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COMPASIÓN Y COMPRENSIÓN

 

Compasión..LA COMPASIÓN NACE

CUANDO COMPRENDEMOS CONDICIONAMIENTOS

 

 

 

“Si su pasado fuera tu pasado, si su dolor fuera tu dolor, si su nivel de conciencia fuera tu nivel de conciencia, pensarías y actuarías exactamente como él o ella. Esta comprensión trae consigo perdón, compasión y paz.

 

Al ego no le gusta oír esto, porque pierde fuerza cuando no puede mostrarse reactivo y tener razón”.

 

(Eckhart TOLLE, El silencio habla, Gaia, Madrid 2003, p. 92).

 

 

 

 

El ego necesita “tener razón”; lo que somos, anhela la sabiduría.

(Uno de los mayores enemigos de cualquier relación es querer tener siempre la razón).

El ego se siente fortalecido cuando reacciona; lo que somos, no busca sino fluir con la Vida.

(La reactividad es directamente proporcional a la inseguridad y da la medida de nuestro ego).

El ego gira de una manera egocentrada; lo que somos, es amor.

(La egocentración es sinónimo de narcisismo y constituye un caparazón que nos hace vivir desconectados de nuestra verdadera identidad y, por tanto, de los otros).

El Ser y el ego

ESPIRITUALIDAD: UNA PALABRA GASTADA, UNA REALIDAD EMERGENTE

Espiritualidad y verdad

Para no pocos de nuestros contemporáneos, el término “espiritualidad” suena a algo caduco. Su desgaste parece deberse a un doble motivo: por un lado, a aquel dualismo trasnochado y dañino que contraponía “lo espiritual” a “lo material”, con la consiguiente devaluación o demonización de este último; por otro, a una indebida identificación entre “espiritualidad” y “religión”, por lo que el rechazo de la segunda arrastró consigo el menosprecio de la primera.

 

Paradójicamente, sin embargo, estamos siendo testigos de un resurgir espiritual, llamativo tanto en su extensión como en su intensidad. Un resurgir, ciertamente, no exento de ambigüedades y, en gran medida, al margen de las instituciones religiosas. Pero preñado de promesas y esperanzas: según no pocos estudiosos, podemos jugarnos en ello el futuro de la humanidad y del planeta.

 

Desearía que esta sección, que inicio hoy, en torno al tema de la “espiritualidad”, pudiera ofrecer claves y recursos para:

  • entender el por qué de la situación (religiosa y espiritual) en la que nos encontramos, así como sus consecuencias en nuestras vidas;
  • comprender y vivir lo que entendemos por “espiritualidad”;
  • familiarizarnos con la llamada “inteligencia espiritual”, haciéndonos conscientes de la importancia de potenciar su cuidado, también en el proceso educativo de niños y jóvenes.

Aliento la esperanza de que el trabajo en este campo nos haga crecer en lucidez y en profundidad. Una mirada más clara y un corazón más abierto son signos inequívocos de una vida espiritual; justo lo opuesto a la cerrazón fanática y a la egocentración estéril.

 

Y termino esta primera entrega con unas palabras del Dalai Lama, que nos sitúan ante el horizonte genuino y amplio de lo espiritual: “Transformar la mente: ese es mi concepto de la espiritualidad. Ahora bien, la mejor manera de transformarla es acostumbrarla a pensar de manera más altruista. Por eso, la ética es la base de la espiritualidad laica para todos, sin limitarse al grupo de creyentes de una u otra religión”.

 

Porque, de entrada, la espiritualidad no remite directamente a la religión, sino a la vida. Por eso no habla de creencias, sino de certezas; no habla de fe, sino de comprensión. En su sentido más genuino, espiritualidad es sinónimo de sabiduría y, en último término, de vida en plenitud. La “dimensión espiritual” no es algo que tengamos los seres humanos, sino más bien lo que somos en nuestra verdad más profunda.

Zizur Mayor, 3 enero 2016.

AÑO NUEVO: ¿DÓNDE ENCONTRAR LA NOVEDAD?

Consciencia e inconscienciaLa celebración del “Año nuevo” –conocida prácticamente en todas las culturas y religiones-, aparte de reflejar el ciclo vital, tal como se aprecia en la naturaleza, parece responder al anhelo humano de “comenzar de nuevo”. Es inevitable que en la existencia humana se hagan presentes el dolor, el cansancio, la frustración, el fracaso…, que amenazan con ahogar las mejores expectativas. Ante esa constatación, se entiende que surja la voz que dice: “Empecemos de nuevo”. La celebración del “año nuevo”, en este sentido, viene a significar la oferta de una nueva oportunidad.

 

Lo que ocurre es que poner la novedad en un mero cambio de fechas del calendario no pasa de ser una mera convención. El 1 de enero –por ceñirnos a nuestra tradición- no es más “nuevo” que el 31 de diciembre. Y tras el rito del “paso de año”, todo seguirá siendo como era ayer. O incluso peor porque, a la resaca de la celebración, le acompañará la frustración de comprobar que nada ha cambiado.

 

Más allá de las lecturas que pueda hacer nuestra mente, es obvio que la novedad no es “algo” que podamos encontrar “fuera” para incorporar a nuestra existencia cotidiana. No la hallaremos en el mundo de las formas, caracterizado inexorablemente por la impermanencia. Lo más que podemos encontrar en ese nivel son sucedáneos de novedad que, satisfaciendo por un momento nuestra curiosidad, rápidamente volverán a entrar en el cajón de la rutina. Y no solo debido a su propia impermanencia, sino al dato innegable de la rapidez con que el cerebro se habitúa a cualquier hecho o circunstancia, por “novedosos” que nos resulten en un primer momento.

 

Novedad es sinónimo de frescor, limpieza, presencia, vida –la vida siempre es nueva-, y va acompañada de actitudes y sentimientos de sorpresa, admiración, alabanza, gratitud, comunión y plenitud. Todo esto es lo que, sepámoslo o no, nuestro corazón anhela. Pero habitualmente lo buscamos donde no puede encontrarse.

 

Con frecuencia después de no pocas frustraciones, aprendemos que la novedad anhelada no reside en nada que podamos aferrar –todo ello se revela rápidamente efímero- ni se halla al alcance de la mente. Lo que nace de esta, por su propia naturaleza, tiene siempre el color de lo “ya sabido”, porque pensar no es sino barajar interpretaciones oídas a otros y almacenadas en el cajón de nuestros recuerdos, conscientes o inconscientes. La mente nos conducirá siempre al pasado –pensar es recordar– y, desde él, nos proyectará al futuro que ella misma piensa. En cualquier caso, la identificación con la mente es el camino más seguro para hacer imposible la novedad.

 

La novedad no es “algo” que se halle al alcance de la mente, así como tampoco es el yo el que pueda saborearla. Mente y yo son sinónimos de no-presencia, por más que reconozcamos la mente como una herramienta excepcional para múltiples tareas. Pero solo podremos verla como herramienta cuando no estamos identificados con ella, sino que nos (la) vivimos desde la atención. Y con esto nos aproximamos ya a comprender qué es realmente la novedad y dónde se encuentra.

 

La novedad es un estado de consciencia, no separado por tanto de lo que realmente somos –en nuestra verdadera identidad, somos novedad-, y lo experimentamos cuando nos reconocemos y dejamos permanecer en la Presencia. De manera que “novedad” y “estado de presencia” son expresiones equivalentes, que quieren designar lo que somos en profundidad. No somos “algo” que aparece en la consciencia (o presencia), sino esa misma Consciencia (o presencia) que constituye el núcleo último de todo lo que es, que sostiene y abraza todo lo que existe y de donde están brotando en permanencia la infinidad de formas impermanentes.

 

¿Y cómo acceder a ese estado de presencia que –en una profunda paradoja-, aun creyéndolo “separado” e incluso lejano, constituye nada menos que nuestra identidad real? La herramienta adecuada para ello es la atención. Así como el pensamiento (no observado) –o identificación con la mente- nos saca del estado de presencia, la atención abre la puerta para aposentarnos en él.

 

Bajo este punto de vista, la sabiduría consiste en quitar pensamiento y poner atención. O, más exactamente, en utilizar la mente viviendo en la atención. Y esta es la pregunta que nos trae a la realidad: ¿Dónde vivo más tiempo: en la mente o en la Consciencia, en el pensamiento o en la atención? A partir de ahí, podremos adiestrarnos en un entrenamiento constante en la vida cotidiana para venir, una y otra vez, a la atención (presencia, novedad) que somos. Ahí ocupa su lugar la práctica meditativa.

 

Para hacernos conscientes contamos con una alarma inequívoca: todo “malestar” que nos quita la paz, nos está diciendo que hemos abandonado la atención y estamos siendo manejados como marionetas por un pensamiento al que le hemos otorgado todo el poder. Basta tomar distancia de él –observarlo desde el Testigo– para que emerja la atención que nos conduce a casa, al estado de presencia.

 

En ese estado, todo es siempre nuevo. “He aquí que hago nuevas todas las cosas”, hace decir a Dios el Libro del Apocalipsis (21,5). No se trata de la acción de un dios que interviniera desde fuera, sino del reconocimiento de que, siempre y en todo momento –Dios es Presencia- todo es nuevo. Pero solo podemos apreciarlo cuando salimos del nivel aparente (de las formas), en el que estamos hipnotizados o hechizados por la mente (el yo), y nos situamos en aquella dimensión profunda que es ella misma Presencia.

 

Por todo ello, la instrucción más adecuada quizás sea esta: “Deja de buscar… Déjate encontrar”. La búsqueda no conduce a ninguna parte porque es obra del yo. Puesto que ya eres Presencia, lo que necesitas es dejarte encontrar. Lo cual no tiene nada de pasividad, ya que implica un compromiso firme y perseverante por soltar (abandonar) aquel modo de funcionar centrado en la mente, que tan atrayente resulta para el yo.

 

El yo se resiste a abandonarlo porque estar en la mente, no solo le permite creer que existe, sino que le otorga además una sensación de protagonismo muy atrayente para él. Desde la mente cae bajo el hechizo de creer que la seguridad depende del control que él pueda ejercer. Eso explica su (nuestra) resistencia a soltar. Preferimos ese control, tan agotador como inútil, al hecho de abandonarnos a la sabiduría de la Vida, permaneciendo sencillamente en conexión consciente con la Presencia que somos. Pero si quieres vivir todo de una manera siempre nueva y fresca, deja de buscar (de controlar, de aferrarte…): ese es un intento inútil. Y déjate encontrar por lo que ya eres. ¿No te sientes realmente encontrado(a), en el momento mismo en que acallas la mente? Ahí reside permanentemente la Novedad.

 

Hacerse niños

Con el deseo de un año 2016 lleno de Vida, de Gozo, de Paz y de Amor.

Enrique.

Zizur Mayor, 27 diciembre 2015.

Semana 20 de diciembre. NAVIDAD: CIELO Y TIERRA SON UNO

Al vaciarte del yo, descubres la Plenitud que eresEn ocasiones se oyen voces de personas cristianas lamentando que alguna gran festividad, como la de “Todos los Santos”, se quiera convertir en fiesta pagana tipo “Halloween”. No soy amigo de esta fiesta en concreto pero quienes así protestan, parecen desconocer que esa práctica ha sido habitual en todas las épocas. Durante siglos, la Iglesia católica se fue apropiando de diversas festividades paganas, a las que terminó “cristianizando”.

 

Ese es el caso de la fiesta de Navidad. Para la inmensa mayoría cristiana, el 25 de diciembre es Navidad, porque se celebra el nacimiento de Jesús. Sin embargo, originalmente, no fue así: esta fiesta se institucionalizó a partir del siglo IV, y su reconocimiento oficial se produjo el año 354, por parte del papa Liberio.

 

La Iglesia terminó cristianizando la fiesta del “Dies Natalis Solis Invicti” (natividad del sol invicto), que se celebraba apenas pasado el solsticio de invierno, cuando la luz del día empezaba a alargar. Es decir, el Sol invicto se “recuperaba” una vez más y su luz volvía a abrirse paso tras el declive estacional.

 

Con todo, la elección de esa fecha no fue algo exclusivo de la Iglesia; eso mismo había ocurrido en muchas mitologías: en Persia, Mitra, dios de la Luz; en Roma, Apolo; en Egipto, Horus; en las culturas germánicas y escandinavas, Frey, dios del sol naciente; entre los mexicas, antiguo pueblo precolombino, Huitzilopochtli, dios del sol… Tomando al sol como símbolo de lo divino, las diferentes culturas fijaron como fecha del nacimiento de sus respectivas divinidades el solsticio de invierno, cuando los días empiezan a alargar, cuando el sol “vuelve a nacer”.

 

En el caso cristiano, lo que se perseguía con la elección de ese día –más allá de “cristianizar” una fiesta previamente pagana-, era señalar a Jesús como el verdadero “Sol invicto”, la Luz originaria y originante, tal como proclamara el Prólogo del cuarto evangelio: “Al principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios… Todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto llegó a existir. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres… La Palabra era la luz verdadera, que con su venida al mundo ilumina a todo hombre” (Jn 1,1-4.9).

 

En un nivel mítico, la lectura literal presenta la Navidad como el acontecimiento histórico en el que el Hijo de Dios preexistente, que había tomado cuerpo en el seno de María virgen, nace como un ser humano, para aportar salvación a toda la humanidad.

 

Tal lectura presupone una cosmovisión tripartita (cielo/tierra/abismo) que hoy nos resulta completamente obsoleta y desfasada. Y se mueve, además, en un modelo de cognición mental basado en la separación radical. El Dios pensado no puede ser visto sino como un ente separado y, en cierto sentido, viviendo al margen o en paralelo a la realidad creada. Sin embargo, apenas se toma un mínimo de distancia de ese modelo de conocer, se aprecia que aquella imagen, construida desde ese mismo modelo, es una mera proyección realizada por la propia mente.

 

Trascendido el literalismo, retomamos el mito desde una clave simbólica. Y es entonces cuando nos muestra toda la riqueza que contiene, que podría expresarse de este modo: Lo más grande y excelso (“Dios”) está (“nace”) en lo más pequeño (un niño). Eso es lo que ha ocurrido siempre y lo que ocurre en cada instante: todo es divino-humano, celeste-terrenal, sin separación alguna.

 

Los mitos –no podía ser de otro modo en aquel nivel de consciencia- imaginaban lo realmente Real como algo separado y ajeno a lo cotidiano. Lo que, en la no-dualidad, nos parece impensable -¿cómo Lo Real podría ser separado de algo real?-, para una mente mítica parecía incuestionable. Desde ella nacieron las diferentes mitologías que proyectaban un “reino paralelo” –el mundo de los dioses- al de la experiencia cotidiana. Sin embargo, superado aquel nivel de consciencia, resulta patente que todo aquello que los mitos atribuían a una supuesta divinidad separada no es sino el Secreto o Núcleo último de todo lo real, Aquello que somos.

 

En el imaginario colectivo, dentro de nuestro marco cultural occidental, la “Navidad” toca fibras sensibles, asociadas desde nuestra infancia a toda una serie de elementos particularmente evocadores: fiesta familiar, celebración religiosa, pesebre o belén, bebé, villancicos…; elementos acompañados de notable carga afectiva que puede sentirse como irrenunciable. Pero más allá de todo eso, su significado remite a la Unidad.

 

En cierto sentido, el mensaje de Navidad puede encerrarse en la imagen del bebé y en la afirmación de que Dios se hace manifiesto en lo más pequeño. No hay un ente separado; lo Real es solo uno, en sus “dos caras”, la manifiesta y la inmanifestada. Todo lo manifiesto, por pequeño que sea, es expresión del misterio último.

 

La tradición cristiana expresa esta certeza en el símbolo de Jesús, el Dios-Niño, que a su vez es expresión de lo que somos todos. Al afirmar de él que es Enmanuel (“Dios-con-nosotros”), se está reconociendo que no existe nada separado de nada. Como él, todo sin excepción es divino-humano. Por eso, en todo lo visible estamos “viendo” lo invisible: son solo las dos caras de lo Real. Y nos equivocamos cuando pretendemos “anular” cualquiera de ellas. Navidad nos recuerda que todo es valioso.

 

Con el deseo profundo de una muy feliz Navidad,

celebrando la Vida y la Unidad que somos.

Enrique.

Zizur Mayor, 20 diciembre 2015.

Semana 6 de diciembre. LA MENTE Y LA MEDITACIÓN

LA MENTE, LA BRILLANTINA

Y LA PRÁCTICA DE LA MEDITACIÓN

Meditación niños

         Ante la evidencia aportada por las neurociencias acerca de los beneficios de la práctica de la meditación, va creciendo en educadores la conciencia de introducir, en todos los niveles del proceso educativo, lo que suele llamarse el “cuidado de la interioridad”.

 

         Más allá de los nombres con que pueda designarse, se trata de favorecer que el niño tome conciencia de su mundo interior, aprenda a nombrar y gestionar sus emociones, crezca en consciencia del momento presente y pueda ver que él es más que su mente: que la mente es una herramienta preciosa, pero no nuestra dueña y, mucho menos, nuestra identidad.

Mente abierta

         En definitiva, se trata de ayudarles a conectar con el propio ser, a través de la práctica de la respiración, la atención y la quietud.

 

         Privarles de todo ello implica dejarles sin herramientas, tanto para manejarse en el complejo y delicado mundo de los sentimientos, como para llegar a descubrir –experimentar- lo que constituye, más allá de la personalidad, nuestra verdadera identidad. Y, ¿para qué sirve una educación que no capacita para responder a la pregunta más importante: “¿Quién soy yo”?

 

         El psiquiatra Daniel Siegel ha escrito: “La gente no es consciente de las consecuencias científicamente probadas de dichas prácticas interiores. Ello llevaría a plantearse un enfoque totalmente nuevo en la educación” (D. SIEGEL, Tormenta cerebral. El poder y el propósito del cerebro adolescente, Alba, Barcelona 2014).

 

Y en otro libro bien interesante: “Experimentos recientes demuestran que la arquitectura física del cerebro cambia según hacia dónde dirigimos la atención y según las actividades que practicamos con regularidad” (D. SIEGEL – T. PAYNE, El cerebro del niño, Alba, Barcelona 2013).

Meditar para ver

En esta línea, os dejo el enlace de un video corto (menos de 4 minutos), en el que los niños hablan de emociones. Y, con la imagen de la brillantina que se mueve dentro de un frasco, se explica la importancia de aprender a calmar o aquietar la mente, para no ser esclavos de los movimientos emocionales.

 

https://www.youtube.com/watch?v=fU08a9wk7v0

 

 

         Algo similar afirma el breve video “Meditar DivertidaMente”, realizado por Isabel Ferraz, a partir de la película “Inside Out” (traducida en España como “Del Revés”). Este es el enlace:

 

https://www.youtube.com/watch?v=-YP81UR8aCI

Semana 29 de noviembre. LA INMACULADA: LO QUE SOMOS ES INOCENCIA

El dogma de la Inmaculada Concepción fue proclamado por el Papa Pío IX, en la Bula Ineffabilis Deus, el día 8 de diciembre de 1854. En él se sostiene que María, a diferencia del resto de los seres humanos, no se vio alcanzada por el pecado original, por lo que fue “Inmaculada” (“sin mancha”) desde el mismo momento de su concepción.

 

Más allá de la polémica acerca de la proclamación de un dogma para el que no parecía haber apoyo bíblico (evangélico), lo que se logró fue enfatizar la “doctrina del pecado original” y subrayar su lectura mítica, en clave de culpa y expiación.

 

Indudablemente, la piedad mariana siempre ha tendido al exceso. Lo cual es comprensible porque toca fibras especialmente sensibles para el ser humano, aquellas que hacen referencia a la figura de la madre: ¿quién no ensalzaría a su madre por encima de cualquier otra persona? Sin embargo, el hecho de presentar a María como objeto de especiales prerrogativas no logró sino “alejarla” de la realidad humana y reducir su figura a lo que podía verse desde un paradigma premoderno y un nivel mítico de consciencia. De ese modo se llegaron a conclusiones que hoy nos parecen completamente irrelevantes, cuando no inasumibles. Veamos, en primer lugar, cómo se presentaba el dogma y, a continuación, por qué resulta hoy irrelevante.

 

La doctrina católica –aunque no fuera estrictamente bíblica-, fundamentada en la teología de san Agustín, afirmaba que Adán y Eva, entendidos como personajes históricos, los “primeros padres” de toda la humanidad, cometieron un pecado de desobediencia a Dios, por lo que fueron castigados en ellos mismos y en todos sus descendientes: esta es la conocida como “doctrina del pecado original”.

 

Todo ser humano nacía ya con ese pecado. De ahí que se presentara el bautismo como requisito imprescindible para liberarse del mismo, hasta el punto de que, cuando un niño moría sin bautizar, no podía participar de la gloria de Dios (“ir al cielo”), sino que era destinado a un lugar denominado “limbo”.

 

¿Qué habría sucedido con María? En ella, según la proclamación dogmática, se produjo una excepción, que se argumentaba diciendo que la “mancha” (culpa) del pecado original le habría sido quitada “en previsión de los méritos de la muerte de su Hijo”. Es decir, el dogma de la Inmaculada aparecía enmarcado en la clave expiatoria en la que se había entendido el “pecado original”: culpables ante Dios por el pecado de “nuestros primeros padres”, no tendríamos acceso a la salvación sino gracias a los méritos de la muerte de Jesús en la cruz, que habría expiado nuestro pecado y nos habría redimido, devolviéndonos la amistad de Dios.

 

No es difícil advertir hasta qué punto toda esa doctrina chirría en la consciencia contemporánea. El motivo es simple: se había entendido de forma literal lo que solo era un mito. Pero es precisamente esa lectura la que hoy resulta, no solo irrelevante, sino insostenible.

 

Es insostenible no solo porque da por supuesta la imagen de un Dios irascible y vengativo, capaz de condenar a todos los humanos por un pecado, en rigor, “ajeno”; que habría necesitado la muerte de su propio Hijo para calmar su honor herido; que no podía reconocer como hijos a quienes no hubieran sido bautizados… Más aún: un Dios que, pudiendo habernos concedido a todos el mismo “privilegio” que le otorgó a María, sin embargo no lo hizo. ¿No estamos, en realidad, ante una caricatura antropomórfica de la divinidad –fruto de la proyección de la mente- que chirría de manera estrepitosa?

 

Pero aquel dogma resulta insostenible, no solo por la imagen de Dios que (tácitamente) transmite, sino porque se apoya en algo que nunca existió: el llamado “pecado original”. Fue solo un mito –muchas culturas conocen el mito del “paraíso perdido”-, que san Agustín y, con él, la teología católica elevó a un hecho histórico y adornó con todas las características con las que habría de llegar hasta el catecismo de la Iglesia.

 

Sin embargo, la Iglesia es reacia a admitir la no historicidad del llamado “pecado original” porque teme que se venga abajo toda su doctrina acerca de la expiación y, por extensión, sea cuestionada de raíz la obra salvífica de Jesús. Porque si no hubo pecado, ¿qué necesidad hay de salvación del mismo?

 

Sin duda, todo esto obligará a un replanteamiento en profundidad de los contenidos de la fe cristiana. Personalmente, tengo la certeza de que con ello, no solo no tiene por qué perderse nada valioso, sino que todo puede resultar enriquecido. Será el camino para salir de las creencias –el “mapa” propio de una religión- y anclarnos en la certeza –o “territorio”- que compartimos con todos los seres. El mapa es algo que tenemos; el territorio es lo que somos. (Sobre todo ello, puede verse lo que he escrito en: Cristianos más allá de la religión. Cristianismo y no-dualidad, PPC, Madrid 22015).

 

Por lo que se refiere a la cuestión que estamos tratando, reconocer la no historicidad del paraíso y del pecado original no significa negar la validez del mito, cuando lo leemos, no de un modo literal, sino simbólico. Del mismo modo, también el dogma de la Inmaculada Concepción es susceptible de una lectura simbólica, cargada de contenido: en María se afirma lo que es cierto para todos nosotros. En nuestra verdad identidad, somos inmaculados, limpios, inocentes… Cada ser humano funciona como puede, sufre cuando cree ser el yo (ego) separado –este es realmente el “pecado original”, en cuanto origen de toda confusión y sufrimiento-, pero realmente es inocencia, porque es Vida. De ahí que, cuando un cristiano celebra a María Inmaculada, en ella se ve reflejado, junto con todos los seres. El dogma de la Inmaculada Concepción habla de todos nosotros: eso es lo que realmente somos.