COMPASIÓN

Domingo VI del Tiempo Ordinario

14 febrero 2021

Mc 1, 40-45

En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso, suplicándole: “Si quieres, puedes limpiarme”. Sintiendo compasión, extendió la mano y lo tocó diciendo: “Quiero, queda limpio”. La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: “No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés”. Pero cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

COMPASIÓN

No nos resulta fácil imaginar la carga de sufrimiento y de marginación que conllevaba la enfermedad de la lepra en la Palestina del siglo I. Aun sin ser excesivamente grave en algunas ocasiones –se consideraban como “lepra” diferentes tipos de afecciones de la piel–, la persona que la padecía había de cargar, no solo con el peso de la enfermedad, la vulnerabilidad y el miedo que se derivaban de ella, sino con el estigma de ser considerada “pecadora” y con la losa del rechazo, que se concretaba en una severa norma de marginación social. Todo ello hacía que el leproso fuera visto como un apestado en todas las dimensiones (física, social y religiosa).

   Se comprende bien que quien padecía la lepra ansiara, por encima de todo, “quedar limpio”. Y esa es la petición con que el leproso del relato se acerca a Jesús.

  El primer sentimiento de este, al verlo, es de compasión. Movido por él, viola la ley que prohibía acercarse y, mucho más, tocar al leproso. Y muestra así –en una lectura simbólica del relato– que es la compasión y no la norma la que sana a las personas.

    La compasión constituye un rasgo nuclear de Jesús y uno de los ejes del evangelio. En realidad, todas las grandes tradiciones espirituales la han reconocido como el test que verifica la autenticidad del camino espiritual.

   No se trata de un mero sentimiento superficial, equiparable a la lástima que se produce en nuestra sensibilidad ante el dolor. Es algo infinitamente más profundo: una conmoción interior que nos hace vibrar con la persona que sufre (com-pasión significa literalmente sufrir-con, tanto en latín: cum-passio, como en griego: sym-pátheia, término elocuente que evoca actitudes de simpatía y de empatía), ponernos en su piel, sentir-con ella, y nos moviliza a una acción eficaz de ayuda.

    Para tratar de entender la empatía y la compasión, los neurocientíficos aluden a las neuronas-espejo o neuronas especulares, presentes también en el cerebro de diversas especies de animales. Sin embargo, la raíz última de la compasión se halla en la comprensión. Al comprender que el otro es no-otro de mí, se activa el movimiento que me lleva a tratarlo como desearía yo mismo ser tratado.

   Es precisamente esta raíz la que hace de la compasión una actitud profunda y sabia, porque nos sitúa en nuestra verdad última, en la consciencia de unidad. No es extraño, por tanto, que la práctica de la compasión sea un camino eficaz para superar o transcender la consciencia de separatividad.

   La compasión –como vemos en el relato que comento– libera a la persona de lo que creía “suciedad”, la rescata de la marginación y del aislamiento y favorece su puesta en pie y su integración.

   Ahora bien, dada nuestra constitución, para que fluya fácilmente, la compasión requiere la práctica de la auto-compasión. Es prácticamente imposible vivir la compasión mientras se está instalado en el auto-reproche, la culpa o, simplemente, la indiferencia o lejanía afectiva hacia sí mismo. Se hace necesario cultivar la acogida amorosa de sí, desde la humildad, para que la acogida se expanda y abrace a todos los seres.

  La comprensión de lo que somos nos conduce a escuchar la acción que nace en nuestro interior, una acción marcada por el deseo de bien para todos y por la gratuidad; una acción que nos ancla en nuestro centro, porque es de él de donde nace. Porque, paradójicamente, cuando más estamos en nuestro centro más desegocentrados vivimos.

¿Cómo es en mí la compasión?

Semana 7 de febrero: LAS CREENCIAS SON MAPAS MENTALES

EUTANASIA, CREENCIAS Y VERDAD

4. LAS CREENCIAS SON MAPAS MENTALES

Me parece que la frontal oposición religiosa a la eutanasia nace de la creencia según la cual la vida pertenece a Dios de manera exclusiva y solo él puede decidir cuando acaba.

          Desde mi particular perspectiva, tal creencia adolece de una imagen de la divinidad que nació hace unos milenios en un nivel de consciencia determinado, pero que, a los ojos de muchos de nuestros contemporáneos, resulta no solo antropomórfica, sino incluso infantil. Por ella se atribuye a Dios el modo como los humanos entendemos, tanto la propiedad y el “dominio”, como la voluntad, olvidando que ese dios antropomorfo no es sino una construcción y proyección de la propia mente.

          Con todo, mientras aquella imagen se asume, la conclusión solo puede ser una: si Dios es el dueño de toda existencia y el único administrador de nuestro destino, decidir poner fin a la misma es siempre y sin excepción un pecado gravísimo contra el “único dueño”, en cuanto rebeldía de la criatura contra el creador.

          Desde aquella creencia, se tildará de “asesinos” a quienes de una u otra forma promuevan la eutanasia. Sin más argumentación y sin posibilidad de poner mínimamente en duda la propia postura.

       ¿Dónde radica el hecho que hace imposible diálogo? Me parece que la respuesta es simple: la absolutización de la creencia, pretendiendo que sea aceptada de manera axiomática e incuestionable. ¿Cómo podría ser posible el diálogo con quien se considera en posesión de la verdad, de una “verdad” que presume, además, de haber sido revelada por Dios mismo?

        Desde una comprensión más amplia, parece que, en ese discurso, se produce un salto inadecuado en el momento preciso en que se identifica lo que es una creencia con la verdad misma.

          Se olvida entonces que toda creencia es solo un constructo mental, una idea determinada a la que se ha dado adhesión. Una creencia no es un hecho, como tampoco es una verdad caída del cielo. Es, sencillamente, una lectura determinada que un conjunto de personas han asumido como verdadera.

          Ahora bien, una vez asumida, una creencia parece otorgar una potente sensación de seguridad –como veremos más adelante–, por lo que no resultará fácil cuestionarla. De hecho, cuestionar nuestras creencias más arraigadas requiere mucho coraje… y mucha humildad, porque implica aceptar que hemos podido estar equivocados toda la vida.

      Eso explica que, en lugar de cuestionarlas o de relativizarlas, se adopten posicionamientos que nacen, no tanto de la búsqueda honesta de la verdad, cuanto de la necesidad de sostener la propia creencia.

          La búsqueda de la verdad resulta en la práctica imposible cuando alguien se cree ya en posesión de la misma. En tal caso, no puede buscarse sino, como mucho, desear “comunicarla” a los demás, a quienes no la conocen o comparten. No es extraño que las diferentes confesiones religiosas hayan acentuado su llamada “dimensión misionera” e incluso el proselitismo, nacido de la convicción de que debían aportar “la verdad” al mundo.

        Frente a la absolutización de la creencia y a la pretensión de poseer la verdad, parece evidente que la búsqueda honesta de la verdad implica renunciar –poner entre paréntesis– a toda creencia previa.

        No se discute la legitimidad de que cada persona mantenga las creencias que desee; lo que se cuestiona es que cualquier creencia pretenda absolutizarse y presentarse como si fuera la verdad misma, en un salto que parece a todas luces inadecuado.

       Porque la verdad no es un concepto o un conjunto de conceptos donde estuviera expresada y delimitada. Los conceptos –las ideas, los dogmas, las creencias– no son nada más que interpretaciones mentales recibidas de –o escuchadas a– otros. Pensar es barajar esas opiniones de mil maneras diferentes. Pero a la verdad no llegaremos nunca pensando, sino acallando el pensamiento, tal como expresara con acierto Jiddu Krishnamurti: “Solo una mente en silencio puede ver la verdad, no una mente que se esfuerza por verla”.

SOMOS SILENCIO CONSCIENTE

Domingo V del Tiempo Ordinario

7 febrero 2021

Mc 1, 29-39

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre y se lo dijeron. Jesús se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y poseídos. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: “Todo el mundo te busca”. Él les respondió: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido”. Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando demonios.

SOMOS SILENCIO CONSCIENTE

          En medio de una actividad incesante –“era tanta la gente que iba y venía que no encontraban tiempo ni para comer” (Mc 6,31)–, Jesús amaba y buscaba espacios de silencio, aunque tuviera que levantarse “de madrugada”.

          El silencio no es huida ni evasión, sino la otra cara de la acción adecuada y eficaz. De entrada, puede verse como “entrenamiento” para afrontar con lucidez y serenidad la vida cotidiana. Y esto es así porque, al situarnos en nuestro “centro”, nos apacigua y nos fortalece, nos ajusta y nos dinamiza. Pero hay más.

          El silencio de la mente –que es también silencio del ego– nos permite saborear lo que somos en profundidad –Jesús diría: entrar en contacto con el “Padre”– y vivirnos como presencia consciente. Porque el silencio no es una práctica, una actividad o un medio para lograr otra meta. Bien entendido, el silencio es un estado de ser, que transciende el estado mental y nuestra identificación con el yo.

          Decía Pascal que “toda la desdicha de los hombres se debe a una sola cosa: no saber permanecer en reposo en una habitación”. Si entendemos bien el significado del silencio, tenía toda la razón. Toda nuestra desdicha es hija de la brecha espiritual –alienación– que vivimos con nosotros mismos, del alejamiento –consciente o no– de nuestra verdad profunda. Mientras permanecemos en la superficie, en el mundo de nuestras construcciones mentales, por más que nos creamos autónomos e incluso autosuficientes, no pasamos de ser marionetas movidas por los hilos de los movimientos mentales y emocionales que se producen en nuestro interior.

          El silencio es la puerta que nos conduce a casa porque, al observar la mente –al situarnos en el testigo ecuánime que observa a distancia todo lo que se mueve en nosotros–, nos libera de su hechizo. Dejamos de ser manejados por la mente pensante y podemos empezar a utilizarla como herramienta a nuestro servicio. Ha cesado nuestra identificación con ella porque el silencio nos ha mostrado nuestra verdadera identidad.

          Tal vez empezamos en su momento viendo el silencio como una práctica o un tiempo que nos permitía descansar y encontrarnos a nosotros mismos en un nivel más profundo. Ahí pudimos fuimos testigos de cómo esa práctica nos apaciguaba y serenaba interiormente. La propia práctica nos permitió experimentar que el silencio era mucho más: un estado de ser, que modificaba radicalmente nuestra perspectiva. Finalmente, hemos venido a experimentar que, en nuestra identidad más profunda, somos silencio consciente.

          Podemos saborearlo descansadamente en tiempos específicos en que tomamos distancia de nuestra actividad, pero lo somos de manera permanente. En él nos reconocemos en todo momento y toda nuestra acción nace de él. En nosotros hay pensamientos, sentimientos, acciones…, pero nada de eso nos define. Todo ello ocurre, aparece y desaparece, en el campo abierto y pleno del silencio que somos. No vivimos ya en la mente, sino en el no-pensamiento, en una espaciosidad luminosa, en el Testigo que todo lo observa.

       Probablemente, ello es lo que explica un hecho fácilmente constatable: el silencio enamora a quien empieza a practicarlo. No es extraño: si el silencio es nuestra identidad, ¿cómo no habría de enamorarnos?

           ¿Qué lugar ocupa en mi vida el silencio? ¿Cómo lo vivo?

Semana 31 de enero: DECIDIR EN CONCIENCIA

EUTANASIA, CREENCIAS Y VERDAD

3. DECIDIR EN CONCIENCIA

En estos días he leído testimonios como el de un enfermo, tetrapléjico desde hace 16 años, que confesaba: “Si no puedo curarme y no aguanto el dolor, al menos que pueda elegir mi final”.

 He conocido muchas personas que se expresaban en términos parecidos y he visto a familiares ante el lecho de muerte de un ser querido en situaciones irreversibles que imploraban poner fin a la agonía. Y he sido igualmente testigo de personas enfermas que manifestaban su voluntad de asumir la enfermedad hasta el final, apoyadas en una creencia importante para ellas. Ninguna opción me parece más “noble” –más sensata, más digna o más humana– que la otra.

 La ley no obliga a nada –algo que parecen olvidar sus detractores–. Cada cual podrá decidir si desea continuar viviendo o poner fin a su existencia. Y podemos convivir asumiendo la diversidad de posturas. La descalificación de quien piensa diferente es solo signo de inseguridad (inconsciente) y de aferramiento dogmático a creencias particulares.

 Los que se oponen a la ley lo hacen a partir de la creencia de que la vida es un don. Sin duda. Ahora bien, en el modo como lo plantean parece que se cuela la creencia en un Ser superior que tiene el dominio sobre nuestras existencias. Pero esto es únicamente una creencia. Y una creencia no es razón suficiente para juzgar a quienes no la comparten como ignorantes o malvados. ¿Por qué no se les concede la posibilidad de que están actuando con inteligencia y de buena fe?

 Sin duda, en todo este debate –como en casi todos los que tocan cuestiones importantes–, la clave se halla en la relación que mantenemos con las creencias de todo tipo, sean o no religiosas. Por ese motivo, desearía poner luz en esta cuestión, en la medida de mis posibilidades y en clave de ofrecimiento, en aportaciones posteriores.

 Baste por el momento reconocer que puede haber verdad en las dos posturas opuestas. Hay personas que defienden de buena fe la eutanasia de la misma manera que hay personas que con la misma buena fe la rechazan. Tal vez alguien podría decir que quienes la defienden en realidad tienen miedo al sufrimiento agudo, mientras que quienes la rechazan manifiestan un temor (inconsciente) a la muerte en sí misma. Sin embargo, puede darse también que, más allá de los temores de uno u otro signo, las personas, desde el nivel de consciencia en que se encuentran y con todos los condicionamientos que arrastran, tomen una decisión que leen en fidelidad a sí mismas y en docilidad humilde a su conciencia.

 Decidir en conciencia no significa seguir los dictados del capricho ni siquiera las propias ideas –no es seguir la voz del ego-, sino acallar el ego –la voz de la mente y de los gustos- para poder escuchar la sabiduría que nos trasciende y habla en nuestro interior.  

 La afirmación de que puede haber verdad en dos posicionamientos contrarios no nace de un relativismo vulgar, sino del reconocimiento de que la realidad es tan abierta que admite lecturas contrapuestas.

   Es evidente que para quienes identifican las creencias con la verdad o reducen la verdad a un concepto mental, la afirmación anterior les resultará incomprensible. Pero, como tendremos ocasión de ver, la verdad no puede ser poseída –nadie tiene la verdad–, tampoco puede contenerse en un concepto o creencia, ni podemos pretender conocerla de antemano, mucho menos con la mente; la verdad es una con la realidad y, como esta, es siempre abierta.

 Para quienes se hallan en un nivel de consciencia puramente mental –más aún si es mítico– no existe sino una verdad, que se identifica con la propia creencia. Y todo lo que discrepe de ella es error. Sin embargo, en cuanto se supera ese estadio de consciencia y se puede tomar un mínimo de distancia de la mente, conociendo a la vez cómo funciona, se hace patente que la verdad transciende por completo todas nuestras ideas, conceptos y creencias. Y reconocemos el acierto que expresan estas palabras de Marià Corbí:

«La verdad que condena no es verdad.
La verdad solo libera.
La verdad que somete no es verdad.
La verdad solo desata las cadenas.
La verdad que excluye no es verdad.
La verdad solo reúne.
La verdad que se pone por encima no es verdad.
La verdad solo sirve.
La verdad que desconoce la verdad de otros no es verdad.
La verdad es solo reconocimiento.
La verdad que no mira a los ojos a otras verdades no es verdad.
La verdad es solo acogimiento sin temor.
La verdad que engendra dureza no es verdad.
La verdad es solo amabilidad y ternura.
La verdad que desune no es verdad.
La verdad solo unifica.
La verdad que se liga a fórmulas, por escuetas que sean, no es verdad.
La verdad es solo libre de formas.
Si la verdad se liga a fórmulas,
tiene que condenar, excluir, desunir,
tiene que ponerse por encima,
dar por falsas otras verdades.
La verdad reside en formas, pero no se liga a ellas.
Por eso, en las nuevas sociedades globales, la espiritualidad no puede pasar por creencias que se proclaman exclusivas poseedoras de la verdad«[1].

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[1] Marià CORBÍ, Hacia una espiritualidad laica. Sin creencias, sin religiones, sin dioses, Herder, Barcelona 2007, pp. 321-322.

AMAR APASIONADAMENTE LA VERDAD

Domingo IV del Tiempo Ordinario

31 enero 2021

Mc 1, 21-28

Llegó Jesús a Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres, el Santo de Dios”. Jesús lo increpó: “Cállate y sal de él”. El espíritu inmundo, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: “¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta los espíritus inmundos les manda y le obedecen”. Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

AMAR APASIONADAMENTE LA VERDAD

 En su evangelio, Marcos recurre a la figura de los «demonios», haciéndoles ocupar un lugar destacado, con dos objetivos: por un lado, para proclamar la identidad de Jesús, que ellos conocen, a diferencia de los humanos que la ignoran; por otro, para mostrar el poder de Jesús sobre ellos.

 Más allá de esa figura mítica –en la que algunas culturas personificaron la fuerza del mal–, al evangelista le interesa subrayar la “autoridad” –la fuerza de verdad– que posee la palabra del Maestro de Nazaret.

 Los letrados (o doctores) eran personas expertas en el estudio y la explicación de la Torá (la Ley de Moisés). Dedicaban a ello toda su vida y eran famosos por su erudición y sus disputas interpretativas. Pero –dice Marcos– la gente se da cuenta de que Jesús no habla como ellos, sino “con autoridad”.

 Las personas eruditas suelen hablar tomando como referencia lo que han oído, estudiado o aprendido. Quien las escucha no puede evitar la sensación de que están hablando “de memoria”, perdiéndose en infinidad de construcciones mentales más o menos ingeniosas, carentes de auténtica novedad y de frescor.

 Hablar “con autoridad” significa hablar desde la propia experiencia, a partir de lo que se ha “visto” o experimentado en primera persona. Cuando escuchamos a quien habla así, nuestros corazones vibran, produciendo ecos o resonancias: aquello que estamos oyendo conecta y despierta lo que ya estaba en nosotros, aunque todavía dormido o apagado.

 Vivimos en una cultura que ha pecado de academicismo y en una época que parece acostumbrarse demasiado dócilmente a la posverdad, en un intento narcisista de “convertir en verdad” aquello que nos interesa: lo ocurrido recientemente en Estados Unidos, con Trump a la cabeza, me parece una muestra palmaria de lo que vengo diciendo.

 En medio de toda esa espesa jungla de palabrería (academicismo) y de “fake news”, echamos de menos palabras que nos lleguen al corazón porque transmiten verdad. 

 Si las “fake news” constituyen una argucia más del ego para alimentarse y sostener su visión egocentrada y el academicismo refleja el afán de la mente por llevar el control y erigirse en protagonista, la búsqueda honesta se caracteriza por el amor a la verdad.

  La persona genuinamente espiritual no busca otra cosa que la verdad. Y no tarda en descubrir que la verdad desnuda absolutamente de todo lo demás: intereses, expectativas, creencias, egocentrismo… Porque la verdad no es un concepto, una creencia, una idea a la que nos hemos acostumbrado. La verdad es lo que queda cuando todo eso cae.

 Y es justo en la medida en que permitimos que caiga todo aquello a lo que nos habíamos aferrado, cuando se muestra la verdad desnuda, sin asideros ni refugios. Emerge aquello que queda cuando no ponemos pensamiento, cuando no hay apropiación. Por ese motivo, aquí se impone la pregunta:

Si dejo de lado todo lo que me han enseñado, he leído, he aprendido… sobre la vida y sobre el ser humano, ¿qué puedo decir por mí mismo/a?

Semana 24 de enero: EUTANASIA: DEBATE Y EXABRUPTOS

EUTANASIA, CREENCIAS Y VERDAD

2. EUTANASIA: DEBATE Y EXABRUPTOS

Uno desearía encontrar una actitud más ecuánime en personas que ostentan importantes responsabilidades colectivas y de las que se supone que se han trabajado espiritualmente. Es sabido que la ecuanimidad es un signo claro de espiritualidad.

Un debate constructivo se mueve en la lucidez crítica, aporta razones, no descalifica ni caricaturiza la opinión ajena, no absolutiza ninguna creencia y busca, por encima de todo, no crear abismos, sino tender puentes. Cuando no se dan estas actitudes, lo que cualquier debate produce es crispación y fractura, como ocurre, no solo en algunos platós de televisión, sino en el propio Congreso de los diputados. Pero extraña que sean también responsables religiosos quienes olviden aquellos rasgos que brotan de la búsqueda ecuánime de la verdad, por encima de cualquier creencia personal.

No dudo de su voluntad de aportar elementos que ayuden a clarificar un debate tan importante. Tampoco cuestiono que aporten sus creencias. Pero hay dos cosas que me chirrían sobremanera: por un lado, el uso de expresiones desajustadas que llegan a deformar y falsear la opinión ajena; por otro, la pretensión de absolutizar la propia creencia, identificándola con la verdad y pretendiendo imponerla a toda la sociedad.

Es precisamente la falta de una actitud ecuánime en los responsables eclesiásticos la que dibuja un perfil rígido e intransigente, que produce desafección y rechazo hacia la institución y hacia la misma religión. Leyendo algunas de sus declaraciones, diera la impresión de que les interesa, por encima de todo, mantener a salvo su propia creencia, sobre el supuesto de que esa creencia es la verdad.

Esa trampa se revela mortal: una vez que se ha identificado la propia creencia con la verdad, el diálogo es imposible, por lo que no se dudará en descalificar por cualquier medio a quienes discrepen.

Pues bien, hasta donde he podido constatar, en este debate sobre la eutanasia, agudizado desde el momento en que el Congreso dio luz verde a la ley que la regula, en el ámbito religioso cristiano han predominado afirmaciones de trazo exageradamente grueso, cuyo único objetivo parecía ser la descalificación de la postura diferente. 

Quiero recoger algunas de esas afirmaciones, con la reflexión que han provocado en mí. No entro en este momento en el contenido de tales declaraciones, sino en la forma en que están expresadas. (Tomo las citas de diferentes artículos que se han ido publicando en Religión Digital).

El obispo de Getafe escribía: «Algo funciona mal en una sociedad cuando en la sede de la soberanía del pueblo se aplaude a la muerte…, una ley [que viene] a segar las vidas de los más débiles».

Me llama la atención que una persona responsable pueda caer en lo que me parecen deformaciones exageradas de la realidad. Porque eso no ayuda a poner luz ni a crecer en verdad. Quienes son partidarios de la eutanasia no “aplauden la muerte”, sino el derecho de que cada persona pueda decidir de acuerdo a su conciencia, y no en función de creencias impuestas.

En el mismo sentido, me cuesta no ver obcecación cuando manifiesta que el objetivo de la ley sería el de “segar las vidas de los más débiles”.

Sin duda, quien lea y asuma esas afirmaciones –que hacen equivaler eutanasia y homicidio– no puede no posicionarse contra la ley. Pero el error está en el mismo planteamiento, haciendo decir a la ley lo que no dice. El objetivo de la ley no es “segar las vidas de los más débiles”. Así enunciada, esa afirmación peca de torpeza impropia de una persona preparada o de malicia interesada que no busca sino cargarse de razón, donde todo vale, incluida la deformación falaz, para justificar el propio posicionamiento; como si el fin perseguido –incuestionable a sus ojos– justificara los medios.

La ley no busca ni desea segar ninguna vida. De hecho, nadie está obligado a solicitar la eutanasia. Lo que busca es ofrecer la posibilidad de que cada persona decida según su conciencia.

Para el arzobispo de Toledo, la eutanasia es algo que “no debería tener derecho de ciudadanía”.

Extraña que un representante religioso, más allá de su legítima opinión en cualquier asunto, se arrogue el derecho de dictaminar –en función de su propia creencia– qué es lo que debería ser o no legal. No hay razonamientos, sino un posicionamiento dogmático, que además parece no reconocer la validez del juego democrático.

El arzobispo de Valencia, por su parte, manifestaba que “la Ley de la eutanasia está en contra de la paz y rompe la concordia”.

Nos hallamos ante otra afirmación de trazo grueso, propia de quien ve cuestionadas sus propias creencias. Como tendré oportunidad de analizar en otra entrega posterior, las creencias constituyen un factor de cohesión social, con lo que eso tiene, a la vez, de beneficioso y de perjudicial. Desde esa perspectiva, cuando alguien ve sus creencias cuestionadas, considera que se está amenazando, no solo su propio universo mental, sino el mismo orden social. No es extraño que, un poco más adelante, pidiera “para que España recupere la concordia en torno a la vida y la educación”. En esa lógica, el cuestionamiento de las propias creencias se lee como fractura, sin advertir que tal vez sean las creencias las que constituyen un factor de división. Con todo, lo que me vuelve a llamar la atención es el calibre y la falta de objetividad de la acusación.

El mismo arzobispo se refirió a la eutanasia como “un derecho inexistente”. ¿En nombre de qué, sino solo de una creencia, se arroga la capacidad de decidir lo que es o no un “derecho”? En lugar de pontificar de ese modo, ¿no sería más ajustado a verdad decir: “en mi creencia ese derecho no se reconoce”, antes que absolutizar la propia creencia para tratar de “generalizar” su validez y pretender imponerla de manera universal?

El recién nombrado arzobispo de Burgos, por su parte, refiriéndose a los partidarios de la regularización, afirmaba que “defienden la eutanasia por razones ideológicas”, en un claro ejemplo de tachar como “ideología” toda postura que no coincide con la propia creencia. Porque, visto desde fuera, lo que parece “ideológico” es el rechazo a la eutanasia realizado desde una creencia religiosa totalmente subjetiva.

El arzobispo de Oviedo, bien conocido por sus posicionamientos políticos y religiosos, va incluso más allá, al utilizar la aprobación de este proyecto de ley para acusar al poder político nada menos que de imponer «su fracasada dictadura represiva». Y no por reiterada, no deja de sorprender la acritud que destila toda su declaración.

La toma de postura de la jerarquía católica, por boca de su portavoz, ha llegado al extremo de invitar a los fieles a que pidan “explícitamente” que “no se les practique la eutanasia”, en una expresión que transmite una lectura engañosa, al insinuar que se trata de una medida que pudiera imponerse, en lugar de reconocer que es la propia persona quien debe solicitarla. ¿No es esto “ideología” manipuladora y falaz, un ejemplo claro de tergiversación interesada?

Al leer este tipo de afirmaciones –que descalifican a quienes las realizan y a la institución que representan–, uno se pregunta si no podría haber otro modo más objetivo, sereno y sensato, de hacer aportaciones valiosas, desde el respeto. Es posible defender la propia postura de una manera más ecuánime, menos dogmática y, sobre todo –como ocurre en algún caso–, sin carga de odio. ¿Cómo pueden surgir esas palabras, cargadas de visceralidad, juicio y condena, de una persona buena y que se confiesa cristiana?

Pero no son solo los obispos. También de algunos cristianos con cierta audiencia he leído opiniones que me parecen incurrir en la misma trampa. Así, alguien ha hablado de la “triste sociedad que no da razones para vivir sino pastillas para quitarte del medio».

La sociedad –y más aún el poder político– no tiene que dar razones para vivir; esas habrá que buscarlas en otros espacios. Pero aprobar la ley de eutanasia no significa querer “quitar a nadie de en medio”. Si las creencias no nublaran nuestra percepción, probablemente podríamos ser más ecuánimes.

Incluso un profesional sanitario que despliega una obra meritoria en la humanización de la salud, aun desarrollando un argumentario bien planteado –más allá de que se esté o no de acuerdo con él–, me parece caer en la misma trampa al afirmar que “es obsceno aprobar ahora una ley de Eutanasia».

Será obsceno únicamente para quien establezca la ecuación “eutanasia igual a crimen”. Pero quien lee la ley como reconocimiento de un derecho básico, aun insistiendo en la necesidad de condiciones de regulación para evitar abusos de cualquier tipo, no la percibirá como algo “obsceno”, sino como una posibilidad más humana. Porque, ¿acaso es más humano –y menos “obsceno”– obligar por ley a una persona a mantenerse viva en cualquier situación de sufrimiento insoportable e irreversible que ofrecer la posibilidad legal de decidir por ella misma cuándo desea poner fin a su recorrido existencial?


En estos días me han hecho llegar el texto de un grupo cristiano, que deseo citar: https://www.atrio.org/2021/01/un-documento-clarito-de-un-grupo-de-cristianos-de-valencia/