LA APARENTE INSIGNIFICANCIA DE LA SAL

Comentario al evangelio del domingo 8 febrero 2026

Mt 5, 13-16

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo”.

LA APARENTE INSIGNIFICANCIA DE LA SAL

La sal otorga sabor a los alimentos en la medida en que se disuelve. La persona enriquece las relaciones en la medida en que el yo se hace a un lado, hasta pasar desapercibido.

Somos sal porque somos vida y cauce de vida. Cuando el yo se hace a un lado, lo que queda es vida en toda su limpieza y fecundidad, que se manifiesta y experimenta como presencia que humaniza y da sabor a todo lo que vivimos y hacemos.

Es un regalo impagable encontrar a alguien que, por vivir desapropiada y amorosamente, se convierte en presencia que acoge, escucha, acompaña, comparte y camina con nosotros. Esa esa presencia de calidad la que despierta vida a su paso.

Somos sal que da sabor en la medida en que nos reconocemos y nos vivimos como presencia consciente. Presencia, en primer lugar, para nosotros mismos, pasando así de una sensación de distancia o indiferencia a un sentimiento de amor y de aprecio, que hace posible nuestra paz interior, el gozo y el amor a los demás. Y presencia también para los otros, a quienes sabemos ver en su belleza original y en su radical unidad con nosotros mismos.