«EL LIBRE ALBEDRÍO NO EXISTE» (1) // Robert Sapolsky

Margarita Rodríguez entrevista al neurocientífico Robert Sapolsky, en BBC News Mundo, 26 de febrero de 2024:
https://www.bbc.com/mundo/articles/c035p8kw6nlo
«No somos ni más ni menos que la suma de aquello que no pudimos controlar»: Robert Sapolsky, el prestigioso neurocientífico que no cree en el libre albedrío.

En una sociedad que se ha construido alrededor de la idea de que uno debería sentirse muy mal consigo mismo o con las cosas sobre las que no tiene control, pensar que no existe el libre albedrío puede ser una gran noticia para muchas personas. Incluso algo liberador.
Así lo piensa el neurobiólogo estadounidense Robert Sapolsky, para quien el libre albedrío es una ilusión.
Su posición lo ubica dentro de una minoría de pensadores.
La mayoría de filósofos creen en el libre albedrío, un concepto que también se ha vuelto objeto de estudio de la neurociencia.
Y es desde la ciencia, principalmente, que Sapolsky argumenta su punto de vista.
«Es uno de los científicos más venerados de la actualidad», dice la prestigiosa revista New Scientist.
Por más de tres décadas, Sapolsky pasó una parte de cada año estudiando babuinos salvajes en Kenia, lo que le permitió descubrir complejas interacciones sociales.
Sus investigaciones han ayudado a comprender aspectos del comportamiento humano y el impacto del estrés en la salud.
Es autor de varios libros, entre ellos Behave. The Biology of Humans at our Best and Worst («Compórtate. La biología que hay detrás de nuestros mejores y peores comportamientos») o Determined. Life without Free Will («Determinado. Una ciencia de la vida sin libre albedrío», editorial Capitán Swing, 2024), en el que plantea que:
«Detrás de cada pensamiento, acción y experiencia yace una cadena de causas biológicas y ambientales, que se extiende desde el momento en que se activa una neurona hasta el inicio de nuestra especie y más allá. En ninguna parte de esta secuencia infinita hay un lugar donde el libre albedrío pueda desempeñar un rol».

El profesor de Biología y Neurología en la Universidad de Stanford conversó con BBC Mundo sobre ese libro en una videollamada.

 Mi primera pregunta no podía ser otra: ¿qué se entiende por libre albedrío?
 «Probablemente el mejor lugar para empezar sea en donde la gente comete su mayor error: donde no hay libre albedrío», comienza respondiendo.
«Es una circunstancia en la que tomamos una decisión. Todos los días tomamos decisiones. Por ejemplo, elegimos lo que vamos a comer».
«Somos conscientes, tenemos una intención y actuamos en consecuencia. Sabemos cuál será el resultado probable, también sabemos que no tenemos que hacerlo, nadie nos obliga, tenemos alternativas y, para la mayoría de las personas, intuitivamente eso es libre albedrío.
«En Estados Unidos, todo el sistema legal se basa en si la persona tenía la intención [de hacer algo] y si, aun sabiendo eso, pudo haber hecho otra cosa. Eso es suficiente para determinar un juicio.
«Y desde mi perspectiva, esto no tiene absolutamente nada que ver con el libre albedrío. Y centrarse en eso es como preguntarle a alguien qué piensa de un libro cuando todo lo que hizo fue leer la última página, porque el punto es: tienes una intención consciente y elegiste actuar en consecuencia. «Pero ¿cómo te convertiste en el tipo de persona que tendría esa intención? ¿Cómo sucedió eso? Y ahí es donde el libre albedrío simplemente no existe, ahí es donde se evapora”.
 

«No está allí»
 
Otro ámbito en el que la gente ve «emocional e intuitivamente» el libre albedrío es en los grandes logros, señala Sapolsky.
Por ejemplo, cuando miran a alguien que quizás no tenía tanto talento en ciertas áreas y, aun así, con trabajo duro y autodisciplina sobresalió.
«Cuando pudo haberse relajado y haberse ido de fiesta con los demás, se quedó estudiando. Y eso es muy inspirador. Tal vez no tenía una gran memoria o una gran mente lógica o analítica, o lo que sea que no controlaba, pero mostró mucho libre albedrío en la disciplina y la tenacidad».
Una percepción similar -de acuerdo con el investigador- se aplica a lo opuesto: alguien que, pese a poseer grandes dones, «los desperdició».
«Y esas son dos áreas en las que las personas simplemente se chocan contra una pared y deciden que ahí es donde está el libre albedrío, y no está allí. No creo que esté en ninguna parte».
 

El determinismo
 
Le cuento que cuando le propuse a mis editores entrevistarlo, pensaba que lo había hecho por mi libre albedrío.
Pero leyendo su libro me hizo preguntarme cómo es que llegué a esa decisión.
Y es que Sapolsky plantea que cuando nuestro cerebro genera un comportamiento en particular es por «el determinismo que vino poco antes, el cual fue causado por el determinismo que hubo antes de ese y el de antes de ese» y así una larga cadena.
 

Entonces le pregunto: ¿qué es el determinismo?
«Para mí, es como si cada momento fuera el resultado de lo que vino antes», sostiene.
«Este es un mundo en el que no hay nada que suceda sin una explicación, sin lo que vino antes».
Pero quizás hay una excepción: la mecánica cuántica.
En su libro, el neurocientífico examina «algunos de los dominios fundamentales del universo en los que cosas extremadamente pequeñas operan de maneras que no son deterministas», es decir, el mundo cuántico.
Pero, al mismo tiempo, me cuenta que unos físicos le enviaron recientemente un trabajo en el que planteaban que «el mundo es más determinista debido a la mecánica cuántica».
Pero más allá de lo enriquecedor que pueda resultar ese debate, para Sapolsky hay algo claro: «La mecánica cuántica no es lo que determina si eres la Madre Teresa o Vladimir Putin. Fuera de eso, nada ocurre sin una explicación».
«Lo que acaba de suceder pasó debido a lo que vino justo antes y eso se aplica a cada mecanismo que nos hace quienes somos».
 

«Imperativo moral»
Sapolsky dejó de creer en el libre albedrío cuando era un adolescente.
«Ha sido un imperativo moral para mi ver a los humanos sin juzgarlos y sin creer que cualquier persona merece algo especial, vivir sin capacidad de odiar o de creer que merezco privilegios», escribió.
 

Le pregunto a qué se refiere.
«Si aceptas que no existe el libre albedrío en absoluto, que no somos ni más ni menos que la suma de la biología y del entorno, si realmente crees eso, la culpa y el castigo no tienen ningún sentido, a menos que los entiendas en términos instrumentales».
Por ejemplo -señala- si tomamos la aplaysia, un caracol marino que ha sido objeto de amplios estudios en el campo de la neurociencia, sabemos que si le pegamos en la cabeza va a provocar una reacción.
«Lo haces para entender el comportamiento. No le pegas porque crees que es malvado», explica.
«De la misma forma, los elogios y las recompensas no tienen sentido en sí mismos. Pueden usarse de manera instrumental, pero no son virtudes en sí mismos.
«Y si ese es el caso, nadie tiene derecho a que sus necesidades se consideren más importantes que las necesidades de los demás. Y odiar a alguien es como odiar un coronavirus. Nada de eso tiene sentido.
«Hay que hacer algo sobre el hecho de que todos hemos sido educados para aceptar que algunas personas sean tratadas mucho mejor que el promedio por cosas sobre las que no tenían control.
«De la misma manera, algunas son tratadas mucho peor por cosas sobre las que no tenían control. El mayor problema es que eso nos parece bien la mayor parte del tiempo».
 

La pregunta
En la discusión sobre el libre albedrío, hay una pregunta que para Sapolsky es clave: ¿de dónde vino esa intención en primer lugar?
No hacerse esa pregunta -asegura- es como creer que todo lo que necesitas para valorar una película es ver únicamente los últimos tres minutos.
Para explicarme la trascendencia de esa pregunta agarra un bolígrafo y me lo muestra.
Me dice que ese acto lo está haciendo conscientemente, que está «lleno de intención».
«Es inconcebible para mí imaginar todas las cosas que llevaron a este momento, sería muy difícil hacerlo».
Además, «nuestra intención de hacer algo se siente tan poderosa que no alcanzamos a imaginar que no podamos tener dicha intención solo porque así lo deseamos».
O en otras palabras: nuestro deseo por hacer algo es tan fuerte que no se nos cruza por la cabeza el hecho de que no podemos desear lo que deseamos.
Me pide pensar en un escenario, el de un sujeto que asesinó a un grupo de personas.
Ese individuo cuando tenía 10 años sufrió un accidente automovilístico que destruyó 75% de su corteza frontal, un área del cerebro importante para la interpretación, expresión y regulación de las emociones.
«¿Por qué esta persona se convirtió en la persona que es? Un solo evento [el accidente] fue como un terremoto» en su vida, indica.
«Ahora mira al resto de nosotros. Imagina que hay millones y millones de telarañas invisibles, pequeños hilos, que te trajeron a este momento y te hicieron quién eres«.
El accidente de tránsito en el caso del criminal o la altura corporal de un astro del baloncesto son «causas únicas» y son «muy fáciles de comprender».
Los problemas surgen -explica el experto- cuando abordamos la «causalidad distribuida».
«Cuando nos referimos a quienes somos, en la mayoría de los casos se trata de millones de estos pequeños hilos invisibles.
«En conjunto, eso es tan determinista como tener la corteza frontal destruida en un accidente automovilístico».
 

Una neurona
En su libro, Sapolsky pide que le muestren «una neurona (o un cerebro) cuya generación de un comportamiento sea independiente de la suma de su pasado biológico».
La lógica de esa petición viene a continuación, pero primero me explica que cualquier neurona funciona como resultado de lo que están haciendo las otras miles de neuronas que la rodean.
«Podría tener conexiones con hasta 50.000 otras neuronas, no es una isla. Lo que sea que esté haciendo se enmarca en ese contexto».
Su actividad es una función de, por ejemplo: «¿desayunaste?, ¿tienes hambre?, ¿estás cansado?».
No es un misterio que cuando estamos cansados nos cuesta pensar con claridad.
Así, me habla del adenosín trifosfato (ATP), la molécula que utilizan las células para obtener energía.
Si anoche no dormiste bien o si no has comido, ciertas células mostrarán menos ATP de lo normal.
«Años atrás, mi laboratorio demostró que si estás bajo estrés mientras duermes, acumulas menos ATP en tu cerebro que si no tuvieras estrés».
Pero no solo se trata de neuronas: «¿Cómo estaban tus niveles hormonales esta mañana?», apunta.
Si tenemos un mayor nivel de una hormona determinada, puede influir en que, por ejemplo, nos sintamos más irritables o que estemos más abiertos a tomar riesgos y, también, en cuán sensible nuestro cerebro estará a ciertos estímulos externos.
Sapolsky nos recuerda que las hormonas regulan los genes y que, a su vez, los genes tienen mucho que ver en las encrucijadas propias de la toma de decisiones.
Y así volvemos a la neurona de su petición.
 

¿Es realmente autónoma?
«Muéstrame que esa neurona habría hecho exactamente lo mismo separada de los niveles hormonales», me dice.
O independientemente de que el año pasado hubiésemos sufrido un trauma brutal o nos hubiésemos enamorado (porque eventos como esos influyen en la construcción del cerebro).
El profesor nos invita a irnos incluso más atrás: a nuestra adolescencia, nuestra infancia, cuando estábamos en el útero.
«Esa neurona está formada por los genes con los que empezaste cuando eras una célula».
Y mucho antes de eso: «¿Fueron tus antepasados pastores o agricultores? ¿Vivían en una selva tropical o en el desierto? Porque eso se transmitirá siglo a siglo y el trabajo de cada generación es esculpir el cerebro de sus hijos para que tengan los mismos valores culturales».
Con todo eso en mente, viene el desafío: «Ve y cambia todo eso. (Si) la neurona hace exactamente lo mismo, eso es libre albedrío».
«Muéstrame que tu cerebro acaba de producir un comportamiento independiente de todo eso y, si lo haces, estás demostrando el libre albedrío. No puedes hacerlo».
Para el neurobiólogo, en pleno siglo XXI contamos con bastante conocimiento científico que ha demostrado cuán importante es la parte genética, la hormonal, el entorno, todas las piezas que, juntas, nos hacen quienes somos.
«Creo que la carga de la prueba recae en las personas que insisten en que hay libre albedrío», indica.
«No me corresponde a mí demostrar que no existe (…) Muéstrame hormonas que hagan lo contrario de lo que hacen normalmente. Muéstrame que acabas de cambiar tu secuencia de ADN. Hazlo y luego hablemos sobre el libre albedrío».
 

Depende de a quién le preguntes
Le digo que creer que el libre albedrío no existe pudiese ser una visión un tanto pesimista porque cuál sería el punto de esforzarnos por tomar las mejores decisiones si al final, como dice en su libro, «no somos ni más ni menos que la suma de aquello que no pudimos controlar: nuestra biología, nuestro entorno y la interacción entre ambos».
 

Y así se lo pregunto: ¿es una perspectiva pesimista?
«Pienso que es totalmente pesimista», me responde, pero me aclara que no es la persona correcta para hacerle esa pregunta.
«Porque he sido afortunado en la vida, las cosas han salido bien para mí por todas esas razones que no controlo».
Reconoce que muchas personas no han tenido la misma suerte y no se trata de que sea su culpa o que carezcan de autocontrol.
Por ejemplo, «si tu corteza frontal se desarrolló de esta manera en lugar de esta otra, no es que seas perezosa».
«Para la mayoría de las personas esto debería ser una gran noticia, porque es toda una sociedad la que se ha construido alrededor de la idea de que uno debería sentirse muy mal consigo mismo o con las cosas sobre las que no tiene control».
De hecho, cree que la idea de que no somos los capitanes de nuestro destino puede llegar a ser una visión bastante «liberadora y humana».
 

Reacciones
Si bien a lo largo de la historia ha habido algunos escépticos del libre albedrío, también son muchísimos los que, dentro y fuera de la academia, defienden su existencia.
 

El libro de Sapolsky ha generado reacciones variadas.
Adam Piovarchy, investigador de la Universidad de Notre Dame, escribió un artículo en The Conversation que tituló: «Un profesor de Stanford dice que la ciencia demuestra que el libre albedrío no existe. He aquí por qué está equivocado».
Piovarchy sostiene que Sapolsky cae en el error de asumir que las preguntas sobre el libre albedrío «se responden mirando simplemente lo que dice la ciencia», y añade que el libre albedrío es también una cuestión metafísica y moral, que es algo que los filósofos han venido estudiando desde mucho tiempo.
 

John Martin Fischer, filósofo y profesor de la Universidad de California, experto en libre albedrío, también cuestiona el planteamiento del neurocientífico:
«Sapolsky desea abrirnos los ojos frente a lo que él considera nuestras falsas creencias de que somos libres y moralmente responsables, e incluso agentes activos, tres aspectos centrales y fundamentales de la vida humana y de nuestra navegación por ella», escribió en una reseña publicada por la Universidad de Notre Dame.
Y es que, desde la filosofía, el panorama se ve muy diferente. «La ciencia, por supuesto, es relevante; pero eso no convierte el libre albedrío en una cuestión científica».

Sapolsky no lo ve así: «En cierto modo solo la ciencia tiene algo que decir al respecto», me dice, pues es la que nos ayuda «a entender cómo te convertiste en la persona que eres ahora mismo».
 

Para el escritor Oliver Burkeman, el autor demuestra en su obra que enfrentar la inexistencia del libre albedrío «no tiene por qué condenarnos a la amoralidad o la desesperación».
En una reseña sobre el libro, publicada en The Guardian, indica que cuando el científico aborda cómo deberíamos vivir sin libre albedrío, su «cosmovisión humana pasa a primer plano».
«Algunos sostienen que darnos cuenta de que nos falta libertad podría convertirnos en monstruos morales. Pero él argumenta conmovedoramente que, en realidad, es una razón para vivir con profundo perdón y comprensión, para ver ‘lo absurdo de odiar a cualquier persona por cualquier cosa que haya hecho’”.
 

Keiran Southern escribió en The Times que «si las ideas de Sapolsky fueran ampliamente aceptadas, conducirían a profundos cambios sociales, sobre todo dentro del sistema de justicia penal».
Quizás Sapolsky quisiera convencerte de que no existe el libre albedrío, pero si no lo logra, al menos te invitará a pensar que es posible que haya menos libre albedrío del que se asume.
«Ya sabemos lo suficiente como para entender que la infinita cantidad de personas cuyas vidas son menos afortunadas que la nuestra no merecen implícitamente ser invisibles», escribió el científico.

DESCALIFICACIONES

Domingo 9 de junio de 2024

Mc 3, 20-35

En aquel tiempo, Jesús entró en una casa con sus discípulos y acudió tanta gente, que no los dejaban ni comer. Al enterarse sus parientes, fueron a buscarlo, pues decían que se había vuelto loco. Los escribas que habían venido de Jerusalén, decían acerca de Jesús: “Este hombre está poseído por Satanás, príncipe de los demonios, y por eso los echa fuera”. Jesús llamó entonces a los escribas y les dijo en parábolas: “¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Porque si un reino está dividido en bandos opuestos, no puede subsistir. Una familia dividida tampoco puede subsistir. De la misma manera, si Satanás se rebela contra sí mismo y se divide, no podrá subsistir, pues ha llegado su fin. Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse sus cosas, si primero no lo ata. Solo así podrá saquear la casa. Yo os aseguro que a los hombres se les perdonarán todos sus pecados y todas sus blasfemias. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón; será reo de un pecado eterno”. Jesús dijo esto, porque lo acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo. Llegaron entonces su madre y sus parientes; se quedaron fuera y lo mandaron llamar. En torno a él estaba sentada una multitud, cuando le dijeron: “Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan”. Él les respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

DESCALIFICACIONES

Con demasiada frecuencia, el ser humano recurre a descalificaciones, utilizando recursos simplones, que consisten en imponer una etiqueta despectiva a quienes discrepan de sus propios planteamientos.

Como es lógico, las etiquetas varían, según el momento histórico y el ambiente cultural. Así, en tiempos de Jesús -en una cultura mítica y marcadamente religiosa-, una de las más graves acusaciones, con las que se pretendía descalificar a alguien de manera definitiva, era etiquetarlo como “endemoniado” o poseído por Satanás. En otros momentos, más cercanos a nosotros, a alguien se le descalifica de modo sumario colgándole otras etiquetas igualmente simplonas, según las modas y los propios prejuicios.

La descalificación degrada o incluso llega a imposibilitar la convivencia armoniosa, generando un ambiente de crispación, que tiende a retroalimentarse en un crescendo sin límites, donde cada cual busca la etiqueta más peyorativa con que descalificar al adversario. Encerrados en una mente dicotómica, cuesta reconocer que toda postura mental, por verdadera que parezca, contiene algún error, de la misma manera que toda postura errada contiene alguna verdad.

Bien mirado, el fenómeno de la descalificación esconde, al menos, estas características: pereza intelectual, autoafirmación del propio ego, desprecio del otro e inseguridad afectiva de base.

En primer lugar, resulta más sencillo colocar una etiqueta que entrar en un diálogo razonado y sereno que requiere inteligencia, lucidez, serenidad y empatía. En segundo lugar, quien descalifica no busca, aunque sea de manera inconsciente, sino autoafirmar su propio ego: es sabido que este vive únicamente gracias a la confrontación y a la creencia de separación; solo cuando me confronto con el otro, tengo la sensación de ser un “yo”. En tercer lugar, en esa confrontación afloran con facilidad actitudes de desprecio que buscan desvalorizar al otro como medio para autoafirmarse uno mismo. Y finalmente, en la base de ese tipo de comportamientos, yace, aunque no se advierta de manera consciente, un arraigado y quizás reprimido sentimiento de inseguridad afectiva: solo quien se siente inseguro intenta rebajar o anular al otro.

Frente a la tendencia a la descalificación, que con frecuencia suele ir acompañada de acritud, la convivencia sana requiere valoración del otro, respeto y empatía. Más brevemente, tal convivencia armoniosa únicamente es posible cuando, superando la falsa creencia de separatividad, que nos hace creernos yoes separados, se vive de manera expresa en la consciencia de unidad.

TODO ES «CUERPO» DE LA CONSCIENCIA

Domingo 2 junio 2024

Mc 14, 12-16

El primer día de los ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?”. Él envió a dos discípulos, diciéndoles: “Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo, y en la casa en que entre, decidle al dueño: «El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?». Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena”. Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: “Tomad, esto es mi cuerpo”. Tomando una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron y les dijo: “Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”. Después de cantar el salmo, salieron para el Monte de los Olivos.

TODO ES «CUERPO» DE LA CONSCIENCIA

Parece claro que, en una lectura no literal ni confesional, cuando Jesús afirma sobre el pan que “esto es mi cuerpo”, se está refiriendo a la realidad completa. Con lo que, aquella cena, a tenor de esas palabras, solo cabe leerla en clave de celebración de la unidad. Por ello mismo, tienen razón quienes entienden la eucaristía en esa misma clave.

El conjunto de todos los objetos que percibimos y que constituyen la realidad aparente no son sino expresiones o manifestaciones de lo único realmente real, es decir, despliegue desbordante de la única consciencia.

La teóloga Sallie McFague afirma, metafóricamente, que “el mundo es cuerpo de Dios”. La intuición es la misma. Si no entendemos por “dios” un ser separado, al margen del mundo, sino el Fondo de todo lo que es, estaríamos utilizando nombres diferentes -dios, consciencia, vida, ser…- para referirnos a Aquello que no tiene nombre -porque no es un objeto- y que, sin embargo, es lo único que permanece cuanto todo lo demás cambia.

Reconocer que todo sin excepción es “cuerpo” de la consciencia constituye la más rotunda afirmación de la unidad de todo, de la no-separación más allá de todas las diferencias. Tal es la afirmación central de la comprensión no-dual. Y eso mismo es lo que hace que la comprensión sea radicalmente transformadora.

¿Cómo no habría de cambiar la forma de ver y de vivir cuando se comprende que, más allá de la admirable y bella multiplicidad de formas, todo es uno y lo mismo? Por tanto, la mirada que se queda solo en la forma resulta ser, no solo pobre y limitada, sino absolutamente errónea. Y del error no puede surgir sino confusión, división y sufrimiento.

«TODOS LOS DÍAS»

26 mayo 2024

Mt 28, 16-20

En aquel tiempo, los Once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

“TODOS LOS DÍAS”

Sospecho que incluso las personas más mentales y más escépticas, en algún momento, intuyen que hay algo más de lo que la mente es capaz de percibir. No solo porque la propia mente pueda quedar cuestionada al constatar la grandeza, belleza y armonía de la realidad, sino porque desde nuestro interior emerge, de manera inesperada, el anhelo que nos habita.

Tal anhelo, aun descuidado, silenciado, compensado e incluso expresamente bloqueado, no desaparece; continúa latente en nuestro interior, en forma de pregunta o de añoranza, listo a despertar en cuanto se le preste un poco de atención.

El anhelo es la expresión de nuestra propia profundidad, ese “lugar” indestructible y siempre disponible, que está con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo”. La mente religiosa ha situado ese “lugar” fuera de nosotros, en un dios separado. Al hacer así, nos ha distraído de nuestra verdad profunda, que fue proyectada y, en cierto sentido, quedó secuestrada, hasta terminar alienados de nosotros mismos.

Lo que está con nosotros “todos los días” no es una forma concreta, siempre impermanente, sino Aquello que se expresa en todas ellas y que constituye nuestra identidad. Por eso, no necesitamos ir lejos ni buscar algo exótico; es suficiente con acallar la mente, mirar en nuestro interior, oír el anhelo que nos habita… y permanecer en la certeza de ser.

PAZ

Domingo de Pentecostés

19 mayo 2024

Jn 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

PAZ

Nuestra propia constitución paradójica hace que todas las realidades valiosas sean, a la vez, don y tarea. Son realidades transpersonales y las percibimos de forma personal. Son presencia y las vivenciamos como secuenciales. Lo cual es un reflejo de nosotros mismos, en los dos planos que nos constituyen: consciencia y yo, plenitud de presencia (vida) y forma frágil, identidad estable y personalidad impermanente.

Frente a nuestra realidad paradójica, el riesgo mayor consiste en el olvido de cualquiera de las dos dimensiones: por un lado, el olvido de la dimensión transpersonal que, en la práctica, va de la mano con la absolutización del yo, conduce al error de pensar que lo real es secuencial y que todo es tarea por hacer; por otro, el olvido de la dimensión personal, aun afirmando teóricamente que “todo es pleno”, desemboca, antes o después, en una pseudo-espiritualidad o espiritualismo desimplicado.

Ambos olvidos, cualquiera que sea la forma que adopten, son ignorancia: ignoran nuestra realidad «completa». Y la ignorancia es siempre dañina. Porque, al basarse en el error acerca de lo que somos, de manera inevitable, generará sufrimiento.

Por el contrario, la sabiduría o comprensión experiencial da cuenta de toda nuestra verdad, nos reconoce en lo que somos y, desde ahí, nos capacita para vivir nuestra realidad completa, con las claves que ella misma aporta.

Ya somos paz. ¿Qué nos impide verlo y vivirlo? La algarabía mental -las lecturas que la mente hace de lo real- y la ignorancia que nos hace tomarnos por lo que no somos. Acallados esos ruidos mentales y egoicos, emerge y resplandece lo que hay, la paz, es decir, lo que somos.