«ABRAZAR LA PARADOJA» // Esther Fernández Lorente

De manera intermitente, Esther ha ido asomándose a esta ventana, regalándonos poemas que siempre encontraban eco y producían resonancias en no pocas personas que se acercan a esta web o a este muro de Facebook. Ahora nos regala todo un poemario, con un título pleno de contenido y cargado de promesa: “Abrazar la paradoja”, publicado por Ediciones Carena.

El poemario se presenta en estos términos: “A veces la vida se hace poema y todas las cosas se expresan libres, cada una con su propia voz: brotan versos palpitantes de alegría, dolor, miedo, amor, duda o calma, versos cotidianos que hablan de todo lo que hay y hablan a toda persona atenta a la voz de la existencia.

“A veces la vida se muestra como espacio amoroso que posibilita y sostiene la danza de los opuestos, que armoniza la tristeza en la paz, el dolor en el gozo, el «no puedo» en la apertura y la posibilidad infinita…”

Os dejo con dos de sus poemas:

A veces la vida se hace poema y nos invita:
Deja hablar al corazón,
que los ruidos callen,
que enmudezca el afónico grito de lo mejor
y se exprese, sencillamente, lo que hay,
sin el envoltorio ni el maquillaje de lo bueno.
Que no cale el devastador eco del juicio,
la sorda represión de lo que no tendría que ser.
Que la vida se diga, honestamente,
vestida de fiesta o con harapos,
que la vida se diga amplia y libremente.
Que la vida se diga así, sin nada más,
como está,
como es.
      (En la contraportada)

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¡HE SIDO REMOLINO TANTAS VECES!,
separada de la corriente que fluía serena,
envidiosa de la corriente ondeante de luz,
girando alrededor de mi hueco, de esa piedra.
Un remolino de círculos potentes
con el exacto volteo de la insuficiencia
para permanecer al margen del margen
y rodar alrededor del centro sin centro.

Solo la voz del río, paciente,
ha despertado, en cada nueva espiral,
gota a gota, el humilde sabor del agua,
la serena sensación de dejarse en la corriente,
sin nada que alcanzar ni demostrar,
en el descenso rápido, en el remanso.

Solo la voz del río, tan íntima
como mi más honda realidad,
me ha permitido soltar la piedra
y dejarme ir, cauce abajo,
gota sedienta o gota saciada,
agua al fin, sin más expectativas.
Agua.
                                                              (Página 20).