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NUEVO LIBRO: “LA DICHA DE SER”. Prólogo e Introducción

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          Sepámoslo o no, consciente o inconscientemente, en todo lo que hacemos y en todo lo que dejamos de hacer, los seres humanos vamos buscando la felicidad. Estamos programados para ello. A su vez, nuestra tarea más noble consiste en liberar del sufrimiento a los demás y ayudarles a ser felices.

            Sin embargo, con demasiada frecuencia, lo que nos ocurre es que erramos el camino, con lo que, no solo nos alejamos de la meta anhelada, sino que prolongamos e intensificamos el sufrimiento propio y ajeno.

La única salida pasa por la sabiduría, que no tiene que ver necesariamente con la erudición, sino con aquel saber sabroso que nace de saborear el secreto de la Vida y que nos regala la comprensión de nuestra verdadera identidad. Eso requiere, por nuestra parte, aprender a pasar de la razón al “conocimiento silencioso” (o trans-racional), de las creencias a la certeza, de la idea de separación a la experiencia de no-dualidad, de la confusión mental a la luminosidad consciente. En definitiva, se trata de acallar la mente y poner consciencia en todo lo que nos ocurre.

Eso es vivir con sabiduría. Y ahí se encuentra la clave de nuestra liberación y de nuestra felicidad: la dicha de ser. Porque, en último término, sabiduría y felicidad son la misma cosa.

Editorial Desclée De Brouwer

A Ana, por ser.

 “Los hombres despiertos no tienen más que un mundo,
pero los hombres dormidos tienen cada uno su mundo” (Heráclito).
“Si entiendes, las cosas son tal como son.
Si no entiendes, las cosas son tal como son” (Proverbio zen).
“Nadie se emborracha con la palabra vino. Nadie se quema con la palabra fuego”
(Dichos sufíes).
“Hay más cosas entre el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía”
(William Shakespeare).
“Toda verdad pasa por tres fases: primero es ridiculizada; luego, recibe una violenta oposición; finalmente, es aceptada como evidente”
(Arthur Schopenhauer).
“Los labios de la Sabiduría permanecen cerrados, excepto para el oído capaz de comprender” (Kybalion).
“Si las personas definen las situaciones como reales, estas son reales en sus consecuencias” (William Thomas).
“Cuando yo era Yolande, no veía el mundo, sino que veía mis pensamientos” (Yolande Duran-Serrano).
“No hay otro Dios que aquel de quien nada puede conocerse [pensarse] (Margarita Porete).
“Aprenderéis que todo era nada. Que todo se pasa. Y que solo Dios basta” (Palabras atribuidas a Teresa de Jesús).
“Deja de buscar… Déjate encontrar” (Nisargadatta).
La identificación con las creencias constituye el mayor obstáculo para abrirse a la verdad, porque toda creencia, del tipo que sea, nace de la idea (creencia) errónea de la separación.
En cualquier circunstancia, aquieta la mente y pon consciencia.

ÍNDICE

 Prólogo, de Vicente Gallego: Del pensamiento a la atención: vivir amando.

Introducción.

1. Resistencias ilustradas a la no-dualidad
Una constatación que me parece elocuente
Las resistencias más frecuentes
Los límites de la razón ilustrada
Trascender la mente: el despertar espontáneo y la práctica meditativa

2. Más allá de la razón valorada e integrada
El carácter multidimensional de lo Real
La pregunta básica y la única certeza
Integrar y trascender la Modernidad
Prepararse para ver

3. Conocer y vivir. ¿Para qué sirve el conocimiento?
Tres “tipos” de conocimiento
Conocer, una dimensión básica del ser humano
Conocer y vivir
Conocer para ser libres
Conocer para ser (conocer es ser)
Del conocimiento por análisis y reflexión al conocimiento por identidad. El modelo no-dual: solo conocemos cuando somos

4. Pensar, separa; atender, une. Cuidar la atención para vivir la unidad que somos
El funcionamiento de la mente y el nacimiento del yo
Riqueza y límites de la mente
Cuando el pensamiento ahoga la atención
Cuando se ve más allá de la mente
Sabiduría: quitar pensamiento, poner consciencia
El “secreto” de la vida: vivir en la consciencia de ser

5. Soltar para ser. La entrega que transforma y conduce a la plenitud
Una constatación inicial
Comprender el mecanismo de la apropiación
La sabiduría pasa por “soltar”
Vivir es aprender a soltar: el lugar de las crisis y del trabajo psicológico
Soltar, camino que transforma y conduce a la plenitud

6. La dicha de ser uno más
“Nadie” es dichoso
La compulsión por ser “alguien” o la necesidad de ser “especial”
Consecuencias de la pretensión de ser “especial”
¿Cómo salir de la trampa?
La resistencia a ser “uno más”
El camino de la dicha: soltar, entregarse.

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PRÓLOGO

DEL PENSAMIENTO A LA ATENCIÓN: VIVIR AMANDO

La primera vez que lo vi -coincidimos en unas jornadas sobre la aplicación de la no-dualidad a la vida cotidiana- no había leído nada suyo; sin embargo, me bastó con eso, con verlo ser y estar, y partirse de la risa porque sí, para entender cuál era toda su doctrina. Gratitud, confianza, con qué poca cosa tiene uno de sobra para pasárselo en grande en esta vida. Enrique no es un hombre cordial, es la cordialidad misma tomando forma humana, respondiendo en carne y hueso. Lo escuché luego hablar, compartir, ofrecerse. Hay quienes dan explicaciones, y los hay que funcionan por contagio. No es que le falte a Enrique claridad expositiva, pues argumenta con contundencia meridiana; es que sus argumentos verdean de júbilo, resultan infecciosos, ya que son pronunciados desde la vivencia de la gratitud sin causa. ¿Quién no sabe -así sea en ese fondo donde nunca se atrevió a mirar- que no hay nada de lo que preocuparse en realidad, que nada se gana ni se pierde realmente, y que todo viene dado? La palabra certera de Enrique Martínez -pero aún más su manera de decir, de celebrar, su continua acción de gracias- no cesa de recordarnos esa verdad de Perogrullo. En cuanto vemos claramente lo obvio: que el saco está roto, que no hay manera de sacar tajada ni en la tierra ni en el cielo, solo entonces la duración se extingue en la profundidad y, desde lo más profundo de la vida, surge un vivirse en el ser y no en el tiempo, en el amor y no en los intereses, que es como hemos aprendido a llamarles a nuestros demonios. Enrique, que nos quiere bien, lleva años sugiriéndonos que hallemos oído franco, que echemos un vistazo a ese fondo donde todo es nada, donde el yugo es suave y la carga ligera.

            Este libro que tienes entre las manos, querido lector, expone la falacia implícita en el uso de la razón cuando esta -pretendiéndose razonable y alzándose, sin embargo, como último criterio de verdad- niega todo aquello que queda fuera de su dominio. El asunto no es baladí, pues llevamos ya demasiados siglos padeciendo ese secuestro del corazón, que es donde reside el único entendimiento posible. La modernidad, al decretar la muerte de Dios -y por tanto de cualquier Dios conocido, creado por la razón propia de grupo-, estaba abriéndole la puerta -tras muchos siglos de dogmatismo y autoritarismo- al auténtico misterio del ser; pero en esa apertura venía agazapada una nueva cerrazón, una nueva creencia, que podríamos resumir de este modo: “todo aquello que no pueda reducirse a palabra y pensamiento es pura fantasía y resulta inoperante”. Se produjo así, inadvertidamente, el endiosamiento de la razón, y con él, no solo el paulatino olvido de la realidad, sino el olvido de ese olvido, como advirtió Heidegger. No es posible desde ahí entrar en contacto con lo real, puesto que, obviamente, las palabras y pensamientos no conducen sino a más y más de lo mismo. Y esto, aunque parezca mentira, es lo que hemos preterido por entero en cuanto intentamos discutir acerca de lo real. Lo real está aquí para ser encarnado, no para prestarse a vanas discusiones. El que no da con ello de inmediato, puesto que se trata de lo único que no está separado de nada ni de nadie, es porque ni siquiera se toma la molestia de mirar lo que tiene delante -y detrás- de los ojos, pues ha sido convencido de que ver consiste en percibir las cosas tal y como las presentan los hábitos y patrones heredados de pensamiento. No será el pensamiento, sino la atención, la que nos revele la naturaleza original de todo lo manifestado; este es el punto sobre el que Enrique insiste de muy varias maneras a lo largo de estas páginas. Así pues, hecho el diagnóstico: una hipertrofia ya secular de la razón en su torpe afán de encoger la realidad para meterla en la estrechez que caracteriza a todo lo inteligible, se nos receta la cura, que pasa por invertir el foco de la atención, de modo que se desplace desde su apego hacia los diversos objetos y contenidos psíquicos a un auténtico interés por sí misma, es decir, por la naturaleza del principio que entiende, que sabe que sabe, y que, por tanto, es uno y el mismo en todos, ya que esa capacidad simple de entendernos precede a todo lo inteligible como condición de base, como piedra angular.

            ¿Por qué no sincerarse, ceñirse los lomos y atenerse al principio consciente, allí donde todos somos uno en el ser y el comprender? ¿Por qué no contentarnos con “ser uno más”, en definitiva, pues no existe verdadera alegría fuera de esa humildad que, por otro lado, no es un logro de nadie, sino la naturaleza original de la conciencia? Esta es la invitación que encontraremos en la penúltima sección del libro, porque solo el “hombre verdadero sin ubicación ni rango” del que habla el maestro Lin-chi -que habita en cada uno de nosotros sin perder su identidad- es garantía de toda bienaventuranza. La mente, que padece la atávica ansiedad de darse forma -es decir, de afirmarse en la distinción y pasar por alto que ninguna acumulación de caracteres implica una diferencia esencial en el ser de todas las cosas- no querrá oír una sola palabra acerca de “ser uno más”, porque cree ver una limitación, una merma de sus capacidades expansivas, donde justamente se hace presente la total ausencia de límites. Mientras uno no es capaz de sentir el derroche de plenitud y piedad de este eterno instante, es fácil que sucumba una y otra vez a la tentación de perseguir metas: la realización personal, el prestigio, el yate, el placer, la consideración social, la paparrucha, en fin. Ahora bien, lo que tiene de bueno cualquier persecución es que pone muy pronto de manifiesto la futilidad de los objetivos que la ponen en marcha y alimentan, pues no existe logro capaz de saciar la sed que produce vivir entre falsedades. “Ser uno más”, parece sencillo, y lo es, tanto que no hay manera de serlo mientras ese uno siga empeñado en ser alguien en particular.

            Enrique habla en este libro de lo único concreto, que no es nunca lo visto y oído -ya que ahí nos condenamos a movernos en círculo sobre el terreno de la abstracción, el condicionamiento y las conjeturas-, sino el ver y el oír. Por poner un ejemplo, cuando hablamos acerca de una persona en concreto, ¿a quién nos referimos?, puesto que no hay manera de fabularla sin recurrir a un cúmulo de abstracciones. Pero, para hallar en nosotros lo concreto, ese principio uno que ve y oye -en una palabra, que entiende y es aquí y ahora-, es preciso “soltar” -como nos recuerda el autor constantemente-, soltar todo aquello de lo que nos hemos ido apropiando como parte de nosotros llevados por la inercia, por la credulidad, que equivale siempre a una falta de auténtica indagación. El que mira con profundidad en lo profundo ya no puede convivir con ninguna creencia; de la misma manera, aquel que ha cavado su propio pozo y ha probado el agua se negará a beber vinagre, aunque todos le aseguren que se trata de un vinagre muy aguado.

            Amigo, si sientes la necesidad de cavar tu propio pozo, de sincerarte, en este libro encontrarás las herramientas que te están haciendo falta. Lástima que no podamos meter en él a Enrique con su cordialidad arrasadora, o al menos una de esas carcajadas suyas que, respetando a todo el mundo, hacen temblar los moños del más crecido en sus engaños. Aquel que no está dispuesto a reírse de sí mismo y de sus cosillas en toda circunstancia es porque no ama de veras, ni siquiera a sí mismo, ya que se empeña en procurarse tan malos ratos. Todo esto, en realidad, es muy sencillo, nos está recordando Enrique bajo la apariencia filosófica de su discurso: en cuanto uno se siente amado por la vida que él mismo es, en cuanto llega a amar sin condiciones, todo queda resuelto antes de plantearse. “Que el amor es lo único real, / eso es cuanto sabemos del amor”, cantaba Emily Dickinson. He aquí, pues, el principio y el fin de toda doctrina.

Vicente Gallego.

certeza-de-ser

INTRODUCCIÓN

Todo se ventila en ser capaces de conocer y vivir lo que somos. A quien lo logra se le llama “sabio”. La sabiduría emerge en la persona que saborea el fondo último de lo Real, que es a la vez su propio fondo, y que únicamente puede conocerse cuando se vive.

Pero, en realidad, la sabiduría no es diferente de lo que llamamos habitualmente “consciencia”, que es el saber-que-sabe y que constituye aquel mismo substrato que se halla en el origen de todo lo que es. “Todo es consciencia; consciencia es todo lo que hay”, proclamaba Ramesh Balsekar. Y eso mismo es lo que manifiesta toda persona que ha vivido un “despertar espontáneo”.

            Solo la sabiduría –la consciencia o inteligencia creativa-, no la mente, es capaz de responder adecuadamente a la única pregunta que realmente merece la pena: ¿quién soy yo? Y solo la respuesta adecuada a esta pregunta, al situarnos en la verdad acerca de nosotros mismos, permite una comprensión de todo lo demás. Tenía razón la sentencia grabada en el templo de Delfos: “Hombre, conócete a ti mismo, y conocerás al Universo y a los dioses”

            Lo que pretendo con estas páginas es ofrecer pistas para responder más adecuadamente a aquella pregunta primera –¿quién soy yo?-, y avanzar así en el conocimiento de lo que somos, más allá de la idea que la mente ha elaborado acerca de ello. Es una invitación a vivir con sabiduría y, por tanto, a ser dichosos, bien consciente de que, para conocer y vivir lo que somos, necesitamos pasar de la mente a la atención. Solo desde la atención despierta –poniendo consciencia en todo lo que hacemos y sentimos- podremos percibir y vivir la no-dualidad en el trajín de la vida cotidiana.

El título evoca aquel otro del primer libro que escribí en 2003: “El gozo de ser persona”. Y el cambio en el título pone de manifiesto todo un proceso: desde una filosofía (y teología) personalista hasta la experiencia transpersonal. Sin renegar de los contenidos allí expresados, lo que se ha modificado de manera radical ha sido el “mapa” utilizado. Sin haberlo pretendido y ni siquiera imaginado, he sido conducido de la búsqueda del “gozo de ser persona” a la “dicha de ser”, de la identificación con la mente personalista a la experiencia transpersonal, de la creencia teísta a la espiritualidad no-dual.

Hoy es claro para mí –aunque comprendo que resulte incomprensible para quien se halla identificado con la mente y las construcciones mentales- que la “persona” es solo una forma concreta en la que se hace manifiesto “Lo que es”, y que nos engañamos peligrosamente cuando reducimos a ella nuestra identidad. Persona es lo que tenemos, pero lo que somos es Consciencia. No se trata, por tanto, si se entiende bien, de ser persona, sino sencillamente de solo ser, tal como lo expresaba de manera hermosa el poeta Jorge Guillén: “Solo ser. Nada más. Y basta. Es la absoluta dicha”.

            Solo ser; todo lo demás “se  nos dará por añadidura”. Esa y no otra es la sabiduría espiritual o sabiduría de la no-dualidad. Porque la experiencia transpersonal va de la mano de la no-dualidad: hay diferencias en todo lo que percibimos, pero no separación. Si bien la mente está diseñada para la separación, lo real no se halla separado. Todo es no-dos.

Para hablar, pues, de la dicha de ser, necesitaba empezar con una referencia expresa a la no-dualidad y, en particular, a las resistencias que percibo. Me habita la certeza de que, mientras sigamos absolutizando lo “personal”, seremos incapaces de abrirnos a la experiencia luminosa de lo que es (lo que realmente somos).

Creeremos incluso amar y entregarnos a los otros, pero al hacerlo desde el error de base que nos hace creernos separados de ellos, no conseguiremos sino prolongar la inconsciencia (ignorancia) y, con ella, el sufrimiento. Si amo, si quiero que todos sean felices, si quiero el despertar de los demás, el primer paso –imprescindible- es que despierte yo a la verdad de lo que soy: todos somos uno, y no existen otros fuera de mí. Porque no soy el yo separado frente a otros yoes –eso es solo parte del sueño-, sino la consciencia que todo lo constituye.

Mi presunta identidad individual o mi separación del resto de la humanidad (o del universo) es tan solo una falacia de mi mente. La persona –por decirlo con palabras de la doctora Ana María Oliva- es “únicamente un cruce entre informaciones del universo…, nada más que una acumulación temporal de energía”. Por lo que, si me identifico con ella, sufriré las consecuencias inevitables de la impermanencia. Cuando por el contrario despierto a lo que soy (somos), descubro que todo es luminosidad, libertad y plenitud.

            En torno a ese objetivo –contribuir al despertar para conocer y vivir lo que somos- se desarrolla todo el texto. Pero, antes de referirme expresamente a cada uno de los capítulos, me parece adecuado decir una palabra sobre su origen. En esta ocasión existe una doble génesis: por una parte, algunos capítulos -especialmente los dos primeros- tratan de recoger lo que surgió en mí, con una intención dialogante, como “respuesta” a las resistencias que percibo en sectores académicos y religiosos frente a la no-dualidad. Los otros, sin embargo, están más inspirados en el trabajo realizado con grupos en diferentes contextos. En cualquier caso, en este libro, puede que a diferencia de otros, cada capítulo tiene un grado de autonomía en sí mismo y contiene, de algún modo, la esencia del conjunto. Ello puede explicar que existan algunos ecos en ciertos contenidos que, debido a su importancia, he preferido mantener en los diferentes capítulos, dado que lo que se pone de manifiesto, una vez más, es que aunque los caminos y las formas de acercarnos a lo Real sean diversos, la experiencia genuina de Lo que Es –nuestra naturaleza original- tiene siempre un mismo sabor. 

Empiezo –como decía más arriba- haciendo referencia a las resistencias que encuentra el modelo no-dual, en especial por parte de quienes pueden hallarse más identificados con la mente, para mostrar el camino que nos conduce más allá de la razón integrada. Integrada, porque de ningún modo se trata de descalificarla, sino de reconocer su valor, asumir su riqueza y caer en la cuenta de que es trascendida en otro modo de conocer previo y no fragmentador. De esta manera, abordando las resistencias más frecuentes a la no-dualidad y colocando en su lugar a la razón ilustrada, he querido clarificar las bases sobre las que se asienta todo el desarrollo posterior.

A continuación, me detendré en la relación entre conocer y vivir (¿qué es el conocimiento?), para mostrar después cómo es la propia naturaleza separadora de la mente la que, en última instancia, hace imposible avanzar en el conocimiento de lo real. En el quinto capítulo, me detengo en una actitud que, aunque de entrada no lo pareciera, resulta fundamental para avanzar en el conocimiento y la vivencia de lo que somos: tanto para conocernos en nuestra verdadera identidad como para vivirla, necesitamos soltar –desidentificarnos de- todo aquello que no somos, en la certeza de que no somos nada de ello. La sabiduría del soltar nos muestra nuestro verdadero rostro, nos conduce a casa y permite, sin los bloqueos que supone la apropiación, que la Vida fluya en libertad. Y el capítulo final quiere expresar una conclusión que surge por sí sola al conectar con nuestra verdadera identidad: cuando eso se produce, cae toda pretensión –algo impensable para el yo separado- y se experimenta la dicha de ser uno más.

            Lo aquí escrito no tiene otra pretensión que la de invitar, a quien así lo desee, a ejercitarse en el paso del pensamiento a la atención, no porque se descuide el primero, sino porque, de ese modo, se lo va a situar en su lugar adecuado. Lo que tenemos es mente; lo que somos es consciencia. Tenemos la capacidad preciosa de pensar, pero somos atención. No es casual que sea esta la que nos conduzca a “casa”, la que nos revele nuestra verdadera identidad.

            Mientras, terminado ya el libro, estoy dando forma a esta introducción, me siento habitado por una profunda y gozosa gratitud. En primer lugar, hacia tantas personas implicadas en el desarrollo de diferentes “Foros de espiritualidad” –las asociaciones Daat de Alcoy, Aletheia de Zaragoza, Universidad Popular de Logroño, Viento del Sur de Andalucía y Extremadura-, porque ha sido en ellos donde he compartido gran parte de lo que aquí recojo por escrito, y porque están llevando a cabo una tarea valiosísima al servicio de la sabiduría que nos hace reconocernos en la consciencia que somos. 

            La gratitud necesita nombrar también a tres personas concretas: a Clara Iváñez, por su entrega servicial en la organización y el desarrollo de encuentros y talleres; a Luisa Melero, por su aportación siempre lúcida, valiosa e incondicional, en la elaboración y corrección del texto; y a Vicente Gallego, por el regalo de un Prólogo, cuya hondura y belleza –está todo dicho en él- rivaliza con el cariño que derrocha. Gracias a los tres por tanto amor.

SOMOS LA VIDA, NO HAY LUGAR PARA EL TEMOR

         De las afirmaciones que hizo Jesús, cada vez me parece más luminosa aquella en que dijo: “Yo soy la Vida”.

         Es una palabra plena de sabiduría, que invita a salir de nuestra ignorancia básica y a reconocer la verdad profunda de esa expresión, aplicada a todos nosotros. Todos somos –y nunca podemos dejar de ser- Vida.

         La ignorancia radical es la que hace reducir nuestra identidad a nuestra personalidad, haciéndonos creer que somos un “yo particular”, separado de los demás y desgajado de la Vida.

         Esta creencia errónea es la fuente de todo sufrimiento, para nosotros mismos y para los demás.

 

         Al identificarnos con el “yo individual” y creernos separados, nos sentimos “enfrentados” a la Vida y, en cierto modo, amenazados por lo que nos pudiera ocurrir. Eso nos hace vivirnos a la defensiva y, con frecuencia, en el temor.

         Basados en la creencia (errónea) de la separación, dividimos todo lo que ocurre en “bueno” y “malo”, “positivo” y “negativo”, según los criterios del “yo particular” que creemos ser. Cuando sucede algo “positivo”, entramos en euforia; cuando, por el contrario, es “negativo”, nos sentimos frustrados.

         Al mismo tiempo, nos situamos ante la realidad en clave de exigencia y de “debería”. Vivimos habitualmente enfrentados a lo que es, en la convicción de lo que “debería” o “no debería” ser. Con ello, no hacemos sino generar sufrimiento inútil: porque no existe sufrimiento mayor que el de oponerse a lo que es.

 

         No hay liberación posible sin salir de aquella falsa creencia, es decir, sin comprensión (sabiduría).

         La sabiduría consiste en reconocer que no existe nada separado de nada. Y que no hay nada que no sea manifestación y expresión de la única Vida. Todo es Vida, que se despliega –se “disfraza”- en infinitas formas: el nacer y el morir, la salud y la enfermedad, el éxito y el fracaso, el “bien” y el “mal” –etiquetas mentales-…: todo son “formas” que la Vida adopta.

         Nosotros mismos somos la Vida, que ha adoptado una forma particular, en la personalidad concreta que tenemos. Pero la trampa consiste en creer que somos esa forma, en lugar de reconocernos como Vida.

         Cuando reconoces que eres Vida, ¿dónde queda el temor, la ansiedad, la frustración, el sufrimiento…? Quedarán como inercias de nuestro mundo mental y emocional, pero podremos salir de ellos con más facilidad. Porque no miraremos los acontecimientos ni las circunstancias –sean cuales fueren- desde el yo que creíamos ser, sino desde la Vida que somos.

         Visto desde ahí, caes en la cuenta de que todo lo que ocurra es expresión de la Vida: ¿cómo va a estar “mal”? La Vida no puede equivocarse.

         No cabe error alguno: lo que sucede, es lo que tiene que suceder. Nunca puedes equivocarte, porque lo que hagas es lo que la Vida está haciendo en ese preciso momento. Como recuerda con frecuencia Jeff Foster, no tienes un destino prefijado: tu camino –tu destino- es lo que sucede.

         Pero esto no puede verse ni entenderse desde la mente. Ella tiene sus propios parámetros, en la creencia de que es un hacedor independiente y autónomo, que puede actuar por su cuenta al margen de la Vida. Por eso, mientras alguien crea –y esta es la paradoja- que es un “yo particular” le resultará imposible comprender lo que se esconde detrás del “gran teatro del mundo”. Es necesario tomar distancia de la mente y a acceder a otro modo de ver –el “conocimiento silencioso” de sabios y de místicos- para percibir, sin duda alguna, que todo lo que captamos no es sino expresión multiforme de la Vida una, que es nuestra verdadera identidad.

 

         Todo lo que te ocurra –estar sano o estar enfermo, tener éxito o fracasar, sentirte mejor o peor, comprender o no comprender, aceptar o rebelarte…-, todo sin excepción es Vida. Y la Vida es todo. Míralo desde ahí. No creas que tu yo se siente amenazado; reconoce que la Vida que eres toma ahora esa forma concreta… Pero sigue siendo Vida, y siempre está a salvo. Todo es Vida en un despliegue multicolor. Si lo ves, eso es Vida que se manifiesta; pero si no lo ves, eso es también Vida que se manifiesta de forma diferente. Suceda lo que suceda y estés como estés, incluso en el lecho de muerte, solo hay Vida –es lo que eres- adoptando formas cambiantes.

 

         Por tanto, solo hay algo que podamos hacer: reconocernos en Ella y vivirnos desde Ella. La identificación con la mente y el con el yo –de donde venimos- tendrá mucha fuerza y a veces nos sorprenderemos aún creyendo que somos esa forma; sin embargo, la práctica nos hará diestros en reconocer nuestra verdadera identidad.

         A partir de ahí, ya no juzgaremos las cosas desde el yo, sino que únicamente veremos Vida en todo lo que se manifiesta.

         Dejaremos de repetir el error de tomarnos todo “personalmente”, creyendo que somos la “persona” separada o “yo particular” –esta es la causa de nuestro sufrimiento- y aprenderemos a no “personalizar” nada de lo que sucede.

Y entonces también podremos estar disponibles y desapropiados para permitir que la Vida fluya sin bloqueos a través de nosotros.

         Y lo que brota de ahí es Paz, Ecuanimidad y Compasión: la Vida que fluye en libertad…

 

Teruel, 25 enero 2015

MIS “RECORDATORIOS”

Adicciones y engaño

Quiero compartir con vosotros y vosotras tres textos, que leo cada día, y que me sirven de “recordatorio” de aquello de donde no quiero escapar…, aunque en realidad el “escape” es imposible porque —lo veamos o no, lo sepamos o no— ya somos aquello de lo que pensamos habernos alejado. Pero, como os decía, me viene bien recordármelo.

Ya eres lo que estás buscando

          

         

 

 

 

 

 

 

Los textos son los siguientes:

 

 1. “YO SOY” (Helen Mallicoat)

 

“Estaba lamentándome del pasado y temiendo el futuro… De repente «mi Señor» estaba hablando: «MI NOMBRE ES YO SOY».

Hizo una pausa. Esperé. Él continuó:

Cuando vives en el pasado, con sus errores y pesares, es difícil. Yo no estoy allí. Mi nombre no es Yo fui.

Cuando vives en el futuro, con sus problemas y temores, es difícil. Yo no estoy allí. Mi nombre no es yo seré.

Cuando vives en este momento, no es difícil. Yo estoy aquí. Mi nombre es YO SOY”.

 

Paz

 

            La religión teísta, con la expresión “mi Señor”, se refiere a la divinidad. Lo cual es absolutamente legítimo. Sin embargo, me parece más ajustado afirmar la no-separación de todo, por lo que tal expresión puede entenderse como otro nombre de aquel Fondo común que compartimos todos los seres, y que, aun sin agotarse en las formas, constituye el núcleo de todas ellas. En ese sentido, la citada expresión nos remite a nuestra identidad más profunda, que puede nombrarse también como “Yo Soy”.

          Esta lectura no-dual nos revela algo profundo. Cuando perdemos la consciencia del momento presente, nos alejamos de quienes somos. Por el contrario, en cuanto acallamos la mente y venimos al aquí y ahora, escuchamos en nuestro interior a nuestra verdadera identidad –nuestro “Señor interior”- que nos susurra: “Yo soy”, todo está bien.

 

 

2. ACEPTAR LO QUE VENGA  (Papaji)

 

La Esencia de la Destreza es esta: Lo que sea que venga, déjalo venir; lo que se quede, déjalo estar, lo que se va, déjalo ir.

Quédate callado, y adora al Ser.

Esta es la esencia de vivir hábilmente en la apariencia del mundo.

Durante todas las actividades de la vida recuerda siempre que tú eres el Ser.

La manera de vivir una vida feliz es aceptar cualquier cosa que venga, y lo que no viene, que no te importe.

 

3. “Somos personitas, cada una con su penita”.

 

               Siento no acordarme del nombre de la chica a quien escuché esta frase, en una entrevista reciente. Solo recuerdo que tiene una voz extraordinaria y, acompañada a la guitarra por un muchacho, canta desde una profunda y exquisita sensibilidad.

          Mientras la entrevistaban, estaba yo atendiendo otras cosas. Pero esas palabras suyas me detuvieron y atraparon. Me sonaron, en su sencillez no exenta de humor, a “palabra inspirada” –inspirada es aquella palabra que nos silencia por dentro y produce un movimiento de desegocentración– y se me quedaron grabadas. Lo que me detuvo fue su “carga” de humildad y de invitación a la compasión.

 

          Y nos encontramos, una vez más, con la paradoja, que me parece bueno noTERNURA olvidar: es verdad que somos Plenitud…, pero no lo es menos que tal Plenitud se expresa en estas formas concretas –frágiles y necesitadas de compasión- que palpamos a diario. Lo uno y otro, en un abrazo no-dual que, finalmente, nos unifica en el Ser.

 

          Es lo que, una y otra vez, nos recuerda el sabio, también humilde y divertido, que es Fidel Delgado. De entre los numerosos videos suyos que pueden encontrarse en YouTube, os recomiendo ver este, cuyo enlace os dejo:

https://www.youtube.com/watch?v=_NpmCPsoLfE

          Está aquíSomos –dice Fidel- “seres-humanos”: en cuanto “humano”, soy una forma transitoria, sumamente vulnerable y amenazado de muerte, y por eso lleno de inseguridad y de miedos; sin embargo, en cuanto “ser”, soy una realidad ilimitada y siempre segura.

 

          Esta es nuestra paradoja, que no conviene olvidar, si no queremos perdernos en la confusión: somos “ambas identidades”. Y tal paradoja encuentra una admirable convergencia con lo que ha visto la física cuántica: el Todo se halla en cada parte.

 

          La paradoja –omnipresente en toda la realidad- expresa una doble verdad, que es también en sí misma paradójica: que toda la realidad manifiesta es polar –no existe nada sin su polo opuesto- y que esa aparente contradicción solo queda resuelta en un lugar “superior”, que abraza ambos polos en una unidad mayor. A este abrazo o unidad englobante que no destruye las diferencias es a lo que llamamos “no-dualidad”.

 

          Polaridad y no-dualidad, por tanto, no solo no se excluyen entre sí, sino que explican el carácter paradójico de lo real. Podemos ver lo real como una infinidad de “puntos” separados que, en un nivel más profundo, son una y la misma realidad que están expresando. Si absolutizáramos el valor de los “puntos” en sí mismos, estaríamos ignorando justamente aquello que los explica y les da consistencia. Solo cuando los vemos como expresiones del Todo único, alcanzamos la compresión adecuada, integrada y holística. Pero eso requiere que nos situemos en otro “lugar” desde el que es posible una perspectiva global, un “nuevo modo” de ver.

 

            Al aplicar todo ello a nuestro caso, descubrimos que somos, a la vez, la “parte” –un “punto” particular de la única “red”: el yo individual- y somos, más profundamente, el “Todo” –la “red” completa: el Yo Soy universal-.

 

          Si nos reducimos al yo, todo será confusión y sufrimiento. Solo cuando advertimos nuestra identidad ilimitada, somos capaces de comprender el “juego” de la Vida, que no consiste en otra cosa sino en el despliegue admirable del Ser en cada una de las infinitas formas que lo expresan, en una hermosa e inequívoca no-dualidad. El “Yo Soy” uno se disfraza y “juega” en cada yo individual.

 

          Si nos percibimos únicamente como yoes individuales (o “puntos” aislados en todo el conjunto), serán inevitables la soledad, el miedo y la ansiedad, la comparación, la confrontación, el juicio, la descalificación del otro… Si, por el contrario, tenemos la lucidez suficiente para colocarnos en aquel “lugar” donde los “puntos” son trascendidos, la comprensión y la compasión serán inevitables: porque todo otro, en el nivel más profundo y en el sentido más verdadero, soy también yo mismo.

 

          Con todo ello, me parece claro que vivir ajustadamente esa realidad paradójica que somos requiere consciencia –para no olvidar nunca lo que somos de fondo, aquella realidad ilimitada y siempre a salvo- y compasión –para amar la forma frágil y vulnerable, en que se está expresando de modo transitorio-.

 

          En realidad, la consciencia (o sabiduría) y la compasión son las dos caras de la misma realidad y de la misma actitud. Así lo han expresado los sabios, con cuyas palabras os dejo:

 

El amor dice: «Yo soy todo». La sabiduría dice: «Yo soy nada». Entre ambos fluye mi vida(Nisargadatta).

La compasión ve al Uno en los muchos, la sabiduría ve a los muchos en el Uno (Frances Vaughan).

La gran compasión que surge de la experiencia de unidad se experimentará como la fuerza motriz del universo (Willigis Jäger).

 

 

Para concluir:

 

         El camino es simple: anclarnos en nuestra verdadera identidad, aquello que permanece cuando todo lo demás cambia: ¿qué es lo único que no ha cambiado en mí, a lo largo de mi existencia temporal? Han cambiado mi cuerpo, mis pensamientos, mis sentimientos, mis reacciones… Solo una cosa permanece: la pura consciencia de ser, que puede expresarse como “Yo Soy”. Ese es el Fondo último de cada ser y de todo lo Real.

             Si lo único que permanece siempre es la consciencia, se comprende –y aquí se da otra elegante coherencia- que nuestra única certeza sea esta: la certeza de ser. Como escribe Juan Carlos Savater, no necesitamos ninguna experiencia de “iluminación”; basta anclarnos en esa certeza innata y atestiguar su verdadera naturaleza invulnerable y eterna. “Anterior a la idea de ser tal o cual persona, anterior a cualquier tipo de razonamiento o pensamiento, hay una innata «certeza de ser». Una desnuda o pura consciencia que es y sabe que es. Esta es siempre, no la mayor, sino verdaderamente nuestra única e incuestionable certeza” (J.C. SAVATER, La certeza de ser, La Trompa de Elefante, Madrid 2012, p.35).

              Permanece todo el tiempo que puedas, a lo largo de todo el día, en la única certeza: la certeza de ser.

Descansar confiadamente en Lo que es

           

           Algo similar es lo que recomendaba el sabio Nisargadatta:

 

“Rechace todos los pensamientos excepto uno: “Yo soy”, la mente se rebelará en el comienzo, pero con práctica, paciencia y perseverancia, cederá y se mantendrá en calma. Una vez que usted esté en calma, las cosas comenzarán a suceder espontáneamente y de forma totalmente natural, sin ninguna interferencia de su parte.

No se preocupe por nada que usted quiera, piense o haga, sólo permanezca establecido en el sentimiento-pensamiento “Yo soy”, enfocando “Yo soy” firmemente en la mente. En el momento que usted se desvíe, recuerde: todo lo que es perceptible y concebible es pasajero, y solo el “Yo soy” permanece.

Después de todo, el único hecho del que usted está seguro es de que “usted es”. El “Yo soy” es seguro, el “yo soy esto” no lo es.

Yo solía sentarme durante horas 6 seguidas, solamente con el “Yo soy” en mi mente, y pronto la paz, la dicha y un profundo amor que todo lo abarca llegaron a ser mi estado normal.

Independientemente de lo que suceda, únicamente desvíe su atención lejos de ello y permanezca en el sentimiento “Yo soy”. Parece simple, y hasta ordinario, ¡pero funciona!”.

 Consciencia e inconsciencia

 “Aquellos que ven la luz en sí mismos nunca necesitarán dar vueltas como satélites alrededor de otros” (Michael Michalko).

Teruel, 2 junio 2014.

 

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