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Semana 14 de enero: ESTADO MENTAL Y SEPARATIVIDAD

“Hay una sola Realidad. Pero no la vivimos directamente, sino a través de la mente, y la mente la fracciona: cuando la ve dentro, la llama «yo»; cuando la ve fuera, la llama «mundo»; cuando la ve arriba, la llama «Dios»” (Antonio Blay).

         Las actitudes y conductas humanas son deudoras del nivel de comprensión en el que cada persona se encuentra. Aunque sea un tanto simplista, en cierto modo podríamos hablar de dos niveles o estados de consciencia: el “estado mental” y el “estado de presencia”. El primero está regido por la identificación con el yo o ego, que implica reducción a la mente y absolutización de su modo de ver. El segundo, por el contrario, requiere, de entrada, una toma de distancia de la mente, que se traduce en una –mayor o menor– desidentificación del yo. Pues bien, según predomine en una persona uno u otro de esos estados, sus actitudes y conductas vendrán coloreadas por el ego más o menos narcisista –ego es sinónimo de narcisismo– o bien por una consciencia ampliada, caracterizada por la desapropiación.

          La identificación con la mente –que nos sitúa automáticamente en el llamado “estado mental”, del que provenimos como especie– conlleva consecuencias que marcarán de manera crucial nuestro modo de situarnos en todos los ámbitos de la existencia.

     Características básicas de la mente son la separatividad, el contraste y la reactividad. Pensar equivale a delimitar, es decir, a separar, a partir de aquella primera separación (sujeto/objeto) que hace posible el pensamiento. Lo que ocurre después es bien conocido: su propia naturaleza separadora lleva a la mente a creer que la realidad es una suma de objetos separados…, y a actuar en consecuencia.

          Esta errónea creencia de base condicionará todo lo demás. Olvidamos que lo real es radicalmente uno y que es solo la mente la que nos induce a una percepción equivocada. E ignoramos igualmente que, aun siendo diferentes, somos lo mismo que todo lo que es.

      Asumida aquella creencia, nos equivocaremos también a la hora de comprendernos a nosotros mismos, hasta el punto de confundir nuestra identidad –una con todo lo que es– con nuestra personalidad, la “forma” (personaje) que nuestra mente delimita. Ha nacido el “yo” como entidad separada y hemos puesto en él nuestra identidad. De esta manera, desconectamos de lo que somos y nos tomamos por lo que no somos. A partir de ahí, juzgamos como ilusión lo real, y lo real como ilusorio. Y ese es realmente nuestro “pecado original”, en cuanto constituye el origen de nuestra confusión, extravío y sufrimiento.

Semana 14 de enero: CEREBRO Y BONDAD

“La base de un cerebro sano es la bondad”.

Entrevista de Ima Sanchís a Richard Davidson, doctor en Neuropsicología, investigador en neurociencia afectiva, en La Contra,  de La Vanguardia, 27 de marzo de 2017.

Nací en Nueva York y vivo en Madison (Wisconsin), donde soy profesor de Psicología y Psiquiatría en la universidad. La política debe basarse en lo que nos une, solo así podremos reducir el sufrimiento en el mundo. Creo en la amabilidad, en la ternura y en la bondad, pero debemos entrenarnos en ello.

Ciencia y amabilidad

Su investigación se centra en las bases neuronales de la emoción y los métodos para promover desde la ciencia el florecimiento humano, incluyendo la meditación y las prácticas contemplativas. Fundó y preside el Centro de Investigación de Mentes Saludables en la Universidad de Wisconsin-Madison, donde se llevan a cabo investigaciones interdisciplinarias con rigurosidad científica sobre las cualidades positivas de la mente, como la amabilidad y la compasión. Ha cosechado importantes premios y está considerado una de las cien personas más influyentes del mundo según la revista Time. Tiene multitud de investigaciones y varios libros publicados. Ha ofrecido un seminario para Estudios Contemplativos en Barcelona.

Yo investigaba los mecanismos cerebrales implicados en la depresión y en la ansiedad.

…Y acabó fundando el Centro de Investigación de Mentes Saludables.

Cuando estaba en mi segundo año en Harvard se cruzó en mi camino la meditación y me fui a la India a investigar cómo entrenar mi mente. Obviamente mis profesores me dijeron que estaba loco, pero aquel viaje marcó mi futuro.

…Así empiezan las grandes historias.

Descubrí que una mente en calma puede producir bienestar en cualquier tipo de situación. Y cuando desde la neurociencia me dediqué a investigar las bases de las emociones, me sorprendió ver cómo las estructuras del cerebro pueden cambiar en tan solo dos horas.

¡En dos horas!

Hoy podemos medirlo con precisión. Llevamos a meditadores al laboratorio; y antes y después de meditar les tomamos una muestra de sangre para analizar la expresión de los genes.

¿Y la expresión de los genes cambia?

Sí, y vemos como en las zonas en las que había inflamación o tendencia a ella, esta des­ciende abruptamente. Fueron descubrimientos muy útiles para tratar la depresión. Pero en 1992 ­conocí al Dalai Lama y mi vida cambió.

Un hombre muy nutridor.

“Admiro vuestro trabajo, me dijo, pero considero que estáis muy centrados en el estrés, la ansiedad y la depresión; ¿no te has planteado enfocar tus estudios neurocientíficos en la amabilidad, la ternura y la compasión?”.

Un enfoque sutil y radicalmente distinto.

Le hice la promesa al Dalai Lama de que haría todo lo posible para que la amabilidad, la ternura y la compasión estuvieran en el centro de la investigación. Palabras jamás nombradas en ningún estudio científico.

¿Qué ha descubierto?

Que hay una diferencia sustancial entre empatía y compasión. La empatía es la capacidad de sentir lo que sienten los demás. La compasión es un estadio superior, es tener el compromiso y las herramientas para aliviar el sufrimiento.

¿Y qué tiene que ver eso con el cerebro?

Los circuitos neurológicos que llevan a la empatía o a la compasión son diferentes.

¿Y la ternura?

Forma parte del circuito de la compasión. Una de las cosas más importantes que he descubierto sobre la amabilidad y la ternura es que se pueden entrenar a cualquier edad. Los estudios nos dicen que estimulando la ternura en niños y adolescentes mejoran sus resultados académicos, su bienestar emocional y su salud.

¿Y cómo se entrena?

Les hacemos llevar a su mente a una persona próxima a la que aman, revivir una época en la que esta sufrió y cultivar la aspiración de librarla de ese sufrimiento. Luego ampliamos el foco a personas que no les importan y finalmente a aquellas que les irritan. Estos ejercicios reducen sustancialmente el bullying en las escuelas.

De meditar a actuar hay un trecho.

Una de las cosas más interesantes que he visto en los circuitos neuronales de la compasión es que la zona motora del cerebro se activa: la compasión te capacita para moverte, para aliviar el sufrimiento.

Ahora quiere implementar en el mundo el programa Healthy minds (mentes sanas).

Fue otro de los retos que me lanzó el Dalai Lama, y hemos diseñado una plataforma mundial para diseminarlo. El programa tiene cuatro pilares: la atención; el cuidado y la conexión con los otros; la apreciación de ser una persona saludable (encerrarse en los propios sentimientos y pensamientos es causa de depresión)…

…Hay que estar abierto y expuesto.

Sí. Y por último tener un propósito en la vida, algo que está intrínsecamente relacionado con el bienestar. He visto que la base de un cerebro sano es la bondad, y la entrenamos en un entorno científico, algo que no se había hecho nunca.

¿Cómo se puede aplicar a nivel global?

A través de distintos sectores: educación, sanidad, gobiernos, empresas internacionales…

¿A través de los que han potenciado este mundo oprimido en el que vivimos?

Tiene razón, por eso soy miembro del consejo del Foro Económico Mundial de Davos, para convencer a los líderes de que hay que hacer accesible lo que sabe la ciencia sobre el bienestar.

¿Y cómo les convence?

Mediante pruebas científicas. Les expongo, por ejemplo, una investigación que hemos realizado en distintas culturas: si interactúas con un bebé de seis meses a través de dos marionetas, una que se comporta de forma egoísta y otra amable y generosa, el 99% de los niños prefieren el muñeco cooperativo.

Cooperación y amabilidad son innatas.

Sí, pero frágiles, si no se cultivan se pierden, por eso yo, que viajo muchísimo (una fuente de estrés), aprovecho los aeropuertos para enviar mentalmente a la gente con la que me cruzo buenos deseos, y eso cambia la calidad de la experiencia. El cerebro del otro lo percibe.

Apenas un segundo para seguir en lo suyo.

La vida son solo secuencias de momentos. Si encadenas esas secuencias, la vida cambia.

El mindfulness es hoy un negocio.

Cultivar la amabilidad es mucho más efectivo que centrarse en uno mismo. Son circuitos cerebrales distintos. A mí no me interesa la meditación en sí misma sino cómo acceder a los circuitos neuronales para cambiar tu día a día, y sabemos cómo hacerlo.

Semana 7 de enero: NI REYES NI MAGOS

Con su relato evangélico, parece que Mateo, el autor de nuestro primer evangelio, busca mostrar a Jesús como aquel que cumple las esperanzas, no ya únicamente del pueblo de Israel, sino de toda la humanidad, representada en los “Magos (sabios) de Oriente”.

          La narración, que solo se encuentra en este evangelio, pretendería universalizar la figura y el mensaje de Jesús, que se manifiesta (ese es el significado de “epifanía”, la fiesta que la Iglesia celebra el día 6 de enero) a “magos” (sabios) provenientes de lejos. La buena noticia desvelada en Jesús –viene a decir el evangelista- se extiende a toda la humanidad. El único requisito es “seguir la estrella” que conduce hasta el lugar adecuado.

          Hasta aquí, la lectura religiosa del texto, lectura que con el paso del tiempo habría de desarrollarse y enriquecerse con otros añadidos -referidos, por ejemplo, al número de los “magos”- y con tantas tradiciones que universalizaron a estas figuras, en innumerables representaciones (“cabalgatas”), como portadoras de regalos y haciendo las delicias de los sueños infantiles.

         El texto, en realidad, no dice que fueran “tres” (sino “unos”; fue en siglos posteriores cuando se empezó a hablar de “tres”, debido sin duda al número de regalos que menciona el texto evangélico: oro, incienso y mirra), ni “reyes”, ni tampoco “magos”, al menos en el sentido que hoy se otorga a esa palabra. Se refiere más bien a “sabios” –así los nombra- que, precisamente por su condición, constituían los testigos más adecuados del acontecimiento que se pretendía universalizar: los pobres (pastores) reciben el anuncio; los sabios lo descubren.

         En una lectura espiritual, parece que el texto remite a una actitud de apertura y de sabiduría o comprensión. El “recién nacido” buscado por los Magos es símbolo de nuestra verdadera identidad, lo que constituye el “tesoro” que andamos anhelando, al haber olvidado que ya lo somos. Somos, pues, Eso que vamos buscando. Pero, debido a nuestra ignorancia, necesitamos “ponernos en camino” y seguir la luz de la “estrella”.

          La “estrella” no es otra cosa que nuestro anhelo que, en forma de dinamismo y de luz, nos empuja hacia adelante, nos llama a ver en profundidad, hasta que podamos salir de la ignorancia y encontrar nuestra “casa”. La estrella no elimina la oscuridad, pero cuando le prestamos atención sabe conducirnos con seguridad…, aunque sea en medio de una noche oscura, como nos recuerdan místicos y poetas: “Sin otra luz y guía, sino la que en el corazón ardía”, reconocía Juan de la Cruz. Y lo reproducía Luis Rosales: “De noche iremos, de noche; sin luna iremos, sin luna; que para encontrar la fuente solo la sed nos alumbra”. La “sed” que arde en nuestro corazón constituye al mismo tiempo la luz. Pero es tenue, o quizás mejor, respetuosa, y basta nuestra indiferencia hacia ella para que se desvanezca.

         Con todo, el Anhelo no cesa. A poco que nos escuchemos percibiremos su voz. En una experiencia de plenitud o en medio de una crisis podremos experimentar que “Algo” nos llama a conectar con lo que realmente somos. La voz nace del Silencio y será justamente en el Silencio (de la mente o del yo) donde el experimentaremos el encuentro.

Semana 7 de enero: EL SILENCIO ES AUSENCIA DE EGO

“El silencio no es la ausencia de ruido, sino la ausencia de ego”.

Entrevista de Lluís Amiguet a Javier Melloni, en La Contra, de La Vanguardia, 21.03.2016.

Xavier Melloni, antropólogo, teólogo y eremita en la Cova de Sant Ignasi de Manresa. Tengo 53 años: sin la experiencia de Dios no tendrían sentido. Nací en Barcelona. Casado con la vida. ¿Hijos? Hay muchas maneras de engendrar. La política debe conjugar lo imposible. Un poco de ciencia te hace ateo; mucha ciencia te hace creyente. El místico experimenta lo que la ciencia demostrará.

 Antes que la ciencia.
Los lamas y los místicos trascendieron la religión al experimentar en su conciencia la energía del universo que Einstein describiría siglos después en fórmula y que hoy podemos verificar en el GPS. El jesuita Melloni, coautor con Josep Cobo de “Dios sin Dios” (Fragmenta), se dispone a recorrer en la Cova de Sant Ignasi la vía mística para trascender las religiones y anticipar su síntesis, porque cree, con Teilhard de Chardin, que la humanidad evoluciona hacia un estadio de conciencia armónico, que superará su división en naciones e iglesias. Algunos se empeñan en retroceder hacia el Dios tribal y terrible de las ejecuciones, pero acabarán uniéndose –anuncia– a quienes avanzamos hacia la luz.

 ¿Le molestó la blasfemia de aquella poetisa en el Ayuntamiento de Barcelona?

Mucho, pero no por Dios, porque a Dios la blasfemia no le llega, sino por lo que tenía de agresión contra las personas creyentes. Me sorprendió su rabia y me gustaría que me explicara la razón y el sentido de esa rabia.

¿De dónde cree usted que viene?

Es la reacción contra el residuo de la imposición del antiguo Dios autoritario. Hoy se blasfema menos, porque ese Dios impuesto está desapareciendo de nuestro imaginario.

La blasfemia en una sociedad libre sale barata, gracias a Dios.

En Irán la hubieran lapidado. Cierto.

¿Por qué en nuestra era postreligiosa cada vez hay menos curas y más artistas?

Porque ese ateísmo infantil bloquea la irrenunciable aspiración a trascender y muchos la buscan en el arte. Ese ateísmo del Dios autoritario es la fase purificadora en el proceso de la fe hacia el encuentro interreligioso.

Otros regresan hacia el Dios medieval.

Tras el ateísmo de ese Dios arcaico hay una forma progresiva de recuperar a Dios y otra regresiva: el fundamentalismo reaccionario.

¿Cuál es nuestro fundamentalismo?

Un narcisismo paradójicamente adicto a todo. Su expresión más ridícula son las redes sociales y las selfies: ya sólo nos interesa vernos y fotografiarnos a nosotros mismos.

Y nos enganchamos a cualquier cosa: drogas, el móvil, las series televisivas…

Por eso necesitamos ejercicio espiritual para superarlo. Y ahora… ¡Silencio!

¡…!

¿…?

El silencio no es la ausencia de ruido, sino la ausencia de ego. En los colegios laicos más avanzados del planeta se practica la meditación. Es un indicio esperanzador de que todos convergemos hacia un nuevo estadio.

Deme un consejo para Semana Santa.

Póngase una alarma y deténgase cada hora en ese silencio del ego. Deje que irrumpa el momento en toda su densidad en su conciencia. Pase así de ser mero okupa del espacio y el tiempo a integrarse en ellos. Y vivirá más. Cada instante es irrepetible: repítalo cada hora.

¡Magnífico! ¿Alguna otra sugerencia?

Renuncie a algo. La renuncia no quita; la renuncia da. Da libertad. Experiméntela. Libérese de algo de lo que cree depender.

¿Librarme de algo que necesito?

Progresará: el narcisismo y la adicción son estancamientos, fijaciones. Cuando los supere tendrá una autoestima sana. El siguiente paso es convertirla en realización y después en trascendencia. Es un proceso de superación personal –ontogénesis– que luego se repite –filogénesis– en toda la especie.

¿De verdad cree que progresamos?

Como las personas, los pueblos y las religiones también se estancan en el narcisismo. Para superarlo, deben morir en ese estadio primario y reaparecer en uno superior.

¿Cómo?

Las palabras condensan significado y energía: designan el mundo, pero también capturan cuanto designan, lo encierran. Por eso, hasta que sustituyes una palabra por otra, no puedes percibir el mundo de otro modo: no progresas. Para llegar al mar de la nueva conciencia, tal vez el río de cada religión deba perder su nombre. Y adoptar el nuevo.

¿Qué nueva fase?

Hoy los humanos entre fases de progreso estamos entre el miedo a esa evolución espiritual y la audacia de la ciencia. En ciencia sí hemos sido audaces hasta trascender la materia y llegar a la energía.

Usted dice que ya lo hacían los místicos.

Los místicos experimentaban por vía espiritual lo que después la ciencia recorrería con la razón empírica en el laboratorio. Sentían la energía que luego demostraría la física.

Visionarios de la energía del universo.

La mística solo anticipaba el camino de la ciencia. Por eso, un poco de ciencia te hace ateo, mucha ciencia te hace creyente. Las religiones orientales son la aceptación del ya es, y las occidentales añaden su rebeldía profética: la ascensión hacia lo que todavía no es.

¿Y hacia dónde vamos?

Vamos a la síntesis de las religiones. Y digo síntesis, porque es la superación de lo anterior con una unión armónica, y no sincretismo, que es su degradación en la mezcla.

¿Cómo y por qué ahora?

La densidad de conocimiento nos lleva a un cambio cualitativo de conciencia. El esfuerzo místico debe lograr que la experiencia mística vuelva a ser de nuevo anticipación del camino que recorrerá la ciencia.

¿Y usted va a intentarlo: ser místico?

Quiero dar un paso más allá del estudio al que he dedicado 15 años.

¿Cilicios, ayuno, mortificación?

Para nada. Solo vida normal y concentración.

Está usted muy delgado.

Porque estoy muy ocupado. La mística no es una experiencia religiosa, sino que intenta trascender lo religioso.

¿Cómo?

La globalización está aquí, pero debemos evitar que provoque traumas y violencia. Yo intentaré modestamente hacer lo posible para que haya lucidez hacia la síntesis.

Semana 31 de diciembre: FIN DE AÑO: “GRACIAS” Y “SÍ”

El cambio de año suele ser época de balances y de propósitos: analizar y evaluar lo acontecido para programar el futuro o proponerse metas a alcanzar. En este sentido, podría hablarse de balances económicos, informativos, psicológicos, de imagen…

          Sin negar la validez de cada uno de ellos en el campo en que se realice, la comprensión sabia de lo que somos -la “mirada espiritual”- otorga una visión de la realidad caracterizada por dos palabras: “Gracias” y “Sí”.

          Son las palabras con las que terminaba el diario de un amigo, quien me lo entregó para que lo leyera días antes de que él mismo falleciera en un accidente de tráfico.

          Tras hacer un recorrido por lo que consideraba más significativo de su existencia, este hombre joven cerraba su relato en esa fecha con estas palabras: “Por todo lo que ha sido, gracias; a todo lo que venga, sí”.

     Esas expresiones revelan, a mi parecer, la comprensión de la que hablaba. El pasado ha sido exactamente como tenía que ser; del mismo modo, el futuro será como tenga que ser. De ahí que la actitud sabia no pueda ser otra que la aceptación profunda, que consiste en alinearse con lo que es. De esa actitud brotará siempre gratitud y aceptación.

          Ahora bien, esto no es accesible para el yo ni para la lectura que la mente hace de los acontecimientos. La mente alberga siempre la pretensión de que las cosas sean como ella desea y el yo se afirma justamente en la resistencia a lo que es.

          Y parece que, aun siendo conscientes de que aquella pretensión –“las cosas deberían ser diferentes de lo que son”- y aquella resistencia generan siempre sufrimiento inútil, nos cuesta reconocer el error sobre el que se basan y seguimos manteniéndolas activas.

           Una y otra se apoyan, en realidad, en una doble creencia errónea: que somos “algo” separado o desgajado de la vida (lo Real), y que llevamos las riendas de lo que sucede. Sin embargo -las mismas ciencias modernas apuntan en esta dirección- parece que no es cierto ni lo uno ni lo otro. No somos el yo separado que nuestra mente piensa, sino la Vida misma que se expresa en esta forma concreta que llamamos “yo” o “personalidad”. Y tampoco somos, por tanto, portadores de una supuesta libertad individual o libre albedrío, capaz de modificar la realidad a nuestro antojo.

          Si nuestra verdadera identidad es una con la totalidad, es claro que somos libertad. Pero el sujeto de la misma no es el yo que, erróneamente, se cree libre, sino la misma totalidad que somos. Ni hay separación ni hay libre albedrío, aunque nuestra mente nos haga tener la sensación subjetiva de que es así.

          Cundo comprendes que eres uno con la totalidad -la totalidad misma que se despliega en todas las formas y en lo que percibimos como secuencia espacio-temporal-, desde esa profunda unidad radical, y en la certeza de que aquello que eres está más allá de todas las formas y siempre a salvo de toda circunstancia, de tu interior solo pueden brotar dos palabras: por todo lo que ha sido, gracias; a todo lo que ha de venir, sí.