“Te llevo en mis entrañas dibujada” (PRÓLOGO)

PRÓLOGO al libro de Emma MARTÍNEZ OCAÑA, Te llevo en mis entrañas dibujada, Narcea, Madrid 2012.

Cuerpo, psicología, espiritualidad, unificación, mujer, Jesús de Nazaret, plenitud… Tales me parecen ser las palabras-clave sobre las que pivota todo el trabajo de Emma Martínez Ocaña, en sus cursos, talleres y escritos. Y son también los ejes del presente libro, que tengo el gusto de prologar.

Que la primera de todas esas palabras sea “cuerpo”, no es algo  casual ni insignificante, sino todo lo contrario. Se trata de nuestra primera realidad “palpable”, la “puerta de entrada” al resto de la realidad: de ahí que el contacto consciente con él nos traiga a lo concreto y evite cualquier riesgo de espiritualismos desencarnados.
Pero no solo eso: al sentir el propio cuerpo, de una manera inmediata y no “pensada”, lo experimentamos como un “pasadizo” admirable que nos trae, simultáneamente, al presente y a la dimensión de profundidad de lo Real.
Y, como bien sabe y explica Emma, no se trata de una “nueva teoría”, sino de algo que toda persona puede experimentar por sí misma. Este mismo libro es una ayuda para comprobarlo.
Al sentir nuestro cuerpo, somos conducidos al presente, el único lugar de la vida. Y el lugar también en el que todo está unificado, integrado. El presente es abrazo integrador.
El cuerpo, a la vez que nos trae al presente, nos conduce a la profundidad. Al sentirlo, tenemos acceso a las “entrañas” –nuestro “centro vital” o hara-, donde palpamos la Vida que late, las presencias que nos habitan y el Misterio que, trascendiéndonos, nos constituye.
Es ahí, en esa presencia consciente al centro de nuestro propio cuerpo, donde experimentamos lo que bellamente expresaran el filósofo Gabriel Marcel y el teólogo Hans Urs von Balthasar: “El hombre es un ser con un misterio en su corazón que es mayor que él mismo”.

Emma nos ayuda a ver que el cuerpo es nuestro mejor aliado para experimentar y vivir la unificación o integración personal. Una unificación que únicamente puede darse en el presente –la huida del presente nos fractura- y en lo profundo –la superficialidad nos reduce y empobrece-.
Por medio del cuerpo –aliado dócil, sabio y fiable, que no sabe mentir-, accedemos a nuestro psiquismo y a nuestra dimensión espiritual. De este modo, y gracias a él, lo psicológico y lo espiritual se encuentran. Y es ese encuentro el que hace posible una vida en plenitud.

Por todo ello, me parece profundamente acertada la invitación de Emma a acoger nuestras propias entrañas, “símbolo de lo más profundo de la vida humana”, como medio para descubrir la Entraña misma de la realidad.
La Entraña de lo real es el objeto de nuestro Anhelo, porque constituye la verdad última de quienes somos. Se trata, por tanto, de plantear, desde otra perspectiva, la pregunta esencial: ¿quién soy?, ¿quiénes somos?
“Te llevo en mis entrañas dibujada”, reza el título del libro, una expresión que Emma, si bien modificándola, toma prestada de san Juan de la Cruz. No podía haber elegido otro más adecuado, para nombrar lo que nos quiere transmitir. En él, se aúnan dos intuiciones básicas: el lugar del cuerpo, y en concreto de las entrañas, como camino de unificación y la vivencia de la no-dualidad.
No-dualidad habla de Abrazo unificador, en el que todo se halla interrelacionado. No hay nada separado de nada. La separación es solo aparente, una ficción de nuestra mente que no puede pensar si no es separando. Todo es, por usar la misma imagen, expresión de la Entraña de lo que es.
Es sabido que los místicos y místicas han captado desde siempre la no-separación con el Misterio originante. El propio san Juan de la Cruz, en el comentario a ese verso del poema del Cántico Espiritual, escribe:
“De tal manera se dibuja la figura del Amado y tan conjunta y vivamente se retrata en él, cuando hay unión de amor, que es verdad decir que el Amado vive en el amante, y el amante en el Amado; y tal manera de semejanza hace el amor en la transformación de los amados, que se puede decir que cada uno es el otro y que entrambos son uno… Transformados en Dios, vivirán vida de Dios y no vida suya”[1].
Notará el lector cómo Emma juega con la expresión sanjuanista, de un modo metafórico –no puede hacerse de otra manera-, haciendo cambiar el sujeto de la misma. Así, tan cierta es la frase si la dice Dios a la persona: “Te llevo en Mis Entrañas dibujada”, como si es la persona la que se dirige al Dios Madre/Padre, del que está naciendo en permanencia: “Te llevo en mis entrañas Dibujada”.
Sabemos que el término “Dios” (que, etimológicamente, parece proceder del sánscrito dev: luz o luminosidad) es el que ha utilizado la religión para nombrar al inefable Misterio de Lo que es, a –si se me permite usar un nombre que aparece en este libro- la Entraña última de lo Real, o –como diría Javier Melloni- a “la Mismidad de todo lo que es”.
Más allá de los nombres, todos ellos limitados e inadecuados, lo cierto es que estamos dibujados en las Entrañas del Misterio que, al mismo tiempo, está dibujado en las nuestras.
Ante la Belleza de la No-dualidad, solo cabe el Silencio, el Asombro y la Admiración agradecida. Somos sin separación, distancia ni costura con el Misterio de todo lo que es.

Tiene razón Emma cuando escribe que la no-dualidad no es accesible a la mente, cuya naturaleza es inevitablemente dual. Por eso, en la primera parte de su libro, ofrece unos Senderos para caminar, eminentemente prácticos: son los caminos que van del yo superficial al Yo-Ser (profundo y místico), desde la mente distraída hacia la consciencia y la lucidez, y del ruido que nos envuelve al silencio que unifica.
Se trata, en realidad, de tres caminos convergentes, que se recorren simultáneamente. El yo no es otra cosa que la mente; al reducirnos a ella, perdemos el contacto con el Ser Uno y entramos en la ignorancia y en el ruido ensordecedor del ego, con los gritos de sus deseos y sus miedos.
Para avanzar hacia la Sabiduría, la unificación y la liberación del sufrimiento, necesitamos acallar la mente, desidentificarnos del yo superficial y acceder al Silencio elocuente y a su mensaje no-dual. “¿Cómo esperas acercarte a la verdad mediante las palabras…? –decía hace casi doce siglos el maestro Chan Huang-Po-. A la verdad solo puedes acercarte a través de la Puerta del Silencio que se encuentra Más Allá de toda actividad”. No hay duda: solo si acallamos la mente, podremos ver con claridad.
Eso es meditar, un “camino para despertar a nuestro verdadero ser”, como dice Emma. Gracias a su práctica, venimos a descubrir que el yo (como la mente) es solo un “objeto” dentro de nuestra verdadera identidad; y que es, a la vez, integrado y trascendido. De ese modo, el trabajo psicoespiritual se revela como el adecuado, al favorecer la unificación psicológica sin olvidar en ningún momento que quienes somos trasciende infinitamente al yo que tenemos y que, con frecuencia, creemos ser.

La verdad de cualquier camino espiritual se verifica en la vida. Básicamente, en dos aspectos: hace crecer en unificación y en bondad. Una vez más, todo resulta convergente y hasta elegante. Todo queda armonizado en la medida en que entramos en contacto y vivimos conectados con la verdad de lo que es.
En los dos capítulos siguientes del libro, Emma nombra esos dos frutos como “fecundidad” y “compasión”.
En la medida en que crecemos en unificación psicológica y accedemos a nuestra verdadera identidad, somos fecundos, es decir, somos capaces de darnos a luz a nosotros mismos en quienes realmente somos –van cayendo la imagen y las exigencias del ego- y de ayudar a otros también en el “nacimiento” a su verdadera identidad, no-separada de la nuestra.
Y somos también compasivos, con una compasión que nace, no solo de experimentar nuestra propia vulnerabilidad, sino sobre todo de la comprensión de que nadie ni nada me es ajeno, dado que he visto que la nuestra es, en último término, una Identidad compartida.
Esto es lo que vio Jesús de Nazaret, el hombre de “entrañas compasivas”, como subraya Emma, y lo que le llevó a decir con naturalidad: “Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mateo 25,40).

Quiero agradecer a Emma el regalo de este libro y animar a lectores y lectoras a que se dejen introducir en la sabiduría de su propio cuerpo, hasta el lugar de las “entrañas”, donde todo se unifica y se trasciende, donde, en un mismo y único movimiento, el Misterio se hace presente, y se desvela, finalmente, nuestra radiante identidad.
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NOTAS
[1] SAN JUAN DE LA CRUZ, Cántico espiritual 12,7.8, en Obras Completas (edición preparada por E. PACHO), Monte Carmelo, Burgos 72000, pp.764-765.