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NUEVO LIBRO: “PRESENCIA”

A Ana, con quien día a día buscamos desvelar la Presencia que somos.

 “Cuando hay presencia, todo aquello que es ilusorio se desvanece, y lo que queda es real, vital y apasionadamente vivo. Eso es vida total; no mi vida, sino simplemente vida” (Tony Parsons).

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          El ser humano intenta avanzar, rodeado de fuertes antítesis que le impiden ver la esencia de la vida, encerrado en un laberinto de miedo y tensión que él mismo ha creado, y sin ser capaz de encontrar la salida.

En Presencia, Enrique Martínez Lozano nos invita a iniciar el largo viaje de vuelta a casa, a desandar el camino y a desaprender lo aprendido, con el único objetivo de lograr descubrir lo que realmente somos”.

Editorial San Pablo

ÍNDICE

 Introducción

1. El aprendizaje: venir al presente

Aprender a leer el malestar
¿Qué tiene el presente?
Nuestro mayor problema: la inatención y el efecto hipnótico
La salida del laberinto pasa por la atención
Desgajados de la vida: miedo y tensión
Venir al presente para reconectar con nuestra verdadera identidad

2. La comprensión: ¿qué es el presente?

Aquí y ahora: efectos manifiestos
El presente pensado y el instanteísmo
El tiempo no existe
Presente, atemporalidad, eternidad
 
3. La realización: vivir en estado de presencia

Del presente a la presencia: un estado de ser
Del yo que pensamos ser a la presencia que realmente somos
Presencia es no-dualidad
Nada y Plenitud
Solo ser: vivir en estado de presencia
La Presencia es

Anexo: Guía para pasar del estado mental al estado de presencia

  

INTRODUCCIÓN

 Buscando mis amores, / iré por esos montes y riberas; / ni cogeré las flores, / ni temeré las fieras, / y pasaré los fuertes y fronteras” (San Juan de la Cruz).

 Pase lo que pase, sientas lo que sientas, pienses lo que pienses, nunca puedes dejar de ser lo que eres. Cambia y muere la apariencia (la personalidad); lo realmente real (la identidad) permanece. Aunque psicológicamente sientas estar desconectado de ella, eres siempre pura Presencia. Nos parece estar desconectados debido a una especie de hipnosis, en la que nos ha introducido nuestra identificación con la mente. Hipnotizados por ella, creemos que es verdad lo que pensamos, mientras no vemos lo que realmente es.

Comprender ese efecto hipnótico que nos hace olvidar lo que somos es condición para vivir todo lo que nos ocurre como oportunidad de “reconectar” de manera consciente con nuestra verdadera identidad: cualquier circunstancia, cualquier acontecimiento, incluso lo más trivial, podemos vivirlo como oportunidad para abrirnos a comprender un poco más lo que somos. En todo momento, cualquiera que sea el “lugar” adonde la mente te haya conducido, con el pretexto quizás de una circunstancia “adversa”, ven al presente y percibe el “fondo” último que se esconde detrás de la “forma” que ha aparecido en este momento. Notarás una quietud que transciende todo vaivén y, si mantienes la atención, no te será difícil percibir que esa quietud es tu verdad más profunda. Y que la percibes precisamente porque la eres.

Desde esa perspectiva ha surgido este libro, y así planteo el modo que me parece adecuado para leerlo: como una oportunidad para “recordar”, en cada paso de su lectura, quiénes somos. Porque “conectar” con ello y vivir ahí es sabiduría y liberación.

No hay juicio, no hay queja –ni contra los otros, ni contra ti, ni contra la vida-; hay solo Presencia manifestándose en todo, Presencia que es Eso ­–pura apertura consciente y atenta- que tú eres, más allá de la idea que tu mente se ha hecho acerca de ti pensándote como un “yo” separado.

La Presencia no es “algo” donde ir o que buscar, sino Eso que somos… Pero solo cuando conectamos conscientemente con ella nos es posible reconocer que estamos –siempre habíamos estado- en “casa”.

Todo lo que nos ocurre –decía- es una oportunidad para “reconectar”: salir del estado mental (habitual e hipnótico) –en el que nos identificamos con el yo- y reconocernos como estado de presencia. Y esa es la primera y radical invitación que quiero proponer al lector, con quien desearía mantener un encuentro en la misma (y única) Presencia que compartimos: sean cuales fueren las circunstancias y los movimientos –mentales o emocionales- que puedan estar manifestándose en este mismo momento, ábrete a conectar conscientemente con Eso que realmente eres. No la mente enredada en su incesante parloteo, ni el “yo” que juzga todo según como le afecta, sino la pura Presencia ecuánime que, como espaciosidad sin límite, acoge todo sin verse afectada por nada de ello. No quieras de entrada pensarlo ni entenderlo con la mente; simplemente, silencia el pensamiento y percíbelo.

Así empezamos a acercarnos a ese estado de consciencia que constituye lo que realmente somos. ¿Qué tienen en común una roca, un árbol, un perro y un bebé? Todos ellos son Presencia manifestándose o desplegándose. Lo que es –detrás de las variadas formas en que se manifiesta- es pura Presencia que, en el ser humano, deviene “autoconsciente”. Con el riesgo de que, debido a la apropiación, la mente lo olvide. Pero lo cierto es que, más allá del yo aparente o “personalidad” particular –cuerpo, mente y psiquismo-, somos esa misma Presencia, Eso que permanece mientras todo cambia, lo único realmente real.

Y esto no es una creencia. Prueba por un simple instante a acallar la mente y pregúntate qué queda. Advertirás que, una vez silenciado todo, lo que permanece es una desnuda consciencia de ser, es decir, pura presencia. Si te permites descansar en ella y saborearla, sin prisa, percibirás que has encontrado tu “casa”, tu verdadera identidad. El hecho de conectar con ella de manera consciente producirá en ti un cambio de estado de consciencia: has sido conducido del “estado mental” –en el que habitualmente nos movemos- al “estado de presencia”. En el primero, nos hallamos identificados con la mente, encerrados en ella como en una jaula y a merced de los movimientos mentales y emocionales, alejados de lo que constituye nuestra verdadera identidad. En el segundo, por el contrario, desaparece por completo la ilusoria “distancia” entre nosotros y el conjunto de lo real –llámese vida o ser- y recuperamos (psicológicamente) lo que nunca habíamos perdido, aunque nuestra mente nos hiciera creer lo contrario: nos experimentamos como plenitud de presencia.

Esa Presencia tiene una percepción inmediata y autoevidente de ser. Sabe que es. No a través de ningún raciocinio, sino de un modo directo, sé que soy. No soy nada que pueda pensar o nombrar, no soy ningún objeto capaz de ser observado y ninguna forma impermanente. Soy, por el contrario, Eso que es consciente, que atiende y atestigua; en definitiva, la Presencia una en –de- la que emergen todas las formas.

A diferencia del “yo” con el que solemos identificarnos y que, a su vez, es fruto de la identificación con algún objeto determinado, por lo que se halla sujeto a una permanente impermanencia, la Presencia es siempre idéntica a sí misma: solo ella, por tanto, puede constituir lo que denominamos nuestra “identidad”.

La Presencia tiene un sabor directo de sí misma. Y es su saboreo el que en nosotros abre las puertas a la sabiduría. La cual no consiste en otra cosa que en permanecer y mantener viva la conexión con la Presencia que somos. Todo lo demás vendrá de su mano. En el instante mismo en que nos reconocemos en ella, caen todas las confusiones en las que nos habíamos enredados y cesa toda búsqueda.

No soy el yo que, al percibirse como carencia, ansiosamente trata de compensarla, aferrándose a objetos de todo tipo o proyectándose en un futuro imaginado como respuesta a su búsqueda compulsiva. No soy el yo que “debe” esforzarse para llegar a adquirir una completitud que se le antoja inalcanzable. Soy la Presencia plena que late bajo el “yo” al que, en virtud del estado hipnótico controlado por la mente, me había reducido. La acción deja de verse como “algo que tengo que hacer” para completarme, y se vive sencillamente como expresión o despliegue de la plenitud que ya soy. La búsqueda ha terminado. Estoy en casa.

Ahora bien, si somos Presencia plena, ¿a qué se debe que vivamos con tanta frecuencia alejados de aquello mismo que nos constituye? Aunque volveré más adelante sobre ello, la respuesta me parece sencilla: tal ignorancia radical es consecuencia directa de la identificación con la mente. Al reducirnos a ella, dejamos de verla como una herramienta a nuestro servicio para confundirla con nuestra identidad. A partir de ahí, entramos en una especie de hipnosis: no solo percibimos la realidad reduciéndola a la estrecha perspectiva mental, sino que nosotros mismos nos definimos como un objeto más –otro ente separado- dentro de la infinidad de objetos que la propia mente delimita. A partir de ahí, la educación, la cultura y la sociedad no harán sino confirmarnos en aquella creencia, con lo que se fortalecerá hasta el extremo la identificación con el yo (mental).

Una vez identificados con el yo o ego, víctimas ya del efecto hipnótico, nos tomamos todo personalmente, uniendo nuestra suerte a lo que le ocurra a nuestro cuerpo o a nuestro psiquismo. Y aquel efecto llega a ser tan intenso que la mera alusión a nuestra verdadera identidad nos sonará hueca y, a la postre, ilusoria. La confusión no podía llegar a más: se juzga como ilusión lo real, y lo real como ilusorio.

Sin embargo, por más que la identificación haya alcanzado niveles extremos, es probable que, en determinadas ocasiones, escuchemos en nuestro interior la voz del anhelo que nos llama a casa. Quizás en medio de una crisis o tal vez en una experiencia de plenitud, alcanzaremos a oír el “eco” de la añoranza de Eso que realmente somos…, y que habíamos olvidado o proyectado fuera de nosotros en un mundo ideal, montado también por nuestra mente.

Es la “voz” del anhelo la que nos invita a desandar el camino y a desaprender lo previamente asumido, para abrirnos a la novedad y descubrirnos como Presencia. Así como al desconectar (psicológicamente) de ella nos entendimos radicalmente como vacío que exigía ser compensado, al “reencontrarla”, saboreamos la plenitud.

Lo que quiero compartir en estas páginas son unas pautas sencillas para lo que podría denominarse un trabajo de reeducación, que ayude a salir de la inercia de donde venimos –el “estado mental”- y conectar con lo que somos –el “estado de presencia”-.

Y me parece adecuado, por motivos pedagógicos, hacerlo en tres etapas, que nombro como aprendizaje, comprensión y realización. El aprendizaje no es otra cosa que la práctica que permite iniciar la reeducación, en un adiestramiento perseverante por venir al momento presente. Pero, debido a la tendencia mental a confundir el presente con el concepto de presente que la mente elabora, me parece necesario detenernos a comprender qué es el “presente” del que hablamos. Finalmente, ejercitados en la práctica y en la comprensión, podremos favorecer conscientemente lo que realmente importa: la vivencia o realización de la Presencia que somos y, con ella, el paso del “estado mental” al “estado de presencia”.

Como ha quedado dicho, se trata de un camino de regreso a la “casa” de la que –paradójicamente- nunca habíamos salido. Tal como acabo de formularlo, puede dar la impresión de que el sujeto de todo ello es el yo, pero en rigor no es así. Lo que solo es una ficción –o construcción mental- no puede ser sujeto de ninguna comprensión. En todo momento, el único sujeto es la Presencia que somos que, como consciencia que es, va desvelándose a sí misma hasta mostrar su rostro diáfano y pleno. No hay nadie que llegue al “estado de presencia” o se reconozca como tal; hay solo y únicamente Presencia haciéndose consciente de sí misma en las formas en las que se expresa.

Frente a la inexorable limitación e incluso ambigüedad del lenguaje, es preciso afirmar que no existe un yo que esté presente, o haga el aprendizaje de estar presente. Al contrario, donde hay presente, no hay yo. Solo hay –y todo es- Presencia autoconsciente.

No existe ningún hacedor individual, ningún yo que llegue a alcanzar la iluminación o estado de presencia. Todo es Presencia que se desvela. Pero tal Presencia no constituye –de nuevo, las lecturas mentales- algo “paralelo” que discurriera “al margen” de lo que somos. Más bien al contrario, Eso es lo que somos.

No soy el “yo” que mi mente piensa; soy “Eso” inefable que es el “Sujeto” de todo. Pero suele ser precisamente aquí donde el lenguaje nos engaña porque, aun sin darnos cuenta, se cuelan fácilmente esos “dos niveles” y surge la confusión.

Me parece importante subrayar este punto porque, en algunos ámbitos del heterogéneo movimiento New Age e incluso entre algunas personas que se mueven en lo que es considerado como “neo-advaitismo”, creo percibir una cierta confusión, de consecuencias negativas fácilmente constatables. Me refiero a aquella posición que, tras desenmascarar la ilusión del yo, termina negando cualquier tipo de consciencia y de responsabilidad, con el argumento de que no habría ningún sujeto portador de la misma. Las consecuencias no tardan en hacer acto de presencia: descuido de las formas, del trabajo (psicológico) consigo mismo y de la responsabilidad ante los otros y ante el mundo. De una manera sutil e inadvertida, utilizando incluso expresiones de los sabios, la sabiduría puede degenerar en cinismo: de hecho, quienes pregonan esta visión en poco se parecen a aquellos sabios cuya sola presencia resulta transformadora.

¿Dónde radica la trampa? Se trata, en mi opinión, de algo muy sutil. Es cierto que no existe ningún “yo” libre ni responsable que pueda “mejorar”. Todo es un despliegue de la consciencia en el que todos los yoes intervienen como personajes de la representación. Pero el sabio no habla de ese “yo”, sino de la consciencia (presencia) que constituye nuestra verdadera identidad. Ella es nosotros, y ahí todo encuentra encaje. No hay un yo hacedor y, sin embargo, todo se hace. No hay un yo protagonista y, sin embargo, todo es luz y creatividad. No hay apropiación y tampoco existe “alguien” libre, pero todo es libertad.

No existe tal cosa como un “yo” que viva en presente. La vivencia de la presencia no es otra cosa que la misma y única Presencia viviéndose a sí misma. No hay “nadie” que busque, decida o haga; nadie que se apropie de nada…, porque no existe tal cosa como un “yo” que fuera el (supuesto) sujeto de esas acciones. Todo es Presencia –Consciencia, Plenitud, Vida- que se expresa constantemente. Pero no soy “yo” quien lo ve, sino la misma Consciencia en “mí” (que es “yo”). Y esa es –así lo veo- la sabiduría de la no-dualidad: vivir la forma del día a día desde el “Fondo” que realmente somos, vivir en estado de presencia.

Indaga hasta el final –en realidad, es la misma consciencia la que indaga en ti-: ¿“Quién” o “qué” en ti percibe lo que percibes?, ¿“quién” o “qué” sabe lo que sabes?, ¿“quién” o “qué” es consciente? Y Eso que es consciente en ti, ¿no es lo mismo que Eso que es consciente en mí? Eso es lo que realmente somos. Dado que no es un objeto, es erróneo hablar de “mi” presencia o “tu” presencia… Es una y la misma Presencia en la que nos reconocemos -la idea de separatividad es solo una ilusión mental- y la que se vive en nosotros.

En contra también de lo que la mente pensaría, tal reconocimiento no induce a la pasividad o la indolencia. Más bien al contrario, es fuente de creatividad antes inimaginada y de cuidado amoroso de todas las formas. Lo que desaparece es la apropiación y los “debería”; todo es Presencia expresándose e iluminando la realidad completa, incluido nuestro psiquismo –con sus aspectos sombríos-, nuestras relaciones y nuestro mundo.

Con todo lo anterior, la invitación que sugería puede resumirse en una simple instrucción o propuesta: sal de la hipnosis mental y déjate conectar con la Presencia; ella sabe quién eres. Para ello, no te busques como “yo”, no caigas en la trampa de identificarte con él ni te tomes nada personalmente; más allá del yo, ábrete en todo momento a percibir la Presencia absolutamente íntima, de la que no te separa ni la más mínima distancia. Eres esa misma y única Presencia ilimitada y consciente.

SOMOS LA VIDA, NO HAY LUGAR PARA EL TEMOR

         De las afirmaciones que hizo Jesús, cada vez me parece más luminosa aquella en que dijo: “Yo soy la Vida”.

         Es una palabra plena de sabiduría, que invita a salir de nuestra ignorancia básica y a reconocer la verdad profunda de esa expresión, aplicada a todos nosotros. Todos somos –y nunca podemos dejar de ser- Vida.

         La ignorancia radical es la que hace reducir nuestra identidad a nuestra personalidad, haciéndonos creer que somos un “yo particular”, separado de los demás y desgajado de la Vida.

         Esta creencia errónea es la fuente de todo sufrimiento, para nosotros mismos y para los demás.

 

         Al identificarnos con el “yo individual” y creernos separados, nos sentimos “enfrentados” a la Vida y, en cierto modo, amenazados por lo que nos pudiera ocurrir. Eso nos hace vivirnos a la defensiva y, con frecuencia, en el temor.

         Basados en la creencia (errónea) de la separación, dividimos todo lo que ocurre en “bueno” y “malo”, “positivo” y “negativo”, según los criterios del “yo particular” que creemos ser. Cuando sucede algo “positivo”, entramos en euforia; cuando, por el contrario, es “negativo”, nos sentimos frustrados.

         Al mismo tiempo, nos situamos ante la realidad en clave de exigencia y de “debería”. Vivimos habitualmente enfrentados a lo que es, en la convicción de lo que “debería” o “no debería” ser. Con ello, no hacemos sino generar sufrimiento inútil: porque no existe sufrimiento mayor que el de oponerse a lo que es.

 

         No hay liberación posible sin salir de aquella falsa creencia, es decir, sin comprensión (sabiduría).

         La sabiduría consiste en reconocer que no existe nada separado de nada. Y que no hay nada que no sea manifestación y expresión de la única Vida. Todo es Vida, que se despliega –se “disfraza”- en infinitas formas: el nacer y el morir, la salud y la enfermedad, el éxito y el fracaso, el “bien” y el “mal” –etiquetas mentales-…: todo son “formas” que la Vida adopta.

         Nosotros mismos somos la Vida, que ha adoptado una forma particular, en la personalidad concreta que tenemos. Pero la trampa consiste en creer que somos esa forma, en lugar de reconocernos como Vida.

         Cuando reconoces que eres Vida, ¿dónde queda el temor, la ansiedad, la frustración, el sufrimiento…? Quedarán como inercias de nuestro mundo mental y emocional, pero podremos salir de ellos con más facilidad. Porque no miraremos los acontecimientos ni las circunstancias –sean cuales fueren- desde el yo que creíamos ser, sino desde la Vida que somos.

         Visto desde ahí, caes en la cuenta de que todo lo que ocurra es expresión de la Vida: ¿cómo va a estar “mal”? La Vida no puede equivocarse.

         No cabe error alguno: lo que sucede, es lo que tiene que suceder. Nunca puedes equivocarte, porque lo que hagas es lo que la Vida está haciendo en ese preciso momento. Como recuerda con frecuencia Jeff Foster, no tienes un destino prefijado: tu camino –tu destino- es lo que sucede.

         Pero esto no puede verse ni entenderse desde la mente. Ella tiene sus propios parámetros, en la creencia de que es un hacedor independiente y autónomo, que puede actuar por su cuenta al margen de la Vida. Por eso, mientras alguien crea –y esta es la paradoja- que es un “yo particular” le resultará imposible comprender lo que se esconde detrás del “gran teatro del mundo”. Es necesario tomar distancia de la mente y a acceder a otro modo de ver –el “conocimiento silencioso” de sabios y de místicos- para percibir, sin duda alguna, que todo lo que captamos no es sino expresión multiforme de la Vida una, que es nuestra verdadera identidad.

 

         Todo lo que te ocurra –estar sano o estar enfermo, tener éxito o fracasar, sentirte mejor o peor, comprender o no comprender, aceptar o rebelarte…-, todo sin excepción es Vida. Y la Vida es todo. Míralo desde ahí. No creas que tu yo se siente amenazado; reconoce que la Vida que eres toma ahora esa forma concreta… Pero sigue siendo Vida, y siempre está a salvo. Todo es Vida en un despliegue multicolor. Si lo ves, eso es Vida que se manifiesta; pero si no lo ves, eso es también Vida que se manifiesta de forma diferente. Suceda lo que suceda y estés como estés, incluso en el lecho de muerte, solo hay Vida –es lo que eres- adoptando formas cambiantes.

 

         Por tanto, solo hay algo que podamos hacer: reconocernos en Ella y vivirnos desde Ella. La identificación con la mente y el con el yo –de donde venimos- tendrá mucha fuerza y a veces nos sorprenderemos aún creyendo que somos esa forma; sin embargo, la práctica nos hará diestros en reconocer nuestra verdadera identidad.

         A partir de ahí, ya no juzgaremos las cosas desde el yo, sino que únicamente veremos Vida en todo lo que se manifiesta.

         Dejaremos de repetir el error de tomarnos todo “personalmente”, creyendo que somos la “persona” separada o “yo particular” –esta es la causa de nuestro sufrimiento- y aprenderemos a no “personalizar” nada de lo que sucede.

Y entonces también podremos estar disponibles y desapropiados para permitir que la Vida fluya sin bloqueos a través de nosotros.

         Y lo que brota de ahí es Paz, Ecuanimidad y Compasión: la Vida que fluye en libertad…

 

Teruel, 25 enero 2015

MIS “RECORDATORIOS”

Adicciones y engaño

Quiero compartir con vosotros y vosotras tres textos, que leo cada día, y que me sirven de “recordatorio” de aquello de donde no quiero escapar…, aunque en realidad el “escape” es imposible porque —lo veamos o no, lo sepamos o no— ya somos aquello de lo que pensamos habernos alejado. Pero, como os decía, me viene bien recordármelo.

Ya eres lo que estás buscando

          

         

 

 

 

 

 

 

Los textos son los siguientes:

 

 1. “YO SOY” (Helen Mallicoat)

 

“Estaba lamentándome del pasado y temiendo el futuro… De repente «mi Señor» estaba hablando: «MI NOMBRE ES YO SOY».

Hizo una pausa. Esperé. Él continuó:

Cuando vives en el pasado, con sus errores y pesares, es difícil. Yo no estoy allí. Mi nombre no es Yo fui.

Cuando vives en el futuro, con sus problemas y temores, es difícil. Yo no estoy allí. Mi nombre no es yo seré.

Cuando vives en este momento, no es difícil. Yo estoy aquí. Mi nombre es YO SOY”.

 

Paz

 

            La religión teísta, con la expresión “mi Señor”, se refiere a la divinidad. Lo cual es absolutamente legítimo. Sin embargo, me parece más ajustado afirmar la no-separación de todo, por lo que tal expresión puede entenderse como otro nombre de aquel Fondo común que compartimos todos los seres, y que, aun sin agotarse en las formas, constituye el núcleo de todas ellas. En ese sentido, la citada expresión nos remite a nuestra identidad más profunda, que puede nombrarse también como “Yo Soy”.

          Esta lectura no-dual nos revela algo profundo. Cuando perdemos la consciencia del momento presente, nos alejamos de quienes somos. Por el contrario, en cuanto acallamos la mente y venimos al aquí y ahora, escuchamos en nuestro interior a nuestra verdadera identidad –nuestro “Señor interior”- que nos susurra: “Yo soy”, todo está bien.

 

 

2. ACEPTAR LO QUE VENGA  (Papaji)

 

La Esencia de la Destreza es esta: Lo que sea que venga, déjalo venir; lo que se quede, déjalo estar, lo que se va, déjalo ir.

Quédate callado, y adora al Ser.

Esta es la esencia de vivir hábilmente en la apariencia del mundo.

Durante todas las actividades de la vida recuerda siempre que tú eres el Ser.

La manera de vivir una vida feliz es aceptar cualquier cosa que venga, y lo que no viene, que no te importe.

 

3. “Somos personitas, cada una con su penita”.

 

               Siento no acordarme del nombre de la chica a quien escuché esta frase, en una entrevista reciente. Solo recuerdo que tiene una voz extraordinaria y, acompañada a la guitarra por un muchacho, canta desde una profunda y exquisita sensibilidad.

          Mientras la entrevistaban, estaba yo atendiendo otras cosas. Pero esas palabras suyas me detuvieron y atraparon. Me sonaron, en su sencillez no exenta de humor, a “palabra inspirada” –inspirada es aquella palabra que nos silencia por dentro y produce un movimiento de desegocentración– y se me quedaron grabadas. Lo que me detuvo fue su “carga” de humildad y de invitación a la compasión.

 

          Y nos encontramos, una vez más, con la paradoja, que me parece bueno noTERNURA olvidar: es verdad que somos Plenitud…, pero no lo es menos que tal Plenitud se expresa en estas formas concretas –frágiles y necesitadas de compasión- que palpamos a diario. Lo uno y otro, en un abrazo no-dual que, finalmente, nos unifica en el Ser.

 

          Es lo que, una y otra vez, nos recuerda el sabio, también humilde y divertido, que es Fidel Delgado. De entre los numerosos videos suyos que pueden encontrarse en YouTube, os recomiendo ver este, cuyo enlace os dejo:

https://www.youtube.com/watch?v=_NpmCPsoLfE

          Está aquíSomos –dice Fidel- “seres-humanos”: en cuanto “humano”, soy una forma transitoria, sumamente vulnerable y amenazado de muerte, y por eso lleno de inseguridad y de miedos; sin embargo, en cuanto “ser”, soy una realidad ilimitada y siempre segura.

 

          Esta es nuestra paradoja, que no conviene olvidar, si no queremos perdernos en la confusión: somos “ambas identidades”. Y tal paradoja encuentra una admirable convergencia con lo que ha visto la física cuántica: el Todo se halla en cada parte.

 

          La paradoja –omnipresente en toda la realidad- expresa una doble verdad, que es también en sí misma paradójica: que toda la realidad manifiesta es polar –no existe nada sin su polo opuesto- y que esa aparente contradicción solo queda resuelta en un lugar “superior”, que abraza ambos polos en una unidad mayor. A este abrazo o unidad englobante que no destruye las diferencias es a lo que llamamos “no-dualidad”.

 

          Polaridad y no-dualidad, por tanto, no solo no se excluyen entre sí, sino que explican el carácter paradójico de lo real. Podemos ver lo real como una infinidad de “puntos” separados que, en un nivel más profundo, son una y la misma realidad que están expresando. Si absolutizáramos el valor de los “puntos” en sí mismos, estaríamos ignorando justamente aquello que los explica y les da consistencia. Solo cuando los vemos como expresiones del Todo único, alcanzamos la compresión adecuada, integrada y holística. Pero eso requiere que nos situemos en otro “lugar” desde el que es posible una perspectiva global, un “nuevo modo” de ver.

 

            Al aplicar todo ello a nuestro caso, descubrimos que somos, a la vez, la “parte” –un “punto” particular de la única “red”: el yo individual- y somos, más profundamente, el “Todo” –la “red” completa: el Yo Soy universal-.

 

          Si nos reducimos al yo, todo será confusión y sufrimiento. Solo cuando advertimos nuestra identidad ilimitada, somos capaces de comprender el “juego” de la Vida, que no consiste en otra cosa sino en el despliegue admirable del Ser en cada una de las infinitas formas que lo expresan, en una hermosa e inequívoca no-dualidad. El “Yo Soy” uno se disfraza y “juega” en cada yo individual.

 

          Si nos percibimos únicamente como yoes individuales (o “puntos” aislados en todo el conjunto), serán inevitables la soledad, el miedo y la ansiedad, la comparación, la confrontación, el juicio, la descalificación del otro… Si, por el contrario, tenemos la lucidez suficiente para colocarnos en aquel “lugar” donde los “puntos” son trascendidos, la comprensión y la compasión serán inevitables: porque todo otro, en el nivel más profundo y en el sentido más verdadero, soy también yo mismo.

 

          Con todo ello, me parece claro que vivir ajustadamente esa realidad paradójica que somos requiere consciencia –para no olvidar nunca lo que somos de fondo, aquella realidad ilimitada y siempre a salvo- y compasión –para amar la forma frágil y vulnerable, en que se está expresando de modo transitorio-.

 

          En realidad, la consciencia (o sabiduría) y la compasión son las dos caras de la misma realidad y de la misma actitud. Así lo han expresado los sabios, con cuyas palabras os dejo:

 

El amor dice: «Yo soy todo». La sabiduría dice: «Yo soy nada». Entre ambos fluye mi vida(Nisargadatta).

La compasión ve al Uno en los muchos, la sabiduría ve a los muchos en el Uno (Frances Vaughan).

La gran compasión que surge de la experiencia de unidad se experimentará como la fuerza motriz del universo (Willigis Jäger).

 

 

Para concluir:

 

         El camino es simple: anclarnos en nuestra verdadera identidad, aquello que permanece cuando todo lo demás cambia: ¿qué es lo único que no ha cambiado en mí, a lo largo de mi existencia temporal? Han cambiado mi cuerpo, mis pensamientos, mis sentimientos, mis reacciones… Solo una cosa permanece: la pura consciencia de ser, que puede expresarse como “Yo Soy”. Ese es el Fondo último de cada ser y de todo lo Real.

             Si lo único que permanece siempre es la consciencia, se comprende –y aquí se da otra elegante coherencia- que nuestra única certeza sea esta: la certeza de ser. Como escribe Juan Carlos Savater, no necesitamos ninguna experiencia de “iluminación”; basta anclarnos en esa certeza innata y atestiguar su verdadera naturaleza invulnerable y eterna. “Anterior a la idea de ser tal o cual persona, anterior a cualquier tipo de razonamiento o pensamiento, hay una innata «certeza de ser». Una desnuda o pura consciencia que es y sabe que es. Esta es siempre, no la mayor, sino verdaderamente nuestra única e incuestionable certeza” (J.C. SAVATER, La certeza de ser, La Trompa de Elefante, Madrid 2012, p.35).

              Permanece todo el tiempo que puedas, a lo largo de todo el día, en la única certeza: la certeza de ser.

Descansar confiadamente en Lo que es

           

           Algo similar es lo que recomendaba el sabio Nisargadatta:

 

“Rechace todos los pensamientos excepto uno: “Yo soy”, la mente se rebelará en el comienzo, pero con práctica, paciencia y perseverancia, cederá y se mantendrá en calma. Una vez que usted esté en calma, las cosas comenzarán a suceder espontáneamente y de forma totalmente natural, sin ninguna interferencia de su parte.

No se preocupe por nada que usted quiera, piense o haga, sólo permanezca establecido en el sentimiento-pensamiento “Yo soy”, enfocando “Yo soy” firmemente en la mente. En el momento que usted se desvíe, recuerde: todo lo que es perceptible y concebible es pasajero, y solo el “Yo soy” permanece.

Después de todo, el único hecho del que usted está seguro es de que “usted es”. El “Yo soy” es seguro, el “yo soy esto” no lo es.

Yo solía sentarme durante horas 6 seguidas, solamente con el “Yo soy” en mi mente, y pronto la paz, la dicha y un profundo amor que todo lo abarca llegaron a ser mi estado normal.

Independientemente de lo que suceda, únicamente desvíe su atención lejos de ello y permanezca en el sentimiento “Yo soy”. Parece simple, y hasta ordinario, ¡pero funciona!”.

 Consciencia e inconsciencia

 “Aquellos que ven la luz en sí mismos nunca necesitarán dar vueltas como satélites alrededor de otros” (Michael Michalko).

Teruel, 2 junio 2014.

 

Audios nuevos

 

Rueda de la consciencia (Introducción)

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