PARA CUANDO SUFRAS (Vicente Simón)

PARA CUANDO SUFRAS

 

 

Date un respiro cuando sufras.

Date un respiro.

Te lo mereces,

tú y el universo que te acoge.

 

No te vas a romper,

puedes sufrir.

Todos lo hacen

por un tiempo.

 

Piensa que sufrir

es humano,

y te hace más humano todavía.

Nunca sufres solo.

 

Pero date cuenta

de que estás sufriendo,

ahora mismo,

en este irrepetible momento.

 

Y acuérdate,

que como humano que eres,

también puedes amar.

Entonces, date amor y consuelo.

 

Eres una criatura que sufre.

Eres una criatura que ama.

Y esa criatura que ama

puede consolar a la criatura que sufre.

 

No dejes de hacerlo.

Ama al que sufre, alívialo.

Y, si ahora, el que sufre eres tú,

consuélate, queriéndote tal como eres.

 

Vicente Simón

www.mindfulnessvicentesimon.com

www.mindfulnessyautocompasion.org

 

CUANDO EL YO SUFRE

El yo, al no ser sino un manojo de deseos y miedos, está condenado a sufrir.

 

Ego-mono.2

 

Sabemos que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Por “dolor” entendemos el hecho bruto, sea físico o emocional, que se experimenta tal como aparece, sin resistencia ni añadidos mentales.

Ese dolor se transforma en sufrimiento, bien cuando lo resistimos (en lugar de aceptarlo), bien cuando añadimos sobre él cualquier “historia mental”.

En un caso u otro, sufrimos únicamente cuando –y porque- nos identificamos con el yo o ego. De hecho, como alguien ha escrito, “la desgracia solo significa que las cosas no encajan con tus deseos”.

La consciencia de lo que nos ocurre no sufre ni se ve afectada. Solo sufre el yo: y creemos que sufrimos nosotros porque lo hemos tomado como si fuera nuestra identidad. A partir de ahí, todo lo que le ocurre al yo, pensamos que nos ocurre a nosotros.

Por eso, detrás de todo sufrimiento, hay un pensamiento erróneo que estamos creyendo como si fuera verdadero. Averígualo por ti mismo/a: cuando sufro, ¿qué pensamiento hay detrás, que me estoy creyendo como si fuera verdadero?

El “primer” pensamiento erróneo no es otro que el de identificarnos con el yo. Y, con él, la creencia en que soy un ser separado de todos y de todo. A partir de ella, se pueden encadenar infinidad de pensamientos erróneos que generarán sufrimiento permanente.

Dentro de esos pensamientos erróneos, hay tres que podemos considerar particularmente graves:

  • La idea de que yo tengo el control sobre lo que me ocurre; por eso, me afano y preocupo como si realmente dependiera de mí. En realidad, es solo una falsa creencia: si realmente tuviera el control, ¿no habría logrado ser feliz hace tiempo? Por eso, lo que realmente mantenemos es la ilusión de que llevamos las riendas. Por otro lado, si el yo o ego es una ficción mental, ¿quién sería el sujeto de ese supuesto control?
  • La exigencia mantenida de que las cosas deberían ser como yo quiero. Aquí se arraigan todos los “debería” y “no-debería”, que no son sino fuente de sufrimiento para nosotros mismos y para los demás.
  • Y el hecho de discutir con lo que es. Tal discusión no es otra cosa que resistencia al presente. Y no puede haber tal resistencia sin generar sufrimiento.

 

Por eso, frente a esos pensamientos erróneos, con frecuencia profundamente arraigados en nuestras mentes, el camino de salida se formula de una manera simple, aunque, debido a aquella inercia mental, nos resulte arduo vivirlo en la práctica. La actitud sabia puede formularse con estas palabras: Ama lo que es. (Título del recomendable el libro de Byron KATIE, Amar lo que es. Cuatro preguntas que pueden cambiar tu vida, Urano, Barcelona 2002).

 

No se trata de una actitud indolente, indiferente o pasotista. Es una actitud sabia, que consiste alinearse con lo real. Y, de un modo paradójico, solo al alinearnos con el momento presente –lo que es- encontramos la paz y brota en nosotros la acción adecuada, libre de ego, que tengamos que llevar a cabo. Pero la sabiduría parece que empieza siempre por la aceptación profunda o rendición a lo que es.

 

Al alinearnos con el presente, al amar lo que es, cesa el sufrimiento, pero queda el dolor.

¿Qué hacer con él? La actitud adecuada se expresa en dos actitudes que han de ser vividas simultáneamente: la no-evitación y la no-identificación. Es decir, se trata de acoger el dolor, permitirle que esté, pero sin reducirse a él.

Del mismo modo que cuidamos el cuerpo, pero no se nos ocurre identificarnos con –reducirnos a- él, así también cuidamos nuestro psiquismo, pero tampoco nos identificamos con él.

Dicho con más precisión: El Amor que somos acoge al psiquismo (yo o ego) que tenemos. Las prácticas de amor hacia uno mismo, el encuentro con el propio niño o niña interior, el cuidado por permanecer en momento presente, la destreza para tomar distancia de la mente y no enredarnos en etiquetas mentales ni en movimientos emocionales… nos ayudarán a permanecer anclados en nuestra verdadera identidad –la Consciencia ilimitada y amorosa- y, así, llevar a cabo una higiene saludable del dolor que aparezca, sin transformarlo en sufrimiento.

La vita in pienezza. Appunti per una spiritualità transreligiosa, San Paolo Edizioni, Milano.

INDICE

 

  1. Chi sono io? Ché cosa è la vita? La domanda che inquadra il tema
  2. Chè cos’è la spiritualità? Interiorità, transpersonalità, non-dualità
  3. Il risorgere della spiritualità
  4. Spiritualità, religione e cristianesimo
  5. La religione al bivio del mondo moderno e postmoderno
  6. La fede cristiana in chiave transpersonale
  7. La cura dellínteligenza spirituale
  8. La pratica de la meditazione
  9. Elogio della presenza

Conclusione. Spiritualità e pienezza di vita

Appendice in forma di schema. Dalla confusione dell’ego alla luminosità della presenza. Livelli dell’io

Bibliografia

¿QUÉ ES EL EGO? O cómo nos vivimos como monos enjaulados en su cuerpo

Es normal que, cuando una persona oye hablar del “yo” o del “ego”, en el contexto de una visión que lo relativiza, se pregunte: pero, ¿qué es el ego? Se trata de una cuestión que me suelen plantear con bastante frecuencia, y a la que respondo, más o menos, de la forma que expongo a continuación.

Egos-monos y monas

De entrada, quiero dejar claro que uso los términos “yo” y “ego” como absolutamente equivalentes: ambos, en español o en latín, se refieren a la misma realidad, aunque luego, por motivos pedagógicos, se hayan querido percibir matices diferenciadores. La distinción más frecuente –y quizás también, bajo un cierto punto de vista, la más sugerente- es aquella que se refiere al “ego” como el resultado de una identificación completa con el “yo” particular. Bajo esta perspectiva, el “yo” sería una entidad “neutra”, aunque valiosa, que habría que cuidar adecuadamente, mientras que el “ego” nacería como consecuencia de que la persona se ha reducido al yo, hasta identificarse con él. El ego sería, por tanto, la errónea absolutización del yo, y constituiría la fuente de toda confusión y sufrimiento, al habernos identificado con lo que solo es un elemento de nuestra verdadera identidad.

Con todo, me parece más sencillo y acertado atribuir el mismo significado a ambos términos, usándolos indistintamente para referirnos a la misma realidad.

Y, al querer clarificar ese significado, me parece buen comienzo la referencia a Einstein que, a mi modo de ver, acertó de pleno cuando afirmó que el yo era una “ilusión óptica de la conciencia”.

Efectivamente, el yo (o el ego) es simplemente un error de percepción, por el que llegamos a creer en una entidad que, en realidad, no existe; es solo una ficción mental, aunque de impresionantes consecuencias. De hecho, cuando creemos en el yo, como si se tratara de una verdadera identidad, nos vivimos como monos y monas enjaulados en nuestro propio cuerpo.

Lo que llamamos “yo” no es otra cosa que el centro operacional de nuestra vida cognitiva y emocional, asociado a nuestro cuerpo. Cuerpo, mente y psiquismo, unificados gracias a la autoconsciencia –la consciencia una que, con la aparición de la mente, empieza a hacerse consciente de sí misma-, empiezan a ser percibidos como si de una identidad separada se tratara; identidad a la que se le da el nombre de “yo”.

A partir de ese momento, los seres humanos empiezan a organizar su vida en torno a esa supuesta identidad, como si en ella les fuera la vida, dado que previamente se han reducido a la misma. La creencia incuestionada ha terminado convirtiendo la ficción en una (aparente) “evidencia” del sentido común.

De este modo, cuando se cuestiona la existencia del yo, es comprensible que surja la reacción inmediata: ¿Cómo se puede poder en duda algo que es tan evidente? Olvidamos cuántas cosas “evidentes” hemos aceptado…, hasta que hemos percibido su falsedad: desde la idea de que el sol giraba alrededor de la tierra hasta la fe en un dios separado e intervencionista.

Por eso, necesitamos empezar desde el principio: ¿Cómo ha podido llegarse a una conclusión tan firme y generalizada sobre el yo? Es decir, ¿qué ha ocurrido en el proceso de construcción del yo para que los humanos hayamos terminado prácticamente reducidos a algo que no somos?

La respuesta es simple: con la emergencia de la mente, dentro del proceso evolutivo, la consciencia vuelve sobre sí misma (reflexiona), haciendo posible que la mente se apropie de sus contenidos y, gracias a la memoria, le sea posible construir una sensación de continuidad, en la que termina reconociéndose como el sujeto estable de la misma.

 

La conclusión no podía ser otra: el ser humano –que, por otra parte, no puede negar su consciencia de ser “sujeto”- se otorga una identidad separada (“yo”) a la que considera el principio activo y permanente a lo largo de toda su peripecia vital.

La aparición de la mente ha hecho posible que, al sentirse actuar y recordar lo actuado, la persona haya atribuido a esa acción un sentido de agencia, de ser sujeto actuante, un “yo” con el que ha terminado identificado.

Si a esto añadimos todo lo vivido en el proceso de socialización desde el primer momento de su existencia, es muy fácil comprender hasta qué punto vivimos y organizamos nuestra vida –pensamientos, creencias, acciones, reacciones…- como si realmente fuéramos ese yo individual, que se ha plasmado en un nombre –otro pensamiento más- y en un número de identificación.

¿Qué es lo que en realidad se ha producido, y que nos ha pasado desapercibido? Algo absolutamente decisivo en sus consecuencias: una especie de constricción de la consciencia a los límites del propio cuerpo. La consciencia una –la consciencia que somos, de donde nos viene precisamente la innegable sensación de ser sujetos: la Consciencia es “Yo Soy”- ha quedado constreñida, “encerrada” en el cuerpo, como si de una jaula o cárcel se tratase, hasta el punto de que hemos terminado confundiéndola con la propia mente.

 

La consecuencia más grave es la confusión derivada de ello y que se plasma en la primera creencia del yo: la separatividad. Al encerrarnos en los límites del propio cuerpo, es inevitable que nos sintamos separados de todo lo que percibimos fuera de las fronteras del mismo: separados del entorno, de los otros, de la misma vida… Y, dado que la mente es esencial e inexorablemente separadora, terminamos convencidos de que esa separación es real (nos lo dice también el “sentido común”).

Una vez convencido de que soy un “ser separado”, es inevitable que me perciba y me comporte como tal: la comparación, la competitividad, el enfrentamiento… vendrán de la mano.

Con todo ello, experimentaremos un “doble” sufrimiento: por una parte, el derivado del “encierro” en el que nos hemos instalado, por el que nos sentimos interiormente constreñidos y socialmente aislados; por otra, el que acompaña a un comportamiento egoico y egocentrado, que nos hace perder nuestra conexión (real) con todos y con todo.

Pues bien, la tremenda ironía es que esa supuesta identidad, el yo, es una pura ficción. Como nos recuerdan los neurocientíficos, no hay ningún hombrecito y ninguna mujercita en nuestro cerebro organizando todo, como si de un director de orquesta se tratara. No hay tal cosa como un homúnculo separado, independiente, autónomo y libre.

Nuestra verdadera identidad es la misma que la de todo lo real; no podría ser de otro modo. El gran místico cristiano del siglo XIII, el Maestro Eckhart, lo repetía con aquella expresión contundente: “Mi suelo y el de Dios son el mismo”. Somos consciencia que, temporalmente, se expresa en este organismo psicofísico. Hay, por tanto, sensaciones, sentimientos, emociones, pensamientos, recuerdos, experiencia de muchos tipos…, pero no existe ningún “yo” separado.

La sabiduría –o el llamado “despertar”- no es otra cosa que caer en la cuenta del engaño de aquella identificación, percibiendo nuestra verdadera naturaleza.

Ciertamente, tendremos que cuidar de una manera adecuada nuestro psiquismo, favoreciendo su integración y armonía. Pero, de la misma manera que el cuidado del cuerpo no hace que nos identifiquemos con él, la atención a la mente y al psiquismo no tiene por qué implicar que nos reduzcamos a ellos.

El proceso que favorece el despertar requiere, por tanto, una actitud de relajar o aflojar la constricción que nos ha llevado a creer en una consciencia encerrada dentro de los límites de nuestro cuerpo y separada del resto. Aflojar esa constricción equivale a “deslizarnos” en la consciencia que trasciende nuestro cuerpo, hasta el punto de reconocernos incluso “fuera” de él. No perdemos el contacto real con nuestro cuerpo, pero dejamos de reducirnos a él, y empezamos a percibirnos como la consciencia una que en todo se expresa y manifiesta. Se supera así el dualismo mental y empezamos a saborear la no-dualidad.

Desde esta nueva consciencia –ampliada, ilimitada, y que es una con la vida toda-, no se ve nada como separado. La vida no es algo distante ni diferente; percibes que tú y la vida sois la misma cosa. Los otros no son percibidos como seres separados o aislados en las fronteras de su cuerpo, sino expresiones y manifestaciones de la misma y única consciencia que tú también eres.

A partir de ahí, seguimos usando la mente como una herramienta preciosa para todo aquello que nos puede servir, pero hemos superado la trampa de reducirnos a ella. Al mismo tiempo, dejamos de atribuirle valor absoluto a sus ideas y creencias, porque sabemos que en ese terreno fácilmente yerra, debido a su inevitable limitación.

Mientras tanto, en el camino, la práctica meditativa busca liberarnos de aquella falsa identificación. Al hacernos diestros en dejar caer los pensamientos –el propio “yo” es solo un pensamiento o una etiqueta más-, vamos quitando los velos que opacan y oscurecen nuestra visión, permitiendo que aflore resplandeciente nuestra radiante identidad.

Teruel, 1 septiembre 2013

www.enriquemartinezlozano.com

O gozo de ser pessoa. Plenitude humana, transparência de Deus, Edições Loyola, Sao Paulo.

SUMÁRIO

Prólogo

Introduçao

1. A pessoa em pé

  • A relaçao consigo mesmo
  • A relaçao com os outros
  • A relaçao com Deus
  • Crescer em lucidez
  • Crescer em solidez
  • O caminho da autonomia
  • A tarefa de ser pessoa: a fiedelidade a si mesmo
  • Consciência, responsabilidade, culpa
  • Vivir a partir de dentro
  • Jesus, o homem em pé
  • Para vivernos em pé

2. Com talante

  • O «talante» da vida
  • Da vida… até seu âmago
  • Um talante lúcido
  • Atitudes construtivas
  • A fé confere talante
  • O talante de Jesus
  • Para viver o talante de Jesus

3. Ver com o coraçao

  • O olhar
  • Ver e olhar
  • Olhar crente da realidade
  • Olhar contemplativo
  • Dificuldade para manter um olhar contemplativo
  • Como me olho
  • Para aprender a olhar
  • O olhar de Jesus
  • Deus olha com o coraçao
  • Deixar-nos olhar por Deus

4. Deixar-se totar

  • Pôr-se na pele do outro
  • Uma pessoa sólida e amorosa
  • Trabalho sobre si e sabedoria do Evangelho
  • Acolher a si mesmo para poder acolher
  • O que podemos estimar en nós mesmos?
  • O ser humano é um ser «habitado»
  • Acolher os outros
  • Sem amor não há conhecimento de Deus
  • Jesus, o homem que «se deixou tocar»
  • Un Deus que é tocado por nossa realidade

5. A alegria de crer

  • Crer, resposta admirada e agradecida
  • Olhados por Deus
  • De uma imagem ambígua de Deus ao Deus Pai de Jesus
  • Este é o Deus que nos olha
  • Viver humanamente é responder
  • A alegria de crer
  • Jesus, profeta da alegria
  • A alegria de Deus
  • Quando a religião se perverte

6. Fazer da vida uma bênção

  • A dificuldade de bendizer
  • Para escapar à armadilha
  • O que é bendizer
  • Para aprender a bendizer
  • Jesus, ampr de bênção
  • Deus, aquele que bendiz
  • Viver bendizendo é transparentar Deus

Conclusão