Archivo de la categoría: Materiales

Semana 9 de abril: “SOMOS” ENERGÍA Y QUÍMICA

Francisco Barnosell, doctor en Medicina, investiga técnicas de curación de sanadores, entrevistado por Ima Sanchís, en “La Contra”, de La Vanguardia, 10 febrero 2013.

“61 años, barcelonés, dos hijos. ¿Política? La que prioriza la verdad. Colaboro con diversas clínicas en el diagnóstico de enfermedades neurológicas. He llegado a la conclusión de que somos energía en continuo cambio y hay que aprender a modularla para evitar las enfermedades”.

En carne propia

Hace nueve años, a este médico, hijo de médico, especializado en una técnica de diagnóstico neuromuscular (la electromiografía), se le ocurrió preguntarse por qué algunos pacientes desahuciados por la medicina convencional se curan con medicinas alternativas, y decidió investigarlo. Viajó por medio mundo al encuentro de chamanes, médiums y sanadores de todo tipo, trabajó con ellos e incluso se trató con ellos, y fue volcando sus experiencias en un blog con el seudónimo Paco Lacueva que en menos de un año tenía 100.000 visitas y en la actualidad, más de 500.000. De ahí nació Entre dos aguas (Luciérnaga). “Es posible combinar esas medicinas sin que se excluyan”.

******

El hijo de la portera tenía cáncer de mediastino. El pronóstico eran seis meses de vida.

Sí que empezamos bien.

Al cabo de un año estaba estupendo (vivió siete años más). Me dijo que lo había curado un chamán. Le pedí su historial, se trataba de una curación sin explicación médica. Me chocó tanto, que me puse a investigar como un loco.
Eso le honra.

Llevo toda la vida inmerso en el mundo de la medicina, acumulo más de cuarenta años de experiencia, y en ese mundo de las sanaciones he visto cosas inimaginables, pacientes que mejoraban o se curaban con métodos tan raros que no sabía ni que existían.

Se ha relacionado con médiums, sanadores, chamanes…

Sí, y geobiólogos, radioestésicos, brujos y personajes inclasificables.

Entramos en terrenos resbaladizos.

Hay que investigar, no menospreciar a nadie porque consideremos que no está tan bien preparado como un médico con sus títulos y másters. No digo que nos pasemos al otro lado, sino que tratemos de sacar provecho de ambas medicinas.

Cuénteme sus experiencias.

Las he vivido y he recopilado durante nueve años. Chamanes y sanadores me han permitido estar a su lado mientras trabajaban. Yo mismo he sido conejillo de Indias en varias ocasiones: me tumbé en la mesa de operaciones del sanador filipino Álex (70) y grabé cómo me operaba con las manos de una hernia discal.

Tiene usted valor.

Introdujo las manos en mi cuerpo y sacó un coágulo rojizo. Lo increíble es que un tiempo después me operaron en España de otra vértebra (también lo filmé), y lo que me extrajo el traumatólogo era exactamente igual a lo que me había sacado el chamán. Todo está colgado en internet.

Son cosas difíciles de explicar.

Como médico, para mí lo más incomprensible son las sanaciones a distancia: éramos unas quince personas meditando y enviando energía a otra en coma por un ictus cerebral y que estaba a 10.000 km. Salió del coma durante la sanación. Lo viví también, en varias ocasiones, estando junto al paciente.

¿En qué otros campos ha investigado?

En las vibraciones y sus frecuencias, en la sanación con piedras, que funciona muy bien con enfermedades psicosomáticas porque rescinde los bloqueos emocionales.

¿Cómo se lo explica?

Somos energía que se transmite por química. Cuando una emoción transita de forma anómala en un paciente puede originar un bloqueo que si se enquista puede ser el origen de una enfermedad, una inflamación, un quiste o incluso una tumoración.

Me sorprende usted, doctor.

Tener en cuenta los chacras, los meridianos, los puntos energéticos del cuerpo, el influjo de los campos energéticos y los electromagnéticos; tener en cuenta todas esas cosas que la medicina convencional no considera puede abrir un camino para entender los mecanismos que nos enferman. Nuestra medicina solo considera el final: el tumor, pero no el recorrido.

Antes de investigarlos, ¿ya creía en estos temas?

En absoluto, pero tengo documentados más de treinta casos de sanaciones de cánceres a desahuciados por la medicina.

¿Cuál fue su experiencia con médiums?

La más espectacular la viví en mi consulta cuando una paciente nada más verme se puso a llorar: “Acabo de ver que tendrá usted un accidente muy grave; y poco después su hijo, pero no será grave”. Al cabo de una semana un accidente de moto me dejó en coma, y quince días después lo tuvo mi hijo.

¿Autosugestión?

Los médiums (y he encontrado de todo tipo: gente increíble, charlatanes y mangantes) tienen capacidad para acceder a los archivos akásicos, donde se supone que está toda la información de la humanidad.

¿…?

Después de experiencias como esa no vuelves a ser el mismo. Hoy creo que el sentido de la existencia es experimentar, e incluso considero la posibilidad de la reencarnación para ir acumulando esa experiencia. Hay miles de casos documentados por médicos de pacientes que han muerto y han revivido, y han contado lo que ocurre en ese trance.

¿Qué le dicen sus colegas?

En las clínicas donde colaboro he dado conferencias ante sus gerentes y mis colegas, y he invitado a personajes como el geobiólogo Jean-Jacques para que les hiciera demostraciones.

¿Y?

A veces no sabemos qué tienen los pacientes. Jean-Jacques, con su antena de Lecher, nos decía dónde mirar. Hacíamos el análisis, la resonancia o la ecografía en ese punto y encontrábamos una patología escondida.

¿Cuáles son sus conclusiones?

Espero que a medida que pase el tiempo muchas de las cosas que he podido investigar no se vean tan anómalas, y sanadores y médicos podamos llegar a colaborar, hacer una simbiosis entre las distintas medicinas.

Semana 9 de abril: MEDICINA ALTERNATIVA: ¿FRAUDE O SABIDURÍA? (y II)

En el tema que nos ocupa, me parece que la postura obstinadamente cerrada a lo que habitualmente se nombra como “medicina o terapias alternativas” manifiesta ignorancia múltiple –y con frecuencia arrogante- en campos específicos de la ciencia, así como desprecio infundado de una sabiduría milenaria –china o india, en el caso de lo que estamos hablando-, sobre la base de un no confesado etnocentrismo que sigue sorprendente y virulentamente vivo.

         En nombre de la “ciencia” –en realidad, del paradigma científico social y oficialmente aplaudido-, se desconocen, ignoran o desprecian los avances que se han ido produciendo en los campos de la ciencia física (cuántica), de las ciencias de la vida (de un modo particular, la epigenética) y de las neurociencias.   

         Por lo demás, no es necesario ser un científico –ni siquiera un periodista dedicado a la divulgación científica- para saber que, como reza el título de un libro recomendable del físico Carlo Rovelli, “la realidad no es lo que parece”[i].

         Conscientes –y ese es su modo de avanzar- de que es la ciencia la que echa por tierra postulados “científicos”, como ha ocurrido con la emergencia de la física cuántica, sería bueno mantener despierto el espíritu crítico frente a cualquier promesa milagrosa, pero sin caer en el extremo opuesto que absolutiza nuestras “creencias” previas, por temor a que sean cuestionadas.

         Cuando, desde Einstein, es una evidencia científica que materia y energía son, en última instancia, lo mismo, ¿qué rigor científico puede exhibir quien niega la eficacia de un tratamiento “energético”? Cuando la visión holística de lo real es algo científicamente comprobado, ¿quién podría poner en duda que todo repercute en todo –los pensamientos y las emociones en la salud física-, sin caer en una arrogancia ignorante?

         Desde los experimentos de Vladimir Poponin hasta los de Konstantin Korotkov, pasando por todos los estudios acerca de la modificación del ADN –que podría ser reprogramado por palabras y frecuencias determinadas- y los campos de energía o biocampos, nos hallamos en un momento histórico de auténtica eclosión científica que, al menos, debería fortalecer nuestra apertura y nuestra humildad, sin caer en la credulidad infantil y sin cerrarnos a aquello que pueda producirnos, de entrada, “disonancia cognitiva”[ii].

         Suena a arrogancia, a la vez que insulto a la inteligencia, afirmar con rotundidad que “no hay nada más”.  Y, sin embargo, ese parece ser el presupuesto implícito de los artículos a los que estoy haciendo referencia. Lo intelectualmente honesto y riguroso solo puede adoptar esta formulación: “No sé nada más”.

         Es precisamente la reiteración de ese tipo de artículos en El País, así como el hecho de que todos ellos, sin excepción que yo conozca, adoptan ese mismo “tono” que, al tiempo que exige y presume de “rigor científico”, se mantiene anclado en un paradigma que ha empezado a quedar obsoleto en todos los campos –desde la física hasta la medicina-, lo que despierta en mí una tercera reacción: la sospecha de que, tras esas tomas de posición reiteradas, existan intereses ocultos, por parte de quienes no están dispuestos a perder las ganancias que les aporta el hecho de que todo siga como está. Me refiero, obviamente, a la poderosa red de laboratorios farmacéuticos y las tretas que utilizan para que sus mastodónticos beneficios no se vean menguados, aun a costa de la vida de multitud de seres humanos –recuérdese la película “El jardinero fiel”, basada en la novela homónima de John le Carré- y, por supuesto, frenando en todo lo posible aquellos descubrimientos científicos que cuestionan las bases “tradicionales” en que se asientan.

………………………………………………………………………………………………………..

[i] C. ROVELLI, La realidad no es lo que parece. La estructura elemental de las cosas, Tusquets, Barcelona 2015.

[ii] Solo a título ilustrativo, entre la gran variedad de publicaciones en este sentido, quiero citar la de Ana María OLIVA, Lo que tu luz te dice. Un viaje desde la tecnología hasta la consciencia, Sirio, Málaga 2014. Referencias a algunos de los experimentos a los que he aludido pueden encontrarse en Gregg BRADEN, La matriz divina. Un puente entre el tiempo, el espacio, las creencias y los milagros, Sirio, Málaga 2015.

 

Semana 2 de abril: MEDICINA ALTERNATIVA: ¿FRAUDE O SABIDURÍA? (I)

De manera recurrente, el diario El País trae algún artículo –no siempre firmado por el mismo periodista- en el que arremete sin contemplaciones y sin ningún tipo de matización, contra lo que, genéricamente, denomina “medicina alternativa” o, de modo aún más simple, “terapias pseudocientíficas”.

         El más reciente –publicado el día 15 de marzo de 2017- no es un artículo de opinión, pero refleja la que parece ser la línea habitual del periódico. Con el título “Críticas por un programa de promoción de pseudociencias en la radio pública”, alude a una protesta formal del partido político Ciudadanos, “por el estreno de un espacio en Radio 5 para la naturopatía, el reiki o la homeopatía”.

         De nada sirve que, desde el propio programa –En cuerpo y alma, estrenado por RNE el pasado 1 de febrero-, se explique que “el cuerpo y el alma necesitan atención y se le puede dar de diversas formas. Yoga, naturopatía, shiatsu, reiki, meditación, quiromasaje, homeopatía, reflexología, pensamiento positivo… Complementos de la ciencia más actual y tradicional con todos sus avances que no pueden ser ignorados, pero que se pueden complementar”. De nada sirve la explicación. A renglón seguido, el periodista escribe que se trata de un programa “para la difusión de pseudociencias, tratamientos y terapias que no tienen aval científico para mejorar la salud de las personas”.

         La recurrencia con la que en el citado diario se aborda toda esta cuestión referente a la llamada “medicina alternativa”, suscita en mí tres reacciones: valoración del espíritu crítico, pesar ante la ignorancia y sospecha de intereses ocultos.

         En primer lugar, me parece irrenunciable la razón crítica frente a todo tipo de ofertas que, en cualquier campo, nos quieran vender. Somos bien conscientes, tanto de la credulidad de la gente, como de la “habilidad” de charlatanes para garantizar el “éxito” de productos engañosos o, cuando menos, inútiles, que se han puesto de moda en un momento determinado. La actitud crítica ofrece un mínimo de distancia lúcida, que hace posible un discernimiento adecuado. La clave está justamente en el discernimiento lúcido, no en el rechazo por sistema de todo lo nuevo. No es lo mismo que, desde la TV pública, una periodista de moda recomiende las ventajas del consumo de limones para curar el cáncer que, desde el rigor que aportan los más recientes descubrimientos científicos, se planteen posibilidades hasta ahora inéditas, que chocan incluso por el paradigma “oficialmente” reconocido. Y no parece intelectualmente riguroso rechazar algo por la sencilla razón de que no responde a los estándares oficialmente aceptados.

    Cuando, por ese motivo, se rechazan apriorísticamente planteamientos novedosos o terapias alternativas, siento –y este es la segunda reacción- pesar por lo que percibo como cerrazón obstinada, por más que se presente apoyada por la ciencia…, sin caer en la cuenta de que esa “ciencia” a la que aluden ha quedado –o está quedando- obsoleta.

 Porque, ¿desde dónde se dice que algo no es “científico”? Indudablemente, desde un determinado paradigma científico, pero nunca desde la ciencia en sí misma. La ciencia clásica descartaba, como absurdos, los nuevos descubrimientos que iban surgiendo desde el campo de la mecánica cuántica. El propio genio de Einstein fue esclavo de su identificación con un paradigma determinado cuando, en la polémica con Niels Bohr, llegó a afirmar que “Dios no juega a los dados” (en un intento de sostener el determinismo de la física clásica frente al principio de indeterminación o de incertidumbre), o incluso a abominar de “la espeluznante acción a distancia” (frente a la teoría de la no-localidad cuántica). El desarrollo de la ciencia acabaría dando la razón al danés y mostrando, de paso, que Einstein, queriendo ser fiel a la ciencia, lo que hacía en realidad era cerrarse a la misma. De una manera similar, ¿quién nos asegura que mucho de lo que actualmente es descartado como “pseudocientífico” no será reconocido en un futuro no lejano como científicamente probado?

Semana 2 de abril: CIENCIA Y AMABILIDAD

“La base de un cerebro sano es la bondad, y la podemos entrenar”.

Entrevista de Ima Sanchís a Richard Davidson, doctor en Neuropsicología, investigador en neurociencia afectiva, en La Contra, de La Vanguardia, 27 de marzo de 2017.

“Nací en Nueva York y vivo en Madison (Wisconsin), donde soy profesor de Psicología y Psiquiatría en la universidad. La política debe basarse en lo que nos une, solo así podremos reducir el sufrimiento en el mundo. Creo en la amabilidad, en la ternura y en la bondad, pero debemos entrenarnos en ello”.

Su investigación se centra en las bases neuronales de la emoción y los métodos para promover desde la ciencia el florecimiento humano, incluyendo la meditación y las prácticas contemplativas. Fundó y preside el Centro de Investigación de Mentes Saludables en la Universidad de Wisconsin-Madison, donde se llevan a cabo investigaciones interdisciplinarias con rigurosidad científica sobre las cualidades positivas de la mente, como la amabilidad y la compasión. Ha cosechado importantes premios y está considerado una de las cien personas más influyentes del mundo según la revista Time. Tiene multitud de investigaciones y varios libros publicados. Ha ofrecido un seminario para Estudios Contemplativos en Barcelona.

Yo investigaba los mecanismos cerebrales implicados en la depresión y en la ansiedad.

…Y acabó fundando el Centro de Investigación de Mentes Saludables.

Cuando estaba en mi segundo año en Harvard se cruzó en mi camino la meditación y me fui a la India a investigar cómo entrenar mi mente. Obviamente mis profesores me dijeron que estaba loco, pero aquel viaje marcó mi futuro.

…Así empiezan las grandes historias.

Descubrí que una mente en calma puede producir bienestar en cualquier tipo de situación. Y cuando desde la neurociencia me dediqué a investigar las bases de las emociones, me sorprendió ver cómo las estructuras del cerebro pueden cambiar en tan solo dos horas.

¡En dos horas!

Hoy podemos medirlo con precisión. Llevamos a meditadores al laboratorio; y antes y después de meditar les tomamos una muestra de sangre para analizar la expresión de los genes.

¿Y la expresión de los genes cambia?

Sí, y vemos como en las zonas en las que había inflamación o tendencia a ella, esta des­ciende abruptamente. Fueron descubrimientos muy útiles para tratar la depresión. Pero en 1992 conocí al Dalái Lama y mi vida cambió.

Un hombre muy nutridor.

“Admiro vuestro trabajo, me dijo, pero considero que estáis muy centrados en el estrés, la ansiedad y la depresión; ¿no te has planteado enfocar tus estudios neurocientíficos en la amabilidad, la ternura y la compasión?”.

Un enfoque sutil y radicalmente distinto.

Le hice la promesa al Dalái Lama de que haría todo lo posible para que la amabilidad, la ternura y la compasión estuvieran en el centro de la investigación. Palabras jamás nombradas en ningún estudio científico.

¿Qué ha descubierto?

Que hay una diferencia sustancial entre empatía y compasión. La empatía es la capacidad de sentir lo que sienten los demás. La compasión es un estadio superior, es tener el compromiso y las herramientas para aliviar el sufrimiento.

¿Y qué tiene que ver eso con el cerebro?

Los circuitos neurológicos que llevan a la empatía o a la compasión son diferentes.

¿Y la ternura?

Forma parte del circuito de la compasión. Una de las cosas más importantes que he descubierto sobre la amabilidad y la ternura es que se pueden entrenar a cualquier edad. Los estudios nos dicen que estimulando la ternura en niños y adolescentes mejoran sus resultados académicos, su bienestar emocional y su salud.

¿Y cómo se entrena?

Les hacemos llevar a su mente a una persona próxima a la que aman, revivir una época en la que esta sufrió y cultivar la aspiración de librarla de ese sufrimiento. Luego ampliamos el foco a personas que no les importan y finalmente a aquellas que les irritan. Estos ejercicios reducen sustancialmente el bullying en las escuelas.

De meditar a actuar hay un trecho.

Una de las cosas más interesantes que he visto en los circuitos neuronales de la compasión es que la zona motora del cerebro se activa: la compasión te capacita para moverte, para aliviar el sufrimiento.

Ahora quiere implementar en el mundo el programa Healthy minds (mentes sanas).

Fue otro de los retos que me lanzó el Dalái Lama, y hemos diseñado una plataforma mundial para diseminarlo. El programa tiene varios pilares: la atención; el cuidado y la conexión con los otros; la apreciación de ser una persona saludable (encerrarse en los propios sentimientos y pensamientos es causa de depresión)…

…Hay que estar abierto y expuesto.

Sí. Y por último tener un propósito en la vida, algo que está intrínsecamente relacionado con el bienestar. He visto que la base de un cerebro sano es la bondad, y la entrenamos en un entorno científico, algo que no se había hecho nunca.

¿Cómo se puede aplicar a nivel global?

A través de distintos sectores: educación, sanidad, gobiernos, empresas internacionales…

¿A través de los que han potenciado este mundo oprimido en el que vivimos?

Tiene razón, por eso soy miembro del consejo del Foro Económico Mundial de Davos, para convencer a los líderes de que hay que hacer accesible lo que sabe la ciencia sobre el bienestar.

¿Y cómo les convence?

Mediante pruebas científicas. Les expongo, por ejemplo, una investigación que hemos realizado en distintas culturas: si interactúas con un bebé de seis meses a través de dos marionetas, una que se comporta de forma egoísta y otra amable y generosa, el 99% de los niños prefieren el muñeco cooperativo.

 Cooperación y amabilidad son innatas.

Sí, pero frágiles; si no se cultivan se pierden. Por eso yo, que viajo muchísimo (una fuente de estrés), aprovecho los aeropuertos para enviar mentalmente a la gente con la que me cruzo buenos deseos, y eso cambia la calidad de la experiencia. El cerebro del otro lo percibe.

Apenas un segundo para seguir en lo suyo.

La vida son solo secuencias de momentos. Si encadenas esas secuencias, la vida cambia.

El mindfulness es hoy un negocio.

Cultivar la amabilidad es mucho más efectivo que centrarse en uno mismo. Son circuitos cerebrales distintos. A mí no me interesa la meditación en sí misma sino cómo acceder a los circuitos neuronales para cambiar tu día a día, y sabemos cómo hacerlo.

Semana 26 de marzo: SENTIMIENTOS Y CRECIMIENTO PERSONAL (y VI)

Sensación y crecimiento personal que trasciende el yo

 La madurez psicológica de la persona requiere una armonización creciente entre las distintas dimensiones que nos constituyen: cuerpo, mente, sentimientos, imagen, sombra…, en un proceso de integración, crecimiento y autotrascendencia.

Pues bien, el camino para avanzar en ese proceso pasa por la sensación: el contacto con las propias sensaciones y sentimientos es condición indispensable para habitarse a sí mismo y para venir al momento presente.

Parece claro que el cuerpo es la gran puerta que nos introduce en el presente –la mente nos mantiene alejados en el pasado o en la proyección del futuro-, y la sensación, la llave que la abre. Será por eso que, según cuenta una leyenda, cuando le preguntaron al Buddha cómo avanzar en la transformación personal, respondió: “Empieza por la respiración”.

La respuesta del Buda es sabia. En una primera instancia, porque es a través del cuerpo, en principio a través de la respiración, como accedemos al cerebro emocional y, de ese modo, a la serenidad y a la unificación. Pero también porque, a otro nivel más profundo, al sentir el cuerpo, salimos de la cavilación mental, y venimos al presente, el único lugar donde puede producirse la integración de la persona y su trascendencia: en el presente, no solo nos percibimos como un “yo integrado” –entre las “orillas” del caos y la rigidez-, sino que emerge la consciencia de una nueva identidad. 

Decía Abraham Maslow, el gran psicólogo humanista y uno de los “padres” de la psicología transpersonal, que el camino de autorrealización, cuando no se aborta, conduce a la autotranscendencia. El trabajo de integración o unificación del yo no termina en él, sino que abre a un horizonte (transpersonal, transmental), en el que el propio yo –la identidad egoica- será transcendido: a esto nos referimos al hablar de “espiritualidad”. En ese proceso se opera el paso de la “personalidad” a la “identidad”, paso que requiere armonizar el trabajo psicológico con el espiritual: necesitamos cuidar el psiquismo –construir una “personalidad” armoniosa-, conscientes de que somos infinitamente más que él. Por decirlo de un modo simple: no somos un “yo” que haga un trabajo espiritual para crecer en consciencia, sino la Consciencia que ha tomado esta “forma” que llamo yo. 

A lo largo de estas entregas, me he ceñido a la dimensión intrapersonal de la inteligencia emocional. Junto a ella, se hace necesario reconocer la necesidad de cuidar la dimensión interpersonal. Bajo este prisma, la inteligencia emocional puede definirse como la capacidad de relacionarnos con los otros de una manera constructiva: desde la aceptación, la valoración, el respeto y la asertividad.

Como es obvio, ambas dimensiones se entrecruzan, reforzándose o estancándose. El cuidado ajustado de uno mismo potenciará la capacidad de relaciones constructivas con los otros, y la vida relacional, así vivida, será fuente de crecimiento personal.

Ambas dimensiones –intra e interpersonal– desembocarán en aquella más profunda que llamamos transpersonal. El reconocimiento de ese triple “nivel” es lo que garantiza y permite el despliegue integral del ser humano en toda su verdad.