Semana 21 de enero: NARCISISMO, CONTRASTE Y REACTIVIDAD

El yo –y quien se halla identificado con él–, al percibirse como separado, necesita del contraste y de la reactividad para afirmarse. El contraste, la comparación, el afán competitivo y la reactividad forman parte de sus señas de identidad.

      Al carecer de sustancia –el yo no es sino un pensamiento, mero producto de la mente, sin consistencia propia–, necesita autoafirmarse constantemente, generar una “sensación” de existencia, para lo cual es imprescindible el  contraste: siente que existe porque se compara –contrasta– con otro.

          Es justamente esa necesidad egoica la que lleva a la creación de enemigos. “Tener un enemigo –escribía con acierto Umberto Eco– es importante, no solo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo”. Porque, como afirma Ignacio Morgado, director del Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona, “la hostilidad hacia un grupo diferente incrementa la solidaridad y cohesión en el propio grupo”.

          El psiquiatra Enrique Baca va todavía más allá al explicar que “la construcción del enemigo consiste en un proceso de despojamiento del otro –potencial objetivo de la agresión– de toda característica humana. Eso supone la eliminación de cualquier rasgo personal que lo haga aparecer como otro-yo, que pueda despertar rasgos de piedad, solidaridad o identificación”. En otras palabras, el enemigo construido debe ser algo a eliminar.

    De la misma manera, es la necesidad de autoafirmación la que establece la dinámica reactiva. El yo es incapaz de responder a las circunstancias desde la desapropiación, porque en ese movimiento quedaría diluido; lo único que le resulta posible es reaccionar: es su propia inconsistencia la que lo lleva a buscar sostenerse reaccionando contra la realidad, sean personas o circunstancias. Y cuanto más fuerte la reacción, más siente que existe. (Esto explicaría también que la personalidad más insegura y la más narcisista sea la más reactiva, la que tenga reacciones más exageradas).

          Esta constatación básica acerca de la naturaleza de la mente y del nacimiento del yo permite comprender no pocos mecanismos que caracterizan el comportamiento humano y el funcionamiento de colectivos de todo tipo.

          La identificación con el yo lleva de la mano, entre otras, las siguientes actitudes: narcisismo, egocentrismo, apropiación y absolutización de lo propio, descalificación del otro –que llega hasta la xenofobia–, victimismo…, todo lo cual queda sintetizado en una expresión que, reconocida o no, se cuela siempre como trasfondo en personas y grupos que permanecen anclados en la identificación con el yo: “Quien no está conmigo, está contra mí”. Expresión que define con precisión el modo de funcionar del ego y que no es difícil encontrar en grupos religiosos y políticos de todo tipo.

        Desde ahí, es inevitable que se hagan lecturas erradas de la realidad. Porque, como escribiera Erich Fromm, “en la orientación narcisista se experimenta como real solo lo que existe en nuestro interior”. Lo exterior se evalúa únicamente desde el punto de vista de su utilidad o peligro para uno mismo. Para el perfil narcisista, lo importante es siempre lo propio, por lo que se descalifica sin contemplaciones a quien no lo reconozca o simplemente discrepe.

          Encontramos aquí un criterio (o síntoma, según se mire) capaz de cuestionarnos dónde nos encontramos: a mayor ignorancia acerca de quienes somos, mayor necesidad de crearnos enemigos o de descalificar a otros, para de ese modo –a través del contraste o contraposición– sostener el yo y su sensación de existir; por el contrario, a mayor comprensión, más libertad interior, más ecuanimidad y más compasión: hemos comprendido que “el que no está conmigo” forma también parte de “mí” (de lo que somos realmente, más allá del personaje que pensamos ser).