Semana 19 de febrero: SENTIMIENTOS Y CRECIMIENTO PERSONAL (I)

Me parece muy positivo el interés creciente por el mundo de los sentimientos porque, solo favoreciendo una relación consciente y ajustada con ellos, es posible la integración de la persona. Por el contrario, lejos de ellos ­–encerrados en el hemisferio izquierdo-, nos encontramos a distancia de nosotros mismos y de la vida, y confundidos con ellos –reducidos al hemisferio derecho-, caemos en la inconsciencia, el autoengaño y el sufrimiento crónico e inútil.

         En el primer caso, somos víctimas de la rigidez; en el segundo, del caos. Y como bien explica el psiquiatra y neurocientífico Daniel Siegel, la armonía psicológica discurre como “un río de integración entre las orillas del caos y de la rigidez”[1].

         Afortunadamente, la «educación emocional” va adquiriendo un relieve cada vez mayor en los distintos actores que trabajan en el mundo de la educación. Empieza a ser un lugar común afirmar que el cuidado exclusivo o preponderante de la llamada “inteligencia operativa” no garantiza la salud psicológica de la persona. Es necesaria una atención expresa y operativa al mundo de los sentimientos y emociones si queremos que niños y jóvenes crezcan en unificación psicológica: serenidad, autonomía, benevolencia, alegría, amor, solidaridad…

         En estas entregas, intentaré plantear un “marco” de referencias que permitan clarificar el lugar de los sentimientos en el conjunto de nuestra persona, y orientarnos en nuestro hacer con ellos.

Sensación, sentimiento, emoción

          Para empezar, una constatación elemental: estamos sintiendo constantemente…, aunque no nos enteremos, no seamos capaces de nombrar lo que sentimos, o nos hallemos “encerrados” en los vericuetos de nuestra mente. Incluso totalmente alejados de ellas, lo cierto es que somos seres habitados de sensaciones incesantes; y no puede ser de otro modo, porque vivir es sentir.

         Entendemos por sensación todo mensaje corporal: desde el contacto de los pies con el suelo hasta la percepción de la temperatura que hace en este momento en nuestra habitación; desde el calor de las manos que se entrecruzan hasta el dolor de muelas que no logramos calmar. Somos, permanentemente, un mar de sensaciones inagotables. Pero solemos vivirnos tan distantes de ellas, sobre todo de las más tenues y profundas, que no es extraño que, ante la pregunta: ¿qué estás sintiendo?, muchas personas no sepan qué responder.

         Algunas de esas sensaciones corporales conllevan una alteración anímica, afectan a nuestro estado de ánimo, es decir, tienen un contenido psicológico: son los sentimientos. Por lo que, aunque todo sentimiento es una sensación –un mensaje corporal-, no toda sensación es sentimiento.

         Cuando, finalmente, algunos sentimientos aparecen “cargados” con una intensidad especial, hablamos de emociones. La emoción denota un “plus” añadido, que toma a toda la persona, y que solo puede evacuarse a través del propio cuerpo –no olvidemos que la emoción es también una sensación corporal-, en forma de llanto, grito, golpe, movimiento… Por eso, una vez evacuada, lo que queda es el sentimiento de base.

————————————————————————————-

[1] Daniel J. SIEGEL es autor de libros sumamente interesantes, entre los que cabe destacar los siguientes: Mindsight. La nueva ciencia de la transformación personal, Paidós, Barcelona 2011; El cerebro del niño, Alba, Barcelona 2012; Tormenta cerebral. El poder y el propósito del cerebro adolescente, Alba, Barcelona 2014; Viaje al centro de la mente, Paidós, Barcelona 2017.

Semana 19 de febrero: NO TENGO HIPOTECA

Begoña ABAD, Diez años de sol y edad (Antologia 2006-2016), Pregunta, Zaragoza 2016, p. 37.

 

No tengo hipoteca, no tengo dueño.

No tengo coche, no me conducen.

No tengo título, no me admiran.

No tengo bienes, nadie me envidia.

No tengo grupo, nadie me retiene.

No tengo deseos, nada me ata.

No tengo sexo, nadie me entiende.

No tengo futuro, soy dueña del hoy.

No tengo resentimiento, nadie me inquieta.

No tengo deudas, nadie me persigue.

No tengo dioses, nadie me condena.

Soy demasiado mayor para estas cosas,

                                 por eso soy obscenamente feliz.

Semana 12 de febrero: ESPIRITUALIDAD Y NARCISISMO (y II)

Decía un filósofo recientemente que todo aquello que nazca del ego, aun con la mejor intención, no conseguirá sino incrementar la locura del mundo. Porque el ego (yo) imprime necesariamente su propio sello, hecho de deseos y miedos, que antes o después harán acto de presencia. Se trate de un “yo cómodo” o de un “yo comprometido”, ninguno de ellos transformará la realidad; ambos son narcisistas –yo es sinónimo de narcisismo- y no podrán llevarnos más allá de su propia irrealidad.

         Por tanto, todo aquello que no nos ayude a desidentificarnos del yo, gracias a la comprensión de que no somos él, tendrá un recorrido muy corto. Y, con frecuencia, no hará sino alimentar el ego y reducir nuestra visión y nuestro comportamiento a su medida.

         Mucha gente religiosa se pregunta qué ha sucedido para que, a la vez que aumenta la desafección hacia la institución religiosa o la religión en general, crezca intensamente la búsqueda espiritual. Algunos llegan incluso a señalar el narcisismo como origen de una búsqueda que caracterizan como “intimista” o egoica.

Sin embargo, quienes se comprometen en un camino espiritual aprenden pronto que la búsqueda ni es cómoda ni es intimista, sino que supone una revolución que trastoca a la persona por entero, desnudándola de todo aquello a lo que se había aferrado y abriéndola a los otros y a lo otro. En mi opinión, entre muchos factores de diverso tipo que no es posible ahora enumerar, un motivo no menor que explica el “deslizamiento” desde la religión institucional hacia la espiritualidad no religiosa tiene que ver con el “contenido” que ofrece la propia religión: pareciera que hemos llegado a un punto en que las personas no desean aprender el catecismo –apoyarse en un sistema de creencias que sostienen al yo-, sino experimentar la verdad.

         Pero es justo aquí donde me parece advertir una mayor dificultad precisamente para personas religiosas. La adhesión a sus creencias, que han identificado con “la verdad”, les hace difícil, si no imposible, la apertura limpia y desnuda a la misma. Quien cree poseerla –en la idea, además, de que es “revelada”- se está negando, de hecho, la misma posibilidad de hallarla.

         Algo parecido puede ocurrir con el “compromiso”. Con frecuencia, la persona religiosa da por hecho que es “comprometida”, por lo que no es fácil que ponga en cuestión su vivencia.

         Finalmente, el camino espiritual requiere de un despojo, desapropiación o desidentificación progresivos. Ciertamente, esto resulta una tarea sumamente ardua para una personalidad narcisista. Pero también aquí la persona religiosa encuentra un hándicap inconsciente, que consiste en el hecho de dar por supuesto que ella ya ha vivido aquella renuncia. Con lo cual, es probable que permanezca aferrada a la “seguridad” que le aportan sus creencias y se cierre a lo que el camino espiritual requiere.

Por todo ello, más allá de discusiones teóricas, me parece que lo realmente decisivo se juega en crecer en comprensión de lo que realmente somos.

Será esa misma comprensión la que nos haga ver la realidad y nuestras antiguas creencias con una luz nueva. El camino pasa por la desidentificación del yo y de sus apegos, conectando con nuestra verdadera identidad, aquella en la que nos reconocemos uno con todos los seres. De la comprensión brotará el compromiso en forma de compasión.

Lo que me parece claro es que lo importante no son las creencias –o no creencias- que cada cual pueda tener, sino el nivel de consciencia desde el que nos vivimos. La pregunta decisiva, por tanto, no es ¿qué creencias tengo?, sino ¿desde dónde me vivo?

Si vivo desde la mente, poco importa que adopte unas creencias u otras; no habré salido del estado mental, caracterizado por una creencia errónea acerca de quien soy. Solo si soy capaz de tomar distancia de la mente, podré vivir en un estado de presencia: habré salido de la consciencia de separación radical para experimentar la consciencia de unidad con todo y con todos. Esto es lo que permite superar el narcisismo porque, a diferencia de lo que ocurre en el estado mental, en el estado de presencia el yo se disuelve por completo. Ello significa que jamás podremos resolver el narcisismo desde la mente, sino tomando distancia de ella, hasta reconocer que no somos el yo que la mente piensa, sino la presencia (consciencia) que compartimos con todos los seres.

Semana 12 de febrero: HSIN-HSIN-MING

HSIN-HSIN-MING

(POEMA DE LA CONFIANZA EN LA MENTE PURA)

(Fragmento)

El Gran Camino no es difícil
para aquellos que no tienen preferencias.
Cuando ambos, amor y odio, están ausentes
todo se vuelve claro y diáfano.
Sin embargo, haz la más mínima distinción,
y el cielo y la tierra se distancian infinitamente.
Si quieres ver la verdad,
no mantengas ninguna opinión a favor o en contra.
La lucha entre lo que a uno le gusta
y lo que le disgusta
es la enfermedad de la mente…

Si el ojo nunca duerme,
todos los sueños cesarán naturalmente.
Si la mente no hace discriminaciones,
las diez mil cosas
son como son: de la misma esencia.
Entender el misterio de la única esencia
es liberarse de todos los enredos.
Cuando todas las cosas se ven por igual,
se alcanza la esencia intemporal del Ser.
Para entrar directamente en armonía con esta realidad,
cuando las dudas surjan simplemente di: «No dos».
En este «no dos» nada está separado,
nada está excluido.
No importa cuándo ni dónde:
iluminación significa entrar en esta verdad.
Y esta verdad está más allá del aumento o
la disminución en el tiempo o el espacio:
en ella, un solo pensamiento dura diez mil años…

Vivir en esta comprensión
es no estar inquieto a causa de la no perfección.
Vivir en esta fe es el camino hacia la no-dualidad,
porque lo no-dual es uno
con la mente que confía.
¡Palabras!
El Camino está más allá del lenguaje,
porque en él no hay
ni ayer
ni mañana
ni hoy.

Semana 5 de febrero: ESPIRITUALIDAD Y NARCISISMO (I)

Siempre son de agradecer las voces que alertan del riesgo de narcisismo que puede acechar a la espiritualidad, en este resurgir del que estamos siendo testigos. Todo sin excepción es susceptible de ser apropiado por el yo en beneficio propio, y a ello no escapa la espiritualidad. Con todo, me parece obligado reconocer que el problema no está en la espiritualidad, sino en la apropiación que el ego pueda hacer de la misma, para construirse un paraíso narcisista en el que busca su bienestar por encima de cualquier otra cosa.

         Ahora bien, la lucidez requiere añadir algunas puntualizaciones para seguir abriéndonos a una verdad mayor que nos permita vivir más conscientes.

         Es indudable que el narcisismo puede estar presente en cualquier ámbito de la existencia humana: desde las relaciones interpersonales a la relación de pareja, desde la política a la religión… Porque todo puede vivirse desde el ego.

         A veces, entre quienes acusan a la espiritualidad de ser intimista y de “mirar hacia dentro”, parece producirse un fenómeno curioso: parecieran confundir la insistencia en el compromiso con el compromiso mismo. Lo cual rechina particularmente cuando se utiliza el “compromiso” para afirmar la supuesta “superioridad” moral de una religión determinada sobre la espiritualidad que critican.

         La espiritualidad invita ciertamente a mirar hacia “dentro”. Pero ese “dentro” del que habla la espiritualidad no es el “dentro narcisista o egoico” de quien vive conjugando permanentemente el “yo, mi, me, conmigo”, sino aquel “Dentro” que constituye nuestra “casa común” y que todos compartimos. Es precisamente ahí donde brota el compromiso ajustado, gratuito y sin pretensiones, porque nace de la comprensión de que somos no-separados y que, por ello mismo, “tu bien es mi bien”. “Dentro” es compasión y disolución del ego, es desapropiación y desapego, es Nada.

         Decía más arriba que todo puede vivirse desde el ego: la espiritualidad, pero también el compromiso. Lo vivimos así cuando, en la forma que sea, “presumimos” de ello o lo utilizamos para compararnos con otros. Esa manera de vivirlo ofrece ventajas al ego: mejora la (auto)imagen, refuerza la sensación de ser “alguien comprometido”, canaliza la necesidad de ser reconocido, compensa de posibles culpabilidades ocultas…, en definitiva, lo sostiene y reafirma: ¡un “yo comprometido” es un ego muy poderoso!

         Me parece que la salida de la trampa narcisista, que puede tentarnos a todos, se halla justamente en la respuesta a esta pregunta: ¿desde dónde me vivo? Lo cual remite, una vez más, a la pregunta central de la espiritualidad: ¿quién soy yo?

         Si me creo un “ser separado” (yo o ego, reducido a mi “personalidad”), no podré evitar que todos mis comportamientos sean egocentrados, es decir, giren en torno a mí, trátese de la espiritualidad o del compromiso.

         Solo en la medida en que crezco en comprensión experiencial de que no soy ese “yo” que busca autoafirmarse, sino la única Consciencia o Vida que alienta en las diferentes formas que tenemos, crecerá también de su mano una actitud y un comportamiento des-egocentrados, gratuitos y entregados. De hecho, el compromiso auténtico es aquel que no tiene a ningún “yo” por sujeto, ningún yo que presuma de lo realizado: nace de la gratuidad, porque brota de lo que somos, sin rastro de apropiación egoica.