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Semana 12 de junio: SOBRE EL SILENCIO

AtardecerEl silencio es nuestra naturaleza real.

Lo que somos fundamentalmente es solo Silencio.

El Silencio está libre de principio y de fin.

No tiene causa.

En el Silencio todos los objetos tienen su origen. Es la luz que da a los objetos su forma. Todo movimiento y actividad es armonizado por el Silencio.

El Silencio disuelve todos los objetos.

 No tiene opuesto, ya que no tiene nada que ver con la mente.

No puede ser definido, pero se puede sentir directamente porque es lo más cercano a nosotros.

El Silencio es libertad sin ninguna restricción o centro.

Es nuestra totalidad, ni dentro ni fuera del cuerpo.

El Silencio es alegría ni placer; no es psicológico.

Es sentir sin que haya alguien que siente.

El Silencio no necesita intermediario.

El Silencio es sagrado. Es sanador.

En el Silencio no hay miedo.

El Silencio es autónomo igual que el amor y la belleza.

El tiempo no lo toca.

El Silencio es meditación libre de toda intención, libre de un meditador.

El Silencio es la ausencia de uno mismo; o más bien, el Silencio es la ausencia de la ausencia.

 El sonido que viene del Silencio es música.

Toda actividad es creativa cuando viene del Silencio.

El Silencio precede al hablar, precede a la poesía, a la música y a todas las artes. Es el origen de toda actividad creativa; lo que es verdaderamente creativo es la Palabra, es la Verdad.

El Silencio es Palabra y es Verdad.

El que está establecido en el Silencio vive en una constante ofrenda, en oración sin pedir nada, en agradecimiento, en continuo amor.

Jean KLEIN.

Semana 5 de junio: DESAPRENDER

Caracol.1Aquí estoy, donde nunca hubiera podido imaginar.
Cada día más, me habita la certeza de que no he elegido estar donde estoy ni decir lo que digo.
No he elegido estar aquí.
Todo se ha ido dando, en una coherencia admirable, que solo he podido percibir a posteriori.
Constituye para mí una evidencia el hecho de que he sido –estoy siendo- conducido hacia donde “no sé” a partir de lo que “creía saber”…

Creía saber qué era “creer” y quién era “Dios”; quién era “yo” y qué era mi “vocación”.
Y se me ha regalado percibir la realidad de una manera tal, que ha dado la vuelta a todas mis ideas y creencias.
Había creído en un Dios personal, Padre amoroso…, y descubrí que, aun sobre la base de una intuición sabia, esa idea era fruto de un proyección mental. No me resultó fácil decir adiós a aquel dios en quien había creído sostener mi vida y mi propia identidad. Fue necesario un duelo intenso en el que llorar -y despedirme de- mis sentimientos de orfandad y de culpa.
Y, sin embargo, en este nuevo desaprendizaje, la caída de dios me mostró a Dios.
El camino empezó queriendo “acercarme” a Dios y “encontrarme” con él. Y se me ha hecho ver que entre Dios y yo no hay distancia para un camino: somos no-dos.

Tuve que fortalecer mi yo y llegué a identificarme con él, con sus necesidades, sus deseos y sus miedos, sintiéndome con frecuencia como si estuviera en una noria cansina. Y se me ha hecho descubrir que ese yo no tiene nada que ver con mi verdadera identidad.
Crecí identificado también con una creencia, recibida como “la verdad”, a la que me aferraba en busca de la seguridad que mi yo necesitaba. Y se me ha hecho patente que es necesario dejar caer todas las creencias, porque terminan convirtiéndose en obstáculo para abrirse a la verdad. He visto que la Verdad es inapresable, que no se la puede pensar, aunque se la puede “ser”. Y, al serla, se la conoce y se muestra en su radiante luminosidad.
Me moví en un mundo de dualidades, fronteras y etiquetas. Y me han abierto los ojos para ver que todo lo que se muestra no es sino expresión y despliegue de lo Único real, el Misterio del Ser, el Fondo de todo fondo, la Mismidad de lo que es; que todo lo que pasa no es sino la otra cara de Lo que es.
Busqué la salvación en el mundo de las formas. Y se me hizo caer en la cuenta de que ese es solo un mundo onírico, del que hay que despertar.
Me devané intentando hallar el sentido de mi existencia -¿para qué estoy aquí?-. Y se me regaló la plenitud de sentido en cuanto pude detener mi mente: vi que el sentido no es algo “añadido” a la existencia, sino otro nombre más de lo que es, de lo que somos. Y que, silenciada la mente, se muestra por sí mismo en plenitud.
Me fatigué desde un perfeccionismo cuya meta era siempre “hacer”. Y se descorrió el velo que me permitió reconocer que se trata solo de ser, y que todo lo demás “se da por añadidura”.
Creí encontrar en Jesús el “salvador” de mi vida. Y se me mostró que todo está ya “salvado”, que no hace falta sino “verlo”, y que Jesús no era alguien separado, sino mucho más: nada menos que un “espejo” nítido y radiante en quien ver reflejada mi (nuestra) verdadera identidad.
Crecí en una religión que me ofrecieron como “la verdadera”. Y se me ha ofrecido palpar el “territorio” al que todas las religiones, como mapas, conducen: la espiritualidad transconfesional y transreligiosa.
Fui ordenado sacerdote en el marco de una religiosidad y teología dualista. Y, sin saber previamente cómo, me he visto traído a una vivencia universal que trasciende roles y etiquetas.

Pero aún faltaba el aprendizaje mayor. Desde niño crecí pensando que tenía que ser “alguien”, que todo dependería de mi esfuerzo, que tenía que aprender a controlar todo… El objetivo, aunque no siempre explícitamente declarado, no era otro que fortalecer el sentimiento de la que consideraba mi identidad: llegar a ser yo. Había aprendido que ese era el objetivo último de la existencia, y que a ello debían encaminarse todos los esfuerzos…
Y, de pronto, de manera imprevista y sorpresiva, se me hace ver que también ese yo era solo otra creación mental. No existe tal cosa como “yo”; eso es solo un personaje del sueño, una “forma”, una apariencia… Veo claro que lo que soy es Consciencia, Vacuidad, Espaciosidad…, compartida con todas las otras “formas”. Cae toda apropiación. No hay nadie que haga nada. Y, sin embargo, todo se hace.  Cae igualmente todo orgullo y toda culpa.

Y aquí estoy… Aquí he sido conducido…
Por caminos de soledades y de plenitud, de “no saber” y de evidencias, de desconcierto y de luz, de resistencias y de entrega…, hasta la rendición ante Lo que es.

Necesito seguir expresando todo esto, aun siendo consciente de que, al hacerlo, vuelvo a caer en la dualidad –las palabras y los conceptos no pueden superar esa barrera-, pero sé bien que, en realidad, no es “nadie” quien esto expresa.
Celebro con gozo la Unidad que somos, lo único realmente Real, La Consciencia una que sostiene las mil formas aparentes, la Vida que juega a “disfrazarse” en cada uno de nosotros.

Celebro el desaprender… Solo queda Admiración y Gratitud.

Semana 5 de junio: EL SOL Y EL SAUCE LLORÓN

Sol y sauceEn la foto las ramas de un sauce llorón forma una cortina natural delante del sol durante un amanecer en Maollnow, Alemania. Puede servirnos para la meditación de hoy. ¿Con quién te identificas, con el sol del amanecer o con el sauce llorón? Quizás con los dos, porque en todos nosotros conviven la alegría y la tristeza.

Pero investiga de dónde nace tu tristeza. Le echamos la culpa a lo que llamamos la realidad, las limitaciones de la vida. Antes me quería, ahora no me quiere. Antes estaba sano, ahora estoy enfermo. Antes tenía esto y aquello, ahora no lo tengo.

Pero esos problemas no están ahí, sino en mi modo de verlos, en la mente humana. En mis apegos, en mis miedos. Tan claro es que en la realidad no están los problemas que, si yo desaparezco, la realidad sigue su camino, como si nada: el trigo crece en el campo, el panadero sigue horneando pan, y alguien hace el amor o da a luz. Eres tú el que se siente herido, es tu yo-mente el que sufre. Tú eres libre para unirte a la nube de negatividad, de tristeza, de llanto, o dejarla pasar, no identificarte con ella y mirar más a fondo, donde siempre eres sol de amanecer.

¿Quieres aplauso, glamour, riqueza, posesiones? Te equivocas, tú puedes ser feliz sin todo eso. Tú no eres tus apegos. En la Bhagavad Gita, el libro sagrado de los hindúes, el Señor Krishna dice a Arjuna: “Aunque esté hundido en el fragor de la batalla, él mantiene su corazón el mantiene su corazón a los pies de loto del Señor”. Y el gran Maestro Eckhart: “Dios no se alcanza mediante un proceso de adición a nada en el alma, sino por un proceso de sustracción”. Ignacio de Loyola lo llama ponerse “indiferente”, situarse en aquello para lo que he sido creado, en el amor. Di ahora: “Más allá de las lágrimas soy amor”.

La gente exclama: “Me siento bien porque el mundo está bien”. Eso es incorrecto. Debes decir: “El mundo está bien porque me siento bien”.

“Aunque diera todo a los pobres y mi cuerpo a las llamas –escribe Pablo-, ¿de qué me serviría si no amo?”. Esa es la clave. Pero si amas, no acapares, no intentes conformar al otro a tu imagen. Deja ser al otro como es, no como quieres que sea. Porque los lazos que se basan en deseos son muy frágiles. Hoy la sociedad nos tiene programados: “Sé como te dice mamá publicidad”. Frase genial la de Tony de Mello: “Dentro de mí suena una melodía cuando llega mi amigo, y es mi melodía la que me hace feliz; y cuando mi amigo se va me quedo lleno de su música”. Se trata de mirar al sol que amanece más allá de del sauce llorón. Conéctate con el sol, pues él siempre está ahí.

Pedro Miguel LAMET, El sol y el sauce llorón, en Revista 21, mayo 2016, p. 53.

Semana 22 de mayo: PRÓLOGO AL LIBRO DE VICENTE SIMÓN

VICENTE SIMÓN, CubiertaVICENTE SIMÓN, Para cuando sufras. Versos, mindfulness y sabiduría, Sirena de los Vientos, Madrid 2016.

PRÓLOGO

Consciente o no de ello, parece innegable que el ser humano va buscando sabiduría, aquel saber sabroso –la sabiduría nace del saboreo de lo experimentado- que se traduce en comprensión y que es fuente de libertad interior, de plenitud y de felicidad.

Hay un dinamismo en todos nosotros que nos impele a esa búsqueda. Por más que en ocasiones tratemos de adormecerlo o incluso negarlo, por más que en otras intentemos compensarlo y reducirlo a la mera erudición, por más incluso que queramos perdernos en distracciones, el impulso permanece. Y no es difícil, si se mira con limpieza, percibirlo como expresión de la Verdad que busca abrirse camino.

En su camino, la Verdad irá deshaciendo una a una todas nuestras creencias –los pequeños “mapas” que nuestra mente había construido-, hasta dejarnos desnudos y, por ello mismo, capaces de acogerla; hasta poder rendirnos y, en la misma entrega a lo que es, descubrir el secreto último que la existencia encierra, y que tan magníficamente supo expresar aquel gran poeta que fue Jorge Guillén: “Solo ser. Nada más. Y basta. Es la absoluta dicha”.

La palabra sencilla y sabia –profunda por humilde- de Vicente Simón nos introduce amablemente en esa misma sabiduría. Psiquiatra, catedrático de psicobiología y pionero impulsor de los programas del “mindfulness” en España, Vicente –autor de libros valiosos en ese tema- nos regala ahora esta colección de poemas, en los que aparece, sin pretenderlo, el secreto que ha inspirado y sigue inspirando toda su trayectoria profesional. Se nos muestra el hombre que ha buscado, luchado y experimentado. Y eso es lo que ahora comparte y nos regala: unos textos que derrochan sabiduría –aquel saber sabroso-, que es luz y es humildad. Por lo que, a medida que el lector se va dejando tomar por ellos, se descubre a sí mismo asintiendo a lo que lee, hasta terminar exclamando con el autor: “¡Es todo tan sencillo…!”.

Este es el don de Vicente: hablar con la sencillez y la humildad de quien se ha desnudado ante la Verdad y de quien ha visto (y comprendido) que, en rigor y más allá del juego de las apariencias, realmente todo es muy sencillo. Esto convierte a sus poemas en “recordatorios” para conectar con nuestra propia verdad ya que, como él mismo dice en uno de ellos, a los humanos nos resulta demasiado fácil olvidarnos de lo que somos.

En realidad, cada poema viene a recordarnos siempre la misma verdad: como han afirmado los sabios –desde Jesús de Nazaret hasta Nisargadatta o Ramana Maharshi-, nuestra verdadera identidad es “YO SOY”: ignorarlo es esclavitud (al ego) y sufrimiento; comprenderlo es liberación y gozo.

Pues bien, como decía, Vicente tiene el don de facilitarnos el acceso a esa comprensión de un modo sencillo y cordial: de ahí que resulte fácil reconocerse en sus textos y adentrarse en la sabiduría que proponen. La clave es simple: poner atención; atender y entregarse a lo que es. Como un estribillo, esta consigna vuelve una y otra vez a lo largo de todos los poemas.

Es la atención, no el pensamiento, la que nos permite comprender. Y cuando comprendes –nos recordará Vicente- te rindes, y cuando te rindes comprendes. Y amas. El poeta sabe que la vida no es un sustantivo –algo cerrado y estático-, sino un verbo, o mejor aún, un gerundio. La vida es siempre un viviendo, un siendo en cada instante. Pero eso únicamente puede verse desde la atención: es esta la que nos hace descubrir que, más allá del juego del espacio y del tiempo creados por la mente, somos eternidad, es decir, pura Presencia. La atención nos hace caer en la cuenta de algo elemental que, sin embargo, nos pasa desapercibido: “si te das cuenta, / es que eres”. Con lo que volvemos al principio de la sabiduría: la única certeza es la certeza de ser, el “YO SOY”.

Por ello, esta hermosa colección de poemas constituye una ferviente llamada a la realidad y, por tanto, a la verdad. Desnudando las creencias con que se maneja el ego o la mente (“Esto no debería ser así, aquello debería ser de otro modo…”), la verdad nos muestra que somos uno con el Fondo de todo lo real. Y que la Realidad una, por más que habitualmente la pensemos como “externa” a nosotros, constituye nuestra propia esencia.

Los poemas nos vienen a recordar que esa comprensión se traduce necesariamente en un dejarse fluir marcado por la compasión y la ternura.

El secreto –es necesario decirlo una vez más- radica en el “darse cuenta”, que no es sino otra forma de nombrar la consciencia, la atención o, como dirá el autor, el “saber mirar”… La consciencia (atención), como también se nos recordará, nos hace salir del tiempo y anclarnos en la eternidad; diluye las ideas sobre lo real porque permite la manifestación de la Realidad misma; libera del apego a (identificación con) los pensamientos y de ese modo posibilita la libertad interior y la felicidad. En resumen, nos saca del engaño dualista y nos abre el pasaje a la no-dualidad. Y es que, como dijera el poeta y místico Rumi, “el peregrinaje al lugar de los sabios consiste en encontrar cómo escapar de la llama de la separación”.

Al terminar la lectura, no ya de la colección, sino de cada uno de los poemas de Vicente, me queda un profundo sentimiento de gratitud. Agradezco ser conducido, de modo tan sencillo, a renovar la experiencia de nuestra verdadera identidad, a ejercitarme en vivir desde la sabiduría-comprensión que lleva a amar todo lo que es, todo lo que aparece, hasta “ver la pureza en todo” y estallar con el autor en su mismo grito de gozo y plenitud: “¡Qué feliz soy…, cuando solo soy!”.

La mente no puede comprender ni nombrar la no-dualidad. Sin embargo, poemas como estos son bienvenidos porque ayudan a tomar distancia de ella, salir de su modo de ver, acallarla y, así, trascenderla, facilitando el des-velamiento (aletheia) de lo Real no-dual. Es la meta a la que apunta la sabiduría que, seamos o no conscientes de ella, internamente nos mueve.

Los poemas de Vicente –y este es seguramente su mayor mérito- constituyen una valiosa “puerta de entrada” para quienes buscan sabiduría: iniciar el “peregrinaje al lugar de los sabios” (Rumi), saboreando la verdad y la belleza de la no-dualidad.

Enrique Martínez Lozano

Semana 22 de mayo: PARA CUANDO SUFRAS

HuracánPARA CUANDO SUFRAS

 

 

Date un respiro cuando sufras.

Date un respiro.

Te lo mereces,

Tú y el universo que te acoge

 

No te vas a romper,

Puedes sufrir.

Todos lo hacen

Por un tiempo.

 

Piensa que sufrir

Es humano,

Y te hace más humano todavía.

Nunca sufres solo.

 

Pero date cuenta

De que estás sufriendo,

Ahora mismo,

En este irrepetible momento

 

Y acuérdate,

Que como humano que eres,

También puedes amar

Entonces, date amor y consuelo.

 

Eres una criatura que sufre

Eres una criatura que ama

Y esa criatura que ama

Puede consolar a la criatura que sufre.

 

No dejes de hacerlo.

Ama al que sufre, alívialo.

Y, si ahora, el que sufre eres tú,

Consuélate, queriéndote tal como eres

 

*********************

 

Girasoles¡QUÉ FELIZ SOY!

 

 

¡Qué feliz soy cuando sólo soy!

¡Qué feliz soy sólo siendo!

 

Estando sencillamente aquí

Notando la vida en mi cuerpo

 

Sintiendo que vivo y respiro,

Que siento.

Que puedo pensar

Que no pienso.

 

Comprobando que veo,

Aunque miro y no quiero ver

Nada especial ni concreto.

Porque todo está bien

Todo está bien, todo es bueno.

 

Sintiendo mi cuerpo

Y el espacio que ocupa

Y que puedo moverme

Aunque me esté muy, que muy quieto

 

Y escuchando el bullir de las cosas

Sus trajines, suspiros y roces

Sus silencios y estrépitos

Sus señales de vida, su estruendo

 

Y yo sigo aquí

Encantado, contento

 

Sin afán, sin empeño

Sin rencor, sin lamento

Sin espera ni anhelo

Ni angustia, ni tedio

 

Sigo aquí

Siendo, siendo

¡Qué feliz, sólo siendo!

 

Vicente SIMÓN, Para cuando sufras. Versos, mindfulness y sabiduría, Sirena de los Vientos, Madrid 2016.

Semana 15 de mayo: LA RISA COMPASIVA

Vivir en el ahora“Bienaventurados los fracturados, porque dejan pasar la luz”.

Entrevista de Inma Sanchís a Alain Vigneau, actor, clown y pedagogo, en La Contra de La Vanguardia, 01.04.2016.

56 años. Nací en Pau, la ciudad de Enrique IV, y vivo dentro de mi maleta con casa en Castellón. Tres uniones, 4 hijos –el mayor de 33 y la pequeña de 4 años–, y 4 nietos. Urge sanarnos cada uno de nosotros, no queda otra para tener una buena sociedad. Dios no nos quiere por cómo somos, sino por cómo es él.

 

Tuvo una infancia violenta y dolorosa y arraigó en él la desesperación. Invirtió media vida en asumir el sentido tragicómico de lo humano y en ser capaz de reírse de sí mismo. Fue pastor, viajó por medio mundo con Payasos sin Fronteras, fundó la compañía de teatro La Stravagante. Descubrió que la nariz de payaso, esa mínima máscara, nos permite ser nosotros mismos, mostrar nuestra pequeñez, nuestro desconcierto ante un mundo exigente, sanar nuestras heridas, y creó Clown Esencial, talleres terapéuticos (Clownesencial.com) que imparte en colaboración con el doctor Claudio Naranjo en los programas SAT. Resume sus vivencias como terapeuta clown en Clown Esencial. El arte de reírse de sí mismo (La Llave).

 

De niño me enfadé mucho con Dios y firmé un pacto íntimo y secreto. Algo así como “de acuerdo, si tengo que vivir en medio de estas circunstancias, lo haré, pero pagarán por ello”. Se trata de un contrato de desamor con el mundo, algo muy común.

¿Qué le ocurrió?

A mi madre la asesinó su amante. Yo tenía 7 años. Mi padre me sentó en sus rodillas y me dijo: “Tu madre se acabó”. Me comí un pañuelo y estuve un mes sin hablar.

El alma infantil es como plastilina, las cosas impactan como meteoritos, su razonamiento no es el del adulto. Obviamente, yo quería matar al asesino, pero se suicidó. Me quedé con esa carga de rabia y de desamparo dentro.

¿Sin refugio?

Tenía a mi abuela materna. Pero al cabo de cinco años encontró una granada de la Segunda Guerra Mundial que le explotó en las manos. Crecí con esos golpes que te hacen ver que la vida no es nada, es solo ahora, y que tiene una dimensión violenta.

¿Qué fue de usted?

Viví sin rumbo. A mi padre apenas lo conocía y le temía. En el colegio me sentía distinto porque ellos tenían madre y yo no. Esa exclusión del club de los normales me dolía muchísimo.

¿Cómo transitó por la adolescencia?

Abandoné los estudios y me fugué a la montaña. Me hice pastor de ovejas. Durante diez años viví con mi pareja en una finca en ruinas, y allí tuvimos dos hijas que crecieron entre corderos, sin electricidad, sin agua caliente: una vida arcaica. Pero mi dolor y mi locura no cejaron. Yo era un tipo violento.

¿Y quiso ser payaso?

Era otro de mis sueños. Mi madre pintaba payasos. Viajé muchísimo por el mundo con Payasos sin Fronteras y me di cuenta de que todos lloramos y reímos en el mismo idioma.

Y usted ¿aprendió a reír?

Por mi viejo contrato con Dios entendí muy pronto que la vida es algo muy serio y que hay un monstruo que, si eres demasiado feliz, se despertará porque duerme con un ojo abierto. Me costó más de diez años de actuaciones permitirme reírme de mí mismo.

¿Aconteció de repente?

Sí, en un momento del espectáculo me rendí a la felicidad del público y así me rendí a la mía propia, reí, solté el control, acepté… Fue revelador, y empecé a trabajar con Claudio Naranjo en los programas terapéuticos SAT que se imparten por medio mundo, creé Clown Esencial.

¿La terapia del payaso?

Sí, un espacio para celebrar juntos nuestra torpeza e inutilidad –este tragicómico intento de ser nosotros mismos–, para mirarnos sin culpas ni prejuicios protegidos por una nariz roja, y así desacralizar nuestra insignificante seriedad y transformar nuestro pasado en patrimonio.

Transformó su dolor en arte.

Sí, y ese arte me hacía tener un lugar en el mundo. Todos queremos pertenecer. Y tenemos derecho a ser inútiles. Yo creo que estamos muy enfermos de una santa seriedad, un altar en el que sacrificamos mucha espontaneidad y dulzura. Somos mucho más amorosos de lo que nos mostramos.

Forma parte de nuestra torpeza.

Sufrimos mucho más por no poder amar lo suficiente que por no ser amados lo suficiente. En realidad, todo se reduce a amor y dolores de amor. Castramos nuestra sensualidad, amorosidad, nuestra capacidad de gozo…, y lo hacemos con sumo esfuerzo.

Un sinsentido.

Es legítimo que queramos ser grandes, pero es muy cansado. Cuando celebramos nuestra pequeñez nos hacemos grandes de una forma más espléndida y más relajada, y no hacemos pagar al mundo nuestro esfuerzo. Mi trabajo es celebrar la condición tragicómica de la vida.

Es necesario reparar el amor a uno mismo.

Confundimos amarnos con ser orgullosos, cuando querernos a nosotros mismos es un acto de profunda humildad: ver lo que hay dentro y reconsiderarse. Pero anida en nosotros un cansancio íntimo, casi vergonzoso, que aflora cuando nos quitamos el maquillaje del personaje de la vida social, profesional o familiar.

Hay un anhelo de ser nosotros mismos, sin tanto esfuerzo ni requisito, ser sin aparentar, existir sin tener que pagar nada a cambio, pero no alcanzamos ni para querernos a nosotros mismos y nos pasamos la vida pidiendo a otros que nos quieran. Vivimos llenos de autoexigencia.

Agotador.

El público ríe o llora con el clown porque se reconoce. Nos igualan nuestras imperfecciones, no nuestras grandezas. Yo soy consciente de que tengo un perro feroz dentro y otro bondadoso que despierta cada mañana dispuesto, y hay que ayudarle.

¿Cómo?

Reconociéndolo. Yo soy un torpe patético que tiene derecho a una vida buena… Hay una frase hermosa de Yvan Audouard: “Bienaventurados los fracturados porque dejan pasar la luz”.

¿Reivindica el derecho a la torpeza?

Sí, a la inutilidad, a no servir para nada y no ser condenado por ello. Colocarse la nariz es justamente brillar desde la propia inadecuación social, física o intelectual. Comunicar nuestro desamparo frente a la complejidad del mundo es más constructivo que maquillarlo.