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NADA PUEDE APLASTAR LA VIDA

Domingo de Pascua 

21 abril 2019

Jn 20, 1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien quería Jesús, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro, se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro. Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo como las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

NADA PUEDE APLASTAR LA VIDA

      El simbolismo de este texto, de una riqueza extraordinaria, empieza jugando con contrastes. Para quien ha vivido la experiencia, se trata del “primer día de la semana”; para María Magdalena, sin embargo, todavía es de noche: “aún estaba oscuro”. Sabemos que para el autor del cuarto evangelio, la noche es sinónimo de oscuridad, confusión, ignorancia; el “primer día”, por el contrario, alude a la “nueva creación”. A la oscuridad de quienes aún no lo han experimentado, los testigos proclaman: Jesús ha resucitado y su resurrección constituye una “nueva creación” del mundo, sobre cimientos de vida y certeza definitivas.

       Un contraste similar es el que muestra a María marchando al sepulcro –el “sepulcro” es el lugar de la muerte y de la desesperanza–, cuando la realidad es que “la losa estaba quitada”, es decir, la muerte había sido vencida. Imagen que, entre líneas, nos sugiere algo profundamente sabio: debajo de cada “losa” que parezca aplastarnos, hay vida que quiere resucitar.

        Más profundamente aún, no hay ninguna “losa”: nada es capaz de aplastar la vida. Cualquier “losa” que nuestra mente pueda imaginar ha sido ya “quitada”: lo que somos, se halla siempre a salvo; la vida no puede ser derrotada.

         Pero María sigue sin “ver” –no ve más allá del Jesús difunto– y recurre a una explicación “racional”: “Se lo han llevado”. Con todo, no deja de buscar; echa a correr… y contagia a los discípulos en su misma búsqueda, aunque también estos no piensan más que en el “sepulcro”, es decir, en la muerte como final.

      Continúa el simbolismo: lo que ven no es al Resucitado, sino “vendas” y “sudario”. El apunte que habla del “sudario enrollado en un sitio aparte” parece querer indicar que no se ha tratado de un robo del cadáver. Pero tanto las vendas como el sudario no son elementos que “produzcan” por sí mismos la fe en la resurrección: es lo que le ocurre a Pedro. Se requiere una forma de “ver” que vaya más allá de la materialidad, o mejor, que sepa descubrir en lo material la Presencia inmaterial que todo lo ocupa y alienta.

          Quien sabe “ver” de ese modo es “el otro discípulo, a quien quería Jesús”. Se trata del “discípulo amado” que, en el cuarto evangelio, es imagen del verdadero discípulo.

        En el plano simbólico, es indudable que el amor –que “corre” más deprisa que la autoridad– capacita para ver. Vienen a la memoria palabras como las de Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no conoce”; o las de El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry: “Lo esencial es invisible a los ojos; solo se ve bien con el corazón”. Y es que el amor, por su propia estructura integradora y unificadora, nos hace descubrir la dimensión más profunda de lo real que, de otro modo, se nos escapa.

     El relato, pues, es una catequesis: una invitación a saber mirar con el corazón para poder descubrir, en las “vendas” que nos rodean, al Resucitado, la Presencia de Lo Que Es. 

¿Sé ver más allá de las “vendas” que me rodean por doquier?

Semana 14 de abril: LO QUE HE APRENDIDO (J.L. Borges)

De tanto perder aprendí a ganar;
de tanto llorar se me dibujó la sonrisa que tengo.

Conozco tanto el suelo que solo miro el cielo.

Toqué tantas veces fondo que, cada vez que bajo, ya sé que mañana subiré. Me asombró tanto cómo es el ser humano, que aprendí a ser yo mismo.

Tuve que sentir la soledad para aprender a estar conmigo mismo
y saber que soy buena compañía.

Intenté ayudar tantas veces a los demás, que aprendí a que me pidieran ayuda. Trate siempre que todo fuese perfecto y comprendí que realmente todo es tan imperfecto como debe ser (incluyéndome).

Hago solo lo que debo, de la mejor forma que puedo y los demás que hagan lo que quieran.

Vi tantos perros correr sin sentido, que aprendí a ser tortuga y apreciar el recorrido.

Aprendí que en esta vida nada es seguro, solo la muerte…, por eso disfruto el momento y lo que tengo.

Aprendí que nadie me pertenece, y aprendí que estarán conmigo el tiempo que quieran y deban estar, y quien realmente está interesado en mi me lo hará saber a cada momento y contra lo que sea.

Que la verdadera amistad sí existe, pero no es fácil encontrarla.

Que quien te ama te lo demostrará siempre sin necesidad de que se lo pidas. Que ser fiel no es una obligación sino un verdadero placer cuando el amor es el dueño de ti.

Eso es vivir…

La vida es bella con su ir y venir, con sus sabores y sin sabores…

Aprendí a vivir y disfrutar cada detalle, aprendí de los errores pero no vivo pensando en ellos, pues siempre suelen ser un recuerdo amargo que te impide seguir adelante, pues, hay errores irremediables.

Las heridas fuertes nunca se borran de tu corazón pero siempre hay alguien realmente a dispuesto a sanarlas .

Y no te esfuerces demasiado porque las mejores cosas de la vida suceden cuando menos te las esperas. No las busques, ellas te buscan.

Lo mejor está por venir.

Jorge Luis Borges

 

MORIR CONFIADAMENTE

Domingo de Ramos

14 abril 2019

Lc 23, 1-49

En aquel tiempo, el senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y letrados se levantaron y llevaron a Jesús a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo diciendo: “Hemos comprobado que este anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey”. Pilato preguntó a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. El le contestó: “Tú lo dices”. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la turba: “No encuentro ninguna culpa en este hombre”. Ellos insistían con más fuerza diciendo: “Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí”. Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes, se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días. Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de él y esperaba verlo hacer algún milagro. Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero él no le contestó ni palabra. Estaban allí los sumos sacerdotes y los letrados acusándolo con ahínco. Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal.

Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo: “Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y resulta que yo lo he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré”. Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa diciendo: “¡Fuera ese! Suéltanos a Barrabás”. (A este lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio). Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. El les dijo por tercera vez: “Pues, ¿qué mal ha hecho este? No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré”. Ellos se le echaban encima pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío. Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio.

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: «dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces empezarán a decirles a los montes: «desplomaos sobre nosotros», y a las colinas: «sepultadnos»; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?”. Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él.

Y cuando llegaron al lugar llamado “La Calavera”, lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Y se repartieron sus ropas echándolas a suerte. El pueblo estaba mirando. Las autoridades le hacían muecas diciendo: “A otros ha salvado, que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido”. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: “ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS”. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro le increpaba: “¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha faltado en nada”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. Jesús le respondió: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Era ya eso de mediodía y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Y dicho esto, expiró. El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios diciendo: “Realmente, este hombre era justo”. Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvían dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando.

MORIR CONFIADAMENTE

          Parece seguro que, en un primer momento, existía un relato del proceso a Jesús y de su crucifixión, que habría servido de base para todos los evangelistas. Más aún, según los especialistas, tal relato habría sido el primero en escribirse. A partir de él, el autor (o autores) de cada evangelio fueron construyendo su propia narración, de acuerdo con sus intereses y las necesidades de la comunidad a la que se dirigían.

          El relato de Lucas llama la atención, entre otras cosas, por las palabras que pone en boca del crucificado. Parece claro que tales palabras no pudieron salir de los labios de Jesús: su situación agónica no lo hubiera permitido, ni la distancia exigida por los soldados a quienes acompañaban a los torturados las habrían hecho audibles.

          Es lógico pensar que, con tales expresiones, Lucas –como los autores de los otros evangelios– busca transmitir lo que intuye que vive Jesús, a la vez que subraya aquellos valores que le resultan más característicos del Maestro.

          En concreto, las expresiones que pone Lucas en boca del crucificado son tres: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”; “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”; “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

          Perdón que nace de la comprensión, certeza de que la Vida no muere y confianza radical en la Fuente de la vida: he ahí las claves que definen el modo de morir de Jesús y que se hallan en clara continuidad con lo que había sido toda su existencia.

        El perdón auténtico nace siempre de la comprensión. Cuando no es así, suele adoptar tintes de paternalismo, de superioridad moral o de obligación voluntarista. Solo cuando se comprende que el daño nace de la ignorancia –y que cada persona hace en todo momento lo que puede y sabe– se alcanza a comprender que el perdón genuino consiste en ver que no hay nada que perdonar.

      La certeza de que la Vida no muere viene igualmente de la mano de la comprensión: quien comprende, como Jesús, que nuestra verdadera identidad es la vida, se sabe siempre a salvo. El crucificado es el mismo que, según uno de los autores del cuarto evangelio, dijo: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25). La muerte en la cruz es trágica, pero no alcanza a matar aquello que realmente somos.

      La confianza radical en la Fuente de la vida (el “Padre”) había coloreado toda la enseñanza de Jesús. Su mensaje fue un canto a la confianza, que brotaba de su propio modo de vivir, totalmente entregado, confiado y dócil, hasta poder decir: “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre” (Jn 4,34).

Perdón, certeza de que somos Vida, confianza: ¿cómo vivo estas actitudes?

Semana 7 de abril: CONSCIENCIA DESPUÉS DE LA MUERTE

Entrevista de Lluís Amiguet a Pim van LOMMEL, en La Contra de La Vanguardia, 20.05.2018.
http://www.lavanguardia.com/lacontra/20180520/443704351764/hay-conciencia-despues-de-la-muerte.html?utm_campaign=botones_sociales_app&utm_source=whatsapp&utm_medium=social

Pim Van Lommel, cardiólogo: investiga regresos de la muerte.

Tengo 58 años. Soy cardiólogo desde hace 31 y profesor de Cardiología del hospital Rijnstate de Arnhem (Holanda). He visto morir a cientos de pacientes y resucitar a algunos: mi vida cambió cuando empecé a averiguar qué había al otro lado. Mi estudio en ‘The Lancet’ desafía el concepto de conciencia de la medicina oficial.

Más allá

“Si estoy yo, no está la muerte; si está la muerte, no estoy yo. ¿Por qué, pues, preocuparnos de ella?”. Lo decía Epicuro y para mí era suficiente hasta ahora, pero el doctor Van Lommel me lo deja inservible: si está la muerte, seguimos estando nosotros. La pregunta es: ¿seguimos siendo nosotros? Y si no somos nosotros ya, ¿quiénes somos? Como todos los grandes avances, el de Van Lommel, avalado por The Lancet (“Near death experience in survivors of cardiac arrest: a prospective study in the Netherlands”, diciembre del 2001), más que responder, plantea un montón de preguntas. Al contestar a las mías, Van Lommel me ha transmitido la tranquilidad de un hombre feliz, porque se ha asomado al más allá como científico y le ha gustado.

Tenía 42 años y sufrió un infarto en el autobús. Llegó a mi hospital en coma, ya azul, sin pulso ni respiración. Lo intubamos. La enfermera le quitó la prótesis dental para conectarle el tubo…

¿Y murió?

Clínicamente estaba muerto. Pero al cabo de hora y media su corazón volvió a latir débilmente. Tras una semana abrió los ojos y la primera persona que vio fue aquella enfermera que le había intubado cuando estaba en coma.

¿Y…?

Fue la enfermera la que casi sufre un ataque entonces, porque el paciente que ella había visto muerto la saludó y le dio las gracias por haberle intubado con mimo. Y le preguntó dónde había puesto su prótesis dental…

No es la primera vez que se explican estas experiencias: túneles, luces blancas…

Pero es la primera vez que la prestigiosa The Lancet publica un estudio como el mío, que desafía nuestro concepto de conciencia.

Cuénteme.

Es el primer estudio científico prospectivo, no retrospectivo; es decir, no explicamos experiencias después de la muerte (EDM), porque ya han sido suficientemente documentadas, sino que apuntamos las causas que las producen.

Pues explique.

Estudiamos 344 casos de pacientes que habían sufrido un ataque cardiaco y estaban clínicamente muertos. Solo 62 de ellos (el 18 por ciento) había experimentado una EDM.

No son muchos.

Precisamente por eso, no aceptamos la explicación meramente fisiológica de esas EDM. Como sabe, hay tres explicaciones médicas hoy aceptadas para justificar las EDM.

No lo sabía, pero me estoy enterando.

La primera es fisiológica: la anoxia (falta de oxígeno) en el cerebro daría lugar a alucinaciones, luces blancas y demás.

Resplandor blanco al final del túnel.

Luego hay otra teoría, la psicológica, que sostiene que esas EDM son fruto del miedo a la muerte. Y luego una tercera teoría afirma que las EDM son consecuencia de la mezcla de ano­xia y el miedo a la muerte.

 ¿Y usted qué cree?

Yo he demostrado que no puede ser la anoxia, pues todos los pacientes la padecen y, por tanto, todos tendrían también que experimentar una EDM. En cambio, solo el 18 por ciento de quienes la experimentan tiene una EDM. Tampoco acepto la teoría psicológica, porque los 344 pacientes que entrevisté no tienen conciencia de haber sufrido ese miedo a la muerte.

 ¿Y son sinceros siempre?

Sus recuerdos son precisos, claros y muchas veces comprobables, como el de la prótesis que le explicaba. Pero no cuestione mi estudio. ¿Por qué no cuestiona nuestra idea de conciencia?

 Estoy dispuesto.

Muchos médicos, cuando oyen estas historias de pacientes, prefieren atribuirlas a alucinaciones, al trauma, a lo que sea, porque cuestionan su concepto de conciencia y de muerte.

¿Y usted?

Yo ya no puedo aceptarlo tras mis 31 años de cardiólogo y de haber visto morir a cientos de pacientes y resucitar a decenas de ellos. La medicina oficial considera que la conciencia es un producto del cerebro y por lo tanto desaparece cuando desaparecen las funciones cerebrales.

Eso tiene su lógica…

¡Pero la realidad y mi experiencia lo desmienten! Estos enfermos con sus EDM demuestran que hay conciencia después de la muerte y la tenían cuando ya estaban clínicamente muertos y sin funciones cerebrales. Su percepción estaba encima de su cuerpo y fuera de él. ¡Y tuvieron experiencias ultrasensoriales comprobadas!

 ¿Y usted qué piensa?

Me interesa el concepto de conciencia como retransmisor de ondas, una especie de televisión que repite ondas que llegan de otro sitio. Así que, aunque el cerebro deje de funcionar, la conciencia sigue retransmitiendo.

 Interesante.

Y me intriga ver cómo las experiencias después de la muerte cambian la vida de mis pacientes. ¿Sabe que el 70 por ciento de los regresados se divorciaron poco después?

 ¿Por qué?

Porque ya eran otras personas y su nueva personalidad no casaba con su antigua pareja. Cuando regresan de la muerte, los pacientes con una EDM ya son otras personas.

 ¿Por qué?

Han perdido el miedo a la muerte, pues han estado allí y saben que no pasa nada, que de algún modo siguen estando en alguna parte. Y eso les cambia su manera de vivir.

 Pero no son ellos ya…

¡Por ahí va usted bien! Ahora siga pensando conmigo…

 Lo intentaré.

¿Cómo es posible que cambiemos nuestro cuerpo hasta la última célula unas 50 veces en 80 años –si es que llegamos a vivirlos– y sigamos siendo nosotros?

 ¿Aún somos nosotros?

Siga haciéndose preguntas. ¿Está la conciencia ligada a nuestro yo o puede ir más allá? Está claro que puede ir más allá de la muerte. Lo hemos demostrado.

 Doctor, no sé si yo quiero ir más allá.

Ese es el problema de muchos humanos y, no crea, también de muchos médicos.

 ¿Y usted?

A mí, este estudio me ha cambiado la vida porque, si no temes la muerte, cambias tu vida.

MORALISMO, FANATISMO E INSEGURIDAD

Domingo V de Cuaresma

7 abril 2019

Jn  8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al Monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él y, sentándose, les enseñaba. Los letrados y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio y, colocándola en medio, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La Ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, hasta el último. Y quedó solo Jesús, y la mujer en medio, de pie. Jesús se incorporó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?”. Ella contestó: “Ninguno, Señor”. Jesús dijo: “Tampoco yo te condeno. Ve en paz, y en adelante no peques más”.

MORALISMO, FANATISMO E INSEGURIDAD

          La escena –que no pertenecía originalmente al evangelio de Juan– remite a una pregunta muy frecuente en el trasfondo de los evangelios sinópticos: ¿qué es más importante: la norma o la persona? La ley judía, tal como indican quienes llevan a la mujer ante Jesús, exigía la muerte de los adúlteros: “Si uno comete adulterio con la mujer de su prójimo, los dos adúlteros son reos de muerte” (Lev 20,10); “Si sorprenden a uno acostado con la mujer de otro, han de morir los dos” (Deut 22,22). Aunque, en realidad, en una cultura tan machista como aquella, quien realmente moría era la mujer.

          La religión reviste a la norma de un “manto sagrado” que pretende hacerla rígida e “intocable”, al ser presentada y considerada como expresión de la voluntad divina. La religión suele entender la norma como expresión de los “intereses de Dios” frente a los intereses del ser humano, dando como resultado un planteamiento en clave de rivalidad.

        Por esa razón, la persona religiosa puede convertirse en fanática, arrogándose nada menos que la defensa de la voluntad divina. Así se explica la obcecación cruel de quienes, en nombre de la Ley, no dudan en apedrear a una mujer hasta la muerte.

          Mientras la persona se halla identificada con ese modo de ver, no se cuestiona su actitud: aunque sea dar muerte a alguien, eso es lo que se debe hacer. Sin embargo, apenas tomamos un mínimo de distancia, empiezan los interrogantes: ¿Qué religión es esa en cuyo nombre se pueden matar personas y que no defiende al ser humano por encima de cualquier otro valor?

          Se trata, sencillamente, de una religión que, al absolutizarse, se ha pervertido, proyectando un dios a imagen de los peores tiranos, autocráticos y vengativos.

         Nos hallamos ante un riesgo que suele acechar a la persona religiosa…, mientras no desmonta sus ideas sobre Dios. Una prueba de ello es que este pasaje que comentamos fue omitido en la mayoría de los códices y a punto estuvo de perderse. La peripecia de este texto parece poner de relieve la tendencia humana a asegurar el cumplimiento de la norma, así como el miedo a admitir excepciones a la misma. No sería extraño que aquella comunidad primera hubiera tenido miedo de la actitud libre y perdonadora de Jesús, hasta el punto de silenciar (censurar) su novedad. 

       Detrás de tanto juicio y condena –como en el texto que leemos hoy–, parece que no hay sino una inseguridad radical, que se disfraza justamente de seguridad absoluta. La misma necesidad de tener razón y de creerse portadores de la verdad es indicio claro de una inseguridad de base que resulta insoportable. Por eso, el fanatismo no es sino inseguridad camuflada, del mismo modo que el afán de superioridad esconde un doloroso complejo de inferioridad, a veces revestido de “nobles” justificaciones

          Ante esa situación, Jesús no entra en discusiones, ni en intentos de convencerlos de lo errado de su posición. Como si supiera que las polémicas, cuando hay inseguridad (aunque sea inconsciente), no hacen otra cosa sino que las personas todavía se amurallen más en sus posturas previas y busquen más “argumentos” para sostenerlas.

          Precisamente porque conoce el corazón humano, acierta al decir: “El que esté sin pecado que le tire la primera piedra”. Ante estas palabras, que desnudan las etiquetas autocomplacientes de quienes se creían “justos”, todos se alejan. Nadie es mejor que nadie: ¿con qué derecho juzgamos, descalificamos y condenamos?

          Pero la respuesta de Jesús no termina ahí. La suya es una palabra de denuncia para los censores, pero de perdón para la mujer. No hay condena: “ve en paz”.

¿Descubro en mi vida algún signo de intolerancia que nace de mi inseguridad?

Semana 31 de marzo: PALABRAS DE SABIDURÍA (Rumi)

A Rumi, el gran poeta y místico sufí del siglo XIII, se le atribuyen estas respuestas:

¿Qué es el veneno?

Cualquier cosa más allá de lo que necesitamos es veneno. Puede ser el poder, la pereza, la comida, el ego, la ambición, el miedo, la ira, o lo que sea…

¿Qué es el miedo? 

La no aceptación de la incertidumbre. Si la aceptamos, la incertidumbre se convierte en aventura.

¿Qué es la envidia? 

La no aceptación de la bienaventuranza en el otro. Si lo aceptamos, se torna en inspiración.

¿Qué es la ira?

La no aceptación de lo que está más allá de nuestro control. Si lo aceptamos, se convierte en tolerancia.

¿Qué es el odio?

La no aceptación de las personas como son. Si las aceptamos incondicionalmente, se convierte en amor.

¿Qué es la madurez espiritual?

  • Dejar de tratar de cambiar a los demás y concentrarnos en cambiarnos a nosotros mismos.
  • Aceptar a las personas como son.
  • Entender que todos están acertados según su propia perspectiva.
  • Aprender a “dejar ir”.
  • Ser capaz de no tener “expectativas” en una relación, y dar de nosotros mismos por el placer de dar.
  • Comprender que lo que hacemos, lo hacemos para nuestra propia paz.
  • Dejar de pretender demostrar al mundo lo inteligente que se es.
  • Dejar de buscar la aprobación de los demás.
  • Dejar de compararnos con los demás.
  • Estar en paz consigo mismo.
  • Ser capaces de distinguir entre “necesidad” y “querer” y somos capaces de dejar ir ese querer.
  • Dejar de unir la “felicidad” a las cosas materiales.