Semana 6 de noviembre: LA MEDITACIÓN «DISUELVE» EL YO

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O ¿CÓMO LLEGAR A LA VERDAD?

6. La meditación «disuelve» el yo

Para quienes únicamente han oído hablar de ella, la meditación suele aparecer como una práctica, más o menos extraña o incluso esotérica, con la que se buscaría relajación o serenidad. En cualquier caso, se trataría de algo marginal y, en cuanto tal, prescindible.

Esta opinión ha empezado a modificarse en Occidente gracias a la inusitada expansión del “mindfulness” y a su reconocimiento creciente, particularmente en ámbitos psicológicos, médicos y académicos.

Sin embargo, mindfulness no es sinónimo de meditación. Se trata de una valiosa y eficaz herramienta terapéutica, cuyos efectos se han comprobado fehacientemente, tanto en la prevención o disminución de la ansiedad, el estrés y la depresión, como en el crecimiento integral de la persona. No es extraño, por tanto, que desde los terrenos psicológico y educativo se le preste cada vez una mayor atención.

La meditación, sin embargo, no es un conjunto de prácticas –aunque las incluya-, sino de un estado de consciencia, caracterizado por la vivencia de la no-dualidad.

No se trata, por tanto, del ejercicio de un yo que busca en la meditación algún beneficio en particular. La meditación es un estado de pura atención, en el que esta llega a ocupar todo el espacio, hasta el punto de que desaparece incluso el yo que quería meditar. Meditación es, por tanto, un estado sin yo. Lo cual resulta plenamente coherente: dado que el yo es solo un pensamiento, acallado este en la atención, aquel se disuelve. (Quizás, en rigor, habría que decir que lo que se disuelve es la identificación con el yo).

Lo que ocurre, con frecuencia, es que son los propios meditadores habituales quienes entienden la meditación como un medio para alcanzar algo que les resulte “beneficioso”. Cuando eso ocurre, lo que se consigue es seguir fortaleciendo la sensación del ilusorio “yo”, que utiliza incluso la meditación para perpetuar su afán de protagonismo. De ese modo, aquella se convierte en una herramienta más al servicio del yo.

Frente a este engaño, tan sutil como habitual, me parece importante tener presente que la meditación es un estado de consciencia radicalmente diferente del estado mental, al que se accede silenciado el pensamiento y poniendo atención, hasta que llega un punto en el que la atención (consciencia) lo ocupa todo.

El sujeto de la meditación no es, pues, el yo que quiere estar atento o se esfuerza por mantenerse consciente, sino la propia consciencia. De ahí que, siempre que el meditador se considera “sujeto” de la práctica, cae en el engaño antes citado, que imposibilita que emerja el estado meditativo.

En todo caso, el “sujeto” de la práctica habrá de ser el “Testigo”, no el yo o la mente, sino la consciencia que atestigua, Eso que observa o se da cuenta. En rigor, “yo” no medito, porque cuando hay meditación no hay (identificación con el) yo. Y “yo” no es tampoco el Testigo que observa; se trata de un nivel diferente de identidad: acallado el yo mental, emerge el Testigo. Y, a partir de ahí, puede operarse el “paso” del Testigo a la Consciencia una, donde todo es –y solo es- atención sin sujeto separado.

La “moraleja” que de aquí se desprende para quienes meditan es simple pero profundamente renovadora o transformadora: no te sitúes en el yo para meditar; más aún, no te busques como “yo”. Ábrete a percibir que “tú” no eres el sujeto de la práctica, sino que, en cuanto empiezas a meditar, el yo cae, porque emerge otra nueva identidad que trasciende la mente.

Para terminar, me gustaría señalar que es precisamente este cambio de estado el que explica que la no-dualidad no pueda ser percibida por la mente, que fácilmente la descalificará como ilusoria. La incapacidad es la misma que experimentaría quien duerme –en el estado de consciencia onírico- para captar el mundo de la vigilia. Un estado de consciencia inferior tiene vedado el acceso a otro estado superior.

Semana 6 de noviembre: EL OCÉANO DE LA MEDITACIÓN

olaLa meditación no es una actividad realizada por una persona.

Meditación es descubrir que no hay ninguna persona; ningún “yo” separado, sólido, en el centro de la experiencia, ningún “yo” que controle nada.

Solo hay la presente danza del pensamiento, del sentimiento y las sensaciones, surgiendo y disolviéndose como olas en el inmenso océano de conciencia no condicionada.

Tú no meditas. 

Tú eres el océano de meditación.

Jeff Foster.

Semana 30 de octubre: LA CUESTIÓN DEL «YO»

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O ¿CÓMO LLEGAR A LA VERDAD?

5. La cuestión del «yo»

Tras releer el texto de Carlos Barberá, me decido a añadir unas entregas más, centradas en puntos concretos, estrechamente relacionados con lo que venimos planteando: la cuestión del yo y la creencia en un Dios “personal”. Confío en que estas palabras sirvan para clarificar lo que se ventila en la más genuina espiritualidad.

Y quiero empezar comentando las siguientes expresiones que aparecen en su escrito: “Yo soy también mis ideas, mis sentimientos, mis acciones. Yo soy el que escribe este artículo, yo soy el que voto de esta o la otra manera, yo soy el que tiene tales o tales amigos”.

Si tales afirmaciones se leen dentro de la paradoja a la que me he referido en los comentarios anteriores, estoy totalmente de acuerdo. Soy la Consciencia una, que compartimos todos los seres, y soy también esta personalidad concreta en la que aquella se expresa. Aunque el “soy” no tenga la misma densidad en los dos casos –una cosa es el “soy” del nivel aparente y otra el realmente real-, me parece ajustado combinar el mencionado “principio de exclusión” (“no soy mi cuerpo…”) con el de inclusión (“soy también mi cuerpo…”).

Ahora bien, a mí me parece que ese “yo” no es una entidad separada que posea autonomía ni libertad individual. Lo que llamamos “yo” es solo un pensamiento más, producido por la mente a través del característico mecanismo mental de la apropiación. Nace, por tanto, con la mente, que se apropia de todo lo que percibe y, de ese modo, hace posible que surja el “mío”. Es así como nace la idea del yo, con todo lo que eso conlleva: creencias de separación, autonomía, libertad, control… y, sobre todo, egocentración. A partir de ahí, la identificación con él será sencilla: la mente, con su extraordinaria sutileza, se encargará de sostener aquella creencia que otorga un estatus –que parece real- a lo que solo era un pensamiento creado por ella misma.

Recientes investigaciones neurocientíficas han puesto en evidencia esta función del cerebro, a la que han bautizado con el nombre de “intérprete”. Según esos resultados, no existe algo así como un “yo” que actúe, sino más bien una capacidad de percibir lo ocurrido y un mecanismo automático para interpretarlo y apropiárselo. Se ha demostrado reiteradamente que el cerebro actúa antes de que la mente lo ordene pero, en cuanto algo sucede, esta se apresura a decir “lo he hecho yo”. Como escribe el físico teórico y estudioso neurocientífico Michio Kaku, “el cerebro toma las decisiones con antelación, sin la participación de la mente, y después trata de disimularlo (como acostumbra) haciendo creer que la decisión fue consciente”. A partir de ahí, será la memoria la que venga a otorgar una sensación de continuidad que afiance aún más la creencia en un sujeto autónomo, que posteriormente será avalada y fortalecida por el llamado “sentido común” –el mismo que nos hizo creer que la tierra era plana, que estaba fija en el centro del universo y que giraba en torno al sol, en un cosmos que se creía pequeño y sin cambios; y que, en ese cosmos, los humanos eran una especie aparte- y por toda la cultura ambiental, desde el primer momento de la existencia del bebé.

Pero, ¿acaso –viene a decir Carlos Barberá- no tengo conciencia de que soy yo quien actúa y de que puedo hacer una cosa u otra? Las mismas investigaciones neurocientíficas muestran que tal cuestión encierra una falacia, que consiste en confundir lo que ocurre con la creencia de que hay una autoría personal, un “yo personal” que sería el autor de lo que ocurre.

Una cosa es la innegable consciencia subjetiva de ser libre –ya hemos dicho que eso es justamente el resultado de aquella función del cerebro que se ha denominado “intérprete”- y otra el hecho de que haya un “yo hacedor”.

La cuestión queda formulada en uno de los principios básicos de la psicología transpersonal: “Tú no eres nada que puedas observar; tú eres Eso que observa”. Cuerpo, mente, sentimientos, “yo”…, todo ello es objeto de observación. ¿Qué es Eso que observa?

Dicho de otro modo: al tomar distancia de la mente, percibes que tú no eres el “yo” con el que ella te había identificado. Lo que realmente eres no es una cosa o un objeto que la mente pudiera atrapar, sino Eso que observa todo, incluida la mente. Lo que eres es pura consciencia o presencia consciente.

En “ti” hay “ideas, sentimientos, acciones”. Puedes tener incluso la sensación subjetiva de que eres tú “el que escribe este artículo, el que vota de esta o la otra manera, el que tiene tales o tales amigos”. Pero solo es eso: una sensación subjetiva. Todo eso se hace en –a través de- ti, pero sin que haya ninguna autoría personal, tal como ponen de relieve los citados estudios neurocientíficos. La identificación con el propio yo –y lo que podríamos llamar su “mundo”- es perfectamente comprensible, debido al apego con que hemos crecido. Sin embargo, lo que llamamos “yo” es solo una ficción mental.

¿Pero no me dice mi propia sensación lo contrario? En efecto, la sensación subjetiva es muy fuerte, con el añadido de que la hemos asumido como completamente cierta desde el principio de nuestra existencia. Por ello es comprensible que la mente se rebele ante afirmaciones que la cuestionan. Pero tal rebeldía no prueba nada. Mi sensación también me dice que la mesa en la que escribo es completamente sólida cuando, en realidad, es vacía en un 80%. Tanto el yo como la materia pertenecen solo al mundo aparente; en el nivel profundo –por debajo del mundo que crea la mente- no hay “yo” ni materia; todo es información o consciencia –“inteligencia creativa”-, y eso es lo que realmente somos.

Pero seguramente carece de sentido discutir acerca de ello: la mente nunca nos podrá conducir más allá de ella misma; en su sutileza encontrará siempre justificaciones para mantenernos en el bucle que ella misma teje. Más bien, el camino adecuado parece ser el de acallar la mente –eso es la práctica meditativa o contemplativa- y, manteniéndose en el silencio mental o atención desnuda –pura consciencia de ser-, ver qué ocurre. Si nos adiestramos en la práctica, es probable que el “conocimiento mental” deje paso al “conocimiento silencioso” –del que han hablado siempre los sabios-, que abrirá ante nosotros un horizonte inédito y un nuevo modo de vivir.

Pero esto es justamente lo que más arduo resulta a quienes han crecido en un mundo estrictamente “racional” o han vivido una formación que absolutizaba la mente: comprender que existe otro modo de conocer que solo es posible cuando somos capaces de silenciar el pensamiento. Sin dar este paso, la no-dualidad aparecerá como una moda vacía y carente de sentido. Sin embargo, cuando se ha experimentado, se ve cómo a su lado palidece el razonamiento más elaborado. El motivo es simple: la razón se mueve únicamente en el mundo de las apariencias –en el nivel aparente de la realidad- que ella misma crea. Es solo el silenciamiento de la mente el que permite ver  en profundidad.

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Sobre esta cuestión, es muy interesante la ponencia pronunciada por el neurocientífico Dr. Francisco J. Rubia, en la Real Academia Nacional de Medicina, el 7 de mayo de 2013, bajo el título «El yo es una ilusión que vive en una realidad virtual».

Enlace del texto escrito: http://www.tendencias21.net/El-yo-es-una-ilusion-que-vive-en-una-realidad-virtual_a18164.html

Enlace del video: http://www.ranm.tv/index.php/video/389/la-ilusi%C3%B3n-del-yo-%C2%B7-sesi%C3%B3n-cient%C3%ADfica-madrid-7-de-mayo-de-2013/

Semana 30 de octubre: SOMOS UNO

lo-contrario-de-una-verdad-puede-ser-otra-verdadEste amigo espiritual llamó a mi puerta anoche.
¿Quien está ahí?”, pregunté.
Él respondió: “Abre la puerta. ¡Eres tú!”.
“¿Cómo puedes tú ser yo?”, pregunté.
Él respondió:
“Somos uno,
pero el velo de la dualidad nos ha ocultado la verdad”.

Nosotros y yo, él y tú,  todos nos hemos convertido en el velo.
¡Y cuánto te ha velado a ti mismo!

Si deseas saber cómo nosotros y él y todos somos solo uno,
entonces, ve más allá de este “yo”, de este “nosotros”, y  de este “tú”.

Muhammad Shirin Maghribi, poeta persa, siglo XIV. 

Semana 23 de octubre: ESPIRITUALIDAD: RESPONDER A LA PRIMERA PREGUNTA

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O ¿CÓMO LLEGAR A LA VERDAD?

4. Espiritualidad es comprender la respuesta a la pregunta «¿Quién soy yo?»

La genuina espiritualidad –tanto “antigua” como “nueva”- no busca sino responder a la pregunta decisiva, aquella de la que penden todas las demás: ¿quién soy yo? A sabiendas de que, como proclamaba el Oráculo de Delfos, quien conoce su verdadera identidad, conoce todo lo que es: “Hombre, conócete a ti mismo, y conocerás al Universo y a los dioses”.

Ahora bien, esa respuesta no la puede proporcionar la mente. Más aún, la mente es incapaz de otorgarnos certeza alguna. Todo lo que viene de ella es solo una opinión, un punto de vista o una perspectiva; nunca la verdad.

Ello es así porque la mente, por más razonamientos eruditos que haga, nunca nos podrá llevar más allá de ella misma. Al ser situada, no puede ver la realidad, sino únicamente una perspectiva; y, debido a su naturaleza objetivadora –pensar equivale a delimitar y, por tanto, a objetivar-, no puede identificar otra cosa que objetos o, peor todavía, intentar objetivar lo que es inobjetivable. En resumen: la mente nos ayuda a mantener una actitud crítica que es irrenunciable, para evitar caer en la credulidad y la irracionalidad; nos sirve incluso para desenmascarar y denunciar falsas y pretendidas “verdades”, pero es incapaz de conducirnos a ver la verdad de lo que somos.

La honestidad y el rigor intelectual imponen llevar el “espíritu crítico”, del que hacen gala quienes hipervaloran la razón, hasta el final, es decir, hasta cuestionar los mismos presupuestos (pre-juicios) en los que la propia mente se asienta.

Por lo que se refiere a re-encontrar nuestra verdadera identidad, basta no poner pensamientos y conectar con Eso que se da cuenta –la consciencia que podemos detectar en nosotros mismos, aunque haya estado “sepultada” bajo la incesante actividad mental- para que se vaya abriendo paso la comprensión de lo que realmente somos. Ese es el “conocimiento silencioso” del que han hablado los sabios, porque no es pensando, sino atendiendo, como seremos conducidos a “casa”. La verdad no se halla al alcance de la mente; se revela a sí misma cuando no sobreimponemos pensamientos a lo que es.

Todo lo anteriormente expuesto no es sino un ofrecimiento o una propuesta, que se asienta en la certeza de que el cuidado de la genuina espiritualidad –que poco o nada tiene que ver con las creencias religiosas, y que no distingue entre una “antigua” y otra “nueva”- constituye lo más nuclear de nuestra existencia. Porque solo ese cuidado hace posible otro modo de ver que, trascendiendo la razón, nos muestra nuestro verdadero rostro. Si la fuente de todos nuestros males no es otra que la ignorancia acerca de nuestra verdadera identidad, la salida de ellos –de la ignorancia- solo será posible gracias a la comprensión que nos otorga el “conocimiento silencioso” o la atención desnuda.

No hay aquí nada dogmático. Solo la invitación libre para quien sienta el “impulso” que lo lleve a experimentarlo por sí mismo.