “PROBLEMA DEL MAL”

10. Yo / Testigo

Ante el mismo hecho, el yo se sentirá abatido, desconcertado e irremediablemente hundido. El Testigo –la Consciencia que atestigua–, por el contrario, observa todo, acoge todo, permite todo…, sabiéndose plenamente a salvo. No solo eso, sino reconociendo que todo lo que ocurre es oportunidad de comprensión y de crecimiento en la consciencia de quienes somos.

En ese sentido, toda crisis nos hace una doble llamada: a soltar y a comprender. Soltar todo para comprender que somos aquello que nunca podremos soltar: la pura Presencia. Comprender esto de modo cada vez más vivencial y de manera más estable hace que la crisis sea bienvenida. A esto se refiere aquel dicho sufí, cargado de sabiduría, según el cual, “cuando el corazón sufre por lo que ha perdido, el espíritu sonríe por lo que ha encontrado”.

Desde la comprensión de lo que somos, hallan profundo eco en nosotros las palabras de los sabios. “La esencia de la sabiduría –afirmaba Nisargadatta– es la total aceptación del momento presente”. “¿Cómo deberíamos vivir?” –se preguntaba la beguina Matilde de Magdeburgo–. Y ella misma respondía: “Vive dándole la bienvenida a todo”. San Juan de la Cruz apunta a esa misma clave: “Me parece que el secreto de la vida consiste simplemente en aceptarla tal cual es”. Y el propio Nietzsche, desde un marco ideológico aparentemente bien distante, expresa así el anhelo de su corazón: “«Amor fati»: ¡que ese sea en adelante mi amor!… Y, en definitiva, y en grande, ¡quiero ser, un día, uno que solo dice sí!”.

Desde el yo, no solo no tenemos explicación para los hechos que nos duelen o frustran, sino que resulta absolutamente imposible salir del laberinto de confusión y de sufrimiento en el que nos sumergen. El yo seguirá siempre con su misma música: “Esto no debería haber(me) pasado”. Y, a partir de ella, alimentará todo tipo de sentimientos que no harán sino incrementar el sufrimiento. Sin embargo, si observamos el mismo hecho, no desde el yo, sino desde el Testigo o desde la Presencia que somos, se producirá un alineamiento con lo que es, que se traducirá en aceptación y paz.

Y ahí se habrá dado en nosotros un paso decisivo en comprensión: no busco lo que quiere el yo, sino lo que la Vida quiere. O tal como lo expresara, de manera sublime, Marco Aurelio: “Todo se me acomoda, oh Cosmos, lo que a ti se te acomoda”. ¿Por resignación o claudicación? En absoluto; por sabiduría: porque he comprendido que soy uno con la Totalidad. Totalidad radiante que en todo, sin excepción, incluido aquello que me frustra o desconcierta, se está expresando en este preciso instante. Así comprendido, el instante –no pensado– es la Eternidad; cada forma es Plenitud.