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Semana 5 de agosto: CAMBIO DE MODELO

¿CRISIS DE VALORES O CRISIS DEL MODELO DUAL?
OTRO MODO DE VER, PARA VIVIR DE OTRO MODO

III. Cambio en el modelo de cognición

          Pero hay todavía más. A mi parecer, y a tenor de los indicios que parecen cada día más manifiestos, no se trata únicamente de un cambio de paradigma –como otras veces ha ocurrido en la historia-, sino además de un cambio radical en el modo de conocer: lo que se halla en crisis es nada menos que nuestro habitual modelo de cognición. Por lo que, mientras no asumamos el nuevo modelo, con las implicaciones que conlleva, la crisis seguirá sin resolverse adecuadamente. 

      Dicho más claramente: nos hallamos enredados en una absolutización del modelo mental que –como nos recuerdan las tradiciones de sabiduría– nos mantiene “dormidos” y, por tanto, en la ignorancia, la confusión y el sufrimiento. Sin superar ese modelo, no lograremos “despertar”.

     Afrontemos, pues, la cuestión de los modelos de cognición. Y, para empezar, me gustaría reconocer la magnífica labor que, entre nosotros, están llevando a cabo varios filósofos. Me refiero a Mónica Cavallé, Consuelo Martín, Jorge Ferrer, Aitxus Iñarra y José Díez Faixat, entre otros[1].

      Pero no es solo en filosofía: en campos tan dispares como la física, las neurociencias, la psicología, la medicina o la educación…, está teniendo lugar una apertura inédita, impensable hace solo unos años, hacia una visión más holística o integral de lo humano en particular y de toda la realidad en general.

       Lo que está ocurriendo en todos esos campos, aunque no se haya nombrado de este modo, es la percepción de que el modelo mental es radicalmente limitado y necesita ser complementado por el modelo no-dual.

     Existen dos modos básicos de acercarnos a comprender lo real: a través de la mente o través de la experiencia no-mediada. Al primero lo llamamos modelo mental y ofrece un conocimiento por análisis y reflexión. El segundo es el modelo no-dual y hace posible un conocimiento por identidad[2].

         El modelo mental se basa en la razón y funciona a través del análisis y de conceptos “claros y distintos”. Es posible gracias a la separación que establece entre sujeto y objeto, perceptor y percibido. Sin tal separación, el modelo no podría funcionar. Pero, como consecuencia inexorable de la misma, sus características no pueden ser otras que estas: dualismo, separatividad y objetivación.

     Es decir, la mente fractura la realidad –a partir de aquella dualidad primera–, reduciéndola a la suma de una infinidad de realidades separadas, a las que, también de un modo inexorable, ha reducido previamente a objetos. De hecho, pensar es sinónimo de delimitar y objetivar.

     ¿Qué significa esto? Por un lado, que el modelo mental funciona admirablemente en el mundo de los objetos, lo cual explica el extraordinario desarrollo de la ciencia y de la tecnología en nuestro medio sociocultural; por otro, sin embargo, que parte de un engaño original que, sin embargo, es incapaz de percibir: da por supuesto que la realidad es tal como el propio modelo la capta, sin advertir que la mente no ve la realidad, sino únicamente su interacción con ella.

    Esta trampa, tanto más peligrosa cuanto más inadvertida y dada por supuesta como si de un axioma se tratara, ha sido (es) la causante de los efectos reduccionistas y empobrecedores del modelo. En efecto, los resultados más graves, por engañosos, pueden formularse de este modo:

  • La realidad es como la ve nuestra mente.
  • Solo existe lo que la mente ve (lo empíricamente demostrable).

      Ambos axiomas, aceptados vulgarmente de una forma incuestionada, han dado lugar a un modo de ver reduccionista, que ha hecho de la ciencia una pseudo-religión –con sus dogmas, sus gurús y su exigencia de adhesión ciega–, cayendo en un cientificismo chato cuyas consecuencias todavía estamos padeciendo.

     Si la realidad es como la ve nuestra mente, y si solo existe lo que ella ve, está abierto el camino al nihilismo y al vacío existencial. Pero, ¿es realmente así?

      El psicólogo italiano Giorgio Nardone afirmaba, en una entrevista reciente, que “es una perversión de la inteligencia creer que la razón lo solventa todo”. Ha sido necesario llegar al final del callejón sin salida adonde conduce el modelo mental –cuando se absolutiza– para darnos cuenta de que hay vida más allá de la mente; para reconocer lo que siempre nos habían dicho los sabios y los místicos: existe otro modo de acceso a la realidad que es previo a la razón.

        Ni el conocimiento se reduce al pensamiento ni nuestra identidad se reduce al yo. Es claro que, desde la mente, no podemos vernos sino como yoes separados. Pero no porque lo seamos, sino porque el modelo no permite ver otra cosa que objetos.

      Desde el modelo no-dual, por el contrario, todo se modifica. Y es que, como ha escrito Consuelo Martín, “mientras estoy pensando creo que veo la verdad de las cosas pero lo único que hago es barajar interpretaciones escuchadas a otros. No descubro sino por serena observación que ver no es pensar[3].

          Decía más arriba que el modelo mental nos otorga un conocimiento por reflexión. El modelo no-dual, por el contrario, posibilita el conocimiento por identidad. Esto significa que, basta aprender a silenciar la mente, para que todo ser humano pueda experimentarlo por sí mismo.

          En realidad, ese es el único requisito. Se requiere silenciar la mente –tiene toda la razón Vicente Simón cuando escribe que se necesita “calmar la mente, para ver con claridad[4]; y Consuelo Martín cuando indica que “si no hay silencio del pensamiento no sabremos lo que es la verdad[5]–, porque el modelo mental es esencialmente separador, por lo que, mientras no salgamos de la mente, es imposible otro conocimiento que no sea el de objetos.

        Acallada la mente, ¿qué ocurre? Que la consciencia se reencuentra consigo misma. Y que, sin negar las diferencias en las que la propia consciencia se manifiesta y expresa, accedemos a ver la unidad que todas comparten. A este abrazo de las diferencias en una unidad mayor es a lo que llamamos “no-dualidad”.

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[1] De entre ellos, me parecen de lectura obligada los siguientes libros: M. CAVALLÉ, La sabiduría recobrada. Filosofía como terapia, Kairós, Barcelona 2011; C. MARTÍN, La revolución del silencio. El pasaje a la no-dualidad, Gaia, Madrid 2002; J.N. FERRER, Espiritualidad creativa. Una visión participativa de lo transpersonal, Kairós, Barcelona 2007. J. DÍEZ FAIXAT, Siendo nada, soy todo. Un enfoque no dualista sobre la identidad, Dilema, Madrid 2007.

[2] Para un estudio detenido de los modelos de cognición, he de remitir a lo que he expuesto en E. MARTÍNEZ LOZANO, Otro modo de ver, otro modo de vivir. Invitación a la no-dualidad, Desclée De Brouwer, Bilbao 2014.

[3] C. MARTÍN, La revolución del silencio. El pasaje a la no-dualidad, Gaia, Madrid 2002, p.41.

[4] V. SIMÓN, Aprender a practicar mindfulness, Sello Editorial, Barcelona 2011, p.28.

[5] C. MARTÍN, La revolución del silencio. El pasaje a la no-dualidad, Gaia, Madrid 2002, p.49.

Semana 5 de agosto: NEUROQUANTOLOGÍA

Referencia en: http://www.mentesana.es/blogs/ibone-olza/neuroquantologia_1481

           La conciencia en el universo es invariante a escala e implica un horizonte de eventos del cerebro humano”. Lo han publicado en la revista Neuroquantology.

         Por lo visto, se trata de aplicar la física cuántica al estudio de las neurociencias para poder comprender cosas que con la física normal resultan incomprensibles. Las funciones extremadamente rápidas del cerebro sugieren que procesa información a través de un mecanismo aún no revelado, y seguramente la física cuántica nos ayude a comprenderlo.

         El profesor Dirk Meijer de la Universidad de Groningen, en Holanda, afirma en el artículo que la conciencia reside en un campo que rodea el cerebro, un campo que “está en otra dimensión” y que, por lo que han observado, se parece bastante a los agujeros negros del espacio exterior.

       Según Meijer, la mente es como un campo que existe alrededor del cerebro; que recoge información del exterior del cerebro y la comunica o refleja al cerebro en un proceso extremadamente rápido, a través de lo que llaman “enredo cuántico”. Este campo puede recoger para nosotros información de cosas tan desconocidas para nuestras conciencias como el campo magnético de la Tierra, la energía oscura y otras fuentes aún más incomprensibles.

        Este campo gravitacional transmitiría esa información de las ondas al tejido cerebral. Es decir, el cerebro y sus neuronas serían, según sus propias palabras, “el instrumental en el procesamiento de la información consciente y subconsciente de alta velocidad“. Para que nos lo podamos imaginar mínimamente lo comparan con “un campo estructurado holográfico”, un “espacio de trabajo mental receptivo”, un “dominio metacognitivo” y el “espacio de memoria global del individuo”.

       Meijer añade que el campo mental no es material: “el espacio de trabajo mental propuesto se considera no material, depende directamente de la fisiología del cerebro, pero no se puede reducir a ella”. Según estos investigadores, la conciencia debe de tener forma toroidal, como si fuera un flujo de información de horizontal y vertical pero también ondular. Esta geometría toroidal me deja pasmada. Por lo visto, son patrones de flujos y ondas que parecen tener formas muy similares siempre: hablemos del universo, de los agujeros negros, de las galaxias, los ciclones, del campo electromagnético del cuerpo humano o de las fascinantes formas geométricas de plantas como el brócoli romanesco. Según ellos en realidad estas formas que se repiten son el reflejo de una conciencia básica universal que se reproduce a todos los niveles como forma elemental.

Semana 29 de julio: UN CAMBIO DE PARADIGMA

¿CRISIS DE VALORES O CRISIS DEL MODELO DUAL?
OTRO MODO DE VER, PARA VIVIR DE OTRO MODO

II. Un cambio de paradigma

          Una crisis de tal envergadura no es casual. Indica, más bien, que se están conmoviendo los propios cimientos sobre los que nos creíamos asentados. Por tanto, no servirá de mucho responder a los síntomas recurriendo a parches puntuales o con efectos cosméticos. Será necesario replantearnos de dónde venimos, y dónde se hallan otros cimientos más sólidos sobre los que edificar nuestra vida y nuestro proyecto colectivo.

          En una primera aproximación, resulta claro que nos hallamos ante un cambio de paradigma. Un paradigma es toda una constelación de ideas, creencias, valores, costumbres, comportamientos…, que constituyen un marco a través del cual vemos la realidad. La modificación del marco produce inevitablemente una sensación de desconcierto e inseguridad: caemos en la cuenta de que nada parece ser lo que era. Ha bastado que se moviera el marco, para que nuestra percepción se viera alterada, y lo que creíamos sólido se descubriera sumamente frágil y precario.

          Hace más de cinco siglos, se había empezado a vivir un cambio de paradigma en el paso de la premodernidad a la modernidad: el mito y la heteronomía se vieron sustituidas por la prevalencia de la racionalidad y la autonomía, que situaron al “yo” en el centro y en la cúspide de la escena humana.

          Aquel paso supuso un enorme salto hacia adelante, gracias al desarrollo de la razón crítica −piénsese en los llamados “maestros de la sospecha” y en la emancipación de los diferentes ámbitos del saber con respecto a la tutela de la Iglesia− y al reconocimiento del valor de la individualidad.

         Sin embargo, la historia posterior −particularmente en el siglo XX− habría de mostrar los límites de ambos valores: su absolutización los había convertido en mitos intocables, pero había puesto de manifiesto sus carencias. La absolutización de la razón desembocó en un reduccionismo ignorante y empobrecedor de lo humano; la absolutización del yo nos clausuró en la jaula de la confusión, haciéndonos tomar por nuestra identidad lo que solo era un objeto dentro de ella.

          Esto es lo que se está haciendo evidente en el paso del paradigma de la modernidad al de la postmodernidad, en el que, superados aquellos mitos, se empieza a hacer patente una doble constatación: por un lado, el reconocimiento de la unidad de todo –la misma física cuántica sabe que todo lo real constituye una gran red inextricablemente interrelacionada− y, por otro, la percepción de que el yo −como subrayan incluso los experimentos rigurosos llevados a cabo en el campo de las neurociencias− es una mera ficción mental.

          Resulta curioso que ambas afirmaciones pertenezcan a la más genuina sabiduría de las diferentes tradiciones espirituales. Lo cual nos hace ver que la auténtica sabiduría −la que trasciende la razón− es atemporal. Pero vayamos más despacio.

          La envergadura de la crisis se explica, pues, porque nos hallamos en medio de un cambio de paradigma, que modifica nuestra visión de la realidad, por cuanto nos abre a una percepción diferente de aquella a la que estábamos acostumbrados. ¿Cómo no habría de darse una crisis de valores?

          Dentro de ese mismo cambio de paradigma habría que señalar, además, otros factores colaterales: el paso de una sociedad estática a una sociedad de innovación constante; de una cultura agraria a otra postindustrial avanzada; de una predominancia de lo colectivo a una exaltación de lo individual; de la seguridad puesta en normas fijas y aceptadas, basadas en el principio de autoridad, a la anomia generalizada, por la que cada cual debe darse a sí mismo sus propias “normas” y modos de vivir…

Semana 29 de julio: POSTHUMANIDAD

CAMBIO DE ÉPOCA: LA POSTHUMANIDAD

Por Javier del Arco, biólogo y epistemólogo.
Editor del Blog Biofilosofía de Tendencias21.
https://www.tendencias21.net/Avanzamos-hacia-una-conmocion-de-la-especie-humana_a44563.html

“Avanzamos hacia una conmoción de la especie humana. Solo el conocimiento tecno-científico alumbrará la posthumanidad…. Asistimos a una revolución asimétrica de proporciones colosales que apunta a una gran conmoción, a una puntuación de la especie humana. Tan sólo el conocimiento tecno-científico podrá rescatar lo rescatable y hacer emerger una nueva humanidad necesariamente muy diferente de la actual: la posthumanidad”.

       La filosofía ha discurrido en estos años por riberas acuosas y, ciertamente insustanciales por el agotamiento de la retórica postmoderna. Sin embargo presiento un fuerte retoñar de esta en el campo científico. La sucesión ininterrumpida de acontecimientos científicos, tecnológicos (que hemos  reunido en un solo concepto) y sociales en un mundo totalmente asimétrico, turbulento y desgraciadamente violento, necesitan de una profunda reflexión.

          Nuestro objetivo es la ciencia, pero no por la ciencia, sino en cuanto que actividad del hombre y para el hombre. Sospechamos que carece de límites y por eso, como se explicará a continuación, la hemos acompañado de una cierta ética para que la estirpe humana comprenda que es una gran estupidez autodestruirse.

           Mejor una evolución por traumática que sea. Si como establecen Eldrege y Jay Gould en su teoría del Equilibrio Puntuado (1), la especiación se produce en situaciones de crisis, es más que posible que en pocos años emerja una nueva humanidad y vaya pereciendo la vieja. Esta pirueta biológica, que a buen seguro será muy criticada, me da pie a esperar con Höldeling que allí donde se halla el mayor peligro, radica también lo que salva.

             Hace unos años el Profesor Quintín Racionero, Catedrático de Filosofía de la UNED, expresaba  en un lúcido artículo publicado en la Revista de Filosofía (2) que la postmodernidad no era “algo” que venía después de la modernidad y derivado de ella, sino que se trataba de un enfoque distinto del pensamiento filosófico, científico y vital.

            Como ya anunciaba Lyotard en su célebre conferencia  dictada en 1971 y luego muy publicada (3) “La condición postmoderna. Un informe sobre el saber”, la postmodernidad tenía el carácter de condición, no se trataba de una continuidad, sino de un nuevo enfoque del pensamiento filosófico y científico que, además, abría la puerta a un nuevo modelo social: el de la sociedad líquida, estudiado exhaustivamente por el sociólogo Zygmunt Bauman en múltiples libros, cuyo primer exponente, al menos para mí, fue su obra “Modernidad líquida” (4). A este le siguieron diversos títulos que trataban desde el amor hasta el miedo, es decir una visión del hombre en un mundo inseguro, dubitativo, sin puntos de referencia ni “puertos seguros donde cobijarse” y un tanto desquiciado.

            Este panorama de incertidumbre, riesgo (5) y cansancio (6) nos deja pocas certidumbres. Yo las reduzco, en el plano filosófico y a mi parecer vital, tan solo a dos: la epistemología, y como ciencia secundaria “de amortiguación y reflexión sobre lo investigado y lo innovado”, la ética. En mis reflexiones yo reservo a la ética un doble papel modulador: el de evitar en lo posible el riesgo que la ciencia conlleva impulsada por la inteligencia y el de recordar al científico la necesidad de la libertad propia y la de los demás.

           Bien sé que el problema del libre albedrío es abstruso y quienes tendrán la última palabra creo que serán los neurocientíficos (7). No obstante, yo me refiero a una libertad más “casera” referida a la convivencia entre seres humanos que han de respetarse los unos a los otros en un marco convivencial donde la libertad de cada uno termine donde comience la libertad del otro, de los otros. Esto me da pie a una reflexión absolutamente paralela pero creo que necesaria.

          Emmanuel Levinas, en su reflexión ética, identificaba al “otro” con el extranjero, la viuda y el huérfano (8). Hoy esa identificación sigue siendo válida si a ese extranjero lo identificamos con el emigrante y le añadimos la mujer maltratada hasta la extenuación o la muerte por causas del machismo, la religión y culturas diabólicas en las que la mujer queda cosificada, los niños pobres del tercer y cuarto mundo y los mayores, abandonados todos por la crueldad del pensamiento turbocapitalista dominante. Sobre la necesaria “domesticación” del macho, son importantes las reflexiones de Peter Sloterdijk en su magnífica obra “Normas para el parque humano”, cuya lectura recomiendo.

          Tras este hiato, ciertamente más largo de lo que hubiese deseado pero necesario, retomo el hilo del discurso.

Una única cultura

           La epistemología hoy retoma las preguntas de Kant -sobre todo el compendio de ellas sobre qué es el hombre- en un clima de alta ebullición científica y tecnológica. Pero responder a eso es imposible sin realizarnos antes muchas otras preguntas  porque hoy la filosofía se fundamenta esencialmente en preguntas, y muchas de esas preguntas no pueden responderse con los elementos de los que la ciencia dispone. Otras ya sí y desde hace poco tiempo.

            Pues bien esa visión epistemológica de nuestro tiempo, necesariamente transversal y por ende transdisciplinar, debe comenzar por afirmar que la cultura es una, compuesta por elementos diversos que se substancian en una unidad, como recordaba siempre el añorado Ángel Martín Municio.

           Desde ese presupuesto unificador de las ciencias en su más amplia acepción, pretendemos bucear en  los nuevos avances científicos y tecnológicos, y ponerlos en sintonía unos con otros y, especialmente con su descubridor: el hombre.

             Debo decir que la ciencia y la tecnología se han entrelazado, re-mezclado, formando un armazón elástico, modulable y sin fin, pero con fuertes disrupciones o puntuaciones (como denominaba Stephen Jay Gould a los hechos repentinos que ocurren en la evolución). Eso es lo que una mayoría denomina tecnociencia y revolución tecnocientífica (9).

           Como señala Manuel Castells “la integración creciente entre mentes y máquinas, incluida la del ADN, está borrando lo que Bruce Mazlish denomina la cuarta discontinuidad, -la que existe entre humanos y máquinas- alterando de forma fundamental el modo en que  nacemos, vivimos, aprendemos, trabajamos, producimos, consumimos, soñamos, luchamos y morimos” (10). Por todo ello, podemos afirmar que más allá de nuevos paradigmas y modelos, asistimos a una revolución asimétrica de proporciones colosales que no solo afecta al sustrato material con el que los humanos hacemos la historia, sino también  a la naturaleza intrínseca de su protagonista principal: el hombre.

            El Homo Sapiens, un gran primate depredador (en este caso en su acepción más amplia), está dotado de un único y poderoso cerebro, un universo de 1.350-1400 gr., con una complejidad de sus conexiones neuronales y la plasticidad de las mismas, extrema.  A partir de esa prodigiosa máquina que es nuestro peligroso cerebro, que puede contar hoy con fabulosos recursos tecnocientíficos,  surge la pregunta obligada: ¿tendrá ese cerebro la capacidad suficiente para construir máquinas capaces de auto-reproducirse y auto-mejorarse igualando o superando su propia capacidad?

            El hecho, de producirse, recibe ya el nombre de singularidad tecnológica basado en el advenimiento de la inteligencia artificial general (también conocida como IA fuerte). La singularidad tecnológica (11) implica que un determinado equipo de computación, una red informática de múltiples equipos, o bien un robot, podrían adquirir por sí mismos la capacidad de auto-mejorarse con la característica de ser capaces de auto-reproducirse y, posteriormente, intervenir de forma autónoma en el diseño y construcción de otras computadoras o robots mejores que sus máquinas originarias. Se dice que las repeticiones de este ciclo probablemente darían lugar a un efecto fuera de control, algo así como una explosión de inteligencia (12), en donde las máquinas inteligentes podrían diseñar generaciones de máquinas sucesivamente más potentes. La creación de inteligencia sería muy superior al control y la capacidad intelectual humana (13).

 Hacia una gran conmoción

        Personalmente, me interesan algunos autores de los que hablaré en sucesivos artículos. Ese interés radica en la emergencia de las ciencias biológicas en su combinación con las tecnologías informacionales, como partes importantes de todo  este proceso.

          En 2009, Raymond Kurzweil (al que deberemos próximamente dedicar un espacio más amplio) y el fundador de X-Prize, Peter Diamantes, anunciaron la creación de la Universidad de la Singularidad, cuyo propósito consiste en educar, inspirar y preparar a los científicos e ingenieros para aplicar tecnologías exponenciales suficientemente potentes para hacer  frente a los grandes retos de la humanidad (14). Esta curiosa Institución está financiada por Google, Autodesk, ePlanet Ventures y un grupo de líderes de la industria tecnológica afines a dicha Universidad. La organización sin fines de lucro ejecuta un programa anual de posgrado de diez semanas durante el verano que abarca diez tecnologías diferentes y elementos tecnocientíficos concomitantes. También se llevan a la práctica una serie de programas en todo el año.

           En 2010, Aubrey de Grey a quien tuve el placer de presentar en un importante Seminario organizado por Tendencias 21 en El Escorial, acuñó el término “Methuselarity” (15), que podríamos  traducir muy libremente por “Modelo Matusalén” por el que postula hasta qué punto la tecnología médica mejora tan rápido que la vida humana útil esperada aumenta más de un año por cada año vivido.

           Hoy hay modelos primitivos de interacción hombre-máquina ya en funcionamiento como son los brazos robóticos que siguen órdenes cerebrales o la restauración de funciones neuronales dañadas, por poner algún ejemplo. Pero la interacción profunda aún no se ha producido.

           No obstante lo dicho, si el paradigma TIC ha revolucionado el mundo, está convergiendo con él otro mucho más silencioso pero de mayor potencia que es el NBIC.

          En este sentido, algunos autores utilizan “la singularidad” de una manera más amplia para referirse a los cambios radicales en nuestra sociedad, provocados por las nuevas tecnologías como la nanotecnología molecular (16).

          Por último y retomando la idea expuesta al comienzo del artículo, nos hallamos en un periodo previo, o periodo post-post (no es orientalismo, es juego de palabras). Por cierto, el último término de este tipo es la posverdad de la que nos ocuparemos en su momento.

           Este periodo, creo que en trance de finalización sin predecir tiempo alguno, apunta a una gran conmoción, a una puntuación de la especie humana. Tan solo el conocimiento tecnocientífico podrá rescatar a lo rescatable y emerger entonces una nueva humanidad necesariamente muy diferente de la actual: la posthumanidad.

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Notas

(1) Eldrege, N. y Gould, S.J. (1977): Punctuated Equilibria: The Tempo and Mode of Evolution Reconsidered. Paleobiology, 3(2): 115-151.
(2) Racionero Q. No después sino distinto. Notas para un debate sobre ciencia moderna y postmoderna. Revista de Filosofía nº 21. Pg. 113 a 155. 1999.
(3) Lyotard, J.F. La condición postmodena. Informe sobre el saber. Cátedra, 1987.
(4) Bauman, Z. Modernidad Líquida, FCE, Mexico 2003.
(5) Beck, U. La sociedad del riesgo: hacia una nueva modernidad. Paidos Ibérica, 2006.
(6) Byung-Chul Han. La sociedad del cansancio. Pensamiento Herder, 2ª Ed., 2017.
(7) Rubia Vila, Francisco J. ¿Existe el libre albedrío? Tendencias 21, junio 2008.
(8) Lévinas, Emmanuel. El tiempo y el otro. Ediciones Paidós Ibérica. 1993. Para un buen estudio de la Ética de Levinas ver  artículo de Aljoscha Begrich.
(9) Echeverría, J. La Revolución Tecnocientífica, FCE, 2003.
(10) Castells, M. La era de la información. Vol 1. La sociedad Red. 2ª Ed.
(11) Kurzweil, Ray. La singularidad está cerca, cuando los humanos trascendemos la biología. Lola Books. 2005.
(12) Chalmers. D. Singularity, intelligence ExplosionSingularity Institute for Artificial Intelligence. 2008.
(13) Carvalko, J. The Techno-human Shell-A Jump in the Evolutionary Gap. Sunbury Press. 2012 (14) Ver la página Web de la  Singularity University.
(15) De Grey, A. The singularity and The Mathuselarity : similarities and differences.
(16) h+ Magazine. | Covering technological, scientific, and cultural trends that are changing human beings in fundamental ways.

Semana 22 de julio: CRISIS DE VALORES O CRISIS DE MODELO

¿CRISIS DE VALORES O CRISIS DEL MODELO DUAL?
OTRO MODO DE VER, PARA VIVIR DE OTRO MODO

I. Introducción

          Si algo parece incuestionable es que nos hallamos ante una crisis global, en muchos sentidos sin precedentes en la historia de nuestra especie.

          Pero esto puede ser una buena noticia. En realidad, toda crisis es una encrucijada que, obligándonos a replantear las cuestiones básicas –porque después de ella nada podrá volver a ser como antes–, encierra la promesa de un amanecer más pleno y radiante…, siempre que estemos dispuestos a vivirla como oportunidad y queramos aprender lo que tiene que enseñarnos[1].

          Nos hallamos, pues, en medio de una crisis global –afecta a las distintas dimensiones de nuestra vida: económica, política, social, de instituciones públicas, religiosa, planetaria, ecológica…– que es también, y básicamente, una crisis de valores.

          En realidad, si entendemos por “valores” aquellas realidades –cualidades, aptitudes, criterios, comportamientos…– que nos humanizan, individual y colectivamente, parece exacto decir que, en el origen de cualquier crisis, podrá detectarse una crisis de valores. Bien porque se ha modificado la evaluación que hacemos de las cosas, bien porque nos habíamos fundamentado en determinados criterios que han resultado, no solo frágiles, sino engañosos.

          Ahora bien, dado que toda crisis –individual o colectiva, puntual o global– conlleva, al menos en su inicio, un elemento de “confusión” que suele descolocarnos, parece prioritario detenerse para elaborar un diagnóstico lo más ajustado posible. Solo la lucidez –la comprensión adecuada de lo que ocurre– permitirá avanzar en la dirección correcta y ofrecer los medios ajustados para una resolución positiva.

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[1] Sobre el sentido de las crisis personales y el modo de gestionarlas constructivamente, E. MARTÍNEZ LOZANO, Crisis, crecimiento y despertar. Claves y recursos para crecer en consciencia, Desclée De Brouwer, Bilbao 52018.