AÑO NUEVO: ¿DÓNDE ENCONTRAR LA NOVEDAD?

Consciencia e inconscienciaLa celebración del “Año nuevo” –conocida prácticamente en todas las culturas y religiones-, aparte de reflejar el ciclo vital, tal como se aprecia en la naturaleza, parece responder al anhelo humano de “comenzar de nuevo”. Es inevitable que en la existencia humana se hagan presentes el dolor, el cansancio, la frustración, el fracaso…, que amenazan con ahogar las mejores expectativas. Ante esa constatación, se entiende que surja la voz que dice: “Empecemos de nuevo”. La celebración del “año nuevo”, en este sentido, viene a significar la oferta de una nueva oportunidad.

 

Lo que ocurre es que poner la novedad en un mero cambio de fechas del calendario no pasa de ser una mera convención. El 1 de enero –por ceñirnos a nuestra tradición- no es más “nuevo” que el 31 de diciembre. Y tras el rito del “paso de año”, todo seguirá siendo como era ayer. O incluso peor porque, a la resaca de la celebración, le acompañará la frustración de comprobar que nada ha cambiado.

 

Más allá de las lecturas que pueda hacer nuestra mente, es obvio que la novedad no es “algo” que podamos encontrar “fuera” para incorporar a nuestra existencia cotidiana. No la hallaremos en el mundo de las formas, caracterizado inexorablemente por la impermanencia. Lo más que podemos encontrar en ese nivel son sucedáneos de novedad que, satisfaciendo por un momento nuestra curiosidad, rápidamente volverán a entrar en el cajón de la rutina. Y no solo debido a su propia impermanencia, sino al dato innegable de la rapidez con que el cerebro se habitúa a cualquier hecho o circunstancia, por “novedosos” que nos resulten en un primer momento.

 

Novedad es sinónimo de frescor, limpieza, presencia, vida –la vida siempre es nueva-, y va acompañada de actitudes y sentimientos de sorpresa, admiración, alabanza, gratitud, comunión y plenitud. Todo esto es lo que, sepámoslo o no, nuestro corazón anhela. Pero habitualmente lo buscamos donde no puede encontrarse.

 

Con frecuencia después de no pocas frustraciones, aprendemos que la novedad anhelada no reside en nada que podamos aferrar –todo ello se revela rápidamente efímero- ni se halla al alcance de la mente. Lo que nace de esta, por su propia naturaleza, tiene siempre el color de lo “ya sabido”, porque pensar no es sino barajar interpretaciones oídas a otros y almacenadas en el cajón de nuestros recuerdos, conscientes o inconscientes. La mente nos conducirá siempre al pasado –pensar es recordar– y, desde él, nos proyectará al futuro que ella misma piensa. En cualquier caso, la identificación con la mente es el camino más seguro para hacer imposible la novedad.

 

La novedad no es “algo” que se halle al alcance de la mente, así como tampoco es el yo el que pueda saborearla. Mente y yo son sinónimos de no-presencia, por más que reconozcamos la mente como una herramienta excepcional para múltiples tareas. Pero solo podremos verla como herramienta cuando no estamos identificados con ella, sino que nos (la) vivimos desde la atención. Y con esto nos aproximamos ya a comprender qué es realmente la novedad y dónde se encuentra.

 

La novedad es un estado de consciencia, no separado por tanto de lo que realmente somos –en nuestra verdadera identidad, somos novedad-, y lo experimentamos cuando nos reconocemos y dejamos permanecer en la Presencia. De manera que “novedad” y “estado de presencia” son expresiones equivalentes, que quieren designar lo que somos en profundidad. No somos “algo” que aparece en la consciencia (o presencia), sino esa misma Consciencia (o presencia) que constituye el núcleo último de todo lo que es, que sostiene y abraza todo lo que existe y de donde están brotando en permanencia la infinidad de formas impermanentes.

 

¿Y cómo acceder a ese estado de presencia que –en una profunda paradoja-, aun creyéndolo “separado” e incluso lejano, constituye nada menos que nuestra identidad real? La herramienta adecuada para ello es la atención. Así como el pensamiento (no observado) –o identificación con la mente- nos saca del estado de presencia, la atención abre la puerta para aposentarnos en él.

 

Bajo este punto de vista, la sabiduría consiste en quitar pensamiento y poner atención. O, más exactamente, en utilizar la mente viviendo en la atención. Y esta es la pregunta que nos trae a la realidad: ¿Dónde vivo más tiempo: en la mente o en la Consciencia, en el pensamiento o en la atención? A partir de ahí, podremos adiestrarnos en un entrenamiento constante en la vida cotidiana para venir, una y otra vez, a la atención (presencia, novedad) que somos. Ahí ocupa su lugar la práctica meditativa.

 

Para hacernos conscientes contamos con una alarma inequívoca: todo “malestar” que nos quita la paz, nos está diciendo que hemos abandonado la atención y estamos siendo manejados como marionetas por un pensamiento al que le hemos otorgado todo el poder. Basta tomar distancia de él –observarlo desde el Testigo– para que emerja la atención que nos conduce a casa, al estado de presencia.

 

En ese estado, todo es siempre nuevo. “He aquí que hago nuevas todas las cosas”, hace decir a Dios el Libro del Apocalipsis (21,5). No se trata de la acción de un dios que interviniera desde fuera, sino del reconocimiento de que, siempre y en todo momento –Dios es Presencia- todo es nuevo. Pero solo podemos apreciarlo cuando salimos del nivel aparente (de las formas), en el que estamos hipnotizados o hechizados por la mente (el yo), y nos situamos en aquella dimensión profunda que es ella misma Presencia.

 

Por todo ello, la instrucción más adecuada quizás sea esta: “Deja de buscar… Déjate encontrar”. La búsqueda no conduce a ninguna parte porque es obra del yo. Puesto que ya eres Presencia, lo que necesitas es dejarte encontrar. Lo cual no tiene nada de pasividad, ya que implica un compromiso firme y perseverante por soltar (abandonar) aquel modo de funcionar centrado en la mente, que tan atrayente resulta para el yo.

 

El yo se resiste a abandonarlo porque estar en la mente, no solo le permite creer que existe, sino que le otorga además una sensación de protagonismo muy atrayente para él. Desde la mente cae bajo el hechizo de creer que la seguridad depende del control que él pueda ejercer. Eso explica su (nuestra) resistencia a soltar. Preferimos ese control, tan agotador como inútil, al hecho de abandonarnos a la sabiduría de la Vida, permaneciendo sencillamente en conexión consciente con la Presencia que somos. Pero si quieres vivir todo de una manera siempre nueva y fresca, deja de buscar (de controlar, de aferrarte…): ese es un intento inútil. Y déjate encontrar por lo que ya eres. ¿No te sientes realmente encontrado(a), en el momento mismo en que acallas la mente? Ahí reside permanentemente la Novedad.

 

Hacerse niños

Con el deseo de un año 2016 lleno de Vida, de Gozo, de Paz y de Amor.

Enrique.

Zizur Mayor, 27 diciembre 2015.

Semana 20 de diciembre. NAVIDAD: CIELO Y TIERRA SON UNO

Al vaciarte del yo, descubres la Plenitud que eresEn ocasiones se oyen voces de personas cristianas lamentando que alguna gran festividad, como la de “Todos los Santos”, se quiera convertir en fiesta pagana tipo “Halloween”. No soy amigo de esta fiesta en concreto pero quienes así protestan, parecen desconocer que esa práctica ha sido habitual en todas las épocas. Durante siglos, la Iglesia católica se fue apropiando de diversas festividades paganas, a las que terminó “cristianizando”.

 

Ese es el caso de la fiesta de Navidad. Para la inmensa mayoría cristiana, el 25 de diciembre es Navidad, porque se celebra el nacimiento de Jesús. Sin embargo, originalmente, no fue así: esta fiesta se institucionalizó a partir del siglo IV, y su reconocimiento oficial se produjo el año 354, por parte del papa Liberio.

 

La Iglesia terminó cristianizando la fiesta del “Dies Natalis Solis Invicti” (natividad del sol invicto), que se celebraba apenas pasado el solsticio de invierno, cuando la luz del día empezaba a alargar. Es decir, el Sol invicto se “recuperaba” una vez más y su luz volvía a abrirse paso tras el declive estacional.

 

Con todo, la elección de esa fecha no fue algo exclusivo de la Iglesia; eso mismo había ocurrido en muchas mitologías: en Persia, Mitra, dios de la Luz; en Roma, Apolo; en Egipto, Horus; en las culturas germánicas y escandinavas, Frey, dios del sol naciente; entre los mexicas, antiguo pueblo precolombino, Huitzilopochtli, dios del sol… Tomando al sol como símbolo de lo divino, las diferentes culturas fijaron como fecha del nacimiento de sus respectivas divinidades el solsticio de invierno, cuando los días empiezan a alargar, cuando el sol “vuelve a nacer”.

 

En el caso cristiano, lo que se perseguía con la elección de ese día –más allá de “cristianizar” una fiesta previamente pagana-, era señalar a Jesús como el verdadero “Sol invicto”, la Luz originaria y originante, tal como proclamara el Prólogo del cuarto evangelio: “Al principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios… Todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto llegó a existir. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres… La Palabra era la luz verdadera, que con su venida al mundo ilumina a todo hombre” (Jn 1,1-4.9).

 

En un nivel mítico, la lectura literal presenta la Navidad como el acontecimiento histórico en el que el Hijo de Dios preexistente, que había tomado cuerpo en el seno de María virgen, nace como un ser humano, para aportar salvación a toda la humanidad.

 

Tal lectura presupone una cosmovisión tripartita (cielo/tierra/abismo) que hoy nos resulta completamente obsoleta y desfasada. Y se mueve, además, en un modelo de cognición mental basado en la separación radical. El Dios pensado no puede ser visto sino como un ente separado y, en cierto sentido, viviendo al margen o en paralelo a la realidad creada. Sin embargo, apenas se toma un mínimo de distancia de ese modelo de conocer, se aprecia que aquella imagen, construida desde ese mismo modelo, es una mera proyección realizada por la propia mente.

 

Trascendido el literalismo, retomamos el mito desde una clave simbólica. Y es entonces cuando nos muestra toda la riqueza que contiene, que podría expresarse de este modo: Lo más grande y excelso (“Dios”) está (“nace”) en lo más pequeño (un niño). Eso es lo que ha ocurrido siempre y lo que ocurre en cada instante: todo es divino-humano, celeste-terrenal, sin separación alguna.

 

Los mitos –no podía ser de otro modo en aquel nivel de consciencia- imaginaban lo realmente Real como algo separado y ajeno a lo cotidiano. Lo que, en la no-dualidad, nos parece impensable -¿cómo Lo Real podría ser separado de algo real?-, para una mente mítica parecía incuestionable. Desde ella nacieron las diferentes mitologías que proyectaban un “reino paralelo” –el mundo de los dioses- al de la experiencia cotidiana. Sin embargo, superado aquel nivel de consciencia, resulta patente que todo aquello que los mitos atribuían a una supuesta divinidad separada no es sino el Secreto o Núcleo último de todo lo real, Aquello que somos.

 

En el imaginario colectivo, dentro de nuestro marco cultural occidental, la “Navidad” toca fibras sensibles, asociadas desde nuestra infancia a toda una serie de elementos particularmente evocadores: fiesta familiar, celebración religiosa, pesebre o belén, bebé, villancicos…; elementos acompañados de notable carga afectiva que puede sentirse como irrenunciable. Pero más allá de todo eso, su significado remite a la Unidad.

 

En cierto sentido, el mensaje de Navidad puede encerrarse en la imagen del bebé y en la afirmación de que Dios se hace manifiesto en lo más pequeño. No hay un ente separado; lo Real es solo uno, en sus “dos caras”, la manifiesta y la inmanifestada. Todo lo manifiesto, por pequeño que sea, es expresión del misterio último.

 

La tradición cristiana expresa esta certeza en el símbolo de Jesús, el Dios-Niño, que a su vez es expresión de lo que somos todos. Al afirmar de él que es Enmanuel (“Dios-con-nosotros”), se está reconociendo que no existe nada separado de nada. Como él, todo sin excepción es divino-humano. Por eso, en todo lo visible estamos “viendo” lo invisible: son solo las dos caras de lo Real. Y nos equivocamos cuando pretendemos “anular” cualquiera de ellas. Navidad nos recuerda que todo es valioso.

 

Con el deseo profundo de una muy feliz Navidad,

celebrando la Vida y la Unidad que somos.

Enrique.

Zizur Mayor, 20 diciembre 2015.

Semana 6 de diciembre. LA MENTE Y LA MEDITACIÓN

LA MENTE, LA BRILLANTINA

Y LA PRÁCTICA DE LA MEDITACIÓN

Meditación niños

         Ante la evidencia aportada por las neurociencias acerca de los beneficios de la práctica de la meditación, va creciendo en educadores la conciencia de introducir, en todos los niveles del proceso educativo, lo que suele llamarse el “cuidado de la interioridad”.

 

         Más allá de los nombres con que pueda designarse, se trata de favorecer que el niño tome conciencia de su mundo interior, aprenda a nombrar y gestionar sus emociones, crezca en consciencia del momento presente y pueda ver que él es más que su mente: que la mente es una herramienta preciosa, pero no nuestra dueña y, mucho menos, nuestra identidad.

Mente abierta

         En definitiva, se trata de ayudarles a conectar con el propio ser, a través de la práctica de la respiración, la atención y la quietud.

 

         Privarles de todo ello implica dejarles sin herramientas, tanto para manejarse en el complejo y delicado mundo de los sentimientos, como para llegar a descubrir –experimentar- lo que constituye, más allá de la personalidad, nuestra verdadera identidad. Y, ¿para qué sirve una educación que no capacita para responder a la pregunta más importante: “¿Quién soy yo”?

 

         El psiquiatra Daniel Siegel ha escrito: “La gente no es consciente de las consecuencias científicamente probadas de dichas prácticas interiores. Ello llevaría a plantearse un enfoque totalmente nuevo en la educación” (D. SIEGEL, Tormenta cerebral. El poder y el propósito del cerebro adolescente, Alba, Barcelona 2014).

 

Y en otro libro bien interesante: “Experimentos recientes demuestran que la arquitectura física del cerebro cambia según hacia dónde dirigimos la atención y según las actividades que practicamos con regularidad” (D. SIEGEL – T. PAYNE, El cerebro del niño, Alba, Barcelona 2013).

Meditar para ver

En esta línea, os dejo el enlace de un video corto (menos de 4 minutos), en el que los niños hablan de emociones. Y, con la imagen de la brillantina que se mueve dentro de un frasco, se explica la importancia de aprender a calmar o aquietar la mente, para no ser esclavos de los movimientos emocionales.

 

https://www.youtube.com/watch?v=fU08a9wk7v0

 

 

         Algo similar afirma el breve video “Meditar DivertidaMente”, realizado por Isabel Ferraz, a partir de la película “Inside Out” (traducida en España como “Del Revés”). Este es el enlace:

 

https://www.youtube.com/watch?v=-YP81UR8aCI

Semana 29 de noviembre. LA INMACULADA: LO QUE SOMOS ES INOCENCIA

El dogma de la Inmaculada Concepción fue proclamado por el Papa Pío IX, en la Bula Ineffabilis Deus, el día 8 de diciembre de 1854. En él se sostiene que María, a diferencia del resto de los seres humanos, no se vio alcanzada por el pecado original, por lo que fue “Inmaculada” (“sin mancha”) desde el mismo momento de su concepción.

 

Más allá de la polémica acerca de la proclamación de un dogma para el que no parecía haber apoyo bíblico (evangélico), lo que se logró fue enfatizar la “doctrina del pecado original” y subrayar su lectura mítica, en clave de culpa y expiación.

 

Indudablemente, la piedad mariana siempre ha tendido al exceso. Lo cual es comprensible porque toca fibras especialmente sensibles para el ser humano, aquellas que hacen referencia a la figura de la madre: ¿quién no ensalzaría a su madre por encima de cualquier otra persona? Sin embargo, el hecho de presentar a María como objeto de especiales prerrogativas no logró sino “alejarla” de la realidad humana y reducir su figura a lo que podía verse desde un paradigma premoderno y un nivel mítico de consciencia. De ese modo se llegaron a conclusiones que hoy nos parecen completamente irrelevantes, cuando no inasumibles. Veamos, en primer lugar, cómo se presentaba el dogma y, a continuación, por qué resulta hoy irrelevante.

 

La doctrina católica –aunque no fuera estrictamente bíblica-, fundamentada en la teología de san Agustín, afirmaba que Adán y Eva, entendidos como personajes históricos, los “primeros padres” de toda la humanidad, cometieron un pecado de desobediencia a Dios, por lo que fueron castigados en ellos mismos y en todos sus descendientes: esta es la conocida como “doctrina del pecado original”.

 

Todo ser humano nacía ya con ese pecado. De ahí que se presentara el bautismo como requisito imprescindible para liberarse del mismo, hasta el punto de que, cuando un niño moría sin bautizar, no podía participar de la gloria de Dios (“ir al cielo”), sino que era destinado a un lugar denominado “limbo”.

 

¿Qué habría sucedido con María? En ella, según la proclamación dogmática, se produjo una excepción, que se argumentaba diciendo que la “mancha” (culpa) del pecado original le habría sido quitada “en previsión de los méritos de la muerte de su Hijo”. Es decir, el dogma de la Inmaculada aparecía enmarcado en la clave expiatoria en la que se había entendido el “pecado original”: culpables ante Dios por el pecado de “nuestros primeros padres”, no tendríamos acceso a la salvación sino gracias a los méritos de la muerte de Jesús en la cruz, que habría expiado nuestro pecado y nos habría redimido, devolviéndonos la amistad de Dios.

 

No es difícil advertir hasta qué punto toda esa doctrina chirría en la consciencia contemporánea. El motivo es simple: se había entendido de forma literal lo que solo era un mito. Pero es precisamente esa lectura la que hoy resulta, no solo irrelevante, sino insostenible.

 

Es insostenible no solo porque da por supuesta la imagen de un Dios irascible y vengativo, capaz de condenar a todos los humanos por un pecado, en rigor, “ajeno”; que habría necesitado la muerte de su propio Hijo para calmar su honor herido; que no podía reconocer como hijos a quienes no hubieran sido bautizados… Más aún: un Dios que, pudiendo habernos concedido a todos el mismo “privilegio” que le otorgó a María, sin embargo no lo hizo. ¿No estamos, en realidad, ante una caricatura antropomórfica de la divinidad –fruto de la proyección de la mente- que chirría de manera estrepitosa?

 

Pero aquel dogma resulta insostenible, no solo por la imagen de Dios que (tácitamente) transmite, sino porque se apoya en algo que nunca existió: el llamado “pecado original”. Fue solo un mito –muchas culturas conocen el mito del “paraíso perdido”-, que san Agustín y, con él, la teología católica elevó a un hecho histórico y adornó con todas las características con las que habría de llegar hasta el catecismo de la Iglesia.

 

Sin embargo, la Iglesia es reacia a admitir la no historicidad del llamado “pecado original” porque teme que se venga abajo toda su doctrina acerca de la expiación y, por extensión, sea cuestionada de raíz la obra salvífica de Jesús. Porque si no hubo pecado, ¿qué necesidad hay de salvación del mismo?

 

Sin duda, todo esto obligará a un replanteamiento en profundidad de los contenidos de la fe cristiana. Personalmente, tengo la certeza de que con ello, no solo no tiene por qué perderse nada valioso, sino que todo puede resultar enriquecido. Será el camino para salir de las creencias –el “mapa” propio de una religión- y anclarnos en la certeza –o “territorio”- que compartimos con todos los seres. El mapa es algo que tenemos; el territorio es lo que somos. (Sobre todo ello, puede verse lo que he escrito en: Cristianos más allá de la religión. Cristianismo y no-dualidad, PPC, Madrid 22015).

 

Por lo que se refiere a la cuestión que estamos tratando, reconocer la no historicidad del paraíso y del pecado original no significa negar la validez del mito, cuando lo leemos, no de un modo literal, sino simbólico. Del mismo modo, también el dogma de la Inmaculada Concepción es susceptible de una lectura simbólica, cargada de contenido: en María se afirma lo que es cierto para todos nosotros. En nuestra verdad identidad, somos inmaculados, limpios, inocentes… Cada ser humano funciona como puede, sufre cuando cree ser el yo (ego) separado –este es realmente el “pecado original”, en cuanto origen de toda confusión y sufrimiento-, pero realmente es inocencia, porque es Vida. De ahí que, cuando un cristiano celebra a María Inmaculada, en ella se ve reflejado, junto con todos los seres. El dogma de la Inmaculada Concepción habla de todos nosotros: eso es lo que realmente somos.

ADVIENTO: TODO ES AHORA

(He pensado aprovechar los llamados «tiempos fuertes» de la Iglesia (adviento, navidad, cuaresma, pascua…) para ofrecer reflexiones que quieren «traducir» temas centrales del cristianismo desde la visión no-dual. Aquí va el primero. 

Os invito a acoger o escuchar aquello que encuentre «eco» en vosotr@s, y dejar caer lo demás).

 

 

ADVIENTO: TODO ES AHORA

 

En la iglesia católica, el año litúrgico empieza con el tiempo de Adviento, unas cuatro semanas antes de la celebración de la Navidad.

 

Literalmente, “adviento” (adventus) significa “venida”. Y aunque hace alusión directa al nacimiento de Jesús en Belén –él fue quien “vino” de los cielos-, siempre se ha solido presentar como una invitación a fortalecer la esperanza en aquel que “va a venir” en gloria al final de los tiempos.

 

El lenguaje de la mente oscila siempre entre el pasado y el futuro. Y eso hace que vivamos permanentemente vueltos hacia atrás, para apoyarnos en lo que fue, o proyectados hacia adelante, para consolarnos con la expectativa de algo mejor de lo que ahora tenemos.

 

La mente religiosa no escapa a esa dinámica: fácilmente se queda celebrando el pasado o esperando el futuro.

 

Es necesario acallar la mente para poder ver con claridad. Y ahí es donde percibimos que el único lugar de la vida es el presente. Y que el presente, en el plano profundo, es pleno. Por eso, lo que llamamos “venida” es ya “llegada”: todo es Ahora.

 

Ese “Ahora” no es un lapso de tiempo, efímero, entre el que se fue y el que está llegando. Es, más bien, el no-tiempo, la atemporalidad. Porque el Presente no es algo cronológico, sino aquello que contiene al tiempo.

 

Ahora bien, la Realidad es multidimensional: se nos hace presente, como aprecia incluso la misma física moderna, en diferentes niveles o dimensiones. Eso explica que afirmaciones aparentemente contradictorias puedan ser todas verdaderas…, cada una en su propio nivel.

 

En lo que se refiere al tema que nos ocupa, para la mente –en el nivel mental, aparente, del mundo de las formas- todo es lineal y secuencial: pasado, presente y futuro constituyen momentos diferentes que se suceden sin cesar. En ese mismo nivel, todo se percibe como separado: la mente es dual porque es separadora por su propia naturaleza. Se comprende que, desde ella, el “Adviento” se viva en clave de pasado y de futuro: Jesús vino y otra vez vendrá

 

Para quien se halla identificado con lo que ocurre, puede sonar ridículo, sarcástico o incluso injuriante afirmar que “todo es ahora”. Porque, en el nivel mental –de las apariencias- todo es secuencial: la mente lee todo como una sucesión de eventos, a la vez que espera que el próximo sea más agradable que el actual. En ese nivel no es posible otro modo de ver.

 

Sin embargo, la trampa reside precisamente en la identificación con lo que ocurre. Porque, en realidad, no somos nada de lo que ocurre, sino la Consciencia en la que todo ocurre. Quien se identifica con las nubes sentirá que se mueve con ellas; quien se reconoce como “cielo” verá que lo que se mueve es solo aparente. Las nubes pasan secuencialmente; el cielo permanece siempre en un ahora atemporal. Ciertamente, para quien vive, no identificado con lo que sucede, sino en la consciencia de lo que sucede, todo es Ahora.

 

La imagen de la nube queda magníficamente expresada en estas palabras sabias de Nisargadatta: “Compare usted la conciencia y su contenido con una nube. Usted está dentro de la nube, mientras que yo la miro. Está usted perdido en ella, casi incapaz de ver la punta de sus dedos, mientras que yo veo la nube y otras muchas nubes y también el cielo azul, el sol, la luna y las estrellas. La realidad es una para nosotros dos, pero para usted es una prisión y para mí un hogar”.

 

En ese nivel profundo en el que vive el sabio, más allá de la mente, se percibe que todo lo que nos llega por los sentidos es solo una “representación” –el “sueño” o el “teatro del mundo”, de que hablaba Calderón de la Barca-, un despliegue admirable y complejo de formas que están brotando de la Consciencia una.

 

En el nivel profundo, Todo es Ahora. Lo que somos, no es la “forma” (yo, ego, personalidad, personaje) que nuestra mente piensa, sino aquella Consciencia, que es la identidad última de todo lo que es. No somos un “objeto” de la consciencia (yo), sino la Consciencia que contiene y abraza –y de la que están surgiendo- todos los objetos.

 

Desde esta perspectiva, cambia el modo de comprender el “Adviento”, porque “venida” y “llegada” son lo mismo –solo eran distintas para la mente-. Y por más que el pensamiento siga haciendo una lectura secuencial –pasado, presente, futuro-, sabemos que basta silenciar la mente para que emerja la Presencia –otro nombre de la Consciencia- en la que reconocemos nuestra verdadera identidad.

 

¿Y Jesús? Para los cristianos, es el “centro de la historia”. Eso significa, más allá de una lectura literalista que sería fuente de fanatismo, que en él reconocemos lo que somos todos –cristianos o no, creyentes o ateos-, porque lo percibimos como la plenitud del Ser (“Hijo de Dios”).

 

“Adviento”, por tanto, es una invitación a “volver a casa”, es decir, a salir de cavilaciones mentales y movimientos egoicos, para reconocernos en la Consciencia o Presencia que tiene sabor a Comunión y Plenitud. Y esto no obedece solo a un recuerdo –el nacimiento de Jesús-, ni es una nueva creencia a la que aferrarnos. Se trata de algo que toda persona puede experimentar como certeza o evidencia en cuanto, acallando la mente, en este mismo momento, conecta con Aquello que no tiene nombre, que no puede ser pensado, pero que, sin embargo, es lo único que permanece, el Fondo que abraza todo lo demás, el “Padre” (Abba) del que hablaba Jesús. Esa es nuestra casa. La sabiduría consiste en experimentarla y vivir en y desde ella.

 

En el caso cristiano, Jesús es la referencia íntima de aquella misma y única identidad. “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28). Dicho desde el nivel profundo: dejad de identificaros con la mente, aquietad el pensamiento egocentrado, venid a la Presencia –a “casa”- y experimentaréis la Plenitud. Poned presencia en todo lo que hacéis, vivid en conexión con Aquello que es estable y se halla siempre a salvo. Y, en cualquier caso, no olvides que, como dice Pema Chödrön, “tú eres el cielo; todo lo demás es el clima”. De ahí la sabiduría que encierra esta clave pedagógica: “Deja de buscar y déjate encontrar”.

 

¡Feliz tiempo de “Adviento”, es decir, de Presencia, que es Paz y Gozo!

22 noviembre 2015

MIENTRAS CAMINO. 2. Dejarte marchar

Queridos amigos, queridas amigas:

 

Os envío hoy la segunda parte del testimonio de Sara. De nuevo, me ha conmovido su capacidad de verdad, así como su coraje para soltar aquello que, en un momento, consideró como lo más valioso de su vida, cuando ha descubierto que, sencillamente, podía estar alienándola.

 

Tal vez, este testimonio sea difícil de entender para personas religiosas, que han identificado la verdad con su propia creencia. Por eso, quiero invitaros de nuevo a tomar distancia de cualquier creencia –en uno o en otro sentido- para salir al “campo abierto” de la verdad, por más que, de entrada, provoque sensaciones amenazadoras.

 

Sara ha decidido soltar la “religión” recibida y el “dios” aprendido. Con humildad, comparte los motivos que la han llevado a ello. En último término –tal como a mí me llega-, el motivo es solo uno: tanto aquella religión como aquel dios –más allá de la intención de quien los anunciaran- se habían convertido en el mayor obstáculo para la verdad, la vida, la libertad, el gozo…, sumiendo a la persona en una sensación de división interior y de alienación dolorosa.

 

Para ella, “dejar marchar” a “dios” es la condición imprescindible para ver la luz y caminar en la verdad. Los místicos nos recuerdan que, con mucha frecuencia, las creencias sobre Dios constituyen el principal impedimento para encontrarlo. Como decía aquella gran mujer que fue Simone Weil, “lo malo del falso dios es que nos impide ver al verdadero”. La explicación es simple: cuando se ha encerrado a Dios en las creencias (imágenes) sobre él, la adhesión a las mismas nos impide estar abiertos al Misterio siempre sorprendente.

 

Sara nos deja ver la angustia de orfandad que tal abandono le supone. Pero es precisamente ahí, en la más desnuda intemperie, al caer todas las formas, donde se desvela la única verdad, la única certeza: la certeza de ser, en una plenitud ilimitada. Cuando palpas tu “nada”, emerge a tu conciencia el “Todo”: somos uno con Todo.

 

También han sido los místicos, con frecuencia después de pasar por la experiencia dolorosa de la “noche oscura”, quienes han sabido expresarlo del modo más luminoso. Os dejo algunos textos:

 

“Conviértete en nada y Él te convertirá en todo” (Rumi). “Ama la Nada, huye del yo” (Matilde de Magdeburgo). “Hazte vacío y Yo me haré torrente” (Catalina de Siena). “Para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada” (Juan de la Cruz). “Es liberador y hermoso vivir en la Nada, siendo Nadie, libre de toda imagen, incluida la propia; libre de toda opinión o idea, incluida asimismo la idea de la Nada y de Nadie” (Rafael Redondo). “Solo el ser vaciado de sí puede cambiar el mundo” (Rafael Redondo).

 

Como os sugería en el envío anterior, os invito sencillamente a acoger el compartir de esta vivencia, desde lo que es: una vivencia que brota del corazón y, más allá todavía, desde el Anhelo de verdad y de vida que late en todos nosotros.

 

Acogedla…, desde el respeto y la gratitud, y no os sintáis obligados a nada: ni a compartirla ni a etiquetarla. Y solo si se despierta un “eco” en vuestro interior, escuchadlo. Por mi parte, puedo deciros que el texto de Sara me llega como un alegato vibrante y auténtico, en la línea de uno de los más sublimes místicos cristianos, el Maestro Eckhart, cuando exclamaba: “Ruego a Dios que me libre de Dios”. Porque solo “dejando marchar” cualquier idea acerca de Dios, estaremos disponibles para verlo.

Enrique.

 

 MIENTRAS CAMINO

 

 2. DEJARTE MARCHAR

 

 

Tengo que dejarte marchar. Debo apartarte de mí, arrancarte de mi mente y de mi alma.

 

Has estado tan unido a mí, tan trenzado con mis certezas que separarme de ti me produce, no solo un dolor insoportable, sino que me hace sangrar el corazón, como si me extirparan ese órgano vital, el más importante de todos, el que siempre ha dado sentido a mi vida.

 

Desde muy pequeña me impusieron tu imagen, tu presencia, tu poder, tu justicia, tu misericordia, tus mandatos, tus premios y tus castigos. Junto con la leche materna que mantenía vivo mi pequeño cuerpo, se me administraba también otro alimento, se me imbuía de un mito ancestral, se me hacía partícipe de un arquetipo milenario, fui introducida en la gran corriente del inconsciente colectivo y no pude oponerme, no tuve ninguna capacidad para defenderme. Y mientras yo crecía físicamente, mi espíritu  era moldeado por las duras e implacables manos de una escultora llamada “religión”.

 

Yo iba madurando y tú conmigo, y lo que pensaba que era una maravillosa libertad resultó ser una peligrosa prisión donde he estado retenida sin darme cuenta, sin ser consciente de esas alambradas que no me permitían avanzar, que no me dejaban ser quien en realidad he sido siempre sin saberlo.

 

Tú lo ocupabas todo, lo justificabas todo, todo se explicaba a través de ti. Y así me perdí en tu abrazo, me olvidé de cualquier otra posibilidad, de cualquier otra realidad. ¿Para qué indagar, para qué ahondar en los misterios interiores si tú iluminabas con tu inmensa sabiduría todos los rincones oscuros, todas las dudas, todas las preguntas?

 

Y cuando recorría la prisión en la que estaba encerrada y tocaba sus barrotes me preguntaba qué habría más allá y entonces tu poderosa voz gritaba en mi interior: ¡No quieras igualarte a mí, no pretendas conocer lo que está vedado, no puedes alcanzarme, debes conformarte con lo que tienes, con lo que sabes, con lo que tu mente te proporciona! Yo acariciaba esos barrotes y, sumisa y obediente, volvía al interior de mi encierro creyendo que ya nada dependía de mí misma, que todo estaba en tus manos, que tú tenías el poder y la gloria y yo solo mi insolente ignorancia.

 

Siempre hemos caminado juntos, desde que tengo memoria: tú allá arriba, yo aquí abajo; tú tan poderoso, yo tan humilde; tú tan sabio, yo tan ignorante; tú todo amor, mientras yo, ¡qué paradoja!, no dejaba de sentirme sola, triste, perdida.

 

Mi sed de eternidad la saciabas tú, mis preguntas sin respuestas las asumías tú, mi infelicidad constante la arropabas tú, mientras yo te sentía sonreírme como el amo condescendiente que observa a su alumna díscola y rebelde.

 

Tú siempre fuiste más real que yo misma. Cuando me perdía en medio de mis pesares y mis tristezas, solo te tenía a ti para sujetarme a tu grandeza y no desparecer en medio del dolor y de la angustia. Cuando no hallaba explicaciones a mis desdichas, allí estabas tú para consolarme sin palabras. Cuando me hundía en lo más profundo del pozo, al final aparecías tú sonriendo y animándome a seguir, aunque no me explicaras qué motivos tenía para continuar caminando.

 

Tú me has salvado una y otra vez. Me has rescatado de tormentas que fueron provocadas por ti. Tú creabas las guerras en las que yo me he debatido hasta casi la extinción y al mismo tiempo me proporcionabas las treguas necesarias para no morir en las batallas. Tú me arrojabas al mar y luego me lanzabas el salvavidas de la fe y la conformidad.

 

Nos hemos amado mucho tú y yo. Me has dado todo el cariño que mis padres no me proporcionaron. Me has apoyado cuando el resto del mundo me dejaba sola. Has enjugado mis lágrimas cuando nadie más lo hacía y gracias a ti mi perpetua soledad se ha hecho más llevadera.

 

Tengo mucho que agradecerte, y por eso me resulta tan doloroso tener que dejarte marchar. Pero si no te alejas, si no te vas diluyendo, no podré seguir avanzando, no podré llegar a saber quien soy, no podré encontrar aquello que siempre estuvo oculto en mi interior y que ni el mundo ni tú me habéis dejado explorar.

 

Necesito que te vayas, que te alejes. Deja de inspirarme con tus palabras porque lo que ahora me hace falta es silencio. Deja de iluminarme con tu luz porque ahora me es necesaria la oscuridad, el vacío, la nada.

 

Ya no soy una niña que camina cogida de tu mano. No puedo seguir apoyándome en ti. Debo avanzar sola, sin ayuda, y para eso debes marcharte, debes abandonarme, tenemos que separarnos, aunque ese desgarro me cueste la propia vida.

 

Tú seguirás allá arriba, poderoso, inalcanzable, sentado en tu trono de gloria, rodeado por tus ángeles y supongo que mi partida no supondrá un gran quebranto en los cielos. Pero para mí será mucho más duro el estar sin ti, el concebir la vida a partir de ahora sin ti, porque cuando tú te vayas yo ya no sabré quien soy, me quedaré sin nada en lo que creer, sin nadie a quien amar, mi vida perderá su sentido, mi alma no tendrá consuelo y mi corazón nunca volverá a ser el mismo.

 

Cuando te hayas ido, cuando al fin consiga apartarme de ti, me disolveré como la sal en el mar, me difuminaré como las nubes tras la tormenta. Sin ti no sabré quien soy. Sin ti mi rostro me será extraño y mi cuerpo ajeno. Sin ti no existiré porque siempre he sido tu hija y no yo misma.

 

Ahora debo enfrentarme sola a esta muerte que es estar sin ti sin saber si podré renacer algún día. Ahora debo desaparecer como la que he sido hasta ayer, sin tener la seguridad de volver a sentirme viva. Ahora, cuando me mire en el espejo, no sé si me veré a mí misma o a una extraña.

 

Ya no hay camino que recorrer, ni meta que alcanzar, ni destino que aguardar, ni tú esperándome al final del horizonte.

 

Pronto dejaré de ser esa escultura de barro que el sistema moldeó a su antojo. Debo saltar al abismo de la más absoluta soledad, tengo que lanzarme al vacío y me romperé en mil pedazos sabiendo que nadie frenará mi caída, que nadie me recompondrá.

 

Y tal vez así se acabe mi historia…, o comience por primera vez.

 

Sara